.Este capítulo es de rating M por contenido sexual.


Kirara siguió el rastro de InuYasha.

Cómo justo su gata salió a la búsqueda y voló a lo largo del camino del hanyō de forma tan precisa, Sango no estaba segura; un sentido del olfato que rivalizaba con el de él, o algún instinto primario del que ella carecía por completo; fuera lo que fuera, confiaba en Kirara. Y, después de un día dolorosamente largo que al final terminó con ella volando lejos del sol poniéndose, cuando Kirara por fin comenzó a descender en lo que ella vagamente reconoció como el templo de Mushin, Sango no tuvo dudas.

Simplemente frotó la espalda de Kirara en agradecimiento y echó una ojeada al templo con los ojos entrecerrados, aún armándose de valor para la confrontación que iba a venir.

―Así que aquí es donde viniste a esconderte, Hōshi-sama ―él había vuelto a su antiguo hogar, entonces. Si hubiera sido obligada a adivinar dónde había ido, este habría sido su primera opción.

Kirara cuidadosamente la bajó hacia el templo, llevándola a un patio interior. Su gata aterrizó más suavemente de lo que estaba acostumbrada y Sango sonrió de nuevo, rascándole el cuello. No era necesario, pero sabía que la precaución era completamente por su bien, y ella aún tenía heridas.

―Gracias, Kirara ―murmuró antes de, con la respiración pesada, volver su atención a buscar alrededor del patio.

Encontró la razón por la que Kirara había elegido aterrizar ahí, en lugar de la entrada del templo, casi inmediatamente.

Miroku- mirando tan aturdido como ella se sentía.

Se congeló.

El monje estaba sentado fuera, en el límite del patio, observándola sin moverse. Se veía mejor de lo que ella recordaba- las manchas de sangre y polvo que habían persistido se habían ido, la palidez, desvanecido- pero la apariencia física no decía nada del bienestar emocional, y permaneció tensa.

Él estaba claramente sorprendido hasta la inactividad, los ojos abiertos sólo por su aparición y el semblante quedo en total incredulidad.

Y Sango, por su parte, sólo lo miró, la boca abierta y la mente en blanco.

Apenas habían pasado dos días desde la última vez que lo había visto, y de algún modo, estando aquí ahora, se sentía como una vida. Quizás porque, si se hubiera salido con la suya, lo habría sido.

Ella no tenía palabras. Y, en ese momento, limitaciones tampoco. Sus emociones y su corazón la empujaron hacia adelante, levantando su mano, y Miroku siguió sentado sin moverse, aunque seguramente estaba consciente de sus intenciones. Él simplemente se sentó ahí, y Sango sólo caminó hacia adelante, las emociones se agitaban hasta el punto de que no podía controlarlas o siquiera expresarlas, sólo se encontró a sí misma moviéndose en un estado sin alma que no podía detener.

Su mano giró para abofetear a Miroku en la cara.

Aún en ese momento, la ira hirviendo dentro de ella aún no se reducía, no disminuyó, sin encontrar una verdadera salida, y la mera visión de él sentado ahí, la cabeza abatida hacia el lado, la tenue marca roja ya formándose en su mejilla, no hizo nada más que incrementar la furia dentro de ella.

―ella gruñó, una particular ruptura en el gélido silencio.

Tú.

Te fuiste.

Miroku ni siquiera se retorció en respuesta.

Cuando ella no continuó, porque simplemente no podía dominar sus emociones lo suficiente para articular algo con claridad, despacio, el monje lentamente levantó una mano para sujetar el lugar donde ella lo había golpeado. Entonces, de la misma manera lenta, dio vuelta la cara hacia ella- los ojos, aún amplios.

―Te fuiste ―lo acusó de nuevo, esa simple declaración era todo a lo que se podía agarrar.

Él sólo se limitó a mirarla.

Sango había formulado tantos planes en su vuelo hasta ahí. Planes que consistían en ella forzando algo de sentido dentro de Miroku, golpeándolo en su duro cráneo si era necesario, haciéndolo ver la luz, entonces lanzándolo sobre Kirara y diciéndole que, si quería irse de nuevo, la única forma era saltando. Todos sus planes habían comenzado con confianza y terminaban victoriosamente.

Así que, ¿por qué, ahora que estaba finalmente cara a cara con él, todos esos planes se habían desintegrado en polvo?

―Sango ―él tartamudeó débilmente al fin, todavía mirándola en shock ―, tú… tú viniste.

Una vez más, se encontró a sí misma empujada hacia un estado en donde todo el autocontrol y sentido habían sido removidos. Una vez más, Miroku era capaz de obligarla a ir a un lugar en donde no podía planear estrategias o pensar; todo lo que tenía era el impulso transformándose en acción.

―Sí ―replicó, el corazón palpitando ―, te fuiste y yo vine.

Ella aún estaba enojada, molesta más allá de las palabras- y antes de que lo supiera, su cuerpo había reaccionado y movido en esa ira.

Sango se lanzó hacia adelante, las manos enroscándose contra sus hombros y forzando al monje sobre su espalda, atrapándolo contra el suelo con un grito ahogado de frustración. Miroku jadeó y ella empujó sus hombros de nuevo, golpeándolo contra la madera sin pausa ni remordimientos.

―¡Te fuiste, maldito cabrón! Estabas ahí cuando desperté, hice todo lo que podía para salvarte, ¡y tú- tú-! ―Levantó su mano de nuevo, haciéndola caer para abofetearla contra su rostro con cada palabra que rugía. ―¡Me- recompensas- marchándote!

Su voz escaló hasta un grito furioso que le rasgo la garganta y sus manos simplemente comenzaron a sacudirse y no se detuvieron. Cada vez que ella lo golpeaba, sólo se enfurecía más, la ilimitada furia en ella avanzando aún más hacia algo que simplemente no podía sujetar o siquiera entender. La mera visión del atónito, completamente conmocionado Miroku sólo dejándola golpearlo una y otra vez, lágrimas de ira aumentando hasta que apenas podía ver.

No fue hasta que el monje al fin la afirmó firmemente por las muñecas, alejando sus brazos y atrapando sus temblorosas manos contra las de él, que ella se dio cuenta que la ira se había desvanecido en suave tristeza. Miroku la contemplaba todavía, con la cara roja y jadeante, claramente noqueado y sin habla, pero sus manos aún estaban firmes alrededor de las de ella, sus ojos atravesando los suyos- y toda su resistencia se disolvió.

Sus piernas cayeron, llevándola hacia abajo de rodillas frente a él. Sus brazos, también, se movieron por su cuenta, suavemente apartando las manos de su agarre que no podía resistir más, para moverse lenta, gentilmente alrededor suyo. Lo tocó tentativamente primero, como si, si se movía muy rápido o muy brusco, él podría desaparecer. Cuando él se puso rígido por la sorpresa pero no retrocedió, su agarre se apretó y la voluntad que la mantenía erguida se desvaneció, dejándola caer de nuevo sobre él, sosteniéndolo en un agarre tan fuerte que no podía romper incluso si hubiese tratado.

―Te fuiste ―susurró ella en su oído, y odió el hecho de que su voz fuera temblorosa tanto como el hecho de que no podía detenerlo ―. T-Te fuiste… Te fuiste.

Y, al fin, él respondió.

―Lo sé ―dijo de vuelta, la voz queda sólo en un susurro también. Le permitió aún mantenerlo contra el suelo, el rostro enterrado en su cuello ―… Fue un error, Sango. Debería haber hablado contigo primero- no fue algo que debería haber hecho por mi cuenta.

―¡¿Error?! ―Gritó ella. Desaparecer en medio de la noche sin siquiera una palabra- ¿sólo un error?

―Sango, yo-

¡No! ―Ella se retiró de él tan rápido como había caído encima suyo, aún sosteniéndolo en su lugar- pero esta vez con una voluntad de hierro, firme, incluso cuando las lágrimas continuaron cayendo de sus ojos. ―¡No, Hōshi-sama! ¡No puedes llamar a eso un error! ¡Te fuiste- y no querías volver! ¡¿Me equivoco?!

Él la observó aún más en pánico ahora, los ojos yendo a las manos que aún lo mantenían abajo cuando trataba de escapar.

―Sango-

¡Sí o no, Hōshi-sama! ¡¿Me equivoco?!

Primero hubo negación parpadeando en sus tensos rasgos- negación que se desvaneció débilmente en resignación. Esa mirada hizo que el corazón de ella se apretara en doloroso anhelo de nuevo, y parpadeó furiosamente las lágrimas pasadas, esperando con el corazón roto la respuesta que sabía que vendría.

La culpable, dolorida mirada en el rostro de Miroku decía claramente lo que no quería decir. Pero ella se negó a retroceder, manteniéndolo en su lugar con nada más que el peso de su mirada- él no tuvo elección más que decirle la verdad.

―No ―él dijo al fin. Parpadeó nerviosamente pero todavía no apartó la vista ―. No. No iba a volver.

Y, ahí, finalmente, ella lo tuvo. Él lo había confirmado- ella había estado en lo cierto.

Esa despedida, si él se hubiera salido con la suya, habría sido el final.

Esas palabras hicieron que su corazón se hundiera.

Cuando cerró sus ojos, los hombros temblando mientras trataba valientemente de controlar su palpitante corazón, sintió que Miroku se movía de nuevo, lo escuchó tratando de comenzar una explicación o defensa.

―Sango, por favor, escucha, yo nunca-

―Cállese.

Ella apenas mantuvo el control para levantar un dedo diciéndole que se detuviera, los ojos aún cerrados. Sango tomó otro tembloroso respiro, convirtiendo las indescriptibles emociones dentro de ella ahora en algo que pudiera usar. Miroku permaneció todavía debajo de ella, evidentemente acorralado a hacer lo que ella quisiera- ya fuese eso, o demasiado asustado de hacerla estallar de nuevo para arriesgarse a escapar.

―Me dijo eso, si ambos aún viviéramos cuando derrotemos a Naraku, nos casaríamos. Dijo que era demasiado peligroso intentar algo más conmigo mientras aún peleábamos contra Naraku y acepté eso, pero también dijo que las cosas serían diferentes si los dos sobrevivíamos a esta lucha. ¿Cambió de parecer?

―Yo- no, pero-

―Oh. Entonces, no cambió de parecer. ―Ella lo liberó al fin, retirándose de encima del monje para sentarse sobre sus talones, todavía forzando cada respiración moderada para evitar perder el control por completo. ―Sólo eligió por sí mismo decidir terminar las cosas. Decidió, por sí mismo, que sería demasiado difícil, y se fue. Déjeme adivinar- pensó que era lo mejor para mí, ¿verdad? No quería herirme, así que ¿simplemente se fue en medio de la noche sin decir una palabra? Se fue, sin decir adiós, todo- porque pensó que era lo mejor para mí. ―Abrió los ojos finalmente, fijando su mirada en el aún traumado monje recostado en su espalda. Miroku estaba pálido pero todavía no retrocedía; se veía nervioso, y legítimamente, pero esta vez como si quisiera mantenerse firme y responder por lo que había hecho. La nerviosa determinación que ella vio era completamente diferente del miedo indeciso que recordaba de esa noche a la luz del fuego en el hogar de Kaede- completamente diferente, en lo que ella quería pensar, una buena manera.

―Estás en lo correcto ―dijo él al fin, aún mirándola un poco nervioso ―. En ese momento, yo- yo creí que estaba actuando por tu bien.

Algo en su voz la hizo detenerse, y Sango por fin se hizo para atrás un poco, observándolo con incertidumbre- su corazón aún palpitando.

―¿Tú- creíste?

Miroku asintió de vuelta tentativamente.

―Sí. Me doy cuenta ahora que estaba siendo… egoísta. Tiendo a hacer eso a veces; seguramente lo has notado. ―Intentó una débil sonrisa, y cuando eso no la sacó de quicio, tomó ventaja de su sorpresa para, suavemente, liberarse de su agarre y sentarse derecho. Tiró incómodo de su coleta, los ojos recorriendo el patio para mirar cualquier parte menos a ella. ―… InuYasha te ganó en llegar aquí ―confesó finalmente- para su asombro ―. Lo siento, Sango, pero creo que mucho de lo que intentas decirme, él ya me lo gritó. ―Se arriesgó a mirarla por medio segundo antes de que su mirada se fijara firme en sus pies.

¿InuYasha le había ganado en llegar ahí? Bueno, no la sorprendía, de otra forma Kirara no habría tenido rastro que seguir- pero tenía la impresión distinta de que él sólo había ido en busca de Miroku porque Kagome lo había obligado. No había indicios de que InuYasha había ido para tratar de convencer o siquiera de hablar con Miroku en absoluto, simplemente arrastrarlo de vuelta antes de seguir con su aparentemente infinita búsqueda de los fragmentos.

Sango tuvo que aguantar las ganas de sonreír. InuYasha realmente a veces trataba de actuar indiferente y rudo, pero no podía ocultar el hecho de que de verdad los cuidaba.

―¿Y? ―Preguntó, encontrándose con la mirada de Miroku otra vez y sacudiendo la cabeza para aclararla. ―¿Qué dijo exactamente InuYasha?

El monje tomó un respiro, aún mirándola con un poco de precaución como si estuviera a punto de abofetearlo de nuevo.

―Lo que hizo que me abofetearas, imagino… Pensé que me iba por tu beneficio, pero- no era así. Tú- lo que pasó- lo que el Tessou hizo… ―Se interrumpió para respirar de forma temblorosa, repentinamente incapaz de encontrarse con sus ojos nuevamente. ―No podía vernos superando eso… Si no lo has- Si no lo has pensado, Sango, nunca he tenido un largo plazo para- bueno, para nada. ―Se detuvo otra vez, enrojeciendo levemente y los ojos mirando a cualquier parte menos a ella. Cuando siguió, fue deprisa, como si estuviese ansioso por sacarlo todo afuera y terminar de una vez. ―Le he prometido a muchas mujeres, muchas cosas, pero nunca había sentido o querido nada de ninguna de ellas además del descendiente que necesito, hasta ti, Sango. Nunca había sentido esto antes. Y cuando se vuelve difícil, cuando se vuelve doloroso, no puedo ver que mejore. Pensaba que era doloroso para ti pero, me di cuenta de que lo era para mí- y me fui por mi propio bien. ―Cerró sus ojos por un momento, la tensión enrollándose en su rígida figura y la forma en la que sus puños se apretaron a su lado mostrando sólo cuán difícil era para él. ―Eso fue lo que me hizo entender InuYasha… Me hizo darme cuenta que no puedo tomar esa decisión por ti. Incluso si es doloroso para ti o no- aún es tu elección soportarlo, o no.

Y por fin, ese auto rechazo se desvaneció de sus rasgos- para ser reemplazado por nada más que conmovedora determinación. Sus ojos brillaron por primera vez en lo que se sintió un tiempo y él realmente la miró sin encogerse o alejarse.

―Cualquiera sea la decisión que tomes, Sango ―prometió, y le tendió la mano para que ella la tomara ―, la seguiré.

Y al fin- ahí estaba el Miroku que ella recordaba.

Seguro. Determinado. No retorciéndose lejos ni mirando sus pies, sino mirándola directo a los ojos.

Y, lo mejor de todo, sonriendo.

El Tessou había sonreído un montón, mientras poseía a Miroku; pequeñas, crueles curvaturas de la boca de su monje para revelar puntiagudos, ensangrentados colmillos, o confianza retorcida en un placer sádico, sólo oscuridad encarnada en la diversión de un demonio en el sufrimiento y la muerte.

Cuando el Tessou había sonreído, su monje se había visto alejado de todo lo que ella estaba acostumbrada, casi no había sido capaz de reconocerlo.

Ahora, por fin- su Miroku estaba de vuelta.

Esta vez, cuando se acercó a él, fue para abrazarlo.

Sango lo sintió saltar con sorpresa pero cuando ella no cedió, él se relajó en grados, primero permitiendo que la tensión construida se escabullera y, entonces, con precaución, regresando el apretón, envolviendo un brazo alrededor de su espalda y llevándola aún más cerca. Ella suspiró, cerrando sus ojos y permitiéndose sólo respirar por un momento, asimilando su muy tentativa pero aún presente paz y viviendo en el precioso momento que había agarrado al fin.

―Aún necesitamos hablar sobre esto ―murmuró a regañadientes, pero sin hacer absolutamente ningún movimiento para apartarse.

Miroku asintió en su hombro.

―Lo sé.

Sus dedos se enredaron con incertidumbre en su cabello, y ella los dejó, deleitándose en ese duro momento de lucha que si ella hubiese podido desear que fuese eterno, lo habría hecho en un santiamén.

Después del auténtico infierno en el que habían luchado juntos contra el Tessou, Sango no quería discusiones difíciles. No quería pensar en lo que Miroku había sido forzado a hacerle a ella o que la única razón de que ellos estuvieran ahí ahora era porque él había tratado de dejarla.

Ella sólo quería esto.

Por lo tanto, lo tomó.

Fue lento y vacilante al principio, sus dedos trepando para sostener su rostro y girarlo hacia ella. No era la primera vez que ella lo besaba, pero su corazón aún se saltó un latido cuando él correspondió sin pausa ni vacilación, lo que lo hizo terriblemente familiar. Los dedos en su cabello se enrollaron más firmes por un momento antes de que su mente lo atrapara con el instinto, y suavemente se retiró, sus ojos buscando los de ella.

―Sango-

Sango lo detuvo con un dedo en sus labios. Ella no sabía qué decir así que no habló, esforzándose por palabras por un solo momento antes de agitar su cabeza hacia él, infundiendo silencio sin romperlo. Sin discusiones, dolorosos recuerdos, arrepentimientos, culpas; ella no podía hacer nada de eso. Había un pozo creciente de desesperada necesidad física dentro de ella, que no requería palabras por respuesta, y fue lo que hizo que sus manos volvieran a sostener su rostro para traerlo de vuelta al suyo, para besarlo otra vez.

Toda la angustia que el demonio había puesto para que ambos atravesaran, física y mental y alguna tortuosa combinación de las dos- todo estaba frente de su mente y cuerpo ahora, clamando por ser liberado.

Ella quería olvidarlo todo. Dejarlo atravesar desde el frente de todo hasta la memoria donde pertenecía. Y esa poderosa necesidad la condujo más completamente de lo que cualquier pensamiento o deseo podía. Lo gentil y suave se convirtió en rudo y duro, las manos tirando su cabello y los labios demandando en escalada incuestionable. A lo largo de todo, Miroku se mantuvo dispuesto y, aún, completamente obediente. Le permitió besarlo, que sus manos buscaran y jalaran su cabello, dejó que los llevara a ambos al suelo, pero estaba poco activo en su participación, y al fin, ella tuvo que separarse.

―Hōshi-sama ―ella jadeó, su voz lo suficientemente baja para sorprenderse incluso a sí misma ―. Hōshi-sama, ¿qué-?

De pronto, las manos posesivas se enrollaron firmemente en su cabello, aplastándola contra él con una rápida inspiración. Miroku sacudió su cabeza intensamente, pero ella se quedó en la oscuridad todavía, temblando, el monje levantó la cabeza lo suficiente para mirarla a los ojos. Sus ojos estaban oscuros con la misma indescriptible necesidad que ella sentía y se encontró a sí misma de piedra, incluso mientras él luchaba por encontrar palabras. Él se veía casi consternado, los rasgos contorsionados con apremio hasta que al fin resolvió poner su petición en palabras.

―Miroku. Mi nombre, Sango. ―Ella sintió sus uñas curvarse contra su hombro tan firmemente que le rasguñaban la piel, y él inclinó la cabeza, temblando de nuevo. ―Me llamaste por mi nombre, después de que mataste al Tessou. Nunca antes de eso; nunca después. Esa fue la única vez… Dilo de nuevo.

Sango lo miró fijamente, la lengua repentinamente pesada, su mente dando vueltas. Ella apenas recordaba el momento ahora, cuán frenético había sido, cuán aterrada se había sentido- Miroku no había estado respondiendo a nada de lo que ella decía, así que había tratado por su nombre. Eso era todo. Ella había vuelto a su habitual Hōshi-sama una vez que el momento había pasado sin siquiera darse cuenta.

―Dilo de nuevo, Sango. Por favor.

Ella parpadeó, observando al monje de nuevo. Qué desesperado parecía, cuánto deseaba escucharla sólo decir su nombre…

Sango sonrió.

Después de todo lo que habían atravesado juntos, ella estaba bastante segura de que podía manejar al menos eso.

―Miroku ―ella respiró. ―… Miroku.

El nombre se sintió curiosamente extraño en su lengua, y probó de nuevo, mirando el intenso alivio en el rostro de Miroku aumentar con su angustiada sonrisa.

―Miroku.

Dijo su nombre como una bendición, y en ese momento, el monje se derrumbó contra ella, cayendo en lugar de inclinarse y atrapando su rostro con sus desesperadas manos en un beso rudo. No había nada suave ni lento en él, sólo la pura necesidad, e incluso en shock, ella lo devolvió sin tregua.

Miroku.

―Cielos, Sango ―él susurró, los ojos aún cerrados ―. Sango… Te amo.

Una promesa de matrimonio podía no haberla dejado muy en la oscuridad sobre sus sentimientos por ella- pero era la primera vez que lo había escuchado realmente decir esas palabras en voz alta. Y entonces, cada pizca de control físico que había tenido se hizo añicos de forma absoluta, el corazón desgarrándose de emoción.

Y yo te amo a ti, Miroku. Dios, ayúdame, te amo.

Se movió sin pensarlo ni con una decisión consciente, las manos impulsadas sólo por la cruda necesidad. Bruscamente apartó las solapas para encontrar su omóplato en un beso voraz, los dedos ya buscando en otra parte y desesperadamente tiraban las túnicas. Por fin la respuesta de Miroku no fue escapar, ni vacilación ni temor, sino que finalmente correspondió; sus dedos jalaron el kimono hasta que sus hombros quedaron descubiertos y él la besó con la misma desesperación que ella tuvo hasta que al fin él se separó por aire, los ojos aún ardiendo.

―Sa-Sango ―gimió, la voz baja, los dedos encrespándose apenas conteniendo el deseo ―. Sango. ¿Estás segura de que esto es lo que quieres? ¿Estás segura de que estás list-?

Su cabeza se echó hacia atrás contra el suelo, la boca de ella, una vez más contra la de él.

Esa fue toda la respuesta que ella tuvo en mente para darle- y toda la respuesta que él necesitaría.

El beso fue devuelto después de un aturdido golpe de shock y sus manos encontraron el cabello de ella, enredándolo en nudos entre los agarradores, tirantes dedos. Claramente él sólo había sido capaz de detenerse mediante un gran grado de moderación y ahora que su única preocupación había sido removida, tenía una sola razón para parar.

―Estamos afuera- ya sabes ―ella jadeó, sus ojos encontrándose con los de él brevemente antes de que él cayera de nuevo para besar su hombro ―. No deberíamos-

Él se detuvo otra vez, levantándola y volviendo a observarla, los ojos brillantes y excitados, el pecho agitado.

―No me importa, Sango. No me- No me importa ―se detuvo, claramente luchando para poner sus sentimientos en palabras ―. Necesito esto ahora. Me amas ahora. No después de que tropecemos buscando un cuarto vacío; ¡esto necesita pasar ahora, Sango!

En el parpadeo de un ojo, sus manos habían encontrado sus caderas y la levantaron de nuevo, volteando sus posiciones de dominación para dejar la espalda de ella contra el suelo y la suya arriba de ella, el rostro sostenido en sus manos y los labios aún bruscos y demandantes contra los de ella.

―Te amo, Sango ―él suspiró de nuevo, la declaración más cercana a una oración desesperada, y en ese momento, no hubo dudas ni vacilación, se fueron en absoluto.

Te amo, Miroku.

Te amo.

FIN.


Omake!

Cuando Sango y Miroku hicieron su aparición juntos a la mañana siguiente, no hubo el interrogatorio que ella había esperado.

En lugar de adelantarse con urgencia para preguntar sobre el estado de su relación, Kagome abruptamente se encendió en un rojo brillante al verlos y se hundió en su mochila. InuYasha, de quien ella esperaba unas pocas preguntas o al menos unos pocos comentarios improvisados, simplemente dobló sus brazos y apartó la vista con una tos incómoda.

Sango se detuvo en la entrada, mirando a Miroku con incertidumbre. Él parecía simplemente tan confundido con su extraña recepción como ella, y se quedaron de pie ahí juntos por un momento antes de que ella sencillamente se aclarara la garganta y diera un paso adelante, mirando a los dos de nuevo.

―Ah, ¿buenos días?

Kagome se mantuvo abajo, la cara oculta; todo lo que ella podía ver de la colegiala eran las rojas puntas de sus orejas.

―B-Bu-Buenos días… ―Kagome pio de vuelta, e InuYasha continuó mirando el suelo, las orejas crispándose con bochorno.

Ellos se mantuvieron juntos, inseguros y aún muy confundidos. Sango no tenía idea de lo que podía haber causado esta reacción tan extraña- parecía casi vergonzoso. Ella se miró a consciencia, entonces a Miroku; no había nada esclarecedor que encontrar y compartió su mirada perdida para encogerse de hombros insegura. El monje miró desde ella a InuYasha cuando nadie más habló, alzando una ceja.

―¿Estamos- perdiéndonos algo, aquí?

Todavía sin mirar a ninguno de los dos, InuYasha finalmente se aclaró la garganta, los dedos crispándose a sus lados con incomodidad.

―Seh. Uh. Sólo un recordatorio, Miroku, Sango ―él se movió nerviosamente. ―… La próxima vez que ustedes, hum… ―Hizo una embarazosa gesticulación con sus manos entre ellos, la mirada aún firmemente fija en algún punto sobre sus cabezas. ―Vayan adentro primero.

―¿…Eh?

InuYasha se movió nerviosamente de nuevo, y Kagome se veía como si quisiera simplemente que el suelo se la tragara y nunca más ser vista.

―Sí, Bueno, ah… ya que parecen hacer olvidado mi sentido del olfato, hum… ―Hizo una pausa otra vez, luego cerro sus ojos y pasó saliva. ―Puedo oler a los humanos en celo.

Un hecho real, definitivo, un poco más alto de lo necesario- y, cuando golpeó a Sango, fue suficiente para hacer que sus mejillas ardieran tan brillantes como las de Kagome.

―T-Tú… puedes oler…

InuYasha asintió bruscamente, aún haciendo todo lo que podía para evitar mirarlos a ninguno de ellos.

―Seh. Así que, la próxima vez, como dije, sólo vayan adentro.

―T-Tú… pudiste oler… nos…

Si fuese posible desmayarse por la vergüenza, Sango lo habría hecho ahí en ese mismo momento. Horrorizada, su cara ardió, se dio vuelta para mirar a Miroku. Incluso el monje tenía la elegancia de verse al menos un poco avergonzado, y él, también, estaba parpadeando hacia InuYasha, con la boca abierta. Sango pasó saliva, incómodamente ardiendo ahora y queriendo sólo hundirse en el suelo y unirse a Kagome para nunca más ser vistas.

Y entonces.

Sin la más mínima pizca de vergüenza.

Una mano se movió muy intencionadamente para descansar en su trasero- y la estúpida cara de Miroku se estiró en una alegre, completamente descarada, sonrisa.

―Bueno, InuYasha ―él se rio entre dientes ―, ya sabes cómo somos; nosotros-

No tuvo la oportunidad de terminar cualquier estúpida, pervertida cosa que iba a decir.

La bien merecida bofetada hizo eco alrededor de todo el templo- al igual que el grito de ella.

¡TÚ, MALDITO PERVERTIDO!


¡Hola! Bueno, he aquí el capítulo final de esta traducción, la que tardé mucho, demasiado, en terminar. Lo siento, la idea al principio era hacerlo lo más rápido posible, pero entre una cosa y otra... De todas formas, lo prometido es deuda, así que ¡aquí estamos! Sólo quiero dar un par de aclaraciones:

1.- Yo amé este fic, por eso pedí la autorización de la ficker para traducirle. Esta preciosura no me pertenece, los créditos están en el summary. Agradezco a Ranowa Hikura por la confianza y el permiso para hacerlo~

2.- Este fic originalmente está en inglés, y la versión del animé en ese idioma pierde algunos detalles. Por ejemplo, en la versión en japonés y latino, Miroku no habla de "casarse" con Sango, sino de "vivir con ella", y esto tiene que ver con el budismo, ya que en él no existe el matrimonio sino la convivencia (y puede ser incluso polígama, si todos los involucrados están de acuerdo). Sin embargo, en inglés lo que le propone es casarse. Por eso, respetando la traducción, lo dejé así.

3.- Les sugiero que vayan a la cuenta de la autora original (link en mi perfil) y le den amor, aunque sea con un pequeño review en el trabajo original.

Ahora sí, agradezco su apoyo y perdón por la eterna espera, este ya es el último y ahora sí me avocaré a mis propios proyectos. Les mando un enorme abrazo a Nothingwrong, LudTB y al Guest que dejaron sus palabras de amor, les mando todas mis buenas vibras.

Y espero leernos pronto por ahí, ya saben, en algún otro proyecto.

Amor y buenas vibras~

Yumi~