8. Celos
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Después de muchas discusiones, Hinata terminó eligiendo un vestido de punto color morado con mangas largas y estrechas que le llegaba casi hasta las rodillas. El modelo no tenía demasiado escote en la parte delantera, pero lo suplía con la espalda descubierta, más que apropiada para la discoteca.
Naruto se empeñó también en adquirir otro diseño azul cobalto con un corpiño minúsculo que solo se salvaba porque se completaba con una parte negra más larga. Cuando echó un vistazo final a la etiqueta, casi se mareó del susto.
—Con lo que cuesta cada uno de estos vestidos, podría haberme comprado quince en H&M.
—Tu gran error es no comprarte otro par más —intervino Shikamaru, mientras salían de la tienda bajo la soleada tarde de principios de octubre.
Un hombre de mediana edad que salía del Starbucks vio a Naruto y lo llamó.
—¡Hola, Naruto! ¡Eres el mejor!
Naruto le devolvió el saludo.
—Hinata también necesitará zapatos —añadió Nara.
—Tendrá que dejarlo de mi cuenta porque no puedo seguir soportando sus quejas. —Naruto actuaba como si ella no estuviera a su lado—. Jamás había conocido a una mujer más reacia a gastar mi dinero.
Hinata suspiró.
—A diferencia de ustedes, que son asquerosamente ricos, tengo que regresar al trabajo.
—No te olvides de cuál es tu trabajo de verdad —la advirtió Naruto—. Y la próxima vez que te retrases, te lo descontaré del sueldo.
—Señor, sí, señor. —Y se dirigió hacia el aparcamiento.
Mientras los dos hombres la veían desaparecer, Shikamaru negó con la cabeza.
—Esa pobre chica no tiene ni idea, ¿verdad?
—No. —Naruto no dijo nada más.
Pasaron junto a la boutique para hombres donde hacían pantalones con tela escocesa, en la que no entrarían ni muertos. Las brillantes hojas caídas salpicaban el toldo blanco y negro de una tienda, y más hojas anaranjadas cubrían las aceras como si fueran billetes de cincuenta dólares.
—Es de esas que no puedes quitarte de la cabeza —comentó Shikamaru—. Es por esas piernas...
Era por todo el paquete. Hinata tenía las curvas precisas en los lugares correctos, eran, perfectas y eficientes. Pero sobre todo era por sus ojos. Y su irreverencia. Y esa alocada decencia que escondía debajo de su actitud.
—Me recuerda a Temari —dijo Shikamaru—. La primera vez que la vi.
Naruto sabía a qué se refería. Temari poseía el mismo tipo de belicosidad, pero había una gran diferencia entre ambas.
—Temari es dulce y Hinata parece una víbora.
—Es evidente que no has pasado el tiempo suficiente con mi esposa. —Shikamaru clavó los ojos en un conjunto de braga y sujetador que había en el escaparate de Agent Provocateur.
—Ojalá no lleguen a conocerse nunca —repuso Naruto.
—Pues yo pienso que sería entretenido.
Naruto se estremeció. Temari le caía bien, pero no le gustaba que siempre quisiera meter las narices en sus relaciones.
—Asegúrate que no ocurra nunca.
—No te prometo nada. Y ya que estamos..., ¿para qué me querías realmente aquí?
Le llevó unos instantes demasiado largos responderle.
—Justo para lo que dije. Controlas más de ropa femenina.
Shikamaru no había llegado donde estaba siento idiota, y Naruto esperó que lo mandara a la mierda, pero su agente se limitó a esbozar su sonrisa de pitón.
—Y ella nunca ha estado en la revista People —dijo—. Esto se pone cada vez más interesante — añadió Nara, dándole una palmadita en el hombro antes de volver a mirar el conjunto de lencería.
—¡Tío! —Dos adolescentes que deberían estar en el colegio se detuvieron en la calle, a su lado. Naruto agradeció la interrupción.
Invitar a Nara había sido un fracaso. Había estado seguro de que su agente se aburriría. No es que lo hubiera demostrado, Nara era demasiado listo, pero se habría dedicado a enviar mensajes de texto todo el rato, y eso le habría delatado.
Sherlock habría visto a través de los ojos hastiados de su agente y eso le habría devuelto a él la cordura. Habría recordado que había mujeres más guapas, más fáciles, más de su estilo, y que formaban parte de su mundo.
En cambio, Nara había mantenido el móvil en el bolsillo, porque le gustaban las mujeres extravagantes. Como probaba Temari. La de ellos, la casamentera y el agente deportivo, era una historia de amor de novela romántica.
Naruto sabía exactamente cómo eran las mujeres que andaban a la caza, cómo se movían y cómo olían, y Sherlock no mostraba ninguna de esas características. Se negaba a darle coba. Lo único que quería era hacer ese trabajo y una vez que lo terminara, él no sería más importante para ella que esos vestidos que le había comprado.
Esto requeriría una cuidadosa estrategia, algo que se le daba realmente bien.
Hinata se puso el vestido azul cobalto esa noche, la cuarta que estaba de guardia en Rasengan, pero en vez de confundirse con la multitud que sí seguía la moda, como era el propósito de su atuendo, atrajo más atención de la que quería. Un par de tipos quisieron invitarla a una copa, y Killer B, el DJ del club esa noche, se acercó a ella durante su descanso.
Killer B, parecía una estrella de fútbol europeo. Naruto era un hombre de negocios inteligente; entendía que eso era un buen señuelo para atraer clientes a primera visita, pero el club tenía que ofrecer su propio atractivo, esa era la razón de que contratara a los mejores DJ y a camareras guapas. Cuando había mujeres en un lugar, los hombres las seguían.
—¿No te apetece quedar conmigo una vez que termine? — Killer B apoyó la palma en la pared, detrás de ella.
—Gracias, pero... de verdad... —Lo miró muy seria a los ojos con lo que esperaba que fuera una expresión casi tímida—. Eres demasiado ardiente para mí.
—Eso solo significa que puedo calentarte más rápido.
Ella reprimió su tendencia natural a la ironía despectiva.
—Soy demasiado insegura. —Le apretó el brazo de forma amistosa antes de pasar por debajo y alejarse.
Más tarde, se ocultó en el sótano de Rasengan, detrás de un calentador de agua de tamaño industrial, el mismo lugar en el que había esperado durante las dos noches anteriores.
Arriba se oía al personal cerrando por esa noche... o madrugada, ya que era un poco más tarde de las tres. Bostezó. Había interrumpido una pelea en el cuarto de baño de mujeres; había descolocado a Deidara, el gorila inútil; y también se había asegurado de que algunas muchachas muy borrachas encontraban taxi.
Pero tenía que estar en el Peninsula cinco horas después para llevar a una de las princesas de más edad al consultorio de un cirujano plástico, y quería acostarse de una vez.
El sonido de unos pasos la arrancó de su aturdimiento. Asomó la cabeza por detrás del calentador y vio una figura con botas de tacón de aguja y una mochila bajando por la escalera. Era la mochila que Konan llevaba cada noche al trabajo. Vio que la joven miraba a su alrededor antes de cruzar el sótano hacia el cuarto donde almacenaban los licores.
Habían cambiado la cerradura y ahora solo existían dos llaves, la de Naruto y la de Obito, el gerente del club, un tipo decente que había conseguido ganarse la confianza de Hinata. Era su llave la que, por petición de ella, había pasado las dos últimas noches cómodamente sobre su escritorio.
La cerradura tembló. Hinata alzó la cámara, enfocó con rapidez y apretó el botón.
Dos noches después, Konan había desaparecido. Nagato, su novio y ex barman de Rasengan, y ella habían estado llevando a cabo un pequeño pero rentable negocio en el mercado negro, donde vendían marcas de primera categoría que robaban en la discoteca. Hinata solo había trabajado para Naruto Namikaze durante seis días y ya se había ganado el sueldo.
Alrededor de las once, Shion Mōryō entró en el club con Taruho. Naruto debía haber estado esperándola porque apareció de inmediato y la condujo a la zona VIP. Pero Taruho vio a Hinata y se detuvo.
Aunque Shion se había cambiado su usual traje negro de mujer de negocios por un increíble vestido de lentejuelas muy ceñido, Taruho seguía con el traje conservador y la corbata.
—Me sorprende verte aquí —le dijo él al nuevo vestido morado de Hinata.
—Naruto me contrató para que le moviera un poco la parte digital del negocio.
Taruho la miró con frialdad.
—Estoy seguro de que a estas alturas ya le has dicho que trabajaste para Shion.
—Prometí confidencialidad y eso es lo que he hecho —respondió de forma escueta.
—¿Estás diciéndome que no se lo has contado?
—Exactamente. Y, por favor, recuérdaselo a Shion la próxima vez que necesite contratar a un investigador.
Él tomó un sorbo de su vaso y la miró de forma pensativa.
—Increíble...
No mucho después, vio que A la miraba con el ceño fruncido desde el otro lado de la pista de baile, un ceño que sospechaba que se volvería más desagradable si supiera que ella tenía intención de conseguir que despidieran a su amigo Deidara.
Algo en la actitud de Deidara había acrecentado sus sospechas desde el principio, y esa suspicacia había dado frutos al inicio de la noche, cuando él estaba de portero y lo vio aceptar una propina en forma de bolsa de polvo blanco de un borracho que quería entrar.
Hinata subió la escalera hasta la zona VIP. Taruho se había reunido allí con Shion y con Naruto, pero este último solo prestaba atención a Shion. Aunque no le había contado demasiado sobre sus planes de crear una franquicia de discotecas, sabía lo suficiente del asunto como para sospechar que la negativa de Shion para tomar por fin una decisión sobre la financiación del proyecto lo estaba volviendo loco.
Aunque él jamás permitiría que nadie supiera tal cosa. Cualquier otro hombre estaría coqueteando con otras empresas, pero la de Shion poseía una reputación impecable y Naruto, siendo Naruto, quería trabajar con la mejor.
Vio cómo él se reía y se inclinaba para acercarse a Shion. Dejando a un lado los negocios, era evidente que Naruto se sentía atraído por esa mujer. Hinata sintió una punzada de celos. No porque él le gustara. No, no se trataba de eso. Por supuesto que no. Sus celos eran porque Shion lo tenía todo: una empresa que funcionaba a la perfección, una cuenta bancaria enorme, cerebro, belleza, seguridad en sí misma... Y porque a Naruto le gustaba.
Quiso darse un golpe en la cabeza. ¡Estaba celosa! Celosa porque también quería gustarle a Naruto. Vaya reacción ridícula. Naruto era su cliente y su jefe, y lo único que importaba era que le gustara cómo estaba haciendo el trabajo.
Gracias a Hiashi, tenía años de práctica para conseguir distanciarse de sentimientos que le resultaban incómodos, y enterró su disgusto consigo misma en un par de brownies de bourbon y azúcar que encontró en la cocina.
Cuando Shion y Taruho se fueron por fin, ella recorrió las salas hasta la pista de baile, donde la vibrante pared de LEDs iluminaba la multitud de cuerpos que se agitaban siguiendo el ritmo eléctrico que pinchaba Killer B. Naruto no estaba demasiado lejos, con la habitual multitud que lo acosaba.
Un matón enorme vestido de Gucci —incluso desde donde ella estaba podía ver el logo del cinturón— estaba haciendo todo lo posible para acorralar a Naruto contra una pared. No era un tipo cualquiera, estaba borracho y cabreado.
Además de ser tan alto como Naruto y pesar casi treinta kilos más. El hombre movía los brazos con agitación y las luces láser del club teñían su tez de colores azul, rojo y verde Hulk. Hinata miró a su alrededor en busca de algún gorila.
Como de costumbre, no había ninguno a la vista, así que se abrió paso entre los bailarines sobre sus afilados stilettos cuando el matón cerró el puño y se inclinó.
Naruto puso una mano en el pecho del individuo, pero a su oponente no le gustó. El tipo lanzó el brazo hacia atrás, preparándose para propinar un puñetazo. Ella se lanzó hacia delante y le agarró el brazo antes de que pudiera golpear a su cliente. Cambió el peso de pie y, tras darle un golpe en el plexo solar, lo dejó caer al suelo.
La gente que bailaba se echó atrás. El matón, que apestaba a alcohol, cogió aire y trató de levantarse. La costura lateral de su nuevo vestido morado se abrió cuando se puso a horcajadas sobre él. Alcanzó a ver por un momento la cara de incredulidad de Naruto antes de que aparecieran A y Jūgo, bloqueándole la vista. Ambos la miraban como si ella fuera la culpable.
—Lleváoslo de aquí —ordenó. La expresión de A era mortífera, pero alejó al tipo ayudado por Jūgo.
Una de las camareras se precipitó hacia ella.
—¿Estás bien, Hinata?
—Claro que está bien —replicó la voz acerada de su cliente—. Es el Hombre de Acero, pregúntale y verás.
Menuda gratitud...
Killer B cambió con rapidez al acid techno justo antes de que una firme mano se cerrara sobre su brazo y la arrastrara con no demasiada suavidad lejos de la pista de baile. Mientras Naruto se abría paso entre la multitud, ella se dio cuenta de que se le había roto una de las costuras del vestido, dejando al descubierto unas bragas blancas de cuello vuelto muy poco imaginativas.
Naruto la llevó a través de la cocina hasta salir por la puerta que daba al pasillo. Solo entonces la soltó. Lo conocía lo suficientemente bien como para saber lo que venía a continuación, y no pensaba permitirlo, por lo que lo atacó antes de que pudiera hacerlo él.
—A diferencia de tu servicio de seguridad, no pienso esperar a que mi cliente sea agredido.
Naruto se puso rojo de furia con su ego maltratado.
—No estaba siendo agredido. Que no se te ocurra volver a protegerme de nuevo.
—Alguien tiene que hacerlo. —Allí era ella la profesional, y se esforzó por mantener la calma—. Los guardias de seguridad tienen que vigilarte de cerca. Ese borracho estaba a punto de darte un puñetazo.
—Jamás lo habría conseguido.
—Quizá sí. Quizá no.
—Te he contratado para que vigiles al personal, no a mí.
Él estaba tan cerca que el olor a limpio de su suéter inundaba sus fosas nasales.
—Tienes que entender que no tendríamos esta conversación si yo formara parte del servicio de seguridad.
—Pero no formas parte. ¡Y no intentes colgarme una etiqueta machista!
—Si la etiqueta encaja, encaja. —La forma en que se cernía sobre ella hacía casi imposible que ella reprimiera su temperamento—. Si uno de los gorilas hubiera apartado a ese tipo, algo poco probable porque están demasiado ocupados tratando de ligarse a las clientas, no le habrías dado mayor importancia.
Él entrecerró los ojos y ella pensó que lo tenía pillado, pero no iba a darse por vencido fácilmente. De hecho, Naruto se acercó todavía más, por lo que sintió su calor corporal a través del vestido morado.
—No necesito que nadie me rescate.
Cualquier atisbo de profesionalidad desapareció. Estaba tan enfadada como él.
—¿De verdad? ¿Ni siquiera si son dos contra uno? ¿Qué harás entonces, dime?
—Especialmente entonces —replicó él con algo parecido a una mueca.
Ahora estaban nariz contra nariz. O habrían estado así si él no fuera una cabeza más alto.
—¿Y si fueran tres contra uno?
—Puedo arreglármelas solo.
Ella se negó a retroceder.
—¿Y si tienen un arma? ¿Qué harías entonces? —Hinata respiró hondo, algo que, por desgracia, hizo que la punta de sus pechos se rozara contra el torso de Naruto.
Él se irguió todavía más y se apretó contra ella.
—Tengo una pregunta mejor, ¿qué harías tú?
—¡Yo estoy entrenada para eso! ¡Tú no!
—Lo que eres —rugió él—, es un dolor en el culo. —Y sin previo aviso, la apretó contra él, inclinó la cabeza y se apoderó de su boca.
Ella se quedó tan sorprendida que separó los labios al tiempo que contenía el aliento, con lo que le dio acceso a su boca, algo que él aprovechó de inmediato.
Su beso la envolvió. Se apoderó de ella. Era a la vez duro y exigente. Naruto le puso la mano sobre el roto del vestido y tocó la piel desnuda de su cadera. Sus dedos eran como llamas que devolvieran a la vida cada célula de su cuerpo. Despertándolo por completo... Como el gallo de la mañana cantando desde el techo del gallinero, con el ardiente sol en lo alto del cielo... Esa clase de despertar.
Hinata contuvo un gemido. Se sentía muy bien. Sabía muy bien. Él profundizó en la ranura del vestido al tiempo que presionaba la rodilla entre sus piernas. Ella deseaba eso. Lo deseaba lo suficiente como para olvidarse de todo y ceder. Lo deseaba tanto...
—¡No! —Lo empujó con fuerza en el pecho para apartarlo—. ¡Déjame!
Estaba furiosa con él, pero todavía lo estaba más consigo misma.
—Como vuelvas a intentarlo otra vez, terminarás en el suelo... Igual que tu amigo el borracho. —Se dio la vuelta y voló escaleras arriba.
Naruto sudaba como si acabara de terminar una rutina completa de ejercicios de velocidad. ¿Qué mierda había ocurrido? ¿Estaba convirtiéndose en uno de esos estúpidos que pensaba que jugar al fútbol le daba derecho para asaltar a las mujeres?
Se dejó caer contra la pared, asqueado por completo, tratando de entenderlo. Eran las mujeres las que le besaban, no al revés. Se ponían de puntillas, le rodeaban el cuello con sus brazos perfumados, abrían la boca e iban a por todas. Estaba volviéndose loco.
Esa era la única explicación. La gente le había dicho que tendría problemas para adaptarse a estar retirado, pero jamás había esperado algo así. Era el doble de grande que Hinata, y no importaba lo fuerte que ella era, princesa del poder, pensara que era, él sabía que podía aplastarla.
Además, ¡maldición!, estaba enojada. Podría haberle dado una patada en las pelotas.
Pero no lo había hecho.
Porque, aunque estuviera enojada, no tenía miedo de él. Si se hubiera sentido amenazada, incluso en lo más mínimo, en ese momento él estaría encogido en el suelo con las manos en la entrepierna.
O quizás estaba buscando una excusa para su mal comportamiento. Una manera de sentirse bien a pesar de lo que había hecho. Pero no había manera de conseguirlo después de haber intentado aprovecharse de una mujer indefensa.
Una mujer indefensa que no estaba indefensa. Ni cerca de estarlo. Aun así...
«¡Mierda!»
Le gustaba tenerla cerca. Odiaba tenerla cerca. Estaba volviéndole loco. Pero también estaba haciendo un buen trabajo, y sería un acto deleznable despedirla por lo que había ocurrido, ya que era culpa de él.
Tendría que encontrar otra manera de tratar con ella, una que no lo dejara fuera de juego.
El móvil de Hinata sonó cuatro horas después, ordenándole que acudiera al Peninsula antes de lo que estaba previsto. En el camino, tocó la bocina a todo el que se acercó a ella.
¿Por qué Naruto la había besado de esa manera? Porque ella estaba ganando con sus argumentos, por eso, y él no podía soportar perder. Era el juego de poder total.
Pero más frustrante todavía había sido responder como lo hizo. Claro, él se había dado cuenta. Ahora tendría que trabajar el doble para asegurarse de que Naruto no se creía todavía más superior.
Uno de los funcionarios árabes la recibió en el Peninsula con la noticia de que la princesa Kaguya en persona quería reunirse con ella. No fue capaz de imaginar la razón.
Otro sirviente la recibió en el vestíbulo y la guio hasta los ascensores. Cuando bajaron, el hombre la llevó a través de un pasillo de mármol negro hasta una suite enorme con una sala gigantesca con altos ventanales en la esquina.
No había a la vista ninguna de las cientos de bolsas con las compras que habían realizado en sus excursiones. Había averiguado que todas estaban empaquetadas en otra suite que costaba a la familia real mil dólares más por noche.
La princesa Kaguya llegó a través de una de las habitaciones contiguas. A pesar de que era temprano, estaba vestida a la última moda con una lujosa túnica de color fucsia que le llegaba hasta la mitad del muslo, sobre unos elegantes pantalones grises. Tenía las muñecas cubiertas de brillantes brazaletes de oro y los pendientes de diamantes refulgían entre sus largos cabellos, platinados.
Ayame la siguió al interior de la habitación. Hinata solo había coincidido con ella el primer día, pero había pensado en aquella muchacha con frecuencia. La joven se quedó junto a la puerta, con los ojos clavados en la alfombra. ¿Cómo sería vivir cada día sin la esperanza de un futuro mejor?
—¿Es usted la conductora que trabaja para el jugador de fútbol americano? —preguntó la princesa.
—Sí.
—Mi hermano, su alteza el príncipe Toneri, está en la ciudad. Es muy aficionado al fútbol americano. Esta noche tiene que traer a su jefe. Su alteza se aloja en la planta dieciocho.
—No puedo.
La princesa no toleraba que nadie le dijera que algo no se podía hacer, y arqueó las cejas hasta que estuvieron tan curvas como la columna vertebral de un gato erizado.
—¡Ayame! Encárgate de esto personalmente, e indícale a esta conductora que sí puede.
Ayame asintió con la cabeza todavía gacha. Fue ella la que acompañó a Hinata fuera de la suite, hasta el ascensor. En cuanto se cerraron las puertas, Hinata alzó las manos.
— Ayame, no puedo obligar a Naruto a hacer nada. Es inútil que lo intente.
—Pero la princesa lo ha ordenado —repuso Ayame con expresión muy seria.
—Pues la princesa va a sentirse decepcionada.
—¿No puedes convencerlo? —preguntó la sirvienta con el ceño fruncido.
—Estamos en Estados Unidos —le respondió con la mayor suavidad que pudo—. Sé que puede resultar difícil de entender, pero aquí importa un pepino lo que quieran las princesas extranjeras.
Observó las fases por las que pasaban las expresiones de la cara de Ayame, desde el miedo a la renuncia, y no pudo soportarlo.
—No es culpa tuya. Volveré y se lo explicaré.
Ayame la observó con tristeza.
—No te molestes. Es mi problema. Si no le hubiera mencionado a mi amiga Habiba que trabajabas para un famoso jugador de fútbol americano, nada de esto habría ocurrido. Habiba no es mala, pero le gusta hablar mucho.
—Pero te castigarán... —Sabía que era así, y la injusticia de la situación la enfureció. Cuando las puertas del ascensor se abrieron se sintió realmente cabreada porque la brillante luz del vestíbulo reveló lo que no había notado antes. La hijab púrpura de Ayame no ocultaba la contusión que esta tenía en el pómulo.
Hirvió de rabia. Había un par de guardias de rostro severo junto al ascensor. Se colgó del brazo de Ayame.
—No me siento bien. Ayúdame a llegar al cuarto de baño.
Ayame la observó con preocupación, pero, acostumbrada como estaba a servir a los demás, se disculpó con los desinteresados guardias y la guio hasta el cuarto de baño de señoras. No había nadie en el interior.
—¿Quién te ha golpeado? —exigió Hinata—. ¿Ha sido la princesa?
Ayame se tocó la mejilla.
—No. Fue Aya. —La forma en que pronunció el nombre lo dijo todo—. Aya está a cargo de los sirvientes de su alteza. Le gusta que se haga todo con rapidez y yo soy demasiado lenta.
—¿Y la princesa le permite golpear a los demás sirvientes?
—No se da cuenta.
—¡Pues debería! —Aunque estaban solas, Hinata bajó la voz—. Tu tía, la de Canadá..., ¿te dejaría quedarte con ella si pudieras llegar hasta allí?
—¡Oh, sí! Me lo ha dicho. Cada vez que vengo a Estados Unidos me gustaría ir con ella, pero es imposible. No tengo forma de llegar hasta donde vive, y aunque lo hiciera..., si me atraparan...
Sus ojos oscuros estaban tan vacíos como los de una anciana enfrentándose a la muerte. Negó con la cabeza como si pensara en la inutilidad de intentarlo—. Debo encontrar la felicidad en la idea de saber que mi khala me lleva en su corazón.
—Eso no es suficiente. —La familia real se iba al día siguiente por la noche. Hinata vaciló—. ¿Y si tuvieras una manera de... de llegar a Canadá?
Aquello era una locura. No tenía ni idea de cómo alejar a Ayame de la familia real, de llevarla al otro lado de la frontera.
La cara de Ayame se convirtió en el campo de juego de sus emociones, con la esperanza y la derrota en extremos opuestos del tiovivo. La derrota se impuso con rapidez.
—Haría cualquier cosa, pero no existe ninguna posibilidad, querida amiga mía. Tu bondad significa mucho para mí.
Pero la bondad no sería suficiente. Durante el camino de regreso, pensó en cómo podía ayudar a Ayame a escapar. No sería fácil sacarla del país. Pero era posible hacerlo.
Lo único que necesitaba era un poco de ayuda...
