VIII
Por mucho que intentaba concentrarse, tenía que volver a releer el párrafo anterior por no haber entendido nada y la desesperación se apoderaba de él paso a paso. Él realmente deseaba olvidar todo lo acontecido últimamente en su vida y sólo quería estudiar pacíficamente para sus exámenes y terminar ese año escolar con las mejores calificaciones.
Era frustrante —por no decir patético— el esfuerzo que hacía para alejar los recuerdos de hace seis noches, pues con memorias tan efímeras, podía recrearlo a la perfección en su mente; sentía cada bocanada de aire que Harry sopló sobre su cuerpo, cada roce de sus manos callosas y de sus labios recorriendo su piel.
Y eso le pasaba factura al resto de su cuerpo.
Se sorprendió realmente amanecer todos esos días con una erección matutina —y terminaba masturbándose en la ducha para aliviar la carga emocional y sexual que sentía—; algunas veces por las tardes, sentía su cuerpo estremecerse al recordar el calor naciente en su abdomen, como si llegara a un punto de ebullición, el cual solo se disparaba al tener presente a Harry Potter
El Slytherin, claro, del Gryffindor había estado huyendo desde ese día, donde todo se salió de control.
Tampoco podía estar solo en el Quidditch porque el Harry Slytherin se había propuesto para cubrir una vacante como cazador —y tenía que admitir que les hacía falta uno bueno—, por lo que fue aceptado casi por unanimidad de votos después de una breve audición.
Era una tortura, porque eran idénticos físicamente a simple vista; pero si prestaba un poco más de atención, la mirada ambiciosa en los ojos verdes del Harry Slytherin era su mayor diferencia y con suerte, le veía con la capa de la casa de Salazar.
Lo único que podía distraerle, eran los momentos cuando estaba en la biblioteca con Hermione, leyendo literatura muggle respecto a los viajes interdimensionales, ya que era justo ahí, que el Harry de su casa iba a continuar con su proceso mágico, depositando energía mana en un pequeño diario que, en un inicio, tuvo que confeccionar desde cero sin ayuda de la magia.
Demasiado rebuscado si se lo preguntaban, pero todo fuera con tal de regresar a la normalidad que conocía antes de que esa locura comenzara.
Con el tiempo confirmó que Hermione era una bruja muy inteligente. Tenía temas de conversación —a nivel intelectual y mágico— que no encontraba muy seguido, ni siquiera con personas de su misma casa; eso, junto con su soberbia, propia del título que le otorgaba "La bruja más destacada de su generación", hacían amenos los momentos que tenían que pasar juntos. Aunque no tanto como para, tal vez, continuar con esa extraña tregua una vez que terminaran esa tarea que McGonagall les encargó con vehemencia.
Y, ahora que sabía de la existencia de otras dimensiones, Draco se hacía constantemente la pregunta "¿Y si…?"
¿Y si fuera amigo de alguien como Hermione?
¿Y si Ronald Weasley y él congeniaran en algún universo?
¿Y si no fuera un bastardo como lo fue desde primer grado?
¿Y si sus padres no lo hubiesen consentido como lo hicieron?
¿Y si fuera alguien especial para Harry Potter?
Draco deseaba que todo eso terminara ya.
Sólo pensaba cosas estúpidas.
Aunque, muy en el fondo —y no quería aceptarlo del todo—, había comenzado a disfrutar de la presencia de Harry Slytherin. Él se pronunciaba orgulloso de ser amigo de Draco, de apreciarle aún con los errores que más de uno ya le contó —porque para ese momento, ya todo Hogwarts conocía la visita de ese Harry de otro mundo—; y a Harry… él no le prestaba atención a nadie más que a Draco —y a McGonagall—. Además, le tenía siempre regalos a todas horas del día, los cuales iban de golosinas, fruta —manzanas verdes en específico—, alguno que otro libro de pociones muy difíciles de conseguir… y, sobre todo, las pláticas nocturnas que lograban distraerlo un poco de la vida tan desastrosa que vivía.
Era como un amigo —sin querer sonar demasiado sentimental—. Muy diferente a su amistad con Pansy y Blaise —ya que su relación se basaba en el sarcasmo y juguetear—, o incluso a la reciente cercanía con Hermione —la cual era puramente intelectual—.
Este Harry era sorpresa tras sorpresa; sentía como lenta, pero constantemente crecía un cariño extraño, espontáneo, ligero… casi tan natural como respirar. Nunca sabía realmente lo que vendría ese día, las banalidades que le contaría, o todas cosas nuevas que le enseñaría.
O al menos así había sido hasta que el Harry de su mundo lo arruinó y ahora no podía ni verlo sin pensar en cómo sucumbió a sus deseos más profundos.
Y ahora estaba ahí, intentando leer uno de los manuscritos más codiciados que le había regalado el Harry de su casa sin poder conseguirlo con éxito, y era un desperdicio. Lanzó un tempo frente a él y vio que pasaban las nueve y media de la noche; ese día, en particular, ya se le había hecho eterno.
Se estiró sobre su cama, e intentó acomodarse por sexta vez sobre la cama sin conseguirlo; se sentía ajeno a todo. Tal vez porque ya estaba tan acostumbrado a la presencia de Harry Slytherin, que ahora, aun cuando no sabía a qué hora llegaría, quería verlo.
Aunque sea un poco antes de dormir.
Y como si hubiese bebido un elixir de Felix Felicis, el Harry con quien compartía alcoba, cruzaba el marco de la puerta y le saludó con una sonrisa en el rostro.
No podía creer su buena suerte.
—Buenas noches, Draco.
—Buenas noches, Potter.
Por un instante, Draco sintió que su corazón se aceleró.
—Soy Harry, Draco. —Harry apretó sus labios, casi haciendo que la sonrisa se desvaneciera—. Potter es el otro.
Draco podía sentir cierta tensión crecer a su alrededor cuando salía a flote la presencia —y existencia— de otro Harry Potter además de él; lo cual era muy raro.
—Ocho años de decirte, decirle, Potter a… Potter, no se van a quitar con tres semanas. —Intentó ser racional, pero sabía que era una discusión eterna.
—Que me digas Potter después de que el tú de mi mundo me llamara Harry durante más de siete años es… más extraño —dijo Harry sosteniendo la mirada determinada—. Sólo me decías Potter cuando te enojabas conmigo, lo cual sólo ocurrió dos veces.
Realmente intentaba no entrar en peleas por nimiedades, pero no podían obligarle a llamar a alguien de forma diferente tan pronto. Era una completa paradoja, ¿cómo llamar a alguien que es totalmente nuevo para ti de forma tan diferente a como usualmente lo hacías?
—Ya. Tal parece que ni tú ni yo vamos a ceder en esto, ¿cierto? —Draco volvió a recargarse en sus almohadas y miró al techo—. ¿Por qué mejor no te llamo de forma diferente?
—¿Qué tienes en mente? —Harry cruzó sus brazos y miró a Draco, bastante intrigado.
—No sé… pero está claro que no podemos seguir discutiendo por eso.
—Prometamos pensar en algo, ¿de acuerdo?
Draco asintió, bastante conforme con la propuesta tácita de un nombre para su compañero de piso.
Comenzaron a platicar de cosas que sucedieron en días anteriores durante las clases; sobre el revuelo que organizaron algunos estudiantes de su casa de grados más abajo con artefactos comprados por lechuza en Sortilegios Weasley, de cómo Filch se había enojado por cómo dejaron a la señora Norris nerviosa con tanto alboroto y la mirada, aunque enojada, también resignada de la directora, restándole 50 puntos a su casa por mala conducta y comportamiento.
Bueno, al menos ahora sí tenían razones para descontarles puntos; no que siempre, la casa de Gryffindor recibía puntos extra adjudicados por pretextos y razones muy improbables.
Hasta en eso el maldito Harry Potter de su mundo era suertudo.
La voz de su compañero comenzó a escucharse a lo lejos, realmente ya no prestaba atención a lo que decía. El efecto que tenía el nombre de Harry Potter —Gryffindor—, era aberrante. Le causaba inestabilidad, rabia, anhelo…
—Draco… —Harry guardó silencio unos momentos que a él le ayudaron a volver a la realidad. Después le escuchó respirar hondo y continuar— ¿Hay algo que te molesta últimamente?
Sus camas —aunque paralelas—, estaban separadas por al menos un metro, y el que sintiera los ojos verdes de Harry escudriñándole, significaba que su mirada estaba absorta en cada uno de sus movimientos.
Harry, por supuesto, quería saber qué pasaba por la mente de Draco, y aunque se tenía una pequeña sospecha lo que ocasionó el reciente comportamiento de Draco, decidió no presionar, al contrario, le era conveniente comenzar a mover sus cartas. La idea inicial, era que Draco se acostumbrara lentamente a su presencia, pero ahora sólo quería invadir cada uno de los pensamientos de Draco, necesitaba reemplazar todos sus recuerdos por unos nuevos y más hermosos, unos donde él sea un rey, y todos le rindieran tributo a él.
Se dedicaba a observarle, a aprender más del Draco de este mundo, quien, en esencia, era muy similar al de su universo, pero existía algo diferente, y él quería saber todo.
—Aun si no me lo quieres decir, creo que es importante que lo hables. No conmigo, pero si con Pansy o Blaise... Pansy es mejor, ella me gusta, es divertida y me da dulces en clases.
Draco sonrió un poco. Era gracioso imaginar a ese Harry Potter con porte de Slytherin —defendiéndole a viva voz de todas las miradas clandestinas e inquisidoras—, emocionado por un par de golosinas de contrabando. La sonrisa que tenía en su cara, con el hoyuelo que se formaba en la comisura derecha de su rostro, era algo que sólo había visto a lo lejos, oculto entre miradas disimuladas.
Y lo tenía ahí. Tan cerca…
Y a su vez, tan diferente.
Ese Harry era todo lo que se imaginó a su tierna edad de once años con la oferta de amistad que le hizo.
—Recuerdo que el tú de mi mundo, solía alejarse de aquello que le incomodaba, sea situaciones, lugares o incluso personas. —Draco se incomodó al instante ante la mención de su alter ego, era evidente el cariño en su voz; y no pudo evitar sentir una punzada de desprecio a sí mismo—. No quiero decir que seas alguien que no eres, y mucho menos imponerte algo, sólo… creo que es lo mejor cuando hay algo que ni tú mismo te entiendes. Es necesario poner distancia a veces.
Draco vio como los ojos verdes de Harry, sin los lentes, brillaban más que de costumbre; el esmeralda creaba armonía con la forma de sus ojos y las mejillas que, lentamente, comenzaban a volverse rosadas. Aunque no sabía si por la vergüenza de sus palabras o por el bochorno que sentía él también.
¿Acaso aumentó la temperatura de la habitación?
Se sintió ligeramente nervioso por la profundidad de la mirada del otro. Y con todo eso, aún prevalecía la comodidad y confianza que poco a poco, el otro ganaba sobre él.
—Buenas noches… Harry —dijo cortante, pero le regaló una sonrisa para no hacer sentir mal a Harry, después de todo, él era el del problema. Él era quien debía resolver qué hacer con la situación actual.
—Buenas noches, Draco —respondió Harry y le vio acostarse. A través de su voz proyectaba felicidad —. Descansa.
Y estaba decidido en hacer lo que, desde un principio, debió haber hecho.
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Ahhh, cómo amo todos sus comentarios :) Me hacen sonreír, y continuar este hermosa historia que surgió gracias a un fanart que vi entre estos dos Harry's que nos están robando el corazón.
Mil gracias por todas sus bellas palabras, ¿a cuál Harry prefieren hasta el momento?
Aclaración, sus preferencias no alterarán el orden ni el desenlace que tendrá la historia, porque les platico, queridos, que ya vamos a más de la mitad y ya tengo escrito en una libreta hasta el epílogo. Espero tener tiempo estos días para escribir los capítulos restantes y postearlos con más frecuencia.
Besos de chocolate oscuro.
