CAPÍTULO 9
John miraba a través de la ventana del inmenso comedor de la Mansión Thornton, perdido en sus profundos pensamientos. Se sentía inmensamente responsable por lo sucedido entre Margaret y él durante la pasada noche. Y seguiría haciéndolo hasta que ambos se hubiesen casado. No podía, ni quería, evitar aquel sentimiento que oprimía su alma con sogas hechas de angustia. Ahora, más que nunca, la reputación de Margaret se hallaba en sus manos. Cierto es que estaba prácticamente seguro de que el 'pequeño secreto' de ambos se encontraba a salvo, pues nadie, ni siquiera su madre, se había dado cuenta de lo sucedido. Y de todos modos, si ella se hubiese enterado, sería una de las personas más interesadas en que dicho secreto jamás saliese a la luz, dadas las enormes implicaciones negativas que ese hecho habría conllevado para la familia Thornton. Aún así, hasta que su boda con Margaret se hubiese celebrado, él no sería capaz de respirar en paz.
El sonido de unos pasos que se acercaban, lo sacó de su ensimismamiento. Se giró, sin tomarse la molestia de intentar sonreír. De todos modos, no esperaba que el rostro de su acompañante se mostrase aún más preocupado que el suyo, si cabe.
—Estás imponente —Víctor Attenborough afirmó, mirándolo de arriba abajo, mientras mudaba su anterior seriedad por una actitud distendida, que a John no fue capaz de engañar.
—¿Qué es lo que sucede? —John preguntó, con voz perentoria, clavando una mirada inquisitiva en los ojos de su mejor amigo.
Víctor hizo un ademán de desprecio con la mano y continuó sonriendo.
—Nada que deba preocuparte en el día de tu boda —aseguró.
—Y eso, ¿por qué? ¿Es que los problemas aguardarán para manifestarse, pacientes, hasta que Margaret y yo nos hayamos casado hoy? —objetó, con un ademán disconforme.
—Puedes llegar a ser muy duro, cuando te lo propones. El bloqueo de tu barco mercante ha sido resuelto. Entonces, ¿qué es, lo que te preocupa? —Víctor preguntó, a su vez, dándose cuenta de que algo lo atormentaba.
—Yo he preguntado primero —objetó, esquivo.
—John, de veras, no te preocupes; no es más que un asunto personal sin importancia. —Exhaló con cierta frustración.
—¿Confías en mí? —exigió saber, tajante.
—Por supuesto que confío en ti. La duda ofende. Pero hoy es el día de tu boda y…
—Comienza a hablar; ahora —le ordenó sin contemplaciones.
Víctor exhaló una vez más, nervioso, antes de decidirse a hablar.
—Ella está en Milton —confesó, por fin, mirando a John fijamente a los ojos.
—Ella, ¿quién? —quiso saber, confuso e infinitamente preocupado por el semblante atormentado que él estaba mostrando.
Pero no hubo tiempo para que recibiese una respuesta. Desde la puerta de la sala, una voz femenina, firme y decidida, se hizo notar.
—Buenos días, John.
Inmediatamente, Víctor se giró hacia ella, pálido como la cera. Por un momento, John miró a la mujer, atónito.
—¿Cómo osas profanar este bendito hogar con tu presencia? —Víctor reprochó a la mujer, airado, una vez se vio capaz de reaccionar—. Te ordeno que te alejes de aquí, incluso de Milton, de inmediato.
La alta y bella mujer no pareció ofendida, ni siquiera sorprendida, por aquellas duras palabras dichas con ira. Miró a Víctor, serena.
—Este no es tu hogar y, que yo sepa, Milton no es tu feudo personal —le respondió sin amedrentarse—. Y ya que tú no estás dispuesto a escucharme, quizá John sí lo esté.
—John no tiene nada que escuchar, que provenga de ti. Hazte un favor a ti misma y márchate. —Caminó hacia ella, amenazador. Pero se detuvo a una distancia prudente, como si temiese que su contacto quemara.
—¿Acaso temes que, si John decide por sí mismo, mostrará más sensatez de la que has mostrado tú? —lo retó, con mirada ahora furiosa.
Víctor apretó ambos puños con fuerza y la mujer se cruzó de brazos, desafiante.
—Hola, Isabella —John la saludó, por fin, con voz gélida—. Este hogar es tanto de mi hermano, como mío —afirmó, rotundo, refiriéndose a Víctor—. Y él habla tanto por mí, como yo puedo hacerlo por él. Así que te conmino a que lo abandones de inmediato —ordenó, tajante, amenazándola con una mirada de seria advertencia.
Por un instante, una mirada triste, frustrada, inundó los ojos de Isabella. Pero esta desapareció tan pronto como se hizo notar. Miró a ambos hombres con orgullo y con desprecio, se dio la vuelta y abandonó la mansión con pasos altivos. Ninguno de ambos pudo ver las lágrimas de desesperación que asomaron a sus bellos ojos.
—Ella ha intentado hablar conmigo esta mañana —Víctor declaró, atormentado—. Si yo hubiese temido que ella pudiese cometer la osadía de venir aquí a molestarte, te aseguro que no lo habría consentido —añadió, compungido.
—No es culpa tuya, hermano. Nada de lo que ella ha hecho en esta vida lo es. —Lo cogió por ambos hombros, con fuerza, obligándolo a que enfrentase su mirada.
—Lo sé. Aún así… ella entró en tu vida gracias a mí.
—Déjate de tonterías. Creo que ambos le hemos dado un mensaje sumamente claro. Así que, espero que ella no vuelva a molestarnos; ni a ti, ni a mí. Hoy es el día de mi boda; tú eres el padrino de mi boda. De modo que, muestra un rostro alegre, una gran sonrisa, si no quieres que Margaret perciba una angustia que hoy, de manera alguna, ambos debemos mostrar —dejó claro, dando el tema por zanjado.
—Lo haré, si tú das de lado esa cara de pepino agrio con la que te he hallado al entrar. Es tu turno de confesarme tus preocupaciones, hermano.
John no podía ocultar nada a su hermano; simplemente, no podía. Cuando le confesó sus más profundos temores, Víctor lo observó, anonadado. Y ya repuesto de la sorpresa, no pudo evitar estallar en carcajadas, que el moreno no tomó muy a bien.
—Perdona. Pero, no existen un hombre ni una mujer, en este mundo, que se amen más que Margaret y tú os amáis el uno al otro. ¿Qué hay de malo en vuestra actitud mostrada anoche, en consecuencia? No vas a casarte con una mojigata pero, tú eso ya lo sabías. Y a mi parecer, que ella no lo sea es, sinceramente, fantástico. No entiendo esa cara de funeral con la que te he encontrado.
—Víctor, por favor… Sabes con qué saña esta sociedad hipócrita dañaría a Maggie, si se enterara de lo sucedido…
—Guardemos el secreto, entonces.
Víctor le guiñó un ojo con picardía y palmeó su espalda, divertido.
Parecía como si la presencia de Isabella tan sólo hubiese sido un mal sueño para él. No obstante, John sabía la verdad y, por un momento, no pudo evitar mirarlo, preocupado. Aún así, se dejó contagiar por aquella aparente alegría. Total, iba a casarse con Margaret en tan sólo una hora. Una maldita y eterna hora de espera, gritó para sus adentros, desesperado. Deseó con todas sus fuerzas que el tiempo transcurriese a la velocidad del rayo.
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Dos horas después, Margaret salió de la iglesia siendo la nueva y flamante Señora Thornton; bellísima, radiante de felicidad, exultante de alegría… para absoluta complacencia de John, quien no podía dejar de mirarla con reverencia, dichoso por haberse convertido en el esposo de tamaña belleza, rebosante de inteligencia y de bondad. Con las nubes negras muy lejos ya, John se mostró relajado, amable, distendido, sonriente… A disgusto, hubo de permitir que los invitados a tan mediática boda acaparasen a su esposa, por un lado, y a él por otro, para colmarlos de abrazos, besos y apretones de manos.
Hannah, Fanny, Víctor y Henry caminaron tras ellos en un segundo plano, sonrientes.
Aunque Víctor, tal y como él había previsto, resultó ser la auténtica sensación de dicha boda. Con su apoyo claro e incondicional, John ya podía contar con que llegasen a la fábrica, en breve, numerosos y jugosos contratos que garantizarían la producción durante un largo período de tiempo, así como un éxito rotundo. Una vez más, Víctor bendijo a aquella adorable belleza castaña que había sabido domar aquel 'orgullo digno' del que John se empeñaba en rodearse cuando las cosas iban mal, negándose a recibir ayuda por creer que la buena marcha de la fábrica, tan sólo era su propia responsabilidad. Los amigos, los hermanos, estaban para ayudarse. Por ello, él se juró a sí mismo que, si en algún modo de su mano dependía, jamás volvería a dejarlo caer; con o sin su propia bendición.
Henry, sin embargo, se mostró tenso, vigilante cual ave rapaz en busca de una presa a la que huele en la distancia, pero a la que es incapaz de ver. Permaneció cerca de Fanny en todo momento observándola, vigilante; a la vez que escrutaba constantemente a su alrededor. Se había autoproclamado su guardaespaldas por propia elección, por 'derecho'. Aquel derecho que le confería el arrasador e inesperado sentimiento de amor infinito que había explotado en él como una granada, nada más verla el día en que la conoció. Y que no podía confesar a nadie, ni siquiera a sí mismo. Y mucho menos a aquella mujer, aún casada, que sufría por el amor de un hombre que, en absoluto, era él ni lo sería jamás. Sintió que, por fin, había conocido el amor verdadero. Y dolía; cómo dolía. Pero valía la pena. Valdría la pena, una y mil veces, luchar por la felicidad de aquella mujer que jamás sería suya. Desde el mismo instante en que la conoció, supo que él lucharía no una, ni mil, sino mil millones de veces, cuantas fueran necesarias, por una mujer que no estaba destinada a amarlo. Fue aquella resignación a veces serena, en ocasiones frustrada, la que le otorgaba, día a día, el valor para luchar por ella con todas sus fuerzas. "Ironía del destino", se dijo con una sonrisa melancólica. Durante las celebraciones, Watson no hizo acto de presencia, sin duda, por el bochorno que sentía por lo que en la Mansión Thornton había sucedido. Pero Henry intuía que, de algún modo, aquel hombre taimado acechaba a Fanny en la distancia.
Fanny, en todo momento, caminó cogida por el brazo de su madre, quien no permitió que nadie, absolutamente nadie, la acosase con preguntas improcedentes o indiscretas. Una sola mirada de aquella mujer firme y decidida, bastó para alejar a todo aquel que intentó acercase a ellas con intenciones 'morbosas', aún antes de haber abierto la boca, siquiera, haciéndole sentir culpable y miserable.
El banquete fue ofrecido en la Mansión Thornton, paralelamente al que se dio para todos y cada uno de los trabajadores de Marlborough Mills y para sus familias, por expreso deseo de Margaret y de John. Hannah se había opuesto a aquella idea en rotundo, argumentando que John no debía nada a sus trabajadores; nada en absoluto. Sin duda, se subiría por las paredes cuando se enterase de que los novios tenían planeado terminar las celebraciones de su boda junto a ellos.
Agotada, Margaret se dejó caer sobre una silla. Aquel hermosísimo vestido pesaba enormemente; y más después de haberlo lucido durante horas, encaramada a unos finísimos tacones que, para ella, se asemejaban a las agujas más altas de los más altos pinos. Por un momento cerró los ojos, dejándolos descansar, e intentó relajarse.
"Le deseo la mayor felicidad del mundo, Señora Thornton", escuchó frente a sí. Sorprendida, inmediatamente abrió los ojos y se puso en pie, dispuesta a no desairar a la mujer que, tan amablemente, acababa de felicitarla por su boda.
Extrañada por no haber visto antes a aquella bellísima mujer hasta aquel mismo momento, no pudo evitar observarla con admiración. Una rizada y larga cabellera de fuego enmarcaba unos rasgos finos, bellamente proporcionados, dominados por la mirada de unos inteligentes ojos del gris más hermoso que había visto en toda su vida. Su sencillo aunque elegante atavío, no era capaz de ocultar el cuerpo escultural que podía adivinarse bajo este.
La mujer le sonrió, con lo que a ella pareció sincero respeto, y repitió:
—Le deseo la mayor felicidad del mundo, Señora Thornton.
—Muchas gracias —respondió, ofreciéndole una cálida sonrisa—. No tengo el placer de conocerla. ¿Usted es…?
Pero la mujer no tuvo ocasión de responder, siquiera. Rápidamente, John y Víctor rodearon a ambas, mostrando una actitud nerviosa, amenazadora, que a Margaret sorprendió por completo.
—Ella es Isabella Belmont, una antigua amiga de la infancia —John se apresuró a afirmar, mirando a la mujer en tono de advertencia.
—Isabella ya se marcha. ¿Cierto, que es así? —Víctor afirmó, con voz que no admitía réplica.
Margaret miró a ambos con indignación. Aquella actitud no era propia de la alegre celebración de una boda; ni de buenos y correctos anfitriones.
—Ese no es modo de… —intentó reprenderlos.
Pero la mujer no lo permitió. Ofreciéndole una nueva sonrisa amable, aseguró:
—El Señor Attenborough tiene toda la razón. Yo ya me marcho. Que tenga una vida inmensamente feliz, Señora Thornton —insistió.
—Llámeme Margaret, por favor —pidió por impulso. Aquella mujer le agradaba; no sabría decir porqué.
—Adiós, Margaret —se despidió, con una leve sonrisa.
—Ha sido un placer.
La mujer se alejó con pasos serenos, sin mirar atrás.
—¿Qué ha sido tamaña descortesía por su parte, caballeros?—una vez repuesta de su sorpresa, Margaret inquirió, mirando a ambos con honda desaprobación.
—Isabella tiene prisa, mucha prisa —Víctor se apresuró a afirmar, para que John no se viese obligado a mentir.
—¿Realmente? Ella no parecía…
—Se hace tarde, Maggie —John la interrumpió, nervioso—. Creo que va siendo el momento de que hagamos acto de presencia en la otra celebración —declaró, ofreciéndole una sonrisa arrebatadora, que Margaret no fue capaz de obviar.
—Oh, sí… —Cogió a John por un brazo, ilusionada—. Higgins y Haillen deben estar dudando sobre nuestra llegada. Estoy segura de que ambos, hasta el momento, se habrán comportado como unos perfectos anfitriones. Pero es a los novios a quienes corresponde comparecer y agasajar a sus invitados.
—En efecto, querida.
Palmeó su mano, conforme. Y ambos se dirigieron hacia la puerta de entrada.
Víctor pudo comprobar cómo John le dirigía una mirada furtiva, llena de alarma, que él correspondió del mismo modo. Pero no tuvo tiempo de profundizar en ello, porque Hannah, viendo que Margaret y John se disponían a marcharse, caminó rápidamente hacia ellos para interceptarlos. Sin embargo, él fue más rápido que ella; cogió a la mujer por una mano, galante, y la condujo hasta el centro de la sala sin darle opción a negarse a seguirlo.
—¿Me concede este baile, hermosa dama? —preguntó, haciéndose notar ante el resto de invitados.
Mientras, los músicos comenzaron a tocar un elegante vals.
—Cómo no —ella se vio obligada a responder, sintiéndose observada por todos.
Inmediatamente, ambos comenzaron a girar, de un modo elegante, al compás de la bella música.
COMENTARIOS DE LA AUTORA:
Dedico el capítulo a:
—marylovesbatb, por haber dejado un maravilloso review al capítulo anterior y por seguir el fic fielmente, por mucho que yo tarde en actualizarlo.
—YuuriQueen, por haber añadido el fic a sus favoritos y a sus alertas.
—toniammm, por haber añadido el fic a sus alertas.
De esta humilde escritora, un abrazo muy fuerte a todos aquellos que seguís el fic, tanto los que os habéis dado a conocer, como los que no.
Hasta pronto.
Rose.
