Episodio 7: Night Struggle

Luis se dio la vuelta sobresaltado, a lo lejos un hombre de mediana edad caminaba hacia ellos con andares erráticos.

- ¿Quién anda ahí? – Preguntó al aire el chico del pelo pajizo mientras agarraba la empuñadura de la katana - ¿Quién eres?

- ¡Volved a meterlas en el almacén si no queréis que os despedace, bastardos!

- ¡Oblíganos! – Le desafió Erik sin darse la vuelta.

Ante aquel reto el hombre echó a correr hacia ellos tomando una postura peculiar: había arqueado la espalda y dejado los brazos muertos mientras abría la boca, emitiendo un un audible silbido de serpiente, y mostrando unos largos y afilados colmillos que relucían a la luz de la luna. Cuando se encontraba a unos pocos metros saltó hacia ellos, poniendo su boca delante a fin de morder al que se pusiera delante, pero, de improviso, Erik volteó y propinó un certero puñetazo a las fauces del ser, que inmediatamente estalló en una nube de cenizas de la cual quedó solamente un cráneo rojizo y chamuscado; Erik, sacudiéndose la camisa, lo pisó con fuerzas, haciéndolo pedazos, y dejando a las chicas se atónitas.

- ¡Vampiros! – Exclamó pisoteando los restos de la calavera - ¡Qué asco, joder!

- Si nos ha visto uno, habrá más – aseveró Luis – tenemos que tomar precauciones.

Dicho esto, se acercó a las muchachas y, mientras trazaba un círculo alrededor de ellas con su espada, se disculpó por "el penoso espectáculo ofrecido" Tras acabar de trazarlo, plantó la palma de su mano izquierda en el suelo, creando con ello una cúpula semitransparente de color azul eléctrico que las guareció.

- Ni se os ocurra salir de ahí hasta que yo os lo indique, esa barrera os protegerá de cualquier cosa – explicó – nadie salvo yo o mi colega podrá traspasarla.

Sin decir una palabra, todas asintieron; Luis se volvió a colocar al lado de Erik, que observaba cómo un grupo variado de vampiros masculinos y femeninos se dirigían hacia ellos, haciendo los mismos movimientos espasmódicos que el anterior.

- ¿No te cansas de acertar siempre? – preguntó Erik.

- Me temo que no – contestó Luis desenvainando su Katana.

El grupo de vampiros no tardó mucho en alcanzarlos y cerrarles el paso, atrapándolos entre el almacén y ellos; eran muchos, más de 50, y cuando los dos muchachos se dispusieron a atacar, una potente voz femenina llenó el lugar.

- ¿Quiénes os creéis que sois para entrar en mis dominios y robar lo que nos pertenece? – preguntó aquella atronadora voz.

- ¿Y tú quien te crees que eres – le contestó Erik tranquilamente – para privar a la gente de su libertad?

- ¿Acaso eso os importa?

- Por norma general – intervino Luis – nos gusta saber a quien vamos a convertir en un montón de polvo humeante.

La misteriosa mujer se rió.

- Dudo mucho que podáis hacerme nada ¿Quiénes sois para creer que podéis tocarme siquiera?

Erik sonrió

- ¡Mi nombre – dijo con orgullo – es Erik Belmont!

- Y yo soy – continuó Luis – Luis Fernández.

- Entonces – respondió la voz – sois esos dos cazadores que cada noche salen a exterminar a los míos, aquellos de los que se dice que son capaces de pasar noches enteras luchando.

- Las habladurías son sólo eso – comentó Erik – los rumores siempre exageran, pero si es cierto que salimos a cazar todas las noches.

- Y ya que sabes nuestros nombres – completó Luis – no estaría de más que te presentaras y te mostraras, no nos gusta hablar con el aire.

Instantes después una fuerte presencia apareció en el lugar; ambos cazadores, sorprendidos, recorrieron la zona con la mirada, podían sentirla en todo el lugar, finalmente alzaron la vista al tejado del almacén justo para ver a aquella vampiresa materializándose a partir de un jirón de niebla.

Era increíblemente bella, su ondulado cabello era negro con reflejos verdosos, un vestido de seda color carmín revestía su escultural cuerpo, mostrando un generoso escote, sus labios estaban pintados con un color negro azulado y su piel tenía una palidez mortal; tras terminar de aparecerse, dio un paso al frente y sonrió, revelando unos colmillos que terminaban de identificarla como una hija de la noche.

- Me llamo Erzhabeth Barthory – reveló finalmente – bienvenidos a vuestra tumba.

- ¿Barthory? ¿la condesa sangrienta? – Preguntó Erik atónito – ¿Qué haces de nuevo en este mundo?

Erzhabeth sonrió

- He sido llamada porque se me necesita aquí ¡Y basta de cháchara! Muchachos – llamó a los demás vampiros – encargaos del musculitos, el pelirrojo es mío.

Los vampiros comenzaron a avanzar hacia ellos, amenazantes. Erik desenvainó su espada, pero Luis le detuvo; agarrándole el brazo e indicando simplemente "estos son míos" lo empujó hacia donde se encontraba Barthory y, katana en mano, se dejó atrapar por la marabunta vampiresca, mientras el Belmont, en lugar de intentar ayudar, se encaró con la condesa

- ¿Tanto miedo tienes a mis vasallos que prefieres venir a por mi?

- No – respondió el Belmont, envainando la espada – lo que pasa es que Luis con eso no tiene ni para empezar, yo ahí no soy necesario - La condesa sonrió con escepticismo – y dime… ¿Por qué quieres encargarte exclusivamente de mí?

- Creo recordar que Jonh Morris tenía lazos con la familia Belmont, así que a falta de poder acabar con alguno de sus descendientes – su rostro se transformó, ahora reflejaba odio y maldad – serás tú quien se convierta en, como tu amigo dijo, un montón de polvo humeante.

Alrededor de la condesa aparecieron cuatro llamas de color azulado que no emitían luz alguna, ésta extendió los brazos con una sonrisa macabra dibujada en el rostro; Erik dio un paso atrás, no le gustaba cómo pintaba aquello.

- ¿Fuegos fatuos? – preguntó

- Sí, muchacho, almas en pena que no han podido subir al cielo o bajar al infierno, y que he llamado para servirme, si te tocan te carbonizarán – de repente señaló a Erik, su cara se contorsionaba en un gesto de locura - ¡A por él! ¡Que no quede nada!

Las cuatro luminarias salieron disparadas directamente hacia el cazador, Erik corrió intentando no dejarse tocar por ellas, mientras Erzhabeth le seguía con la mirada, con gesto disgustado al ver que sus llamas no podían alcanzar al Belmont; finalmente y tras dos minutos de carrera, el pelirrojo se dio la vuelta y extendió su mano derecha, con la que expelió una enorme llamarada rojiza que engulló los cuatro fuegos fatuos, volatilizándolos.

- ¿¡CÓMO!? – Gritó la condesa enfadada.

- A grandes males, grandes remedios – comentó Erik – no me suele gustar usar este poder a menos que sea indispensable…

- Así que dominas el fuego – dedujo Erzhabeth.

- Un pequeño regalito de los Fernández, fueron ellos quienes me ayudaron a despertar esta habilidad – contestó Erik mientras se aproximaba de nuevo a la condesa Barthory – ¡Adivina con qué te voy a devolver al infierno!.

Barthory descendió del tejado del almacén y se posó en el suelo, notablemente enfadada, pero sin perder su retorcida sonrisa; en un momento dado miró más allá de Erik, donde Luis continuaba luchando contra sus vampiros, probablemente esperando verlo despedazado por sus huestes, porque su confiada sonrisa cambió a una exagerada expresión de sorpresa.

Alrededor del Fernández no quedaban más que cenizas esparcidas por todo el suelo y algunos cráneos chamuscados; el joven sujetaba por el cuello a un vampiro de aspecto anciano, que se debatía furiosamente por escapar de su presa hasta que finalmente Luis, con gesto indiferente, apresó su cara con la mano izquierda y le propinó una descarga eléctrica que recorrió todo el cuerpo del chupasangres durante un segundo, hasta que acabó reducido a cenizas, cráneo incluido.

- ¿Recuerdas lo que te dije sobre mi colega? – preguntó Erik, con una relajada sonrisa dibujada en el rostro.

Erzhabeth apretaba los dientes de pura rabia, le costaba creer que aquel muchacho hubiera eliminado a más de 50 vampiros él sólo, y que el otro hubiera sido capaz de anular sus fuegos fatuos.

- ¡OS MATARÉ A LOS DOS! – Gritó mientras un centenar de dagas luminosas se generaban a su alrededor - ¡OS DESPEDAZARÉ!

Ambos cazadores desenvainaron sus espadas, los cuchillos salieron volando hacia ellos con una velocidad inusitada, algunos pasaron volando a su lado, otros les provocaron heridas de diversa consideración y el resto, los más peligrosos, consiguieron desviarlos usando sus armas; cuando creyeron que todo había pasado y encararon a la condesa para contraatacar, vieron que ésta sonreía, escamados, se dieron la vuelta y comprobaron que todas las dagas que no habían desviado volvían hacia ellos. Ésta vez Luis se adelantó y, extendiendo el brazo izquierdo con la mano abierta apuntando con los dedos hacia delante, empezó a lanzar enormes descargas eléctricas que, uno por uno, destruían los brillantes cuchillos, fallando uno que se le escapó y clavó en el hombro derecho, inutilizándole el brazo.

- ¿¡Estás bien!? – preguntó Erik, alarmado

Con gesto de dolor, Luis se arrancó el cuchillo y lo arrojó lejos.

- ¡Mierda! – murmuró.

Erzhabeth Barthory sonreía de satisfacción, esta vez a su alrededor se materializaban pequeñas picas de hielo que apuntaban directamente a ellos. En respuesta, Erik se plantó delante de Luis, con ambos brazos estirados uniendo las palmas, formando con ambas manos lo que parecía imitar la boca de un reptil, la cual abrió cuando la condesa les azuzó su ataque, liberando un intenso fulgor seguido de una intensa llamarada al grito de "DRAGON BREATH"

El ataque volatilizó al instante las picas heladas, y cuando el fuego se hubo disipado, se encontró a la propia vampiresa embistiendo, intentando atacarle con sus garras.

El cazador la bloqueó con la funda de su espada y la rechazó propinándole una palmetada en la cara, para acto seguido atacar; ambos se cruzaron en un intercambio de golpes hasta que, finalmente, el Belmont desenvainó, rozando a Erzhabeth con su espada y provocándole una herida superficial que la hizo retirarse, alarmada.

Aquella espada quemaba como el fuego.

- ¿¡Pero qué demonios es eso!? – preguntó la condesa

- En nuestro gremio, cada uno de los miembros más notables tiene un apodo que, generalmente, es elegido por nuestras capacidades, Luis por ejemplo es conocido como Rycuda – explicó Erik – y yo… bueno, a mí me llaman Crimson dragon… El dragón escarlata.

- ¿¡Y a qué viene esa sarta de tonterías!?

- Viene – contestó él – a que ya que nos conocías, deberías haberlo sabido, la espada que he usado para atacarte es uno de los motivos por los que se me conoce con ese nombre – Erik jugueteó un poco con su arma, que se incendió tras agitarla un par de veces en el aire, envolviéndose en llamas – ésta portentosa espada es Laeviathan, más conocida como Salamander, y también como Lengua de dragón – en ese estado, Erik la clavó en el suelo, momento en que la hoja dejó escapar una llamarada que ascendió como una pequeña columna de fuego – no hay vampiro que pueda resistir un solo tajo de de ésta espada, y tú no eres la excepción.

- ¡Bah! ¡Sandeces! – Exclamó la condesa con desprecio - ¡Os mataré a los dos y usaré vuestras cabezas para adornar mis aposentos!

Erik desclavó la espada del suelo

- Eso está por ver

Ambos estaban preparados, cuando de repente Erzhabeth Barthory desvió su mirada a la luna y sonrió.

- Habéis tenido suerte – espetó – mi misión ya está cumplida, me marcho - el cuerpo de la condesa empezó a desvanecerse entre llamas azules, ante los ojos atónitos de Luis y Erik - ¡La próxima vez que nos veamos, si es que seguís vivos para entonces, acabaremos lo de esta noche!

Y, tras una risotada, desapareció.

Cuando la condesa se hubo desvanecido por completo, ambos miraron a la luna preguntándose qué tenía que ver con que Erzhabeth Barthory se marchara, y cual era su misión.

Pero lo que más preocupaba a Erik era qué hacía Erzhabeth de nuevo entre los vivos.

Y, sobre todo, un extraño presentimiento que, de repente, encogía su corazón.