Capítulo 10


En una tabernucha de Stirling, Sasuke se refrescaba la garganta junto a Naruto y varios de sus hombres, mientras en el exterior caía una lluvia intensa.

Estaba contento. Los ejemplares adquiridos en esa ocasión eran una maravilla y con seguridad a su socio, Kakashi Hatake, le iban a gustar. Estaba pensando en ello cuando oyó a un hombre hablar sobre una lucha con unos vikingos. Aquellos bárbaros que aparecían de vez en cuando por sus costas eran una gran fuente de problemas. Y Naruto, que los estaba escuchando, murmuró:

—Malditos vikingos...

Sasuke asintió con convicción. Conocía la historia de su amigo con aquéllos, y, cuando iba a decir algo, Naruto añadió:

—No hay vikingo bueno.

—No. No lo hay —afirmó él, recordando algunas escaramuzas que había tenido con aquéllos.

—Señor.

Al volverse, vio a Deidara, que, agarrado a una buena moza, le preguntó:

—¿Me necesita para algo más esta noche?

Sasuke sonrió, sus hombres se merecían pasarlo bien, así que respondió, consciente de que él y Naruto tomarían el relevo de los dos que estaban con los caballos una vez terminaran sus bebidas:

—Disfruta de la velada, Deidara. Pero al amanecer te quiero en el campamento para partir, ¿entendido?

Aquél asintió y, tras decirle algo al oído a la mujer, ambos se marcharon escaleras arriba. Segundos después lo siguieron algunos guerreros más. Sin duda, tenían prisas y planes.

Naruto, que estaba sentado junto a Sasuke a una de las mesas, y a quien las mujeres, por suerte, le sobraban, dio un trago a su cerveza y dijo:

—Creo que deberíamos ir a relevar a Inabi y a Gavin, ¿no te parece?

Sasuke asintió. Sin duda, los dos hombres que estaban con los caballos esperaban pasarlo tan bien como los demás. Por ello, y entre risas, tras despedirse con un gesto de Ivo y Chōji, que continuaban bebiendo cerveza, salieron de la taberna.

—¡Qué mala noche!

—Sí —afirmó Sasuke al empaparse en décimas de segundo.

Sin prisa, pero sin pausa, los dos fieros highlanders caminaron por las callejuelas de piedra de Stirling hasta las afueras, donde estaban sus hombres y los caballos.

Inabi y Gavin sonrieron al verlos, y Sasuke indicó:

—Vamos, id. Al amanecer os quiero aquí con todos.

Sin tiempo que perder, aquéllos se fueron corriendo, a pesar de que tronaba y llovía a mares. Querían pasarlo bien.

Naruto y Sasuke sonrieron al verlos, y luego el primero dijo:

—Iré a hacer un recuento de los caballos, creo que...

—Llueve mucho. Déjalo —lo cortó Sasuke confiado—. No creo que nadie en una noche así ande deseoso de problemas.

—También tienes razón —afirmó Naruto, deseoso de estar bajo cubierto.

Confiados y tranquilos, se dirigieron hacia una de las tiendas de tela que sus hombres habían montado para resguardarse de la lluvia. No era muy grande, pero estar bajo cubierto les permitiría descansar.

Una vez allí, Naruto se quitó la chaqueta que llevaba y, dejando la espada en el suelo, murmuró:

—Espero que las mujeres que dejamos en el camino estén bien.

Al oír eso, Sasuke lo miró y, tras dejar su espada junto a la de su amigo, musitó tocándose el raspón que se había hecho la noche anterior en la mano:

—Si no te conociera, pensaría que estás preocupado por ellas...

Naruto sonrió y cuchicheó encogiéndose de hombros:

—Me preocupa su seguridad, del mismo modo que sé que en el fondo te preocupa también a ti. Además, no dejo de darle vueltas a algo que dijo una de ellas.

Sentándose en el suelo para tumbarse a descansar, Sasuke repuso:

—Sea lo que sea, olvídalo. Seguro que mintió para llamar tu atención.

—Pues lo consiguió —afirmó su amigo bajando la voz mientras echaba su manta en el suelo para tumbarse.

Sasuke meneó la cabeza y los ojos verdes de la pelirosa se clavaron en su mente.

—Fue increíble ver a esa mujer con Haar —comentó.

—Lo increíble es que no le mordiera.

El highlander asintió divertido. Nunca había visto a su caballo tan entregado, confiado y tranquilo.

¿Por qué?

Pensando en ello, cerró los ojos. Debía descansar, aunque los verdes y fieros ojos de aquella mujer no querían abandonarlo.

Los dos hombres permanecieron un rato en silencio, hasta que el sueño los venció. Pero, de pronto, el techo de la tienda se les vino encima. Con rapidez, intentaron levantarse, pero les resultó imposible. Estaban enredados en la tela de la tienda y no había manera de escapar.

—¡Maldita sea! —voceó Sasuke furioso por su imprudencia, mientras Naruto voceaba también.

De inmediato oyeron las risas de unos hombres, y la voz de uno que decía:

—Espero que sacarais provecho de las mujeres que os regalamos, como nosotros vamos a sacar provecho de los caballos que os vamos a robar.

—¡Soltadnos inmediatamente! —bramó Naruto.

Los hombres volvieron a carcajearse, cuando Sasuke voceó:

—¡Os voy a matar como toquéis mis caballos!

—Lo dudo.

—No lo dudes —replicó Sasuke, agobiado por la tela que lo enrollaba—. Cuando salga de aquí, te voy a retorcer el pescuezo.

Las risas del exterior se acrecentaron. Lo tenían muy complicado para salir, por no decir imposible.

—Vuestros hombres estarán entretenidos durante horas en la taberna — dijo otro de aquéllos—, y cuando regresen habréis muerto asfixiados o ahogados por la lluvia. Sólo es cuestión de tiempo.

Sin apenas poder moverse ni verse, los highlanders maldijeron. La noche, la oscuridad y la lluvia habían hecho que se confiaran en exceso y ahora tenían un grave problema.