La luna de miel había sido todo, menos dulce. La primera noche, Katsuki no intentó nada; era más la ira que la actitud del bicolor le había provocado, que prefirió salir del hotel, e ir a buscar algún jodido bar. Los días siguientes, cada uno paseaba por su cuenta, lejos de su "esposo". La felicidad momentánea de Shoto, se reducía a maravillarse con los paisajes que Adana le proporcionaba, así como el significado de Büyük Saat. La maravillosa comida que podía encontrar en los diversos restaurantes a los lados de la calle, así como la hospitalidad de la gente, a pesar de no hablar el mismo idioma. Se las había ingeniado para poder comunicarse con los lugareños. Esos pequeños placeres y maravillas, le hacían olvidarse de la verdadera razón por la que estaba en esa ciudad sacada de un cuento.

Al menos, hasta que era hora de regresar al hotel. Si tenía suerte, la habitación era completamente suya al momento de llegar; podía tomar un baño con tranquilidad, compartir un par de mensajes con sus hermanos y Midoriya, así como algunas fotos que hubiera tomado, y luego meterse a la cama. Cuando la suerte no le sonreía, lo primero que veía al abrir la puerta, era la cara de pocos amigos del rubio. En esos momentos, siempre ignoraba su rasposa voz, pasando de largo hacia el cuarto de baño, cerrando el mismo con seguro. — ¡¿En dónde mierda te fuiste a perder todo el puto día?! —Katsuki podía pasar horas aporreando la puerta, recibiendo de respuesta, el copioso sonido del agua cayendo de la regadera.

Al volver a Japón, Shoto se llevó la enorme sorpresa, de que su padre había comprado una mansión para ellos, tan grande como en la que solía vivir; con la diferencia de que esta mezclaba tradición y modernismo. Una vez más, hubiera estado encantado con el lugar, de no ser porque lo compartía con Bakugo Katsuki. Una jovencita les recibió en su nuevo "hogar", tomando las maletas, con la excusa de poner a lavar las prendas que se habían llevado al viaje. Una vez más, cada uno por su lado, comenzó a inspeccionar la casa: la habitación principal, con una enorme cama king size, cada uno tenía su propio armario, que para sorpresa de Katsuki, estaba repleto de ropa de marca con diferentes accesorios. El rubio se sentía como en esa estúpida película para niñas de la Princesa de Geovana o lo que sea. El baño y la ducha, ambos cuartos eran tan grandes como la propia habitación; la gran cocina, conectada al elegante comedor para mínimo 10 personas; la espaciosa sala de estar; las oficinas de ambos chicos; y más habitaciones para invitados. Había un par de "casitas" más en el enorme terreno que ocupaban. Suponían que eran para la servidumbre, en caso de que contrataran a más. La linda casa de muñecas que Enji había conseguido, para convencer a su yerno de no abandonar el barco; la lujosa y cómoda prisión en la que Shoto había sido lanzado, por la estúpida idea de supremacía de su padre.

El tiempo voló demasiado rápido para el bicolor. En cuanto la oscuridad de la noche se hizo presente, y las luces de la enorme residencia fueron encendidas, dio inicio a la verdadera pesadilla. Ambos cenaron en silencio, lo más alejados que la mesa les permitía. Shoto ya había planeado un par de usos para algunas habitaciones, o incluso, para uno de los departamentos en la parte trasera de la mansión. No estaba dispuesto a pasar sus celos tan cerca de aquella bestia que tenía por marido. La mirada fija en su comida, haciendo una lista de cosas con las que podría ambientar su espacio completamente privado; ignorante de la mirada carmesí en su cuerpo, y la sonrisa ladina que el rubio tenía plasmada en el rostro.

Desafortunadamente, no todas las habitaciones estaban amuebladas; por no decir que ni siquiera estaban acondicionadas. Luego de la cena, dio un segundo paseo, entrando de habitación en habitación, encontrando todas sucias, y sin muebles. —Lo siento, señor —exclamó la chica, inclinándose un poco. —Fueron órdenes del señor Todoroki. Las habitaciones serían amuebladas, solo en caso de alguna visita que tengan —ni siquiera pudo enfadarse con la chica, ella no tenía la culpa. No tuvo otra opción más que regresar a la habitación principal. —Al fin llegas —la gruesa voz de Katsuki le saludó saliendo del baño, con una toalla enredada en la cadera. Shoto, por su parte, no se dignó a responder. Simplemente tomó su ropa, y pasó de largo al lado del alfa. Intentó tardarse lo más posible en su ducha, esperando salir del baño, y encontrar al rubio completamente dormido.