Pasaron más de dos meses desde la trampa del castillo. La relación entre Yin y Yang tomó un nuevo matiz. No solo ya no se hablaban, sino que apenas se veían. Siempre trataban de ir a dormir y despertar en horarios diferentes. Todo para no toparse.
Yin ni se la pasaba en casa. Tampoco estaba con sus amigos. Yang les había preguntado. Engañaba al Maestro Yo para que creyera que se había ido a dormir, pero en realidad desaparecía durante noches enteras. Al percatarse que estas salidas eran recurrentes, a Yang le llegó la preocupación. Más aún al percatarse que las salidas también ocurrían los fines de semana. Una vez estuvo tentado de preguntarle el motivo de sus salidas. Simplemente no le salió la voz.
Las pocas veces que se topaba con ella, le notaba algo extraño. Como una estrella que día a día iba perdiendo su brillo. Una mirada de serenidad cada vez más forzada. Hubiera sido buena idea haberle confirmado que no estaba molesto con ella por haberla pillado masturbándolo. De hecho ella debía estar molesto con él. Las palabras morían con el hecho de encontrarse ambos en una misma habitación. El peso de la culpa la estaba aplastando. Simplemente no podía quedarse de brazos cruzados mientras notaba como día a día iba perdiendo a su hermana.
Una noche la siguió. Caminó durante bastante rato por calles que no conocía. Eran calles extrañas, llenas de tiendas de productos exóticos. Yin caminaba con una capucha puesta. Su hermano la seguía con sigilo. Vio como entró a un local ubicado al final de un pasaje estrecho y apenas iluminado por unas cuantas luces de neón. Al entrar más atrás, un fuerte olor desconocido le dio la bienvenida, seguido de un picor en los ojos y de algo extraño que lo hizo toser. El conejo a duras penas pudo ver el camino, por culpa de la algarabía que había allí dentro, la pobre iluminación, y el denso humo que apenas lo dejaba ver y respirar.
Había mucha gente. Estaban celebrando, bailando, jugando, saltando, moviéndose. Todo era energía, a pesar del humo. Para Yang, esto no era humo convencional. Intentaba respirar lo menos posible, para evitar que su veneno le hiciera efecto del mismo modo que a esos pobres diablos. Buscaba a Yin, pero no podía encontrarla. Se subió por unos estantes, escaló agarrado de las vigas del techo, todo con tal de tener una buena vista. No había señales de Yin.
De improviso pudo verla por una ventana. Estaba inconsciente, llevada sobre el hombro de un desconocido rumbo a su auto. De inmediato el conejo rompió el vidrio y corrió a su encuentro. El desconocido al verlo, intentó huir, pero Yang le hizo frente.
-¡Hey! ¿A dónde crees que te la llevas?
Asustado, el pobre tipo dejó tirada a su víctima y salió huyendo del lugar. Yang lo habría perseguido, pero eso implicaba dejar a su hermana sola y tirada en un callejón oscuro y siniestro.
