Lucy temblaba en la bañera de agua fría, aunque apenas se daba cuenta. Todavía pensaba en el joven que se había burlado de ella diciéndole que cerrase el pestillo. ¿Seguiría ahí fuera, esperando para verla «bien limpia», como había dicho? La desconcertó un poco que aquella idea le gustase… no, que la excitase.
Ojalá él le hubiera dicho quién era… ay, santo cielo, ¿y si era Laxus Dreyar? No, por supuesto que no, no con aquellos ojazos azules como el cielo, cuando sus dos hermanos los tenían castaños. Además, Laxus se había marchado del rancho. Ella misma lo había visto saliendo al galope.
Chasqueó la lengua y salió de la bañera, y gruñó al caer en la cuenta de que no tenía nada limpio que ponerse. Estaba tan acostumbrada a tener una criada que se anticipaba a sus necesidades que no lo había previsto. Pero no se iba a poner otra vez aquellas ropas polvorientas. Se envolvió en una toalla y abrió la puerta una rendija para pedir ayuda y que le trajeran la maleta. ¡Sting, bendito fuese! Había sido lo suficientemente considerado para darse cuenta de que la necesitaría.
Poco después se observaba en el espejo oval de la mesilla de afeitar para asegurarse de estar por fin presentable. Limpia sí, pero apenas presentable, al menos no según su propio baremo. No había tenido tiempo para seleccionar la ropa de su maleta porque en cualquier momento podía entrar alguien en la cocina. Había cogido un vestido amarillo entre el montón que había. No estaba segura de haberse abrochado bien todos los botones de la espalda, y tampoco podía volverse lo suficiente para comprobarlo. Lo mejor que había podido hacer con su pelo mojado había sido atárselo en una coleta. Empezaba a darse cuenta de lo mucho que dependía de una criada ya que ni siquiera había logrado recogerse los cabellos con horquillas.
Con un suspiro, abrió la puerta y se encontró con Sting a punto de llamar. Él se quedó plantado sin decir nada, así que habló ella:
—Bueno, ya he terminado de utilizar su bonita bañera.
Sting logró apartar la mirada de su rostro y miró la bañera.
—Mamá pidió este artilugio de un catálogo de lujo que le mandaron de Saint Louis. Tendría que haber oído las risotadas cuando llegó, aunque tengo que admitir que es jodidamente mejor que clavarse astillas en el culo.
Lucy no hizo ningún comentario sobre aquel lenguaje tan grosero; le había oído cosas peores a su madre. Layla había adquirido un amplio vocabulario de sus años en el Oeste.
—Gracias por traerme la maleta. Ahora subiré a elegir una habitación para que me la...
—No he sido yo quien la ha traído. Y mi padre...
Y hasta allí llego antes de quedarse otra vez mirando la embobado. No era una reacción extraña para ella. Ya había habido hombres que la habían mirado de aquella manera, aunque nunca hombres a los que ya se hubiera presentado. Estuvo tentada de decirle que cerrara la boca, aunque eso lo avergonzaría, así que se abstuvo. Además, había sido culpa del que su aspecto hubiera quedado tan desfigurado por el polvo y la mugre.
Lucy trato de no sonreír cuando le urgió a continuar.
—¿Su padre?
—Quiere... —comenzó Sting, pero, aparentemente todavía maravillado por el aspecto de Lucy, dijo—: Nunca había visto a una chica tan bonita como usted. —Y al punto se sonrojó—. Perdone. Papá quiere conocerla enseguida. Me ha enviado a buscarla.
—Naturalmente. Muéstreme el camino.
Sting asintió con la cabeza; sus mejillas seguían rojas.
Lucy desistió de seguir el paso de sus largas zancadas. Pero él no le tomó demasiada delantera y se detuvo ante la puerta principal, sosteniéndola abierta para ella. ¿La llevaba fuera? Empezó a fruncir el ceño hasta que él señaló a un extremo del porche donde estaba sentado un vaquero —bueno, probablemente no fuera un vaquero, sino un hombre ataviado como tal—. Tenía que ser el dueño del rancho, el padre de su prometido.
—Acabo de llegar a casa —le dijo el hombre mientras la joven se acercaba a él lentamente—. Me sorprendió saber que mis hijos lo habían conseguido. Me llamo Makarov Dreyar. ¿Y tú?
De repente Lucy se puso tan nerviosa que no podía recordar el nombre que iba a utilizar. Aquel hombre era el peor enemigo de su padre y, por ende, también de ella. Tal vez ella no amaba a su padre, pero sí que amaba al resto de su familia. Y aquel hombre podía poner fin a la enemistad, si quería. En cierta manera tenía que estar abierto a la posibilidad, de lo contrario jamás habría aceptado ponerle fin mediante una boda, ¿no? ¿Cómo se llamaba el ama de llaves?
—Jennifer Realight —espetó, de repente iluminada.
El hombre pareció no apercibirse de sus nervios y señaló una silla a su lado. Él no se levantó. Tal vez lo habría hecho por una dama, pero no por una sirvienta. Lucy obvió la silla, porque estaba llena de polvo y él estaba fumando un puro, cuyo humo iba directamente a la segunda silla.
Aparentaba unos cuarenta y tantos, aunque todavía tenía el pelo rubio como el sol. Ojos castaño oscuro con arrugas en forma de abanico a ambos lados. Patas de gallo, las llamaba Layla. Solían ocultar un temperamento afable. Y era un hombre bastante apuesto, lo que no era sorprendente. Layla ya le había dicho que lo era. Y Lucy había visto la prueba de ello en dos de sus hijos.
Se sacudió el malestar, recordándose que tenía un papel que interpretar.
—¿Por qué se marchó su última ama de llaves, si no es mucho preguntar?
—Nunca la tuvimos, y hace poco se marchó nuestro cocinero, por lo que nos alegramos de tener aquí. ¿No te vas a sentar?
Iba a tener que corregir su creencia de que sería su cocinera, aunque todavía no se veía con el valor suficiente para hacerlo, así que se limitó a decir:
—Sin ofender, señor, pero no soporto el olor a humo.
—No me ofendes. Mi esposa tampoco me deja fumar en casa. Y yo sigo está normal incluso ahora que ya no baja.
Lucy no se lo pudo creer. ¿Tenía esposa? Visto el estado de la casa, había dado por hecho que su mujer había fallecido.
—¿Y por qué no estoy hablando con la señora Dreyar, entonces? Mi trabajo sería más de su competencia.
—No molestemos a Porlyusica con pequeñeces. Sufrió una mala caída hace unos meses y tiene que guardar cama hasta que se le arreglen los huesos. Si necesitas algo o tienes preguntas, ven a vernos a mí o a mi hijo mayor, Laxus.
¿Qué le pidiera a su prometido ayuda con su trabajo? Se los imagino a los dos fregando el suelo, codo con codo, de rodillas, y tuvo que reprimir una risita histérica. Además, sólo dos personas tardarían una eternidad en limpiar una casa de ese tamaño. Haría falta un ejército para dejarla decente.
—El estado de su casa es atroz —dijo sin pelos en la lengua—. Me habían dicho que tenían criadas, pero no veo ninguna.
Makarov empezó a fruncir el ceño. Lo había vendido. Se puso tensa, esperando una reprimenda y temiendo perder los estribos y abandonar su farsa incluso antes de haber empezado. Sin embargo, Makarov se rió.
—Vaya, hablas muy claro para ser una sirvienta. —¿Aquello le divertía?—. No sé qué significa eso de «atroz», aunque imagino que nada bueno. También tengo ojo, muchacha. Sé que la casa está sucia, pero hemos andado escasos de servicio últimamente. Cuando Ed el Viejo se marchó por las buenas, también se llevó a su ayudante en la cocina. Lisanna limpia la planta baja, pero su hermana enfermo y pidió una semana libre para ayudar con los bribonzuelos de sus sobrinos. Y Yukino, que se encarga de la planta de arriba, dijo que se marcharía si también tenía que hacer la faena de Lisanna. Algo que no podía permitirme con este panorama. Bien, ahora estás tú aquí para que todo esté limpio —terminó Makarov con una sonrisa.
Lucy se horrorizó aún más. No era suficiente desgracia que estuviera con una sola sirvienta, aunque fuera temporalmente, sino que incluso los cuatro que había tenido no eran suficientes para requerir a un ama de llaves que los supervisara.
—¿Es usted consciente, señor, de lo que hace realmente un ama de llaves?
—Jamás he tenido ninguna, ni siquiera había oído hablar de ellas hasta que supimos que Jude te hacia venir a ti de Chicago y tuve la idea de privarle de tus talentos, sean cuales sean —dijo riendo.
Era evidente que lo consideraba como un tanto que se anotaban frente a los Heartfilia. ¿Habrían recurrido ambos bandos a bromas de ese tipo durante la tregua? ¿Era permisible cualquier cosa que molestara a los vecinos? Lucy se reservó cualquier observación. A fin de cuentas, era mejor que el derramamiento de sangre.
—El trabajo de un ama de llaves es tener la casa en orden —explicó Lucy—. Sin embargo, ella no limpia la casa. Es lo que podría considerarse una representante de la señora de la casa, que le permite dedicar su tiempo a sus hijos y otros pasatiempos. El ama de llaves se encarga de que la casa vaya como una seda, que esté impecable, que todos los criados cumplan con sus tareas. Raramente se necesita a un ama de llaves si no hay una numerosa plantilla de criados, ya que su deber es supervisarlos. También puede encargarse personalmente de objetos de valor, cosas como la porcelana buena, la plata o cualquier cosa que no se quiera confiar a las manos de una simple criada.
Makarov reflexionó un momento.
—Bueno, no tenemos porcelana buena. Porlyusica había tenido una cubertería de lujo, pero la consideraba demasiado elegante para utilizarla alguna vez, así que se está oxidando en el desván. No tendré una legión de criados para que les mandes, pero puesto que tendrás que encargarte de cocinar, supongo que ya estarás demasiado ocupada.
—Yo no cocino —replicó Lucy, inflexible.
—Sí, ya lo has dicho. No lo has mencionado en la descripción que acabas de darme. Pero como te pago el doble y no tienes la intención de coger una escobas, serás también nuestra nueva cocinera.
—No ha enten...
—Además, Jude Heartfilia tampoco tiene una legión de criados. Seguro que también te habría pedido que te dedicases a otras tareas, y sin pagarte el doble. Así que, ¿por qué no te muestras más agradecida, eh?
Lucy se ruborizó. ¿Estaba a punto de ser despedida? Pero ¿cómo se suponía que iba a hacer algo que no sabía hacer? Su plan no iba a funcionar. Había sido una locura creer que funcionaría. El trabajo de ama de llaves no era tan difícil como para que no pudiera haberlo desempeñado un par de meses. El trabajo de cocinera era mucho más práctico y requería unos conocimientos que ella no poseía. No necesitaría más de una mano para contar el número de veces que había puesto los pies en una cocina antes de aquel día. Su madre empleaba a más de un chef y media docena de pinches. La comida que preparaban era exquisita, siempre interesante, aunque a ella jamás le había interesado saber cómo se preparaba como para adentrarse en sus dominios, el lugar más caluroso y sucio de la casa.
Podía aprender a cocinar, imaginó, aunque no sin instrucciones o... ¡un libro de cocina! Dudaba que en la tienda del pueblo vendieran libros, menos aún de un tema tan concreto. Además, incluso en el milagroso caso de que encontrara un libro de recetas en un pueblo como Nashart, eso no la salvaría aquella noche si esa gente esperaba que les diera de cenar. Y la tarde ya estaba muy avanzada. ¡Tal vez habría tenido que comenzar ya a preparar la cena!
—¿Cómo es que no estás casada, siendo una chica tan hermosa?
La pregunta interrumpió sus pensamientos y devolvió su mirada hacia Makarov. Casi con una sonrisa, le respondió:
—Estoy prometida. —Cosa que le pareció divertida porque era cierta, tanto para Jennifer como para ella misma.
Aunque, a juzgar por su expresión agria, a Makarov no le gustó aquella respuesta y enseguida dijo por qué.
—No pensarás largarte y abandonarnos cuando te cases, espero.
—Ace... acepté un periodo de prueba de dos meses aquí. Si me gusta el lugar y el trabajo, entonces mi prometido aceptado empezar nuestra vida de casados aquí, en vez de en California, que era su preferencia.
—¿Y te ha dejado venir sola aquí?
—Fue una cuestión de necesidad —respondió pensando en lo que habría dicho Jennifer—. Los dos estamos ahorrando para comprarnos una casa propia en cuanto estemos casados.
Makarov rió entre dientes.
—De modo que te estoy ayudando a casarte un poco antes, ¿no? Pues no te preocupes, porque te vas a ganar cada centavo y hasta más. Incluso esperamos una visita del Este durante el verano, y Porlyusica temía no poder ofrecerle lujosas comidas ni tejer unas cortinas nuevas para el salón. Bien, ya tendrás tiempo para saber cómo te las apañas.
Lucy gruñó para sus adentros, temiendo que la visita de la que hablaba fuera ella misma. ¿En serio quería impresionar a la prometida de Laxus? ¿O solo su esposa lo quería?
Decidió averiguarlo, preguntando con cautela:
—¿Reciben habitualmente visitas de tan lejos?
—Esta visita no tiene nada de habitual —dijo malhumorado.
Lucy sabía que se estaba pasando de la raya, que un ama de llaves no sería tan atrevida, pero no pudo evitar la pregunta.
—¿Quién es?
—Es un tema delicado, muchacha. Me revuelve las tripas solo pensarlo —dijo con una mueca. Pero cuando vio que ella lo miraba con lo ojos tan abiertos, corrigió, a modo de evasiva—. Es alguien que tiene que ver con un antiguo acuerdo de negocios. Tú preocúpate de solo de tener la casa en orden.
Sí que se refería a ella. Y era evidente que aquel acuerdo matrimonial le resultaba tal desagradable como a ella. ¿Se arrepentiría de lo acordado hacía ya tantos años? En ese caso, ¿por qué no lo anulaba? ¿Era cuestión de honor? ¿O tal vez los Dreyar habían vivido con la esperanza de que ella no alcanzase la edad adulta para casarse con su heredero? Le gustaría poder preguntarlo, pero como Makarov no había querido mencionar su nombre ni los esponsales, no podía. Como fuere, la falta de personal en la casa era un problema importante y sin duda tenía que mencionarlo.
—Lo que he visto en su casa es mucho más que acumulación de polvo y mugre debida a la ausencia de una criada, durante unos días. Resulta evidente que su criada de la planta baja no ha estado cumpliendo con sus deberes.
—Ni se te ocurra despedirla, muchacha —repuso Makarov entornando los ojos—. Aquí las criadas no crecen en los árboles.
—Los despidos y contrataciones le atañen a usted, por supuesto. Yo me limitaré a hacerle recomendaciones.
—¿Y esperas que yo las acepte?
Makarov no parecía muy contento, pero al menos tampoco parecía enojado. La palabra sería «aturdido». Era un ranchero nada familiarizado con la jerarquía de los sirvientes. Y teniendo en cuenta los pocos sirvientes que de hecho empleaba, no era nada sorprendente.
—Podremos tratar este asunto cuando haya conocido a la criada de la planta baja y sepa si es una holgazana o simplemente está mal preparada. Pero como parece que no va a volver a tiempo de hacer el trabajo que necesita una atención inmediata, solicito poder utilizar a alguno de sus vaqueros para que me ayuden a poner esta casa en condiciones decentes.
Makarov soltó una carcajada.
—¡No querrán limpiar la casa! Son ganaderos, no criadas. Aunque tal vez accedan si se lo pides tú. —Y volvió a reírse al imaginárselo.
—¿Usted no les dirá que me ayuden?
—Demonios, no. No me arriesgaré a que me abandonen unos buenos vaqueros porque tú no sepas manejar la escoba.
Lucy volvió a sonrojarse. No era cuestión de saber o no saber, pensó indignada, sino cuestión de marcar la raya, y ella la suya la marcaba allí. Contrataría y pagaría a las criadas ella misma si había alguna en el pueblo, aunque no parecía haberlas. Evidentemente, a Makarov no le importaba arriesgarse a que «ella» se largara y lo abandonara. Y estuvo a punto de hacerlo. Aquello era intolerable. ¡Su casa era una pocilga!
Estaba en un tris de confesar quién era realmente y exigir que la volvieran a llevar al pueblo cuando Makarov miró detrás de ella y dijo:
—Laxus, lleva a nuestra bonita ama de llaves a la cabaña de los jornaleros. Que descubra por las malas que los vaqueros no van a barrer el suelo por ella.
