Los personajes son de Stephenie Meyer y la Historia Pertenece a Noelia Amarillo


CAPÍTULO 11

Bella abrió los ojos. La oscuridad dentro de la cabaña era absoluta. Giró sobre sí misma hacia la parte del colchón hundida por el peso del hombre y buscó su cuerpo con las manos.

—¿Quién eres? —suspiró, recorriendo con los dedos el rostro que no podía ver. La pregunta había escapado de sus labios antes de poder contenerla.

—¿Estás segura de querer saberlo? —susurró él, asiendo con sus manos las de la mujer, impidiéndola que le recorriese la cara con las yemas... Que intentara averiguar sus rasgos por el tacto.

—Te conozco, lo sé —afirmó ella—. Estás a mi lado aunque no pueda verte, eres una de las voces que oigo a mi alrededor cada día... ¿Me equivoco?

—No —afirmó estremecido. Bella intuía demasiado, se acercaba mucho a la verdad.

Se quedaron en silencio, pegados piel con piel, respiración con respiración. Él, temiendo lo que Bella pudiera preguntar. Ella, intimidada por lo que él pudiera responder.

El planeta detuvo su deambular por el universo para escuchar atento el silencio entre los dos. Las manecillas del reloj dejaron de girar a la espera de la temida pregunta que provocara el irreversible desenlace.

Hombre y mujer en silencio, temblando; aterrados ante la posibilidad de descubrir una verdad que él no se atrevía a desvelar, que ella anhelaba y a la vez temía conocer.

Un suspiro, un parpadeo, de él, de ella...

Bella acercó sus labios hasta posarlos sobre los del hombre. Él cerró los ojos aliviado y la besó agradecido. No habría más preguntas peligrosas. Recorrieron con los dedos sus cuerpos, tentaron con las lenguas las profundidades de sus bocas, acariciaron con los labios el sabor de su presencia, hasta que las últimas palabras pronunciadas fueron ignoradas.

Cuando se separaron, el mundo volvía a ser el de siempre y las agujas del reloj giraban en el sentido correcto.

La mano fuerte y callosa de él resbaló por la suave piel del muslo femenino. Su pene despertó dispuesto a... lo que fuera. Se acunó contra el pubis buscando un hueco húmedo y suave en el que perderse de nuevo y... Se encontró con un ligero, ligerísimo problema. La mano de Bella.

No una mano cariñosa y tierna que lo acariciara, ni una mano salvaje que lo apretara y masturbara hasta el éxtasis. Se encontró con una mano severa y desaprensiva que lo apartó del lugar en el que anhelaba estar y que, no contenta con eso, le dio un buen cachete en el trasero.

—Espera...

—¿A qué? —inquirió molesto.

—Quiero saber.

—¿Qué quieres saber? —Él se puso de nuevo alerta.

—¿Dónde está la novia de Negro? —replicó ella, girando hasta quedar reclinada de lado con la cabeza apoyada en una mano.

—¿La novia de quién? —preguntó él, total e irremediablemente perdido.

—Del caballo negro que tienes en el cercado. ¿No se llama Negro? —indagó Bella. No es que le importara demasiado en dónde estuviera la yegua; lo que realmente quería era hablar con él, escuchar su voz, conocerle por algo más que sus caricias y besos.

—Eh... sí... pero no tiene novia —declaró alucinado. ¿De qué narices hablaba ahora?

—La yegua roja que siempre está con él, su novia.

—Ah, Roja.

—¿Se llama Roja?

—Sí.

—Desde luego, no te comes mucho el coco para poner nombres a los caballos... —murmuró—. ¿Dónde está? No la he visto hoy.

—Está preñada, así que la he llevado al prado con las otras yeguas —contestó él, girando sobre sí mismo hasta volver a quedar pegado al cuerpo femenino.

—¿Tienes más caballos?

—Aún no —repuso hundiendo la nariz en el cuello de Bella—. Me gusta como hueles...

—Huelo a sudor y a sexo —dijo empujándole para separarlo de ella. Ahora que le estaba haciendo hablar no quería que parase—. Si no tienes más caballos... ¿con quién has dejado a Roja?

—Con las otras yeguas —reiteró él sin darle importancia. En esos momentos en lo último que podía pensar era en yeguas...

Su mano se movió con voluntad propia, buscando la piel de la mujer y logrando su propósito al tocar el muslo. Una vez conseguido, comenzó a acariciarla. Bella gimió al sentir su abrasador contacto; ese hombre conseguía derretirla con un solo roce. Él volvió a acercarse a ella y continuó adorándola. Bella jadeó cuando sus perezosos dedos se hundieron, con intenciones muy claras, en la unión entre sus nalgas.

—¿Qué otras yeguas? —inquirió, tensándose de repente y dándole un cachete a la mano impúdica que magreaba su trasero.

—Las que están preñadas —contestó él estoicamente. Su mano repudiada resbaló como por casualidad hasta el sedoso pubis. Y ya que estaba ahí, se detuvo a acariciarlo.

—Deja la manita quieta y céntrate, que me estás volviendo loca —gruñó Bella, intentando por todos los medios mantener la mente sosegada.

—Ahora mismo —la ignoró él, acercándose más y besándola en el hombro.

—A ver —Bella respiró, haciendo acopio de paciencia—Sí no tienes más yeguas, ¿cómo es que Roja está con «las otras yeguas»? —Si era una pregunta chorra, pero era la única que se le ocurrió para mantener una conversación y no caer en sus trucos.

—No vas a parar de hacer preguntas, ¿verdad? —susurró él, resignado, girándose hasta quedar de espaldas sobre el colchón. Su pene se alzó gruñón en una queja muda ante la afrenta a la que se veía sometido.

—Va a ser que no—afirmó Bella rotunda. Si él supiera lo cerca que estaba de olvidarse hasta de su nombre, jamás conseguirían tener una conversación.

Con un bufido, el hombre se puso de rodillas sobre la cama, asió las piernas de la mujer y, con un rápido movimiento, la tumbó boca abajo para acto seguido sentarse a horcajadas sobre sus muslos.

—¿Se puede saber qué haces ahora? —Bella intentó darse la vuelta pero él se lo impidió.

—Voy a darte un masaje. Y mientras lo hago, prometo solemnemente responder a todas tus preguntas —explicó, cogiendo el estuche que había guardado bajo la almohada y colocándolo sobre el colchón.

—No sé si fiarme.

—No lo hagas —advirtió él—. Apoya la cabeza de lado sobre la almohada —ordenó. Cuando ella se colocó a su gusto, recogió con cuidado su melena y la colocó extendida a un lado— Tu pelo es tan suave... —Depositó un beso juguetón en su nuca.

—Mmm —suspiro Bella, relajándose— Si no tienes más caballos, ¿Con quién está Roja?

—Nunca sueltas tu presa —bufó él, trazándole círculos en la nuca con las yemas de los dedos—. Roja está preñada, así que la he llevado a un prado vallado, a las afueras del pueblo, donde hay otras yeguas en la misma situación —repitió por enésima vez.

—¿Por qué no la has dejado con Negro? —inquirió Bella, apoyando la mejilla sobre el dorso de sus manos. Las caricias del hombre eran tan agradables...

—Porque Negro ya ha cumplido con su fundón. Es un semental; de nada me sirve dejar a Roja con él. En unas semanas subiré a otra yegua para que la monte.

—Acabas de decirme que no tenías más yeguas...

—Y no las tengo —reiteró, pensando que sería mucho más fácil amordazarla que responder a todas sus preguntas... Mmm... En ese momento se imaginó a Bella amordazada y atada. Su pene dio un salto—. Voy a subir a la yegua de un amigo. —Continuó hablando para intentar quitarse esa imagen de la cabeza—. Quiere un potro de Negro y yo le debo un par de favores. —Bella hizo intención de girar la cabeza, él se lo impidió con una mano y decidió extenderse un poco más en la explicación—. Así es como funcionan las cosas por aquí. No son caballos de pura raza ni los tenemos para hacer negocios, sino por placer. Hace un par de años nos reunimos unos cuantos amigos y montamos un establo en los terrenos de uno, pagamos los gastos de comida entre todos. El veterinario... mmm... nos sale gratis —explicó sin dejar de acariciar la nuca de Bella—, y lo demás, es a base de favores... Yo ayudé a un conocido con sus tierras y él a cambio me dio a Roja cuando no era más que una potrilla. Hace poco mi tractor tuvo una avería y un amigo me lo arregló, ahora ese hombre quiere un potro de Negro y me traerá a su yegua para que la monte...

—¿Amarillo? —interrumpió Bella con voz ronca, el masaje en la cabeza estaba surtiendo efecto.

—¿El qué? —preguntó él sorprendido.

—El tractor.

—¿Qué?

—Ya sabes, como la canción: «Tengo un tractor amarillo...» —tarareó Bella. Él alzó las cejas, incrédulo.

—Estás hoy muy traviesa —apuntó. Sus manos se deslizaron por la espalda femenina, masajeado su columna a la vez que apretaba la pelvis contra su trasero, mostrando lo mucho que se estaba divirtiendo. Bella se removió, intentando escapar de su contacto; no iba a permitirle ninguna distracción. Él se dejó caer sobre su espalda y le mordió suavemente en la nuca—. Si no te portas bien me voy a enfadar.

—Tururú.

—Tú lo has querido. —Se sentó de nuevo a horcajadas sobre sus muslos y un segundo después su mano cayó sobre el trasero de Bella en un ligero azote. Y ya que estaba por la zona, se quedó allí un ratito, solazándose en la suavidad de la piel.

—¡Eso no es en lo que habíamos quedado! —se quejó ella.

—Es un masaje.

—Ni de coña —Bella se removió divertida, notando la erección de su amante sobre sus muslos. Este dio un respingo y se pegó más a ella—. Ah no, no señorito. Un trato es un trato —avisó un segundo antes de intentar incorporarse. Se lo estaba pasando de maravilla haciéndole rabiar.

Él plantó la mano en su espalda y se lo impidió. Cuando quedó claro que estaba dispuesta a continuar tumbada, cogió el estuche de tela y tanteó a ciegas en su interior hasta dar con lo que buscaba.

—¡Oh! —resopló sobresaltada, cuando un líquido tibio cayó sobre su espalda—. ¿Qué es eso?

—Aceite para masajes.

—Ah... ¿Nadie te ha explicado nunca que el aceite no se echa directamente sobre la piel?

—No sabía que había que hacer un curso para dar masajes —contestó un poco irritado, ¿Acaso Bella había dado masajes a...? No. Prefería no dejar que sus pensamientos fueran por ese camino.

—Primero te lo tienes que echar en la palma de las manos y frotarlas para calentarlo... —explicó Bella con tono de maestra de escuela.

—Sabidilla —gruñó él, dándole otro azote en el culo—. ¿Acaso eres una experta en masajes? —En cuanto las palabras escaparon de sus labios, cerró la boca con fuerza. Mierda, no quería ir por ese camino.

—He recibido unos cuantos, así que... sí.

—Te gusta que te den masajes. —No era una pregunta. Estaba irritado y se le notaba en el tono de voz. No era un susurro, sino más bien un gruñido.

—Sí.

El hombre acarició la espalda femenina extendiendo el aceite. Se sentía vulnerable ante sus pullas, era la primera vez que daba un masaje y no le gustaba que se lo tomara a broma. Menos todavía que le echara en cara que había recibido más masajes de los que él quería tener constancia. De hecho, no quería saber nada de los masajes que hubiera recibido ella.

—¿Cuándo? —preguntó como un idiota celoso, antes de conseguir morderse la lengua.

—Mmm. Justo antes de venir al pueblo —respondió ella, disfrutando del tono suspicaz de su voz.

—¿Quién? —Gruñó. Lo único que acertaba a pensar era que hacía menos de un mes que su mujer recibió ese masaje y quién sabe qué más cosas. Sus manos dejaron de recorrer la espalda femenina y se detuvieron sobre las costillas, apretándose contra ellas sin ser consciente de ello.

—¿Quién? —preguntó a su vez Bella, divertida—. Mi fisioterapeuta.

—¿Tu qué?

—Mi fisioterapeuta, ya sabes... El especialista que se dedica a dar masajes —comentó, intentando no reírse por la reacción del hombre.

—¿Qué clase de masajes?

—¡Oh, vamos! No seas tonto y deja de apretar tanto, me estás haciendo polvo.

—Es parte del masaje —afirmó él, aflojando la presión—. ¿Qué masajes te da? —volvió al ataque.

—Masajes lumbares.

—¿Lumbares?

—Sí, me paso todo el día sentada en una silla haciendo facturas. Al acabar la semana me duele todo el cuerpo, así que voy a un fisio que me da un masaje totalmente inocente para quitarme un poco los dolores —afirmó sonriendo.

—Lo has hecho aposta.

—¿El qué? —preguntó Bella, inocentemente.

—Bien lo sabes —gruñó él, irritado por cómo se la había jugado ella y a la vez cautivado por esa faceta divertida y gamberra de su personalidad que hacía tanto tiempo que no mostraba.

Sin ser consciente de ello, se dejó llevar por los recuerdos. Bella tumbada en la cama, jugando a comerse los deditos de los pies de su bebe; él llevando a Alec a caballito sobre sus hombros, dando saltos y corriendo por las escaleras mientras Bella se tapaba la cara horrorizada, pensando que se iban a caer rodando...

Sus manos fueron dibujando estelas sobre la espalda de la mujer a la vez que los recuerdos invadían su mente. Bella acurrucada en el sillón del comedor, hablando con él mientras esperaba a Jasper, bromeando y escuchando atenta los chismes que él contaba sobre la gente del pueblo. Bella adormilada, sus pestañas oscureciendo el brillo de sus ojos hasta cerrarse por completo; sus manos, que se movían incansables cuando estaba despierta, relajadas sobre el sillón cuando caía rendida esperando el regreso de su marido, ausente. Sus propias manos, morenas y rudas, tapándola con una manta; buscando la excusa para acariciarla mientras dormía. Su boca anhelante posándose sobre sus tibios y dulces labios en un beso de buenas noches que jamás se atrevería a darle si estuviera despierta.

Sus recuerdos volaron a las noches que permaneció sentado en el suelo frente a ella, apoyado en la pared, mirándola, observándola... Atento a su respiración, a la manera en que sus labios se abrían en una sonrisa ensoñadora, esperando vigilante el sonido que le indicara que su hermano había llegado a casa y, cuando éste por fin llegaba, su propia irritación al sentir sus pasos en la escalera. La mayoría de las noches Jasper se reía al verla dormida y bufaba enfadado al levantarla para llevarla a la cama. Pero otras veces, la indignación hacía presa en él, al ver que su hermano pasaba de largo por el salón, tambaleante, apoyándose en las paredes y sin llegar a percatarse de que su mujer le esperaba, ya dormida, sobre el incomodo sillón. Entonces, el desprecio se instalaba en su mente al escuchar cómo su cuerpo caía a plomo sobre el colchón, sin llegar a tomar conciencia de que su esposa ni siquiera estaba en la habitación. Esas noches, demasiadas en los últimos tiempos del matrimonio, se armaba de paciencia para no golpear a su hermano y, con cuidado, llevaba él mismo a Bella a la cama. Su única y humilde venganza era darle aquel tímido beso de buenas noches; saber que sus labios serían los últimos que la besaran ese día.

Después... el descubrimiento, la debacle, el distanciamiento. Y ahora... por fin era suya, aunque ella no lo supiera.

Bella se relajó al sentir los dedos recorriéndole la espalda con caricias tan sutiles que casi parecían susurros.

Poco a poco Edward fue incrementando la presión. Trazó lentos y suaves senderos a ambos lados de la columna vertebral con los nudillos; caminó con los dedos sobre sus costillas como si fuera el juego de un niño pequeño; subió hasta los hombros y puso las manos planas sobre ellos, presionando y aflojando hasta que sintió que Bella relajaba cada uno de sus músculos; bajó de nuevo bordeando la columna hasta llegar a la base de la espalda, cerró los puños y retomó el camino de regreso muy despacio. Al principio apenas era una caricia, pero poco a poco la presión se fue incrementando hasta hacerse molesta.

—Hum —se quejó levemente, estirando la espalda e intentando alejarla de sus manos.

—Te he hecho daño —afirmó él contrito—. Lo siento... recordé... —apretó los labios con fuerza.

—¿Qué?

—Nada importante —zanjó él con un tono de voz que no admitía más preguntas.

Bella se quedó pensativa... Había cosas de él que le hacían pensar si no se conocerían más de lo que suponía. Si no sería alguno de sus amigos del pueblo... Negó con la cabeza. «Tonterías», decidió.

Las manos masculinas bajaron planas hasta llegar al final de la espalda, los dedos se abrieron en abanico para acoger las nalgas gemelas y las yemas trazaron lentos círculos que hicieron suspirar a Bella. Él sonrió al oír aquel ruidito anhelante y se desplazó hasta quedar sentado en cuclillas sobre los tobillos de la mujer. Sus manos abandonaron el cálido trasero y descendieron lentamente por los muslos, las corvas, las pantorrillas... Por último se esfumaron en el aire.

Bella sintió como el hombre se movía hacia un lado, sus fuertes y peludas piernas apretando las suyas y, sin pararse a pensarlo, juntó con fuerza los muslos; su clítoris reaccionó al instante mandando mariposas que cosquillearon en su estómago. No estaba del todo excitada, pero casi.

Él sonrió al sentir su movimiento. Volvió a poner las manos sobre las pantorrillas femeninas y continuó masajeándolas. Había echado más aceite y los dedos se deslizaban sin apenas fricción sobre la piel de su mujer. Bella inspiró profundamente al sentir su contacto resbaladizo y cálido, cerró los ojos y se dejó llevar por las sensaciones.

Recorrió las piernas femeninas con caricias tan lentas, que Bella no se dio cuenta de hacia dónde se dirigían hasta que casi fue demasiado tarde. Los dedos ascendieron por los muslos hasta que se introdujeron resbaladizos en la unión entre ellos, acariciando con ternura el perineo para luego desplazarse a la vulva. La mujer gimió ante el primer contacto. Su cuerpo relajado se incendió de pronto cuando uno de esos traviesos dedos presionó la entrada a su vagina, tentándola, para luego abandonarla a favor del clítoris.

Bella abrió los ojos totalmente alerta. «Ah, no, eso sí que no», pensó en un destello de lucidez. Se había confiado hasta el punto de quedar tan relajada, que olvidó lo que pretendía; que no era otra cosa que «mantener una conversación».

—¿Hace mucho que vives aquí? —interrumpió sus maniobras, decidida a retomar el diálogo.

—Toda mi vida —respondió él, distraído, sintiendo cómo una de sus manos se hundía poco a poco entre los muslos de su mujer. La humedad que emanaba del cuerpo femenino se mezclaba con la pátina de aceite que le cubría los dedos dando lugar a una sensación increíblemente suave.

—¡Toda tu vida! —exclamó Bella, levantándose sobre sus codos, girando asombrada el cuerpo y la cabeza.

—Sí —respondió él, fastidiado porque ese movimiento había logrado que su mano dejara de estar atrapada entre sus muslos.

—¿Por qué? —preguntó alarmada.

—Por qué, ¿qué? —bufó él colocando las manos otra vez sobre el final de su espalda, presionando para que Bella volviera a tumbarse en la misma posición que estaba antes. No pudo reprimir un gruñido irritado, cada vez que se acercaba adonde quería estar, ella se movía alejándolo.

—¿Por qué vives aquí? No lo puedo entender... Comprendo que te guste el campo y todo eso —pronunció con evidente desagrado la palabra «campo»—, pero... pensé que...

—¿Qué? —preguntó el confuso. Bella tenía la virtud de confundirlo cuando menos se lo esperaba.

—Que... No sé. Que esto era algo así como una cabaña de recreo. Pero, si siempre has vivido aquí... —Bella estaba claramente aturullada y se le notaba en cada palabra que pronunciaba. Lo que no entendía él, era por qué estaba tan aturdida—. Me refiero... a que vives aquí... ¡desde siempre!

—¿Aquí? —«Esta es una de las conversaciones más surrealistas que he tenido en mi vida», pensó linchado, sin dejar de solazarse con la suavidad del trasero femenino. Deseaba hundirse en él, lamerlo, mordisquearlo...

—Sí. Aquí, en esta cabaña; sin agua corriente, sin luz... ¡Desde siempre! ¿Tienes trabajo? —preguntó de sopetón.

—Sí —aseveró distraído, bajando el rostro hasta que sus labios tocaron la tersa piel de las nalgas. Era tan suave como la había sentido bajo sus dedos.

—Entonces, ¿por qué vives aquí? —reiteró Bella, removiéndose para evitar el contacto del hombre. Era demasiado agradable como para poder mantener una conversación, y en esos momentos estaba muy interesada en comprender por qué vivía de esa manera.

—Sí —gruñó él sin separar los labios del trasero femenino. Cuando el silencio de Bella le indicó que ese monosílabo no se correspondía con la pregunta que acababa de hacerle, abrió un poco los ojos y pensó en otra opción—. Mmm... No —rectificó sin prestar atención, justo antes de arañar con los dientes las nalgas. Estas se tensaron bajo su boca con voluntad propia. Dio un pequeño mordisco. Le encantaba el sabor de su piel.

—¿Sí? ¿No? —Se extrañó Bella por la respuesta. Luego sintió sus dientes de nuevo sobre el trasero y entendió—. ¡No me estás prestando atención! —exclamó enfadada, girando el cuerpo y alejándose, ¡otra vez!, de las caricias del hombre.

—No. No te estoy haciendo ni puñetero caso —declaró él—. Tengo otros asuntos urgentes de los que ocuparme —afirmó, agarrándole el trasero y colocándola, en la posición adecuada. Y para dejar bien claras sus intenciones, le dio una sonora palmada en las nalgas que después calmó con un suave lametón.

—¡Va a ser qué no! —estalló Bella girando de nuevo, firme en su cabezonería— ¿Por qué vives aquí?

—¡Porque me da la real gana! —replicó él, asiendo con fuerza las caderas de la mujer y colocándolas en su sitio; firmemente aprisionadas contra la cama, con el trasero el pompa y dispuesto—. Que a ti no te guste el pueblo no quiere decir que sea un mal sitio para vivir. De hecho es un lugar cojonudo, y si te molestaras en dejar atrás toda esa rabia que tienes dentro, te darías cuenta de ello —afirmó enfadado. Estaba hasta las mismas narices del odio de Bella hacia Mombeltrán; un odio irracional derivado de los errores de una sola persona: su querido hermano...

—Pero, ¿de qué vas? —clamó Bella—Me parece de puta madre que el pueblo te parezca cojonudo, pero no entiendo por qué vives aquí. A no ser que..., te estés escondiendo. —Una bombilla se encendió en su cerebro—. En esta cabaña perdida de la mano de Dios porque... —Bella se calló en ese punto. ¿Por qué se iba a esconder él allí? Estaba segura de que era un tipo decente y honrado, todo en él proclamaba que era una buena persona. Pero entonces... ¿por qué vivía de esa manera? Sin agua, sin luz, ¡sin baño!

—¿Escondido? ¿Aquí...? —Repasó toda la conversación en su cabeza y luego soltó una tremenda carcajada—. Entiendo. Esto es como cuando pensaste que yo era un vaquero que me desplazaba por el mundo montado en mi flamante caballo negro. Ahora me has tomado por un... ¿ermitaño? —sacudió la cabeza divertido—. Nena, tienes una imaginación desbordante —declaró, recorriendo la grieta entre sus nalgas con las yemas de los dedos.

—Acabas de decir que llevas viviendo aquí toda la vida.

—Aquí, en el pueblo. En una casa con paredes de piedra, techo de tejas y esas cosas... —declaró él, hundiendo un dedo entre los montículos gemelos, tentando el fruncido orificio del ano. Bella jadeó. Él sonrió.

—Ah... Pensé que... vivías aquí... en la cabaña —confesó aturdida. Eso que le estaba haciendo no debería gustarla, pero le encantaba.

—Ya veo —asintió él alejando el dedo del ano y abriendo la mano en abanico para abarcar las nalgas.

—Entonces, ¿tienes una casa en el pueblo? Ya sabes, con agua corriente, luz eléctrica, cuarto de baño... —susurró Bella, casi rendida a las caricias del hombre.

—Bañera, muebles, un par de chimeneas y un enorme porche con una barbacoa de piedra —completó divertido la descripción de su casa.

—Ah... genial —susurró, avergonzada por haberse dejado llevar por la imaginación otra vez.

Él le dio una suave palmada en el trasero y acto seguido se colocó a un lado de la cama. Sus dedos bajaron de nuevo por la parte trasera de los muslos hasta llegar a los tobillos, los agarró firmemente y a continuación dio un tirón obligándola a separarlos. Antes de que Bella pudiera siquiera protestar, se coló entre sus piernas y derramó una buena cantidad de aceite sobre su trasero desnudo.

—¡Ey! ¿Qué haces? —exclamó sobresaltada al sentir el tibio líquido recorrer su culo y deslizarse sobre su vulva abierta y expuesta.

—Nada —declaró él extendiendo el aceite sobre la piel femenina. Ella bufó incrédula.

—Si tienes una casa con todas esas comodidades, ¿por qué vives aquí? —volvió al ataque.

—No vivo aquí —rechinó los dientes; era dura de roer, cuando cogía un hueso no lo soltaba—. Vengo aquí en busca de tranquilidad.

—¿En busca de tranquilidad? No estarás insinuando que el pueblo te estresa.

—No me estresa, pero a veces me gusta alejarme de todo y perderme en el monte —confesó, solazándose con la resbalosa suavidad de la piel impregnada en aceite.

Sus manos comenzaron una danza hipnótica, subiendo y bajando por los muslos femeninos, deslizándose por las pantorrillas, pinzando entre el pulgar y la palma de las manos los músculos que poco a poco iban relajándose.

—¿En qué trabajas? —preguntó somnolienta.

—En el campo. Tengo tierras —declaró él antes de pensar en lo que estaba diciendo. Sentía la piel de Bella tibia bajo sus dedos. Subió hasta el comienzo de los muslos y buscó con los dedos en la unión entre ellos. Una cálida humedad le dio la bienvenida.

—Tus manos son ásperas —afirmó Bella—, pero suaves.

—Sí.

Una de esas manos se hundió entre las piernas femeninas hasta quedar alojada contra la vulva, los dedos acariciaron el clítoris a la vez que la palma presionó contra la entrada de la vagina. Bella jadeó. La mano libre se posó sobre el trasero y presionó.

—Mmm —gimió Bella cuando introdujo un dedo y tentó la entrada a su recto—, muy suaves —susurró levantando ligeramente el culo.

—¿Tú crees?

Él movió la mano alojada contra su pubis, adelante y atrás, presionando contra la vagina y cosquilleando con las yemas el clítoris. El dedo que se apretaba contra el ano aumentó la presión sin llegar a penetrarlo. Bella se sacudió, alzando el trasero y buscando los dedos que atormentaban su vulva. La mano que reposaba sobre sus nalgas abandonó su lucir y bajó hasta el perineo, los dedos se hundieron en la tierna piel que cubría la entrada de su vagina y tiraron con suavidad, dejándola abierta, para que corazón y anular la penetraran y se impregnaran en su humedad. Los dedos entraron y salieron con fuerza, cada vez un poco más rápido basta que Bella comenzó a mover las caderas al ritmo que marcaban. Entonces, y sólo entonces, el pulgar recorrió el sendero hasta el ano y comenzó a jugar sobre él, acariciando y tentando, presionando y calmando. La mujer se tensó durante un segundo, el tiempo exacto que tardó su cerebro en procesar que ese contacto, aunque prohibido según qué normas, era sumamente agradable.

Él bajó el rostro hasta que quedó situado sobre el trémulo trasero, mordisqueó los carrillos gemelos, deslizó su lengua por la unión entre ellos y, al no verse rechazado, lamió la piel que se fruncía alrededor del pulgar. Bella dio un pequeño salto sobre sus caderas y empezó a temblar. Se alejó de ella, pasó las manos por su estómago y la alzó, obligándola a posicionarse de rodillas sobre la cama. Luego recorrió sus costillas y acarició sus brazos hasta llegar a las manos que se apoyaban planas sobre el colchón. Las asió y las llevó hasta el cabecero de la cama, obligándola a estirarse hasta que quedaron ancladas al borde.

No podía verla, la oscuridad se lo prohibía, pero su imaginación no estaba ciega.

Bella, arrodillada sobre la cama, el culo en pompa, la espalda arqueada, la cabeza presionando sobre la almohada, y los brazos estirados sobre esta. La imagen no podía ser más erótica.

Se volvió loco sólo de pensarlo.

Sus piernas, fuertes y vellosas, se estremecían pegadas a los muslos suaves y delicados de la mujer, manteniéndolos abiertos. Pasó una de sus manos por el pubis depilado y alojó la palma sobre el clítoris mientras las yemas de los dedos se introducían en su vagina. La otra mano se posó sobre las nalgas, con uno de sus dedos anclado en el ano.

Bella jadeó con fuerza y alzó más el trasero al notar ese dedo entrar en él. No era incomodo, sino todo lo contrario. Era excitante... Sentirlo entrar y salir de ella mientras su clítoris era acariciado, la estaba marcando a fuego.

Él continuó moviendo sus dedos sobre el cuerpo femenino hasta que notó que la tensión del ano se relajaba. En ese momento hizo que otro dedo acompañara al primero. Bella se tensó, un pequeño gruñido asomó a sus labios a la vez que intentaba alejarse de esos dedos que, ahora sí, le resultaban incómodos.

—Tranquila. Pasará pronto —avisó, presionando la mano que se alojaba en su pubis para impedirla escapar.

—Es... molesto —declaró ella sin encontrar una palabra mejor para describir esa sensación.

No era dolor, era... otra cosa. Dolor mezclado con placer. Se sentía demasiado tensa alrededor de esos dos dedos, abierta, henchida... Pero él no paraba de moverlos. Poco a poco fue introduciendo la primera falange, luego la segunda... y cada vez que los sacaba de su interior, Bella se sentía extrañamente vacía, anhelante. Los músculos de su recto se distendieron y relajaron, alojando con ansia los dedos que en él penetraban. Sin darse apenas cuenta, comenzó a moverse contra ellos, alzando el trasero cuando la abandonaban, buscándolos...

Cuando su amante apreció que estaba relajada y dispuesta, se retiró. Bella gruñó.

—Mastúrbate —ordenó. La mujer soltó una de sus manos del borde de la cama y la llevó hasta su pubis. No se le pasó por la cabeza desobedecer la orden.

Él posó una mano sobre las tersas nalgas, hincó los dedos y tiró, abriéndolas. Un chorro de aceite tibio se vertió entre ellas, cayendo sobre el dilatado orificio.

—No pares de masturbarte —advirtió a la vez que le sujetaba las caderas con una de sus manos—. Esto va a doler al principio.

La mano de Bella paró el vaivén que ejercía sobre su clítoris alarmada ante la voz del hombre.

Un gruñido asomó a sus labios cuando sintió algo grueso y duro sobre su ano. Demasiado duro. No era el pene de su amante.

—¿Qué es eso?—preguntó con voz trémula.

—Un dilatador anal —respondió, presionando con la punta sobre el orificio. Éste cedió.

—No quiero eso ahí —Bella intentó alejarse, pero él se lo impidió.

—Yo sí —sentenció, introduciéndolo un poco más. Bella gimió. Dolor y placer. La sensación era... extraña.

Por un lado quería que le sacara eso del culo, que la dejara tranquila, que no le hiciera daño; pero por otro, anhelaba sentirse llena otra vez, notar como su recto se apretaba contra algo duro y grueso, dejarse llevar por el placer que había sentido escasos segundos antes con los dedos masculinos hundidos en ella.

Él tomó la decisión por ella. Continuó presionando con cuidado, introduciendo el dilatador milímetro a milímetro.

Bella sintió cómo se estiraba, cómo su recto se extendía para dejar paso a... esa cosa y, a pesar del dolor de la penetración, su cuerpo se calentaba cada vez más; su estómago se encogía por espasmos de placer, sus piernas temblaban de anticipación, su vagina vibraba anhelando ser ocupada y su clítoris clamaba por que le prestaran atención.

—No dejes de masturbarte —ordenó él con los dientes apretados. Le estaba costando la misma vida contenerse y no introducir de golpe el dilatador, pero sabía que no podía hacer tal cosa. Necesitaba hacerlo lentamente, dejar que el ano se fuera relajando pausadamente, que se acostumbrara a su tamaño y grosor.

—No quiero eso dentro... Te quiero a ti —afirmó Bella. Sus dedos habían obedecido la orden y acariciaban con fuerza el clítoris, húmedo e hinchado.

—Aún es pronto para mí —jadeó él—. Mi polla es mucho más grande —afirmó sin rastro de modestia—, primero debes aceptar este. Luego entraré yo —declaró, introduciendo más y más el dilatador.

Bella no pudo reprimir un quejido de dolor. Ese trasto al principio no era demasiado grueso, quizá un poco más que los dos dedos que la habían penetrado, pero cuanto más se introducía en ella, más difícil era de acoger. Sintió que tenía forma de cono, delgado en la punta para ir incrementando su grosor paulatinamente.

Él lo extraía un poco para volver a hundirlo; cada vez más dentro, más duro, más grueso. Bella sentía su recto expandido hasta el límite, colmado, henchido. El dolor se mezclaba con el placer, haciendo que perdiera el control de sus miembros. La mano con la que acariciaba el clítoris presionaba contra el tierno botón buscando un alivio que no llegaba. En ese momento el dilatador entró en ella abriéndola por completo, para luego adelgazar de golpe y permitir que el ano se cerrara sobre él. Bella gimió, sin saber si era un quejido de dolor o un jadeo de placer.

—Ya está —afirmó él. En su voz se mezclaban la excitante y el orgullo por la valentía de su mujer—, Relájate, está dentro del todo.

Bella dejó que sus rodillas resbalaran sobre el colchón, con los músculos laxos y a la vez temblorosos.

—¿Ya está? ¿Eso es todo? —preguntó con un deje de irritación—. Tanto para ¿esto? Pues vaya mierda... —se quejó ¡No podía dejarla en ese estado! Excitada, insatisfecha, anhelante...

—Esto no es todo —aseveró él. Su risa ronca llenó la estancia. Una risa que despertó en Bella recuerdos olvidados. Una risa que había oído miles de veces muchos años atrás. La risa de... Antes de que pudiera completar ese pensamiento, las manos del hombre la sujetaron por las caderas y la obligaron a darse la vuelta para quedar de espaldas sobre la cama. Acto seguido, sus mejillas, ásperas por la incipiente barba, rasparon el interior de sus muslos.

Él había hundido la cara en ellos y lamía el clítoris.

—¡Dios! Adoro tu sabor —exclamó sin levantar la cara del lugar en el que estaba. Su aliento recorrió el sexo de Bella, provocando que sus caderas se levantaran del colchón para acercarse más al hombre.

El dilatado seguía introducido en su ano, olvidado.

Él posó las manos en el interior de los muslos de ella, abriendo la tierna piel, exponiendo sus labios vaginales mientras recorría con la lengua el sendero entre el perineo y el clítoris una y otra vez, hasta que Bella estuvo a punto de correrse. Comenzó a temblar y en ese momento notó que dilatador se movía.

Cuando el clítoris de Bella se hinchó más todavía y su vagina empezó a contraerse, él supo que estaba a punto. Pero aún era pronto, quería que se acostumbrara al dilatador, no que llegara al clímax sin que su polla estuviera en su interior. Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, se alejó de los fluidos que tanto le gustaba saborear y pasó una mano per el trasero de la mujer hasta encontrar la base del juguete. La asió entre dos dedos y comenzó a moverlo...

Bella se tensó, las brumas del placer se alejaron cuando esa cosa se movió. Esperó que la sacara de su interior, pero en lugar de eso, lo giró dentro de ella, presionando y aflojando, pero sin sacarlo. Al principio se sintió incomoda, tener algo dentro moviéndose era tan... extraño, y a la vez tan excitante... Relajó las piernas y cerró los ojos, dejándose llevar por las sensaciones, confiando en su amante. Él percibió el segundo exacto en que ella se abandonó y volvió a hundir su rostro en su pubis depilado.

Entre caricias y mordiscos, fue llevándola a un universo en el que sólo existían sus labios, su lengua, sus dientes... y el dilatador. Mordisqueó con cuidado la vulva, succionó con fuerza el clítoris, penetró con la lengua en la vagina y, mientras tanto, no dejó de mover el atrevido juguete. Girándolo sólo al principio, sacándolo un poco y volviéndolo a introducir después, hasta que llegó un punto en el que éste se deslizaba sin impedimentos, resbaladizo e inquieto. Subió los labios por su pubis, rodearon el ombligo, jugaron con él y ascendieron hasta los pechos para darse un festín con sus pezones. Y mientras tanto, la mano que jugaba con el dilatador no dejaba de moverlo en su interior. Raspó ligeramente con los dientes la femenina y tentadora clavícula y mordió para luego absorber con fuerza su cuello; le dejaría otra marca, pero en ese momento necesitaba hacerlo: marcarla y que todo el mundo supiera que tenía dueño. El. Edward.

Se irguió arrodillado entre las piernas femeninas. No podía verla pero la sentía temblar, desearle.

Soltó la mano que jugaba con el dildo anal y cogió el aceite para verter un chorro sobre el pubis femenino y otro poco sobre su pene sobreexcitado. Comenzó a masajearlo.

Había llegado el momento.

Asió los tobillos de Bella y los colocó sobre sus hombros. Luego, apoyándose sobre una mano, se inclinó sobre su cuerpo y la besó larga y profundamente en la boca. Absorbió sus labios y los mordisqueó para acto seguido, lamerlos. La lengua femenina salió a su encuentro, buscándola. Él movió la mano que tenía libre hasta el trasero de la mujer.

Bella sintió que el dilatador salía de su cuerpo; que la dejaba vacía, expectante.

Edward sujetó su pene y lo guió hasta el ano. El orificio estaba relajado, distendido. Presionó contra él. Bella percibió cómo entraba poco a poco, cómo la abría más aún, cómo la llenaba donde nunca la había llenado nadie. Él jadeó sobre su boca, estaba a punto de perder el escaso control que le quedaba. Se mordió con fuerza los labios, necesitaba ir despacio. El dilatador había hecho su trabajo, pero él era mucho más grueso y largo. Tenía que penetrarla poco a poco. Moviéndose con cuidado, fue entrando en ella milímetro a milímetro. Bella tembló por la presión ejercida, pero no era doloroso. O al menos no como una sensación mala o desagradable, sino todo lo contrario. Dolía, sí, pero era apasionante; tanto, que sus pezones estaban duros como guijarros, todo su cuerpo vibraba, notaba como su clítoris temblaba y su vagina se contraía buscando... algo.

En ese momento la base del pene chocó contra sus nalgas y el vello rizado del pubis de su amante presionó contra su vulva...

—¡Dios! —gritó, sintiéndose totalmente aprisionado por el recto de su mujer. Comenzó a moverse despacio, entrando y saliendo con cuidado, a punto de morir de placer.

—Ahh —jadeó ella al borde del orgasmo.

—¿Alguna vez...? —comenzó a preguntar, pero un relámpago de placer recorrió en ese momento sus testículos impidiéndole continuar—. ¡Joder! —exclamó sin dejar de moverse sobre ella—. No puedo más —confesó. Necesitaba aumentar el ritmo, adentrarse con fuerza en su interior... Pero temía dañarla.

—No pares...

—¿Alguna vez... te... han follado el culo? —preguntó pasando de delicadezas y palabras suaves.

—No... Sólo tú...

—Acaríciate para mí —ordenó él perdiendo el poco control que le quedaba, hundiéndose con fuerza en ella.

Bella obedeció. Llevó su mano temblorosa a su clítoris vibrante y comenzó a masturbarse mientras él entraba y salía de su ano con fuerza y rapidez. Sus pies, aún posados en los hombros de su amante, presionaron contra ellos levantando más las caderas, dejándole entrar más profundamente. Sus piernas se tensaron, los dedos con los que se acariciaba a sí misma temblaron junto con todos y cada uno de sus músculos.

Edward penetró con firmeza; una vez, dos, tres... Se mordió los labios hasta hacerlos sangrar en un intento por detener el orgasmo que latía en sus testículos y recorría sus venas. Bella gritó, convulsionándose, y él se dejó ir con un potente rugido.

Segundos después se derrumbó sobre ella, con el pene medio erecto aún en su interior. Haciendo acopio de sus últimas fuerzas, giró sobre sí mismo hasta quedar de lado, pegado al cuerpo de su mujer.

Bella sintió la polla deslizarse fuera de su cuerpo y un escalofrío la recorrió de arriba abajo. Quería a ese hombre con ella, en su cama, cada noche. Y cada día, a su lado. Quería su ternura y su pasión, su carácter mandón, protector y cariñoso; que soñara con ella. Pasar con él todas las horas del día y de la noche. Quería ser parte de su vida, y que él fuera parte de la suya.

«Tonterías», pensó un segundo antes de quedarse dormida y soñar con él... Y él con ella.

Edward se removió inquieto, las sábanas de la cama estaban mojadas, empapadas de sudor.

El calor se había apoderado de la noche. Suspiró y abrió los ojos, la oscuridad era absoluta. Parpadeó confundido hasta que su mente se iluminó con el recuerdo. Giró buscando con su cuerpo el de Bella. Estaba allí, junto a él. No se había ido. Continuaba desnuda, tumbada a su lado sobre el colchón. Recorrió con las manos sus formas, intentando hacerse una idea mental de cómo estaba situada. Dormía de lado, frente a él. Inspiró profundamente. Seguía con él. Las cortinas permanecían corridas y las contraventanas cerradas, por eso hacía tanto calor.

Se movió despacio, pasó por encima del cuerpo femenino, abrió las contraventanas y descorrió las cortinas. Quería observar a Bella bajo la luz de la luna.

Era preciosa, todo lo que un hombre podría desear, y más.

Era una mujer madura, responsable, divertida, entrañable, leal, apasionada.

Corrió de nuevo las cortinas para que no entrara luz en la cabaña y volvió a tumbarse sobre la cama, de lado, pegado a ella. Los párpados se le cerraban sin que pudiera evitarlo. Le gustaría pasar toda la noche mimándola, haciéndola el amor, pero no tenía fuerzas.

La recogida de las brevas imponía un horario agotador, debía levantarse al rayar el alba para que le diera tiempo a recolectar todos los frutos que estuvieran maduros; aquellos que no se recogieran estarían podridos al día siguiente. Luego debía clasificarlos y llevarlos a la cooperativa. Normalmente disfrutaba con el trabajo del campo, pero en esos momentos lo odiaba. Le impedía despertarse del todo y gozar del cuerpo cálido que había a su lado. Un segundo más tarde se rindió al sueño con un irritado suspiro.

Un escalofrío recorrió a Bella poco después. Sin ser consciente de ello buscó algo que le diera calor y lo encontró: su amante. Se acurrucó contra él. Posó sus manos sobre su pecho desnudo y éstas se calentaron al momento, el cuerpo duro y velloso estaba ardiendo y Bella no pudo resistirse. Se pegó más a él, introdujo sus pies helados entre las pantorrillas del hombre y pegó su estómago aterido de frío a su vientre cálido.

Edward sintió moverse contra él y, aunque estaba medio dormido, hubo una parte de su cuerpo que despertó de golpe. Las manos de Bella recorrieron inconscientes la suavidad de su pecho, jugaron con el vello rizado que rodeaba sus tetillas y frotó el pie contra sus piernas intentando calentarse. Él buscó las caderas de Bella y las pegó más a su ingle, donde su pene erecto y dispuesto se alzaba imponente. La asió con una mano por la corva de la rodilla y colocó su suave muslo de manera que reposara sobre su cadera. De un solo empellón, la penetró.

—Ahh —gimió Bella, medio dormida.

—No sabes cuantas veces he soñado con esto. Con estar los dos aquí, juntos, haciendo el amor —confesó él—. Cada noche muero por tenerte; me despierto totalmente empalmado pensando que estás dormida en la habitación del centro sola, sin mi —susurró entre gemidos, sin pensar cabalmente lo que estaba diciendo... Lo que estaba confesando. Al darse cuenta se quedó petrificado—. ¡Joder!

—No pares ahora —jadeó ella, apretando las manos contra la espalda del hombre, instándolo a moverse—. No podría soportarlo... —Su voz era débil, adormecida—. Sueño contigo cada noche, imagino que estoy entre tus brazos y me siento segura, protegida. Siento que nada puede hacerme daño porque percibo tu presencia a mi alrededor. Sé, que ya no estoy sola. Debo de estar loca.

—No estás loca —jadeó él contra su boca—. Estoy contigo siempre, aunque no me veas.

—Te siento a mi lado; giro la cabeza y sé que estás ahí, pero no te veo. Escucho una voz y pienso que es la tuya, pero no eres tú.

—Sí... Soy yo... Estoy a tu lado... Siempre. Contigo —gimió Edward.

Aumentando el ritmo de sus embestidas hasta que lo sintió tensar las piernas, temblar contra su estómago y contraer su vagina envolviendo su pene. Se dejó ir con un gruñido, eyaculando con fuerza en su interior. Apoyó su frente contra la de Bella y suspiró—. Te quiero.

—Te quiero—contestó Bella.

Minutos después, la respiración femenina se tornó suave e irregular. Se había quedado dormida.

También ella se había visto sometida al ritmo demoledor de la tierra dando sus frutos. Edward parpadeó para quitarse el sopor de encima y rodó por la cama hasta plantar los pies en el frío suelo. Apoyó los codos sobre las rodillas y dejó caer la cabeza. Esperaba que Bella no recordara el principio de la conversación que acababan de mantener o se descubriría el pastel. Y él estaría bien jodido.

Por un lado deseaba acabar con la farsa, pero por otro era consciente de que cuando lo hiciera ella, se mostraría, cuanto menos, furiosa.

—No —suspiró. Esperaría unos días más para revelar el secreto. Curando ella estuviera atada irremisiblemente a él por los lazos de la pasión. Entonces, y sólo entonces, asumiría su culpa, aceptaría su enfado y comenzaría a cortejarla sin compasión.

Estaba a punto de tumbarse otra vez en la cama cuando algo le vino a la mente. Se levantó sigilosamente y caminó por la cabaña. Ahogó un jadeo cuando se tropezó con la mecedora y no pudo evitar la maldición que escapó de sus labios cuando se clavó la esquina de la mesa en la ingle; lo cual conllevó en respuesta una vengativa patada contra la pata del jodido mueble. Lo malo fue que iba descalzo y el puntapié no hizo más que empeorar su situación. Se mordió los labios para no gritar y despertar a Bella, y cuando se hubo controlado —más o menos—, avanzó cojeando y protegiéndose con las manos sus partes nobles hasta dar con lo que buscaba: el bolso de Bella. Lo abrió y sacó su móvil. Sonrió mientras lo manejaba. Si volvía a despertarse esa noche, no tendría excusas para no quedarse con él.

Calor. Mucho calor. Bella estaba ardiendo. Su cuerpo se consumía en llamas incontrolables. Abrió la boca para tomar aire y de sus labios surgió un sonoro jadeo. El cosquilleo en el vientre se convirtió en una llamarada de deseo. Cerró los muslos con fuerza para aliviar su palpitante clítoris. «¿Qué coño me está pasando?» Parpadeó, intentando apartar de su mente las brumas del sueño, y entonces lo sintió. Un ligero pellizco en el pezón. Un cuerpo masculino pegado a su espalda. Un brazo cruzado sobre su pecho. Una mano sobre sus senos, unos dedos jugando con ellos.

—¿No descansas nunca? —susurró Bella al aire. No obtuvo respuesta.

Estaba tumbada de lado, con el cuerpo del hombre amoldándose al suyo, su ingle acunándole el trasero. Se movió contra él. Él gruñó y le apretó el pezón haciendo que jadease de nuevo. Totalmente consciente de lo que la rodeaba, volvió a restregarse contra el hombre; su pene estaba medio despierto, él estaba medio dormido, pero jugueteaba con sus pezones en sueños.

Tenía dos opciones, alejarse de él e intentar conciliar el sueño... o despertarle.

Lógicamente eligió la segunda.

Movió con cuidado su mano hasta que sintió bajo sus dedos los suaves abdominales masculinos y los acarició despacio, recorriendo los huecos entre ellos. Él se acercó más a ella y pinzó su pezón entre el pulgar y el anular, lo hizo rozar entre los dedos a la vez que comenzó a balancear las caderas contra el trasero femenino. Bella sonrió, se iba despertando... O al menos lo hacía una parte muy interesante de él. Bajó un poco más la mano, las yemas de sus dedos se encontraron con su polla casi erecta. Arrulló el glande entre sus dedos hasta que sintió la respiración acelerada del hombre contra su nuca. El pene creció rápidamente, se engrosó y endureció. Bella lo abrazó con la mano. El pulgar alojado sobre la corona, los otros cuatro dedos rodeando el tronco. Subió y bajó a lo largo de todo él.

—¡Joder! —clamó él con voz ronca antes de despertarse por completo.

Estaba ardiendo. Bella estaba pegada a él podía sentir su culo presionándole la ingle. La tenía abrazada, una de sus manos jugueteaba con un pezón duro y erguido, lo imaginó sonrosado entre sus morenos dedos y no pudo evitarlo, pinzó con más fuerza a la vez que su boca se ancló en un suave mordisco en la nuca femenina. Bella gimió con fuerza y apretó más la verga orgullosa que temblaba entre sus dedos. Edward pasó la mano que tenía libre bajo el cuerpo de Bella y la posó abierta en abanico sobre su pubis. La palma sujetándola, el anular tentando el clítoris. Bella empinó el trasero y guió el pene con la mano hasta la entrada de su vagina. Lo sintió entrar lentamente, casi con pereza, llenarla poco a poco hasta estar completamente introducido en ella. Los envites fueron lentos, sosegados. La mano de Bella se posó sobre la cadera del hombre, acariciándolo. Los dedos masculinos siguieron atormentando los pezones y el clítoris. Fue una unión tranquila, reposada, sin prisas... Como si tuvieran todo el tiempo del mundo para ellos solos.

Cuando acabó, ambos estaban rendidos de placer. Sus corazones palpitaban al unísono y sus cuerpos continuaban unidos.

Bella abrió los ojos que habían permanecido cerrados mientras hacían el amor. La oscuridad en la cabaña seguía siendo impenetrable.

—¿Qué hora es? —preguntó, comenzando a adormilarse de nuevo.

—Tarde. Duérmete.

—¿Tarde? ¿Cómo de tarde? —inquirió, alerta de repente.

—No lo sé. Las tres o las cuatro de la mañana —Él ahogó un bostezo contra su nuca.

—¡Oh Dios! —exclamó, despierta del todo—. Tengo que irme —dijo un segundo antes de saltar sobre el cuerpo del hombre y dirigirse a gatas hasta el borde de la cama—. ¡No veo nada! Necesito mi ropa, mi bolso...

—¿Donde crees que vas? —gruñó él, asiéndola de su tobillo y llevándola de nuevo al centro de la cama.

—¡Tengo que irme! Es tardísimo, Carlisle y Alec estarán preocupados... ¡Y furiosos! —gimió.

—No te preocupes, ya lo he solucionado. Duérmete —ordenó tumbándola de lado y acoplándose contra su cuerpo.

—¿Cómo que lo has solucionado?

—Me he encargado de ello —reiteró él, bostezando y rodeándola con sus brazos para que no se moviera. A su lado.

—¡Explícate! ¿Qué has hecho? —interrogó sin dejar de moverse contra él. Estaba segura de que él estaba medio dormido y no tenía idea de lo que estaba diciendo.

—Les he avisado. Duérmete —gruñó irritado por la desconfianza de la mujer. Si decía que se había encargado de ello, lo había hecho. Y punto.

—¿Cómo? ¿Con señales de humo? —argumentó Bella irónica. En esa cabaña perdida de la mano de Dios no había nada parecido a un teléfono.

—No —bufó él dándola un ligero azote en el trasero—. Con tu móvil.

—Ah. —Bella se calmó un poco, estaban avisados de que llegaría tarde. Genial. Luego abrió los ojos como platos—. ¡Joder! ¡Qué coño has hecho! —dijo, girándose y golpeándole con las palmas de la mano en el pecho—. ¿Has hablado con ellos? Dime que no lo has hecho. ¡Dímelo!

—No lo he hecho. —El hombre la volvió a colocar tumbada de lado, con el trasero pegado a tu ingle. Algo se estaba despertando... otra vez.

—¡Argh! —gritó indignada Bella. Ese maldito hombre no le daba ninguna explicación y, por si fuera poco, la tenía presa entre sus brazos. Le dio una buena patada en las espinillas con el talón, se giró hasta quedar frente a él y lo empujó hasta que quedó tumbado de espaldas. Se sentó a horcajadas sobre él, le plantó las manos sobre el pacho y le pellizcó con faena las tetillas cubiertas de vello rizado—. ¡Dime exactamente qué has hecho!

—Ahhhh —jadeó él, pero no era un jadeo de dolor, sino todo lo contrario. Arqueó la espalda y levantó las caderas, su pene pesado y semi erecto golpeó contra el sexo de Bella.

—¡No! —Bella volvió a pellizcarle loa pezones—. Dime-qué-has-hecho —ordenó entre dientes, aterrada al pensar que ese tipejo hubiera sido capaz de llamar a su suegro y hablar con él. Que le hubiera contado que ella estaba... ¡Dónde estaba! Y... ¡lo que hacía! Levantó las caderas alejándote del pene que en esos momentos se frotaba eufórico contra su vulva.

—Les he mandado un mensaje de esos... Un sms... —Se obligó a hablar Edward, asiendo con sus manazas las caderas de Bella, exigiéndolas volver a colocarse en su sitio.

—¿Qué les has escrito exactamente? —gruñó, moviéndose sobre su ingle cubierta de vello rizado. Jamás hubiera imaginado que el roce de ese vello contra tu clítoris fuera tan... agradable.

—Que te habías despistado y te quedabas a dormir con unos amigos. Que no te esperaran hasta el mediodía, —Edward arqueó la espalda, buscando con su pene la entrada al cielo.

—¡Les has dicho, ¿qué?!

—No. Se lo has dicho tú —bufo irritado por tanta charla estúpida. Las cosas que tenían que hacerse, se hacían. Y punto. Él no iba a permitir que su padre y su sobrino se preocuparan inútilmente.

—¿Yo? ¿Se lo he dicho yo? —Bella se levantó de su regazo, totalmente confundida por sus palabras.

—Mandé un mensaje a cada uno en tu nombre, como si fueras tú quien lo había escrito. Y ahora estate quietecita —ordenó él, clavándole los dedos en las caderas y obligándola a bajar hasta su verga, Sin ser consciente de lo que hacía, Bella asió su pene erecto y lo guió dentro de ella.

—Bien. Eso está mucho mejor —mascullo él, hundiéndose profundamente.

Un buen rato después, Bella se derrumbó sobre el pecho del hombre.

Ambos estaban sudorosos, pegajosos y muy, muy cansados. Los parpados se les cerraban sin que pudieran impedirlo. Con el último resquicio de fuerza que Bella pudo reunir, se impulsó sobre sus manos hasta caer al colchón, donde quedó totalmente desmadejada.

—No vuelvas a tocar mi bolso, ni mi móvil ni ninguna de mis cosas —advirtió en un susurro.

—Haré lo que sea necesario hacer —aseveró él, un segundo antes de quedarse dormido.


Hola! Bueno otro capítulo más, Se dijeron "Te Quiero" ahora a ver cuánto le dura a Bella XD

Gracias por las alertas!

Lucerito!