Alma Gemela


El Camino a la Noche


Hinata no tenía ni idea de qué hacer con Jiraya cuando entraron en su ático. Esos ojos... Se echó a temblar. Había algo en sus ojos que parecía otorgarle la capacidad de ver a través de ella. Como si pudiera escuchar todos sus pensamientos.

Hinata dejó caer la mochila junto al sofá y lo observó mientras se daba una vuelta por su casa, como si pretendiera asegurarse de que no había nadie más; aunque presintió que se debía más a la costumbre que a la necesidad de verificar que se encontraran solos.

Cuando por fin habló, el poderoso sonido de su voz hizo que diera un respingo.

—Tu hermano Iroha está abajo limpiando. Tal vez quieras pasar la noche con él.

—¿Cómo sabes que Iroha está abajo?

—Lo sé y punto.

Hinata frunció el ceño; era incluso más extraño que su abuela.

—¿Por qué no te quedas tú?

—¿Quieres que lo haga?

A decir verdad... no. Aunque no quería ofenderlo.

—Seguro que tienes cosas que hacer.

Jiraya le dirigió una sonrisa sin despegar los labios, lo que sin duda indicaba que había escuchado su verdadera respuesta.

—En ese caso, buenas noches, Hinata.

Comenzó a caminar hacia la puerta.

—Jiraya, espera.

Él se detuvo y la miró.

—¿Estoy haciendo lo correcto dejando que Naruto se marche? — preguntó—. Tú lo necesitas, ¿verdad?

Esos ojos tan similares al mercurio parecieron inmovilizarla.

—Creo que tienes que seguir el consejo de tu abuela, Hinata. Haz lo que te dicte el corazón.

—¿Cómo sabes eso?

Jiraya esbozó una leve sonrisa.

—Sé un montón de cosas.

Ese hombre era de lo más espeluznante. Se preguntó si no sería un miembro perdido de la familia Addams.

Jiraya dio media vuelta y salió por la puerta.

Hinata permaneció allí de pie unos minutos mientras reflexionaba acerca de lo que debía hacer con Naruto.

Aunque a fin de cuentas sabía de sobra lo que su corazón le exigía...

Le había preguntado a Psiqué si era posible invocar a una diosa. No estaba segura de que Psiqué hubiera sido sincera, pero solo había una manera de averiguarlo.

—Artemisa —dijo en voz alta—, te invoco en tu forma humana.

No sucedió nada. No se escuchó ningún sonido ni hubo ningún destello cegador. Nada. Deprimida, se encaminó hacia su dormitorio.

—¿Quién eres? ¿Y por qué me has llamado?

Hinata se detuvo en seco al escuchar a sus espaldas esa voz enojada y con un marcado acento.

Al darse la vuelta, vio a una mujer increíblemente alta y hermosa junto a su sofá. Artemisa tenía una larga melena cobriza que enmarcaba el rostro de un ángel, y unos ojos de un color verde intenso que mostraban la poca gracia que le hacía estar allí.

La diosa estaba ataviada con un vestido blanco, largo y ajustado, y la miraba con los brazos en jarras.

—¿Eres Artemisa?

—Vaya, deja que lo piense... ¿Has llamado a Artemisa o a Peter Pan?

Bueno, estaba claro que a Artemisa no le gustaba que la despertaran a deshoras. La diosa le daba un nuevo sentido a la palabra «irritable».

—Invoqué a Artemisa.

—En ese caso, puesto que no voy vestida de verde y tengo el cuerpo de una mujer en vez del de un preadolescente, supongo que debo de ser ella.

—¿Siempre eres tan quisquillosa?

—¿Y tú siempre eres tan imbécil? —Cruzó los brazos a la altura del pecho y miró a Hinata con desdén—. Mira, humana insignificante, no tengo paciencia para alguien como tú. No eres mi sirviente y ese medallón que llevas en el cuello me ofende sobremanera. Limítate a decirme lo que quieres para que pueda mandarte a paseo.

Aquello no pintaba bien. La jefa de Naruto era una auténtica zorra.

—Quería preguntarte si estarías dispuesta a entregarme el alma de Naruto.

La diosa ladeó la cabeza ante la pregunta.

—¿Te refieres a Narr? ¿Al jefe celta que le arrebaté a Morrigan?

—Sí.

—No.

—¿No? —preguntó Hinata con incredulidad.

—¿Es que hay eco? No, humana, su alma me pertenece y tú no puedes tenerla.

—¿Por qué no?

—Porque lo digo yo.

Hinata estaba estupefacta. Y furiosa también. Artemisa jamás conseguiría el título de Miss Simpatía. A la diosa no le vendría nada mal recibir unos cuantos cursillos sobre relaciones interpersonales.

—Bueno, supongo que eso lo hace oficial, ¿no?

Artemisa arqueó una ceja en un gesto arrogante.

—Oye, niña, ¿es que no tienes la más mínima idea de con quién o con qué estás tratando?

Hinata respiró hondo al tiempo que imploraba un poco de paciencia. No podía permitirse el lujo de perder el control con la persona que, casualmente, poseía el alma de Naruto. No si quería recuperarla.

Por no mencionar el pequeño detalle de que al ser una diosa, Artemisa podría matarla si la cabreaba demasiado.

—Lo sé, Artemisa. Lo siento. No pretendía ofenderte. Estoy enamorada de Naruto y quiero compartir un futuro con él. Haría cualquier cosa para estar junto a él. ¿No puedes comprenderlo?

El rostro de Artemisa se suavizó un tanto, como si supiera de lo que estaba hablando.

—Sí, lo comprendo.

—Entonces, ¿puedo...?

—La respuesta sigue siendo no.

—¿Por qué?

—Porque nada en este mundo es gratis. Si quieres recuperar su alma, tienes que ganártela o pagar para conseguirla.

—¿Cómo?

Artemisa se encogió de hombros.

—No puedes. No posees nada que me interese ni que me resulte de valor; por lo tanto no tienes nada con que negociar.

—Oye ya, ¿estás hablando en serio?

—Totalmente.

Artemisa se desvaneció entre una nube de humo.

¡Menuda mierda! Hinata ardía en deseos de estrangular a la diosa. ¿Cómo podía ser tan egoísta?

—¡Artemisa! —gritó antes de poder detenerse—. ¡Eres un asco!

Cerró los ojos y suspiró. ¿Qué podía hacer? No había manera de que esa egoísta entregara el alma de Naruto. ¿Qué iban a hacer?

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Karui Deveraux-Akimichi se despertó a las siete y media de la mañana. Miró por costumbre el reloj y volvió a cerrar los ojos antes de levantarse de un brinco al darse cuenta de la hora que era.

Eran las siete y media de la mañana y su hija, Chõchõ, no se había despertado para la toma de las cinco. Sin dejarse arrastrar por el pánico, aunque ciertamente estaba preocupada por su bebé, se levantó para ir a la habitación de la pequeña, situada junto a la suya.

Cuando se acercó a la cuna se le detuvo el corazón.

Estaba vacía.

Con tan solo tres semanas de vida, no había manera alguna de que Chõchõ se hubiera levantado para marcharse por su propio pie.

¡Dios, había sido Desiderio el malvado daimon!

¡Había vuelto a por ellos!

El pánico la consumió al pensarlo. Desde el día en que Chõji y ella derrotaran a semejante monstruo, la asaltaban continuas pesadillas en las que el daimon regresaba de entre los muertos para vengarse.

—¡Chõji! —Corrió de vuelta a la cama y despertó a su marido.

—¿Qué pasa? —preguntó él con voz malhumorada.

—Es Chõchõ. Ha desaparecido.

Chõji se incorporó, totalmente despejado.

—¿Cómo que ha desaparecido?

—No está en su cuna. No sé dónde está.

Chõji bajó de un salto de la cama y cogió sus pantalones del suelo. Sin detenerse a esperarlo y con el corazón en un puño, Karui recorrió como una exhalación todo el piso superior.

¿Dónde podría estar su bebé?

Perder a su hija era la peor de sus pesadillas.

Bajó las escaleras a toda prisa para comprobar si la puerta delantera estaba abierta. Tal vez alguien hubiera entrado y se la hubiera llevado. Se detuvo en seco al llegar al salón. Presa del más absoluto estupor, clavó la mirada en la escena más increíble que había visto en toda su vida.

Jiraya yacía en el sofá de piel con Chõchõ felizmente acurrucada sobre su pecho, justo por debajo de la barbilla. Sobre el ataúd que hacía las veces de mesita de café había un paquete de pañales y un biberón vacío.

El alivio y la incredulidad la inundaron al mismo tiempo.

Cuando conoció a Jiraya hacía ya casi un año, le había parecido el ser más terrorífico que hubiera visto jamás. Un hombre enormemente contradictorio y con increíbles poderes que a buen seguro podría mandarlos a todos al otro barrio... y que yacía con su hija acurrucada con ternura entre esas enormes manos.

—¿Qué pas...? —Chõji dejó la pregunta en el aire cuando él también los vio.

Karui miró a su marido por encima del hombro.

—No sabía que a Jiraya le gustaran los niños.

—Yo tampoco. Por la forma tan rara en que se comporta cuando Chõchõ está en casa, pensé que no estaba acostumbrado a ellos.

Chõji tenía razón. Jiraya había evitado acercarse a Chõchõ por todos los medios. Cada vez que la niña se echaba a llorar, él se encogía literalmente y hacía mutis por el foro. A Karui jamás se le habría pasado por la cabeza que Jiraya fuese capaz de cuidar a su hija.

Cruzó la habitación y extendió las manos para coger a la pequeña.

Jiraya se despertó con una expresión tan amenazadora y salvaje que Karui retrocedió con un jadeo. El atlante se sentó en el sofá, pero no hizo ningún otro movimiento. Al ver a Chõji y a Karui parpadeó varias veces.

—Lo siento —murmuró—. No me di cuenta de que eras tú.

—Solo iba a quitártela de encima.

Jiraya bajó la vista hasta la pequeña, que seguía dormida, protegida por sus manos.

—Vaya, he debido dormirme mientras la hacía eructar.

La forma en que le pasó la niña a Karui era de lo más elocuente. Semejante habilidad dejaba bien claro que había cuidado de un bebé en más de una ocasión.

—Espero no haberte asustado —se disculpó—. Cuando llegué estaba llorando, así que subí las escaleras para asegurarme de que estaba bien. — Su semblante tenía una extraña palidez, como si el simple hecho de pensar en el llanto de un niño fuera algo doloroso para él—. Dado que los dos seguíais dormidos y yo estaba despierto, supuse que mi ayuda os daría un respiro.

Karui se inclinó y le dio un beso en la mejilla.

—Eres un buen hombre, Jiraya. Gracias.

Cuando se apartó de ella, el rostro del atlante mostraba una expresión cargada de dolor. Se levantó del sofá y recogió su mochila del suelo.

—Me iré a la cama.

Chõji lo detuvo cuando se encaminaba hacia el pasillo.

—¿Estás bien, Jiraya? Pareces un poco aturdido.

Jiraya se echó a reír ante el comentario.

—¿Me has visto aturdido alguna vez?

—Ahí me has pillado.

El atlante le dio unas palmaditas en el hombro.

—Solo estoy cansado.

—Lo que tú digas. Por cierto, me preguntaba dónde te metiste ayer. No volviste para dormir.

—Tenía que encargarme de un asunto. Algo que no podía esperar.

Karui suspiró.

—Algún día vas a tener que aprender a confiar en alguien, Jiraya.

—Buenas noches, Karui —dijo. Se despidió de Chõji con una leve inclinación de cabeza y se marchó hacia las escaleras.

Karui se acercó a su marido cuando Jiraya llegó a la planta superior.

—No puedo creer que lo conozcas desde hace veintiún siglos y que ni siquiera seas capaz de decirme de qué color tiene el pelo.

Él se encogió de hombros.

—Jiraya es tan independiente y posee tanto autocontrol que dudo mucho que alguien consiga averiguar algo más aparte de su nombre.

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Hinata se quedó en la cama hasta bien entrada la mañana, recordando el sonido de la respiración profunda y regular de Naruto mientras dormía. Recordando lo mucho que a él le gustaba meter la rodilla entre sus muslos, rodearla con el brazo en un gesto posesivo y enterrar la mano izquierda en su cabello.

Cuánto lo echaba de menos.

Mientras recordaba, sus pensamientos regresaron al pasado. A su otra vida...

«—No vayas, Narr. Hay algo malévolo tras esto. Lo sé. —Enfadado, Naruto apartó de un tirón el brazo que ella le sujetaba.

»—Han asesinado a mi tío, Nahi. Lo mataron delante de mis ojos. No descansaré hasta haberme vengado.»

En su vida como Nahi, la posibilidad de perderlo si proseguía la discusión la asustaba muchísimo. Siempre se sometía a sus dictados. Era su marido. Sin embargo, en su corazón siempre había sabido que él estaba a punto de poner en marcha una cadena de acontecimientos que jamás se podría deshacer.

Y había estado en lo cierto.

Del mismo modo que sabía que esa noche todo acabaría de una manera o de otra. ¿Qué pasaría si perdía a Naruto?. La posibilidad le resultaba tan insoportable como la idea de pasar la vida sin él.

Echó un vistazo a su alrededor, a los objetos tan familiares que tenía en su apartamento. Desde que se divorció de Toneri, se había concentrado en su carrera profesional, en su arte.

Sin embargo, en ese instante, a solas con sus cosas, ya no le parecía tan importante. Su arte no la abrazaría por la noche. No la haría reír ni la engatusaría hasta acabar en la cama. No haría que su cuerpo ardiera de deseo o se estremeciera en mitad de un orgasmo.

No le aplastaría la nariz a Toneri por ser un cretino.

Solo Naruto lo había hecho.

Solo Naruto podría hacerlo.

Sus ojos se posaron en Snoopy y comenzó a llorar.

—No puedo dejarlo marchar. Ojalá supiera cómo retenerlo...

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Sasuke estaba sentado en un rincón oscuro de la sala de estar, escuchando cómo la ciudad se despertaba en el exterior. Tendría que haber estado durmiendo, descansando para la noche que le esperaba, pero al parecer no era capaz de encontrar la paz necesaria.

Sonó el teléfono.

Contestó y descubrió que era Hamura quien se encontraba al otro lado de la línea.

—¿Estás preparado para lo de esta noche?

Sasuke le dio un sorbo a su vodka antes de contestar.

—Siempre estoy preparado para causar problemas.

—Bien. Puesto que ahora Naruto va detrás de Madara, los preparativos de esta noche requerirán un poco más de esfuerzo. Necesito que alejes a Hinata del celta y me la traigas. Tiene que estar en el almacén a las once y media. Ahora descansa y prepárate para matar a Naruto y a Gaara.

Eso no le supondría ningún problema.

—¿Qué pasa con Jiraya?

—Déjanoslo a nosotros.

La llamada se cortó.

Sasuke arrojó el móvil a un lado y se concentró de nuevo en el vodka. Ya se había bebido tres cuartos de la botella. Era una lástima que los Cazadores Oscuros no pudieran emborracharse. De hecho, el alcohol ni siquiera los aletargaba. El único placer inducido del que podían disfrutar era la sangre humana.

Cerró los ojos y recordó a la mujer que había saboreado la noche anterior. Estaba rebosante de pasión. De alegría. Incluso de amor. Y durante un breve período de tiempo había sentido algo más que el dolor que lo aprisionaba.

Recostó la cabeza contra la pared y apuró el vodka, dejando que su suave sabor le quemara la garganta. Y mientras estaba sentado allí solo, no pudo evitar preguntarse a qué sabría Hinata...

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Naruto se despertó a solas con el aroma a trementina en las sábanas. Debería haberlas lavado, pero no soportaba la idea de perder ese último pedacito de ella.

Deseaba a su Hinata. La necesitaba.

Y la había perdido para siempre.

Con un suspiro, se levantó, se duchó, se vistió y puso rumbo a la ciudad. En esa noche se decidiría todo. Tan pronto como el sol se puso, se dirigió en moto al Santuario, donde Jiraya le había ordenado que se reuniera con el resto.

En lugar de encontrarse con ellos en el bar, se encaminó al edificio contiguo, que también era propiedad del clan de los osos.

Unido al establecimiento por una puerta en la cocina que siempre permanecía cerrada, el edificio era la residencia de los osos y de ciertos miembros del personal con idénticos poderes. La casa estaba equipada con un improvisado hospital que contaba con un médico y un veterinario.

El Santuario era mucho más que un bar. Era un refugio seguro para cualquier Cazador, ya fuera Cazador Oscuro, katagario o arcadio.

Cuando a Naruto se le permitió entrar en la sala de estar de la casa de los Senju, los jovenes ya se habían marchado para mezclarse entre la multitud del Mardi Gras en busca de daimons.

Shikamaru y Chõji estaban encerrados en una celda de retención en la planta alta, vigilados por Mamá Tsunade hasta que llegara la mañana. Incluso desde la sala de estar, Naruto podía escuchar los gritos que amenazaban con matar a Gaara, que se encontraba junto a la chimenea con una mueca de desprecio en los labios.

Konohamaru estaba sentado en un mullido sillón devorando una bolsa de patatas fritas mientras que Lee se encontraba en el sofá con la mirada perdida en el vacío. Aunque rondaba la treintena, Lee parecía mucho más joven. Tenía el cabello negro en forma de tazon y también formaba parte del movimiento gótico.

Había llegado a la comunidad como un escudero de segunda generación, pero prefería el estatus de Dorio, ya que no servía a un Cazador en concreto. Prestaba sus servicios a cualquiera que lo necesitara.

—Jiraya, será mejor que me dejes salir de aquí —gritó Chõji desde la planta alta—. ¿Me oyes?

—Tengo la impresión de que me he perdido una fiesta —le dijo Naruto a Jiraya, que estaba de pie con la espalda apoyada contra la pared del fondo.

—Ni te lo imaginas. Decidí que sería mejor mantener a Chõji y a Shikamaru encerrados hasta que amaneciera. Ya he llamado a Karui y a Temari para que no se preocupen.

—Me encantaría que los dejaras salir —le dijo Gaara a Jiraya.

El atlante ni siquiera se molestó en contestarle. En cambio, observó con detenimiento a Naruto.

—Pareces casi normal esta noche. ¿Vas a seguir así?

—Te dije que podía controlarme. —Por el momento, lo estaba consiguiendo.

Naruto tenía muy claro que cuando llegara el alba se enfrentaría a Orochimaru.

Cuando Jiraya dio un paso adelante para hablar, Naruto se percató de que Sasuke no estaba por ningún sitio. ¿Estaría también arriba?

—¿Dónde está Sasuke? —le preguntó a Jiraya.

—Le ordené proteger a Hinata.

Eso hizo añicos su serenidad.

—¡Y una mierda! —rugió Naruto.

—Confía en mí, Naruto. Sé que Sasuke hará lo correcto.

La réplica de Naruto fue de lo más rotunda.

—No confío él. Ni lo más mínimo. Y después de esto no estoy seguro de que siga confiando en ti.

—Se acabaron las discusiones —dijo Jiraya—. Limítate a hacer lo que te ordene y es posible que todo salga bien.

—¿Es posible? —preguntó Naruto.

Cuando Jiraya volvió a hablar, Naruto captó una nota extraña en su voz que le indicó que el atlante sabía mucho más de lo que estaba dispuesto a decirle.

—Nuestros destinos están marcados, Naruto, pero la voluntad humana puede eludir ese destino. Si todos obedecéis mis órdenes, es posible que las cosas salgan tal y como deben salir.

Naruto tensó el mentón.

—¿Y si no lo hacemos?

—Estamos jodidos.

—Carajo, Jiraya —dijo Konohamaru con sarcasmo—, tú sí que sabes tranquilizar al personal.

Jiraya le dirigió una mirada burlona.

—Hago todo lo que puedo.

Konohamaru contestó sin tapujos.

—Pues eres un fracaso.

Naruto seguía hirviendo de furia.

Jiraya se dirigió al grupo.

—Necesito que sepáis que tenemos una noche catastrófica por delante. Al parecer Hamura y Orochimaru han unido sus fuerzas para intentar recuperar su antiguo estatus de dioses todopoderosos.

—¿Cómo planean hacerlo? —preguntó Gaara.

—Los dos juntos no son lo bastante poderosos para conseguirlo. Necesitan el poder de un tercer dios que los ayude.

—¿Qué dios? —preguntaron todos al unísono.

—Apolimia.

—¿Quién carajos es Apolimia? —preguntó Naruto—. Nunca he oído hablar de ella.

Jiraya esbozó una sonrisa irónica.

—Es una antigua diosa anterior a mi propia época. Una que tiene poder sobre la vida, la venganza y la muerte. Los atlantes se referían a ella con el apelativo cariñoso de «Destructora».

—¿Es como Hades? —preguntó Gaara.

—En absoluto —respondió Jiraya con tono funesto—. Hades parece un Boy Scout al lado de esta diosa. Apolimia remata a sus víctimas con un martillo de hierro y comanda un ejército de demonios grotescos.

»La última vez que alguien la liberó, las plagas y el sufrimiento inundaron el mundo y envió la Atlántida al fondo del mar. Atravesó Grecia devastando a su paso toda la zona y haciendo que retrocediera culturalmente miles de años antes de que por fin regresara a su prisión. La Destructora liberará el infierno en la tierra. Empezando por Nueva Konoha.

—¡Genial! —exclamó Konohamaru con sarcasmo—. Me encanta enterarme de este tipo de cosas.

Jiraya pasó de él.

—¿Y cómo pretenden liberar a la Destructora? —preguntó Naruto.

Jiraya inspiró hondo.

—La única manera de lograrlo es derramando la sangre de un atlante.

—Tu sangre —dijo Naruto. Estaba claro, ya que Jiraya era el único atlante que quedaba con vida.

Jiraya asintió.

—A medianoche el portal entre este plano y aquel en el que ella vive será lo bastante débil como para romperlo. Si la liberan...

—¿Alguien más tiene una úlcera? —preguntó Konohamaru.

Naruto pasó por alto su pregunta.

—¿Cómo podemos detenerlos?

—Con mucha fe y haciendo exactamente lo que os ordene.

Konohamaru resopló ante ese comentario.

—¿Alguien más aparte de mí tiene la impresión de que Jiraya está siendo un poquitín vago al respecto?

Todos salvo Jiraya levantaron las manos.

—No tiene gracia —les dijo. Clavó la mirada en Gaara—. Te necesito en las calles con los Senju. Hamura planea soltar a sus daimons en medio de la población a las once y media para distraernos. Mata a todos los que te encuentres. Konohamaru —continuó Jiraya—, quiero que Lee y tú estéis listos en caso de que se os necesite. —Los escuderos asintieron. Jiraya se puso las gafas de sol—. Naruto, te quedas conmigo. Tú y yo vamos tras Hamura y su mascota.

—Solo por curiosidad —dijo Naruto—: ¿cómo sabes todo esto?

Jiraya hizo oídos sordos a su pregunta.

—Muy bien, niños —dijo Jiraya—, salid y proteged las calles.

—¿Puedo hacer una pregunta? —intervino Lee.

—Claro.

—A lo mejor es que soy un poco lento, pero ¿por qué van estos tipos en busca de poder precisamente ahora? ¿Por qué no lo hicieron el año pasado o en cualquier otro momento? ¿Por qué esperar?

La respuesta de Jiraya no los tranquilizó en lo más mínimo.

—No es la primera vez que han intentado recuperar sus poderes. Lo que ocurre es que en esta ocasión tienen más probabilidades de conseguirlo.

—Ok —dijo Lee despacio—. ¿Y qué sucedió con sus poderes para empezar?

Naruto respondió por Jiraya.

—Cuando se deja de adorar a un dios, sus poderes disminuyen. Si un dios es derrotado por otro, el vencedor absorbe sus poderes y el perdedor pierde la habilidad de recuperar su anterior estatus.

Lee asintió.

—De acuerdo. Y una cosa más, ¿qué pasaría si recuperaran sus poderes?

Jiraya desvió la mirada.

—Esperemos no tener que descubrirlo.

—¿Por qué?

—Porque de acuerdo con la mitología atlante, se supone que será la Destructora quien origine el Telikos... el fin del mundo. Sin duda, Hamura y Orochimaru creen que Apolimia se sentirá tan agradecida cuando la liberen que se unirá a ellos sin pensárselo dos veces y les cederá parte de su poder.

»Lo que no saben es que hubo una buena razón por la que los dioses atlantes encerraron a Apolimia. Incluso los demás dioses temían su ira y al final acabó por matarlos a todos. Pase lo que pase, no podemos permitir que escape a su confinamiento. Si la liberan esta noche, la existencia que conocemos desaparecerá. Todo cambiará.

—Me encanta salvar el mundo —dijo Naruto—. Una vez más.

Jiraya respiró hondo.

—Y ahora que lo dices, tenemos cosas que hacer.

Naruto asintió, pero en su corazón deseaba poder ver a Hinata una vez más. No quería morir sin ver su rostro de nuevo. El deber... Menuda mierda.

Gaara abandonó el edificio en primer lugar.

Naruto, Konohamaru y Lee salieron por la puerta trasera con Jiraya a la zaga. Cuando el atlante salió de la casa, la puerta se cerró de golpe y cojió el bajo de su abrigo negro.

Jiraya se paró en seco y soltó una palabrota.

Konohamaru prorrumpió en carcajadas al ver atrapado a Jiraya.

—¿No te dan ganas de liarte a hostias?

Jiraya arqueó una ceja.

La puerta se abrió sola para liberar el abrigo y se cerró de golpe otra vez.

Konohamaru dejó de reírse al instante.

—Ya veo que no.

Jiraya le alborotó el cabello a Konohamaru como lo haría un padre.

—Cúbrenos las espaldas esta noche y tranquiliza a Karui hasta que Chõji vuelva.

—Hecho.

Jiraya y Naruto abandonaron el patio, adornado con una profusa decoración, y se internaron en la multitud de turistas y lugareños que conformaban una masa tan densa como la niebla.

Había cientos de personas en la calle. Cientos de personas que no tenían la menor idea de que el destino del mundo descansaba en las manos de esos dos hombres vestidos de negro que se abrían paso con lentitud a través de ellos.

Dos hombres que estaban muy cansados esa noche. Exhaustos. Uno porque desde hacía mucho tiempo no sentía otra cosa que la pesada carga de la responsabilidad. Lo único que Jiraya deseaba era un día para tumbarse y descansar. Un día en el que pudiera encontrar un momento de solaz.

Llevaba toda una eternidad esperando una segunda oportunidad. Esperando el modo de escapar de las ruinas de su pasado y de la condena que suponía su futuro. Esa noche tendría que enfrentarse a su medio hermano por primera vez en once siglos.

Jamás habían estado en una situación de igualdad. Madara lo había odiado desde el día de su nacimiento. Para él iba a ser una noche muy, pero que muy larga.

Los pensamientos de Naruto estaban centrados en Hinata. En el dulce contorno de su rostro. En la belleza de sus caricias. ¿Estaría en su casa pintando? ¿O estaría pensando en él?

«Te amo.»

Sus palabras lo desgarraron. Apretó los dientes, deseando con todas sus fuerzas poder acariciarla. Deseando que cuando la noche acabara, ella estuviera a salvo de Orochimaru de una vez por todas.

—Ten fe, Naruto —dijo Jiraya como si supiera lo que estaba pensando.

—Lo intento.

Naruto respiró hondo.

No le preocupaba morir. Era la muerte de Hinata lo que no podía permitir que ocurriera. Para bien o para mal, pondría fin a la situación de una vez por todas y cuando llegara la mañana, ella estaría a salvo. Costara lo que costase.

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Continuará...