Capítulo 20
A la mañana siguiente, a unos treinta kilómetros de la granja, en una pequeña casita del pueblo de Keppoch, Temari se desperezaba en la cama desnuda y satisfecha de la maravillosa noche de sexo que había compartido con Óbito.
Arrebujada entre las mantas, sintió el cuerpo caliente del escocés contra el suyo. «Mmm, me encantas», pensó acariciando sus muslos con lentitud mientras él aún dormía. Tocó su miembro con curiosidad y tuvo que sonreír al sentir que, incluso dormido, aquel maravilloso juguete le prestaba atención, así que lo besó en el cuello, y Óbito reaccionó abrazándola. Ella se acurrucó.
No sabía qué hora era, aunque de hecho no le importaba. Sólo sabía que estaba cansada y feliz, por lo que, dándose media vuelta, volvió a apoyar la cabeza en la almohada al tiempo que cerraba los ojos. Sin embargo, algo llamó su atención y volvió a abrirlos.
Incrédula vio que delante de ella había una niña sentada en una silla. Pero ¿de qué la conocía?
Al ver que Temari la miraba, la pequeña sonrió dejando al descubierto su boca mellada.
—Hola —saludó—. Soy Lexie.
Temari la miró contrariada.
—Hola, Lexie —respondió retirándose el pelo enmarañado de la cara.
¿Lexie?, ¿la niña que la tarde anterior habían encontrado en Dornie?, pensó frotándose los ojos.
—¿Por qué estás durmiendo con mi papi?
La mente de Temari tardó unos minutos en asimilar lo que había dicho la chiquilla.
—¿Tu papi? ¿Que estoy durmiendo con tu papi? —gritó Temari a punto del colapso, y, volviéndose hacia Óbito, que seguía inconsciente, comenzó a darle manotazos hasta que él se despertó sobresaltado.
—Temari —murmuró adormilado—. ¿Qué te ocurre? Me estás machacando el muslo con tus golpes.
—Hola, papi —saludó la niña—. ¿Ella va a ser mi mami?
—¿Papi?... —murmuró Temari enarcando una ceja—. Esta niña te está llamando papi.
—Sí. —Óbito se incorporó, ya por completo despierto—. Ella es Lexie, mi hija —explicó. Después se volvió hacia la niña—: Tesoro, ¿sabe Ayame que estás aquí?
—Sí, papi. Como vimos tu coche, me dejó venir a despertarte.
Temari miraba a Óbito boquiabierta. No sabía ni qué decir, ni qué hacer. Tampoco podía levantarse, puesto que estaba desnuda y no quería escandalizar a la niña.
—Lexie, cariño —dijo él al percibir la incomodidad de Temari—, ¿podrías esperar en tu habitación hasta que nos levantemos? Prometo que tardaré cinco minutos.
—Pero, papi —protestó la niña—, es que yo sola me aburro.
—Lexie Ann —insistió Óbito endureciendo el tono—, ¿quieres salir de la habitación, por favor?
Tras suspirar con gracia, la niña bajó de la silla de un salto, pero antes de salir volvió a mirar a Temari.
—Eres muy guapa.
—Gracias, Lexie. Tú eres preciosa —le dijo ella al tiempo que le dedicaba una enorme sonrisa.
Después, la niña desapareció. En el acto, Temari saltó de la cama y, tras coger sus cosas a la velocidad del rayo, comenzó a vestirse.
—Temari, mírame —pidió Óbito saliendo también de la cama.
—No, no voy a mirarte —repuso ella poniéndose la ropa de cualquier manera; quería salir de allí cuanto antes—. Porque, como te mire, te juro que te parto la cara.
—Escúchame, por favor —insistió él cogiéndola por los brazos—. ¿Recuerdas que anoche quería decirte algo pero con las prisas por llegar a la cama no me dejaste hablar?
—Oh..., no me vengas ahora con ésas —replicó malhumorada—. Te conozco desde hace días, y ¡nunca! —gritó Temari—, ni una sola vez te he oído mencionar el nombre de Lexie, ni a ti ni a nadie de tu maldita familia. Incluso ayer, en Dornie, nos encontramos con ella, y Ko y Karin disimularon. ¿Por qué? Sois todos un hatajo de mentirosos.
—Por favor, dame un segundo —le rogó Óbito intentando abrazarla, pero ella lo apartó de un manotazo.
—No. No voy a darte ni un segundo. Creo que ya has tenido muchos segundos para contarme este pequeñísimo detalle, ¡mentiroso!
—Tienes razón, te debo cientos de explicaciones, pero escúchame —le ordenó inmovilizándola contra la pared—. Si no te hablé antes de Lexie era porque nunca pensé enamorarme de ti como para contarte mi vida.
—¡No quiero escucharte ahora! —gritó Temari— ¡Suéltame!
—Donna, la madre de Lexie, fue el mayor error de mi vida. Pero mi hija siempre ha sido una bendición —comenzó a contar Óbito—. Donna era una chica inglesa que conocí hace seis años en el festival de Edimburgo. Era alocada, pero eso era lo que me divertía de ella. Pocos meses después se trasladó a Keppoch a vivir conmigo y, a pesar de los rumores de que tonteaba con otros hombres, yo estaba tan ciego que me casé con ella cuando se quedó embarazada. Al nacer Lexie, pensé que Donna cambiaría, pero todo fue a peor. No quería saber nada de la niña y su alocada vida comenzó a ser mi peor pesadilla. Tuvo un lío con mi primo Shisui, y la noche en que los descubrimos Sasuke y yo... ella cogió el coche de Shisui para intentar huir y se estrelló contra un árbol al salirse del camino. Murió en el accidente.
—No quiero escuchar nada —siseó Temari.
—Desde entonces, no había vuelto a mencionar su nombre hasta hoy, y mi familia pasó a llamarla la difunta. Eso es todo.
Temari no quería escucharlo, no. Ya había cedido cientos de veces con Shikamaru y siempre había sido ella quien había acabado sufriendo.
—¿Por qué me cuentas esto ahora? —le gritó.
—Porque te quiero —soltó él.
Eso la confundió más aún.
—Maldita sea, Óbito. ¿Cómo has podido ocultarme que tenías una hija? ¿Qué más me ocultas?
—Nada más —aseguró él al tiempo que se sentaba en la cama derrotado.
—No te creo. —Temari nunca había soportado la mentira, y había tenido que enfrentarse a ella muchas veces—. Ya no te creo.
Óbito la entendía. Desde un principio debería haber sido sincero respecto a Lexie, pero nunca pensó en implicarse tanto con aquella española. Ahora, sin embargo, ya era tarde, puesto que se había enamorado de ella.
—¿Cómo puedo llegar hasta la granja? —inquirió Temari cogiendo con rabia su bandolera.
—Si esperas diez minutos, yo mismo te acercaré.
—¡No! —gritó abriendo la puerta del dormitorio—. Prefiero ir sola.
Y salió de la habitación hecha una furia. No sabía dónde se encontraba, pero estaba segura de que lograría llegar hasta la granja. Poniéndose el gorro azul de lana, cogió su cazadora bomber y se dirigió con rapidez hacia la puerta de entrada. Pero cuando la abrió notó que alguien tiraba de su bandolera. Al volverse se quedó petrificada. Era Lexie.
—¿Por qué te vas? —preguntó la niña.
—Tengo prisa.
—Te has enfadado con mi papá por mi culpa, ¿verdad? —murmuró la niña haciendo pucheros.
—Oh, no, cariño —contestó ella cerrando de nuevo la puerta y, tras agacharse para ponerse a su altura, prosiguió—: Tú no tienes la culpa de nada. Es sólo que tu papá y yo somos adultos, y a menudo los adultos se enfadan.
—Entonces, ¿por qué te vas? —musitó la chiquilla—. ¿No quieres ser mi mamá?
—Cariño, yo... —repuso Temari afligida.
—Lexie —habló entonces Óbito a su espalda—, Temari se va porque papá no se ha portado bien con ella. Hice algo que no debería haber hecho, y de lo que estoy seguro que me arrepentiré el resto de mi vida.
—Pues pídele perdón —señaló la pequeña mirándolo—. Tú siempre me dices que, cuando alguien hace algo malo, lo primero que tiene que hacer es pedir perdón.
—Lexie, ven aquí, cariño —susurró Óbito.
—Temari —dijo la pequeña mirándola a los ojos mientras le quitaba el gorro—. ¿Por qué no perdonas a mi papi? Es el mejor del mundo, y es muy divertido. Además, sabe jugar a las Barbies y cuenta unos cuentos muy bonitos. Y, ¿sabes lo mejor? Prepara unos desayunos muy ricos.
—Lexie, cariño, ven aquí y calla —le pidió Óbito con delicadeza. Conocía los anhelos de su hija, y el principal era encontrar una madre.
—Pero, papi —protestó la niña—, siempre has dicho que cuando trajeras a casa a una chica sería porque ella era especial.
La dulzura y el abatimiento en la expresión de Óbito al llamar a su hija fue lo que hizo que a Temari comenzara a latirle el corazón con fuerza. Aquel tipo algo desgarbado de pelo negro y más mentiroso que Pinocho le había robado el corazón, y ya nada volvería a ser como antes. Aquellas dos personas la necesitaban tanto como ella las necesitaba a ellas. Era inútil marcharse. No quería irse. Quería quedarse y sentir cómo la sonrisa de Óbito le calentaba el corazón cada vez que la miraba, y también dejarse querer por Lexie. Así pues, se levantó y, mientras agarraba la manita de la niña, dijo mirando a Óbito con una tímida sonrisa:
—¿Es cierto que preparas unos desayunos muy ricos y además sabes jugar a las Barbies?
El escocés no sabía si reír o llorar. Sólo podía mirar a aquella mujer que desde que había aparecido en su vida le había alegrado el corazón.
—Lexie —le indicó él entonces con el corazón a punto de estallar—, ve a la mesa de la cocina y pon un cubierto más. Temari se queda a desayunar.
—¡Bien! —gritó la chiquilla emocionada, echando a correr hacia la cocina.
Óbito se acercó lentamente a Temari y la tomó de la mano. Al ver que sonreía, él también lo hizo.
—Tengo algo más que decirte —dijo pegando su frente a la de ella—. Te quiero con toda mi alma, señorita española, y haré todo lo que esté en mi mano para que nunca quieras separarte de mí.
Emocionada y a punto de llorar, Temari lo besó con amor. Él era el hombre que siempre había buscado, y ella sabía perdonar.
—Lo primero es lo primero —afirmó haciéndolo sonreír—. Demuéstrame que sabes preparar el desayuno más rico del mundo y cómo juegas con las Barbies, y después hablaremos.
