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— ¿El lazo es así de fuerte?

La pregunta de Antharel quedó flotando en el aire, sin destinatario específico; Dimminuial y Oros lo observaron y luego se miraron entre sí, decidiendo la respuesta en forma tácita.

— Sí y no. Ese tipo de lazo vital funciona para los Elfos puros de raza, como los de la historia. La verdad es que no sé cuántos quedan de esos, porque con el paso de los años se han ido mezclando con otras especies, más con los humanos.

— Pensé que el bosque de Aoba se había cerrado al público.— terció Antharel desde su asiento, en la mesa.

— Otra vez, sí y no.— ésta vez fue Oros quien contestó.— Está cerrado para los humanos, pero no para los descendientes de los Elfos de antaño ni para los Elendir.

—¿Los humanos eternos?

— No son eternos.

Bianca los oía en silencio, interesada por el intercambio. Conocía aquellos conceptos porque en su juventud también había estado interesada en los términos difíciles y desconocidos que aplicaban algunos parientes lejanos y no tan lejanos de los Elfos, Enanos o Magos con los que solía frecuentar; sin embargo, le resultaba emocionante poder confirmar que, en esa época, aquellas cuestiones ya no eran un secreto y que pasaban de boca en boca, como quien pregunta dudas de la vida cotidiana.

Dimminuial bufó, perdiendo la paciencia. La niña adoraba resaltar su descendencia élfica pero, aún así, se exasperaba rápido ante el desconocimiento ajeno.

— Los Elendir son seres humanos con una vida más prolongada que el promedio, pero no son eternos, ni mucho menos. Si en la actualidad viven acaso 300 años, es mucho.

— ¿Todavía hay de esos? No los he oído nombrar.

— No lo sé, mamá no me los ha nombrado tampoco.— dijo Oros mientras saboreaba el postre que Bianca les había ofrecido luego del almuerzo.

— Al final los humanos se mueren rápido, no tienen poderes, qué vida tan…

Al oírse a sí mismo, Antharel cubrió su boca con ambas manos, arrepentido. Dimminuial y Oros jadearon, éste último casi ahogándose con una porción del pastel. Bianca rió, divertida por la reacción de los niños.

— Lo siento, abuela.

— No te preocupes, lo tenemos asumido.

— ¿No le temes a la muerte, abuela?

— No, para nada. He hecho todo lo que deseaba y no me arrepiento de grandes cosas. Aún me quedan algunos años, no me maten todavía.

— ¡Abuela!

Mientras los niños seguían discutiendo acerca de las edades de las diferentes especies y competían entre ellos, Bianca recordó el capítulo que habían leído la noche anterior, antes de enviarlos a sus respectivos hogares.

Iwaizumi no conocía de magia. Era un simple ser humano, hijo y sobrino de carpinteros; conocía el trabajo de la madera, los acabados, los detalles, el mantenimientos de los muebles y de las viviendas. Conocía alguna que otra cosa acerca de las cualidades nobles de ciertos metales, pero poco los trabajaba, eso era especialidad de Bokuto. Se consideraba bueno en su oficio e incluso un tanto orgulloso de su capacidad de pelea, algo que parecía salirle de manera natural; poco le habían enseñado a pelearse con los puños, pero sí a hacerlo con una espada. No era parte del ejército pero se sentía seguro de poder defenderse, llegados el caso.

Sin embargo, aquello se aplicaba si se trataba del ámbito humano. Iwaizumi no le temía a la magia ni a las criaturas que la empleaban, después de todo se había enamorado de una de ellas. Pero lo desconocido siempre generaba desconfianza, resquemor, sobre todo si no conocía la finalidad de la energía que se cernía sobre él.

Por eso, cuando Iwaizumi llegó a la ciudad pocos minutos después de despedir a Kuroo, intuyó y percibió que "algo raro" sucedía allí dentro, entre las calles desiertas, las viviendas incendiadas y el silencio oscuro y sospechoso que reinaba en mitad de la noche. Caminó con desconfianza, recorriendo lugares que conocía. Ni siquiera pudo acceder a la calle donde se encontraba su casa, todo obstaculizado por el fuego que aún no se apagaba y por otras viviendas derrumbadas. En algún momento de su trayecto, volteó sorprendido al oír el galope de un caballo perdido, incluso creyó escuchar una voz llamándolo, otras llorando. No encontró ninguna persona viva, ningún indicio de vida, humana o no. Rápidamente llegó al lugar donde había sucedido la tragedia; la sangre de Bokuto seguía allí, en el suelo. La luz del fuego la iluminaba, brillante y lastimosa a la vista. Iwaizumi sólo se detuvo unos instantes, contemplándola.

Por alguna razón, no se sentía nervioso, amenazado ni ansioso. Cuando su mirada se elevó hacia el castillo, las columnas de humo que antes lo saludaban ahora ya eran mucho menos densas, casi extintas. No había fuego, tampoco escombros. Si no había habitantes, si todos habían muerto o huido, ¿dónde estaban los soldados del rey? ¿Karasuno había llegado sólo con un objetivo en mente y había abandonado tan rápidamente la capital que con tanto esfuerzo les había costado conquistar? ¿Era aquello real?

Sí, lo era. Pero había algo más.

Mientras avanzaba hacia el palacio y subía las escalinatas que habitualmente estaban custodiadas por la guardia real, en esos momentos desierta y llena de escombros, Iwaizumi tuvo un mal presentimiento. Otro más aquella noche, ya estaba cansado. Algo en específico había hecho aquello, el conjunto. "Algo" había espantado a la gente, ciudadanos y enemigos. Aquel manto de tensión constante en medio de la aparente calma que cubría a la ciudad semi en ruinas que Iwaizumi había sentido sobre su cabeza todo el tiempo, no era normal. No era natural, era premeditado, y no era la simple sensación de desasosiego que le generaba la situación.

El interior del castillo estaba desierto también; a diferencia del exterior, allí no había fuego, no había destrozos. Iwaizumi recorrió un par de corredores y comenzó a subir otras escaleras, alto, muy alto. Su mente estaba confundida, afligida, agotada. En su trayecto, Iwaizumi percibía aquella energía extraña de manera cada vez más intensa mientras seguía siendo testigo incrédulo de la serenidad allí dentro. Alcanzó a ver un par de ventanas rotas, pero nada más.

Por el resto, podía parecer un castillo completamente normal, sólo que sin habitantes.

Sus pasos resonaron, haciendo eco en las paredes de piedra. Tardó en llegar a la torre que creía era la que emanaba la humareda. Al dar un paso sobre el suelo firme en la última planta alta del castillo, Iwaizumi lo vio de inmediato, casi retrocediendo y cayendo de espaldas escaleras abajo.

El miedo reemplazó al cansancio nuevamente. Frente a él, un cuerpo boca abajo yacía inerte en el suelo. No tuvo que voltearlo para saber que se trataba del rey. Luego de unos segundos de duda se acercó y arrodilló a su lado. No respiraba, y creyó saber por qué. Una flecha fracturada descansaba enterrada en el medio de su espalda, y la imagen le trajo una reminiscencia desagradable y nefasta.

El rey no había tenido a nadie cerca que lo ayudara en su momento más crítico.

Bufó, un tanto consternado. Creía estar un poco paranoico ya para esos momentos, pero ¿el emplumado de la flecha no era muy similar a la que había atravesado a Bokuto? Seguramente pertenecía al reino de Karasuno, aunque tenía entendido que los altos cargos del ejército solían utilizar sus propios distintivos en sus armas. No, no podía ser que se tratara del mismo atacante.

Sí, fue el mismo humano, si te lo estás preguntando.

Iwaizumi casi cae sentado en el suelo producto de la impresión que le generó oír la voz de Oikawa, detrás suyo. Jadeó y maldijo, dándose la vuelta. Oikawa lo observaba con el rostro ladeado, la sonrisa en sus labios tal y como la recordaba. Por el resto parecía encontrarse bien, a salvo.

Sabía que te encontraría aquí. Oikawa, maldición, ¿tú no habrás…?

¿Asesinado al rey? Oh no, alguien se me adelantó.

¿De verdad fue la misma…? Espera, cómo has dicho.

No me malinterpretes, Iwa-chan. No pensaba matarlo.

Oikawa se acercó uno, dos pasos. El impacto de sus botas produciendo un eco más notorio que el del calzado de Iwaizumi al dar un paso, otro.

E Iwaizumi retrocedió, instintivamente.

Al verlo, Oikawa detuvo abruptamente su caminata hacia él. Sus cejas se arquearon y la sonrisa que aún adornaba su rostro flaqueó hasta desaparecer, su semblante consternado.

¿Iwa-chan?¿Qué sucede?

¿Hay algo que quieras contarme, Oikawa?

¿Algo como qué?

Podrías empezar por explicarme qué mierda está pasando allá afuera, y no te atrevas a decirme que no tienes nada que ver.

¿Te refieres a la ciudad? Sí, fui yo. Sólo es un campo energético para que no ingrese ningún humano. Es todo, Iwa-chan. No tiene un objetivo ofensivo.

Yo soy un humano y logré entrar.Oikawa rió, pero no hubo alegría en el sonido que soltó su garganta.

No vas a compararte a esas…Oikawa presionó la mandíbula e Iwaizumi supo que estaba conteniendo un insulto. Envalentonado, fue él quien se acercó varios pasos.

Vamos, dilo. Suéltalo de una vez.

Sabes lo que pienso de los humanos.

No, no lo sé. Lo intuyo, pero no lo sé. Ilumíname.

Quizás fue el tono que Iwaizumi había empleado, tal vez fue el momento determinado. Incluso podía tratarse de Oikawa, quien no parecía del mejor estado de ánimo posible en esos momentos. En ese instante, Iwaizumi vio el rostro del otro contraerse en una clara mueca de desprecio. Finalmente suspiró, relajándose.

Está bien, Iwa-chan. Te diré lo que son los seres humanos. Son criaturas insulsas, inútiles. Si se quedara allí no representaría mayor problema, pero son egoístas, agresivos, malévolos. Son alimañas que incluso se destruyen entre ellos. ¡Qué especie tan particularmente tóxica!

¿Eso es lo que has pensado de mí todo éste tiempo?

Claro que no. ¿Te da la impresión de que hubiese tenido relaciones con una criatura a la cual desprecio?

Al oírlo decir aquello con total desparpajo, Iwaizumi se envaró en su sitio, incómodo y avergonzado. Oikawa no tenía ningún tipo de complicaciones mentales cuando nombraba cuestiones que para él eran naturales, como el sexo. La muerte también parecía entrar en ese rubro.

Pero soy humano, Mierdakawa, ¿o aún no lo has notado? Soy lo que has dicho. Una criatura insulsa e inútil. Y por demás agresiva.

Iwa-chan.

Oikawa volvió a acercarse y ésta vez Iwaizumi no retrocedió. Sólo se detuvo al estar a unos centímetros de distancia; levantó una mano y acarició el rostro de Iwaizumi con una delicadeza efímera. Sus dedos estaban fríos, congelados.

Eres la criatura más noble que conozco. No eres un inútil, ni para tu especie ni para la mía. Lo de la agresividad es parte de tus encantos.

Entonces, ¿por qué me sigues llamando criatura?.un extraño silencio se hizo entre ellos. Oikawa no contestó y su mano detuvo la caricia.No quieres reconocer lo que soy, porque eso sería reconocerte a ti mismo que te enamoraste de una cosa que detestas, ¿o me equivoco?

Te equivocas. Con creces. Eres tú quien no lo entiende.

Oikawa bajó la mano y en su rostro se vislumbró el atisbo de una ira que Iwaizumi no le conocía. Un destello rojizo, parecido al anterior que le había visto en el fuego, se hizo presente en sus ojos. Aún así, no experimentó miedo alguno.

Voy a dejártelo en claro para que de una vez por todas te entre en la cabeza.

Adelante, soy todo oídos.

El único ser humano que me importa eres tú. Me importa lo que haces, lo que piensas, lo que dices. Me importa tu seguridad, tu felicidad. Me importa que estés a mi lado, que nada nunca te falte. Lo que le suceda al resto de la humanidad no es problema mío, y si algo está en mis manos para alejar a toda esa gentuza de nuestras vidas, así será.

Oikawa, maldito seas, esa gentuza es mi gente. ¡Yo nunca te pedí que te alejes de los tuyos! Jamás haría algo como eso, cómo puedes…

Porque los de mi raza no se entrometen. Y si lo hacen, resolvemos las cosas de manera diferente.

No quiero saberlo.

¿No te interesa, Iwa-chan? ¿No te da ni siquiera un poco de curiosidad?

No.

Pues qué lástima, porque eliminamos el problema de raíz. Lo que no nos gusta, simplemente lo hacemos desaparecer.

Como has hecho con toda la gente de la ciudad. ¿Asesinaste también a los soldados de Karasuno? Porque no he visto ni uno.

Hasta ese momento, Iwaizumi no se había percatado de que ambos estaban prácticamente gritándose el uno al otro; habían ido elevando la voz producto del enojo y ambos se hallaban caminando por el amplio espacio de aquella cámara fría, de piedra. Se habían alejado tanto el uno del otro que Oikawa se encontraba lejos, a uno metros de su posición. ¿En qué momento…?

¿Esos? Ni siquiera lograron llegar hasta aquí. Lo único que lamento es no haber podido asesinar al imbécil que le disparó a Bokuto. ¿Cómo se encuentra, por cierto?

Esa era otra cuestión que Iwaizumi acababa de notar. La voz de Oikawa se había vuelto grave, un tanto agresiva. Al preguntar por Bokuto, el tono dulzón y suave que Iwaizumi le conocía volvió a la superficie, enojándolo todavía más.

Vivo, con los Elfos.

Descuida, Eilruah e Iarthro se harán cargo.

Supongo que sí. ¿Cómo sabes que fuimos con…? Bueno, con ese.

Iwa-chan, tantos años y eres incapaz de pronunciar sus nombres. Los vi.

Nos viste.otro momento de silencio. Al menos habían dejado de gritarse.Cómo que nos viste.

Luego de deshacerme de ese imbécil, los seguí hasta el bosque. Y bueno, entré.

No entiendo, ¿cómo es que nos seguiste, si no venías con nosotros?

Puedo cambiar de forma. Sólo me transformé y volé detrás de ustedes.

Otro silencio.

¿Que puedes...qué? ¿Por qué yo no sabía eso?

Nunca me lo preguntaste. Nunca me has preguntado nada de mis poderes, Iwa-chan. No sabía que debía contártelo.

Pues bien, creo que es un buen momento para empezar a hacerlo. Tengo que saber una cosa, Oikawa.

Dime.

¿Esto fue planeado?

¿El ataque de Karasuno? No, para nada. Eso es cosa de humanos, sólo me facilitaron el proceso.

¿Te lo facilitaron? ¿Y cuál era tu objetivo?

Quedarme con la capital. Y bueno, obviamente con el reino.

Oikawa lo había soltado como quien cuenta el clima del día anterior. La sonrisa había vuelto a su rostro y en esa ocasión, sí había diversión y un dejo de confusión en sus ojos. Iwaizumi se percató de que Oikawa hablaba de aquello como si hubiese sido algo obvio, un evento que iba a ocurrir tarde o temprano.

Me va a explotar la cabeza. ¿En qué momento decidiste una cosa así? ¿Por qué? ¿El bosque no es suficiente, idiota?

Decidirlo...en realidad fue una decisión de último momento. No tenía planeado gobernar a los humanos también, sabes.

No me jodas.

No lo estoy haciendo. Sí puedo decirte que tenía planeado hacerles pagar el sufrimiento que le han causado a las criaturas mágicas y a mi, particularmente. Pero podemos decir que una cosa llevó a la otra y...con respecto al bosque, la respuesta es no, Iwa-chan. Allí están los Elfos, no me siento libre. Y tú no quieres vivir allí, así que yo debía trasladarme. No iba a hacerlo entre medio de tanto humano.

Es decir que en resumidas cuentas, la culpa es mía.

No lo mires así. Lo hice por ti.

¿Por mi? No me hagas reír.

Iwaizumi volvió a elevar la voz, la cual produjo eco en el recinto.

No intentes ocultar tus crímenes de odio justificándolo con que lo has hecho por mi.

¿Crímenes? ¿Llamas un crimen proteger lo que amo? Cuando te conocí.terció, indignado.ese mismo día, juré que nunca ibas a dejar de sonreír siempre que estuviera en mi alcance, y lo está. No voy a permitir que alguien te lastime, mucho menos que te separen de mi lado.

Oikawa, nadie va a separarnos, nadie va a lastimarme. Eres tú quien lo está haciendo.

¿Qué?

Yo también, cuando te conocí, estaba fascinado contigo. Con tus poderes, con tu especie, con tu personalidad. Me dabas miedo, pero te admiraba. Ahora sólo me das miedo, Oikawa. No te reconozco. No me has mentido, eso es cierto, pero has estado ocultando tantas cosas que siento que lo que has vivido conmigo es una faceta más de tu vida.

Un silencio incómodo se cirnió sobre ellos. Iwaizumi se había acercado un poco más a Oikawa y, desde su posición, vio el mentón del otro temblando débilmente, sus ojos un tanto brillosos.

Estaba furioso.

¿Cómo…?¿Por qué vas a temerme, justo a mi, Iwa-chan? Hemos estado juntos, siempre. No tengo un recuerdo feliz que no te involucre.

¡Yo tampoco, maldita sea!¡Yo tampoco!

Iwaizumi lo había gritado, más enojado que Oikawa. Su voz se había quebrado en la mitad de la frase; sentía la garganta cerrada y la vista empañada, la cual desvió hacia un costado, intentando centrarse. Oikawa soltó un sollozo estrangulado que no alcanzaba a ser llanto, pero Iwaizumi lo había comprendido bien: algo se había roto entre ellos, dentro de ellos. Aquella discusión no era como otras anteriores, era definitiva. Como si un abismo se abriera entre ellos, Iwaizumi vio a Oikawa alejándose de él, de su persona, de su vida, no así de su corazón.

Le dolía el pecho, quería salir de allí. Ahora.

¿Recuerdas el...las flores, Iwa-chan?

Se animó a levantar la mirada. Oikawa sí estaba llorando, pero sus lágrimas caían silenciosas, su voz repentinamente tranquila.

Claro que lo recuerdo. Te desmayaste ese día.

No me desmayé, tuve un sueño. Soñé que morías, que te perdía. Y lo supe en el instante en el que desperté. Si no te protegía, si no hacía esto, ibas a alejarte de mi lado.

Oikawa, no puedo seguir con esto. Éste no eres tú, esto no es...no es lo que planeamos. No es lo que se suponía que tenía que ser mi vida a tu lado.

Ese mismo día prometiste que nunca me dejarías.

Iwaizumi retrocedió uno, dos, tres pasos hacia la escalera. Dio un vistazo al cuerpo del rey, recordando que tenía un hijo, el cual probablemente también estaba muerto.

Mi juramento como caballero no me permite mantener esa promesa. Te has convertido en lo que juré destruir, Oikawa. No puedes gobernar a la fuerza, no puedes imponerte.

Sólo mírame hacerlo.

No, gracias. No me interesa.

Dio media vuelta y colocó un pie en el primer escalón, sintiendo que su vida se venía abajo en segundos; divisó el final de la escalera muy, muy abajo. Allá estaban sus ánimos. Había perdido su casa, su trabajo, el amor de su vida resultaba ser una persona totalmente diferente de la que se había enamorado, la cual probablemente ya no existía. No tenía adónde ir, dónde esconderse.

Pero tenía que salir de allí antes de que Oikawa lo terminara convenciendo y terminara suicidándose.

Sólo una cosa más, Iwa-chan.

Qué.

Si te vas.oyó uno, dos pasos, el eco retumbando en la estancia vacía.Si bajas esa escalera y huyes, no habrá vuelta atrás. Hay cosas que aún no conoces.

No me interesa. Suerte, Oikawa.

Y así, Oikawa lo vio partir en silencio. Se quedó de pie, casi sin pestañear, hasta que oyó el último eco de los pasos de Iwaizumi, el silencio llenándolo todo. En ese instante, su mentón comenzó a temblar otra vez y, en esa oportunidad, no contuvo para nada el llanto que había amenazado en estallar varias veces frente al otro. Lo había perdido, la única razón que lo movía a comportarse decentemente, el único motivo que tenía para ser feliz. Y habían sido esos malditos humanos quienes lo habían hecho, Iwaizumi seguía defendiéndolos, convencido de que aún pertenecía a ellos. ¿No había entendido que lo había hecho para que ambos fueran felices, para que pudiesen convivir juntos y no hubiese más conflictos entre razas y especies?

Porque Oikawa no iba a volver a permitirlo. Los humanos, al menos en aquel reino, ya no tendrían permitido ejercer la violencia, ni entre sí ni a las demás especies.

Porque en realidad, sí existía otro motivo por el cual debía hacerlo. Iwaizumi sólo era uno de ellos.

Tocándose el vientre, suspiró. Que después Iwaizumi no le echara en cara aquello, porque no había querido saberlo.