Capítulo 8. Palabras bonitas hacen el día.
Felix Buenmaiz - 17 años - Distrito 9 - Tributo de Hueto.
—Mi corazón late por ti, mi hermosa Sally.
—No seas estúpido, Felix. El corazón bombea sangre a todo el cuerpo. Por eso late.
—Me hieres, preciosa. Destrozas todos mis intentos de cantarte.
—Porque no tienen sentido ni lógica. ¿Que me bajarías la luna? ¿Las estrellas dicen mi nombre? ¿Por qué a las chicas con las que sales les gustan ese tipo de canciones? Son falsas.
Gabo y Lolo se rieron en mi cara y me lancé hacia ellos. ¿Por qué no los había ahogado en un río? Oh, claro. Porque son mis hermanos y los quiero. Rodé por el suelo y me revolví cuando Gabo y Lolo me agarraron. Si pensaban que me iba a rendir, iban listos. Sally nos miraba sin intervenir. A ella le interesaban cosas extrañas. Ni sabía qué hacía trabajando con nosotros. Era la hija del alcalde, por el amor de Dios.
Perdí la pelea, por supuesto. Éramos dos contra uno y mis hermanos estaban tan bien formados como yo.
—Traidores —Resoplé.
—No llores, corazoncito que late —Lolo se carcajeó. Iba a matarlo. O no. Quizá no porque luego lo echaría de menos.
—Sois interesantes. pero me parece que no os pagan por revolcaros por el suelo.
—Sally, mi cielo, tu corazón es frío como el hielo. —Me quejé.
—Y de nuevo, eso que dices no tiene sentido.
Suspiré. Sally no tenía remedio.
—Iré a cantarle a otra persona que aprecie mi arte.
—Irás a decirle a una chica cosas ilógicas para que se sientan especiales.
—Son especiales. Todas y cada una. —Aseguré.
—Sobre todo Amellie. —Gabo tosió.
Era cierto aunque no lo reconocería. Ella tenía novio. No sé qué le veía, de verdad. No era muy alto, estaba gordo y tenía cara de bollo. Quería odiarlo, de verdad, pero el maldito era dulce como el azúcar.
Mi mundo eres tú
te amo mi campo hermoso.
A veces eres mi cruz
pero dejarte sería doloroso.
Mira que bella,
mira qué hermosa.
La Señora Aurelia
tiene cara de osa.
Corrí lejos de la señora y su bastón y caí sobre muchas ortigas. Picaba mucho y mis hermanos me miraban a una distancia prudencial mientras era su divertimento personal. Ya verían. Les metería ortigas bajo la ropa interior. Eso les enseñaría.
—¡Hada, mi corazón! ¿Cómo estás?
—Soy Susan —Frunció el ceño y supe que me pegaría un puñetazo.
—¿De verdad? Es que eres tan hermosa que te confundí con una.
A Sally no le gustarían mis canciones, pero a Susan mis palabras la habían dejado sin habla. Me miraba con ojos de fangirl y podría haberme enamorado de su verde mirada y sus pestañas como plumas.
—¡Deja de soñar despierto! Llegaremos tarde a clase y ni de broma quiero tomar el autobús con Antártica. Esa mujer me da escalofríos. Siempre anda hablando de venenos.
—Creo que es divertida. —Lolo comentó.
—Cuidado con Celine. Si te escucha decir eso, te arrancará los ojos.
—Al menos tengo novia y no suspiro por alguien que no me da ni la hora.
-Park está ocupado, ¿de acuerdo? No tiene mucho tiempo para...
—Cántale algo. —Propuse—. Mira, podemos seguirlo mientras hace sus patrullas y le cantamos algo que seguro logrará que se tome el tiempo para hacerte caso.
Sabía que Gabo dudaba, pero yo lo convencería. Siempre lo hacía. Incluso cuando podríamos acabar realmente mal parados si nos pillaban. Aunque cantar bajo la ventana de los Ridley fue aterrador y no lo volvería a hacer jamás. Pero de esto sí que estaba completamente seguro. Mis canciones hacían milagros. La gente me amaba, de verdad.
—Hola Amellie. Hola, Gordon —El saludo que le dediqué a él no fue para nada entusiasta pero es que me había robado a mi amor. Ella me había seguido el juego hasta que él apareció todo encantador y tonto y Amellie cayó y mis canciones ya no la hacían ruborizarse. Ahora solo sonreía—. Oye, Amellie. Tengo otra canción. Podría cantártela.
—Nadie quiere oírla, Felix. Cállate.
—Celine, cariño. ¿Por qué tan tensa? Podríamos ser buenos ami...
Me alejé de ella lo más rápido posible cuando sacó un compás y me apuntó con él. Esa chica era peligrosa. Me coloqué tras Gordon para utilizarlo como escudo. Su gran tamaño me serviría de algo. Nunca lo habría imaginado.
—Veo que no estáis en vuestros asientos. Cualquiera pensaría que teniendo la edad que tenéis, seríais más responsables —dijo una voz severa.
Mierda, hoy había clase con Nía. Era una profesora muy intensa y estricta. No le importaba que viniéramos de trabajar y estuviéramos agotados. Ella siempre exigía lo mejor de cada uno en sus clases.
—Está usted muy hermosa hoy, profesora —Le sonreí.
—Sé que no es cierto así que no sea zalamero, señor Buenmaiz.
—Vale, su camiseta parece salida de una mezcla extraña de vómito de perro y orina de gato, pero la belleza está en el interior.
—Usted se quedará para correr un rato. Necesita despejarse. Ahora comencemos. No tenemos toda la noche.
Al menos no me había mandado a limpiar retretes. No esta vez.
—Estoy muerto, tío. —Me quejé apoyándome en el hombro de Gabo.
—No es mi problema. Eres pesado, quita. -Me empujó y me empujó hacia Lolo.
Celine me lanzó una mirada asesina y miré rápidamente a mi alrededor a ver si había un asiento libre en el autobús. No lo había.
Canturreé una vieja canción en voz baja cuando Celine se olvidó de mi persona y decidí que al día siguiente le cantaría algo a Sally. Ella no me interesaba como novia, pero quería encontrar una canción que no le hiciera poner los ojos en blanco. Al menos ella no me había dejado de lado por un idiota dulce. Sally tenía a alguien ya pero yo siempre lo supe.
Ya quería llegar a casa. Estaba agotado y ni siquiera me apetecía cantar. Solo me apetecía dormir. Suerte que Lolo y Gabo venían conmigo porque si no, seguro me habría pasado nuestra parada. Ojalá Amellie me dejara dormir abrazado a ella y...
—¡Despierta! —Gabo me pegó en la cara con su cuaderno y me dije a mí mismo que mañana le pegaría un puñetazo.
