Hermione se despertó aquella noche al sentir un golpe insistente en su cuerpo. Despegó los párpados lentamente y comprendió que alguien la estaba zarandeando, asustada enfocó la vista y se encontró con la cara de Ron a escasos centímetros de la suya. Instantáneamente los ojos de la chica se llenaron de lágrimas. Abrió la boca para hablar pero Ron negó con la cabeza y se llevó un dedo a los labios, indicando que debía guardar silencio. Seguidamente la soltó y en dos zancadas llegó a la puerta, la abrió sigilosamente y asomó la cabeza. Después, se dio la vuelta y le hizo un gesto con la mano para que se acercara a él.
—Ron, ¿eres tú de verdad? —preguntó Hermione con lágrimas de alegría en los ojos.
—Tenemos que darnos prisa —fue todo lo que respondió su amigo.
—¿Dónde está Harry?
—No hay tiempo, debemos salir de aquí para poder desaparecernos —susurró él.
Volvió sobre sus pasos, la agarró de la mano y tiró de ella en dirección a la salida. Cuando salieron al pasillo, Ron se paró en seco, giró sobre sus talones y selló la puerta con magia antes de ponerse en marcha. Hermione pudo ver a un par de mortífagos en el suelo inconscientes, supuso que los había aturdido Ron. La mansión estaba en absoluto silencio, lo único que podía escucharse eran los pasos apresurados de la pareja que trataba de escapar. Hermione notaba la adrenalina correr por sus venas. Si los descubrían, se acabó. Durante varios minutos caminaron por extraños y lúgubres corredores que Hermione no recordaba haber visto los días atrás.
Bajaron las escaleras a toda velocidad, iluminados únicamente por la punta de la varita de Ron, y terminaron en un gran recibidor. Las antorchas de las paredes estaban apagadas por lo que la chica no pudo divisar mucho. Mientras atravesaban la puerta que daba al exterior se acordó de Draco, probablemente sus caminos no volverían a cruzarse nunca. Antes de que pudiera volver la vista atrás para ver la casa, sintió un tirón vertiginoso en la boca del estómago y cómo sus pies se despegaron del suelo. Se aparecieron en lo que a Hermione le pareció un bosque.
—Corre hacia la casa —ordenó su amigo señalando con la cabeza en la dirección opuesta. —Yo voy a poner los hechizos protectores.
Hermione se dio la vuelta y divisó una vivienda a pocos metros, por primera vez desde que se conocían, le hizo caso sin rechistar. Entró en la casa franca y observó desde la puerta como Ron ponía multitud de hechizos protectores en los alrededores. El par de minutos que le llevó a su amigo realizar la tarea se le antojaron interminables.
Observó el interior de la casa y se quedó maravillada. Desde fuera le había parecido pequeña, pero por dentro era enorme. Debía tener algún tipo de encantamiento agrandador y le recordó a las tiendas de campaña de los mundiales de quidditch. La estancia en la que se encontraba era bastante amplia y estaba vacía, a excepción de un mueble de madera que parecía muy antiguo. Hermione se dirigió a la izquierda y se adentró en el salón. Todas las paredes eran de madera, en mitad de la estancia había una mesa robusta, acompañada de dos sillas. En uno de los extremos había un sofá verde, al lado de una chimenea. Y en frente, al lado de la ventana una butaca del mismo color.
En cuanto escuchó la puerta cerrarse y los pasos de Ron aproximándose se dio la vuelta. Una enorme sonrisa se dibujó en su cara en cuanto vio la cara de su amigo. No podía creérselo pero era real. Era real. Ron estaba ahí. Ahora que podía verle mejor se dio cuenta de que tenía el rostro cansado y vestía ropas de mortífago, pero lo importante era que estaba ahí de verdad. No lo había soñado. Había escapado de los mortífagos, de las garras de Malfoy y de una muerte más que segura.
—No estoy soñando, ¿verdad? —la pregunta se escapó de los labios temblorosos de la chica.
Ron se paró en seco. Negó con la cabeza y su gesto se ensombreció.
—Tenemos que hablar —fue lo único que él dijo.
Antes de que le diera tiempo a continuar hablando, la chica se arrojó a sus brazos y le besó. Hermione unió sus labios a los de Ron y estrechó sus brazos alrededor de su cuello. Enroscó una mano en el pelo de su nuca, obligándolo a inclinarse en su dirección y profundizó el beso. En cuanto sus lenguas se rozaron algo explotó en su interior. Sus manos fueron por libre y sin dejar de besarle le soltó el broche que ataba la túnica de mortífago a la altura de su cuello y se la quitó, acariciando sus hombros a su paso. Quizás estaba yendo demasiado deprisa pero no le importaba. En el preciso instante en que la túnica se estrelló contra el suelo con un sonoro plof, Ron la cogió en brazos. Hermione automáticamente enredó las piernas alrededor su cadera y no dejó de besarle mientras le sentía caminar hacia algún lado. Se apretó más contra él y le escuchó gemir. Ese sonido grave hizo que se le erizara la piel de todo el cuerpo. No recordaba que Ron la hubiera besado tan apasionadamente nunca. Ni ella a él. Quizás la pasión desmedida se debía al gran tiempo que habían pasado separados, o a que había estado al borde de la muerte, pero ahora mismo eso era todo lo que su cuerpo le pedía. Ron la sentó sobre la mesa y ella dejó caer las piernas a ambos lados de su cuerpo.
Lo que Hermione sentía en ese momento era indescriptible, la adrenalina se había transformado en un fuego que le corroía las venas y que se propagaba por todo su cuerpo. El calor abrasador de su cuerpo se hizo tan insoportable que se decidió a quitarse el jersey. Se despegó de su acompañante a duras penas para sacarse la prenda por la cabeza. Abrió los ojos un segundo y el corazón se le paró en seco en mitad de un latido, de repente, dejó de sentir el fuego abrasador en sus venas. La sangre se heló y juraría que podía sentir el hielo romperse en su interior porque la persona que tenía delante, y a la que estaba besando, no era Ron. La persona a la que había estado a punto de desnudar, no era otra que, el mismísimo Draco Malfoy.
Si ella no hubiera estado tan paralizada, se habría dado cuenta de que Malfoy tenía un aspecto animal, con el pelo totalmente alborotado, los ojos hambrientos y la boca entreabierta y la respiración agitada.
Draco la observó casi sin respirar. No quería ser el primero en decir nada. Además, ¿qué iba a decir?, ¿que por algún motivo retorcido del universo le hubiera encantado llegar hasta el final con ella? Ni hablar. Los Malfoy no decían ese tipo de cosas.
Se apartó y la dejó espacio, bien para salir corriendo, o bien para volver a acercarse a él. Era mejor que fuera ella la que tomará la decisión por ambos. Mientras esperaba, Draco la miró con intensidad, tratando de hacer caso omiso a la parte de su cuero que se había endurecido y no le dejaba pensar con claridad. Reparando en los detalles se dio cuenta de que ella tenía la mitad del pelo fuera de la coleta, los labios rojos, el jersey a medio quitar enroscado entre las muñecas y la mirada enfurecida. Siguió bajando la vista y no pudo evitar sentir una punzada de deseo cuando vio la fina camiseta de la chica que dejaba poco a la imaginación. Debía parecer un desquiciado mental porque Granger se levantó de un salto mientras se volvía a poner el jersey a toda velocidad y gritaba improperios. Estaba tan atrapado por la atmósfera que le costaba entender lo que ella voceaba y a sus oídos solo llegaban retazos. ¿En qué momento se habían torcido tanto las cosas?, ¿qué coño hacía él besando a Granger?
Salió de su ensimismamiento cuando la vio coger el atizador de la chimenea y dirigirse a él, con el palo en alto. Sin duda Granger iba a usarlo de arma. Sin pensárselo dos veces, Hermione embistió en su dirección, pero Draco fue más rápido y se apartó a la derecha, evitando así el golpe. La vio echar todo su peso hacia atrás con la total intención de cargar de nuevo contra él mientras chillaba. Draco saltó sobre la mesa y aterrizó en el lado opuesto.
—¿Se puede saber qué coño haces, Granger? —cuestionó Draco mientras la esquivaba nuevamente.
La chica parecía una bestia enfurecida. Estaba irreconocible. Empezó a rodear la mesa hacia la derecha y Draco se movió hacia el lado opuesto.
—¿Dónde está Ron? —gritó ella apuntándole con el atizador.
—¿Weasel? —preguntó Draco extrañado —. ¿Y yo qué cojones sé?
La chica suspiró con fuerza y trató de alcanzarlo, pero nuevamente él se movió en la dirección opuesta.
—¿Qué has hecho con Ron? —Hermione notó como las lágrimas acudían a sus ojos. —Es obvio que le has usado para hacer una poción multijugos y engañarme.
—Te equivocas, Granger.
—Por favor —suplicó ella perdiendo toda la testarudez—. Me da igual lo que me hagas a mí, pero deja a Ron libre.
El rostro de Draco se contrajo con crispación. Muy en el fondo le jodía que lo primero por lo que preguntara ella fuera por el estúpido de Weasel, y más cuando acababan de compartir una apasionada sesión de besos. ¿Cómo podía ser tan tonta? Draco jamás había conocido a alguien así, que antepusiera el bienestar de los demás al suyo propio.
—No tengo ni puta idea de dónde está.
—Deja de mentir, asquerosa sabandija —chilló Hermione fuera de sí.
—¿Estás sorda? —Draco sacó la varita de su bolsillo y la apretó con fuerza—. Te estoy diciendo que no se donde está, pero de haber sabido que estabas tan desesperada por follártelo, le habría invitado. Así ahora no estaría escuchando tu molesto lloriqueo.
Hermione le lanzó el atizador como si de una lanza se tratase y se quedó en la habitación el tiempo justo, como para ver cómo le impactaba a un sorprendido Malfoy en pleno pecho. Después, echó a correr y salió del salón. Se dirigió lo más deprisa que sus piernas le permitieron a la puerta de la entrada. Escuchó a Malfoy maldecir en alto, pero no entendió nada de lo que dijo, la sangre le latía en las orejas y le impedía escuchar con claridad. Abrió la puerta de la casa de un tirón y saltó los escalones que daban al bosque de una zancada. Al aterrizar se hizo daño en el tobillo izquierdo, pero no había tiempo de lamentaciones. Echó a correr nuevamente, moviendo las piernas lo más rápido posible. Si no recordaba mal, le quedaban unos cuantos metros para llegar a donde se alzaba el escudo invisible protector. Aunque no tenía muy claro que haría después de atravesarlo, porque al carecer de varita, tampoco podía aparecerse.
—¡Granger, no! —oyó gritar a Malfoy en la lejanía, pero fue demasiado tarde.
En cuanto llegó a la altura del escudo, impactó contra él y rebotó debido a la gran descarga eléctrica que recibió. Salió despedida hacia atrás y al estrellarse contra el suelo, perdió el conocimiento.
Draco corrió como si la vida dependiera de ello y cuando llegó a la altura de Hermione, se arrodilló a su lado y le tomó el pulso. Por favor que no esté muerta —rogó mentalmente. Soltó el aire que estaba conteniendo en los pulmones cuando comprobó que el corazón de la chica seguía latiendo. No estaba muy seguro de cómo proceder en ese momento. Todo esto era terreno nuevo para él. Podía despertarla y volver a pelear con ella, o podía llevarla a la cama y dejarla descansar. Se decidió por la segunda opción. Mientras la cargaba en brazos no pudo evitar pensar en lo irónica que era la situación. Acaba de arriesgar su vida por salvar a Hermione Granger. Si el señor oscuro lo descubría, era hombre muerto. Todavía no había querido sentarse a pensar en porqué había hecho lo que había hecho: hacerse pasar por el traidor a la sangre y sacar a Granger de una fortaleza repleta de mortífagos. De su bando, para más inri. Era un Malfoy, no iba salvando sangre sucias por la vida. Tampoco besándolas le recordó una voz en su mente.
Mientras subía las escaleras hacia el primer piso con la chica en brazos, no pudo evitar pensar en lo que acababa de pasar. Lo último que él había imaginado que sucedería esa noche era que Hermione y él terminarían besándose. Había dudado si transformarse en Weasley o Potter, pero siendo el pelirrojo la persona en la que ella más confiaba en el mundo, la decisión de transformarse en él había sido obvia. Si para él era demasiado para procesar, no quería saber lo que sería para ella.
Entró en la habitación y depositó con delicadeza el cuerpo de la chica sobre la cama. Se alejó un par de zancadas, tenerla cerca no le ayudaba a pensar con claridad. Consultó el reloj de la pared y se dio cuenta de que debía irse cuanto antes. Cuanto más tiempo pasara fuera del cuartel, más sospechoso resultaría.
—Enervate —murmuró el hechizo en voz baja y observó cómo la chica abría los ojos con confusión.
La vio parpadear un par de veces y mirar con rapidez a su alrededor, posiblemente tratando de adivinar qué había ocurrido y cómo había llegado hasta allí. No había tiempo que perder así que Draco fue directo al grano.
—El escudo está electrificado y fortificado. Soy el único que puede atravesarlo y salir ileso —informó sin dejar de mirarla a los ojos.
Hermione se incorporó con más lentitud de la que le gustaría, se sentía magullada. Tenía un fuerte dolor de cabeza y de espalda. Se sentó en la cama y le miró con ojos escrutadores.
—Mira —comenzó Draco—. Ahora no tengo tiempo de explicarte nada, tengo que irme. Volveré en cuanto me sea posible, ¿vale?
La chica seguía sentada en la cama sin reaccionar a sus palabras. Draco se dio la vuelta dispuesto a irse, lo mejor sería dejarla espacio para asimilarlo todo. Volvería cuando tuviera un segundo para explicarle que había pasado y para decidir que haría con ella.
—Puedes matarme ya, Malfoy —la voz de Hermione sonó derrotada.
—¿Qué? —El aludido se dio la vuelta de inmediato sin entender a la chica.
Hermione se había levantado y se agarraba al dosel de la cama con ambas manos, probablemente para no darse de bruces contra el suelo. Draco reparó en que el jersey de la chica estaba chamuscado en las partes que habían chocado contra el escudo y probablemente debajo habría heridas muy feas.
—Lo que has oído. Puedes matarme. Me rindo.
—No voy a matarte, Granger —respondió Draco confundido.
—Sé que has matado a Ron y que estoy aquí para que sigas torturándome, pero estoy cansada. Limítate a matarme y terminar lo que tengas que hacer.
Ese era el punto de inflexión. Hermione no podía más. Deseaba la muerte.
—No he matado a Weasley —informó Draco con tranquilidad—. Y tampoco voy a matarte a ti.
Hermione levantó la mirada del suelo y la fijó en él. No sabía si creerle. De hecho, no podía creerlo, era una serpiente.
—¿Entonces qué has hecho con él? Es obvio que le has usado para hacer poción multijugos y engañarme.
—Ya te lo dije, no he usado poción multijugos. No he visto a tu amiguito desde que os secuestraron hace años y os llevaron a mi casa.
—¿Y cómo has conseguido hacerte pasar por él entonces?
—Con magia, Granger. Magia muy oscura. Magia que te pondría los pelos de punta —dijo acercándose a ella peligrosamente.
—¿Cómo sé que no mientes? —preguntó ella desafiante.
Inmediatamente dentro de su cabeza se proyectó un recuerdo de Draco. De pronto Hermione se encontraba acompañándolo en el baño de lo que supuso sería su habitación, mientras él se miraba al espejo. Le vio cerrar los ojos con fuerza y concentrarse hasta transformarse en una copia de Ron exacta. Cuando terminó, se miró al espejo con cara de asco y Hermione no pudo ver más porque el recuerdo se desvaneció. Todavía le sorprendía la capacidad con la que el chico era capaz de proyectar sus recuerdos en la mente de otros sin la necesidad de usar un pensadero. Sin duda, no mentía cuando decía que había aprendido magia muy poderosa.
—Como ves, hice una transformación parcial, solo la cara y el pelo. Este tipo de magia requiere un esfuerzo enorme —explicó Malfoy.
Hermione se dio cuenta entonces de que si se hubiera fijado mejor, habría reparado en que Ron era ligeramente más bajo y en que sus manos eran ásperas en lugar de suaves, de que su aliento no olía a menta, y si hubiera estado más atenta y no tan fuera de sí, habría notado el cambio mientras le besaba.
—¿Entonces esto qué es?, ¿un nuevo tipo de tortura? —preguntó ella en un tono áspero, debido al rumbo que estaban tomando sus pensamientos.
Draco se apretó el puente de la nariz y suspiró.
—No, Granger —contestó cansado.
—Pues yo creo que sí. Hacerte pasar por Ron, traerme aquí, poner un escudo electrificado y besarme. ¿Te parece poco tormento? —chilló la chica perdiendo los papeles.
¿Tormento? Hay que joderse.
—¿Besarte? —Draco entrecerró los ojos—. ¿Yo a ti? —dio un paso hacia ella.
—¡Yo no te estaba besando a ti, estúpido! —gritó Hermione—. ¡Yo estaba besando a Ron!
—¿Ah sí? —preguntó irónico—. Pues dado que solo me he cambiado la cara y el pelo, a lo mejor no le conoces tan bien como te crees. O a lo mejor, no le has besado tantas veces y por eso no te has dado cuenta.
—Te has atrevido a mancillar mi cuerpo —Hermione dio otro paso en su dirección—. Te has aprovechado de mi debilidad.
—Oh claro, porque yo estoy deseando besar a una sangre sucia.
—Acaba con esto y mátame de una vez. No puedo soportar vivir con la idea de haberte besado.
—Supéralo ya, Granger. No ha sido más que un estúpido beso. No es para tanto.
—Todo esto para ti es divertidísimo, ¿no? Ahora te vas a contárselo a tus amigotes y reíros a mi costa, ¿no? ¿Qué será lo siguiente?, ¿violarme?
En ese instante Draco perdió la paciencia.
—Para tu puta información sabelotodo insoportable, nadie sabe que estoy aquí. Nadie sabe que te he sacado del cuartel. Si alguien lo descubre, soy hombre muerto. Estoy arriesgando mi vida por… —se calló abruptamente y se tiró del pelo en un movimiento desesperado—. No pienso volver a acercarme a ti en lo que me queda de vida, de eso puedes estar segura, pero de haber querido acostarme contigo, lo hubiera conseguido, parecías más que dispuesta hace un rato.
La mano de Hermione voló antes de que el pensamiento de partirle la cara a Malfoy se manifestara en su cabeza. El rubio fue más rápido e interceptó el golpe en el aire, sujetándola por la muñeca.
Cuando habló parecía un dragón enfurecido, resoplando humo por las fosas nasales:
—Si vuelves a levantarme la mano…
—¿Qué? —respondió ella testaruda.
Sin decir nada más, Draco la soltó y salió de la habitación dando un sonoro portazo.
Hermione se asomó a la ventana y vio cómo el rubio caminaba enfurecido hasta atravesar el escudo. Una vez lo hizo, se perdió de su vista. Se quedó ahí un par de minutos, esperando verle regresar con la varita en alto y lanzando maldiciones, pero eso no pasó.
Al cabo de un par de minutos decidió inspeccionar la casa. No sabía qué peligros se escondían detrás de esas paredes en las que por alguna extraña razón se sentía a salvo, y hasta que no revisara cada rincón, no iba a quedarse tranquila.
Empezó por el cuarto en el que se encontraba. Era una habitación muy rústica con todos los muebles eran de madera. En el centro, había una enorme cama con una colcha verde Slytherin. Hermione arrugó el ceño. En el lado derecho, al lado de la ventana, había un escritorio bastante grande. A la izquierda, una mesita de noche a juego. Al lado de ésta, había un enorme armario, lo abrió asustada, ya que dentro podía haber cualquier cosa, y soltó el aire que estaba reteniendo dentro de su cuerpo, cuando vio que había unas cuantas prendas de ropa, probablemente de Malfoy.
Salió al pasillo y abrió la puerta que se encontraba a su derecha. Descubrió que era un baño, con las paredes de madera. En el centro había una enorme bañera, y a su lado una ducha. Hermione rodó los ojos ante la opulencia de Malfoy. En el extremo opuesto había un gran espejo y un lavabo. Tenía que reconocer que el baño era bonito, en parte porque tenía un enorme ventanal que daba a la mitad del bosque y gracias a eso entraba la luz de la luna.
En la planta inferior se encontró con el salón que había sido testigo de su tórrido beso con Malfoy. A la izquierda del pasillo había una cocina enorme, con muebles de madera, y en el centro una gran mesa. Sorprendida descubrió que, tanto en la nevera como en los armarios y la despensa, había multitud de comida.
Cuando terminó de revisar la casa por segunda vez, y aceptar que verdaderamente estaba sola, ordenó sus prioridades. No sabía cuánto tiempo le quedaba antes de que Malfoy regresara y tenía que estar preparada. Estaba muerta de hambre, no es que durante su cautiverio hubiera comido mucho, pero eso no fue lo primero que hizo. Necesitaba asearse. Subió las escaleras a toda prisa, entró en el baño casi corriendo y cerró el pestillo. Dejó el agua del lavabo correr antes de lavarse la boca, se frotó con muchísima rabia, necesitaba borrar cualquier rastro de Malfoy de su piel. Puso tanto empeño en su tarea que terminó con los labios doloridos y enrojecidos.
Se asomó por la ventana y cuando comprobó que ni rastro de Malfoy, se dio una ducha rápida. Ni siquiera recordaba el tiempo que llevaba sin lavarse. Le hubiera encantado darse un largo baño, pero no había tiempo. Se dio toda la prisa que su cuerpo magullado y cansado le permitía.
Al salir, se envolvió en una toalla enorme. Se sintió sobrecogida ante la imagen que le devolvía el espejo. Estaba irreconocible, más delgada y pálida de lo normal. Con las ojeras marcadas y los labios enrojecidos. Se apartó la toalla y observó su cuerpo. Tenía varios moretones y un par de quemaduras en el brazo, en la mano, y en la frente, que estaban adquiriendo un tono muy feo, justo donde su piel descubierta había tocado el escudo.
Se vistió con las mismas ropas que traía y sintió un enorme pesar. Mirarse al espejo no había sido una buena idea. Se secó la humedad del pelo con la toalla y dejó que su melena aún mojada, cayera sobre sus hombros.
Bajó a la cocina y se sirvió un enorme vaso de agua. Durante un segundo valoro la opción de que pudiera estar envenenado, pero luego recordó que eso solo le facilitaría las cosas. Volvió al salón arrastrando los pies, recogió el atizador del suelo y se sentó en el sofá a pensar un plan de ataque. Una cosa era que no le importara morir y otra muy distinta era que no fuera a intentar escapar en cuanto Malfoy atravesara la puerta. Se acurrucó sobre sí misma sin dejar de agarrar el atizador como si fuera un peluche y sin darse cuenta, se quedó dormida.
Tenía muchas ganas de publicar este capítulo. El primer beso de Draco y Hermione es una de las primeras escenas que escribí. Espero que os haya gustado. Me encantaría leer vuestras opiniones. Gracias por leerme.
