La Locura del Lord


8| CASESE CONMIGO


Hinata obedeció y apoyó la espalda contra la hoja de madera.

—¿Tiempo para qué? ¿Te ocurre algo?

—Acércate.

Hinata alzó las faldas de seda de su vestido de baile y se dirigió hacia él delicadamente. Despacio, porque tenía los pies hinchados a causa de los apretados zapatos. Subir corriendo los cuatro tramos de escalera no había contribuido a que mejoraran.

Naruto la cogió de la mano y tiró de ella para acercarla los últimos pasos. Hinata cayó contra su duro cuerpo y, al instante, la rodeó con sus brazos.

—¿Qué…?

Él interrumpió las palabras con su boca. Le acarició la lengua con la suya, reavivando las brasas que no habían llegado a apagarse desde su último encuentro. Aquel hombre sabía besar.

Hinata se apartó de él con dificultad.

—Si no disponemos de mucho tiempo, quizá fuera mejor que me dijeras qué te ocurre.

—¿De qué estás hablando?

—De tu nota. —La sacó del bolsillo—. ¿No me la has enviado tú?

Naruto miró el papel y sus iris color azul buscaron las de ella durante un instante.

—Sí.

—¿Para qué?

—Para que vinieras aquí.

—¿Quieres decir que me has traído hasta aquí, diciéndome que tenías una urgencia, sólo para besarme?

—Sí. Para continuar con nuestra relación.

—¿Aquí? ¿Ahora?

—¿Por qué no?

Naruto se inclinó para volver a besarla y ella intentó apartarse. El tacón de su zapato se enganchó con la alfombra y él impidió que cayera sosteniéndola entre sus brazos.

Naruto sonrió. Fue una sonrisa feroz, la que esbozaría un depredador que acabara de capturar a su presa. El latido desbocado del corazón de Hinata decía que a ella no le asustaba demasiado.

—Estamos en casa de otra persona —intentó rechazarle ella.

—Sí. —Pero pareció que hubiera respondido «¿y qué?».

Hinata había supuesto que continuarían con la relación en su dormitorio, en secreto, después de que ella se hubiera asegurado de que no había nadie más en la casa. Sería algo clandestino, de tapadillo… Claro que no es que ella supiera demasiado sobre relaciones ilícitas.

—Podría entrar cualquiera —arguyó—. Y no hay cama.

Naruto se rio con suavidad. Ella no le había oído reírse y le gustó cómo sonaba; era una risa ronca, gutural y provocativa.

Él cruzó la estancia y giró la llave en el cerrojo, luego regresó a su lado y la rodeó con los brazos desde atrás.

—No necesitamos una cama.

—Estas sillas no parecen muy cómodas. Él se inclinó para acariciarle el pelo.

—No estás acostumbrada a esto.

—Lo confieso, es mi primera experiencia ilícita.

Naruto le besó el cuello mientras le deslizaba las manos desde la cintura a los pechos. Ella cerró los ojos y se inclinó hacia las palmas calientes.

—Tienes razón —susurró ella—. No estoy acostumbrada. ¿Qué deseas que hagamos?

—Tócate —le dijo al oído—. Conócete. Tócame a mí también. A Hinata se le aceleró el corazón.

—Acabas de decir que no tenemos mucho tiempo.

—No.

—Entonces, ¿qué hago?

Naruto le lamió el cuello desnudo hasta llegar al borde del escotado vestido de baile.

—Súbete las faldas.

¿Esperaba él hacerlo en esa posición? Hinata no estaba segura de que pudieran, en especial teniendo en cuenta el corsé que le cubría el torso hasta las caderas. «Maldita cosa».

Naruto cogió las faldas y comenzó a tirar de ellas hacia arriba. Hinata agarró la tela para ayudarle. Pensó que era una tarea difícil, y que si hubiera sabido lo que él tenía planeado, se habría puesto menos enaguas.

Pero, como la criatura vanidosa que era, había querido que el vestido estuviera bien ahuecado; al menos la prenda dejaba el cuello y el escote al descubierto.

Mientras ella seguía sujetando las faldas, Naruto acercó una silla, la colocó frente a ella y se sentó. Su cara quedó a la altura de los calzones. Se había puesto unos nuevos de color marfil, de tela muy fina y bordados con preciosas florecitas diminutas. No había poseído ropa interior tan frívola y femenina en su vida, pero Sumire había insistido en que la comprara.

Naruto desató las cintas de los calzones. Ella, con las manos ocupadas sujetando las faldas, no pudo detenerle, pero emitió un gritito ahogado cuando él le bajó bruscamente la prenda. Por la expresión de sus ojos, supo que estaba viendo todo y más.

Él le acarició el suave vello entre sus piernas y ella se vio atravesada por un ardiente estremecimiento. Gimió suave y guturalmente.

—Qué hermosura…—murmuró Naruto. Hinata apenas podía respirar.

—Me alegro de no decepcionarte.

—Jamás podrías decepcionarme.

Parecía hablar en serio, como si se hubiera tomado al pie de la letra sus frívolas palabras. Naruto se inclinó hacia delante y rozó con los labios aquel lugar que se hinchaba por él.

—Estás mojada para mí. —El aliento de Naruto la acarició en donde no debería acariciarla el aliento de nadie en una salita—. Muy mojada.

La saboreó con la lengua.

«Creo que no podría estar más mojada».

Si la señora Barrington la estuviera viendo desde el cielo, se reiría a carcajadas.

«Eso es lo que ocurre cuando una se deja llevar por la lujuria, querida», le diría.

No obstante, si Hinata se muriera de lujuria, ¿estarían abiertas las puertas del Cielo para ella?

«Lo siento, San Pedro, pero llevo mucho tiempo sin disfrutar de las caricias de un hombre. Demasiado. Me quitaste a mi esposo; ¿por qué no voy a deleitarme en este placer carnal como compensación?»

Naruto le asió el tobillo derecho y la liberó de los calzones, que cayeron arrugados al suelo. Luego le puso el pie en la silla, junto a su muslo, lo que hizo que quedara ante él con las piernas abiertas. Le deslizó las manos por las nalgas, se inclinó hacia delante y apretó la lengua en la hendidura.

Ella quiso gritar. Hacía demasiado tiempo. Hinata siempre había sentido pena para sus adentros por aquellas mujeres que consideraban que acostarse con sus maridos era una carga, porque ella sí conocía la alegría que se podía encontrar en aquel acto, pero saber que existía ese placer tenía su parte negativa. Durante aquellos largos y solitarios años, había sabido en todo momento lo que se estaba perdiendo.

La experimentada lengua de Naruto se detuvo al fin.

La postura, con su pie sobre la silla, permitía que él pudiera jugar tanto como quisiera. Y aprovechó la ocasión. La friccionó con los pulgares mientras indagaba con la lengua en su interior. Naruto tenía razón. Estaba mojada y él bebió cada gota con entusiasmo.

La torturó durante un buen rato, paladeándola, hasta que ella ya no pudo contener los gritos. Hinata arqueó las caderas y apretó las faldas entre los dedos. Un último roce la hizo sollozar ahogadamente al alcanzar la liberación que le había sido negada durante tanto tiempo. Notó que le resbalaban las lágrimas por las mejillas.

Naruto se echó hacia atrás y levantó la vista para mirarla con ojos ardientes. Hinata se sintió caer, pero él la sostuvo y la sentó en su regazo, manteniéndola a salvo entre sus firmes brazos.

—¿Te he hecho daño?

Hinata enterró la cara en su hombro con cierta vergüenza.

—No. Ha sido maravilloso.

—Estás llorando. Hinata alzó la cabeza.

—Porque jamás pensé que volvería a sentir esta dicha de nuevo. —Le acarició la mejilla con la mano, intentando que la mirara a los ojos, pero no lo consiguió—. Gracias.

Naruto asintió con la cabeza y, entonces, volvió a esbozar aquella fiera sonrisa.

—¿Te gustaría volver a sentirla?

Hinata apretó los labios, pero no logró contener una risita.

—Sí, por favor.

Naruto la sentó sobre la silla y se arrodilló en el suelo frente a ella. La obligó a separar las piernas y se acercó para demostrarle que no le había proporcionado más que una mínima parte del placer que podía hacerle sentir con su habilidosa boca.

—¿Dónde te habías metido, querida? —Sumire se acercó a Hinata con un brillante remolino de faldas en el salón de baile—. Deberías verte los ojos. ¿Qué has estado haciendo?

Su tono no era de aprobación.

Hinata vio que Naruto atravesaba el vestíbulo de mármol en dirección opuesta al salón y notó que se le encendían las mejillas. Sumire siguió su mirada y contuvo el aliento con deleite.

—¿Has estado besándote con Naruto, verdad? ¡Oh, querida, qué bien!

Hinata no respondió. Si hablaba corría el riesgo de consumirse en las llamas que todavía ardían en su interior.

«¿Soy yo? ¿Hinata Õtsutsuki? ¿Soy yo la que está vestida de raso y adornada con diamantes? ¿La que mantiene una relación ilícita con el hombre más decadente de París?»

Pensó en aquellos días de su infancia en los que tanta hambre había pasado. En las calles mugrientas y los niños escuálidos, hombres borrachos y mujeres desesperadas y agotadas. Jamás hubiera soñado que su vida podría cambiar de esa manera.

Naruto se detuvo a hablar con otro caballero y luego se alejó con él, perdiéndose en el vestíbulo oscuro. Por supuesto, sabía que no entraría en el salón de baile. Odiaba las multitudes.

Hinata se tragó la punzada de decepción. No debía esperar que se entregara a ella. ¿No era eso lo que le había dicho? ¿Qué no podía entregar su corazón?

«¡No seas tonta, Hinata!»

Continuó charlando alegremente con Sumire y sus amigos, pero no dejó de mirar ocasionalmente hacia las sombras del vestíbulo. Naruto no regresó.

Había niebla cuando Hinata y Sumire salieron, mucho más tarde, de la fiesta. Mientras cruzaban la estrecha calle de adoquines hacia el carruaje de su amiga, Hinata vio a un hombre entre las sombras de las farolas. Él se apartó cuando notó que ella le miraba y la luz de gas iluminó por un instante un parche.

.

.

—Señora Õtsutsuki.

Hinata se detuvo a la mañana siguiente cuando paseaba por los jardines de las Tullerías. Los restos quemados del Palacio se erguían amenazadoramente al final del sendero; un cruel recordatorio de la violencia de la que había sido testigo aquel hermoso lugar.

Sâra caminaba enfurruñada a su lado. La doncella estaba enfadada porque Hinata había insistido en salir a pasear tras haber trasnochado la noche anterior. Sumire seguía profundamente dormida, pero Hinata se sentía inquieta y llena de energía.

—Las damas de la buena sociedad jamás se levantan antes del mediodía — gruñó Sâra por lo bajo—. Pensé que ahora era usted una de esas damas.

—Cállate, Sâra —dijo Hinata.

Se adelantó a la doncella y esperó a que el hombre alto y vestido de negro se pusiera a su altura.

—¿Y bien? —preguntó cuando estuvo lejos del agudo oído de Sâra—. Sé que me está siguiendo a todas partes, inspector. Quiero que me diga por qué, por favor.

—Sólo cumplo con mi deber.

El viento proveniente del río les envolvió, trayendo consigo el hedor rancio del agua y el sonido de las campanas de Nôtre Dame.

—¿En Scotland Yard saben que está usted en París? —preguntó—. ¿Qué se dedica a seguir la pista a unos asesinatos que le han prohibido investigar?

—Estoy de permiso. He venido a París de vacaciones.

—En ese caso supongo que no puede arrestar a nadie.

Ao giró la cabeza y la miró duramente con su único ojo visible.

—Si considero necesario arrestar a alguien, lo haré siguiendo los protocolos establecidos. Informaré a las autoridades francesas y les ayudaré en todo lo que esté en mi mano.

Hinata le lanzó una fría mirada.

—Ya le he dicho que no pienso espiar a mis amigos.

—No he venido a sugerirle tal cosa.

—Ah, ¿ya se ha dado cuenta de que sería inútil?

—De lo que me he dado cuenta es de que usted es una mujer íntegra, señora Õtsutsuki. Algo sorprendente si consideramos sus antecedentes.

—Entiendo. Pero mi madre poseía educación, recuerde que fue su aciago matrimonio lo que torció su vida.

—Sí, he hecho averiguaciones al respecto y he dado con un terrateniente de Surrey. Un caballero inglés muy respetable. Murió de pena cuando su hija se casó con un japones de dudosos orígenes.

—No, murió de una dolencia hepática cuatro años más tarde —puntualizó Hinata—. Aunque, sin duda, usted afirmará que fue provocada por el disgusto que se

llevó cuando mis padres se casaron.

—Sin duda —aseveró Fellows con sequedad.

Hinata le dio la espalda llena de irritación y se alejó con enérgicas zancadas, aunque Fellows le dio alcance con facilidad, volviéndose a poner a su par.

—Me he acercado a usted para tratar otro tema, señora Õtsutsuki.

—No me interesa nada de lo que me pueda decir, inspector.

—Esto le interesará.

Hinata se detuvo tan bruscamente que sus faldas se arremolinaron en torno a sus piernas. Sostuvo la sombrilla con firmeza y lo miró con mordacidad.

—Muy bien, ¿de qué se trata?

Él bajó la vista hacia ella, deslizando su mirada sobre su cuerpo de una manera ofensiva.

—Señora Õtsutsuki, me gustaría que se casara conmigo.

Continuará...


Pues estoy de vacaciones y encerrada porque complicado salir a algun lado, entre hoy y mañana espero acabar esta historia

Un saludo a quienes la siguen :3