Capítulo 9

Cerró la puerta con el corazón palpitante. Se sintió enérgica y con mucha vitalidad. Se recargó contra la puerta auténticamente feliz de escuchar a Scott decir aquello. ¿Acaso había oído bien?, se preguntaba sonriendo. Sin embargo, lo que más la hacía sonreír era que quizás él la deseaba tanto como ella a él. Haber compartido ese pequeño momento en la cocina la gratificaba tanto especialmente cuando se sintió contenida entre sus brazos. A nadie se hubiese atrevido a revelarle aquel oscuro recuerdo pero había algo en él que le proporcionaba seguridad y protección. Esperaba impaciente volver a verlo pronto.

Algo lejos de allí en su casa, Scott alimentaba a Jax, el cual le ladraba juguetón.

—Vaya, sí que tienes hambre—dijo acariciando su lomo.

Le proporcionó más cantidad de alimento y recordó sonriendo cómo Jean se había referido a que él estuvo así de hambriento. Oyó cómo el can masticaba los alimentos. Cuando se cercioró que ya estaba saciado se fue a su dormitorio. Palpó los vidrios señalados de sus anteojos. Podía comprar otros, pero sintió pena por los muebles de Jean y todo por culpa de aquel infeliz. Pensaría pronto una forma de ayudarla. No podía permitir que siguiera viviendo en esas condiciones de inseguridad y menos aun con ese psicópata cerca. No pasaban ni diez minutos y su mente ya estaba invadida por recuerdos de Jean. Mientras se desvestía muchas preguntas se formulaban en su mente. ¿Podía confiar en Jean? ¿Podría darle una oportunidad? Se sacó la campera y el aroma a jazmín aún perduraba tanto como ella en el interior de su ser. Se desabotonó la camisa y sintió el compresivo vendaje que ella le había hecho. No había lugar para dudas: ella valía la pena.

Se sentía débil como para hacer algo de ejercicio así que cenó y se fue a dormir.

Al día siguiente, llegó temprano a la comisaría. Parecía que Scott Summers no podía hacer nada incorrecto por una vez en su vida. Su agudo oído sentía los cuchicheos de sus compañeros. Sólo había faltado un día, acaso un hombre no podía faltar al trabajo llevando una labor intachable en esos ocho años desde que había ingresado a la comisaría.

Fue a su despacho sintiéndose un poco incómodo por los cotilleos de sus compañeros. Al rato, entró Hank. Pudo sentirlo.

—Hank...—mencionó sintiéndose culpable.

—Descuida, muchacho. No importa lo que digan allá afuera. Para mí, tú eres intachable.

Pensó un momento cómo decirle a Hank lo que sabía acerca del anciano de 70 años desaparecido. Hasta que se le ocurrió una idea para mentirle y ocultar la verdad de cómo obtuvo esa información. Todo para proteger a Jean.

— ¿Puedo acompañarte a ti y a los chicos de rescate al río?

—No, Scott. Sabes que es muy peligroso para ti. El río es muy caudaloso y tú...—siempre le costaba referirse a ese aspecto.

— ¿No veo?

—Sí. No puedo perderte. Te conozco desde cuando yo no tenía canas—dijo escapándosele una carcajada.

Scott sonrió. A veces su buen humor lo contagiaba.

—Es que tengo ganas de ir. Estoy seguro de que en algo puedo ser de ayuda. Era un hombre que considerando su edad no pudo haber llegado lejos. De seguro está muy cerca del río—plantó la duda.

Hank se quedó pensando. Lo que Scott había dicho le causaba inquietud. Además era uno de sus mejores investigadores. Cierto era que desviaron la atención de las orillas concentrándose en la teoría de que el río pudo haberlo arrastrado. Como en todos los casos las personas caían y eran encontradas a lo lejos. Sin embargo, no se perdía nada intentando una nueva búsqueda.

—No, Scott. Me niego a dejarte ir. Lo que sí puedo hacer es enviar a los chicos de rescate a supervisar las cercanías. Bien hecho por pensar así.

—Sólo hago mi trabajo.

—Deberías valorarte más. Todo lo que haces aquí es útil tanto para mí como para los muchachos.

—Gracias por tus palabras, Hank.

—Nos vemos luego, Scott.

Cuando la puerta se cerró, una sonrisa triunfante apareció en el rostro de Scott. Esta se intensificó aún más cuando escuchó cómo los muchachos de rescate se preparaban junto a Hank para ir al río.

Terminó su jornada laboral y se marchó a casa. Durante todo el día no supo de Jean ni tenía cómo contactarse con ella. Quería saber cómo estaba ella y sobre todo si se encontraba bien. La extrañaba.

Todo era alegría en la comisaría por la mañana siguiente. Los cuchicheos del día anterior se convirtieron en elogios. Sintió el brindis de los compañeros en algunas oficinas. Llegó a su despacho y se sentó tranquilamente. Luego entró Hank tan veloz como un rayo.

— ¡Scott! Tenías toda la razón. Lo encontramos. Sólo lamento decirte que lo hayamos sin vida. Hallamos su cuerpo ya en estado de descomposición.

— ¿En serio?

—Sí, chico. Nuevamente felicitaciones por tu trabajo. Es el mediodía. Como premio, puedes retirarte temprano—dijo para luego marcharse.

Todos festejaban pues así lo sentía cuando salió de su despacho. Ninguno le ofreció unirse a ellos. No podía culparles ya que él tampoco nunca tenía intenciones de festejar. Su vida era bien aburrida de no ser por su única compañía, Jax. Aunque poco a poco sentía que Jean iba encajando en su vida llenando ese pequeño vacío que tenía.

Llegó a su casa, se sacó el abrigo y la camisa para ponerse algo informal.

— ¿Quieres salir, muchacho?

Jax ladró.

—Tomo eso como un sí.

En pocas oportunidades se le presentaba un día libre al año. Lo mejor sería aprovecharlo. Buscó la correa de Jax y lo sacó.

Pensó en ir a la plaza. Lo bueno de salir con Jax era que podía prescindir del bastón. Jax, como fiel lazarillo, simplemente lo guiaba.

No muy lejos de allí en el banco que alguna vez compartió con él se encontraba Jean leyendo el periódico. Se fijó en la sección policiales y leyó el titular ''El comisario Hank Mccoy anuncia el hallazgo de George Walker sin vida''. Se preguntó quién podría ser ese George Walker. Se intrigó y comenzó a leer apresuradamente.

Persona de sexo masculino... desaparecido... en el río Baird... 70 años... Scott Summers...

Se asustó. ¿Podría él delatarla? Continúo leyendo detenidamente.

El hallazgo fue realizado por el equipo de rescate de la comisaría a cargo de Hank Mccoy. El comisario destaca el mérito de uno de sus hombres, Scott Summers, detective, quien indagó en la investigación y propuso la búsqueda intensiva en las orillas del río Baird. Gracias a este hombre se dio con el paradero del anciano George Walker lamentablemente sin vida...

Inmediatamente se relajó suspirando con una mano en el pecho. Su temor hacia Logan era tan grande que le nubló la confianza en Scott. ¿Cómo podía desconfiar de Scott? Se sintió un poco mal por haber dudado de él. Después de todo, ante sus ojos vio cómo la había defendido.

Scott… pensó alegrándose por el prestigio que obtuvo y obtendría.