Capítulo 9

«Cuando nos separamos, entre lágrimas y callados, el corazón destrozamos para, por años, quedar alejados».

LORD BYRON, Cuando nos separamos

Itachi sintió que se quedaba sin aliento. Le costaba respirar. El dolor que provocaba en lo más profundo de su ser aquella pérdida era insoportable.

Los ojos enrojecidos y llenos de tristeza de Sakura brillaban a pesar de la oscuridad. Nunca olvidaría su mirada. Ni su aspecto. Era como una princesa; tan suave y atractiva con aquella bata, con el pelo trenzado sobre los hombros... Una princesa trágica, pero exquisita ante sus ojos.

Antes de que ella dijera las palabras que le rompieron definitivamente el corazón, ya había sentido un gélido temor que amenazó con detenerle el pulso. Notó que se volvía frágil y, cuando ella pronunció aquellas terribles frases, el dolor lo desgarró del todo; el corazón se le hizo pedazos y fue como si nunca, en ningún momento, hubiera sido de una sola pieza.

Le dolía el pecho. Estaba seguro de que allí dentro todavía continuaba alojada la cuchilla que le había destrozado lentamente las entrañas provocándole un sufrimiento indecible. Sintió la necesidad de emprenderla a latigazos con lo primero que pillara por delante.

Sakura fue la primera en huir de la estancia.

—Lo siento muchísimo, Itachi. Perdóname. —Fue un susurro que solo escuchó él, antes de salir, pronunciado en un intento de conservar una pizca de dignidad. Luego se dio la vuelta y corrió.

El señor Haruno siguió a su hija. Tuvo la discreción de parecer avergonzado por su actitud anterior mientras se alejaba.

El clic de la puerta de la biblioteca fue como un grito en el silencio que envolvía la gélida estancia. Pero la frialdad del lugar no podía compararse con la que envolvía su corazón.

Estar a punto de conseguir lo que quería y que se lo arrebataran de aquella forma de las manos era de una crueldad insoportable.

«No puedo casarme con ella. Jamás será mía. Nunca la abrazaré ni me acostaré a su lado, no estaré dentro de su cuerpo. No la acariciaré, no la besaré ni engendraré niños con ella».

Tragó saliva y aire antes de dejarse caer, derrotado, en una silla. Parecía que las piernas ya no podían sostenerlo. Apenas podía creerlo. Se suponía que Sakura era la chica perfecta para un libertino empedernido como él; que había encontrado un aliciente en el desolado paisaje matrimonial que jamás había esperado, que nunca se le ocurrió soñar. Ella era buena, hermosa, suave, pero no débil. Sakura lo hubiera domado, le hubiera hecho madurar, lo habría obligado a convertirse en un ciudadano honrado y cabal. Hubiera sido su milagro perfecto.

¡No! Apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Su imagen había sido perfecta, pero ella no. Sakura había resultado tan decepcionante como todas las demás. Ahora sabía por qué la chica que recordaba de antaño estaba tan cambiada.

«No es pura».

¿Por qué había dicho que no podía soportar que la tocaran?

«Está deshonrada».

Eso significaba que alguien la había tocado de pies a cabeza. ¿Con quién demonios se había acostado? ¿Por qué? ¿Por qué su amante no se había ofrecido a casarse con ella? Quizá el hombre que la había tocado estuviera ya casado o fuera de una clase inferior. Se estaba poniendo enfermo. Si seguía así, acabaría vomitando allí mismo, en la alfombra turca que cubría el suelo de la elegante biblioteca de Oakfield, ante todos aquellos volúmenes de tapas de cuero.

«¿Qué voy a hacer ahora?».

Había estado muy seguro de que todo saldría según sus planes. De que ella sería suya. De que la poseería...

El dolor era demasiado profundo y lo incapacitaba para mantener una línea de pensamientos coherentes; se limitaba a repetir una y otra vez las mismas certezas en su cabeza, deseando que su mente aceptara lo que su corazón no era capazde admitir.

No perdió el tiempo. Subió a su habitación e hizo el equipaje con rapidez, decidido a partir en cuando amaneciera. Ebisu podría seguirle más tarde, en el carruaje de postas. Se marcharía a Londres en cuanto fuera posible. Tenía que salir de allí antes de que hiciera algo estúpido, como dirigirse a la habitación de Sakura para seducirla. Forzarla a aceptar sus caricias y ver si seguía negándose a valorar su oferta. Podía ir a su cuarto en ese mismo momento y provocar una conmoción en la casa. Bastaba con que los encontraran a solas en su dormitorio para que la sociedad los obligara a casarse. Sin duda no sería una carga casarse con ella. Quizá así se desharía de toda esa jadeante ansiedad que había estado reprimiendo.

Podía obligar a Sakura a casarse con él, ciertamente. Podría hacerlo en ese mismo instante, y a su padre no parecían importarle demasiado las cualidades de un hombre con tal de que ofreciera matrimonio a su hija.

Se dejó caer con estrépito sobre la cama, sintiéndose como un niño de cinco años al que hubieran arrebatado su mejor juguete. No, no pensaba ir a la habitación de Sakura, sería una soberana estupidez.

«Ella no te desea».

En la oscuridad, una fría tristeza inundó la otrora confortable cama de invitados. La certeza de la pérdida cayó sobre él como un mazazo y se obligó a enfrentarse a la cruda realidad. No podía aprovecharse de Sakura de esa manera. Recordó la derrotada mirada con la que le había hablado. Jamás podría hacerla sufrir; eso le pondría a la altura de Shimura. Ella había afirmado que era incapaz de llevar a cabo lo único —realmente lo único— que cualquier mujer que se convirtiera en su esposa debía hacer: aceptarlo en su cama.

Sin embargo, antes de salir de aquel lugar tenía una última misión. Por eso, poco antes del amanecer, golpeó una puerta vigorosamente con el puño.

Cuando Deidara Haruno abrió, somnoliento, vestido con ropa de cama, y lo miró, Itachi le largó un gancho de derecha que impactó contra la mandíbula de su amigo. La mano comenzó a hormiguearle por la fuerza del puñetazo.

—¿Qué demonios te pasa? —Deidara no salía de su asombro, frotándose la contusión.

—¡Vete a la mierda, Haruno! ¡Sabías lo que le ocurría a Sakura! Lo sabías y, aun así, me animaste a venir. ¡Vete al inferno, bastardo! ¿Qué clase de amigo eres?

—¿Qué dices? ¿Qué ha ocurrido, Uchiha? ¡Cuéntamelo!

—Esta noche le he pedido a tu hermana que se casara conmigo y me ha rechazado. Afirma que no es virgen y que no puede cumplir con los deberes matrimoniales. ¡Quiero que me lo expliques! ¿Me dirás la verdad, Haruno? No quiero escuchar mentiras ni falsedades. ¡Solo la verdad! ¿Serás capaz de decírmela?

Deidara, derrotado, bajó la cabeza.

—Lo siento. Lo hice porque te tengo en alta estima y sé que siempre has sentido un profundo afecto por mi hermana. Creía que tú podrías pasar por alto su... vergüenza. ¡Ella no tuvo la culpa, Uchiha! No es culpable, sino más bien una víctima.

Itachi se quedó helado. La frialdad lo envolvió como si le hubieran cubierto la espalda con un gélido manto.

—¿Qué quieres decir? ¿Alguien la agravió?

Deidara asintió con la cabeza.

—Hace casi cinco meses. Sakura salió a montar y se detuvo para que el caballo bebiera. No recuerda bien lo que ocurrió, y estoy seguro de que eso es una bendición divina, porque así sufre menos. Un hombre que no conocía la adelantó con un amable saludo, pero la esperó en una curva del camino y la pilló desprevenida. Le cubrió la cabeza con algo, pero Sakura recuerda que llevaba una casaca roja; está segura de ello. Cuando su caballo regresó a casa solo, salí a buscarla y la encontré. —Deidara parecía destrozado al recordar los detalles—. La violó. Se comportó con una vileza y una crueldad... —Su amigo se interrumpió un momento—. Mi hermana debió de defenderse con todas sus fuerzas, porque para someterla tuvo que golpearla de una manera brutal. Apenas la reconocí después de lo que ese desalmado...

—¡Basta! No quiero... ¡No quiero escuchar más! —Hundió la cara entre las manos y se la frotó una y otra vez.

«¡Me duele saberlo! ¡No soporto oírlo!».

Sin embargo, las imágenes inundaban salvajemente su mente. Sakura luchando... Peleando contra un hombre más fuerte que ella. Golpeada y aterrada...

—¡Un momento! ¿Quién fue? ¿Quién la atacó? Dime que has atrapado al cabrón que le hizo daño.

Deidara negó con la cabeza.

—Lo buscamos sin resultado. Siempre hemos pensado que la casaca roja podría indicar que era un militar de permiso o un desertor, pero jamás hemos encontrado ni un indicio de ese bastardo. Tuve que hacer las averiguaciones con la mayor discreción porque mi padre no quiere que el ataque sea de dominio público, está preocupadísimo de que nuestro apellido acabe manchado. Por eso quiere casarla y mandarla lejos de aquí. Cree que así la protege... Que un marido respetable y unos hijos taparán lo ocurrido. Solo lo sabes tú, Uchiha.

—Creo que Shimura lo sabe.

—No —afirmó Deidara, categórico—. Es imposible. Solo ha venido porque necesita a una esposa joven para tener un heredero, igual que tú. Mi padre conoce al barón desde hace años y piensa que mi hermana se ha vuelto loca al rechazarle..., a él y al título de baronesa. Saku, sin embargo, no dará su brazo a torcer. Creo que es lo mejor; él la trataría duramente —adoptó un aire más sereno—. Sin embargo, estaba seguro de que a ti sí te aceptaría. Le gustas. ¡Lo sé! A lo largo de los años siempre ha hablado de ti con admiración, ¿lo sabías, Uchiha?

—No. No lo sabía y lamento profundamente lo que ha sufrido tu hermana. Se merece lo mejor.

«Un hombre mucho mejor que yo».

—¿Quieres que intente hacerla cambiar de idea? —Deidara pareció esperanzado por un instante—. Puedo hablar con ella ahora mismo. Lograré hacerle comprender que casándose contigo sería...

Itachi lo detuvo alzando una mano.

—Ahora ya no puedo casarme con ella, Haruno. Sin duda eres consciente de e llo.

—Entiendo —aceptó Deidara con aire triste—. Quieres que tu mujer sea virgen...

Miró a su amigo con incredulidad.

—No es por eso, idiota.

—Entonces, ¿por qué es?

—¿Es que eres estúpido además de insensible, Haruno? De lo que no cabe duda es de que tu padre sí lo es. Quiere casarla con un hombre que la maltratará y ella ya ha sido tan brutalmente tratada que no puede soportar el contacto físico de un hombre. ¡Me lo ha dicho ella misma!

Deidara seguía pareciendo confundido, y por eso Itachi sintió el profundo deseo de volver a pegarle.

—Mi único propósito al casarme es tener un heredero, ¿recuerdas? Tu hermana me rechazó asegurando que no podría cumplir con los deberes maritales. Fue muy clara al respecto. Me aseguró que no podría asumir el deber principal de una esposa. Y, si no puede realizar las tareas propias de una mujer casada, no habrá niño. ¿He sido lo suficientemente claro, imbécil?

—Sí —repuso Deidara, abatido—. Entiendo tu postura y me disculpo por haberte traído aquí. Estuvo mal por mi parte. Sin embargo, deposité en ti todas mis esperanzas por y para ella, Uchiha, y pensé que podrías llegar a... —Se interrumpió y extendió la mano hacia él—. Lo siento mucho, amigo mío.