CAPÍTULO 19

—No puedes evitarme siempre, y estoy cansado de tus evasivas.

Ella vio cómo Albert se pasaba la mano por el pelo con aplomo. Su autocontrol la sacaba de quicio. Sintió el alocado impulso de alborotarle el cabello rubio, y se contuvo a duras penas.

—Nunca he tenido intención de darte ni evasivas —respondió seca, aunque algo sofocada.

—No contestas a mis mensajes.

Candy se sentó derecha, exagerando el gesto, como si estuviera ante una corte marcial. Luego habló con la seriedad de un acusado frente al tribunal:

—Es que no deseo responder a tus mensajes.

Lo que dijo, sin embargo, iba en contra de la posición vehemente que llevaba al contestar. Le gustaba provocarlo con la ironía.

—Me gusta Battlefield —dijo de pronto.

—Gracias.

—Espero que estés bien.

—Gracias —reiteró.

—¿De qué te reías cuando llegué?

—De nada importante —una sonrisa asomó entre tanta pose de acusado. Albert le pidió silencio: apoyó un dedo sobre los labios de Candy; luego, le tomó la mano con la suya, pero Candy no se lo permitió. Tironeó hasta soltarse. Lo miró: ya no quería seguir jugando a hacerse la irónica.

Candy se preguntó por qué la había dejado sola su cuñada.

—Hemos contraído una responsabilidad juntos.

El tono de la conversación definitivamente había cambiado.

—Siento las mismas ganas de abofetearte que de desaparecer. No me lo pongas todavía más difícil: no deseo hablar sobre ello, todavía no.

—¿Y cuándo será ese momento?

Ella no esperaba un tono tan amargo. Pensó en las pocas cosas que sabía de Albert: que había perdido un hijo. Entendió por qué este tema era tan importante para él, sin embargo, no estaba preparada para hablarlo y se mantuvo en sus trece.

—Cuando lo crea conveniente; ni un segundo antes —dijo una Candy a la que le costaba mantener la calma.

—Te debo una disculpa, pero tú me debes otra —hizo una breve pausa. Candy se escondía roja de furia y vergüenza detrás de la tetera que había traído la doncella momentos antes—. Y no pienso hablarle a esa tetera que se interpone entre tú y yo.

—Entre nosotros hay un abismo de distancia que no se puede superar —le dijo muy seria.

Albert, sentado, cruzó una pierna sobre la otra.

—Es natural que te muestres resentida ante los resultados inesperados.

—Que me acuses de resentida… —dijo ella sarcástica—. Tiene su gracia.

—¿Tanto lamentas que sea yo y no mi hermano? —el derechazo, directo al estómago se dijo Candy.

—¿Por qué te importa tanto? —preguntó contra toda razón.

—Porque lo que nacerá será carne de mi carne —respondió con calma.

Candy se mordió el labio con duda.

—Mi problema no te afecta —calló un momento—. Soy capaz de resolverlo sola.

Algo brilló en los ojos de él que se tornaron momentáneamente turbios, enojados.

—Soy un caballero, y mi honor me impele a hacerme cargo de lo que hemos hecho. Candy meditó solo un segundo.

—¡No será necesario! —exclamó—. Y no deseo hablar sobre esto ahora, ya te lo he mencionado.

Los ojos de Albert brillaron de forma peligrosa.

—Créeme que lo es.

—Y yo mantengo que no —respiró profundo tratando de calmarse—. Soy una mujer adulta, responsable, y como habrás podido apreciar, no me asustan los chismes ni me afectan las murmuraciones.

—Soy consciente, lady escándalo —a Candy casi no le quedaba paciencia que sujetar, pero Albert siguió—. Mi hermano ha reconocido que no estás enamorada de él —Candy alzó las cejas con una muda pregunta—. Lo que resuelve nuestro problema.

—Hasta donde yo sé, no tenemos ningún problema, lord Andrew.

Albert apretó los labios porque ella se mostraba demasiado terca.

—Entonces no tendrás inconveniente en que nuestra boda se celebre dentro de dos semanas.

Candy se quedó petrificada ante esa afirmación. ¿Era una propuesta? ¿Era una imposición?

—¿Perdón?

—Mi hijo no será ilegítimo.

Candy se sentía arder por dentro. ¡No podía creer lo que estaba escuchando!

—Ya soporté un escándalo similar hace quince años —respondió con acidez—. Puedo manejar este.

—No sigas por ese camino, por favor —la cortó de forma suave, aunque enérgica—. No sigas esa línea —pidió con cierta dulzura—. Porque puedo ser implacable.

Le dolía saber que ella podía tener razón. Sería un escándalo cuando trascendiera que estaba encinta, pero Candy era una dama de alta alcurnia como hija de conde y viuda de marqués, poseía riqueza propia y podría mandarlo al infierno si se lo propusiera.

—¿Qué no…? —Candy tragó en seco. Estaba tan irritada que olvidó preguntarse cómo se sentiría él—. Tengo la decisión total sobre mi vida, y eso incluye la vida que llevo en mi vientre.

Él la miró con arrogancia negando. Había cambiado de estrategia: había dejado de lado la tristeza de los recuerdos.

—¿Y piensas que yo no tengo nada que opinar al respecto? —Candy se mordió el labio inferior pensativa. No sabía qué decir, y, esa duda, hizo que él ocupara el espacio de la conversación y siguiera hablando—. Ha quedado claro que ambos nos sentimos enormemente atraídos, que existe una poderosa atracción sexual.

Candy aferró los brazos del sillón con fuerza mientras lo escuchaba con atención. Luego contestó:

—Puedo sentirme atraída por un lobo y no desear casarme con él.

Albert se inclinó hacia adelante. Ella estaba al alcance de su mano y sus palabras lo ponían beligerante. Quería tomarla entre sus brazos y demostrarle que lo que le decía era verdad.

—La atracción sexual no puedes negarla.

Candy ni lo intentó.

—Como no puedo negar que estaba decidida a seducir a tu hermano.

Albert tensó la mandíbula. Decidió cambiar de ángulo:

—Quizás no estoy enfocando todo este asunto bien.

Candy le ofreció una sonrisa cáustica.

—¿Quizás? ¡Vamos progresando! —exclamó entrecerrando los ojos.

—Aún así vas a casarte conmigo.

Candy se levantó como para encararlo, como si fueran dos luchadores que tienen que enfrentarse cara a cara. Estaba demasiado furiosa para recordar que él le llevaba demasiada ventaja en altura y que iba a quedar claramente humillada.

—¿Con el mandato divino de quién? —preguntó llena de furia.

—Con el mandato del padre de tu hijo. —Candy utilizó su arma más poderosa. Aquella que atemorizaba a Albert.

—Hijo que aún está por nacer.

Él, tensó tanto la mandíbula, que Candy creyó que se la iba a partir. Hacía esfuerzos denodados para contenerse.

—Me siento atraído por ti —dijo, al fin, como si nada hubiera sido dicho antes, como si fuese la primera cosa que le decía a una mujer desconocida a la que veía por primera vez en un bar. Candy volvió la cabeza—. Creo que es un buen punto de partida para iniciar una relación más seria.

Candy explotó.

—¿Pero de qué caballo te has caído? Porque sin lugar a dudas has debido golpearte la cabeza —él, no le respondió, y ella terminó por sincerarse con cierta brusquedad—. No deseo casarme contigo, Albert. Es más, no pienso siquiera considerarlo.

—¿No me encuentras atractivo, lady Warren?

Lo encontraba arrebatador, pero estaba enfadada con él. Tenía que pensar sobre su situación, y él no se lo estaba poniendo nada fácil.

—¿Buscas acaso una adulación, lord Andrew? —ahora negó con la cabeza. Ella prosiguió—. Las serpientes me parecen atractivas, pero no metería una jamás en mi lecho —Albert no se inmutó ante el insulto. Ella no se detuvo a esperar que él dijera algo—. El matrimonio está fuera de esta discusión porque si fuese un marido lo que busco, créeme, hace muchos años que ya estaría casada otra vez. Y nada, pero nada más lejos de mi intención.

—Una mujer necesita la protección de un hombre —dijo y se sintió un tanto incómodo con la mirada que ella le obsequió—. Incluso lady escándalo.

Intuyó que Candy podría golpearlo con la tetera, o con el jarrón de flores, con lo que fuera, pero seguro que iba atacarlo si seguía con esa petulancia.

—Acepto que he contraído una cierta responsabilidad contigo —admitió al fin. Él, estuvo a punto de interrumpirla, pero ella no se lo permitió—, pero yo decido cuánto estoy dispuesta a asumir de ella.

—Tienes algo más que una cierta responsabilidad conmigo.

Albert se levantó y algo en el brillo de sus ojos la hizo temblar.

—¡No te acerques!

Él, solo sonrió.

—Voy a demostrarte qué clase de responsabilidad has contraído conmigo.

Candy iba retrocediendo. Albert la iba cercando en su terreno como un lobo al acecho.

—Si te acercas más, gritaré —Albert le ofreció esa sonrisa que tanto había llegado a admirar—. El mayordomo te sacará de aquí de una patada.

—¿Crees que tu mayordomo tiene alguna posibilidad conmigo?

¡Demonios! Ella había quedado en ridículo tras esa afirmación. El mayordomo de Battlefield era demasiado mayor para un enfrentamiento con Albert.

—¡Basta! No tienes que demostrar nada —volvió a decirle, aunque sin convicción.

—Nunca te creí cobarde.

Ella se resintió, pero siguió retrocediendo. La parte posterior de sus piernas había alcanzado el sillón en el que momentos antes había estado sentada. Las manos de él llegaron hasta sus hombros. Los ojos de Albert la miraban como hipnotizándola, y Candy se perdió en su mirada de cielo y sus brazos de hierro.

—No te haces una idea de las imágenes que evoco desde aquella noche —Candy había perdido la voz. Quería contestarle algo, pero las palabras, sencillamente, no salían. Albert continuó—. No poder verte, pero sí sentirte me nubló el juicio. Me volviste loco con tu perfume. La suavidad de tus manos, tus palabras sensuales e intrigantes. Si no te beso otra vez, voy a morir.

Albert había bajado la boca hasta casi rozar la de ella. Candy empujó con sus manos el pecho de él sin poder moverlo ni un milímetro.

—Debo hacerte una advertencia —confesó Albert. Candy seguía sin poder decir nada—. Jamás volverás a tener todo el control.

La boca de él descendió hasta la de ella: la quemó con una descarga eléctrica; tan potente era su beso. La lengua caliente se movía como una serpiente sinuosa que buscaba y encontraba cada rincón que ella se empeñaba en mantener oculto. Le abrió los dientes y le mordisqueó los labios de forma insistente hasta que ella, por fin, se rindió al beso. Albert seguía exigiendo, pero, a la vez, entregaba tanto como pedía. Con una mano entrelazó su cabello y le echó la cabeza aún más hacía atrás para darse un festín con su cuello. Candy se sentía incapaz de pensar o de analizar la rendición que estaba a punto de ofrecerle. Sintió la boca de él suave y húmeda deslizarse por su mejilla hasta alcanzar el lóbulo de su oreja. Nada la había preparado para las constantes pulsaciones que habían comenzado a subir desde su vientre hasta su pecho. La mano de Albert alcanzó el corpiño de su vestido, y lo desabrochó. Metió el pulgar en el encaje de su ropa interior y acarició el pezón que se volvió duro ante la dulce invasión inesperada. De la garganta femenina salió un gemido gutural de placer. Albert seguía sometiéndola con su lengua que había vuelto hacia su boca, mientras su mano dejaba el pezón, que parecía protestar por el abandono, para aferrarse a sus nalgas y atraerla más hacia él. Candy pudo notar su miembro endurecido y siguió abandonándose a sus caricias. Apenas fue consciente de que la sentaba en el sillón sobre sus rodillas. Tan solo se percataba de la facilidad con la que él accedía a sus deseos, y que su cuerpo le respondía con toda la pasión que tenía guardada.

Albert detuvo el beso y ella abrió los ojos con sorpresa.

—Tendrás más de esto cuando accedas a casarte conmigo.

Candy tardó un momento en entender sus palabras. Solo sintió el aire frío que agitaba sus senos que habían quedado descubiertos. Él, se marchaba con una sonrisa en la boca.

—¡Maldito bastardo! —le reprochó, pero Albert acababa de salir por la puerta de Battlefield.

En Pembroke House la duquesa viuda Elroy y el duque de Letterston conversaban en privado. Ambos aunaban esfuerzos y estrategias sobre el hijo mayor. Los dos estaban encantados con lady Warren porque había logrado atrapar su atención hasta el punto de que Albert sopesaba quedarse de forma definitiva en Inglaterra. Madre e hijo iban a hacer lo imposible para que tuviera éxito de convencer a la dama. Era un sueño, pues hasta hacía unos meses parecía inalcanzable, pero el encaprichamiento de Anthony por la dama lo había hecho posible.

—Apoyando a Albert obtendremos el enfado de Anthony —dijo la abuela pensativa.

El duque soltó un suspiro mientras caminaba hacia los grandes ventanales.

—Pero es una oportunidad que no podemos desaprovechar —reveló el hijo que miraba un punto indeterminado del paisaje exterior.

—Me parece un milagro —la duquesa viuda estaba emocionada—. Aunque censuro que se haya interpuesto entre su hermano y ella.

El duque se giró hacia su madre.

—Nunca he visto a mi hijo mayor así de decidido. Lady Warren ha conseguido lo impensable, que se quede.

Era cierto. Unos meses atrás, Albert estaba decidido a marcharse definitivamente a Maryland, pero entonces apareció en escena lady Warren y logró variar su rumbo y sus metas. —Es perfecta para Albert —casi susurró el duque.

La duquesa viuda lo había escuchado.

—Una mujer hermosa, inteligente, y con la suficiente templanza para controlar a mi nieto —la mujer parecía muy complacida.

—Tengo que hablar con Anthony —dijo el padre pensativo.

—Es posible que no te escuche.

Ya contaba con eso, pero él tenía el deber de ayudar a su primogénito porque de esa forma lo recuperaba para el ducado y para la familia. Lady Warren no podía ni imaginarse lo beneficiosa que había resultado para los Andrew.

—Si mi hijo pequeño no me escucha, entonces hablaré con la dama.

Elroy hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Tenemos que medir bien nuestros movimientos —remarcó—, porque la dama puede resultar muy esquiva.

—No voy a perder esta oportunidad —confesó el duque—. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que Albert obtenga el triunfo…

—¿Y Anthony? - pregunto Elroy a su hijo.

— La balanza esta del lado de Albert, y es un hecho irrefutable, y en cuanto a Anthony no esta enamorado, él cree que si, pero soy hombre y se cuando un hombre esta realmente enamorado. — se quedo pensativo un segundo, luego continuo. — tengo que hacerle comprender que lo suyo ha sido mero encaprichamiento, y no lo culpo, la dama es realmente hermosa.

—¿Y si crees que Albert este enamorado? - pregunto Elroy. pero luego agrego: — aunque no se por que te pregunto, yo misma me he dado cuenta que su reacción y actitud con lady Warren son mas que las de un hombre que solo gusta de ella, hasta podría arriesgar a decir que nunca lo había visto así, ni siquiera con.. - pero no continuo, su hijo sabia a quien se refería.

William agrego:

— Lo se, y pienso exactamente igual.

...

Dios estos dos!