Naruto Y Hinata en:

EL LENGUAJE DE LAS FLORES


GLADIOLO ROJO
Erotismo puro


Cuando Naruto se fue, Hinata se juró que no contaría los días desde su partida, y lo cumplió. No corría a mirar por la ventana de la antika cada vez que oía que se acercaba un carruaje. No le preguntó al señor Uchiha si sabía cuándo iba a volver. No volvió a acercarse al ala norte ni a pasear por el invernadero.

Pero nada de eso pudo evitar que lo echara de menos, que echara de menos sus peleas verbales, sus bailes a medianoche, sus negociaciones y sus besos. Ella se repetía constantemente que eso no le hacía ningún bien, ya que tanto si él volvía como si no, ella iba a marcharse, intentaba recordar una y otra vez todas las palabras desagradables que él había dicho sobre ella con la esperanza de que eso la curara de la añoranza, pero tampoco funcionó. Ese recuerdo había dejado de dolerle.

Decidida a no echarle de menos, Hinata se centró en su trabajo. El almacén de la antika aún estaba lleno de piezas por restaurar; luego, pasaba dos tardes a la semana con la familia Sarutobi, y ocupaba el resto del tiempo leyendo todo lo que encontraba sobre política inglesa, moda o nobleza. Incluso llegó a leer un libro que encontró en la librería del pueblo sobre cómo prepararse para ser una buena institutriz.

Lo único que Hinata evitaba con todas sus fuerzas eran las revistas de sociedad. No quería leer las especulaciones que en ellas habría sobre Naruto y su futura prometida. Siguiendo las instrucciones de Naruto, el encargado de los establos le enseñó a montar a caballo. Dada su experiencia con los camellos, sólo fueron necesarios un par de días para que se sintiera cómoda en la silla de montar, aunque seguía pensando que era un invento totalmente ridículo.

Cuando llegaron las vacaciones el señor y la señora Uchiha se fueron a pasar las navidades a casa de su sobrino, en Wiltshire, y lady Kurenai invitó a Hinata a Long Meadows. Ella aceptó encantada y escribió a Ino para informarle, de que se quedaría unos días más en Hampshire, Hinata nunca había celebrado la Navidad en Inglaterra y tenía muchas ganas de comparar esas fiestas con los Sarutobi. En aquellos últimos meses había cogido mucho cariño a esa familia y ellos la trataban como si fuera un miembro más.

En su primera cena de Navidad inglesa, Hinata comió los platos más exóticos que había visto en su vida, aunque para sus anfitriones eran de lo más corrientes. El cochinillo asado no acabó de gustarle, pero le encantó el pudín de ciruelas.

Los Uchiha regresaron a Konohagakure Hall para despedirse de ella y le desearon lo mejor en su nueva aventura. El día cinco de enero, el señor Akimichi le pagó la prima de quinientas libras. Ya no había nada que la retuviera en Hampshire. Había llegado el momento de marcharse.

Lady Kurenai se escandalizó al enterarse de que Hinata pretendía tomar la diligencia para ir a Londres e insistió en que se quedara con ellos en Long Meadows. Ellos partirían hacia Londres al cabo de unos pocos días, y podían dejarla en Chiswick sin ningún tipo de problema, así podría viajar con ellos en su carruaje. Hinata aceptó la invitación.

El mismo día cinco de enero, Naruto volvió a casa.

Ella estaba en la antika, acabando de restaurar su última pieza, una exquisita vasija samariana. Le había llevado todo el día y gran parte de la noche recomponerla y ya era casi medianoche cuando acabó de catalogarla. Bajo el dibujo que había hecho podía leerse:

«Vasija redonda. Grupo D: cerámica rústica, fig. 16.2. Vasija de Samada con adornos rojos y negros; Adriática, siglo segundo. Villa de Drucus Aurelius, Wychwood, Hampshire. 1831».

Hinata miró fijamente el dibujo. Aquél era el último objeto de la villa romana de Naruto que iba a restaurar. Tal vez le vería en Londres, tal vez algún día visitaría su museo, pero aquella vasija simbolizaba el fin de sus días en Konohagakure Hall, y de repente se sintió desconsolada. Le esperaba un futuro excitante y lleno de posibilidades, pero cuando pensaba en Naruto todo se desvanecía.

Hacía mucho tiempo que ya no sentía por él aquella adoración estúpida del principio. Ahora se trataba de algo mucho más profundo, había respeto y amistad. También deseo, eso siempre había estado allí. Un sentimiento que hacía que ella se derritiera como mantequilla simplemente al imaginárselo sin camisa, o si se acordaba de lo fuertes que eran sus brazos cuando la abrazó, o de cómo la habían embriagado sus besos. Le dolía recordar esas sensaciones, le dolía tanto que era como si un gran peso se hubiera instalado en su alma. Su tiempo juntos había acabado. Había sido maravilloso trabajar hombro con hombro con él, bailar, ir de picnic, negociar sobre el tiempo que ella iba a quedarse. Había sido mágico y especial, y pensar en su partida era casi insoportable.

Una lágrima le resbaló por la mejilla y, bruscamente, se la secó con un pañuelo. Había jurado que nunca volvería a llorar por él, e iba cumplir esa promesa.

Hinata vio que, en la chimenea, el fuego se había reducido a brasas, y empezó a notar frío. Flexionó los dedos, cansados tras un día tan duro de trabajo y resentidos por la baja temperatura de la antika. Apoyó los codos en la mesa y se frotó los ojos bajo las gafas, tenía las manos heladas y eso alivió sus cansados párpados. Bostezó, era muy tarde, debería irse a dormir, los Sarutobi la esperaban a primera hora y tenía que madrugar.

La puerta se abrió. Hinata levantó la cabeza y una fría corriente de aire apagó las velas de su mesa de trabajo y reavivó las brasas del fuego. Las llamas alumbraron lo bastante como para que ella pudiera ver quién estaba de pie en el umbral, y luego volvieron a apagarse.

Era él. Ella distinguía perfectamente su inconfundible silueta en el marco de la puerta, sus anchos hombros parecían un muro negro contra la plateada luz de la luna.

─Te veía aquí. ─Hizo una pausa y, enigmático, añadió─: Dondequiera que fuera.

Hinata carraspeó nerviosa.

─Has vuelto. ─Fue lo único que se le ocurrió decir. No se veía capaz de formular nada más complicado. Cuando él entró en la habitación, ella se levantó y cruzó los brazos para protegerse del frío que había entrado al abrir la puerta.

Él la cerró y se apoyó en ella, su cara permanecía en la oscuridad. ─Y tú aún estás aquí ─dijo él quedamente─. Pensé que ya te habrías ido. ¿Tu último día de trabajo no era el veintitrés de diciembre?.

Él no había tenido ninguna intención de despedirse de ella. Hinata recurrió al orgullo para controlar sus emociones.

─Mañana me voy a Long Meadows. Estaré allí dos semanas y cuando los Sarutobi se vayan a la ciudad, me acompañarán a casa de su hermana.

Él no contestó y a medida que crecía el silencio entre ellos también lo hacia el enfado de ella.

─¿Qué, no va a tentarme para que me quede, señoría? ─saltó al fin, irritada ante su indiferencia─. ¿No va a hablarme de nuestra amistad, de mis preciosos ojos? ─Se le quebró la voz ─. ¿No va a despedirse ni a desearme suerte, como haría con cualquier otro miembro de su servicio?.

Él se apartó de la puerta y caminó hacia ella como una sombra gris y negra.

─Dios, Hinata, ¿de qué crees que estoy hecho? ─preguntó mientras rodeaba la mesa y se colocaba a su espalda─. ¿Acaso crees que soy de piedra?

─¿No es eso de lo que cree que estoy hecha yo? ─le atacó ella, e intentó apartarse, pero él no se lo permitió.

Él le puso una mano en el hombro y con la otra le acarició la cara y le apartó un mechón de pelo de la mejilla.

─No, no eres de piedra ─le susurró, apretándose contra su espalda ─. Yo creo que eres más bien como una trufa.

─Gracias por compararme con una seta ─dijo ella, y trató de soltarse los brazos para así separarse un poco de él.

Naruto le puso la mano en el otro hombro para mantenerla donde estaba, y su cálida risa le acarició el rostro.

─No el vegetal ─explicó él, y le besó la mejilla─, el chocolate. Eres como una trufa de chocolate, dulce, suave y deliciosa en el interior, pero protegida por una caja de cartón. ─Deslizó sus manos hasta las suyas─.Una trufa helada, me temo. Tienes las manos congeladas.

La calidez de su cuerpo contra el suyo empezaba a hacerla entrar en calor. Ella prefería tener frío.

─Deja que te abrigue. ─Él le soltó las manos y le dio la vuelta.

Le quitó las gafas y las guardó en el bolsillo de su delantal. Le cogió la cara entre las manos y entonces bajó la cabeza y la besó, pero se volvió.

─He intentado alejarme de ti ─le dijo, dándole pequeños besos en los labios, las mejillas, la frente─. Si volvía para despedirme no iba a ser capaz de resistirme a esto. Hinata, has sido como una sombra para mí durante estas seis largas semanas, te veía en todas partes. No estoy hecho de piedra. Sólo soy un hombre y, que Dios me ayude, no puedo dejar de desearte. No me tortures más. ─Le acarició los labios con la lengua─. Bésame.

Ella abrió los labios bajo los suyos y cerró los ojos entregándose. Hacía tanto... Él había estado lejos tanto tiempo que ella ya había olvidado la sensación de su boca sobre la suya. Hinata lo cogió de las solapas del abrigo y lo atrajo hacia sí, como respuesta, él profundizó el beso saboreándola a conciencia. Ella le rodeó el cuello y, con los dedos, le acarició el pelo.

Él interrumpió el beso y se apartó un poco para mirarla, parecía muy resuelto. ─Di mi nombre ─le ordenó, y bajó las manos hasta los nudos del delantal. Empezó a deshacerlos─. Naruto.

─Deje de darme órdenes, señoría ─dijo ella, y se puso de puntillas para poder besarle─. No lo estropees. Él le quitó el delantal y lo tiró sobre la mesa que había tras ella.

Hinata oyó cómo algo se caía y se rompía en mil pedazos contra el suelo, y supo sin lugar a dudas que acababa de romper la preciosa vasija. Su último día de trabajo desaprovechado. Empezó a reírse contra sus labios.

─La has roto.

─¿Qué era? ─preguntó él, dejando de besarla y enterrando la cabeza en el cuello de ella.

─Una vasija de Samada ─suspiró ella─, del siglo segundo, de un valor incalculable.

Él se desabrochó el abrigo y la pesada prenda se deslizó hasta sus pies. ─Ya me arrepentiré de ello mañana. ─Volvió a besarle el cuello─. Dilo.

Hinata le acarició el torso con las manos notando sus poderosos músculos bajo la camisa y volvió a sentir la excitación de sus pasadas negociaciones.

─Y si lo hago, ¿qué me ofrece a cambio, señoría?

─¿Qué quieres?

Ella pensó en aquel fresco, en aquella pareja, en cómo el hombre acariciaba el pecho de la mujer, en sus cuerpos unidos, y decidió que había llegado el momento de ser sincera consigo misma y de reconocer lo que sentía.

─Lo mismo que tú ─contestó, e intentó deshacerle el nudo de la corbata sin conseguirlo.

─Deja que lo haga yo. ─Él sólo tardó un segundo en aflojarlo y la corbata cayó también al suelo. Se quitó la chaqueta y se desabrochó la camisa.

Hinata no podía dejar de mirarle, ahora ya no necesitaba el catalejo para hacerlo. Le tocó el pecho y se dio cuenta de que estaba caliente bajo sus manos. Sus músculos eran duros como la piedra pero a la vez cálidos. Él no se movía, pero ella sentía cómo la observaba mientras ella trazaba con sus dedos aquellas formas que tantas veces había dibujado. Apoyó las manos en sus abdominales y se inclinó para besarle el pecho.

Él gimió y le agarró las muñecas.

─Basta ─dijo─. Ahora, dilo.

Ella no quería hacerlo. Aunque sonara extraño, le parecía que era demasiado íntimo. Era capaz de besarle el pecho desnudo pero no quería decir su nombre y recordar su anterior enamoramiento. Aquel momento de pasión era real, y también el deseo, pero no era amor. Ella le deseaba, quería vivir ese momento y no tener que imaginárselo, como había hecho cuando le espiaba con el catalejo. Lo miró directamente a los ojos y, sin decir una palabra, le cogió la mano y se la llevó al pecho.

Naruto abrió la mano y ella suspiró. Una dulce sensación la inundó por completo, era como si por su cuerpo circulara una corriente de miel caliente.

Él le acarició los pechos y aquella suave excitación se transformó en una necesidad desesperada. Ella se apretó contra su mano deseando más. No lo consiguió. Él se apartó, pero antes de que pudiera protestar, notó cómo sus manos le estaban desabrochando el vestido.

Cuando hubo soltado todos los botones, Naruto deslizó el vestido por sus hombros y empezó a besarla justo por encima de la camisola.

─Mi nombre ─susurró contra su piel─. Lograré que lo digas.

Ella sabía que estaban a punto de llevar a cabo el acto más íntimo que pueda haber entre un hombre y una mujer, pero ni aun entonces podía pronunciar su nombre. Negó con la cabeza y le puso las manos en las caderas para atraerlo hacia sí.

Él le acariciaba la piel desnuda de encima de los pechos y Hinata gimió. Trataba de agarrarse a la mesa que tenía detrás, pues las rodillas ya no la sostenían. Él le desabrochó la camisola y dejó sus pechos totalmente al descubierto, para luego cubrirlos con sus manos.

Hinata podía oír los extraños sonidos que salían de su propia garganta a cada caricia suya. Él moldeó su busto con las manos haciéndola arder de deseo, un anhelo que la impulsaba a arquearse contra él. Frotó sus caderas con las suyas y el roce aún le produjo más placer.

Esa caricia pareció encender algo en él, que le deslizó la camisola por los hombros y luego empezó a levantarle la falda hasta la cintura. Ella sintió el frío en sus piernas desnudas y cómo las manos de él ardían contra sus muslos cuando la levantó y la sentó en la mesa.

Podía sentir su erguido falo contra su rodilla mientras él le acariciaba suavemente el interior de los muslos.

─Sí, sí ─susurró para evitar decir su nombre. Apoyó las manos en la mesa y se recostó en ella; sus caderas se movían al ritmo de las caricias de Naruto. El vestido, que ahora llevaba desabrochado, le apretaba incómodamente los brazos, pero no le importaba.

Él se agachó y le besó el ombligo, un beso caliente y húmedo mientras los dedos de él se dirigían a un sitio que ella no podía ni nombrar, cada caricia más dulce e insoportable que la anterior. Él lo sabía, sabía lo que Hinata quería mejor que ella misma, y la estaba atormentando sin piedad.

─Di mi nombre ─respiró contra su piel─. Dilo, Hinata, dilo.

Él la acarició con el pulgar, y esa pequeña caricia desató algo en ella, la liberó de todas las restricciones y de todas las limitaciones que se había impuesto desde el día en que lo conoció. Con la fuerza con la que un río rompe una presa, un placer puro, indescriptible, la inundó, y no pudo evitar darle lo que pedía.

─Naruto ─suspiró─, oh, por favor, oh, sí, sí.

Él oyó cómo ella decía su nombre en medio de otros sonidos incoherentes, súplicas y gemidos que le demostraron cómo sus caricias la estaban afectando. Dios, ella era tan dulce.

Naruto la acarició hasta que ella tuvo otro orgasmo y entonces se colocó entre sus piernas. Si aguantaba más iba a explotar. Nervioso, se desabrochó los pantalones y le separó un poco más las piernas.

─Hinata ─dijo, y movió las manos tras su espalda para sentarla en la mesa.

Ella se acercó al borde y, cuando él la sintió, húmeda y caliente contra su erección, sólo pudo pensar en que tenía que poseerla. Con un único movimiento la penetró.

Ella gritó un poco, él sabía que le había hecho daño, así que se mantuvo quieto, pero Hinata le rodeó el cuello con los brazos, las caderas con las piernas y lo introdujo más profundamente en su interior. Naruto perdió la poca cordura que le quedaba.

Le acarició los pechos, le besó la cara y no dejó de murmurarle palabras sin sentido mientras la penetraba con más fuerza hasta llegar al abismo. Cuando alcanzó el clímax cayó por ese abismo como nunca antes lo había hecho en su vida. Después, mientras estaban tumbados en la mesa, con un brazo de él bajo la cabeza de ella para que le sirviera de almohada y tapados con su abrigo para no tener frío, él se dio cuenta de lo que había hecho.

Se dio cuenta de las inevitables consecuencias de lo que acababa de pasar.

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Continuará...