Este Fic es una adaptación del libro "Conspiración en la noche" de Jezz Burning la cual les comparto sin fines de lucro,
sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Troll mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Capítulo 19
Rukia se desperezó como una gata después de la siesta que sucede a una opípara comida. Sin
embargo no había ingerido nada desde hacía horas. Su cuerpo sentía otra clase de satisfacción
que no tenía que ver con la alimentación.
Echó un ojo al culpable de ello, tumbado a su lado y completamente dormido. Aunque, a decir
verdad, Ichigo no mostraba ni un ápice del relajamiento muscular propio de los durmientes.
Incluso en ese estado de abandono, el sueco se mantenía alerta. Repasó mentalmente su último
sueño.
Al fin las piezas comenzaban a encajar. De alguna forma, había descubierto que no sólo era ella
la engañada. Ni la única que debía sentirse estafada. Aquella mentira fue diseñada y ejecutada a
gran escala. Ahora sabía el nombre del culpable: Aizen.
Aquel malnacido, al que sus congéneres honraban como uno de los más antiguos y respetables
miembros del Consejo, mantenía secuestrado a Isshin, quien por derecho debía ser el Alfa de
su raza. Un escalofrío la recorrió al recordar las condiciones en las que éste sobrevivía a duras
penas.
Era de imperiosa necesidad encontrar a su hijo, el Hati, tal como le había solicitado. Aunque no
tenía la más remota idea de por dónde empezar. Suspiró y parte de su flequillo voló unos
centímetros sobre la frente. De momento se preocuparía por la prioridad más inminente: dar de
comer a Trece. Después ya charlaría del tema con Ichigo, quizá él pensara en algo. Si la creía...
Antes de dejar la cama, sus ojos tropezaron con algunas prendas que el licántropo le había
dejado sobre una silla. «Qué considerado», pensó con un mohín, reparando en su vestimenta
hecha jirones.
Sin hacer ruido, se puso la camiseta y el pantalón y, una vez en la puerta, empujó la manecilla
muy despacio para no despertarlo. Era la primera vez que lo veía dormir después de varios días.
Debía descansar, nadie era tan incombustible.
Encontró a Trece junto a la puerta, hecho un ovillo en el suelo. Su cuerpecito, aún durmiendo,
mostraba un ligero temblor.
—Oh, mi pequeño. —Lo mimó levantándolo del suelo y acogiéndolo junto a su pecho. El
chihuahua respondió a la caricia y los arrumacos con una mirada de adoración y sucesivos
lametones—. Veamos si podemos encontrar la cocina y buscarte algo de comer.
El lugar era muy diferente al que habían compartido los últimos días. Aunque mantenía, como
característica común, la tenue iluminación. Con una significativa diferencia, allí sí disponían de
electricidad. Tres focos de poca intensidad empotrados en el suelo, ofrecían la luz justa.
Miró a su alrededor. Había salido a un vestíbulo circular al que daban diferentes estancias. La
ausencia total de ventanas y decoración dotaba a las paredes de un aspecto impersonal. Se
sintió como en el centro de un laberinto, en el que todas las vías de salida acababan en puertas
cerradas.
Empezando por la derecha, abrió la habitación contigua a la de Ichigo. Un aseo completo, de
paredes grises con ducha de gran capacidad, como requería un cuerpo de las dimensiones de
su dueño, le dio la bienvenida. Sonriendo mientras pensaba en la próxima que disfrutaría, cerró
la puerta de nuevo antes de dirigirse hacia la siguiente. Tres dormitorios más, dotados de
camas individuales, sin otro mobiliario que un pequeño arcón al pie de cada una de ellas.
La siguiente estancia que encontró debía de hacer las veces de salón, aunque únicamente un
televisor y un sofá de tres cuerpos la amueblaban. Al fondo vio otra puerta. Caminó hasta ella y
reconoció el espacio por donde habían llegado. Allí, el único sitio en el que podía gozarse de luz
solar, yacían las motos, y a la derecha observó una mesa sobre la que descansaban
herramientas y otros accesorios. Volvió sobre sus pasos hasta el extraño vestíbulo. En la puerta
contigua encontró lo que andaba buscando: la cocina, de aspecto severo aunque funcional.
Incluso Trece debió reconocer el lugar donde debían guardarse alimentos pues movió la
pequeña cola con energía. En la nevera sólo encontró botellas de agua y alguna que otra
cerveza, nada sólido. Continuó con armarios metálicos hasta que dio con un paquete de galletas
algo rancias pero que aún podían comerse. Dejó a Trece en el suelo y le ofreció un par de ellas
antes de proseguir su inspección. Después de todo, quién sabía el tiempo que pasaría allí, mejor
ir familiarizándose con el entorno. Ya sólo quedaba una puerta por abrir y la miró con ojo crítico
antes de poner la mano sobre la manecilla. Todas las anteriores eran de madera laminada,
puertas normales, como las que podría encontrar en cualquier casa y aunque guardaba la
misma apariencia que el resto, aquella en cuestión tenía una estructura mucho más sólida, más
pesada. A primera vista nadie notaría la diferencia, pero otro detalle la distinguía como especial:
estaba provista de cerradura. Accionó la palanca que cedió sin oponer resistencia. Observó que
la estancia poseía además otro sistema de seguridad: unas paredes de grosor especial que
impedirían cualquier intento de atravesarlas.
—¿Qué demonios es esto? ¿Una habitación del pánico? —murmuró mientras empujaba para
abrir la puerta lo suficiente y poder entrar.
Ante ella se reveló el sorprendente contenido. A la derecha, un ordenador apagado con el
consiguiente equipo periférico. Junto a éste, un par de armarios archivadores del que
sobresalían algunos cajones abiertos que contenían un sinfín de expedientes.
A la izquierda, una mesa y estanterías con más carpetas, libros y documentos que acusaban
años de uso. Y, frente a ella, lo que más la impactó: un gran panel de corcho mostraba nueve
fotografías en color con datos bajo cada una de ellas. Hubiera podido buscar explicación a todo
ello, sabiendo lo que Ichigo se traía entre manos, pero ver su propia imagen, mirándola desde
una de aquellas fotos, le produjo una gran conmoción que dejó su mente en blanco durante
varios segundos. Caminó hacia ellas sin darse apenas cuenta de lo que hacía. Sus ojos pasaron
por los nombres de los retratados: Chad, Kaien, Nemu, Kon, Uryu, Hisagi, Aizen, Rukia
y Miyako.
—Miyako ha sido la última en unirse al grupo, por eso está después de ti. —La voz del sueco la
sorprendió desde atrás.
Rukia apenas se giró lo justo para verlo, sólo vestido con un pantalón de gimnasia se
recostaba en la pared junto a la puerta, con los brazos cruzados sobre el imponente pecho.
Trece, sin embargo, salió del lugar como si le faltara mundo.
—Bueno —continuó pensativo—, en realidad ha sido Galilahi, pero aún no es un licántropo, así
que no cuenta —dijo, encogiéndose de hombros.
—¿Qué es esto?
—Kymlinge —respondió malinterpretándola intencionadamente—. Una estación fantasma.
Estamos en la línea 11 del metro entre Hallonbergen y Kista. Compré toda esta área de bosque
en los años setenta.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó de nuevo con más énfasis y señalando el panel.
—¿Por qué crees que un montón de fotografías deben de tener algún significado especial?
—No intentes tomarme por idiota, Ichigo. Ambos sabemos que no sería bueno para ninguno de
los dos que me enfadara tanto como para marcharme.
—¿Ah, no?
—No. Ahora conozco tu guarida. Y supongo que no te gustaría que pudiera hacer algún trato
con tus enemigos.
—No harías eso.
—¿Y por qué estás tan seguro?
—Porque también son los tuyos. ¿Acaso crees que la cicatriz del costado me ha pasado
desapercibida? Intentaron matarte. Y es lo primero que harán en cuanto te pongas a tiro.
Créeme, no esperarán a que abras la boca ni para tomar aire —expuso arqueando una ceja
dorada—. Además, sientes algo por mí.
Rukia puso los ojos en blanco antes de contestar.
—¿Quién ha hablado ahora, el tipo que manipula mentes ajenas o el ególatra recalcitrante que
llevas dentro? —La furia hacía mella en su autocontrol.
—Eso no importa porque estoy en lo cierto. No lo has negado.
Rukia prefirió darse la vuelta y volver a fijar la vista en las fotografías, más para ocultarle al
sueco lo que la afectaban sus palabras que para hacerlo sentirse ignorado.
En ese momento era difícil lidiar con las emociones que bullían en su interior. Por un lado
estaba la ira al descubrir que Ichigo tenía información sobre ella y, por otro, no podía negar que
era cierto lo que decía. Al menos en lo que a la atracción física se trataba.
—¿Por eso estropeaste mi motocicleta? ¿Para impedir que fuera a la cita?
—En realidad no quería impedírtelo, sólo retrasarte. Y lo conseguí, ¿verdad?
—Sí.
—Te salvé la vida —sonrió con autocomplacencia.
—Bueno, habría mucho que discutir a ese respecto, ¿no crees?
—No, no lo creo. Sabiendo cómo piensas y, créeme, lo sé, hubieras llegado antes de hora al
lugar. Te habrías confiado y con la guardia baja tu contrincante se hubiera acercado a ti. No
habrías estado lo bastante atenta para rechazar el ataque, que debido a la proximidad
seguramente sería mortal. De este modo, al llegar tarde, lo hiciste con todos tus sentidos alerta.
Por eso reaccionaste a tiempo y esa bala sólo te rozó.
Ese razonamiento en vez de aplacar el enfado hizo que subiera un nivel en la escala.
—Dame las explicaciones que merezco —exigió sin apartar la vista de su propia fotografía—.
¿Qué pinto yo en todo esto? ¿Qué clase de información tienes sobre mí y desde cuándo?
—El «desde cuándo» en tu caso es muy relativo. Pero podemos empezar por tu primera
petición: las explicaciones.
—¿Esta vez me dirás la verdad?
Ichigo dejó su lugar junto a la pared para situarse frente a ella.
—Nunca te he mentido —aseguró con vehemencia, mirándola a los ojos.
Rukia no podía decir lo mismo. Ella sí lo hizo. «Pero fue antes de saber que los míos me
utilizaban», se defendió internamente. Sin embargo, fue la primera en apartar la mirada de la
verde intensa de Ichigo.
—No voy a reprochártelo —dijo él.
—¿Cómo demonios...? —Rukia lo miró de reojo por un segundo mientras tomaba asiento en
el único butacón que había, frente al ordenador—. ¿Otra vez te has colado en mi mente?
—No. Sólo interpreto tus gestos. Y sea lo que sea, no voy a reprochártelo. Creías hacer lo
correcto.
—¡Basta! —exclamó liberando su ira, aunque aún no había decidido con quién estaba más
cabreada y, en el lote, también se incluía ella. Enterró la cabeza entre las manos un momento,
antes de volver a mirarlo—. Que no me has mentido... ¡Niega ahora que eres un Dominante!
—No lo soy.
En un arrebato irracional, Rukia se levantó rabiosa y caminó hacia la puerta. No necesitaba
más mentiras, no quería otra explicación vaga e incoherente y, en ese momento, no estaba
dispuesta a soportar las evasivas del sueco.
—¿Qué haces?
—Me voy —respondió ella—. Desde que te conocí tengo la sensación de haber cometido el
mayor error de mi vida, pero aún estoy a tiempo de rectificar.
Ichigo corrió hasta ella y la sujetó con fuerza de un brazo.
—No puedo dejar que te marches —dijo.
—Eso ya lo veremos. —Rukia ejecutó una magnífica finta que cambió las tornas e Ichigo se
encontró apresado contra la pared y con las crecientes garras de la Pura plantadas en su
yugular.
Ichigo sonrió de medio lado.
—Tienes mucho que aprender, pequeña Kia.
—¿Y vas a ser tú quien me enseñe?
—Desde luego —dijo antes de pisar con fuerza la bota de la hembra y lanzarle un codazo en el
esternón. La primera reacción de Rukia fue buscar un punto de apoyo y garantizar el
equilibrio, pero Ichigo se lo impedía manteniendo el pisotón y cayó sobre su trasero sin poder
evitarlo.
—Si quieres matar a alguien, hazlo. No pierdas el tiempo charlando —dijo.
Después, extrajo algo del bolsillo de sus pantalones y se lo entregó.
—Quizá ésta sea la prueba que necesitas para aceptar mi palabra.
Rukia observó el objeto: una pesada sortija de oro amarillo oscuro con el grabado de la runa
Algiz. Después miró a Ichigo asombrada.
—¿Crees que el descubrimiento de esta sala ha sido fortuito, Rukia? ¿Crees que encontrar la
puerta abierta ha sido por azar? ¿Crees que te he traído aquí, exponiendo el anonimato de este
lugar frente a nuestros perseguidores, porque no tengo otro sitio al que acudir? —Ichigo se
agachó levemente y la ayudó a levantarse.
—¿A quién le has robado esto?
—¿Qué? —preguntó furioso soltando el brazo de la hembra—. ¡Esto es inaudito!
—¿Inaudito? —gritó también la Pura—. ¡Inaudito es esperar que crea cada una de tus palabras
cuando jamás me has dado motivos para que confiara en ti!
—¡Ése sello es mío! ¡Mío por derecho! ¡Mío por rango! ¡Mío por sangre! —El bramido ronco de
Ichigo retumbó por toda la sala—. ¡Quieren arrebatarme todo lo demás pero no lo permitiré!
Ichigo volvió a agarrarla, esta vez de la mano, tirando con fuerza para colocarla de nuevo frente
al panel. Rukia se desasió con un tirón despectivo, pero permaneció junto a él, mirando las
fotografías.
—Llevo planeando esto mucho tiempo y no voy a permitir que ahora, que he alcanzado una
parte importante de mis objetivos, se malogre porque me recriminas no ser honesto contigo.
Nunca he dado nada por perdido, ¿sabes? Cada uno de ellos —dijo señalando el panel—,
pueden dar fe. Mira a Chad por ejemplo.
Rukia miró al licántropo de rasgos indios. Poseía una mirada oscura como el ónix pero su
aspecto franco otorgaba a su semblante una luz especial.
—Si no hubiera sido por mí, estaría muerto. Kaien. —El índice del sueco pasó a la siguiente
fotografía—. Yo le he dado todo lo que tiene ahora, la felicidad completa y el respeto que jamás
tuvo. Nemu. —La hermosa mujer poseía una sonrisa triste en el momento en que la retrataron
—. Si yo no hubiera intervenido, probablemente habría terminado en un psiquiátrico o
algo peor. Todos y cada uno de ellos han ganado mucho con mi aparición en sus vidas, ninguno
ha salido malparado.
—¿Y qué tuvieron que pagar a cambio? Puedes negarlo pero no eres precisamente altruista.
—¡No me juzgues, Rukia! ¡No eres quién para hacerlo! ¡No me conoces! ¡No sabes nada de mí!
¡Viniste para traicionarme, para matarme si te lo hubieran ordenado!
Ichigo sabía que no estaba siendo justo con ella y apretó la mandíbula con fuerza. Pero era lo
único que podía hacer para impedir que se fuera. Rukia era la clave. Ella tenía una información
vital para él, aunque la Pura no lo sabía. Obtenerla, bien valía mostrarle hasta dónde estaba
dispuesto a llegar para alcanzar su meta.
—Lo supiste desde el principio —dijo ella con el cuerpo tenso aunque trataba de ofrecer una
apariencia controlada.
—Sí.
—Y no hiciste nada.
—No.
—¿Por qué?
—Porque en cierto modo, fui yo quien te colocó en esa situación. Quiero decir, yo pedí una
infiltración de esa clase. Pero fueron otros quienes te eligieron entre las posibles opciones.
—Sé un poco más explícito.
—Has estado trabajando para mí, aunque lo ignorabas. No debías saberlo. Se encargaron de
ello antes de que llegaras a manos de Aizen. —Ichigo pudo leer en el rostro de Rukia una
absoluta incomprensión. Supo, de un vistazo, que no entendía nada de lo que le estaba
diciendo, lo que era completamente normal.
—Siéntate, por favor —le rogó, esta vez con calma—. Trataré de explicártelo todo.
—¿Desde cuándo estás haciendo esto? —preguntó mirando al sueco quién tomaba asiento en
el suelo, frente a ella.
—¿Qué?
—Manipular a los demás de este modo.
—Ya he perdido la cuenta —respondió con cansancio—. Todo comenzó cuando descubrí lo que
se cocía bajo el mando de mi padre. Isshin. —Rukia abrió los ojos desmesuradamente para
mirarlo—. Reconoces el nombre, ¿verdad?
—¡Tú! ¿Tú eres su hijo? ¿El Hati?
—Así es. Por eso te he mostrado el sello. Tienes que reconocer la runa, la mencionaste. Creí
que al verla recordarías.
—Y lo he hecho, pero ya no se qué es cierto y qué no.
—Comprendo.
—Por eso aseguras no ser un Dominante. —Rukia empezaba a entender—. Eres más que eso,
¡eres el nacido entre dos Puros!
—Sí.
—¡Pero tu padre...! ¡Tienes que hacer algo! ¡Está...!
—No es tan sencillo.
—¡Tienes que sacarlo de ahí! ¡No te haces una idea de las condiciones en las que vive!
—¡No, no lo sé! ¡Pero no puedo hacer nada aún! ¡Joder, Rukia! —De nuevo estaban gritándose
y de ese modo no conseguiría aclarar nada con ella. Respiró profundamente antes de continuar
—. Sé que deseas saber muchas cosas, pero permíteme que te lo explique todo, así tendrás una
perspectiva más amplia de en lo que estás metida. Ten paciencia.
—Está bien, pero no entiendo cómo puedes estar tan tranquilo mientras...
—Basta ya, Lena —le rogó con voz cansada alzando los dedos de una mano frente a ella pero
sin mirarla.
Rukia lo observó con nuevos ojos. En verdad el sueco poseía la entereza, la fuerza y la
prestancia de un rey, aunque sus modales dejaban mucho que desear. Espoleando su ira, Ichigo
no ofrecería concesiones. Optó por darle unos minutos en beneficio de sí misma, de ese modo
obtendría las respuestas que tanto deseaba.
—Todo esto comenzó cuando Aizen, el Dominante que nació por aquel entonces, logró hacerse
con un buen cargo en el Consejo. Fue conocido por su nueva visión de un futuro más firme y
predominante para la raza. Se basaba en la superioridad de los licos sobre los humanos y en
cómo podríamos usarlos en nuestro beneficio en varios campos; política, economía, ciencia...
En poco tiempo y gracias a sus dotes de buen diplomático y el poder mental que poseía de
nacimiento, logró grandes alianzas que apoyaron su causa. Mi padre jamás compartió sus
ideales ni su forma horrible de ver a los humanos como si fueran seres inferiores. Isshin
siempre defendió que ambas razas podían coexistir, pero nuestra existencia debía permanecer
en secreto para los humanos. La finalidad de Aizen era la opuesta. Con el tiempo, tenía
planeado que saliéramos a la luz y demostráramos nuestra supremacía sobre el mundo. O al
menos, eso era lo que predicaba ante el público...
—Es decir, que en realidad buscaba otra cosa —le ayudó Rukia.
—Así es. Hasta entonces, nuestra vida era sencilla pero práctica. La expansión vikinga ya había
comenzado. De ese modo poco a poco se fueron formando núcleos más o menos importantes,
manadas, en diferentes puntos de Europa, Asia y África. No obstante, cada una de las manadas
poseía un Alfa que recibía las pertinentes directrices de convivencia y comportamiento e
informaba de cuanto acaecía al Consejo. El comercio nos rendía buenos beneficios que eran
repartidos equitativamente para que todos pudieran llevar una vida pacífica y digna. Aunque
siempre hubo insurrectos que fueron justamente juzgados.
—Comprendo.
—Issin es el primero de los Puros nacidos de los Originales primitivos. Mi madre también lo
era. Quizá por eso, no fue extraño que terminaran uniendo sus vidas aunque ya se conocía la
imposibilidad de tener descendencia. Precisamente por eso mi concepción fue una increíble
sorpresa para ellos y se llevó con total hermetismo. Se proclamó la adopción de un lico recién
nacido y huérfano para la pareja regente y, así fui presentado a la sociedad.
»Como heredero de Isshin mi lugar debía estar junto a mi padre. Por ello, pronto me vi
sumergido en aquella marea de política y diplomacia que suponía pertenecer al Consejo. Pero
jamás me gustó y buscaba cualquier excusa para no acudir a las reuniones ni cumplir con mi
cometido. Era joven, las correrías y la diversión eran mucho más atractivas cuando se gozaba de
cierta posición social y mi padre tampoco insistió demasiado.
Supongo que su indulgencia se debía a la necesidad de mantenerme lejos de ojos especulativos
que pudieran notar en mí ciertas habilidades que no debería poseer. Así que, a cambio, me
obligaba a estudiar los antiguos escritos, decía que conociendo el origen de la raza y lo que
había sufrido para sobrevivir, aprendería a apreciar un poco más lo que habían conseguido y
desearía ayudar a mantener aquel orden de cosas.
Ése fue el motivo por el que pocos miembros del Consejo me conocieran personalmente y, por
supuesto, el secreto de mi nacimiento era un dato que aún muchos menos tenían el honor de
compartir. Pero cometieron un grave error.
—El registro de los Puros.
—Sí. Como sabes, todos los Puros deben pasar por el ritual que hace emerger su marca para
ser censados.
—Sí, nunca he comprendido qué importa el nivel de pureza ni la jodida marca. Yo soy
descendiente de dos Originales, mi pureza es la más alta, justo por debajo de los Dominantes.
Una vez eres adulta de poco sirve. Además, no la he vuelto a sentir.
—Que no te importe. No es agradable.
—Continúa, por favor.
—Cuando apareció la mía, aquí, en la frente —señaló el lugar—, se formó un gran revuelo entre
los asistentes al ritual. No obstante, mi padre pidió calma y el secretismo pertinente para mi
seguridad. Los naguales se negaron argumentando que tan insólito hecho debía celebrarse
incluso con festividades. Gracias a los dioses, lograron que no fuera así. Aunque, como Alfa
superior de todos los licos, debió acatar las leyes que regían la raza y acceder a registrarme en
los libros de las líneas de sangre, donde hicieron constar mi verdadera identidad como hijo de
dos Puros y única excepción de la especie. Automáticamente los pocos historiadores y
naguales enterados se pusieron a trabajar sobre el formidable acontecimiento. En seguida
vieron similitudes con las sagradas escrituras, las leyendas y las profecías antiguas. Y ahí
comenzó mi calvario.
