Enséñame tu Corazón
8| SU ESTRELLA
Naruto estaba dispuesto a internarse en la tormenta. Se subió la capucha del abrigo y comenzó a cruzar el vestíbulo.
Hinata salió a su paso a medio camino de la puerta. Se detuvo al ver que lo estaba esperando y lo invadió una oleada de deseo que le provocó una palpitante erección. Su expresión parecía triste, y fue la rareza de ese gesto lo que más lo sorprendió.
Por los dioses, qué hermosa era. Por un momento deseó con todas sus fuerzas poder quedarse allí con ella. Deseó tener tanta suerte como ese lobo salvaje al que había domesticado. Deseó tener valor para alzar la mano y coger una estrella.
¡Hazlo!, gritó su mente.
Apretó los puños para no rendirse a ese abrasador anhelo. Los esclavos no tenían sueños ni deseos. Los esclavos no deseaban a mujeres que estaban muy por encima de ellos. Ni siquiera debería estar mirándola, y mucho menos tener una erección por el deseo de tocarla.
Sin importar lo mucho que luchara contra ello, sin importar las veces que había retado a Jiraya y a Artemisa, sabía la verdad. Dos mil años después, seguía siendo un esclavo; un esclavo cuya dueña era una diosa griega que quería matarlo.
Podía negar su destino cuanto quisiera, pero a la postre sabía cuál era su lugar en el mundo.
Las mujeres como Hinata no eran para hombres como él. Eran para hombres decentes y educados. Para hombres que conocían el significado de palabras tan simples como «amabilidad», «cariño», «compasión» y «amistad». «Amor.»
Hizo ademán de esquivarla.
—Toma —dijo ella al tiempo que le ofrecía una taza de té caliente.
Desprendía un aroma dulce y agradable, pero eso no lo caldeó tanto como la visión del tenue sonrojo que le cubría las mejillas.
—¿Qué es esto?
—Te diría que es arsénico y vómito, pero dado lo poco que confías en mí, no me atrevo. Es té caliente de romero con un poquito de miel. Quiero que te lo bebas antes de marcharte. Te ayudará a mantenerte caliente durante el viaje.
Aunque le hizo gracia que le devolviera el comentario maleducado, el primer impulso de Naruto fue arrojarlo al suelo. Pero no pudo hacerlo. Era un obsequio demasiado considerado y los obsequios considerados eran, según su experiencia, algo extremadamente raro.
Detestaba tener que admitir lo mucho que le había conmovido ese sencillo gesto. Se endureció todavía más al pensarlo.
Tras darle las gracias, se lo bebió sin dejar de observarla por encima del borde de la taza. Por los dioses, ¡cómo iba a echarla de menos! Aunque eso tenía incluso menos sentido que todo lo demás.
Se la comió con los ojos mientras se bebía el té.
Los pantalones vaqueros enfundaban unas piernas largas y esbeltas que cualquier hombre soñaría con tener alrededor de la cintura.
O de los hombros.
Sin embargo, era su trasero lo que más deseaba. Parecía suplicar que lo cubriera con las manos mientras se frotaba contra su suavidad para que sintiera lo mucho que ardía por ella. Contra su voluntad, la imaginó desnuda entre sus brazos. Imaginó esos labios pegados a los suyos y esos pechos entre las manos mientras se perdía en ese cuerpo cálido y húmedo.
Tengo que salir de aquí, se dijo.
Apuró de un trago lo que le quedaba de té y le devolvió la taza vacía. Ella se apartó un poco y apretó la taza entre las manos con una expresión aún más triste que antes.
—Me gustaría que te quedaras, Naruto.
Saboreó el sonido de esas extrañas palabras. Aun cuando no las hubiera dicho en serio, le habían calado muy hondo.
—Seguro que sí, princesa.
—Es la verdad.
La sinceridad que se leía en su rostro le abrasó las entrañas. Sin embargo, sus palabras le provocaron más ira que ninguna otra cosa.
—No me mientas. No soporto las mentiras.
La apartó de su camino para abrirse paso hacia la puerta, pero antes de llegar una especie de bruma le nubló el pensamiento.
Comenzó a perder la vista.
Se detuvo un momento para tratar de enfocar la mirada. De repente notaba las extremidades pesadas. Como si fueran de plomo. Respirar suponía todo un esfuerzo.
¿Qué le ocurría?
Dio un paso en dirección a la puerta, pero se le doblaron las rodillas. Acto seguido, todo se volvió negro.
Hinata dio un respingo cuando oyó que Naruto caía al suelo. Ojalá hubiera podido sostenerlo antes de que se desplomara. Aunque sin la vista no había nada que pudiera hacer. Se acercó a él para asegurarse de que se encontraba bien. Por suerte, su engaño no parecía haberle ocasionado daños graves.
—¿Kiba? —lo llamó. Necesitaba su ayuda para levantar a Naruto del suelo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el lobo cuando llegó junto a ella.
—Lo he drogado.
Sintió que Kiba adoptaba su forma humana. Sabía muy bien que su acompañante estaría desnudo en esos momentos... siempre lo estaba cuando cambiaba de forma.
Solo lo había visto transformarse unas cuantas veces. Puesto que era un katagario Licos, su estado favorito y natural era el de lobo; pero sus habilidades mágicas innatas le permitían adoptar forma humana en ocasiones, ya fuera por necesidad o a voluntad. Sus poderes y su fuerza eran menores en su forma humana que en la de lobo, y por esa razón prefería el cuerpo animal.
Aun así, había ciertas cosas que los de su raza preferían hacer como humanos. Cosas como aparearse y comer... En forma humana Kiba tenía el pelo largo y castaño. Sus ojos eran negros. Y sus rasgos... Marcados y cautivadores. Los ángulos de su rostro eran duros y perfectos. Viriles.
Era una lástima que nunca se hubiera sentido sexualmente atraída por él, ya que poseía un cuerpo tan musculoso y tan en forma como el de Naruto.
Sin embargo, a pesar de toda la belleza y el encanto de Kiba, para ella no era más que un amigo. Uno que a menudo actuaba como un hermano mayor demasiado protector.
—¿En qué estabas pensando? —preguntó con un grave tono de barítono que dejaba traslucir la magnitud de sus poderes como hechicero. Según los rumores, los katagarios podían seducir a cualquier mujer con tan solo pronunciar su nombre.
Sus proezas sexuales y su resistencia eran legendarias, incluso entre los dioses. Aun así, Hinata solo era capaz de apreciar el seductor atractivo de Kiba. Nunca había sucumbido a él.
—No puede salir de la cabaña hasta que termine el juicio, ya lo sabes.
Kiba resopló, irritado.
—¿Con qué lo drogaste?
—Con suero de Loto.
—Hinata, ¿tienes la más mínima idea de lo peligroso que es eso? Ha matado a un sinfín de mortales. Un sorbito basta para que algunos se vuelvan locos. O peor, para que se hagan tan adictos que se nieguen incluso a abandonar sus sueños.
—Naruto no es mortal.
Kiba suspiró.
—No, no lo es.
Hinata se sentó sobre los talones.
—Llévalo a la cama, Kiba.
El aire restalló con la ira del katagario.
—¿Y dónde está el «por favor»?
Ella se giró hacia la izquierda con la esperanza de estar fulminándolo con la mirada.
—¿Por qué estás tan insoportable últimamente?
—¿Por qué estás tú tan mandona? Creo que este hombre te está afectando y eso no me gusta. —Hizo una pausa antes de seguir hablando—. No lo olvides nunca, Hinata: estoy aquí porque quiero. Solo sigo a tu lado porque no quiero que te hagan daño.
Hinata extendió la mano para colocarla sobre su brazo.
—Lo sé, Kiba. Te lo agradezco.
Kiba cubrió esa mano con la suya y le dio un ligero apretón.
—No dejes que te llegue al alma, ninfa. Tiene tanta oscuridad dentro que podría aniquilar por completo la bondad que posees.
Hinata lo meditó durante un momento. Hacía mucho tiempo que no se consideraba buena. Se había mantenido aletargada durante demasiados siglos.
—Hay gente que diría lo mismo de ti.
—No me conocen.
—Y nosotros no conocemos a Naruto.
—Conozco a los de su clase mucho mejor que tú, ninfa. He pasado toda mi vida luchando contra hombres como él. Hombres que ven el mundo como un enemigo y que odian a todos los que los rodean. —Se apartó de ella y resopló mientras alzaba a Naruto del suelo—. Protege tu corazón, Hinata. No quiero que te hagan daño otra vez.
Ella se sentó en el suelo mientras Kiba llevaba a Naruto hasta su cama y reflexionó sobre su advertencia. Tenía razón. Había estado tan embelesada con Sasori que, pese a la ceguera, no había conseguido verlo tal y como era en realidad.
No obstante, Sasori era un hombre arrogante. Vanidoso. Naruto no era ninguna de las dos cosas. Sasori fingía preocuparse por los demás, pero no se preocupaba más que de sí mismo. Naruto no se preocupaba por nadie, y mucho menos de sí mismo. Sin embargo, solo había una forma de asegurarse.
Se levantó y le sirvió a Kiba un vaso de zumo.
—¿Qué vas a hacer con él? —le preguntó el katagario unos minutos más tarde, cuando volvió a reunirse con ella.
—Lo dejaré dormir un rato —respondió ella de forma evasiva.
A Kiba le daría un ataque si se enteraba de lo que tenía en mente y no estaba de humor para enfrentarse a un hombre-lobo furioso.
Le tendió el vaso y él lo cogió sin decir palabra. Escuchó que abría el frigorífico y se encaminó hacia la encimera mientras él buscaba algo de comida.
Mientras Kiba se ocupaba de Naruto, había echado una pequeña cantidad de suero de Loto en el zumo de su compañero.
Con él llevó algo más de tiempo que el suero hiciera efecto. A causa de su metabolismo, los Cazadores Katagarios eran mucho más resistentes a las drogas que los humanos.
—Hinata, dime que no has sido tú quien me ha hecho esto... —dijo Kiba poco tiempo después, cuando el narcótico comenzó a hacer efecto.
Hinata escuchó el leve chasquido eléctrico que anunciaba el cambio de forma. Avanzó a tientas hacia él. Había vuelto a convertirse en lobo y estaba dormido como un tronco. Ya a solas, recorrió la casa para asegurarse de que las luces y el horno estaban apagados y de que el termostato de la calefacción estaba programado a una temperatura agradable.
Se dirigió hacia su habitación y cogió el suero Idios. Lo apretó con fuerza y se encaminó a la habitación de Naruto. Tomó un sorbo antes de acurrucarse a su lado para dormir, para averiguar más cosas sobre ese hombre y sobre los secretos que albergaba en su corazón...
Naruto estaba en Nueva Konoha. El eco de la música flotaba en la fresca brisa nocturna cuando se detuvo cerca del antiguo convento de las ursulinas, en el Barrio Francés.
Un grupo de turistas rodeaba a un guía ataviado de forma muy parecida al Lestat de Anne Rice, mientras que un segundo «vampiro», con una larga capa negra y colmillos falsos, lo observaba a cierta distancia.
Los turistas escuchaban con atención mientras el guía narraba un famoso asesinato acaecido en la ciudad. En la escalera del convento se habían encontrado dos cadáveres completamente desangrados. Según la leyenda, el convento había sido en su día refugio de vampiros, que salían de noche para cazar en la ciudad.
Naruto soltó un resoplido ante tamaña estupidez. El guía, que decía ser un vampiro de trescientos años llamado André, volvió la vista hacia él.
—Miren —dijo André a los miembros de su grupo mientras señalaba a Naruto—, tienen a un verdadero vampiro justo a sus espaldas.
Los turistas se giraron al unísono para observar a Naruto, quien los contemplaba con una expresión malévola. Sin pensárselo dos veces, les enseñó los colmillos y siseó. Los turistas chillaron y salieron corriendo. Al igual que los guías.
Si hubiera sido de risa fácil, habría soltado una carcajada al verlos salir pitando calle abajo como almas que llevaba el diablo. Tal y como eran las cosas, se limitó a observar el desbarajuste que había creado con una mueca cínica en los labios.
—No puedo creer que hayas hecho eso.
Echó un vistazo por encima del hombro y vio que Jiraya estaba de pie entre las sombras como un misterioso espectro, vestido de negro y con el pelo teñido de morado.
Naruto se encogió de hombros.
—Cuando dejen de correr y piensen en ello, creerán que formaba parte del espectáculo.
—El guía no.
—Creerá que le gastaron una broma. Los humanos siempre encuentran una forma de justificar nuestra presencia.
Jiraya dejó escapar un largo suspiro.
—Te lo juro, Naruto, creí que aprovecharías tu estancia aquí para demostrarle a Artemisa que estás listo para volver a relacionarte con la gente.
Naruto lo miró con expresión irónica.
—Claro, claro... ¿Por qué no me cubres de mierda y me dices que es barro, ya que estamos?
Comenzó a alejarse del lugar.
—No huyas de mí, Naruto.
Naruto no se detuvo.
Jiraya utilizó sus poderes para estamparlo contra el muro de piedra y retenerlo. Naruto no podía menos que admirar al jefe de los Cazadores Oscuros. Al menos él sabía que no debía tocarlo. No le había puesto una mano encima en dos mil años. El atlante parecía comprender la angustia que le creaba cualquier tipo de contacto físico.
De alguna extraña forma, sentía que Jiraya respetaba eso.
El atlante enfrentó su mirada.
—El pasado está muerto, Naruto. El futuro depende de las decisiones que tomes esta semana. He estado quinientos años negociando con Artemisa para conseguirte la oportunidad de que demuestres que sabes comportarte como es debido. Por el bien de tu cordura y de tu vida, no la desaproveches.
Jiraya lo liberó y partió en pos de los turistas.
Naruto no se movió hasta que volvió a estar solo. Dejó que las palabras del atlante penetraran en su cerebro mientras reflexionaba en silencio. No quería marcharse de esa ciudad. Nueva Konoha lo había hechizado desde el momento en que vio la multitud reunida en Jackson Square.
Y, sobre todo, no hacía frío.
No, no desaprovecharía la oportunidad. Cumpliría su deber y protegería a los humanos que vivían allí. Sin importar lo que le costara, haría lo que fuera necesario para conseguir que Artemisa le permitiera quedarse.
Jamás mataría a otro humano...
Había comenzado a caminar calle abajo cuando un grupo de cuatro hombres llamó su atención. A juzgar por su elevada estatura, su cabello rubio y su apostura, eran daimons. Murmuraban entre ellos, pero podía escucharlos con toda claridad.
—El jefe dice que vive en un ático encima del Club Runningwolf's.
Uno de los daimons se echó a reír.
—Un Cazador Oscuro con novia. Creí que esas cosas no existían.
—Pues sí, ya ves. Aunque le costará muy caro. Imagínate lo que sentirá cuando descubra su cuerpo desnudo y desangrado sobre la cama, esperándolo.
Naruto estaba a punto de abalanzarse sobre ellos, pero se contuvo cuando vio que un grupo de humanos salía dando tumbos de un bar. Concentrados en su objetivo, los daimons ni siquiera los miraron.
Los turistas se quedaron en la calle, riendo y bromeando, ajenos al hecho de que, de no haber sido por un compromiso previo, los daimons habrían ido directos a por ellos.
La vida era algo muy frágil.
Naruto apretó los dientes a sabiendas de que debía aguardar hasta que pudiera acorralar a los daimons en un callejón donde no los viera nadie. Regresó a las sombras, desde donde podía vigilarlos y oírlos, y los siguió hacia el ático de Sakura...
Hinata sentía un intenso dolor de cabeza mientras seguía a Naruto a través de sus sueños y dejaba que la ira y el dolor del Cazador la inundaran. Estaba con él en el callejón donde había luchado con los daimons antes de sufrir el asalto de los policías.
Y estaba con él en el tejado cuando llamó a Sasuke para advertirle que debía vigilar a Sakura. Sentía la rabia de Naruto. Su deseo de ayudar a gente que no hacía otra cosa que despreciarlo y criticarlo. Y juzgarlo mal.
No sabía cómo llegar hasta ellos. Así que optaba por atacarlos. Los machacaba verbalmente antes de que ellos pudieran herirlo a él.
Llegó un momento en el que Hinata no pudo soportarlo más. Tuvo que apartarse de él para no acabar enloqueciendo a causa de la intensidad de sus emociones. Resultó muy duro alejarse de él. El suero vinculante era muy fuerte y luchaba por mantenerlos unidos; no obstante, sus poderes de ninfa eran aún mayores.
Echó mano de todos ellos y arrancó su cuerpo espiritual de Naruto y de sus recuerdos. A partir de ese momento se convirtió en una simple espectadora de sus sueños, de modo que podía mirar, pero no sentía sus emociones.
Aunque seguía teniendo sentimientos propios y compadecía a ese hombre de una forma que jamás habría creído posible. Se sintió abrumada por la crudeza de las emociones que acababa de recuperar. El pasado y las cicatrices de Naruto la desgarraron e hicieron añicos la insensibilidad que la había protegido durante tanto tiempo.
Por primera vez desde hacía siglos sintió la agonía de otra persona. Incluso deseaba aliviarla. Abrazar a ese hombre que no podía escapar de lo que era.
El sueño de Naruto se tornó más siniestro delante de sus ojos. Lo vio luchar para abrirse camino a través de una terrible ventisca. Iba vestido tan solo con unos pantalones de cuero negro, sin camisa ni calzado. Con los brazos alrededor de la cintura y temblando a causa del frío, caminaba a duras penas y maldecía al ensordecedor viento cuando se tambaleaba y caía en la nieve, que le llegaba hasta la cintura.
Cada vez que caía, se ponía en pie y seguía avanzando. Su fuerza la dejó asombrada.
El viento azotaba sus amplios y bronceados hombros y enredaba su cabello rubio alrededor de un rostro sin rastro de barba. Caminaba con los ojos entrecerrados, como si tratara de atisbar algo a través de la tormenta.
Pero no había nada a su alrededor. Nada salvo el yermo paisaje blanco.
Ajena al frío que lo atormentaba, Hinata lo siguió.
—No voy a morir —gruñó Naruto, que ganaba velocidad a medida que avanzaba. Contempló el cielo negro y sin estrellas—. ¿Me has oído, Artemisa? ¿Y tú, Jiraya? No pienso darles el gusto.
En ese momento comenzó a correr con dificultad sobre la nieve, como un niño que se tambaleara tras su juguete. Tenía los pies enrojecidos a causa del frío y la piel moteada.
Hinata se esforzó por seguirle el paso.
Hasta que lo vio caer.
Naruto yacía inmóvil sobre la nieve, bocabajo, con un brazo sobre la cabeza y el otro extendido por delante de él mientras jadeaba a causa de la carrera. Hinata observó el tatuaje que tenía en la parte baja de la columna y que se movía con cada respiración.
Rodó para quedar de espaldas y contempló el cielo negro mientras los copos de nieve caían sobre su torso desnudo y sobre los pantalones de cuero. Tenía el cabello rubio húmedo y pegado a la cabeza. Respiraba de forma entrecortada y le castañeteaban los dientes a causa del frío.
Aun así, no se movió.
—Solo quiero calor —susurró—. Dejadme sentir calor por una vez. ¿Es que no hay ninguna estrella capaz de compartir su fuego conmigo?
Hinata frunció el ceño al escuchar aquella extraña pregunta, pero sabía que era muy habitual que en sueños se dijeran e hicieran cosas de lo más extrañas.
Naruto rodó una vez más y se puso en pie para continuar caminando a través de la ventisca.
La condujo hasta una pequeña y solitaria cabaña situada en mitad del bosque. Solo tenía una ventana, pero la luz del interior era un faro resplandeciente en la gélida desolación de la tormenta ártica.
La visión resultaba increíblemente acogedora.
Hinata escuchó risas y conversaciones procedentes del interior.
Naruto se acercó con dificultad a la ventana. Entre resuellos, extendió la mano sobre el cristal lleno de escarcha y observó el interior como un niñito famélico que estuviera frente al escaparate de un restaurante de lujo al que sabía que jamás le permitirían entrar.
Se colocó detrás de él para poder ver lo que ocurría dentro.
La cabaña estaba llena de Cazadores Oscuros. Estaban celebrando algo mientras un alegre fuego crepitaba en la chimenea. Había comida y bebida en abundancia y no dejaban de reír, de beber y de hablar, como si fueran hermanos. Una familia.
Hinata no reconoció a ninguno de ellos, excepto a Jiraya. Pero era obvio que Naruto los conocía a todos. Él apretó el puño y se apartó de la ventana antes de dirigirse a la puerta de la cabaña para golpearla con fuerza.
—Dejadme entrar —exigió.
Un hombre alto y pelinegro abrió la puerta. Llevaba una chupa negra con un diseño celta en color rojo y pantalones de cuero también negros. Sus ojos, eran oscuros, estaban cargados de desprecio y le conferían una expresión de lo más desagradable a su apuesto rostro.
—Nadie te quiere aquí, Naruto.
El pelinegro trató de cerrar la puerta.
Naruto colocó una mano en el marco y otra en la hoja de la puerta para impedir que lo dejara fuera.
—Maldito seas, celta. Déjame entrar.
El celta se echó hacia atrás cuando Jiraya dio un paso hacia delante para impedirle el paso a Naruto.
—¿Qué quieres, Naruto?
El rostro de Naruto tenía un aspecto angustiado cuando enfrentó la mirada del atlante.
—Quiero entrar. —Titubeó un instante y cuando volvió a hablar sus ojos brillaban por la humillación y la necesidad—. Por favor, Jiraya. Por favor, déjame entrar.
El rostro de Jiraya no mostró emoción alguna. Nada.
—No eres bienvenido aquí, Naruto. Jamás serás bienvenido entre nosotros.
Cerró la puerta.
Naruto golpeó la madera y soltó un juramento.
—¡Maldito seas, Jiraya! ¡Malditos sean todos! —Le dio una patada a la puerta y probó el picaporte una vez más—. ¿Por qué no me matas de una vez, cabrón? ¿Por qué?
Cuando habló de nuevo, la ira había desaparecido de su voz. Sonaba hueca, suplicante y angustiada, y afectó a Hinata mucho más que cuando había rogado que lo mataran.
—Déjame entrar, Jiraya, te juro que me portaré bien. Te lo juro. Por favor, no me dejes solo aquí fuera. No quiero pasar frío nunca más. ¡Por favor!
Las lágrimas se deslizaron por las mejillas de Hinata mientras contemplaba cómo Naruto golpeaba la puerta y exigía que la abrieran.
Nadie lo hizo.
Las carcajadas continuaron en el interior, como si él no existiera.
En ese momento Hinata comprendió a la perfección la descarnada soledad que sentía. La soledad y el abandono.
—¡Que les den por el culo a todos! —rugió Naruto—. No los necesito a ninguno. No necesito nada.
A la postre, apoyó la espalda sobre la puerta y se dejó caer de rodillas al suelo, a merced del gélido azote del viento. Tenía las pestañas y el cabello blancos y congelados a causa de la nieve; la piel que quedaba al descubierto estaba enrojecida.
Cerró los ojos, como si no pudiera soportar el sonido de las risas.
—No necesito nada ni a nadie —susurró.
Y entonces el sueño cambió por completo. La cabaña se transformó en la casa provisional que Hinata tenía en Alaska. Ya no aparecía ningún Cazador Oscuro. Ninguna tormenta. Era una noche perfecta y tranquila.
—Hinata. —Murmuró su nombre como si fuera una oración—. Ojalá pudiera estar contigo.
Se quedó petrificada al escuchar ese quedo susurro. Jamás había pronunciado su nombre antes y oírlo de sus labios fue como escuchar una dulce melodía.
Naruto alzó la vista hacia el cielo oscuro, donde brillaba un millar de estrellas entre las nubes.
—«Me pregunto si las estrellas están encendidas —dijo en voz baja, citando El principito—, a fin de que cada uno pueda encontrar la suya algún día.»
Tragó saliva y se rodeó las piernas con los musculosos brazos con los ojos aún clavados en el cielo.
—He encontrado mi estrella. Es la belleza y el encanto. La elegancia y la bondad. Mi alegría en invierno. Es valiente y fuerte. Audaz y seductora. Muy distinta a todas las demás del universo, pero no puedo tocarla. Ni siquiera me atrevo a intentarlo.
Hinata se quedó sin respiración al escucharlo hablar de una forma tan poética. Ningún asesino podría albergar tanta belleza en su interior, ¿verdad?.
—Hinata o Afrodita —dijo él con suavidad—, ella es mi Circe. Aunque en lugar de convertir al hombre en animal, ha convertido al animal en hombre.
La ira se apoderó de él mientras asestaba una patada a un montón de nieve que tenía delante. Soltó una amarga risotada.
—No soy más que un puto idiota que desea una estrella que no puede alcanzar. —Alzó la vista con tristeza—. Aunque bien pensado, las estrellas están fuera del alcance de los humanos, y yo ni siquiera soy humano.
Enterró la cabeza entre los brazos y se echó a llorar.
Hinata no pudo soportarlo más. Quería salir de ese sueño, pero sin la ayuda de Toneri no podía hacerlo. Lo único que podía hacer era observar a Naruto. Contemplar su angustia y su sufrimiento, que la desgarraban como un cuchillo afilado.
La vida lo había hecho muy fuerte. De un hierro forjado capaz de resistir cualquier sacudida. Capaz de atacar a los demás para mantenerlos alejados. Solo en sus sueños Hinata podía contemplar lo que había en su interior. La vulnerabilidad.
Solo allí podía comprender de verdad al hombre que él no se atrevía a mostrar a los demás. Al corazón tierno que había sido herido por su desprecio.
Hinata deseaba aliviar su sufrimiento. Quería tenderle la mano y mostrarle un mundo donde no tuviera que quedarse fuera. Mostrarle lo que era extender la mano para tocar a alguien sin que te la apartaran de un empujón.
Durante todos los siglos que había actuado como jueza jamás había sentido algo así por alguien. Naruto conmovía una parte de sí misma que ni siquiera sabía que existía.
Aunque sobre todo conmovía su corazón. Un corazón que creía exánime. Y que sin embargo latía por él. No podía quedarse de brazos cruzados, viendo cómo sufría en soledad. Sin pensárselo dos veces, apareció en el interior de la cabaña vacía y abrió la puerta...
El corazón de Naruto dejó de latir cuando alzó la vista y contempló el rostro del paraíso. No, ella no era el paraíso.
Era algo mejor. Mucho mejor.
En sus sueños nadie le había abierto la puerta después de cerrársela.
Pero Hinata sí.
Estaba de pie en el umbral, con una expresión amable. Sus ojos grises ya no estaban ciegos. Tenían un brillo ardiente y acogedor.
—Entra, Naruto. Deja que te caliente.
Casi de forma automática, se puso en pie y tomó la mano que le ofrecía. Algo que jamás habría hecho en la vida real. Solo en sueños se atrevería a tocarla.
Su piel era tan cálida que lo abrasaba.
Lo atrajo hacia sus brazos y lo estrechó con fuerza. Naruto se estremeció al experimentar por vez primera lo que era un abrazo, al notar la sensación de esos pechos contra su torso y del aliento que rozaba su piel aterida.
De modo que eso era un abrazo... Algo cálido. Reconfortante. Milagroso.
Lo habían tocado tan pocas veces durante su vida que se limitó a cerrar los ojos y a disfrutar de la sensación de calidez del cuerpo que lo abrazaba.
De su suavidad.
Inhaló su delicado y dulce aroma y se deleitó con las novedosas emociones que lo embargaban.
¿Eso era la aceptación?
¿El nirvana?
No lo tenía muy claro. Pero, por una vez, no quería despertarse.
De repente sintió que le colocaban una manta sobre los hombros. Ella todavía lo abrazaba con fuerza. Naruto le tomó el rostro con una mano mientras apoyaba la mejilla contra la suya. Por los dioses, sentir el roce de esa piel...
Era tan suave...
Jamás habría imaginado que alguien pudiera ser tan suave. Tan tierna e incitante.
La calidez de su mejilla hizo desaparecer la quemazón del frío. Penetró en su cuerpo hasta descongelarlo por completo. Incluso su corazón, que llevaba siglos cubierto por el hielo.
Hinata se estremeció al sentir el áspero roce de la mejilla de Naruto sobre la piel. Al sentir la suavidad de su aliento sobre la mejilla.
Esa inesperada ternura la desgarraba por dentro.
Había visto lo bastante de su vida como para saber que no tenía experiencia alguna con la ternura y aun así la abrazaba con suma delicadeza.
—Eres tan cálida... —le susurró al oído. Su aliento le hizo cosquillas en el cuello y le produjo un sinfín de escalofríos.
Se separó un poco y la contempló como si fuera algo indeciblemente valioso para él. Recorrió su mentón con los nudillos. La contemplaba con unos ojos sombríos y atormentados, como si no pudiera creer que estuviera con él.
Con una mirada insegura, acarició sus labios con la yema del dedo índice.
—Nunca he besado a nadie.
Esa confesión la dejó perpleja. ¿Cómo era posible que un hombre tan guapo jamás hubiera besado a nadie?
La pasión ardía en sus ojos.
—Quiero saborearte, Hinata. Quiero sentirte mojada y caliente bajo mi cuerpo. Mirarte a los ojos mientras te follo.
Hinata se estremeció ante semejante crudeza. Habría esperado eso del Naruto consciente, pero se negaba a aceptarlo en el que tenía delante.
A esas alturas lo conocía muy bien.
Lo que sugería estaba prohibido. No le estaba permitido mantener relaciones físicas con sus imputados. Solo se había sentido tentada de romper esa regla con Sasori. Aunque se había enfrentado a la tentación y había tenido el buen tino de mantenerse alejada de él.
Con Naruto no resultaba tan sencillo. Había algo en ese hombre que la conmovía como ninguna otra cosa lo había hecho jamás.
Alzó la vista para mirar esos atormentados ojos azules y vio su lastimado corazón...
Nunca había conocido la amabilidad. Nunca había conocido la ternura de una caricia. No podía explicarlo, pero deseaba ser la primera en mostrárselo de la misma manera que quería que él fuera el primero para ella. Quería abrazarlo y enseñarle lo que era sentirse querido por alguien.
Si lo haces, podrías perder tu cargo de jueza, se dijo. Y eso era lo que siempre había querido ser.
Si no lo hacía, Naruto podría perder la vida. Si lo tocaba en esos momentos, tal vez pudiera enseñarle que no había nada de malo en confiar en alguien.
Tal vez pudiera llegar hasta el poeta que moraba en su interior y revelarle un mundo donde sería libre para mostrarles a los demás su lado más tierno. Demostrarle que no había nada de malo en entablar amistad con otras personas.
Por fin comprendía lo que Jiraya había querido decir.
Pero ¿cómo podría salvar a Naruto? Se había revuelto contra la gente que debía proteger y la había matado. Necesitaba pruebas de que nunca volvería a hacerlo. ¿Podría encontrarlas?
Tenía que hacerlo. No le quedaba otro remedio. Lo último que deseaba era que lo lastimaran más. Defendería a ese hombre a cualquier precio.
—No follaré contigo, Naruto —susurró—. Jamás. Pero sí te haré el amor.
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Continuará...
