Naruto Y Hinata en:
Tu & Yo
7: Condiciones
Los hombres son como las ovejas. Donde va uno, los demás lo siguen.
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WATTPAD,
30 de abril de 1813
[...]
Hinata pensó que, después de todo, Neji se lo había tomado bastante bien. Desde que Naruto terminó de explicarle su plan (con, tenía que admitirlo, frecuentes intervenciones por su parte), Neji sólo había levantado la voz siete veces. Eran unas siete menos de las que Hinata había esperado.
Al final, después de rogarle a su hermano que estuviera callado hasta que Naruto y ella hubieran terminado, Neji asintió, cruzó los brazos y cerró la boca durante el resto de la explicación. Su ceño fruncido bastaría para hacer temblar a las paredes pero, cumpliendo su palabra, no dijo nada.
Hasta que Naruto terminó con un:
—Y eso es todo.
Silencio. Silencio sepulcral. Durante unos diez segundos, nadie pronunció una palabra, aunque Hinata hubiera jurado que había oído el crujir de las órbitas oculares mientras movía los ojos de Neji a Naruto.
Y entonces, Neji dijo:
—¿Están locos?
—Ya me esperaba que reaccionaría así —dijo Hinata.
—¿Es que han perdido el juicio? —La voz de Neji se convirtió en un rugido—. No sé quién de los dos es más idiota.
—¡Quieres bajar la voz! —dijo Hinata, casi susurrando—. Mamá va a oírte.
—Mamá va a morirse de un ataque al corazón si se entera de esto —dijo Neji, sacando fuego por la boca, aunque hablando en voz baja.
—Pero no va a enterarse, ¿verdad? —dijo Hinata.
—No, claro que no —respondió Neji, levantando la mandíbula—. Porque esta farsa termina aquí y ahora.
Hinata se cruzó de brazos.
—No puedes hacer nada para detenerme.
Neji miró a Naruto.
—Puedo matarlo.
—No seas ridículo.
—Hay quien se ha batido en duelo por mucho menos.
—¡Sí, pero eran idiotas!
—No voy a discutir el calificativo en lo que a él respecta.
—Si puedo decir algo —dijo Naruto, tranquilamente.
—¡Es tu mejor amigo! —exclamó Hinata.
—No —dijo Neji, y esa sílaba salió de su boca con una voz de lo más contenida—. Ya no.
Hinata se giró hacia Naruto.
—¿Es que no vas a decir nada?
Naruto dibujó una media sonrisa.
—¿Cuándo? Si no me han dejado.
Neji le dijo:
—Quiero que salgas de esta casa.
—¿Antes de poder defenderme?
—También es mi casa —dijo Hinata, bastante alterada—. Y quiero que se quede.
Neji miró a su hermana y la exasperación se hizo evidente en cada centímetro de su cuerpo.
—Está bien —dijo—. Les doy dos minutos para defenderse. No más.
Hinata miró a Naruto, preguntándose si querría utilizar los dos minutos él. Sin embargo, Naruto sólo se encogió de hombros y dijo:
—Adelante. Es tu hermano.
Hinata respiró hondo, apoyó las manos en las caderas sin darse ni cuenta, y dijo:
—En primer lugar, debo decir que tengo mucho más a ganar en esta alianza que Naruto. Él dice que quiere utilizarme para mantener a las demás chicas...
—Y a sus madres —interrumpió Naruto.
—Y a sus madres, alejadas. Pero, sinceramente —antes de continuar, miró a Naruto—, creo que se equivoca. Las demás chicas no van a dejar de perseguirlo sólo porque crean que ha entablado una relación con otra chica, sobre todo si esa chica soy yo.
—¿Y qué hay de malo en que seas tú? —preguntó Neji.
Hinata abrió la boca para responder pero, justo entonces, vio cómo los dos hombres intercambiaban una mirada.
—¿A qué ha venido eso? —dijo.
—Le he explicado a tu hermano tu teoría de por qué no tienes más pretendientes —le dijo Naruto.
—Ya. —Hinata se mordió un labio mientras pensaba si era algo por lo que debía estar enfadada—. Bueno, debería haberlo visto él mismo.
Naruto emitió un extraño ruido que perfectamente pudo ser una risa.
Hinata miró muy seria a los dos hombres.
—Espero que mis dos minutos no incluyan todas estas interrupciones.
Naruto se encogió de hombros.
—El del tiempo es él.
Neji se agarró al escritorio para, según Hinata, evitar saltarle a la yugular a Naruto.
—Y él —dijo Neji, en tono amenazador—, va a salir disparado por la ventana si no se calla de una vez.
—Siempre sospeché que los hombres eran idiotas —explicó Hinata—, pero no he tenido la certeza hasta hoy.
Naruto sonrió.
—Dejando de lado las interrupciones —dijo Neji, lanzándole otra mirada asesina a Naruto a pesar de que estaba hablando con Hinata—, te queda un minuto y medio.
—Bien —dijo Hinata—. Entonces reduciré toda la conversación a un punto. Hoy he recibido seis visitas. ¡Seis! ¿Recuerdas la última vez que pasó esto?
Neji la miró sin decir nada.
—Yo no —dijo Hinata, más tranquila—. Porque no ha pasado nunca. Seis hombres han subido por la escalera de la entrada, han llamado a la puerta y le han dado de Humboldt su tarjeta. Seis hombres me han traído flores, se han sentado a hablar conmigo y uno hasta me ha leído una poesía.
Naruto sonrió.
—¿Y sabes por qué? —continuó, levantando la voz peligrosamente—. ¿Lo sabes?
Neji, echando mano de su tardía aunque eficaz sabiduría, no dijo nada.
—Todo es porque él —señaló a Naruto— fue lo suficientemente amable como para fingir estar interesado en mí anoche en el baile de lady Chiyo.
Naruto, que hasta entonces había estado apoyado tranquilamente en un extremo de la mesa, se levantó.
—Bueno —se apresuró a decir—. Yo tampoco lo pondría así.
Hinata se giró hacia él y lo miró fijamente.
—¿Y cómo lo pondrías?
Naruto sólo pudo decir:
—Yo...
Porque, enseguida, Hinata añadió:
—Porque te aseguro que a ninguno de esos hombres se le había pasado nunca por la cabeza hacerme una visita.
—Si son tan miopes —dijo Naruto—, ¿por qué te preocupas por ellos?
Hinata no dijo nada y retrocedió. Naruto tuvo la sensación de que había dicho algo muy, muy inapropiado, pero no estuvo seguro hasta que vio cómo se le humedecían los ojos.
Maldita sea.
Hinata se secó un ojo. Hizo ver que tosía y se tapaba la boca para camuflar el gesto, pero Naruto se sintió el hombre más canalla del mundo.
—Mira lo que has hecho —dijo Neji. Acarició el brazo de su hermana mientras miraba a Naruto—. No le hagas caso, Hinata. Es un malnacido.
—A lo mejor —dijo Hinata, entre sollozos—. Pero es un malnacido muy inteligente.
Neji se quedó de piedra.
Hinata lo miró, irritada.
—Si no querías que lo repitiera, no haberlo dicho.
Neji suspiró.
—¿De verdad tuviste seis visitas?
Hinata asintió.
—Siete, contando a Namikaze.
—Y —dijo Neji, con mucho tacto—, ¿había alguno con el que te interesaría casarte?
Naruto se dio cuenta de que se estaba clavando las uñas en la pierna y se obligó a apoyar las manos en la mesa.
Hinata volvió a asentir.
—Había mantenido una relación previa de amistad con todos. Lo que pasa es que nunca me habían mirado con un interés romántico hasta que apareció Namikaze. A lo mejor, si tengo la oportunidad, podría iniciar una relación con alguno de ellos.
—Pero... —dijo Naruto y, enseguida se calló.
—Pero ¿qué? —preguntó Hinata, mirándolo con curiosidad.
Se dio cuenta de que quería decir que si esos hombres sólo habían visto los encantos de Hinata porque un duque se había fijado en ella, es que eran imbéciles y que, por lo tanto, no debería ni siquiera plantearse el matrimonio con ninguno de ellos. Sin embargo, teniendo en cuenta que fue él el primero que dijo que su interés haría que los demás se fijaran en ella, bueno, francamente, no era el comentario más adecuado.
—Nada —dijo, levantando la mano—. No me hagas caso.
Hinata lo miró unos instantes, como si esperara que cambiara de opinión, y luego se giró hacia su hermano.
—Entonces, ¿admites que es un plan inteligente?
—Bueno, "inteligente" es un poco exagerado pero —a Neji parecía saberle mal tener que decir eso—, veo los beneficios que puede comportarte.
—Neji, tengo que encontrar un marido. Aparte del hecho de que mamá me lo esté repitiendo a cada momento, yo también quiero un marido. Quiero casarme y tener mi propia familia. Lo deseo más de lo que puedas imaginarte. Y, hasta ahora, nadie más o menos aceptable me lo ha propuesto.
Naruto no sabía cómo Neji podía resistirse a esos ojos grises suplicantes. Y, lógicamente, Neji se derrumbó allí mismo y dijo:
—Está bien —dijo, cerrando los ojos como si no pudiera creerse lo que estaba diciendo—. Lo acepto.
Hinata dio un salto y se abalanzó sobre su hermano.
—Oh, Neji, sabía que eras el mejor hermano del mundo. —Le dio un beso en la mejilla—. Sólo es que a veces te equivocas.
Neji miró al techo antes de dirigirse a Naruto.
—¿Ves lo que tengo que aguantar? —dijo, ladeando la cabeza.
Lo dijo en el tono en el que un hombre agobiado habla con otro.
Naruto se preguntó en qué punto había dejado de ser el seductor a eliminar para volver a ser el buen amigo.
—Pero —dijo Neji, en voz alta, haciendo que Hinata se quedara quieta—, voy a poner algunas condiciones.
Hinata no dijo nada, sólo parpadeó mientras esperaba que su hermano continuara.
—En primer lugar, esto no va a salir de esta habitación.
—De acuerdo —dijo Hinata, rápidamente.
Neji miró a Naruto.
—Por supuesto —dijo él.
—Si mamá supiera la verdad, se llevaría un disgusto enorme.
—En realidad —dijo Naruto—, creo que tu madre aplaudiría nuestro ingenio, pero como, obviamente, hace más que la conoces que yo, no diré nada.
Neji lo atravesó con la mirada.
—En segundo lugar, no estaran solos nunca, jamás, en ningún caso.
—Bueno, eso será fácil —dijo Hinata—. En cualquier caso, si nuestra relación fuera verdadera, tampoco podríamos hacerlo.
Naruto se acordó del breve encuentro que tuvieron en el pasillo de lady Chiyo y pensó que era una lástima que no pudiera disfrutar de más tiempo a solas con Hinata, pero reconocía un muro de piedra cuando lo veía, sobre todo si ese muro se llamaba Neji Hyuga. Así que asintió y calló.
—En tercer lugar...
—¿Aún hay más condiciones? —preguntó Hinata.
—Si se me ocurren, habrá treinta —dijo Neji.
—De acuerdo —dijo Hinata, ofendida—. Como quieras.
Por un momento, Naruto pensó que Neji iba a estrangularla.
—¿De qué te ríes? —le preguntó Neji.
Sólo entonces Naruto se dio cuenta de que había estado sonriendo.
—De nada —dijo, rápidamente.
—Bien —gruño Neji—, porque la tercera condición es ésta: si alguna vez, sólo una vez, te descubro en una posición que pueda comprometer a mi hermana... si alguna vez te veo besándole la mano sin la presencia de un acompañante, te juro que te corto la cabeza.
Hinata parpadeó.
—¿No crees que es un poco excesivo?
Neji la miró, muy serio.
—No.
—Vale.
—¿Namikaze?
A Naruto no le quedó otra opción que asentir.
—Bien —dijo Neji—. Y ahora que hemos terminado con esto —le dijo un gesto bastante brusco con la cabeza a Naruto—, puedes irte.
—¡Neji! —exclamó Hinata.
—Supongo que eso significa que anulas la invitación a cenar de hoy, ¿no? —dijo Naruto.
—Sí.
—¡No! —Hinata golpeó a su hermano en el brazo—. ¿Habías invitado a Namikaze a cenar? ¿Por qué no nos lo habías dicho?
—Fue hace muchos días —respondió Neji—. Hace años.
—Fue el lunes —le corrigió Naruto.
—Bueno, entonces tienes que quedarte —dijo Hinata, firmemente—. Mamá estará encantada. Y tú —pellizcó a Neji en el brazo—, deja de pensar la manera de envenenarle la comida.
Antes de que Neji pudiera responder, Naruto agitó la mano en el aire y dijo:
—No te preocupes por mí, Hinata. Olvidas que fuimos juntos a la escuela durante casi diez años. Nunca entendió demasiado bien los principios químicos.
—Voy a matarlo—se dijo Neji—. Antes de que acabe la semana, voy a matarlo.
—No lo harás —dijo Hinata, sonriendo—. Mañana se habran olvidado de esto y estaran fumando juntos en White's.
—No lo creo —dijo Neji, en tono inquietante.
—Claro que sí. ¿No estás de acuerdo, Naruto?
Naruto observó la cara de su mejor amigo y se dio cuenta de que había algo nuevo. Algo en sus ojos. Algo serio.
Hacía seis años, cuando Naruto se fue de Inglaterra, él y Neji eran unos niños. Niños que se creían hombres. Jugaban a las cartas, iban con mujeres y se paseaban dándoselas de grandes hombres por las fiestas, cegados por su soberbia, pero ahora eran distintos.
Ahora eran hombres.
Naruto había experimentado su propio cambio durante sus viajes. Fue una transformación lenta que fue madurando a medida que se iba enfrentando a nuevos retos. Pero ahora se daba cuenta de que había vuelto recordando al Neji de veintidós años que había dejado aquí.
Y no le había hecho justicia a su amigo porque él también había crecido. Neji tenía responsabilidades con las que Naruto jamás había soñado. Tenía hermanos a los que guiar, hermanas a las que proteger. Naruto tenía un ducado pero Neji tenía una familia.
Había una gran diferencia y Naruto descubrió que no podía culpar a su amigo por comportarse de manera tan sobreprotectora y, hasta cierto punto, testaruda.
—Creo —dijo, lentamente, respondiendo a la pregunta de Hinata, que tu hermano y yo ya no somos los mismos de hace seis años. Y a lo mejor, eso no es tan malo.
Varias horas más tarde. Hyuga House era un caos.
Hinata se había puesto un vestido de noche de terciopelo verde oscuro que alguien, una vez, le dijo que hacía que le cambiara el color de los ojos y estaba en la entrada intentando encontrar la manera de tranquilizar a su madre.
—No puedo creer —dijo Hanna, con una mano apoyada en el pecho—, que Neji se olvidara de decirme que había invitado al duque a cenar. No he tenido tiempo de preparar nada. Nada de nada.
Hinata echó un vistazo al menú que tenía en la mano y que empezaba por una sopa de tortuga, seguía con otros tres platos hasta terminar con cordero con bechamel, seguido, por supuesto, de cuatro postres a elegir. Intentó hablar sin un ápice de sarcasmo.
—No creo que el duque tenga ningún motivo de queja.
—Espero que no —dijo Hanna—. Pero si hubiera sabido que venía me hubiera asegurado de servir también carne de ternera. No se puede invitar a nadie sin ofrecerle ternera.
—Sabe que es una cena informal.
Hanna le lanzó una mirada de incredulidad.
—Cuando se invita a un duque, no hay cenas informales.
Hinata observó a su madre. Hanna se estaba retorciendo las manos y hacía rechinar los dientes.
—Mamá —le dijo—. No creo que el duque sea de los que espera que alteremos nuestros planes de cena familiar por él.
—A lo mejor él no —dijo Hanna—, pero yo sí. Hinata, existen ciertas normas sociales. Y, sinceramente, no puedo entender cómo puedes estar tan tranquila y despreocupada.
—¡No estoy despreocupada!
—No pareces nerviosa.— Hanna la miró con suspicacia—. ¿Cómo puedes no estar nerviosa? Por el amor de Dios, este hombre piensa casarse contigo.
Hinata tuvo que hacer un esfuerzo para contenerse.
—Nunca ha dicho eso, madre.
—No tiene que hacerlo. ¿Por qué, si sino, habría bailado contigo anoche? Sólo hubo otra mujer que tuvo el honor de bailar con él, Sâra Haruno, y las dos sabemos que debió ser por lástima.
—A mí me gusta Sâra —dijo Hinata.
—Y a mí también —respondió Hanna—, y espero ansiosa el día que su madre descubra que una chica de su complexión no puede llevar un vestido de seda naranja, pero ése no es el tema.
—¿Y cuál es el tema?
—¡No lo sé! —Hanna casi se echó a llorar.
Hinata agitó la cabeza.
—Voy a buscar a Hanabi.
—Si, ve a buscarla —dijo Hanna, distraída—. Y asegúrate de que Tokuma va limpio. Nunca se lava detrás de las orejas. Y Hyacinth, Santo Dios, ¿qué vamos a hacer con ella? Seguro que Namikaze no espera a una niña de diez años en la mesa.
—Sí que lo hace —le contestó Hinata, pacientemente—. Neji le ha dicho que cenaremos toda la familia.
—Muchas familias no dejan que los más pequeños se sienten a la mesa con los mayores —dijo Hanna.
—Bueno, entonces es su problema. —Al final, Hinata se desesperó y suspiró fuerte—. Mamá, he hablado con el duque. Entiende que no es una cena formal. Y me dijo, claramente, que le apetecía mucho un cambio. Él no tiene familia, así que nunca ha vivido nada parecido a una comida como las de los Hyuga.
—Que Dios nos asita. —Hanna palideció.
—Vamos, mamá —dijo Hinata—. Sé lo que estás pensando y no tienes que preocuparte por si Tokuma le tirará las patatas a Hana por la cabeza. Estoy segura de que ya ha superado esa etapa.
—¡Lo hizo la semana pasada!
—Entonces— dijo Hinata, con tono de eficiencia—, seguro que ha aprendido la lección.
Hanna miró a su hija con toda la inseguridad del mundo.
—Está bien —dijo Hinata, recuperando la normalidad—, entonces sólo lo amenazaré con matarlo si hace algo que pueda disgustarte.
—La muerte no lo asusta—dijo Hanna. Pero, a lo mejor, puedo amenazarlo con vender su caballo.
—No te creerá.
—No, tienes razón. Soy demasiado buena. —Hanna frunció el ceño—. Pero puede que me crea si le digo que le prohibiré dar su paseo diario.
—Eso puede funcionar.
—Bien. Voy a buscarlo y a asustarlo un poco. —Subió dos escalones y se giró—. Tener hijos es todo un desafío.
Hinata sonrió. Sabía que era un desafío que a su madre le encantaba.
Hanna se aclaró la garganta, una señal para indicar que lo que iba a decir era más serio.
—Espero que esta cena salga bien, Hinata. Creo que Namikaze sería un gran partido para ti.
—¿Sería? —bromeó Hinata—. Creía que los duques siempre eran un buen partido, incluso si tenían dos cabezas y escupían al hablar. —Se rió—. ¡Por las dos bocas!
Hanna sonrió.
—A lo mejor te cuesta creerlo, Hinata, pero no quiero que te cases con cualquiera. Puede que te presente a muchos hombres, pero sólo lo hago para que tengas el mayor número de pretendientes entre los que escoger un marido —sonrió—. Mi mayor deseo es verte tan feliz como yo lo fui con tu padre.
Y entonces, antes de que Hinata pudiera responder, Hanna desapareció.
Hinata se quedó en el vestíbulo, pensando.
A lo mejor este plan con Naruto no era tan buena idea. Su madre se iba a disgustar mucho cuando rompieran su falso compromiso. Naruto le había dicho que sería ella la que lo rompería, pero empezaba a preguntarse si no sería mejor al revés. Para ella sería terrible que Naruto la dejara, pero al menos así se ahorraría todos los por qués de su madre.
Hanna creería que se había vuelto loca al dejar escapar a Naruto.
Y Hinata se quedaría pensando si su madre tenía razón.
Naruto no estaba preparado para cenar con los Hyuga. Fue una comida ruidosa y escandalosa, con muchas risas y, afortunadamente, sólo un episodio de un guisante volador.
Le pareció que el guisante salió del extremo donde estaba sentada Hyacinth, pero la pequeña parecía tan inocente que a Naruto le costaba creer que hubiera sido ella la que le había tirado la legumbre a su hermano.
Afortunadamente, Hanna no vio el guisante volador, a pesar de que le voló por encima de la cabeza en un arco perfecto.
Sin embargo, Hinata, que estaba sentada justo delante de él, sí que lo vio, porque inmediatamente se tapó la boca con la servilleta. A juzgar por las arrugas que se le formaron alrededor de los ojos, estaba claro que, detrás de la servilleta de lino, se estaba riendo.
Naruto apenas dijo nada durante la cena. Para ser sincero, era mucho más fácil escuchar a los Hyuga que intentar conversar con ellos, sobre todo teniendo en cuenta las malévolas miradas que le lanzaban Neji y Sasuke.
Naruto estaba sentado en el lado de la mesa opuesto a los dos hermanos mayores, y estaba seguro de que no era una casualidad, así que era relativamente fácil ignorarlos y disfrutar de las conversaciones de Hinata con el resto de la familia. De vez en cuando, alguien le hacía una pregunta directa y él respondía, y luego volvía a su posición de silencioso observador.
Al final, Hyacinth, que estaba sentada a la derecha de Hinata lo miró a los ojos y dijo:
—Usted no es muy hablador, ¿verdad?
Hanna se atragantó con el vino.
—El duque —le dijo Hinata—, es mucho más educado que nosotros, que estamos constantemente cambiando de conversación en interrumpiéndonos unos a los otros como si nos diera miedo que no nos fueran a oír.
—A mi no me da miedo que no me vayan a oír —dijo Tokuma.
—A mí tampoco —dijo Hanna, muy seca—. Tokuma, cómete los guisantes.
—Pero Hyacinth...
—Lady Hyuga —dijo Naruto, en voz alta—, ¿le importaría que me sirviera un poco más de estos deliciosos guisantes?
—En absoluto. —Hanna le lanzó una mirada aleccionadora a Tokuma—. ¿Ves? El duque se come todos sus guisantes.
Tokuma se comió todo el plato de legumbres.
Naruto sonrió mientras se servía otra cucharada de guisantes, agradecido de que lady Hyuga hubiera decidido no servir una cena à la russe. Habría sido difícil camuflar la acusación de Tokuma si hubiera tenido que llamar a un criado para que le sirviera otro plato.
Naruto siguió comiendo, porque ya no tenía más remedio que acabárselos todos. Miró a Hinata, que estaba sonriendo. Tenía una luz divertida en los ojos y Naruto no tardó demasiado es esbozar, él también, una sonrisa.
—Neji, ¿por qué frunces el ceño? —preguntó una de las dos otras Hyuga; Naruto creyó que era Hana, pero era muy difícil de saber si era ella o Hanabi. Las dos medianas se parecían mucho.
—No frunzo el ceño —respondió Neji, pero Naruto, que había recibido gran parte de esas muecas durante toda la noche, sabía que estaba mintiendo.
—Sí que lo haces —dijo Hana o Hanabi.
El tono de la respuesta de Neji fue extremadamente condescendiente.
—Si crees que voy a decir que no, lamento decirte que estás equivocada.
Hinata volvió a reírse detrás de la servilleta.
Naruto decidió que la vida era mucho más divertida que nunca.
—Les voy a decir una cosa —anunció de repente Hanna—. Creo que esta noche es una de las más agradables del año. A pesar—dijo, mirando a Hyacinth—, que mi hija pequeña tire los guisantes debajo de la mesa.
Naruto levantó la mirada del plato justo cuando Hyacinth exclamó:
—¿Cómo lo has sabido?
Hanna agitó la cabeza y puso los ojos en blanco.
—Mi pequeña —dijo—. ¿Cuándo aprenderás que yo lo sé todo?
En ese instante, Naruto decidió que Hanna Hyuga merecía todo su respeto.
Sin embargo, aún así, consiguió confundirlo con una pregunta y una sonrisa.
—Dígame, duque —dijo—. ¿Hace algo mañana?
Cuando le hizo esa pregunta era tan igual a Hinata, que lo dejó aturdido. Y esa debió ser la razón por la que no pensó antes de responder, tartamudeando:
—N—no. No que yo sepa.
—¡Magnífico! —exclamó Hanna, emocionada—. Entonces debe venir con nosotros a Greenwich.
—¿A Greenwich? —repitió Naruto.
—Si, llevamos varias semanas organizando una salida familiar.
Habíamos pensado alquilar un barco y comer un picnic a orillas del Támesis. —Hanna le sonrió—. Vendrá, ¿verdad?
—Madre —intervino Hinata—. Estoy segura de que el duque tiene numerosos compromisos.
Hanna le lanzó a su hija una sonrisa tan fría que Naruto se sorprendió que ninguno de los dos se quedara helado.
—Bobadas —dijo Hanna—. Él mismo acaba de decir que no tiene nada que hacer. —Se giró hacia Naruto—. Y también visitaremos el Observatorio Real, así que no tiene que preocuparse porque sea una excursión tonta. No está abierto al público, por supuesto, pero mi difunto marido hizo grandes donaciones, así que tenemos la entrada asegurada.
Naruto miró a Hinata. Ella se encogió de hombros y le pidió disculpas con la mirada.
Naruto se giró hacia Hanna.
—Será un placer.
Hanna sonrió y le dijo unos golpecitos en el brazo. Y Naruto tuvo la extraña sensación que acababa de firmar su destino.
.
.
Continuará...
