"Hay orcos, muchos. Calculo todo un destacamento, escondidos bajo tierra y acampados por los alrededores. No parecen llevar mucho tiempo aquí. Pero lo más inquietante es que tienen a orcas, hembras, en las ruinas. Son ancianas, viejas, tienen un altar… y creo que tienen un espejo."

"¿Estás segura?"

"Las he visto claramente. El espejo sólo lo percibí un instante en la distancia".

"Habríamos sentido un espejo dentro del bosque."

"Era un cuenco de piedra obsidiana, de un metro de diámetro. Estaba lleno de agua negra, colocado en vertical, orientado hacia el norte. Parecía un espejo pálido."

"Posiblemente todavía no lo hayan activado. Necesitamos destruirlo"

"Yo… No sé si podré… Son muchos… Y vigilan la sala del espejo."

"No podremos mandar un destacamento hasta dentro de un tiempo".

"También capturaron a Lavina y a Dush. Voy a intentar sacarles esta noche. Si no logramos salir, utiliza la información que te he dado y destruid esa semilla de espejo."


Había demasiados orcos alrededor del pozo donde tenían a los prisioneros como para intentar un asalto frontal o creer que el sigilo sería útil. Demasiados ojos. Los orcos eran nocturnos, y ahora parecian estar todos en el exterior, cazando, haciendo lo que un puto orco común hace: existir para joder la existencia de otros.

Gork caminó hacia el pozo de los prisioneros. Varios de los que estaban de guardia se volvieron hacia él. Uno preguntó:

- ¿Dónde has estado?

- Puto bosque de mierda - gruñó Gork desde debajo de su piel de oso.

El otro orco se rió y Gork se movió hacia el pozo.

- Eh, no te acerques - le dijeron -. Órdenes de las madres.

Gork se volvió hacia él.

- ¿Quién mierdas hay ahí abajo que parece tan importante?

- Espias de Grial.

- ¿Para qué los quieren?

La conversación llamó la atención de un tercer orco que se acercó despacio por la espalda de Gork. Desenvainó el vardach y dijo:

- Tú no eres Gork.

Y el vardach cayó sobre él.

El golpe derribó a Gork, que lanzó un rugido de dolor. Logró apartarse del segundo golpe que descargó y el vardach se clavó en el suelo junto a su rostro. La piel de oso que lo cubría había caído, y efectivamente, vieron que se trataba de un desconocido bajo la parafernalia que siempre había vestido Gork.

- Gork nunca hacía preguntas.

El vardach se alzó por tercera vez, el orco desconocido extendió la garra hacia las sombras que su atacante proyectaba... y desapareció.

Las voces de alarma sonaron.


Lavina y Dush miraron hacia arriba cuando oyeron la conmoción. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿A qué venía la alarma?

Sus captores retiraron la reja del pozo y encontraron a los prisioneros de pie y atentos.

– ¡Salid!

Lavina no entendió lo que decían, pero sí que entendió la escala de cuerda que les echaron. Una decena de orcos se habían tomado la molestia de venir a escoltarles. Parecía que les consideraban muy peligrosos de repente. En otras circunstancias, Lavina lo habría encontrado halagador.


Los orcos se desplegaron por la zona en busca del desconocido. Por suerte, habían pisoteado tanto el terreno en los días anteriores, que seguir un rastro era imposible.

Pequeña Nutria había cubierto a ambos con las capas y había lanzado una ilusión sobre ellos para asegurarse. Allí donde estaban sólo se percibía un terreno despejado. Pero necesitaba mantener la concentración para sostener la ilusión y Erisad estaba sangrando a sus pies demasiado. Había vuelto a su forma antes de desmayarse.

Dos de los rastreadores pasaron a una decena de metros de ellos y se detuvieron para olfatear el aire. Probablemente podían oler la sangre. Pero, tras unos instantes, pasaron de largo.

– Por el amor del mar, Erisad, no mueras. Aguanta –susurró.

Y entonces vio a lo lejos que sacaban a Dush y Lavina del pozo y que los empujaban de regreso dentro de los subterráneos.

– No, no, no, no, no…

Hacía mucho tiempo que el gnomo no lloraba, pero en ese momento algo se le estaba rompiendo por dentro.


Los empujaron hacia adentro de las cuevas de nuevo. El olor metálico a sangre era más intenso y la oscuridad parecía haberse incrementado de alguna manera.

Los orcos los observaron esta vez con las armas en las manos, atentos. ¿Qué había ocurrido?

Desembocaron de nuevo en la cueva con el altar. Las tres hembras estaban allí, alrededor del fuego. Los observaron al entrar.

Pero los ojos de Lavina se habían ido hacia el altar de huesos tras ellas. El cadáver de un humano estaba sobre él, un hombre de edad media. Había muerto muy recientemente y su sangre se estaba derramando sobre los huesos, teñidos de capas de sangre y olor a muerte.

La más anciana ordenó:

– Quitaos la coraza.

Lavina observó a Dush, sin saber qué habían dicho. Pero sí entendió a Dush cuando les contestó.

– No.

Les golpearon por detrás. Lavina cayó al suelo, trató de ponerse en pie y recibió más golpes. Varios pares de garras la aferraron contra el suelo y arrancaron sin contemplaciones la coraza y la ropa que había debajo.

Tuvieron que sujetar a Dush entre una decena de orcos para podercontrolarlo. Lo apresaron boca abajo contra el suelo, desgarraron su ropa y apartaron los jirones, dejando al descubierto su espalda.

La más anciana de las orcas caminó entonces hasta él con un gran cuenco en las manos. Lavina se percató, por las manchas, de que estaba lleno de sangre. La orca lo depositó junto a Dush y hechizó. Unas llamas negras traslúcidas se alzaron del cuenco. Lavina trató de debatirse infructuosamente.

– ¿Qué es esa puta mierda?

La orca mojó los dedos en la sangre y los deslizó sobre la espalda de Dush, dejando un rastro a su paso que empezó a humear al contacto con la piel. Durante varios minutos, la orca elaboró un complejo patrón. La piel de Dush sangraba y humeaba por donde pasaban los dedos de la anciana. Pero él no dijo una palabra, ni se quejó.

Lavina sí que peleó, gritó y maldijo cuando la voltearon. El áspero suelo raspó su piel descubierta y volvió a recibir golpes. Uno de ellos cayó sobre su cabeza con tanta fuerza que el mundo entero se tambaleó alrededor de ella y fue incapaz de hacer que se estabilizase de nuevo. Aún así, gritó y escupió todos los insultos que pudo mientras el conjuro quemaba su piel. El dolor fue tan intenso que empujó su mente consciente, anulándola durante varios minutos.

Dush fue capaz de ponerse en pie por sí mismo cuando lo soltaron, pero tuvieron que enderezar a Lavina para obligarla a mirar a las tres orcas. Una garra aferró sus cabellos y la obligó a levantar la capbeza.

La orca dijo:

– Vais a volver con vuestro ejército y vais a matar a Grial Feykiller.

Dush gruñó desconcertado.

– ¿Qué ejército? – preguntó.

– No nos engañas, hijo de la Madre Muerta. Pertenecéis al ejército de Grial. Os envían para espiarnos y robar nuestra gloria… Bien, os mandamos de vuelta con una misión: tenéis una luna para matar a Grial.

Los empujaron al exterior de nuevo. Lavina cayó al suelo cuando la soltaron. Arrojaron el resto de las posesiones de Dush junto a Lavina y un orco comentó señalándola:

– Te serviría mejor como comida.

Dush no dijo nada. Volvió a ponerse la coraza, sin correr, sin prisa, devolviendo la mirada a los que le rodeaban. Recuperó su hacha, tomó las posesiones de Lavina y, por último, se cargó a la humana al hombro y echó a caminar con ella.


Dush había caminado unos quinientos pasos hacia lo que creía era el norte cuando Pequeña Nutria se mostró ante él y corrió a su encuentro, con la cara desencajada.

– Por el amor del mar, Dush.

El gnomo saltó sobre el orco y lo abrazó.

– No puedo traer a Erisad, pesa demasiado para mí. Está herida, no puedo curarla todavía.

Lavia se quejó. Dush la soltó en el suelo despacio.

– ¿Dónde está la otra humana?

Peq lo guió hasta ella y retiró las dos capas élficas bajo las que la había escondido.

Sus labios estaban pálidos. El orco pasó una garra bajo su cuello y la otra bajo sus piernas y la levantó con cuidado. Había aprendido que esa humana se rompía con bastante más facilidad que Lavina.

–¿Dónde está su ropa?

– En la mochila, es una historia un poco larga.

El gnomo cargó con los trastos y correteó tras el orco.


ANOTACIONES


Los orcos son un matriarcado. Los machos son considerados de usar un tirar. Las hembras son las únicas que obtienen poderes del dios o que son capaces de robáselo al mundo a través de un espejo. Muy parecido a lo que hacen los legados.