CAPÍTULO XX
Finalmente, llegó el día de la primera cita con el psicólogo de Nicole, el doctor Burke Jaffrey.
Candy se encontraba junto a su hija, aquella tarde fría de fines de octubre, en el consultorio del profesional, mientras esperaban a que las hiciesen pasar. La chiquilla hojeaba un libro infantil que llevaba consigo y su madre pensaba en la conversación que había tenido con Terry hacía un par de días, justo después de haberse entrevistado con la directora de la escuela:
- ¿Por qué no quisiste despertarme para acompañarte al colegio, Candy?, también es mi hija – el tono de voz del actor era serio pero no estaba enojado.
- Te vi muy cansado, Terry, y consideré justo hacerlo yo. La misteriosa maestra Sue resultó ser una invención de nuestra hija. Hemos acordado con la directora que seguirá el tratamiento psicológico. Consideré innecesaria tu intervención ya que cada vez me convenzo más de la insistencia de Nicky en llamar la atención. Los amigos imaginarios son hasta cierto punto normales y me gustaría escuchar la opinión del psicólogo. Ahora más que nunca debes enfocarte a tu trabajo si tienes esa representación especial. No debes preocuparte por eso. Yo me encargaré de la situación, cariño. Creo que no es algo muy grave. Concéntrate en tu actuación – logró calmar el ánimo del actor para así obtener, el resultado que esperaba.
- Promete tenerme al tanto de lo que pasa con Nicole. Sé que por ahora estaré muy ocupado con la obra pero confío en que lo harás. No quiero que pases por ningún motivo el decirme cada cosa que suceda en esa casa cuando estés con ella. No quiero que me llegues a ocultar la verdad Candy, ¿prometido? – dijo no muy convencido él, y ella asintió. La rubia tuvo que hacer un sobreesfuerzo humano para no llorar frente a su marido.
El actor se había quedado mucho más tranquilo y se dedicaría por completo a su proyecto. Trataría de pasar más tiempo con sus hijos, cuando sus actividades le permitiesen llegar temprano a casa. Luego, le había tenido que comentar lo sucedido con el ama de llaves.
- Theresa envió una carta, Candy. La encontré sobre la mesa. Tuvo que irse repentinamente, por la enfermedad de un familiar – la rubia asintió recordando al instante la carta que le habían mostrado las empleadas.
- ¿Es algo grave? – inquirió con un poco de preocupación, puesto que era su mano derecha en las faenas del hogar.
- No lo creo. De todas maneras estaré al tanto de su ausencia. Espero que nos dé noticias pronto sobre su situación. Ahora, me despido pecosa. Te amo – Terry le dio un cariñoso beso y se fue, dejándola sumida en un mar de pensamientos.
Por primera vez en toda su vida, la ojiverde había mentido a su marido y eso le hizo sentirse miserable.
Tenía que llegar al fondo de todo lo que acontecía por sí misma, ya que se sentía culpable de la actitud que tenía su hija hacia ella. Ahora, su fiel ayudante había partido dejándola a cargo de las responsabilidades hogareñas. Se tendría que organizar con Diana y Lydia.
Durante los días posteriores a su entrevista con la directora del colegio, fue testigo del radical cambio en la gemela, y los constantes mimos y cariños que desplegaba hacia Terry, no así para con ella, y esto le dolía profundamente. Tenía sus esperanzas puestas en las terapias psicológicas y en su fe.
La voz de la joven asistente la distrajo por un momento:
- Por aquí, señora Grandchester – la mujer y su hija siguieron a la secretaria hasta el consultorio.
Un hombre de complexión robusta, estatura mediana y semblante serio les dio la bienvenida.
Vestido de manera formal, su bata blanca resaltaba sobre la tela oscura de su fino pantalón, dejando entrever una camisa azul claro y una corbata a rayas azules y lilas. Tenía unas cejas medianamente pobladas y portaba unos diminutos lentes de armazón metálico sobre los pequeños ojos de color café claro.
A Candy le causó algo de curiosidad su apariencia.
Después de los saludos correspondientes, el hombre indicó a Nicole el pequeño diván donde debía recostarse para iniciar la sesión. Ésta fue muy servicial y amable con el que sería su psicólogo, respondiendo con una discreta risa a las bromas que el profesional le hacía, mientras la iba interrogando. Ya tenía antecedentes del caso, por lo que esperaría a precisar ciertos detalles, en cuanto tuviese la oportunidad de hablarlo con la madre:
- Cuéntame cómo era tu vida en Chicago, Nicky – la pregunta amable del galeno le había dejado pensativa. Candy sólo observaba.
- Estudiaba en el hogar con mis verdaderos amigos. Solíamos organizar muchas actividades cuando así nos lo permitían las profesoras. Conocimos al padre árbol. Mi mamá nos contó la historia de ese lugar y ahí lo aprendimos a querer por igual. Mi hermano nunca quiso treparlo pero yo sí logré llegar hasta la copa – señaló con orgullo la gemela. Su madre sonrió melancólicamente ¡Qué tiempos aquellos!
- ¿Y esa historia me la querrías contar? – el hombre cruzó una pierna sobre su rodilla y se acomodó para seguir escuchando, mientras tomaba algunas notas.
- Mamá dice que fue como un padre para ella y todos los niños huérfanos que han vivido desde siempre ahí. Es un árbol muy fuerte y realmente me sentía bien en ese lugar, aunque, siempre me llamaban la atención por treparlo – la infantil mirada verde se perdió entre recuerdos; su narración llegó hasta el punto donde había recibido la noticia del cambio de residencia. Su tono de voz se había vuelto serio.
- ¿No te pareció la idea, Nicky? – el galeno alzó la vista en señal de interés.
- Me gusta Londres. Nunca imaginé que podría vivir aquí – puntualizó la chiquilla.
- Dime, ¿tienes algún problema que comentar sobre esta situación que vives actualmente?, es decir, ¿crees que se te tomó en cuenta para decidir este cambio tan importante? – la niña lo observó sin expresión alguna. Asintió de forma mecánica.
- ¿Tienes la confianza suficiente para explicarme lo que sientes, frente a tu madre? – la pregunta cimbró sus emociones. La rubia tuvo que contener las lágrimas al ver que su hija movía la cabeza de forma negativa.
- No quiero que escuche. Finalmente, nunca me cree – Nicole volteó la mirada hacia un punto imaginario y el psicólogo le hizo una seña a Candy de que esperase fuera.
Mientras el hombre seguía hablando con su hija, la rubia permaneció sentada frente a la asistente, quien parecía estar absorta en sus actividades secretariales. De vez en cuando, la ojiverde le daba un rápido vistazo de forma distraída. Su mente estaba llena de pensamientos tristes y culpas por la indiferencia de Nicole hacia ella. ¿Cuándo había iniciado todo, que nunca se dio cuenta?, ¿realmente la había abandonado en su afán por obedecer a todo lo que su esposo pedía?, ¿les había fallado en algo y ella nunca lo pudo notar, perdida en su ciego amor maternal?
La imagen de una Nicole bebé le hizo sonreír y recordar el día en que habían nacido los dos tesoros de su vida.
A pesar de haber sido un parto difícil, la sensación de tenerlos por primera vez en su regazo inmediatamente después de que hubiesen nacido, no la olvidaría jamás. Nicholas estaba tranquilo y dormido, mientras su gemela lloraba a pulmón abierto, buscando el contacto maternal. Candy la abrazó primero, antes de que las enfermeras limpiasen su sudoroso y cansado rostro en donde había una expresión de la felicidad absoluta que refulgía como una estrella. La pequeña se calmó inmediatamente a la par que los labios de su amorosa madre besaban su frente y sus mejillas.
Con el paso del tiempo, los gemelos y ella habían creado un lazo de complicidad y amistad más allá de una relación madre-hijos.
Sus hijos le confiaban todos sus proyectos, ilusiones y temores mientras ella los oía observando sus infantiles expresiones, aunque su hija siempre se expresó de forma más distante y fría, haciendo que Candy la adorara como a su marido por eso. No había duda, era la misma personalidad de su esposo, sin embargo, no faltaba el momento en que una sonrisa, un sorpresivo beso o abrazo se presentara de repente, mientras estaba junto a ella. La rubia estaba ahí para guiarlos, apoyarlos y comprenderlos, al igual que Terry.
El ruido de la puerta abriéndose y las voces emergiendo de la misma le hizo regresar a la cruel realidad.
El psicólogo y su hija se despidieron con una divertida seña que sólo entre ellos entendieron para después indicarle a Candy que pasara con él.
- Es demasiado pronto para dar un diagnóstico preciso y definitivo, sin embargo, puedo deducir que Nicky se encuentra a la defensiva con usted porque no se siente a gusto con el trato que le ha dado últimamente – inició la conversación el hombre.
- ¿Acaso insinúa que maltrato a mi hija?, ¡por favor, doctor!, ¡Nicole no se había comportado antes así! – estalló en lágrimas la rubia.
- No quise decir eso precisamente, señora Grandchester. Mire, en esta primera charla sostenida con su hija, saqué algunos datos bastante inquietantes, por ejemplo, el hecho de que usted la considere mentirosa y su papá no, así como el que usted se sienta mal al ver que ella es cariñosa con su esposo. Su hija muestra signos de una madurez sorprendente Candice, si me permite llamarle así. Ella cree que le tiene celos por estar junto a su padre – aquello hizo activar una señal interna a Candy, sin saber por qué. Lo consideró demasiado ridículo.
- Pero ¿qué me quiere decir?, ¿que soy una mujer que cela a su hija por estar con mi marido?, ¡es lo más absurdo que he oído en toda mi vida!, ¡por Dios, es su padre y no tendría que estar enojada porque se acerque a él!, ¿por qué Nicky piensa eso? – se llevó las manos al rostro, desesperada, mientras el llanto regresaba.
- Cálmese, señora. No fue mi intención hacerla sentir mal. Le pido me disculpe por lo que acabo de decirle. Creo que su hija se encuentra en un ambiente de estrés y tensión familiar por algo que ve en su relación como pareja. La única idea que se me viene a la mente es la de una hija celosa por las muestras de afecto que tienen su esposo y usted. Me ha comentado que los ha visto en sus encuentros íntimos – lo último lo dijo con un tono discreto. Candy sintió que las mejillas se le encendían al entender lo que su interlocutor explicaba.
- ¡Dios mío! – fue lo único que respondió mientras trataba de contener una risa nerviosa. El hombre sólo asintió en señal de comprensión.
- Nicole está creciendo y junto a ella, su cuerpo evoluciona por igual. Es lógico que a estas alturas, los niños desarrollen un interés diferente con todo lo relacionado al sexo. Quizá su hija observó algo en particular y le haya generado cierta obsesión al respecto, por tal motivo siente que le está arrebatando a su padre, ¿ha notado ciertos cambios en la conducta de su hija, por ejemplo, relacionados con la vanidad o el esmero en su arreglo personal?, tal vez le haya comentado la idea de pintarse para ser más atractiva o usar vestidos más juveniles. Las niñas maduran más pronto que los niños, señora Grandchester – la mujer negó con la cabeza, tratando de poner en orden sus pensamientos.
- No siento que mi hija se haya vuelto vanidosa. Ni siquiera ha vuelto a pedirme que le ayude a arreglarse, por lo que lo hace ella sola. Me cuesta creer esto que dice doctor Jaffrey, puesto que hemos tratado de ser cuidadosos cuando mi marido y yo… pues… usted comprende… – sus mejillas volvieron a enrojecer mientras el psicólogo asentía.
- Nicky lo ha mencionado ligeramente. Dice que es molesto escuchar sus gritos y que por eso los había estado espiando, pero me inclino más por la idea de los celos hacia usted. De todas maneras, conforme se vayan desarrollando las terapias, podré darle más datos al respecto. Sería una buena idea de que lo vaya comentando con su esposo. Me sería muy útil poder hablar con él en algún momento, cuando sus ocupaciones así se lo permitan. Eso me abriría un poco más la puerta a lo que su hija pueda estar pasando. Por favor, convenza a su marido para que lo haga. También espero poder sacar más datos con respecto a su amiga imaginaria, Sue, y la información que ha obtenido de eventos pasados. Si llega a suceder algún imprevisto, no dude en llamarme Candice. Puede ser igualmente, que se trate de alguna crisis juvenil y tal vez quiera llamar la atención. Pero son sólo hipótesis, así que la espero aquí en su próxima terapia – el hombre la condujo a la puerta y se despidió gentilmente.
- ¿Cómo explicaría los objetos que volaban por sí solos? – la mirada del hombre se ensombreció por unos minutos, al escuchar los detalles de aquella horrible noche.
- Histeria colectiva. Sucede que a veces, la sugestión en grupo es tan poderosa que nos hace imaginar cosas. Es curioso cómo se pueden sincronizar las personas y jurar que ven los mismos eventos. Ahí tiene el conocido caso de las brujas de Salem. Chicas histéricas que juraban ver demonios y que finalmente apuntaban a alucinaciones colectivas – la larga explicación y los fastidiosos términos médicos del hombre le irritaron pero no lo hizo evidente. Sonrió sin estar muy convencida. En el fondo, sabía que algo iba muy mal.
Después de despedirse, buscó a Nicole quien ya le esperaba de pie junto a la puerta.
Su expresión era la habitual. Estaba sonriente y se veía que había estado conversando con la asistente, quien la despedía con mucha efusividad.
Abordaron el auto y se dirigieron de regreso a la mansión.
El silencio volvió a cubrir el ambiente y cada uno se sumió en sus pensamientos. Candy observaba de reojo a su hija y se prometió internamente vigilar aún más sus actitudes.
La niña permaneció con la mirada perdida en el paisaje. Una extraña sonrisa se dibujó en su rostro al pasar frente a la casa abandonada, justo antes de entrar a la suya.
Nadie más que ella pudo divisar una vaga silueta en una de las viejas ventanas.
De regreso en su hogar, Candy se dedicó a algunos quehaceres caseros y después jugó con Nicholas, quien había permanecido junto a su inseparable Anisha, para posteriormente encerrarse en su recámara toda la tarde. Recordó la vieja y extraña fotografía que había hallado en esa habitación y la buscó para observarla durante largo rato. Ciertos rasgos en el rostro se le hacían lejanamente conocidos pero nunca pudo saberlo con precisión. Terminó agotada a causa del esfuerzo realizado al intentar recordar, por lo que se recostó un rato hasta quedarse dormida.
Por su parte, Nicky había decidido permanecer en su recámara, so pretexto de estudiar y hacer sus deberes. Se entretuvo un rato con sus libros y cuando hubo terminado, decidió salir a jugar al jardín, sin que nadie se diese cuenta.
Estuvo sentada largo tiempo en la fuente, tocando el agua con sus manos y observando la misteriosa figura del duende vertiendo su olla al interior de la misma. Una extraña sensación recorrió su espalda al ir notando cada detalle de la escultura en piedra. El gélido viento pareció no importarle y en un momento, decidió pararse y dirigirse hacia el árbol que daba al jardín de la mansión contigua.
Llegó hasta la rama más alta y se quedó sentada ahí, mirando hacia una de las ventanas.
De repente, una misteriosa luz emergió de una recámara ubicada en la parte alta, expandiéndose por todo su interior hasta emitir hermosos destellos multicolores hacia el exterior, cual arcoíris. Nicole estaba fascinada con el espectáculo, por lo que nunca tuvo miedo. Era como si el haz de luz atravesara un prisma y la bañara de radiantes haces coloridos que se dirigían sólo a ella.
La niña se incorporó de la rama y saltó hacia el desolado y arruinado jardín de la propiedad. Las luces de colores siguieron apuntando hacia su figura, rodeándola de un halo cuasi divino, hasta llegar a la entrada principal de la enorme casa. La deteriorada puerta de madera se encontraba llena de agujeros.
Nicole iba a llamar pero ésta se abrió sola, como si alguien desde dentro lo hubiese hecho. La chiquilla entró y al poner un pie en el vestíbulo, la puerta se cerró estrepitosamente detrás de ella. Sin embargo, el efecto luminoso siguió acompañándola en todo momento, haciéndole sentirse segura y a la vez, desapareciendo al instante toda sensación de inquietud o miedo.
- ¿Hay alguien ahí? – preguntó con cierto recelo, aunque la luz la hacía sentirse protegida.
Caminó durante largo rato, introduciéndose por cada una de las habitaciones, encontrando muebles destrozados y restos de papeles y ropa tirados. Los vidrios de los ventanales estaban cubiertos de una oscura y pesada capa de polvo donde apenas unos trozos de raída tela pendían del techo, en un vano intento por cubrirlos. Al final de todas las recámaras se hallaba una puerta de madera podrida cuyas escaleras llevaban al polvoriento ático. Se paseó a sus anchas por la parte superior del lugar, guiada siempre por la enigmática luz.
El sepulcral silencio que percibía le incomodó un poco y decidió volver hacia la planta baja. La sala aparecía a su costado derecho y del lado contrario había un pasillo que conducía a la cocina y al final, hacia una misteriosa puerta más pequeña. Probablemente el sótano.
Al descender las viejas escaleras curvas, su mirada se detuvo por un instante en el desvencijado piso de madera, donde había unas tenues líneas rojizas que cubrían gran parte de la superficie, bifurcándose en innumerables caminos hacia los rincones. Al llegar al final de una de ellas, volvió a toparse con la misma puerta pequeña.
Una naciente curiosidad se apoderó de ella lo que le hizo dirigirse hacia aquel sitio.
Lo que quedaba del mobiliario se hallaba completamente destruido. El espacio donde antes había una estufa y una nevera, mostraba visibles rastros de suciedad y un olor desagradable difícil de precisar. Su estómago se revolvió un poco por lo que decidió salir, pero un ruido se lo impidió.
Puso atención y pudo percibir un inquietante cántico, desconocido para ella, entonado a través de una voz femenina. Si hubiese comprendido el antiguo lenguaje, se habría dado cuenta que era plegarias blasfemas para un ser extraño que hablaban de maldad, violencia, venganza y maldiciones.
Al acercarse a la entrada del sótano, la luz aumentó su intensidad, iluminando ampliamente hacia el interior. Cuando bajó el último peldaño de la arruinada escalerilla, se topó con un arruinado busto de piedra. Era un rostro masculino de facciones crueles.
La gemela no quiso seguirlo observando por lo que se dirigió al otro extremo del lugar y entonces, la vio.
Grande fue su sorpresa al encontrarse con la hermosa pero maltrecha figura de Sue sentada en una de las oscuras esquinas, con el rostro entre las piernas rodeadas por sus brazos. Su cabello rubio estaba sucio y enmarañado. Alzó la mirada para observar a su intempestiva visitante y sonrió con infinita ternura, a pesar de tener la cara llena de polvo:
- ¡Nicky!, ¡perdóname!, ¡no quise abandonarte! – extendió sus brazos en señal de abrazo y la chiquilla dio un paso atrás, molesta.
- ¡Me dejaste sola, Sue!, ¡todos creen que he mentido!, ¡estoy muy enojada contigo!, ¡la señorita Varney me ha llamado la atención y me ha castigado por haber "inventado la historia"!, me dijo que no te conoce ni que trabajas ahí. Fui al salón donde nos reuníamos y estaba abandonado y sucio, ¡ahora piensan que todo es producto de mi mente y me llevan con el doctor!, ¡no es justo, debiste apoyarme! ¡Tú quien tanto decía quererme! ¡Eres una mentirosa! – le recriminó la pequeña.
- ¡Me siento mal!, ¡todos ellos te están engañando!, ¡no me quieren!, ¡siempre me han rechazado, igual que a ti!, ¡no me han comprendido y ahora, he perdido el trabajo por su culpa!, ¡no tengo para comer ni dónde vivir y he encontrado este lugar abandonado!, ¡perdóname, no pienso dejarte sola de nuevo! – la niña la miró confundida.
- ¿Has perdido tu trabajo? ¿Quién ha sido? – la infantil actitud encolerizada se había disipado.
- Siento mucho tener que decirte esto, Nicky, pero, algún día tenías que saberlo. Tus padres te han mentido todo este tiempo – aquella afirmación le hizo abrir los ojos como platos.
- ¿Qué tienen que ver mis padres en esto?, ¡quiero una explicación!
- Tu padre fue alguien muy importante para mí ¿sabes?, él prometió que siempre estaría a mi lado y me cuidaría. Estuve a punto de morir por salvar su vida y eso debió haberlo conmovido. Durante muchos años no pude caminar de forma normal a consecuencia de eso, y Terry siempre estuvo ahí, tan cariñoso como siempre – sonrió con melancolía, mientras los azules ojos se llenaban de lágrimas – pero tu madre tuvo que interponerse entre nosotros, haciendo que él me abandonara de la manera más vil y cruel. Se fue repentinamente sin decirme nada. Lo esperé mucho tiempo y ni siquiera se dignó en darme una explicación, ¿ahora comprendes la historia que te conté esa noche en el barco?, ella fue la causa de mi desgracia pequeña. Tu mamá es una mujer muy mala y realmente, no le interesa saber el daño que pueden ocasionar sus acciones a otras personas que queremos una vida tranquila al lado de alguien que nos ame. Es una mujer envidiosa, pero no quiero que la odies por eso, Nicky. Sólo quería contarte esto que he pasado durante tanto tiempo. Ustedes no tienen la culpa puesto que son criaturas inocentes, sin embargo, tu mamá les ha usado para atraer a tu padre, ya que ella se encontraba embarazada antes de casarse… – el veneno de las mentirosas palabras profundizó más en el corazón de Nicole – además, ni siquiera saben que estoy aquí. Han creído que ya me encuentro muy lejos de ellos pero no es así. Por favor, te pido me guardes el secreto ¿quieres?, porque si preguntas a tu madre de esto, siempre te contestará con mentiras y eso no es justo, ¿prometes hacerlo y ser una buena niña, Nicky? – pasó una de sus manos por su mejilla, para limpiar las lagrimas, mientras la niña permanecía atónita a lo que la mujer le contaba.
- ¿Conocías a papá desde antes? ¡No entiendo! ¿Mi madre te ha hecho esto? – la pequeña se quedó en silencio, tratando de digerir lo que escuchaba. No esperaba semejante confesión -. No sé... qué decir. Esto es demasiado para mí. No creí que ella… - calló mientras se iba alejando de la rubia – no puedo creer que ella sea tan mala. No toleraría que nos hubiese engañado y utilizado todo este tiempo, ¡no se lo perdonaría jamás! – apretó los puños en señal de coraje y dio la vuelta para salir huyendo de ahí. Se sentía confundida y necesitaba reflexionar sobre lo que acababa de decir.
Nicole lloró inconsolablemente mientras salía corriendo de la vieja mansión para refugiarse en su recámara. Se sentía traicionada y usada por la hasta ese momento, angelical imagen de su madre.
¿Sería posible tanta hipocresía?
Su pecho comenzó a albergar un fuerte odio hacia ella.
Terry había tenido que prolongar sus horarios de ensayo por lo que llegó muy tarde a casa. Estaba demasiado cansado y se dispuso a ir a su habitación. Necesitaba saber lo qué había sucedido con la terapia de su hija.
Su familia ya se encontraba descansando y después de haber pasado a dar un beso a sus hijos, quienes estaban profundamente dormidos, buscó a su esposa en la cama. La adormilada voz de la rubia se escuchó:
- ¿Qué hora es? – se incorporó restregando sus ojos.
- Es casi medianoche, amor. Estuvimos trabajando hasta hace media hora. Salí corriendo ya que mañana entramos a las ocho, ¿qué te dijo el psicólogo?
"¿Cómo se lo explico sin tener que preocuparlo?". El masculino rostro mostraba señas de un absoluto cansancio y ella se sintió aún peor por eso. No debía cargarle de más preocupaciones.
- Caprichos infantiles. Está tratando de llamar la atención, aunque el doctor Jaffrey ha dicho que tomará tiempo el saber realmente qué le sucede. Es una persona muy gentil y amable. Creo que todo irá bien cariño – la rubia tomó una de sus manos en señal de afecto y su esposo la besó suavemente en los labios.
- ¿Y qué de los eventos... perturbadores?
- Histeria colectiva – le explicó a grandes rasgos y comprobó en el semblante de su marido, que tampoco él estaba de acuerdo con dicha aseveración.
La pareja se metió en las cobijas para conciliar el sueño y unos instantes después, la rubia percibió un ligero y constante ruido de pasos sobre el pasillo. Al ver que el actor se había dormido rápidamente, se levantó silenciosamente de la cama para dirigirse intuitivamente en busca de sus hijos y cerciorarse de que todos dormían.
Al salir del cuarto, los ruidos cesaron.
Pasó su mirada sobre la puerta de cada una de las habitaciones y las vio cerradas. Se dirigió primero a la habitación de Nicholas y lo encontró perfectamente tapado. Se asomó a la de Anisha, encontrando lo mismo y finalmente, se dirigió a la recámara de la gemela.
Abrió la puerta sintiendo el gélido viento que entraba por la ventana, sorpresivamente abierta de par en par. Las cortinas se movían al compás del aire, como si fuesen figuras fantasmagóricas y su hija dormía destapada completamente. La temperatura había bajado y se alarmó al pensar en el seguro resfrío que la niña ya habría tomado.
La cubrió por completo y se recostó junto a ella un rato, esperando alguna señal de fiebre.
El calor comenzaba a sentirse bajo los gruesos cobertores mientras abrazaba a su hija para hacerla entrar en calor. Nicole no había despertado y se quedó preocupada por eso. Colocó una mano sobre su pecho y sintió su suave respiración. "¿Quién caminaba a esas horas por el pasillo?", el temor se hizo presente en su ser. Si la niña se hubiese despertado, su cuerpo no estaría tan frío como lo había sentido en un principio, además, nunca había sido tan desconsiderada como para abrir la ventana con ese clima glacial. Algo no cuadraba con la situación.
Un lejano ruido metálico se dejó sentir.
Como si estuviesen golpeando internamente las tuberías de la residencia.
El sonido fue aumentando hasta que repentinamente paró. La primera vez que había escuchado lo mismo, había enviado a Jerome a revisar las instalaciones sin que se encontrasen desperfectos. Habían pensado en la posibilidad de algún roedor merodeando por ahí pero las trampas puestas no arrojaron animal alguno. Como lo había escuchado sólo una vez, lo dejó en el olvido… hasta ese momento.
Estrechó más el cuerpecito de Nicole contra el suyo en un impulso de dominar su miedo y esperó a que regresase el ruido pero éste ya no volvió. Hizo un sobreesfuerzo humano para dejar de lado la desesperación que sentía y salió de la cama. Cuando se encontraba de pie, escuchó una especie de zumbido. Volteó a todas partes tratando de reconocer el origen, hasta que su mirada se topó con la figura dormida de la gemela. Las cobijas la tapaban completamente, sin que ella se acordase de haberlo hecho momentos antes, sin embargo, el sonido salía de ahí.
Candy se fue acercando con paso lento hasta el borde de la cama y destapó abruptamente las cobijas para llevarse las manos a la boca, tratando de ahogar el aterrador grito que estaba a punto de salir de su garganta. Lo que veía le hizo pensar que había enloquecido o quiso atribuirlo a su imaginación.
No podía creerlo:
Sobre la cama yacía Susana Marlowe con el rostro desfigurado a causa de profundas heridas sangrantes esparcidas por todo su rostro y sus ojos se encontraban en blanco. Los dientes putrefactos mostraban una lengua bífida y sus labios se torcían en una diabólica sonrisa. Vestía una sucia bata blanca y sus piernas tenían rastros de purulentos cortes en tobillos y pies.
La ojiverde no soportó más la espantosa visión y se desmayó.
Cuando volvió en sí, se encontraba sobre su cama, y abrazada por su marido, lo que le dejó sumamente confundida e intranquila, puesto que el sueño había sido muy real. Demasiado. El claro de la mañana se venía anunciando y decidió levantarse. Terry sintió el movimiento:
- ¿Pecosa, te encuentras bien? – la atrajo nuevamente hacia él, mientras hacía un esfuerzo por abrir los ojos.
- Terry, ¿me trajiste tú anoche? – la pregunta hizo sonreír al actor.
- Así que te andas escapando traviesa, ¿en dónde andabas según tú, que hasta tuve que ir por ti? – la risa tan característica en él la dejó aún más confundida.
- Estuve en el cuarto de Nicky, cariño. Fue… ¡cielos! – se calló y un leve sollozo alertó a su esposo.
- Candy, anoche me despertaste con un grito. Tuviste una pesadilla mi amor. No sé qué estuviste soñando pero mencionaste a Susana y me quedé preocupado. Nunca saliste de aquí. Traté de tranquilizarte hasta que te volviste a dormir, ¿quieres contármelo todo? – aquella aseveración dejó en silencio a la rubia.
- Creo que fue un mal sueño, producto del estrés, amor. Nada importante. Voy a despertar a los niños y a preparar el desayuno – saltó ágilmente de la cama para arreglarse rápidamente y evitar así, las preguntas de su marido.
Con el transcurrir de las semanas, las visitas al psicólogo comenzaron a mostrar una mejoría aparente en la infantil conducta.
El doctor Jaffrey, quien estaba asombrado del rápido cambio en la actitud de la chiquilla, había creído que la información sobre el pasado de sus padres, había sido armada conforme escuchaba datos sueltos de todas las personas que le rodeaban. Tal vez conversaciones sueltas escuchadas en su infancia y que salían a la luz en esa transición característica de todo preadolescente. Estaba convencido de que Nicky presentaba una inteligencia inusual para su edad y decidió que la seguiría teniendo bajo observación, manteniendo las visitas de forma esporádica.
Por su parte, la primogénita de los Grandchester no volvió a presentar problemas de conducta durante todo ese tiempo. Actuaba como si nada hubiese pasado y las agresivas reacciones nocturnas que había presentado en aquella última ocasión, no volvieron a aparecer. Para evitar enfrentamientos más serios con los que le rodeaban, había decidido no volver a tocar el tema del pasado de Terry y Candy con alguien más, incluyendo al psicólogo. Estaba consciente de que le había mentido en todo ese tiempo, aceptando la idea de que conocía por otros, la historia de sus progenitores. Todo se lo fue callando.
Lo único que permaneció, fue el distanciamiento con respecto a Candy, a quien le hablaba un poco forzosamente, a pesar de los consejos de su padre. Le dolía como nunca el saber que su madre les hubiese utilizado para quedarse a su lado.
Las palabras de la mujer permanecieron largo tiempo en su memoria, incrementando así, el resentimiento dentro de su corazón y aunque intentó volver a hablar con ella, ya no pudo encontrarla, desde aquella tarde en que le había visto.
Sue había desaparecido del lugar dejando una breve nota a Nicole, cuando regresó a buscarle al día siguiente de que habían hablado:
"Mi amada Nicky,
He podido hallar un trabajo sencillo y un lugar donde vivir. Es muy lejos de Londres.
Disculpa que haya partido sin despedirme, pero no podía soportar más el sufrimiento de saberme cerca de tu casa, con tu madre cerca. Sufro aún por tu padre y más al saber que jamás tendrá un pensamiento bonito hacia mí.
He decidido olvidar todo.
Te repito que esto no debe afectarte tanto a ti ni a tu hermano. Después de todo, ustedes son seres inocentes y ajenos al juego orquestado por Candy.
Ten paciencia y ánimo para seguirla soportando.
Por favor, no hables a nadie más de mí. No quiero volver a ocasionarte problemas. Todos los momentos que convivimos, serán nuestro más preciado secreto.
Por ahora, será mejor que nos separemos. Tal vez más adelante nuestros caminos vuelvan a coincidir.
Siempre te recordaré como a la hija que pude haber tenido.
Te quiere,
Sue."
Nicole estrujó la letra entre sus manos, presa de la rabia al pensar en su madre, sin embargo, se sintió tranquila de saber que su amiga ya había encontrado un nuevo hogar y que estaba dispuesta a olvidar su triste pasado.
- Nadie sabrá de nuestra amistad – dijo en un leve murmullo.
Como si el viento le hubiese comprendido, una fuerte brisa arremetió fuera del lugar, moviendo las ramas de los árboles aledaños.
El frío que sentía en aquel momento no podía compararse con el de su interior.
El odio hacia su madre seguía creciendo dentro de ella.
Al término de la última misa de ese domingo en la tarde, el reverendo Folsom se encontraba en el altar, recogiendo los accesorios que había utilizado para tal efecto. Notó con el rabillo del ojo, la presencia de Candy, quien se encontraba en una de las bancas posteriores, con las manos en la frente, como si continuase con sus oraciones. Sintió que había pasado mucho tiempo de no verla desde aquella triste ocasión en que le había confiado los temores con respecto a su hija. Pesados compromisos fuera de la ciudad, aunado a su decisión de no molestar en esos momentos difíciles, había dejado de frecuentar a la afligida familia. Se sintió bien al verle ahí en esa tarde.
El religioso se acercó a ella:
- ¡Qué gusto verla aquí, Candice! ¡Tanto tiempo! – la saludó gentilmente.
- Hola padre. No me di cuenta que la misa había acabado.
- Nuestras conversaciones personales con Dios nos absorben tanto que se vuelven un momento sagrado y es lógico que no percibamos el tiempo, ¿quiere que charlemos en privado?, puedo invitarle una deliciosa taza de chocolate caliente para este clima tan glacial, ¿viene sola? – le señaló el corredor que llevaba a su despacho.
- Efectivamente. Mi marido y mis hijos fueron a visitar el teatro ya que querían conocerlo desde antes. Mi marido actuará el próximo sábado. Los gemelos están emocionados y ansiosos por verlo ya en el escenario, después de años de no seguir su actuación – Candy se sentó en la confortable silla frente al escritorio del reverendo. El hombre se disculpó por un breve momento, y regreso con dos humeantes tazas. Se colocó a su lado para poder conversar.
- ¿Qué la trae por aquí?, ¿cómo ha estado su familia? – llevó la bebida a sus labios y esperó a que hablara.
- Quise venir a disculparme, padre – evitó responder a la segunda pregunta - mi actitud no fue la adecuada la última vez que lo vi. No me sentía bien – le contó sin poder ocultar su ansiedad.
- ¿Cómo sigue Nicky?
- Afortunadamente, mi hija ya tiene un psicólogo que la está tratando y hemos podido ver una cierta mejoría, aunque, a veces pienso que mi imaginación me hace pasar malos ratos – Candy volteó a verlo con la incertidumbre reflejada en sus ojos. No sabía si seguir platicando.
- ¿Ha seguido con el mismo problema?, recuerdo que me había comentado sobre su postura defensiva ante usted y los celos que sentía por verla junto a su esposo; además de esa crisis nerviosa – el hombre alzó la ceja interesado. Se dio cuenta que la rubia no había bebido el chocolate.
- Padre… no sé qué pensar de todo esto. Ahora se ha alejado por completo de mí. Solo hablamos lo indispensable y cuando su padre está presente, se comporta como la Nicole de siempre. La niña dulce y gentil que habitualmente ha sido. Es en esos momentos en que vuelve a estar bien conmigo y se muestra afectiva. Cuando Terry no está, es como si yo no existiera en su vida. Además… - calló por un momento, evitando hablar de las pesadillas tan lúcidas y prosiguió – he tenido ciertas experiencias… inquietantes padre. Espero que no piense que tengo algún problema de locura pero, he vivido algunos eventos que me han ocasionado escalofríos y mucho miedo. Esa casa contigua padre, siento que oculta algo – el reverendo tuvo que fingir estar tranquilo al escucharle, aunque el leve temblor de sus manos le traicionó. La imagen de aquella mujer en esa ventana regresó de nuevo a su mente. Había terminado por atribuirlo a la sugestión, pero ahora, menos se lo creía.
- ¿Quisiera ser más clara, Candice? – estrechó sus manos para limpiar el sudor a causa del nerviosismo que tenía.
- Nicky había tenido algunas situaciones de, digamos, histeria y crisis nerviosas padre; recuerdo que le había comentado lo que hizo en una ocasión – el hombre asintió – y ahora estoy convencida de que ese lugar es peligroso para mi hija. Mi intuición de madre me lo grita cada que la veo pasear cerca de ella. La próxima semana tiene la siguiente terapia y a pesar de la mejoría, algo en mi interior me dice que sigue igual... o peor – Candy dejó finalmente el chocolate sin probar sobre el escritorio. Aquello aumentó la intranquilidad del hombre.
- ¿Le gustaría que viese a su hija? – el enorme interés y la solicitud del padre le tomaron por sorpresa – quizá, si viniesen a la catequesis como convenimos, podría tener oportunidad de hablar con ella –.
- Tal vez sería buena idea, padre, mejor aún, podría acompañarnos hoy a merendar. Seguro ya están de vuelta en casa y quedamos en que cenaríamos todos juntos. No se preocupe por su regreso que yo me encargo, ¿le gustaría venir conmigo?, claro está, si no tiene compromisos en este momento – la mujer sonrió gentilmente y el padre aceptó sin dudarlo, ocultando su ansiedad.
Después de haber esperado a que él se desocupara y haberse puesto ambos en camino hacia la residencia de los Grandchester, el reverendo Folsom volvió a recordar esa misteriosa imagen y la apartó de su mente. Desviaron el rumbo de la conversación hacia la pronta participación de la rubia en las actividades religiosas, a petición de ésta última:
- Una de las hermanas podrá mostrarle los lugares donde se organizan las donaciones alimenticias para los lugares desprotegidos. También hacemos la recolección de ropa usada y algunos muebles que pudieran ser de utilidad para las familias de escasos recursos. Sé que estará muy ocupada y eso de alguna manera podría ayudarle a sentirse mejor, en vez de estar sola todo el día en su casa – le comentó el hombre.
- Le agradezco tanto sus sugerencias padre. Espero poder comenzar después del estreno de la obra – respondió sonriente.
El vehículo aparcó frente a la entrada principal y sus ocupantes se dirigieron hacia el recibidor de la residencia. Desde que habían enfilado hacia el lugar, el hombre no había apartado la vista de la ventana donde se había dado la extraña aparición. Nunca vio nada.
- Hemos llegado – con un gesto servicial, Candy tomó la gruesa chaqueta del reverendo para colocarla en el armario.
Terry, sus hijos y Anisha, se encontraban en el estudio armando un rompecabezas con la figura de un dinosaurio. Desde que Sue había desaparecido, Nicky se hallaba un poco irritada y molesta, aunque estando al lado de su padre, todo cambiaba y volvía a ser la misma niña de siempre. En ese minuto participaba de las actividades con alegría.
Estaban esperando a Candy para poder cenar.
Había comprado comida puesto que los empleados tenían el día libre: un enorme pollo horneado y fritos de curiosas formas circulares esperaban sobre la mesa, ya con los cubiertos y vajilla cuidadosamente colocados. El actor y los gemelos buscaban darle una sorpresa a su madre pero la sorprendida resultó ser Nicole al ver al padre ahí frente a ella, saludándola calurosamente:
- Nicky hermosa, ¿cómo estás? – se agachó hasta quedar a su altura y ésta no pudo evitar rechazar su contacto.
- Bien – fue la respuesta a secas.
- Padre ¿cómo ha estado?, ¡qué gusto verlo por aquí! – saludó rápidamente Terry para desviar la atención del repentino mal comportamiento de su hija.
- Hola, señor Grandchester. Su gentil esposa quiso invitarme a pasar un momento con ustedes. Espero que se sienta mejor después de lo tristemente sucedido – la alusión a la muerte de su padre entristeció su rostro.
- Han sido momentos difíciles para mí, pero mi familia y mis amigos me han podido ayudar a salir adelante. Mi papá ya se encontraba muy enfermo y esto era algo inminente – no supo que más decir. Él más que nadie sabía de la salud que poseía su progenitor y le había intrigado el que tuviera abruptamente una crisis cardíaca que había resultado en su muerte.
- Siempre es bueno acercarse a Dios en oración para pedirle sabiduría y hallar consuelo. Mis plegarias se unen a usted, Terrence. Que Nuestro Padre lo tenga en su santa gloria.
- Padre ¡bienvenido a casa! – expresó Nicholas con el rostro alegre, interrumpiéndoles. Todos voltearon a verle.
Anisha le sonrió por igual, mientras estrechaba su cálida mano. Se había dado cuenta de la actitud de Nicole.
La familia completa y el invitado se sentaron a la mesa, perdiéndose en pláticas triviales.
Terry le había prometido que apartaría un boleto especial para que lo fuese a ver a la función de gala y el religioso no podía estar más que feliz. Candy anunció que pronto se incorporaría a las actividades de la iglesia, dejando tranquilo al histrión, mientras Anisha y Nicholas tomaban turnos para comentar sus impresiones sobre la escuela y la ciudad.
La única ausente y callada era la gemela.
No había articulado palabra alguna y solo se había limitado a pellizcar su comida:
- ¿Qué tienes, hija? – Terry la cuestionó con voz grave.
- No me siento bien, papá, ¿podría retirarme a mi habitación? – su voz sonó como un murmullo.
- No. Te quedarás aquí - el actor fue tajante en la respuesta.
Antes de que la pequeña replicara, su mamá intercedió ante ella:
- ¿Te sucede algo, cariño? – estaba preocupada.
- Me duele un poco el estómago – se llevó las manos al mismo.
- Hace rato estabas muy bien, Nicky. No entiendo por qué de repente te pusiste así – su papá la observó seriamente.
- Me duele aunque no me creas. Quizá fue la comida – hizo un además de pararse pero su papá la interceptó con el brazo.
- Se queda aquí, jovencita. Es de muy mala educación la actitud que está tomando con nuestro invitado – fue interrumpido por el religioso.
- No se preocupe por mí, señor Grandchester. Creo que si su hija no se siente bien, debería permitirle que se retire – añadió mientras la observaba fijamente. Sintió que Candy tenía razón al tener esos temores.
- Cariño, creo que Nicky debe retirarse. La llevaré a su recámara.
Su padre habló fuerte esta vez.
- Nicole permanecerá en la mesa al menos hasta que hayamos terminado de cenar. ¿Le he comentado del pronto estreno de la obra padre? – el actor desvió radicalmente el tema, mientras la niña le observaba sorprendida y con la resignación expresada en el rostro.
La conversación se tornó general y los mayores participaron tratando de olvidar un poco la incómoda situación.
Anisha optó por platicar con los gemelos (en un intento por animar un poco a Nicky), para después ayudar a levantar la mesa, una vez que los adultos se hubiesen reunido en la enorme sala para seguir conversando. Al religioso le resaltó el hecho de ver la casa sin los habituales empleados domésticos. La rubia se apresuró a aclarar escuetamente la situación con ellos.
Ya reunidos el reverendo y la familia, siguieron conversando animadamente, en tanto que Nicole mantenía su distancia con respecto a él. Le observaba con coraje.
Al padre Folsom no le pasó desapercibida la extraña mirada infantil.
Después de una amena charla, el reverendo decidió retirarse alegando compromisos a la mañana siguiente; repentinamente, algo atrajo su atención hacia el exterior de la casa, al creer ver pasar fugazmente una sombra blanca, fuera de uno de los enormes ventanales de la casa abandonada.
Se había quedado mudo.
- ¿Se siente bien, padre?, se ha puesto pálido de repente – le comentó el histrión, extrañado.
- No es nada; ya es tarde y debo irme. Ha sido un gusto poder visitarles por un momento. Mañana llegarán unos seminaristas a los que deberé dar asesoría – se levantó del sofá y se dirigió en busca de su abrigo. La pareja le siguió, con sus hijos detrás. Anisha se había quedado en la sala.
- Padre, mi marido lo llevará de regreso – dijo Candy, mientras su esposo volteaba a verla, recordando que ese día no tenían al chofer.
- No es necesario, podría pedir un taxi. No quiero molestarlos – se disculpó el religioso.
- Ninguna molestia. Ya le llevo – Terry tomó su chaqueta y se despidieron de los demás
- Le visitaré seguido, padre. Agradezco que nos haya acompañado a cenar. Puede venir cuando guste – le ofreció gustosa la mujer.
- El gusto es mío. ¡Cuídense pequeños! – se acercó a Nicholas, quien le dio un efusivo abrazo. Esta vez, Nicole le dio un breve beso mientras sonreía con cierta mueca burlona.
- Gusto en verlo, padre – el tono de la infantil voz inquietó más al reverendo.
Cuando se hubieron retirado, Candy llevó a los niños a sus respectivas recámaras y esperó a que se durmieran. Después, se retiró a su alcoba en espera de su marido.
Nicole se había quedado dormida al instante con una extraña expresión en el rostro.
Sus labios se torcieron en una cínica sonrisa.
