Este Fic es una adaptación de la novela "El beso del Arcángel" de Nalini Singh (y continuación de la novela "El Ángel caído")
el cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo.
Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Cursivas, comunicación / vinculo mental
Capítulo 9
Ichigo vio que Rukia entraba con la mano herida y el pie a rastras, y se preguntó
si tendría que matar al líder de los Siete después de todo.
—Voy a matarlo —dijo ella al tiempo que se desplomaba en el sofá de la sala
de estar que compartían—. Y pienso disfrutar de cada minuto.
Tras evaluar la expresión sedienta de sangre de su rostro, Ichigo decidió
dejarle a Grimmjow a ella.
—¿Tu pie necesita atención?
—Al parecer, se cura solo con bastante rapidez. —Una mirada interrogante
—. ¿Acaso mi capacidad de curación se ha acelerado?
—Bastante. Los arañazos y las torceduras desaparecerán en menos de un día;
pero, dado lo reciente de tu transición, las fracturas todavía tardarán semanas.
—Mejor eso que meses. —Se frotó la cara con la mano herida—. Supongo
que has estado ocupado con los asuntos propios de los arcángeles.
Al verla así, desaliñada y agotada, alguien podría haberla considerado débil.
Sin embargo, Ichigo solo veía fuerza, determinación y una voluntad que nadie
podría aplastar.
—He hablado con Noel.
—¿Qué dijo? —Rukia tenía una expresión seria cuando terminó de contárselo
—. No han dejado ningún rastro sólido que podamos seguir.
—No. Le tendieron una emboscada cuando se encontraba solo en una de las
zonas menos habitadas del territorio del Refugio de Urahara. —Se permitía el
tráfico cruzado en la ciudad, siempre y cuando se observaran ciertas normas de
cortesía—. He ordenado a Hisagi que lo comprobara, pero ha sido incapaz de
encontrar a ningún testigo.
—¿Y el sitio de la emboscada?
—Está a la intemperie. Cualquier rastro de su paso por allí desapareció hace
tiempo. —Eso indicaba una planificación muy cuidadosa—. Y Noel estaba tan
malherido que fue imposible averiguar si los que lo atacaron habían dejado algún
rastro de sudor o sangre.
Rukia negó con la cabeza.
—No creo que lo hicieran... Yo habría detectado el más minúsculo rastro
cuando lo vimos por primera vez. En esa zona no había ningún tipo de esencia.
¿Qué pasa con las huellas de bota que tenía en la espalda?
—No había detalles suficientes, y a que su carne había empezado a sanar. —
Ichigo tenía la certeza de que eso también había sido deliberado. No lo de ocultar
las marcas de bota, sino lo de asegurarse de que las esquirlas de cristal estuvieran
enterradas a la profundidad suficiente como para ocasionar un dolor insoportable
cuando Noel recuperara la consciencia.
—¿Qué tal lo llevó él? —Una pregunta formulada en voz baja.
—Fue un calvario.
Rukia se apretó la rodilla con la mano herida, tan fuerte que los tendones
formaron líneas blancas que contrastaban con el tono dorado oscuro de su piel.
—¿Le das algún crédito a lo de Urahara?
—No es más que un intento de tomarme el pelo. —Si Urahara quisiera matarlo,
no perdería el tiempo con juegos estúpidos—. Urahara no desea conquistar nada.
Rukia lo miró fijamente, y sus ojos mostraban a las claras la frustración que
sentía.
—¿Hay algo que yo pueda hacer?
—Cuanto más fuerte estés, más difícil será hacerte daño.
La expresión de la cazadora entró en alerta, como si hubiese oído algo que él
no había dicho.
—Esto es algo personal para ti, igual que para Ashido y los demás.
—No voy a consentir que se trate a mi gente como si fueran peones
desechables. —Y mataría a cualquiera que se atreviera a hacer daño a Rukia sin
pensárselo dos veces.
—Con los cazadores ocurre lo mismo. Si atacas a uno, los atacas a todos. —
Un rápido gesto de asentimiento—. Me da la impresión de que sospechas de
alguien.
—Nazarach tiene más de siete siglos de edad, y al igual que muchos de los
antiguos, para él el dolor se ha convertido en placer. —Nazarach también estaba
vinculado a Ichigo. Si resultaba ser un traidor, su castigo causaría un grito de
terror en el mundo.
Rukia empezó a juguetear con la empuñadura de una daga que él no le había
visto sacar.
—Así es como sabes que empiezas a cruzar el límite, ¿no? —Alzó la vista con
una expresión agobiada—. Cuando comienzas a disfrutar con el dolor.
—Tú nunca atravesarás ese límite —le dijo al tiempo que tiraba de ella para
levantarla. Tal vez no estuviera seguro de sí mismo, pero no tenía ningún tipo de
duda con respecto a Rukia.
—¿Cómo lo sabes? —Su rostro era una máscara que ocultaba un millar de
pesadillas—. Me alegré cuando Aizen desapareció. Me hizo muy feliz que ese
cabrón muriera.
—¿Te deleitaste con su dolor? —le susurró al oído—. ¿Sonreíste cuando sangraba,
cuando su carne ardía? ¿Te echaste a reír cuando puse fin a su vida?
Ichigo sintió la repugnancia que le causaba esa idea antes de que ella negara
con la cabeza y lo rodeara con los brazos.
—¿Eso te preocupa alguna vez?
—Sí. La crueldad parece ser un síntoma que acompaña a la edad y al poder.
—Ichigo pensó en Unohana, que despertaba a los muertos y se entretenía con ellos
como un niño con sus jubetes—. Miro en mi corazón y veo que el abismo me
devuelve la mirada.
—No dejaré que caigas. —Una promesa feroz.
Ichigo la abrazó con fuerza. Su inmortal tenía un corazón mortal.
Una hora más tarde, Rukia, que aún sentía los brazos de Ichigo a su
alrededor, entró en una de las aulas. Diez pares de ojos la contemplaron con
muda fascinación mientras tomaba asiento en el semicírculo. Ella también los
observó. Nunca había estado tan cerca de los inmortales más jóvenes. Lo cierto
era que parecían mucho más frágiles de lo que había imaginado. Sus alas eran
tan delicadas que podría destrozarlas tan solo con las manos.
Al final, una niñita, de pelo castaño dorado, recogido en dos coletas, y con
alas del color del otoño y la puesta de sol, se atrevió a decirle algo.
—¿Eres una niña?
Rukia se mordió el labio inferior y cambió de posición sobre el enorme cojín
que hacía las veces de silla y que, para su eterna gratitud, estaba situado en un
rincón.
—No —respondió, y notó que se animaba de un modo que jamás habría
esperado después de la conversación con Ichigo—. Pero no hace mucho que soy
un ángel. —Por supuesto, cuando Grimmjow le había dicho que asistiría a unas clases
para ponerse al día con la cultura angelical (y librarse de su ignorancia), no se
esperaba aquello.
Los pequeños se cubrieron la boca con las manos para susurrar entre ellos.
Hasta que una niña menuda y con los ojos almendrados dijo:
—Eras mortal.
—Así es. —Rukia se inclinó hacia delante para apoyar los codos sobre las
rodillas.
—Se supone que no debes hacer eso —susurró con apremio un niño de
cabello rizado y negro que se encontraba a su izquierda—. Si Jessamy te ve,
tendrás problemas.
—Gracias por la advertencia. —Rukia se irguió y el niño, que parecía tener
unos cuatro años, asintió con aprobación—. ¿Por qué no se permite hacer eso?
—Porque es malo para la espalda.
—Excelente, Kon —dijo una voz adulta por detrás de Rukia. Un instante después,
una criatura alta y delgadísima ataviada con una túnica larga azul pasó
junto a Rukia en dirección al centro del semicírculo. Aquella, pensó ella, debía de
ser la temible Jessamy.
—Veo que todos habéis conocido a la nueva estudiante —dijo la profesora.
Kon levantó la mano.
—¿Sí, Kon?
—Yo puedo enseñarle las instalaciones.
—Eso es muy amable por tu parte. —Un centelleo en esos severos ojos
castaños, disimulado con un guiño.
Sin embargo, Rukia lo había visto, y eso hizo que aquel ser femenino le cayera bien.
—Ahora —dijo Jessamy —, puesto que es el primer día de Rukia, me gustaría
repasar parte de la materia que y a hemos estudiado, en particular la relacionada
con nuestra fisiología.
Rukia echó un vistazo a Kon.
—No tienes cuatro años, ¿verdad?
—No soy un bebé —fue la indignada respuesta. En ese instante, sus
compañeros los mandaron callar.
Después, Rukia escuchó y aprendió; los demás estudiantes le enseñaron los
nombres y funciones de cada músculo, cada hueso y cada pluma, desde las que
controlaban la dirección del vuelo hasta las que reducían la resistencia e
incrementaban el impulso.
Para el momento en que la clase llegó a su fin, Rukia tenía la cabeza llena de
información, y cierta noción de lo mucho que le quedaba por aprender.
—Podéis marcharos —dijo Jessamy a sus alumnos al tiempo que se ponía en
pie—. Rukia, me gustaría hablar contigo.
Los enormes ojos castaños de Kon mostraban su desilusión.
—¿Quieres que te espere?
—Sí —dijo Rukia—. Nunca había estado en esta parte del Refugio antes. —Se
encontraba en el centro geográfico de la ciudad, que, según Ashido, era un
territorio neutral.
Una sonrisa radiante, tan inocente que hizo que la cazadora se preocupara por
el niño.
—Te esperaré en la zona de juegos. —Inclinó la cabeza para despedirse de la
profesora y salió por la puerta con sus alas negras ribeteadas de marrón
arrastrando por el suelo.
—Kon... —dijo Jessamy con dulzura.
—¡Huy ! —Otra sonrisa—. Lo siento. —Levantó las alas.
—Volverá a arrastrarlas en cuanto desaparezca de mi vista. —Jessamy
señaló con la mano dos cojines para adultos que había junto a un escritorio lleno
de libros—. ¿Quién te dijo que te unieras a las clases? Rukia sintió una descarga
de recelo en la espalda mientras ambas se sentaban.
—Grimmjow.
—Ah... —Los ojos de la maestra resplandecieron—. No era necesario que
estuvieras con los pequeños. Me mostré más que dispuesta a darte lecciones por
separado.
—Tenía pensado despellejarlo —murmuró Rukia—, pero lo cierto es que he
disfrutado de la lección. ¿Te importaría que viniera otras veces? Ellos me enseñan
con el mero hecho de ser como son.
—Serás bienvenida siempre que quieras. —El rostro de Jessamy adquirió una
expresión solemne—. Pero tendrás que aprender más rápido que ellos si quieres
sobrevivir a Unohana.
Rukia titubeó.
—Sé lo de los renacidos —añadió Jessamy con una voz teñida de horror—.
Soy la tesorera de los conocimientos angelicales. Mi deber es conservar las
historias... aunque desearía no tener que escribir esta.
Rukia asintió en un silencioso acuerdo y colocó la mano sobre la pila de libros
que había sobre el escritorio.
—¿Estos son para mí?
—Sí. Contienen un resumen conciso de nuestro pasado reciente. —La
maestra se puso en pie—. Lee cuanto puedas y acude a mí si tienes preguntas, sin
importar lo insignificantes o indiscretas que sean. El conocimiento es poder, y
mucho más cuando uno debe enfrentarse a la más antigua de nuestra raza.
Rukia se puso en pie y observó las alas de Jessamy cuando el ángel se giró
para coger algo que había tras ella. El ala izquierda estaba retorcida de un modo
que hizo que a Rukia se le encogiera el estómago.
—No puedo volar —dijo el ángel sin rencor, a pesar de que Rukia no había
abierto la boca—. Nací así.
—Yo... —Rukia hizo un gesto negativo con la cabeza—. Esa es la razón de
que seas como eres.
—No te entiendo.
—Eres amable —aclaró Rukia—. Creo que eres el ángel más amable que he
conocido en toda mi vida. —No había ninguna malicia en esa criatura con los
ojos de color tierra y un brillante cabello castaño—. Sabes lo que es el dolor.
—También tú, cazadora del Gremio. —Le dirigió una mirada perspicaz
mientras salían a la luz del sol, pero esa perspicacia fue sustituida de inmediato
por una intensa felicidad—. Noba...
Al seguir la mirada de Jessamy, Rukia vio a un ángel que acababa de
aterrizar en la plataforma elevada que había frente a la escuela. Había algo
familiar en ese ser pelirrojo y musculoso, aunque habría jurado que no lo había
visto en su vida. Sin embargo, cuando sus ojos de color azul claro se clavaron
en ella con una gélida expresión de amenaza, los recuerdos afloraron a la superficie.
Ichigo sangrando en el suelo. Dos ángeles con una camilla. El pelirrojo la
miraba como si quisiera arrojarla al abismo que había al otro lado de la ventana
destrozada..., como si deseara ver cómo aterrizaba en el suelo a velocidad
terminal, cómo su columna vertebral atravesaba la piel de su espalda y su cráneo
quedaba reducido a una masa gelatinosa de materia gris.
Era evidente que no había cambiado de opinión.
—Noba. —Esta vez, la voz de la mujer tenía un matiz de reprimenda.
El ángel pelirrojo apartó la mirada de R,ukia pero no dijo nada. Tras captar la
indirecta, la cazadora se despidió de Jessamy y bajó las escaleras. De pronto, se
le erizó el vello de la nuca a forma de primitiva advertencia.
—¡Estoy aquí!
Sorprendida, alzó la vista y descubrió que Kon volaba sobre ella con unas alas
que parecían demasiado grandes para su pequeño cuerpo.
—¿Ya sabes volar?
—¿Tú no? —Planeó sobre ella.
—No.
—Vaya. —Realizó un bamboleante giro a la izquierda antes de aterrizar a su
lado—. En ese caso, y o también iré andando.
Rukia tuvo que contener la sonrisa al ver que sus alas arrastraban por el suelo
e iban dejando un rastro limpio.
—¿Te resulta más fácil ir por el aire?
—A veces, si el viento es bueno. —El niño tiró de su mano para señalar a
alguien que se encontraba al otro lado del patio. Al levantar la mirada, Rukia vio
que un ángel de hombros anchos con alas como las de las águilas tomaba tierra
—. Ese es Dahariel. Es uno de los antiguos.
Dahariel la miró a los ojos.
Edad. Violencia. El chasquido de la fuerza.
Todo eso en una única mirada, ya que después inclinó la cabeza a modo de
saludo y se alejó en dirección a lo que, según había descubierto Rukia, era el
territorio del arcángel Kempachi. La cazadora se estremeció a pesar del calor del
sol. Ese, pensó mientras Dahariel desaparecía de su vista, podría ser capaz de
golpear a un hombre con tan cruel precisión que no quedara nada.
Kon tiró de su mano una vez más.
—Venga, vamos.
Mientras su diminuto guía turístico la guiaba a través del campus, Rukia
permitió que su mente se relajara bajo el cielo despejado. Aquellos jóvenes
habían nacido inmortales, y muchos de ellos eran mayores que ella, a pesar de
las apariencias. Sin embargo, la edad era algo relativo. Veía en sus caras la
misma inocencia que había visto en el bebé de Miyako, en Yuzu. Todavía no habían
saboreado las lágrimas amargas que el mundo tenía para ofrecerles.
Parecía que los ángeles mayores y más poderosos, por más crueles que
fueran, hacían un esfuerzo por mantener esa parte del Refugio libre del estigma
de la violencia. Era un oasis de paz en una ciudad en la que se oían miles de
susurros siniestros.
Un movimiento de aire sobre su cabeza, el susurro de las alas de un ángel
adulto.
Rukia levantó la vista y atisbo un destello azul antes de que Ashido aterrizara.
Se oyeron gritos y risillas cuando los niños, incluido Kon, se arremolinaron como
mariposillas en torno a él.
—Sálvame, Rukia —dijo Ashido mientras remontaba el vuelo..., aunque no
voló demasiado alto, no tanto como para que los pequeños no pudieran seguirlo.
Sonriente, Rukia se sentó en uno de los artilugios del patio de juegos y observó
cómo realizaban espirales y caían en picado. A Kukaku le habría encantado esto,
pensó de pronto. Su impetuosa hermana mayor tenía un secreto: adoraba las
mariposas. En una ocasión, Rukia le había regalado un monedero con forma de
mariposa monarca muy bonito que había comprado en una subasta casera por
diez centavos. Y Kukaku lo llevaba en sus pantalones vaqueros el día que Kugo
Ginjo le rompió las piernas por tantos sitios que su hermana parecía la muñeca
olvidada de alguna niña.
Rukia aún podía ver las brillantes lentejuelas naranjas en medio de un mar de
sangre, y los dedos sin vida de Kukaku cubiertos de rojo.
