Capítulo 9
Una urraca tuvo la culpa
El jueves amaneció soleado, como había pronosticado Naruto. Con el sol, mi ánimo mejoró bastante y planeé mi excursión con ilusión. Revisé los folletos y me decidí por una ruta que exploraba las colinas circundantes. Según explicaba no había pérdida, ya que si no me desviaba del camino rural y podría tener excelentes vistas de Great Glen. Para comenzar, me pareció el mejor y no suponía mucha dificultad.
Salí sobre las doce del mediodía, después de haber preparado una mochila con una manta de viaje, botellas de agua y el almuerzo. Pretendía volver sobre media tarde, para aprovechar y llamar a casa y también descansar un poco, después de llevar varios días acostándome muy tarde. Me vestí con unas mallas negras, una camiseta blanca, una sudadera también negra y unas zapatillas de deporte. Me puse las gafas de sol, olvidadas hacía varios días, y emprendí la marcha, ayudada por un plano que me había prestado Hiruzen.
Pedaleé una hora y media más o menos, subiendo colinas y atravesando valles verdaderamente hermosos. No era un paisaje de cuento de hadas, era un paisaje salvaje e inhóspito, de incomparable belleza. Tierra de duendes y druidas, de valles llenos de brezo en flor y rocas sobresalientes, envueltos en la bruma que transmitían una atmósfera de misterio. Tierra de secretos y de lucha, de hombres rudos y supervivientes, cada uno de los montañeses escoceses había dejado su impronta en aquel paisaje tan desolado y a la vez tan lleno de vida.
Encontré un pequeño bosquecillo de serbales a la orilla de un riachuelo de aguas claras y cristalinas, un pequeño cúmulo de rocas le daba el aspecto perfecto para descansar.
Extendí la manta y esparcí mi almuerzo. Como no sabía muy bien lo que iba a necesitar o lo que me podía apetecer, había echado un poco de todo. Algo de fiambre, queso, fruta, pan y carne empanada. Como postre unas barritas de chocolate, para los tirones musculares, me dije.
Comí en un agradecido silencio, arrullada por el único sonido del agua correr cerca de mis pies y el piar de los pájaros entre los árboles. Cuando terminé me tumbé a descansar un poco, antes de retomar la ruta. El sonido del viento ululando entre las hojas y la suave caricia del sol en el rostro hicieron que me relajara de tal modo que me quedé completamente dormida.
Desperté con la sensación de que algo o alguien estaba a mi lado. Abrí los ojos desorientada, ya no había sol, mejor dicho algo me tapaba el sol. Y ese algo parecido a un látigo peludo me golpeó la cara. Eso hizo que despertara de golpe. Me incorporé bruscamente para encontrarme con la cara a escasos centímetros del trasero de una vaca de las Highlands, a las que yo llamaba cariñosamente las vacas hippies por las melenas que portaban.
Maldije en voz baja. Intenté arrastrarme hacia atrás para separarme del animal. No pude, ella había colocado una de sus pezuñas entre mis piernas abiertas mientras su rabo se balanceaba de un lado a otro muy cerca de mi rostro. Me quedé quieta, rezando para se fuera, lo que no parecía ser su intención, ya que se estaba zampando lo que quedaba de mi manzana y parecía que iba a continuar con el trozo de queso y ¡no Dios mío! mis barritas de chocolate. "¿Las vacas comen chocolate?", pensé en un instante surrealista.
La vaca decidió girarse en ese momento y moviéndose con lentitud se posicionó frente a mí. Levanté la vista y nos quedamos mirándonos fijamente, ella a mi cara aterrorizada y yo a esos enormes cuernos que portaba.
¡No era una vaca, eso era un toro de lidia! Tampoco podía asegurarlo a ciencia cierta, pero ¿las vacas tenían esos cuernos tan grandes y retorcidos?
Empecé a entender que quizá estuviera en peligro, el corazón me martilleaba en el pecho con tanta fuerza que creí que la vaca en cuestión se había quedado quieta porque estaba escuchando una marcha militar.
Ambas seguíamos mirándonos, ella con expresión curiosa, o eso me pareció al vislumbrar, observando bajo todo aquel pelo unos ojillos marrones demasiado pequeños para el tamaño del animal, yo con una expresión de absoluto terror.
—Vaca, vaquita... psspssss, tranquila, guapa, preciosa... vamos, vete, vete a comer hierbita rica —le hablé como hablaría a un gatito, pero no era un gato, era una vaca y estaba hambrienta.
Giró la cabeza y casi me saca un ojo con uno de los cuernos. Emití un grito de terror. La vaca, probablemente molesta por el sonido de mi boca, me respondió con un mugido que me dejó medio sorda.
Decidí que era hora de tomar una decisión y no se me ocurrió otra que agarrar con fuerza mi mochila, arrastrarme hacia atrás, levantarme lo más rápidamente que pude y huir a la velocidad del rayo.
No llegué muy lejos. Más bien no llegué a ningún sitio. Al primer paso, mi zapatilla se quedó clavada en una boñiga de vaca, probablemente de mi vaca acosadora, y caí cuan larga era de bruces al suelo.
Estando ahí tumbada y dolorida, oí varias vacas más mugiendo. ¿Estarían riéndose de mí? Probablemente. Yo si fuera vaca también lo haría.
Me incorporé temblando. Había cinco, no, seis vacas que se acercaban trotando a recibirme. Me sentí como el juguete de un perro de presa. Puede que quisieran vengarse de lo que les hacíamos a los toros en España. No podían llenarme de banderillazos, pero sí dejarme como un colador.
Me levanté de un salto y salí corriendo esquivando por los pelos una vaca que me miraba con especial inquina. Resbalé en el suelo húmedo y volví a caer esta vez de espaldas. Más mugidos y mucho más cerca. Para que luego digan que el senderismo no es un deporte de riesgo.
Vi una valla metálica al fondo del prado, corrí como una posesa hacía ella pretendiendo saltarla. Sí, yo, que siempre había suspendido educación física porque no me impulsaba bien en el potro. Ahora, con la adrenalina corriendo por mis venas, podría haber conseguido el récord internacional de salto de vallas. No fue una buena idea.
Me apoyé en un poste y salté de medio lado ayudándome con una pierna, la otra quedó colgando en el otro lado y tuve que volverme y agarrarla con mis dos manos hasta que crucé. Creyéndome a salvo intenté dar un paso hacia el camino y me quedé clavada, literalmente, clavada al cercado metálico.
Con miedo a girarme por si veía que las vacas se habían aproximado toqué con mi mano el punto donde me había enganchado. Tenía un pincho retorcido de hierro incrustado en el elástico de mis mallas a la altura de mi nalga derecha. Manoteé intentando soltarme y solo conseguí que se me rasgara un poco el pantalón. Escudriñé el camino por si veía acercarse a algún transeúnte, pero no me había cruzado con nadie en todo el camino, así que era poco probable que apareciera alguien. Ahora mi mayor preocupación era que no acabara asesinada por una vaca, sino de inanición; encontrarían mi esqueleto por los buitres que me rondarían al ver mi muerte cercana enganchada a una valla de hierro oxidado.
Lloriqueando me di por vencida. Nada podía salirme peor, ¿no? Pues sí, la máxima de la Ley de Murphy se cumplió. En ese mismo momento gruesas gotas de lluvia comenzaron a caer levantando pequeñas nubecillas de polvo en el camino y dejándome en unos minutos calada hasta los huesos.
Rebusqué en la mochila el móvil, tapándolo con mi propia cabeza inclinada para que no se mojara, llamé al pub Uchiha y recé por que alguien escuchara la llamada y viniera a buscarme. Ni siquiera había memorizado en la agenda el teléfono de urgencias o de la policía. ¿Dónde había quedado mi prudencia? Perdida en algún valle de las Highlands. Pero tengo que decir en mi defensa que ¿cómo me iba a imaginar que unas vacas en apariencia tan simpáticas y melenudas iban a resultar un animal sediento de sangre humana? Cuando las veía pastar tranquilamente a unos cincuenta metros del camino al trabajo, parecían tan amigables, como peluches gigantes y torpes.
—Pub Uchiha, dígame.
—Naruto, necesito tu ayuda —dije gritando desesperada.
—¿Sakura?
—Sí.
—Soy Sasuke, ¿qué ha ocurrido?
Me dio un vuelco el corazón. Tenía todas las papeletas de sufrir un infarto de miocardio.
—S... S... Sasuke, me... me he perdido, y... me han atacado una vacas feroces con... con unos cuernos enormes y puntiagudos —boqueaba y sollozaba al mismo tiempo.
—¿Dónde estás? —su tono era serio y preocupado.
—¡No lo sé! ¡Ya te he dicho que estoy perdida! —grité asustada, cada vez oía más cerca el mugir de las vacas.
—Dime qué ves —su tono era suave y tranquilizador. A mí me puso todavía más nerviosa.
—Vacas, muchas vacas asesinas, que quieren ensartarme como a un cerdo en una barbacoa —volví a gritar.
¿Era una risa lo que oí al otro lado del teléfono?
—Dime lo que ves a tu alrededor, descríbemelo, aparte de las vacas — volvió a hablar suavemente.
Miré alrededor buscando algo que pudiera identificar mi situación.
—Un camino, una valla con hierros entrelazados, un pequeño grupo de árboles, un arroyo pequeño que parece venir de una colina situada a mi espalda —expliqué un poco más calmada.
—No es suficiente, dime algo más —volvió a insistir Sasuke.
—A la izquierda hay dos colinas que se abren en un valle, un poco más abajo dos formaciones rocosas, la mayor parece inclinada sobre la más pequeña, como si estuviera a punto de caer sobre ella, ¿te vale? —pregunté temblando por el frío y el miedo.
—Sí, ya sé dónde estás. Acércate por el camino hacia esas rocas, en cinco minutos estaré ahí.
—No puedo moverme —exclamé lloriqueando otra vez.
—¿Por qué? ¿Estás herida? —percibí su preocupación.
—No, es... es... que me... me he quedado enganchada a la valla cuando he saltado huyendo de las vacas asesinas —boqueé al teléfono.
Ahora sí pude escuchar las risas contenidas al otro lado de la línea.
—Tranquila. No te muevas, bueno, no demasiado, ahora salgo a buscarte —oí perfectamente el sonido de una carcajada reverberando en su garganta.
—Vale —dije y colgué el teléfono. No estaba herida físicamente, pero mi orgullo había sufrido un duro golpe.
Oí el mugir de una de las vacas acercándose a mi espalda. Estaba tan aterrorizada que tenía los músculos como varas de acero, me quedé quieta, más por el terror que me atenazaba que por la imposibilidad de moverme. ¿Las vacas podían oler el miedo? ¿O eran solo los perros? ¡Maldita fuera mi decisión de estudiar letras puras!, el mundo animal me resultaba tan extraño como la vida en Marte.
Un pájaro parecido a un cuervo se posó en un poste de madera a mi izquierda, observando curioso el refulgir de los adornos metálicos de la pulsera que me regaló Matsuri, que no me quitaba nunca. Parecía totalmente ajeno al peligro que corría.
—¡Chist, chist! —le siseé para que huyera del peligro. El pájaro aleteó y siguió con su mirada el tintinear de mi pulsera. Graznó con fuerza, sobresaltándome. Igual eran compinches y le estaba comunicando a la vaca: "aquí la tienes, te la vigilo hasta que llegues".
Perdida en mis aterrorizados pensamientos no me di cuenta de que la moto de Naruto llegaba por el camino, hasta que no la oí tronar y la vi parar a escasos metros de mí. Había dejado de llover, pero me temía que por poco tiempo, nubes negras se acercaban por la colina cargadas de agua, haciendo que el día se oscureciera de repente. El sonido del tubo de escape de la moto asustó al pájaro que, molesto, alzó el vuelo para posarse, una vez cesó el ruido, en un poste un poco más alejado.
Podía haber pensado que era Naruto, por su moto y porque el cuerpo de los dos hombres era muy parecido y desde luego con el casco completamente negro y con cristales tintados daba lugar a confusión, pero supe al instante que se trataba de Sasuke, lo supe principalmente porque mi corazón comenzó a bailar una giga en mi pecho. Algo en su apostura y seguridad al poner el seguro de la moto y quitarse el casco me lo transmitía.
Él sonrió al acercarse, una sonrisa de suficiencia, de aquí estoy yo para rescatarte, una sonrisa que nosotras las mujeres necesitamos ver a menudo porque, a veces, mal que nos pese nos gusta ser rescatadas. Yo deseé pegarle un puñetazo en ese rostro de facciones perfectas y borrarle la sonrisa de un plumazo. Solo la necesidad real de que me sacara de allí lo evitó.
—Como te rías, te doy —amenacé furiosa y aliviada a la vez.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Salir corriendo detrás de mí? —preguntó sorprendido por mi brusquedad.
—Eso no, pero ya se me ocurrirá algo —mascullé sintiendo más vergüenza que miedo. Mi aspecto debía ser deplorable a la par que ridículo, mojada, llena de barro por mis caídas y enganchada por un clavo en el trasero. En ese momento volví a escuchar a la vaca mugir tan cerca que me pareció que la tenía justo detrás de la cabeza.
—¡Quítamela! ¡Quítamela! —grité sin atreverme a moverme.
—Tranquila, tranquila —contestó Sasuke, no se si dirigido a mí o a la vaca. Con varios golpes en la testuz acompañados de órdenes en gaélico consiguió que la vaca abandonara su objetivo principal y se reuniera con sus congéneres en el prado.
—Creo que le gustas —afirmó sonriendo.
—Oh, vaya, pues ella a mí nada de nada. Nuestro amor es imposible —contesté con acritud.
Él rio quedamente.
—Vamos a ver dónde te has enganchado —murmuró inclinándose sobre mí. Pude sentir el roce de su cabello grueso y espeso en mi rostro, y oler esa mezcla de cítricos y madera de sándalo. Se acercó un poco más a mi cuerpo para observar de cerca el pantalón de deporte enganchado y percibí el calor corporal que desprendía. Una punzada en lo más hondo de mi ser hizo que me pusiera tensa de repente. Él lo notó.
—No te voy a hacer daño —dijo levantando la cara y apartándose el pelo que le había caído sobre el rostro.
—No me toques el culo —contesté yo.
—Tengo que hacerlo para poder desengancharte, no es el primer culo de mujer que toco. No te preocupes que sé lo que tengo que hacer —y diciendo eso me puso ambas manos en el trasero.
Yo di un respingo con el que solo conseguí que se rasgara un poco más la tela del pantalón. Él habló susurrando, no entendí sus palabras pronunciadas en gaélico. Lo mismo me estaba maldiciendo que reprendiéndome por mi estupidez. Sus manos estaban calientes al tacto y era... bastante habilidoso.
Se arrodilló quedando justo frente a mi estómago, que se contrajo involuntariamente. Se asomó y manipuló otra vez para desenganchar la tela. Pude notar perfectamente uno, no, dos dedos en contacto con mi piel desnuda. De repente se giró y preguntó:
—¿Se te han enganchado también las bragas? Tienes dos alambres rizados bastante juntos y no quiero romper más de lo necesario —su tono era eficiente, concentrado en lo que estaba haciendo.
—No llevo bragas —contesté yo en voz baja con la mirada dirigida al frente, perdida en el páramo, totalmente ruborizada. Noté como él tragaba saliva.
—¡Qué! —su mirada se dirigió a mi rostro, que probablemente tendría el color de un pimiento morrón. Sus pupilas estaban dilatadas, confiriéndole el aspecto de un diablo rojo y peligroso.
—Quiero decir, que llevo... —busqué la palabra en mi vocabulario inglés. ¡Maldita sea!, no tenía ni idea de cómo se decía. Mientras, él había dejado de manipular la zona en cuestión y me observaba divertido. Yo lo miré entrecerrando los ojos y lo supe al instante, sabía perfectamente que yo llevaba un tanga, pero parecía estar disfrutando de lo lindo con mi apuro.
—¡Ya sabes lo que llevo! Tienes la nariz metida en mi trasero.
—Un tanga, ¿no? ¿Era esa la palabra que buscabas? —su tono traslucía mucha diversión y algo más profundo que no supe especificar.
—Sí —afirmé sintiéndome mucho más avergonzada, si es que eso era posible.
Manipuló unos minutos más, forzando el metal enredado mientras yo aguantaba casi sin respirar.
—Ya está —exclamó con satisfacción levantándose de un salto.
Miré el desastre ocasionado. Tenía un siete del tamaño de mi mano en la nalga derecha, que asomaba blanca contrastando con el negro de la tela elástica de mi pantalón de deporte. En ese momento el pájaro que había huido ante la presencia amenazadora del escocés pelinegro surgió de repente de los árboles cercanos graznando.
Sasuke me hizo un gesto de silencio con el dedo apoyado en sus labios. ¡Ja! ¡Para hablar estaba yo! Me pareció que contaba los graznidos.
—Vamos —dijo cuando estos finalizaron.
—¿Qué has hecho? —pregunté.
—Era una urraca —fue su única respuesta. Se agachó y con dos ramitas formó una cruz a la vera del camino.
Lo miré totalmente extrañada.
—¿Me lo vas a explicar?
—¿Eres supersticiosa? —preguntó.
—No sé, no mucho, lo normal supongo, no paso por debajo de escaleras apoyadas en la pared, procuro no romper un cristal o derramar sal, levantarme siempre con el pie derecho, llevar algo dorado y una prenda roja, y procuro no cruzarme nunca con un pelinegro, pero me gusta el número trece y los gatos negros también —contesté.
—¿Qué pasa con los pelinegros? —preguntó belicoso.
Uy, quizá eso lo debía haber omitido.
—Bueno, ya sabes que algunos dicen que dan mala suerte —murmuré suavizando mi voz.
—¿Crees que yo te doy mala suerte? —inquirió en el mismo tono que antes.
—No lo sé, la verdad es que no he tenido muchas oportunidades de cruzarme con uno hasta que te conocí a ti. En España no abundan, ¿sabes?
—Y ¿qué hay que hacer para contrarrestar la mala suerte si te cruzas con uno como yo? —preguntó, cambiando el tono al de simple curiosidad.
—Creo recordar que era algo como tocarse los botones de la camisa —contesté.
—¿Y si no tienes botones? —posó su mirada en mi sudadera atada con cremallera.
—Entonces te tienes que tocar el pecho izquierdo —hice el movimiento de forma involuntaria, posando mi mano sobre la protuberancia izquierda, notando que tenía los pezones completamente erectos debido al frío y a la lluvia.
Sasuke mantuvo la vista fija en esa parte de mi anatomía lo suficiente para que resultara indecoroso.
—¿Y tú lo eres? —quise saber cambiando súbitamente de tema.
—¿El qué? —preguntó algo despistado con la mirada fija en mi sudadera.
—Que si eres supersticioso —respondí yo en voz más alta.
—Claro, soy escocés —contestó levantando el rostro y mirándome a la cara.
—¿Por eso has puesto una cruz en el suelo?
—Sí, ese pájaro es una urraca. La tradición dice que se acusa a la urraca de no ir de luto riguroso a la crucifixión del Señor y se supone que lleva sangre del diablo debajo de la lengua, por eso he contrarrestado su influencia dejando una cruz de madera —explicó en tono académico.
—¡Bah!, eso son tonterías. La urraca ha estado aquí toda la tarde y yo ni siquiera me había fijado hasta ahora —repliqué, restándole importancia con un ademán de la mano.
—Eso nunca se sabe. ¿Has dicho toda la tarde? —preguntó enarcando una ceja.
—Sí, creo que le gustaba mi pulsera —se la mostré tintineando los adornos metálicos —¿Por qué has contado los graznidos?
—Porque hay que hacerlo —afirmó con el gesto adusto. Por lo visto estas cosas se las tomaba bastante en serio.
—¿Y sabes lo que significa? —me miró de una forma extraña.
—No, no lo recuerdo —dijo finalmente.
Recogí mi bolsa y tapándome con una mano el trasero descubierto, nos dirigimos a la moto. Allí me quedé parada como una tonta.
—Nunca he montado en moto —expresé.
—Espera a que monte yo y te ayudaré a que te sitúes detrás de mí.
Lo hice algo torpemente, de lejos no parecía tan alta.
—Apoya los pies aquí —señaló los apoyaderos— y sujétate.
—¿A qué? —pregunté yo mirando hacia el sillín buscando unas anillas o algo parecido.
—A mí —fue su lacónica respuesta.
Me puso el casco, que yo no sabía abrochar y se inclinó sobre el manillar. Yo me agarré con suavidad a su cazadora de goretex negra. Tampoco quería resultar demasiado ansiosa, como esas parejas que se pegan el uno al otro hasta fundirse en un único cuerpo sobre la moto. En cuanto arrancó y sentí el tirón de la fuerza centrífuga en mi cuerpo hacia atrás, perdí toda la vergüenza que me quedaba por perder y pegué mi cuerpo contra su espalda agarrándome a él como un mejillón a una roca.
Llegamos a mi casa en unos veinte minutos, un tiempo demasiado corto en el que había disfrutado como una loca. Sentir el viento en mi cuerpo abrazada a la calidez que desprendía Sasuke hizo que todo el terror anterior se desvaneciera arrastrado por el viento. Descubrí que me gustaban las motos. Yo, la prudente y precavida Sakura, tenía alma de motera.
Cuando paró frente a la verja verde y desmontó para ayudarme a bajar, exclamé con voz pesarosa:
—¿Ya está?
—Sí. ¿Te gustan las motos? —preguntó curioso.
—No lo sabía hasta ahora. Pero no me importaría aprender a conducir una.
—Mejor déjalo para más adelante, no te veo todavía muy firme para ello —contestó él.
—Eso decía mi padre con el coche y en catorce años no he tenido apenas... bueno, solo unos pequeños golpecitos y algunas multas sin importancia. Me han quitado unos puntos del carné de conducir, pero todavía conservo los necesarios —repliqué ofendida.
Él rio.
—Unos golpecitos, ¿eh? Ahí incluyes la luna de mi coche, supongo —exclamó divertido. Eso me recordó que tenía que hablar con él de ese tema, por qué no me lo había cobrado, pero no era el momento.
—Ahí no conducía yo, así que técnicamente no cuenta como otro accidente en mi historial de tráfico —afirmé con rotundidad.
—Ya —siguió riendo.
Al escuchar la moto, los señores Sarutobi salieron a recibirnos. Biwako compuso gesto de horror en cuanto vio mi aspecto.
—Pero, querida, ¿qué te ha ocurrido? —preguntó preocupada.
—De todo, Biwako —contesté.
—Pasad, pasad —ofreció Hiruzen con gesto contrito.
Yo me quité las zapatillas embarradas antes de pisar la moqueta de la entrada.
—¿A qué huele? —inquirió Biwako frunciendo la nariz.
Yo avergonzada le expliqué que había pisado una boñiga de vaca en mi apresurada huida.
Todos rieron, menos yo claro, que volví a enrojecer.
Una vez dentro, Sasuke les comentó lo que me había sucedido, omitiendo algunos detalles delicados, como que había tenido que desengancharme el trasero de una valla con pinchos.
—Quítate la ropa mojada, querida, que cogerás un buen resfriado —indicó Biwako.
Me desabroché la sudadera, quedándome con la camiseta blanca, que, totalmente empapada, se pegaba a mi cuerpo dejando ver hasta los lunares, marcando el pecho y mis pezones que seguían estando en posición de firmes. No me di cuenta de ello hasta que me fijé que tanto Hiruzen como Sasuke no apartaban la mirada de ese lugar de mi anatomía. Me crucé de brazos, protegiendo los pechos de miradas inquisitivas.
—¿Has pasado por un puente, querida? —preguntó Biwako.
—Sí, le contesté, a la salida de... bueno no sé de dónde, ¿por qué?
—Ahí tienes la explicación a lo ocurrido —dijo mirando alternativamente a Sasuke y a Hiruzen.
—¿Está diciendo que soy gafe? —inquirí a los dos hombres.
No contestaron, sino que se miraron entre ellos.
—Deberías desandar lo andado —aconsejó Hiruzen.
—¿¡Qué!? —exclamé horrorizada—. No pensará que voy a salir otra vez hasta allí. Además, no tengo ni idea de dónde está ese sitio. Si tengo tan poco sentido de la orientación que en vez de estar ahora en el Condado de Cork en Irlanda estoy en las Highlands escocesas.
—¿Ibas a ir a Irlanda? —preguntó súbitamente serio Sasuke.
—Sí, esa era mi intención, pero ya ves. Parece ser que todo lo que intento me sale al revés —contesté con alto grado de frustración patente en mi voz.
Los tres se quedaron callados observándome, cada uno con una expresión diferente, mis caseros con la que suelen tener los padres de "ya te lo había dicho" y Sasuke de enfado. "¿Enfado?".
—¡Bah!, escoceses supersticiosos, esto no existe, no existe —dije remarcando la última palabra.
—También había una urraca en el sitio donde la encontré —informó Sasuke.
—¿¡Una urraca!? —la voz de la señora Hiruzen subió varias octavas.
—Sí, ¿qué pasa? —estaba empezando a enfadarme.
—Dejarías una cruz de madera, ¿no? —preguntó a Sasuke, haciendo ella la señal de la cruz sobre su pecho.
—Sí, claro. También graznó varias veces —respondió él.
—¿Cuántas? —inquirió entrecerrando los ojos Biwako.
—No estoy seguro, creo que fueron tres o cuatro.
Pude escuchar los engranajes de la mente de mi casera trabajando con fruición.
—Pero eso significa boda o hijo. No tiene sentido. Ella ya está casada. ¿No estarás embarazada? —me miró inquisitiva.
—¿Yo? ¡No, claro que no! —contesté cada vez más molesta.
—Entonces, hijo, tiene que referirse a ti —se volvió a Sasuke, que se quedó mirándola con total estupefacción.
Yo reprimí una sonrisa.
—Uy, Sasuke, yo me andaría con cuidado, no vaya a ser que la urraca vaya a tener razón y antes de que acabe el año tengas esposa e hijo —me reí abiertamente disfrutando de no ser yo por un instante el centro de atención.
Él me miró fijamente entrecerrando los ojos, con fiereza y algo más que no conseguí entender. De lo que estaba segura era de que él sabía perfectamente el significado de los graznidos de la urraca, aunque antes lo hubiera negado.
—Bueno —dije cambiando de tema—, todo esto me supera. ¡Por Dios!, en un mundo civilizado la superstición debería haber desaparecido hace mucho tiempo.
—Ten cuidado, hija, que negarlo hace que se vuelva contra ti —me reprendió mi casera como si fuera una niña.
—Sí, y qué más me puede pasar, ¿eh? —pregunté volviéndome para subir las escaleras a mi habitación. No debí decirlo, la Ley de Murphy volvió a aliarse en mi contra.
Al pisar el primer escalón, resbalé ya que tenía los calcetines algo húmedos y como llevaba los brazos cruzados sobre mis pechos caí de cara contra los escalones superiores.
Tres pares de manos me ayudaron a levantarme.
—¡Joder! —grité sujetándome la boca. Casi me comí un escalón.
—Déjame ver —pidió Sasuke arrodillándose frente a mí mientras yo veía como Hiruzen y Biwako cabeceaban y volvían a hacer la señal de la cruz.
Aparté la mano y la vi llena de sangre.
—¡Oh, Dios mío! —farfullé. No soportaba la visión de la sangre y mucho menos de la mía.
Un grito de Biwako interrumpió mis pensamientos.
—¡Levántala Sasuke y llévala a la cocina! Las manchas de sangre son muy difíciles de quitar de la moqueta —aulló saliendo en pos de productos de limpieza.
Musité una maldición escupiendo gotitas de sangre a las manos de Sasuke. ¡Vaya con la señora! "¡No se preocupe, que estoy bien!" quise gritar, pero al incorporarme noté como me fallaban las piernas y se me nublaba la vista.
—Se va a desmayar —dijo Hiruzen acercándose a prestar ayuda.
—Yo me encargo —contestó Sasuke sujetándome con más fuerza.
Me apoyé en su pecho, manchándolo de sangre. No sabía si me había partido el labio o un diente, solo que dolía horrores.
Me llevó abrazada a la cocina y me inclinó sobre el fregadero. Él se puso detrás sujetándome por la cintura.
—No me sueltes —exigí escupiendo más sangre por la boca.
—No lo voy a hacer —noté más presión de sus manos que bajaron hasta mi cadera.
Abrí el grifo y dejé que el agua corriera por mis labios y mi boca. Tomé un poco y escupí.
—¿Qué notas? —preguntó el preocupado, sin cambiar la postura.
—Que estoy poniéndome en evidencia una y otra vez —farfullé.
Noté el temblor de su cuerpo reprimiendo una carcajada y me moví un poco. Él me sujetó con más fuerza.
—¿Te has partido el labio? —preguntó con voz ronca.
—No, creo que solo me he mordido la lengua.
—Saca la lengua y deja que el agua del grifo te la limpie y refresque —indicó.
Yo obedecí y al instante noté alivio.
Me moví un poco para poder acceder con más comodidad al chorro de agua fresca y noté que mi trasero casi desnudo estaba perfectamente acomodado en su entrepierna, una entrepierna demasiado dura y abultada. Si levantaba un poco el cuerpo casi acariciaba mí...
—No te muevas —me dijo susurrando con voz estrangulada.
No me moví porque creí que me iba a desmayar, el contraste del agua fría sobre mi rostro con el calor que sentía en el resto del cuerpo, en especial en la parte que estaba en contacto con sus pantalones hizo que se me formaran remolinos en el vientre deseando un contacto más profundo. El mundo se quedó quieto a nuestro alrededor. De fondo se oía discutir a Hiruzen y su mujer sobre qué producto utilizar con la mancha de la escalera. La cocina iluminada con luz artificial y decorada estilo años setenta no era ni de lejos un escenario romántico, pero yo deseé con toda intensidad que me poseyera en ese mismo momento. Creo que él también lo percibió, porque bajó la mano derecha desde mi cadera a la abertura del pantalón y con deliberada lentitud trazó círculos con dedos ardientes sobre mi piel desnuda. Gemí involuntariamente, él en respuesta emitió un gruñido casi animal.
Mis caseros entraron en ese momento en la cocina todavía discutiendo si habían aplicado el limpiador correcto. Ambos se quedaron quietos en la puerta observándonos. Yo no podía verlos, agradecida por tener todavía la cabeza metida en el fregadero, pero algo notaron.
Fue Hiruzen el que habló.
—Vamos, mujer —creo que la sujetó del brazo para sacarla de la cocina por las protestas que oí.
—¿Por qué la abraza así? —preguntó con una mezcla de inocencia y malicia implícitas en el tono de voz Biwako.
—Es probable que Sakura todavía esté mareada, no vaya a ser que se desmaye y se haga todavía más daño —contestó Hiruzen alejándose.
En cuanto estuvimos fuera del alcance de sus miradas, Sasuke se separó de repente, yo me giré hacia él y lo vi manipulando su cazadora para tapar la protuberancia de su sexo.
Lo miré a los ojos sin saber qué decir.
—¿Estás mejor? —preguntó.
—Sí, ¿y tú?
—Yo no —fue su lacónica respuesta y salió de la casa sin despedirse.
Me quedé un momento en la cocina, tranquilizando el torbellino de emociones que me atenazaba. Empezaba a sentirme como en una montaña rusa, de tanto subir y bajar, y todavía estaba mareada, pero no por la sangre.
Subí despacio a mi habitación, me di un baño rápido y me puse el pijama, las zapatillas y la bata, sintiéndome algo extraña, como si mi cuerpo no fuera el mío.
El silencio reinaba en la casa, probablemente mis caseros ya se habrían acostado. Cogí el paquete de tabaco, el mechero y bajé al patio trasero. Allí me encendí un cigarro y miré al cielo. Las nubes habían desaparecido y la luna llena brillaba en toda su intensidad, el cielo estaba hermoso, cubierto por un velo de estrellas. Recordé a Matsuri y le hablé mentalmente: "cariño, creo que he encontrado a tu pelinegro".
Perdida en mis pensamientos no me di cuenta de que la puerta se abría y salía Hiruzen. Se situó a mi lado. Iba vestido con la voluminosa bata de felpa verde y llevaba unas zapatillas de Homer Simpson. Desde luego tenía que reconocer que no vería nunca a la clase media escocesa en un desfile de moda.
—¿Me das uno? —preguntó susurrando dirigiendo su vista hacia mi cigarro.
—Claro —le ofrecí el paquete y el mechero.
Él se lo encendió y aspiró con fuerza.
—No sabía que fumaba —dije.
—Mi mujer tampoco.
—Ah, vale, lo entiendo —sonreí. Aquella pareja era de traca, como solía decirse en España.
Fumamos en silencio cada uno concentrado en sus pensamientos.
—Hombres buenos los Uchiha —afirmó.
No sabía si se refería a Sasuke, a Naruto o a todo el clan Uchiha.
—Hombres leales, fuertes y grandes guerreros. Sí, señor —volvió a decir.
—Hummmfsf —contesté yo.
Dio una última calada al cigarrillo y lo apagó con cuidado en el suelo, luego lo lanzó tras la valla para no dejar pruebas.
—Me voy al garaje. Tengo unos trabajos que hacer —dijo.
Sí, claro, pensé yo, pero no con martillos y clavos. Pero quién era yo para juzgar a nadie. Apagué mi cigarrillo e hice la misma maniobra que le había visto hacer a él. Subí a la habitación. Yo también necesitaba esa noche trabajos manuales.
Desperté a medianoche, enredada en el edredón de Cars y sudando. Algo había olvidado y no recordaba el qué. Di vueltas y más vueltas hasta que me di cuenta de que era la bicicleta, que se había quedado aparcada en el prado a merced de la vacas. Pobrecilla, pensé, lo que te harán esas salvajes. Como de momento no podía hacer nada más por ella volví a dormirme.
