Los Pecados del Lord
19: Jazmín
HINATA corrió hacia Naruto.
—¡Oh, Santo Cielo! ¿No le habrás matado, Verdad?
Él se asomó hacia la calle por encima del murete.
—No. Ha caído encima de un carro. Solo se ha cubierto de porquería. Ella se apretó la mano contra la boca para contener una risa histérica.
El concentró entonces su atención en ella como si la viera por primera vez.
—Hinata, ¿Qué demonios haces aquí?
—Te seguí. Tenía miedo de que sus hombres te atacaran.
—Bueno, y si lo hubieran hecho, ¿Qué hubieras hecho tú? ¿Golpearles con el abanico?
—Hubiera llamado a voces a la policía. Puedo gritar muy fuerte.
Él la cogió del brazo y la condujo hacia la parte de atrás del casino, donde se había congregado una multitud para ver lo que ocurría.
—Nos vamos.
—Me parece una buena idea.
Naruto ya estaba haciendo señas para que el lacayo les llevara el carruaje. Otro se acercó rápidamente con el chal de Hinata, que se puso sobre los hombros antes de subir al vehículo.
Permanecieron en silencio en el interior del cubículo mientras regresaban al hotel; Naruto miraba fijamente a través de la ventanilla.
Ella notó su inquietud y supo que, si no fuera por su presencia, él estaría pateando las calles de Montecarlo para aplacar su furia. La escoltaba a casa para protegerla, no porque quisiera ir.
—He llegado a pensar que le habías matado —comentó en la oscuridad.
El la miró.
—¿Hmm?
—A Durand. No podías saber que había un carro debajo.
A él le brillaron los ojos.
—Pero sí sabía que no había tanta altura. Mi intención era meterle miedo. Puedo ser muchas cosas, mujer, pero no un asesino.
—Y siempre hay un carro de estiércol que impida que se mate, está claro.
—Espero que por lo menos se le estropeara la capa. Odio esas cosas.
Hinata le deslizó los dedos en el hueco del brazo y sintió su rigidez; Naruto era consciente de que ella había escuchado cada una de las palabras de Durand.
—Me siento incómoda al realizar una pregunta tan obvia —dijo ella— pero, ¿por qué te casaste con lady Shizuka?
El emitió un gruñido.
—Imagino que me dejó deslumbrado. Todavía estaba en la universidad y ella era encantadora. Desde luego, no perdí el tiempo y la cortejé con rapidez. Cuando me enteré de cómo era en realidad fue demasiado tarde; ya estaba embarazada.
Y él había querido mantenerla cerca para proteger a su hijo.
—Sé que no quieres que te lo diga, pero lo siento mucho. Lamento que haya ocurrido todo esto. No debería haber sucedido.
Naruto puso su mano sobre la de ella.
—Pero pasó. Y yo sigo luchando contra su fantasma. —La miró con calidez—. Aunque ese fantasma no me ha incordiado demasiado últimamente.
Ella se atrevió a acurrucarse contra él y él le cogió la mano.
—Hoy he recibido noticias —comentó él después de un rato—. De Madara. Tenía intención de contártelo, pero entonces llegó Konohamaru y...
Ella se quedó rígida.
—¿Sobre Jazmín? ¿Se encuentra bien?
—Está bien o, por lo menos, eso creo. La carta que he recibido es la respuesta a otra que yo le envié. Ese maldito inglés no entra en razón y yo quiero poseer ese caballo.
—¿No se aviene a vendértelo?
—No, pero intenté intimidarle lo suficiente como para que me permita volver a entrenarla. Me ha respondido diciendo que lo haga, pero que no espere retribución alguna por ello. Considera que ese dinero es el que le hice perder al no conseguir que ganara en Doncaster. —Naruto hizo una mueca de repugnancia—. Apuesto lo que quieras a que ningún entrenador se mostró dispuesto a entrenar al animal y está desesperado. Por supuesto, quiere aparentar que no es así, si no que todavía posee la mejor jugada. ¡Qué memo!
—¿Vas a rechazarle?
Naruto la miró, con los ojos todavía ardiendo de furia.
—¡Por Dios, no! No necesito el dinero. Necesito a Jazmín.
Ella se frotó contra su hombro.
—Quieres regresar a Inglaterra, ¿no es cierto, Naruto? Me refiero a ahora mismo.
Él no la miró.
—Quiero entrenarla, Hinata. La convertiré en una ganadora. Tiene muchísimo potencial, y Madara lo desperdicia.
—¿Ves lo que quiero decir? Odias estar aquí. No importa cuántos amaneceres veamos desde la colina, ni cuantas partidas de cartas ganes; tu corazón no está en ello. Tu lugar está supervisando el entrenamiento de los caballos en un prado o al otro lado de la meta, no ante una mesa de bacarrá.
Naruto se inclinó para colocarle un mechón de pelo detrás de la oreja.
—¿Y qué demonios harás tú mientras yo superviso los entrenamientos o espero el desenlace de una carrera?
—Observar, montar a caballo. Ocuparme de tu casa. Créeme, no me faltará qué hacer.
Naruto pasó el pulgar por la fina pulsera de oro que le había regalado por Año Nuevo.
—Mi propiedad en Berkshire está muy lejos de la ciudad, no hay nada más que caballos. Y mis hermanos se dejarán caer por allí en cuanto comience a entrenar, lo usan como excusa para no hacer lo que se supone que deben hacer.
—Me parece perfecto —exclamó más animada—. Podemos invitarlos a todos; incluso a Tanahi, Konan y los niños. Las dos salen de cuentas en primavera, quizá luego no puedan venir. Estoy segura de que en verano podremos organizar una fiesta preciosa.
Se interrumpió cuando vio la mirada de Naruto, un hombre que ya veía su casa de soltero invadida por mujeres, niños y demás.
—Es solo una idea —aseguró con rapidez—. ¿Qué me dices, Naruto? Sé que hemos estado aquí todo este tiempo porque tú crees que me gusta.
—Te gusta estar aquí.
—Bueno, sí, es excitante, pero no es lo que me gusta hacer todo el tiempo.
Naruto la observó pensativo.
—Eres una mujer, Hinata.
—Sí, ya lo sé. Desde hace muchos años.
—Se supone que lo que deseas es un largo desfile de vestidos de noche y joyas y salir todas las noches.
—Ese interminable desfile acaba convirtiéndose en una rutina.
—¿Te aburres? —Frunció el ceño—. Deberías habérmelo dicho. Puedo llevarte donde quieras: Roma, Venecia, incluso podemos ir a Egipto si eso es lo que quieres.
Hinata le acalló con los dedos en sus labios.
—¿Por qué tenemos que andar dando vueltas por el mundo? No es lo que deseo si eso quiere decir que tú vas a sentirte infeliz e impaciente.
Naruto suspiró.
—No entiendo lo que quieres, Hinata.
—Quiero estar contigo.
—¿Mientras me hundo en el barro hasta las rodillas? Mi propiedad queda muy lejos de cualquier restaurante elegante.
—Bueno, me encanta disfrutar de la comida tradicional escocesa. Tu cocinera de Berkshire sabe hacer bannocks Sporridge, ¿verdad?
—Es escocesa.
—Bueno, pues decidido.
—Hinata, basta. Deja de tomártelo todo con tanta alegría.
—Si lo prefieres puedo ser más gruñona. —Fingió que fruncía el ceño.
Naruto no se rió.
—No puedo darte lo que quieres si no me dices lo que es.
Ella alzó el puño que él había apoyado sobre su muslo y le besó los nudillos.
—Estoy tratando de decírtelo. Eres un hombre generoso y no puedo mentir, negar que me gustan los hermosos vestidos o las joyas que me regalas. Pero lo cierto es que huí de cualquier vida respetable para estar contigo, Naruto MacUzumaki. No me importa que vivamos en el hotel más caro de Montecarlo o en una casucha donde solo dispongamos de pasteles de avena para la cena.
El la miró con cierta angustia.
—¿Por qué demonios querrías eso?
—Me encantan los pasteles de avena, en especial con un poco de miel.
—¡Maldita seas! Lo que quiero decir es que no entiendo por qué quieres estar conmigo. Mírate. Te he presentado a las personas más corruptas del mundo y te sientas a su lado llena de inocencia, sonriéndome, ¡Jesús!
—¿Y qué quieres que haga? ¿Qué te exija más joyas? ¿Qué rompa platos y chille si no las consigo?¿Qué amenace con dejarte por un hombre que me comprará más?
—Es lo que hacen todas —expuso crudamente, con indiferencia.
—Bueno, por eso desprecias a las mujeres. Pero ya hemos hablado al respecto, ¿recuerdas?
—Desprecio a esa clase de mujeres que describes, sí.
—Entonces no te relaciones con ellas. Vámonos a Berkshire y al diablo con todo. —Cuando él la miró con escepticismo, ella le rodeó el cuello con los brazos y le acarició el pelo que le caía sobre la nuca—. Eso es lo que realmente quiero, Naruto. Los caballos, el barro y tú. —Le besó.
Y se fueron a Berkshire.
Naruto jamás había llevado a una mujer a su propiedad en Berkshire, Waterbury Grange, situada al sur de Hungerford. Había comprado el lugar tras la muerte de Shizuka, cuando necesitó alejarse de Rasengan, de su padre y de la tumba de su esposa.
Había llenado la casa de sirvientes y permitido que Konohamaru correteara a sus anchas, como un salvaje, mientras él se concentraba en las carreras de caballos. Newmarket, Epsom, Ascot, el St. Leger... Esos eran los acontecimientos alrededor de los cuales giraba su mundo.
Las necesarias amantes no cabían en esa parte de su vida. Hinata, sin embargo, encajó como una pieza en un puzzle. Asumió el control de la casa desde el momento en que llegó, descubriendo y cambiando las costumbres de los sirvientes, que se agenciaban los mejores productos alimenticios para sí mismos y servían a su amo lo que quedaba.
Naruto encontró divertida su indignación por la manera en que se aprovechaban de él.
—Esta gente me mantuvo vivo cuando me mudé aquí y se ocuparon de Konohamaru por mí. Les estoy agradecido.
—Hay una gran diferencia entre estar agradecido y cenar carne cartilaginosa mientras ellos disfrutan de un delicioso bistec.
Naruto encogió los hombros.
—Haz lo que te parezca, no se me dan bien las disposiciones domésticas.
—Es evidente —convino ella con el ceño fruncido.
No pudo negar que Hinata había tenido razón al insistir en ir allí. El viento de enero era fuerte y frío, pero pronto pasó lo peor del invierno E Iruka y él, con Konohamaru a remolque, se volcaron en los entrenamientos. Se dio cuenta de que esperaba con ilusión levantarse al amanecer para conducir a los caballos al campo de entrenamiento junto a Konohamaru antes de que el sol despuntara.
Madara todavía no había traído a jazmín desde Bath y se preguntó si llegaría a hacerlo algún día. Salvo por eso, los entrenamientos se desarrollaban de manera satisfactoria.
Sus caballerizas eran de las mejores que podían encontrarse en funcionamiento, con multitud de entrenadores, gente yendo y viniendo a todas horas y una rutina bien establecida. Iruka era el segundo a bordo y cualquier entrenador, mozo o jockey que tuviera problemas con él era despedido.
El gitano conocía a los caballos tan bien como él mismo y podía montarlos a pelo para domarlos por completo. Los entrenadores que llevaban más años allí respetaban a Iruka y solían decir: «si el gitano hace algo, tiene una razón».
Con respecto a sí mismo, una vez que sentía el viento de Berkshire agitándole el pelo, y la excitación le inundaba al ver los potros, su tedio desaparecía. Una vez más se sentía animado y vivo. Y cuando Konohamaru y él regresaban a casa cada tarde, había un nuevo sol en su vida: Hinata.
Manejaba la casa y la familia como si hubiera vivido allí toda la vida. El ama de llaves, que nunca había hablado con él más que lo estrictamente necesario, mantenía una constante conversación con su esposa mientras ella le preguntaba sobre todos los aspectos del gobierno de la casa. Ahora era ella la que lo dirigía todo y el ama de llaves solía decir «déjeme preguntarle a la señora» cuando surgía cualquier duda.
El personal era silencioso y estaba bien entrenado, salvo aquel hábito, ya finalizado, de quedarse con los mejores productos alimenticios. Aunque no besaban el suelo que Hinata pisaba, al menos la respetaban.
Incluso el eterno punto de fricción entre ellos dos, que él la dejara todas las noches para irse a su solitaria cama, pareció aliviarse un poco al llegar la primavera.
O eso pensó él. Debería haber recordado que Hinata era una buena estratega y tenía esa habilidad con las ganzúas.
Los cerrojos de la vieja casa eran fáciles de abrir. Contaban con más de cien años, los mismos que el edificio, y la misma llave servía para varias puertas. Hinata había estado practicando desde el día en que llegó; fue así cómo descubrió el escondite de los alimentos que los sirvientes hurtaban.
En una noche sin luna, avanzó por el corto pasillo que separaba su dormitorio del de Naruto con la horquilla en la mano. Se arrodilló sobre la alfombra y se detuvo un instante a escuchar los ronquidos
que provenían del interior antes de deslizar silenciosamente la cubierta que tapaba el ojo de la cerradura. Detrás había un cerrojo nuevo y brillante. Él lo había cambiado.
¡Maldita sea!
Respiró hondo, negándose a darse por vencida. Tendría que esforzarse un poco más para forzar esa cerradura pero, finalmente, utilizando dos horquillas, lo consiguió. Se levantó con el corazón acelerado y abrió la puerta muy despacio.
La habitación estaba oscura, salvo por el resplandor de las brasas en el hogar de la chimenea. Se había asegurado de visitar el dormitorio de Naruto a menudo, así que conocía perfectamente la posición de los muebles. A menos que él hubiera decidido cambiar el mobiliario a las once de la noche, la cama estaría en aquella dirección. El ronquido que se escuchó en ese momento, en aquel punto exacto, le indicó que estaba en lo cierto.
Cerró la puerta suavemente y atravesó la estancia.
—Hinata.
La palabra fue dura y clara, prueba evidente de que su marido estaba muy despierto.
—¡Eso no vale! —se quejó ella—. Solo fingías estar dormido.
En la oscuridad brilló una cerilla y, al momento, resplandeció una lámpara de gas. La luz le mostró a Naruto incorporado en la cama, con el regazo cubierto con una sábana y el resto del cuerpo deliciosamente desnudo.
—Estaba dormido. Luego oí el ruido inconfundible de una ladronzuela intentando forzar la puerta.
—Tienes un oído muy fino.
—Sí.
Dio un paso hacia él.
—¿Te he asustado? —Él le había explicado que se despertaba violentamente cuando se sobresaltaba. Había pensado en arrancarle del sueño con la máxima suavidad posible para demostrarle que no ocurriría nada terrible.
Naruto esbozó una cálida sonrisa.
—En cuanto escucho a alguien forzando una cerradura pienso en ti. Por no hablar de los murmullos que emites cuando al cerrojo se le ocurre desafiarte. ¿Qué haces aquí?
Hinata hizo desaparecer la distancia que quedaba a la cama.
—He venido a dormir con mi marido.
—Hinata...
Ella puso una rodilla sobre el colchón.
—Tú te niegas a hablar de ello, pero yo me niego a dejar las cosas cómo están. Las camas de matrimonio se llaman así por algo.
Naruto se abalanzó sobre ella. Antes de que pudiera escapar, se encontró con la espalda sobre el colchón, igual que la noche que se había colado en su habitación en Rasengan para buscar las cartas de la reina. La diferencia entre ambas ocasiones era que entonces él había estado vestido. Ahora, sin embargo, solo una sábana separaba el desnudo cuerpo de su marido del de ella.
Sintió cada centímetro de su duro cuerpo, cada milímetro, la fuerza de sus manos, el calor de su aliento.
—¿Es necesario que te recuerde lo peligroso que soy? —gruñó.
—Tú no eres peligroso.
Naruto le sostuvo las muñecas contra el colchón y le brindó una ardiente y provocativa sonrisa.
—¿No? Quizá debería demostrártelo.
¿Quería que lo hiciera o que no lo hiciera? Una mujer sabia debería tener miedo de que un gigante se cerniera sobre ella en la oscuridad, dispuesto a seducirla, pero ella no era sabia. O quizá sí; a fin de cuentas, se había casado con él.
—No es necesario —aseguró.
Él le lamió los labios.
—Sí, lo es. No quiero que las cosas se vuelvan demasiado familiares.
Eso era lo que había dicho en el tren, cuando se declaró; quería una amante, no una esposa.
—Bueno —claudicó ella—, quizá sí deberías hacerme una pequeña demostración.
Él se levantó bruscamente de la cama, llevándola consigo, y la sábana cayó. Estaba desnudo bajo la tenue luz, su erección se erguía, larga y dura, y él no parecía ni siquiera un poco avergonzado. Desde su posición en el borde de la cama, le resultó muy fácil asirle con la mano y atraerlo hacia ella.
Naruto se tensó de los pies a la cabeza cuando sintió los suaves labios de Hinata, el suave roce de la lengua en la punta del pene. ¡Que Dios le ayudara! Había estado a punto de ponerla en el suelo y hacerle el amor a conciencia, con violencia, con intención de desquitarse por haberse colado en su habitación, pero ella le había dado la vuelta a la situación. Otra vez.
Hinata no había hecho antes nada parecido, pero había visto los dibujos eróticos y él le había susurrado un montón de pervertidas picardías al oído. No era tan inocente como antes y, evidentemente, quería experimentar.
Casi alcanzó el clímax cuando la observó abrir los labios y alojar su miembro entre ellos. Apretó los puños, rígido de arriba abajo, conteniéndose como podía. Si se corría ahora se perdería la sensación de estar dentro de ella, la emoción de sumergirse en su cuerpo, de notarla a su alrededor... Pero justo en ese momento, Hinata comenzó a succionarle.
—Hinata... —La palabra fue jadeante, la respiración ronca. Le puso la mano en la cabeza y meció las caderas—. Hinata, cariño, ¿Qué me estás haciendo?
Por suerte, ella no respondió; tenía la boca ocupada. Se limitó a acariciarle los muslos.
—Bruja... —susurró bajito—. Se suponía que te las iba a hacer pagar.
Como única respuesta, ella le chupó con más fuerza.
Él comenzó a desgranar palabras, picaras sílabas como las que les habían conducido a esa situación.
«Hermosa, preciosa Hinata... ¡Maldición!».
Gritó cuando su semilla salió disparada y quiso seguir eternamente cuando ella se apartó con timidez, limpiándose los labios con la yema de los dedos.
Gruñó con un sonido bestial. Ella le sonrió y la apresó entre sus brazos para atravesar la estancia hasta la chimenea, donde procedió a hacerle el amor ante el fuego. La amó con tanta intensidad que estaba profundamente dormida cuando la llevó a su dormitorio.
Lord Madara apareció con Jazmín la primera semana de febrero. Naruto le observó recorrer el camino muy lentamente, delante de la carreta cerrada que transportaba al animal.
Se bajó del caballo que montaba y lanzó las riendas a uno de los jockeys que se subió de un salto a la silla. Naruto abandonó el prado y se acercó a las caballerizas para recibir a la carreta y el carruaje, pero se detuvo sorprendido al ver que otra carreta cerrada aparecía por la curva del camino.
Madara bajó del carruaje y miró con atención donde pisaba, asegurándose de que sus brillantes botas no entraban en contacto con una zona embarrada o mojada. Su ropa a medida suponía un enorme contraste con la chaqueta y los pantalones de trabajo de Naruto.
—Bueno, MacUzumaki —saludó Madara—, se la he traído de vuelta. Espero que no vuelva a cometer un desaguisado otra vez.
El observó cómo se detenía la segunda carreta.
—¿Y ahí dentro qué hay?
—Un garañón. Se llama Arcángel Rafael y está dándome problemas. Me gustaría que lo entrenara.
—¿Y por qué debería hacerlo?
—Para que no tenga que perderme el St. Leger. Nadie quiere entrenar a Arcángel, pero todos me dicen que si hay alguien que pueda hacer algo de él para poder venderlo después es usted. Se me ha ocurrido que podría hacerme el favor.
La carreta ocupada por Jazmín estaba ya junto a las caballerizas. Konohamaru y Hinata aparecieron como por arte de magia cuando Iruka comenzó a bajarla.
—No quiero a ese gitano cerca de mis caballos —gritó Madara—. No me sorprendería nada que fuera el causante de su desgraciada actuación.
Hinata se dio la vuelta al escucharle, boquiabierta. Naruto alzó la mano como advertencia para que no dijera nada.
—Iruka no hizo nada malo, ni tampoco Jazmín —aseguró él.
Ardía de ganas de darle a Madara un golpe en la boca, de lanzarlo al interior del carruaje y mandarle de vuelta a su casa, pero se controló. Quería entrenar a Jazmín, salvarla de aquel bastardo, y si enfadaba a Madara, se la llevaría de nuevo.
Le hizo un gesto a Iruka para que desapareciera, pero el gitano ya se había alejado de Jazmín, dejándola en manos de uno de los mozos de Madara. Esa era una de las cosas que más le gustaban del gitano, por lo que confiaba en él.
—Muy bien —aceptó—. Déjeme a ambos. Volveremos a vernos en Newmarket.
Madara ni siquiera se mostró satisfecho. Se limitó a mirarle por encima de su nariz y se volvió a su carruaje, ansioso por volver a su pulcra y decorada casa en Bath.
Hinata apretó los labios. Sabía la lucha interna que mantenía Naruto para no gritarle lo que pensaba, pero había elegido controlar su carácter por el bien de Jazmín.
La pobre potrilla parecía un tanto aturdida por el viaje. Su pelaje estaba cubierto de espuma y tenía la mirada desenfocada. Un buen masaje y un par de vueltas por el prado conseguirían que se tranquilizara; sí, eso es lo que necesitaba.
El mozo de Madara, sin embargo, la condujo directamente a un box en el patio de las caballerizas, en forma de U. Se hizo evidente que el animal no quería ir con él. O mucho se equivocaba o se escaparía en cuanto se le presentara la oportunidad.
—Deja que corra un poco —dijo ella—. Iruka...
El gitano, que observaba la escena apoyado contra la puerta de otro box, no dijo nada. El mozo negó con la cabeza.
—Son órdenes de milord, milady. No nos dejará volver a casa hasta que no esté encerrada en una cuadra.
—A los caballos no les gusta estar encerrados.
Hinata había aprendido eso cuando era una niña, lo había comprobado al ver a Naruto cada día. Si tienes un caballo nervioso, es mejor dejarle trotar por los prados e investigar a su aire, mucho más que si es un animal tranquilo. Aquella potrilla necesitaba sentirse segura, necesitaba familiarizarse con el lugar.
El mozo suspiró.
—Bueno, esto es lo que quiere lord Madara y es él quien me paga. Lo siento, milady.
Ella cruzó los brazos y le dejó pasar. Ya se ocuparía de que se hicieran las cosas como era debido cuando lord Madara se marchara.
Jazmín no se resistió al mozo, aunque pateó nerviosa. Todo habría salido bien si no hubiera sido por el garañón.
Tampoco quería ser encerrado. En cuanto Arcángel Rafael fue sacado de la carreta, bufó, piafó, atacó a los mozos que intentaban sujetarle. Naruto se acercó e Iruka apretó los puños sin dejar de observar, pero no se atrevió a interferir.
Jazmín escuchó al garañón y se volvió para mirar qué ocurría. No parecía tenerle miedo, su mirada era calculadora.
—Vigílala a ella —advirtió.
El mozo la miró con irritación porque ella, una simple mujer, se atreviera a darle órdenes a un mozo con su experiencia en tratar caballos.
El garañón siguió moviéndose, nervioso. Vislumbró a Jazmín y se dirigió hacia ella. La potrilla se alzó de manos y meneó la cola, el equivalente equino al desplante de una dama ante un patán.
El garañón emitió un ronco y retumbante relincho y corrió hacia ella; casi mil kilos de caballo negro chocaron violentamente contra la valla. Los mozos saltaron para apartarse de su camino y ella, lo mismo que Jazmín, lograron quitarse del medio en el último momento.
La potrilla alzó entonces la cabeza y tiró de las riendas, girando a su alrededor buscando como loca una salida. El garañón la acorraló y ambos caballos aceleraron, dirigiéndose directamente hacia Hinata.
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Continuará...
