Serie: Boys.
Fandom: Kuroko no Basket {AU}
Rating: M.
IX.- Confío en ti.
—Aomine no ha llegado.
Cuando Teppei escuchó aquella frase, algo dentro de su cabeza susurró un "Lo sabía". Inmediatamente después, y aunque no quiso sucumbir ante aquel deseo tan primario, se sintió culpable.
Después del campamento, Aomine no había aparecido por ninguno de los entrenamientos del Too. Iba a clase, se saltaba algunas y luego se desvanecía como el humo cuando tocaba presentarse en el gimnasio. Incluso Momoi, que conocía sus escondites más frecuentes, le había perdido la pista durante las siguientes dos semanas. Ahora, con el estadio repleto y los equipos en pleno calentamiento, Teppei se preguntaba si todo aquello estaba pasando por haberle plantado cara de una forma tan violenta, en lugar de tener más paciencia con él. Fue algo que le carcomió durante la media hora que duró aquella puesta a punto para el primer partido de la Winter Cup, donde cuatro de los cinco miembros del Too estiraban, lanzaban a canasta y se mentalizaban para jugar sin la ayuda de un as que no había puesto un pie en el club desde el campamento.
Al otro lado, estaba el Seirin. Había sido una sorpresa descubrir, días atrás, la alineación que se había establecido para los partidos. Riko le traía el itinerario con una sonrisa desafiante, explicando que tendrían que abrir aquella etapa con fuerza y ofreciendo un buen juego. De paso, le había hecho aceptar la apuesta de que el perdedor invitaría a comer al ganador a un sitio lujoso. Sin embargo, pese a la confianza que pudiera haber tenido al aceptar aquella propuesta, verse ahora en situación le hacía repasar mentalmente sus ahorros y rezar porque el sitio que Riko eligiese no fuera tan caro.
En la grada reconoció a los miembros del Kaijô, así como a algunos del Yôsen. Kagetora se había asegurado un asiento en primera fila, aunque al principio no le hubiera reconocido al aparecer con las pintas de un prestamista cuyo trabajo del día se resumía a tener que partirle las piernas a alguien. De hecho, Kiyoshi pensó que se las partiría a él si se le ocurría ganarle a su querida hija.
Aún había gente entrando y ocupando los lugares más altos, mientras que las televisiones locales se hacían un hueco a pie de pista para poder grabar y retransmitir. La Winter Cup era un evento muy popular, pensaba Teppei, mientras las conversaciones de la muchedumbre se apiñaban hasta el punto de parecer un gorjeo sin sentido. Allí se reunían los equipos que mejor habían clasificado en el último campeonato, y que ahora competían en aquella última etapa por el oro y el título de mejores del país. Para un jugador era importante el poder lucirse allí, sobre todo si eran estudiantes de tercer año y aquel evento suponía su última oportunidad para triunfar antes de la graduación. La importancia llegaba al punto en el que los reclutadores de ligas profesionales se colaban entre el gentío para poder analizar a futuras estrellas en potencia, y que Aomine no estuviera entre ellas le dejaba a Teppei una sensación de comezón en el estómago.
¿De verdad iba a faltar a una oportunidad así? ¿Hubiera cambiado algo si él no hubiera hecho las prácticas especialmente en su equipo? Kiyoshi empezó a planteárselo, mientras los nervios estrangulaban su pecho centímetro a centímetro. Quedándose entonces sin respiración cuando la bocina que anunciaba el inicio del partido resonaba en el estadio.
El marcador se ponía a cero, y los nombres Seirin y Too aparecían en la pantalla. Momoi colgaba por quinta vez el teléfono, suspirando y negado con la cabeza.
—Tendremos que elegir a alguien de nuestro banco para la alineación principal —decidía Harasawa, mirando a sus sustitutos sin parecer demasiado desesperanzado. Sopesó sus opciones y acabó señalando al que, a su parecer, tenía menores maniobras defensivas.
—Espere… —levantó el brazo Teppei, observando con fijeza la puerta que llevaba al interior del estadio.
El rostro de Aomine quitó el peso y la tensión de los hombros a más de uno cuando vio a bien aparecer. Llevaba puesto ya el uniforme con la sudadera y cargaba de forma desenfadada un balón bajo el brazo. Por el flequillo pegado a la frente y el sofocante vapor que pareció expeler su piel al quitarse la chaqueta, Teppei supo que había estado calentando hasta el último segundo.
—¡Dai-chan, llegas tarde! —protestó Momoi cuando se acercó a él, con una expresión de querer estallar en llanto. Dándose o no cuenta de ello, Aomine le lanzó a la cara la sudadera.
—Pero estoy aquí, ¿no? —lanzó una mirada hacia Kagami, que parecía observarle con la misma intensidad desafiante—. Tengo que saldar algunas cuentas pendientes —miró de reojo entonces a Teppei, al cual le lanzó la pelota que cargaba antes de salir a trote a la cancha, junto al resto del equipo.
Kiyoshi no pudo evitar sonreír, olvidándose por completo de sus inquietudes. De alguna manera aliviado de que Aomine hubiera despertado de aquel lapsus de desvergüenza insidiosa y emocionado por poder presenciar un partido entre dos equipos de talento destacado.
No obstante, el júbilo ante los comienzos de lo que la mayoría consideraba un buen enfrentamiento fue apagándose a medida que pasaban los minutos. El silencio fue total antes de llegar a la media hora, y los murmullos entre asiento y asiento empezaron a ser tan notorios como la confusión.
Kise, del Kaijo, parecía anonadado, mientras su capitán, que se sentaba justo a su lado, fruncía las cejas con algún atisbo de sospecha. Teppei también pareció atragantarse con toda su euforia, así como Momoi lo hizo con su preocupación. Y es que Aomine no estaba jugando especialmente bien. De hecho, más que parecer torpe o desganado, daba la sensación de que había entrado a matar y estuviera frustrado por no poder hacerlo de forma más gráfica. En aquellos veintiséis minutos de juego había cometido dos faltas que le habían permitido al equipo contrario apuntarse unos tantos y adelantarles en el marcador, por lo que era entendible que los allí presentes se preguntasen que estaba pasando con el tan popular as del Too.
El primer tiempo muerto lo pedía Harasawa tras una insistencia de Momoi, para poder enfriar los ánimos de sus jugadores al haber intentado seguir el violento ritmo de su estrella.
Wakamatsu soltaba un par de maldiciones, mientras que Imayoshi directamente le mandaba a callar. Momoi explicaba sus propias conclusiones tras poder ver la estrategia del rival y planteaba soluciones en base a cada jugador, sin poder evitar mirar de reojo a su amigo de la infancia.
—Cálmate —murmuraba Teppei, aprovechando que se había acercado a él para darle una de las botellas de agua—. Momoi-chan está preocupada por ti.
Aomine no le respondió. Se limitó a dar tres tragos de agua antes de levantarse, devolverle la botella y lanzar al banquillo la toalla con la que se había secado el sudor. El partido se retomó entonces, y aunque añadieron puntos en el marcador, la sensación de que el encuentro estaba siendo algo inestable no desaparecía.
Quizás fuera porque Imayoshi intentaba generar cierto control sobre la situación, queriendo no exponer a su as a las faltas que este pudiera auto-hacerse por ser demasiado impulsivo. O puede que fuera la vena de la frente de Wakamatsu, que empezaba a parecer una tubería a punto de reventar por la presión. En cualquier caso, el Seirin les superaba por diez puntos cuando terminaba la primera mitad, lo que no ayudó a calmar los ánimos en lo absoluto.
Aomine parecía el doble de cabreado, y Momoi hablaba de la posibilidad de sustituirle hasta que estuviera algo más tranquilo para poder volver a la cancha. Algo en sus adentros le dijo a Kiyoshi que no era muy buena idea, que lo que tuviera que ser, sería. Que quizás todo aquel énfasis funcionara al final, pero no tuvo más remedio que estar de acuerdo ante la evidencia de que allí sobraba energía, y que se necesitaba un poco más para ordenarla y convertirla en algo mejor.
La segunda mitad empezaba con un Aomine sentado en el banquillo, haciendo caso omiso de lo que pudiera pasar en el terreno de juego. Y pese a que Momoi intentó justificar la decisión de dejarle fuera, este pareció no querer escucharla. De hecho, bajo el punto de vista de Teppei, Aomine parecía estar muy lejos de allí en ese momento, como si su consciencias estuviese atascada en algún tipo de pensamiento acaparador del cual no se veía capaz de salir.
Desviando su atención del partido, Kiyoshi caminó hasta el final del banquillo y flexionó las rodillas frente a él, que parpadeó al no esperárselo tan repentinamente allí delante.
—¿Qué? —Aomine le miró directamente a los ojos, antes de añadir—. Antes de que digas nada te advierto que aún no he dejado de ser un niñato prepotente.
—Me he dado cuenta —atacó con suavidad Teppei, con una sonrisa igual de sutil—. Sólo que esta vez pareces estar teniendo una rabieta.
—Lo tenía todo controlado —frunció un poco el ceño, notablemente fastidiado.
—Eres un adolescente, no puedes tenerlo todo bajo control —añadió, antes de mirar a su espalda como el Seirin añadía otros tres puntos a su lista. Imitándole, Aomine levantaba también el mentón hacia la cancha—. Este es uno de esos momentos en los que no debes pensar en nada más que en lo que tienes delante.
—Es a ti a quién tengo delante —aprovechó para decir, jugando con el paralelismo de aquella frase.
—Yo no importo ahora —esquivó—. Sea lo que sea que quieras demostrarme o decirme, puede esperar. Tus compañeros están esperando a que te repongas, y estoy muy seguro de que Kagami también. Sólo hace falta que te centres y seas capaz de demostrar lo que vales hoy y justo en este preciso momento.
—¿Otro de tus sermones? —Aomine levantó una ceja—. ¿En serio?
Teppei levantó un brazo, y con una mano amplia y firme, asió la nuca de Aomine para empujarle hacia delante. Ante la sorpresa del adolescente, el rostro de Teppei se quedó en el límite de su máximo acercamiento cuando su frente chocó contra la propia.
—No pretendo adornarte nada, porque te hablo más como amigo que como entrenador —Kiyoshi habló con firmeza—. Confío en ti. De verdad. Además, se decía por ahí que nadie podía ganarte, ¿o quizás me he equivocado de niño?
Ante aquello, Aomine soltó una risilla de aspecto resignado tras unos segundos de realización. Luego pareció negar con la cabeza y cerrar los ojos el instante en el que tardó en volver a devolverle la mirada con firmeza.
—¿Es que ha intentado chupártela más de un niño? Que popularidad…
—Dame un respiro, eso me sigue pareciendo malditamente perturbador…—Kiyoshi dejó caer los hombros al recordar aquel dato, dándole a Aomine una palmada en la nuca antes de volver a poner distancia—. Este es otro paso hacia algo mucho más grande, y debes disfrutarlo sin arrepentimientos. Así que guarda todo lo que no necesites durante el partido en alguna parte de tu cabeza y convierte todo lo demás en fuerza. Y lo más importante…
—Diviértete… ¿no? —Aomine levantó una ceja, con expresión nostálgica.
—Esencial.
Por un momento importó poco los días pasados. Como bien había dicho Kiyoshi, en momentos como aquel había que guardar según qué cosas en alguna caja oculta en el subconsciente, cerrarla bien con llave y olvidarlo hasta que fuera el momento de hacer frente a lo que hubiese dentro. En eso consistía ser un adulto y un entrenador que se preciase, en centrarse y no dejar que lo personal pudiera afectar a sus deberes.
Aquello era tan importante para Aomine como lo era para todos los integrantes del equipo, y no podía dejar que la euforia pasara sin más. Por suerte, el adolescente estuvo de acuerdo con él, y la luz en su mirada, antes confusa y excesivamente agresiva, parecía haber adquirido una tonalidad más cuerda.
Teppei captó la mirada de Momoi, que había estado observando desde el otro lado del banco, y le dedicó un asentimiento significativo. Ella, tras imitarle, se lo comunicó a Harasawa, que poco después se encargaba del cambio de jugadores.
Tenerle de nuevo en la cancha avivó las conversaciones del público, así como los gritos de los animadores de la escuela. Y como en la primera mitad, Kagami fue el encargado de marcarle durante lo que restó de nuevo.
Los gritos, que en algún momento habían ensordecido incluso el chirriar de las deportivas en el parquet, se habían apagado a medida que el despliegue de habilidades entre los dos ases salía a relucir como un monstruo lo haría de la tierra. Algo igual de insólito que apenas se podía seguir con la vista, y que te hacía preguntarte si aquellos movimientos eran posibles en un par de chicos de secundaria. Desde luego, Teppei se lo preguntó, con los pies clavados al suelo y la sensación de que si parpadeaba se perdería la mitad del partido.
Riko hacía un alto a los diez minutos —los más largos y tensos que Kiyoshi pudo haber tenido en su vida—, sacando al discreto Kuroko al terreno de juego cuando el Too había remontado en el marcador. No pareció una estrategia significativa, pero el cambio que dio al estilo de juego del equipo al completo se notó al instante. Si se prestaba mucha atención se podía comprobar el aporte que suponían aquellos pases imposibles, así como la gran diferencia que atribuía el verle jugar a él y ver jugar a Kagami, cuya potencia y velocidad se habían igualado tanto a los de Aomine que entre ellos dos parecía haber un partido diferente.
Cuando la bocina del final hizo eco en el estadio, se pudo notar como todos los presentes aguantaban un segundo la respiración. Los jugadores, los medios, el público; hubo un espacio en blanco en el que nadie dijo e hizo nada, hasta que todo estalló.
Kiyoshi parpadeó, y como si la emoción de lo visto no pudiera aguantar su peso, se dejó caer en el banco dejando escapar una exhalación temblorosa y un par de lágrimas frustradas.
Por un punto, el Too había perdido en su primer partido de la Winter Cup. Algo que Aomine no terminó de creerse aún pasados los pocos minutos posteriores a la ruidosa celebración en la cancha. Kagami se encargaba de despertarle de su confusión con un saludo muy cargado de orgullo deportivo y un desafío para volver a jugar que no lo pareció tanto.
Después de un saludo y una ovación, el equipo volvía al banquillo, donde les esperaba una llorosa y sorprendida Momoi y un Harasawa con una expresión determinante y firme, con la que quiso ofrecer un discurso esperanzador y unas buenas palabras que hicieran alusión a su esfuerzo.
Aomine se quedó rezagado, y lo primero que captó en su campo de visión más cercano fue la figura de Teppei, que se acercaba a zancadas y con paso firme. Aomine sintió dos cosas entonces: un desproporcionado dolor en su orgullo herido y un sentimiento de ridículo que iba muy unido al hecho de haberse pasado de la raya al ofrecer sus habilidades supuestamente invencibles. Obviamente, al final no lo habían sido tanto, y supo que Teppei estaría en todo su derecho de humillarlo sin compasión tras todo lo que le había hecho.
—He perdido —dijo, cabizbajo y con una sonrisa tan forzada que la notó tirar desde su estómago.
—Sí —Kiyoshi se detuvo frente a él.
Era un sentimiento doloroso y confuso a partes iguales, como si aún no concibiese que realmente le hubiesen superado. Aomine tuvo la sensación de estar soñando. O de estar aún en medio de la cancha y que todo aquello fuera una posibilidad de entre todas las que había.
—Yo… —empezó, no teniendo ni idea de lo que pretendía decir. Tal vez disculparse de una vez por todas con Teppei. Arrepentirse como si aquello fuera su billete de entrada a un cielo ficticio. O puede que necesitase repetir lo que acababa de pasar para terminar de creérselo.
Sin embargo, Teppei se adelantaba a sus palabras con un abrazo exento de complejos, donde apretó su espalda y acunó su nuca como si quien estaba ante él fuera el pequeño Daiki de once años.
—Da gusto verte esforzarte tanto. Buen trabajo.
Aomine pestañeó y soltó todo el aire que estuvo reteniendo en un suspiro.
—Acabo de perder, no se supone que me digas eso —fingió protestar.
—¿Prefieres una frase cursi? —canturreó Teppei, alzando una ceja de forma maliciosa.
—Joder, no —se negó Aomine, terminando por alzar las manos para poder devolverle aquel abrazo que pretendía felicitarlo y reconfortarlo al mismo tiempo—. Así está bien.
—Vale.
Si Aomine lloró ese día, fue un secreto que quedó entre Teppei, su hombro y el propio Aomine.
