Capitulo IX

Terry palideció por su propio comportamiento, lo lograba comprender por qué había reaccionado de ese modo tan arrebatado, después de todo Candy no había hecho nada malo. La muchacha frente a él retrocedió temblorosa, él quiso excusarse y explicarle, pero cuando estaba a punto de abrir la boca Candy saltó por la ventana sin decir más. Terry avanzó hacia la misma intentando detener a Candy, pero ésta ni siquiera se volvió a mirarlo, era como si la muchacha se encontraba absorta en sus pensamientos.

-¡Candy! ¡Candy! –Le llamó Diana desde el jardín, pero tampoco obtuvo respuesta alguna.

Diana levantó la vista hacia donde yacía su hermano, en la expresión de la chica se notaba un gran desconcierto por aquella situación. Entonces, el muchacho bajó las escaleras a toda prisa para salir en busca de Candy, finalmente habían podido encontrarse, por ello no la dejaría ir tan fácilmente.

-Terry, ¿qué ha pasado? –Le cuestionó Diana a penas verlo

-He sido un tonto

-¿A qué te refieres?

-Después te explicó.

Sin decirle más, Terry salió por la reja corriendo en dirección a la mansión de la familia Lagan, esta vez no importaba si se topaba con los antipáticos hermanos, él solo quería hablar con Candy. En medio de su carrera gritaba el nombre de la joven sin recibir respuesta, únicamente alcanzaba a percibir los sonidos del denso bosque. De último monito decidió desviarse directo al campo de narcisos, existía una pequeña probabilidad de que la chica estuviera ahí.

La aventurada hipótesis del joven era correcta, Candy se encontraba sobre el gran árbol que había utilizado como balcón para representar a Julieta. Ahora ese árbol fungía como un refugio para aclarar sus pensamientos. Su cuerpo estaba inundado por una mezcla de sentimientos y emociones: un poco de tristeza, vergüenza, quizá también se sentía asustada, le era difícil definir cuál tenía mayor peso sobre ella.

-Solo tenías que dejar los papeles en el escritorio, torpe –Se dijo así misma –Al menos ya has dejado de llorar.

A lo lejos Candy vio la silueta de Terry acercarse directos al árbol entre los blancos narcisos, inmediatamente hubo un sobresalto en su interior. La muchacha cerró los ojos un momento para tratar de calamar su mente, pero se dejó guiar una vez más por sus impulsos y subió hasta las ramas más altas del árbol, pues concluyó que no estaba preparada para hablar con Terry dadas las circunstancias.

-¡Candy! –Gritó Terry con fuerza -¿Estás aquí?

Al no obtener respuesta comenzó adentrarse aún más en el campo de narcisos, sin vislumbrar por ninguna parte a Candy. Se dirigió al gran árbol y cuál fue su sorpresa al ver un par de botines al pie del mismo. Candy notó aquel detalle y solo se quedó paralizada mientras se aferraba a la rama más alta del árbol, no pensó que Terry notara que se había quitado los zapatos para subir.

De pronto Terry dio un gran salto y empezó a trepar mientras buscaba la figura de Candy entre las ramas.

-Candy, discúlpame –comenzó a decir –No fue mi intención tratarte así. Entiendo si no quieres hablar ahora, pero solo quería que supieras que he sido un idiota contigo.

El silencio imperó en el lugar por un largo rato.

-Sé que estás ahí arriba –continuó Terry –Lo siento, Candy.

-Terry –Se atrevió a decir Candy –Discúlpame tu a mí, no fue mi intención. Pero Te juro que no diré nada, además, nadie me creería una palabra.

–No es tu culpa –irrumpió Terry

-Yo solo tenía tantas ganas de volver a verlos, solo quería que supieran la razón por la cual no me presenté a tomar el té.

El joven subió unas cuantas ramas para alcanzar a Candy, ambos se encontraron cara a cara después de tanto tiempo, sus miradas se iluminaron al instante, había un intenso júbilo en su expresión y no necesitaban palabras para expresarlo. No obstante, aún existían interrogantes en Candy, pues Diana afirmaba que su madre estaba muerta, lo cual no encajaba con la trayectoria Eleanor Baker, según Natasha, se trataba de actriz con amplia trayectoria en el Reino Unido. A pesar de ello.

-Ahora sabes mi secreto –musitó Terry clavando la mirada en las densas hojas de los árboles –Diana cree que nuestra madre está muerta, sólo te pido que no se lo digas, no aún, temo que algo así le cause una impresión muy fuerte.

Candy levantó la mano y se cruzó el corazón que el índice de la mano izquierda:

-Yo, Candice, juro que no le diré nada a nadie. Ya he cruzado mi corazón, así que no hay nada que temer.

De inmediato Terry echó a reír, más en el fondo se sentí muy agradecido por el peculiar juramento de la chica al lado suyo.

"También prometo dejar de ser tan impulsiva, a partir de ahora tendré la mente fría", pensó Candy mientras reía con el joven.

En otro lugar del bosque, Diana recorría el bosque intentando dar con el paradero Candy y Terry, tenía miedo de entrar más en el bosque, nunca en su vida había ido más allá de un pequeño arrollo que atravesaba el mismo, pero ella tenía la intuición de que los jóvenes podrían estar ahí. Diana tragó saliva y apretó con fuerza la sombrilla que llevaba entra sus manos por lo que se dispuso a cruzar hacia el otro lado, mientras se repetía una y otra vez que debía ser valiente.

Al salir del otro lado sus botas estaban completamente empapadas a pesar de que había intentado saltar de roca en roca, su precisión no fue tan certera y llegó a meter los pies dentro de las heladas aguas de aquel riachuelo. Miro a la derecha y a la izquierda y no parecía haber sendero alguno que le indicase por dónde ir, así que decidió que todo se resolvería al azar, si perdía simplemente tendría que volver por donde vino. No tardó mucho en darse cuenta de que se encontraba completamente perdida, y que ya no podía ver exactamente el lugar por el que había llegado hasta ahí, ni siquiera escuchaba el sonido del arroyo detrás de ella.

-¡No es posible! –Exclamó –Mantén la calma, seguramente si gritas alguien te escuchara y vendrá, pero eso es imposible. Si grito tal vez atraiga algo pero, quizá un animal salvaje.

El corazón de Diana comenzó a agitarse estrepitosamente, el pánico estaba tratando de invadir su cuerpo. Tenía que tranquilizarse o de lo contrario volvería a tener un episodio y podría morir.

-Dios mío, mamá… ayúdenme –Dijo mientras intentaba respirar profundo.

-¿Estás bien? –preguntó una voz detrás de ella

Diana Volteo completamente aterrada, pero al ver al joven detrás de ella su respiración poco a poco comenzó a regularse, no estaba sola en ese bosque.

-Ayúdame… -fue todo lo alcanzó a decir

-¡Santo dios! Estás completamente pálida –Agregó el chico ayudándola a sentarse en un tronco cercano

-Estoy bien… solo necesito relajarme un poco.

-No deberías entrar al bosque sola. Si no hubiera pasado por aquí, solo Dios sabe lo que te habría ocurrido.

Diana se puso en pie con esfuerzo, cuando esos ataques se presentaban acaba completamente agotada.

-Perdona por el susto –dijo Diana manteniendo la frente en alto –Lo que ocurre es que padezco asma y el ejercicio extremo me… ya sabes, me trae problemas.

-En ese caso debes permanecer aquí un poco más hasta que te sientas mejor, te haré compañía.

Ella lo miró con ojos desorbitados ante la propuesta, nunca había estado a solas con otro chico que no fuera su hermano mayor, aunque la persona frente a ella parecía amable no debía confiar en desconocidos, cierto que en algunas ocasiones había recorrido las tiendas de la gran ciudad de Edimburgo sola, pero notaba que su hermano la seguía a escondidas como un guardaespaldas, ahora estaba completamente a solas.

-Sé lo que debes estar pensando: "¿cómo voy a quedarme al lado de este extraño?" –Se atrevió a deducir él –Mi nombre es Albert, vivo por aquí cerca.

-Yo soy Diana –respondió la chica sentándose al lado del chico –No entiendo qué haces en un lugar tan lúgubre como este, alguien podría confundirte tu figura con la un espectro.

-¿Te parece? –Preguntó Albert confundido –Entonces nos encontramos en la misma situación, por un momento pensé que eras la dama blanca. Casi nadie viene por este lugar y no lo entiendo si se respira tanta paz.

-Tienes razón –suspiró Diana mirando las espesas copas de los árboles que se alzaban sobre ella –Me imagino que este debe ser tu lugar secreto.

-Podría serlo, pero hay un lugar cerca de aquí que es mi lugar secreto, ¿te gustaría venir?

Por un instante la joven dudo si era una buena idea caminar por el bosque después de lo que le había sucedió, pero se sentía mucho mejor después de hablar con Albert, así que no lo pensó dos veces y camino escoltada del brazo de él, esto debido a que le preocupaba que aún se encontrase muy débil para caminar. Ambos caminaban despacio, atravesando el bosque que ahora ya no lucía tan aterrador.

En algún punto se incorporaron a un sendero que conectaba con el arroyo, el sol resplandecía en el reflejo del agua, todo lucía radiante ante los ojos de Diana, quien jamás se había tomado la molestia de recorrer el bosque, su hermano mayor solía dar largos paseos por ahí y aunque la llegó a invitar en varias ocasiones, ella prefería quedarse en casa leyendo, tal vez a hora se encontraba más consiente del error que cometió al rechazar a Terry.

Unos metros más adelante entraron aun paraje rodeado de narcisos silvestres, el perfume era el mismo que había estado invadiendo su casa durante toda la primavera, por eso la joven no tardó en reconocer las flores que abundaban en el lugar. Ella estaba maravillada, absorta en la belleza que sus ojos captaban con asombro y júbilo.

-¿Es este tú lugar secreto? –preguntó ella excitada

-Más que eso, es mi lugar feliz –dijo Albert con voz relajada, apenas como un suspiro que transmitía tanta paz.

Diana se apartó del muchacho despacio para caminar entre las flores, más al fondo pudo ver un enorme roble que se levantaba majestuosamente como si se tratara del rey del lugar, quizá las hadas y otros seres mágicos habitaban en él, así que sin dudar se dirigió hasta éste seguida por Albert, quien aún estaba preocupado por la salud de la joven.

Al llegar a los pies del árbol levantó la vista y una voz familiar la desconcentró:

-¿Diana? ¿Qué haces aquí?

Se trataba de Terry, su hermano.

-¡Hermano! ¡Te encontré!

La chica retrocedió un poco y cubrió su frente con la mano para tratar de vislumbrar bien a su hermano, entonces notó que al lado de este yacía la mismísima Candy, quien le saludó inmediatamente con una sonrisa jovial mientras agitaba la mano con timidez.

-Espera ahí, en seguida bajamos –advirtió Terry

-¿Por qué no dejas que suba? –preguntó Candy animada

-Diana no sabe trepar a los árboles, no todos tienen la agilidad de un mono

-¿Qué me estás tratando de decir? –Reclamó Candy haciendo un puchero

Y así los dos bajaron del árbol, en cuento Candy pisó el suelo Diana le saltó al cuello feliz por volver a encontrarse con ella.

-Candy, me asustaste –susurró la chica –No vuelvas a hacer algo así, quiero decir, si no puedes venir a verme solo envíame una nota y yo lo entenderé.

-Perdóname, tenía miedo de que te enojaras conmigo –agregó Candy devolviendo el abrazo a la joven

-No digas tonterías, no soy tan infantil. Terry y yo te extrañamos, eres nuestra única amiga en el lugar.

Candy deshizo el abrazo y miró a Terry de reojo, quien al instante desvió la mirada un poco apenado por lo que Diana acaba de decir, pero en efecto, él echaba de menos a la pequeña pecosa.

-Por cierto, Diana, ¿cómo llegaste hasta este lugar? –le cuestionó Terry intrigado

-El tutor llegó hace rato a la villa y salí a buscarte para la clase, no me mal entiendas, él no me envió a buscarte, yo me ofrecí de voluntaria aunque se opusiera, además yo quería ver a Candy y... ¡Fue horrible! –Exclamó la chica lanzándose ahora a los brazos de Terry –El bosque es aterrador cuando uno está solo, sino fuera por Albert, no estaría aquí…

-¿Albert? ¿Quién es él?

Terry frunció el ceño disgustado, no le gustó que su hermana mencionase el nombre de un varón. Candy bajaba del árbol y al escuchar aquel nombre recordó al muchacho que había conocido cerca del pozo de la mansión de los Lagan, ¿podría ser la misma persona? No obstante, cuando Diana señaló hacía donde se supone se encontraba aquel misterioso joven ya no había absolutamente nadie.

-Se ha ido… -murmuró Diana con decepción

Mientras tanto en la mansión de los Lagan, Eliza y Neil tomaban el té con Louise, desde la fiesta de Eliza que no la veían, por lo que esta se trata de una ocasión muy especial para la pelirroja que extrañaba mucho a su amiga del alma. Asimismo, Louise tenía algo muy interesante para contarle a su querida Eliza.

-¿Sabes? –Comenzó Louise poniendo a un lado su taza de té –Hay algo quiero contarte sobre Terry Grandchester.

-¿De verdad? ¡Cuéntamelo todo! –Exigió Eliza verdaderamente excitada

-Mujeres –suspiró Neil –no piensan más que en chismes.

-No finjas, Neil, tú también estás ansioso por saber –Replicó Louise, haciendo en el chico se avergonzará por su evidente interés de la historia –Al parecer le gusta perseguir sirvientas por el bosque.

-¿Qué tratas de decir con eso? –palideció Eliza

-Hace unas semanas vi a tu dama de compañía, la tal Candy, subir a su coche en la ciudad y no solo eso, también lo vi caminando con ella cerca de tu casa, riendo y jugueteando como dos tortolos, ¡Qué vulgar!

El pulso de la pelirroja empezó a acelerase significativamente, la sangre en su interior se encontraba en el punto máximo de ebullición, por lo que sus respiración se volvió un tanto agitada.

-Esta mañana fue lo peor, estaba corriendo y gritando su nombre. Al parecer los Grandchester gustan de las plebeyas, pues se rumorea que él…

Louise no terminó de completar su frase cuando Eliza arrojó la taza de té sobre la mesa de los postres y salió corriendo del lugar, su hermano salió corriendo detrás de ella vacilante al tiempo que observaba como la chica empujaba al suelo cuanta cosa se cruzaba en su camino: floreros, estatuas, incluso arrancó las cortinas de uno de los ventanales, la rabia hacía Candy la invadía.

-¿Por qué esa mugrosa? –lloriqueó Eliza al tiempo que su hermano intentaba consolarla.

-Cálmate Eliza, debe ser un malentendido –Le dijo Neil con voz temblorosa –Hagamos que la tía abuela lo invite a su fiesta de bienvenida, tendrás una nueva oportunidad para deslumbrarlo con tu belleza.