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Capítulo 9

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—Kageyama-kun—. Kageyama alzó la mirada, separando las manos de su cara. Sugawara se acercaba a él sonriendo con calma, con ese gesto suyo que era capaz de apaciguar un volcán. Kageyama no lo habría admitido, pero al verle se relajó, apoyando la espalda contra el asiento de plástico naranja de aquella sala de espera—. Todo está bien. He llamado a Ukai-san para que nos venga a buscar, pero no es nada para preocuparse. Ha sido un ataque de ansiedad. ¿Te sientes mejor?

Kageyama asintió con la cabeza. Había intentado negarse a que lo llevasen al hospital, pero en cuanto intentó hablar su voz se atragantó y el aire desapareció de nuevo de sus pulmones, de modo que optó por dejarse conducir en un taxi hasta el centro de salud más cercano. Le atendieron rápido, y lo agradeció, porque cuando cruzó las puertas de cristal del consultorio médico el aire otra vez se le escapó del pecho, y sintió que se moría. Pero no se murió. Por supuesto que no. Y ahora, después de la medicación que le suministraron, después de estar un rato solo y con el ruido de aquella televisión de la sala de espera de fondo, se sentía imbécil. Absolutamente patético. Había perdido una sesión de entrenamiento justo antes del partido más importante de su vida.

Mierda.

—¿Podemos salir de aquí? —preguntó, mirando a su compañero. Sugawara pareció sorprenderse, pero al momento reaccionó.

—Podemos ir a la cafetería si quieres, pero no deberíamos salir a la calle, no al menos hasta que me avise Ukai-san. Está nevando.

—¿Nevando?

—Sí. Seguro que Hinata está como loco, ya sabes, wooa y todo eso —rió Suga, agitando la cabeza—. Vamos, te invitaré a un chocolate caliente. Seguro que te sentará bien.

Se sentaron el uno frente al otro en la cafetería. Kageyama aún se sentía atontado, seguramente por la pastilla que le habían dado.

—Lo siento —dijo, con voz firme. Quería que lo oyese, porque realmente lo sentía. Sugawara levantó las cejas.

—¿El qué sientes, tener un ataque de ansiedad? Le puede pasar a cualquiera.

—A mí no —dijo, respirando despacio. Se sentía tranquilo, pero mierda, era un efecto de las drogas. Él siempre estaba tranquilo sin necesidad de tomarse ni una tila, ni una valeriana, ni nada. Nunca se alteraba. Jamás.

—Eres humano, Kageyama. Es normal que ante la presión del partido de pasado mañana tú no...

—No tiene nada que ver con el partido —le cortó, mirándole a los ojos.

—Oh —Sugawara le dio un sorbo a su taza, despacio, y después esperó. Kageyama no era muy hábil para las relaciones sociales, pero se dio cuenta. La pelota estaba en su lado de la red, así que podía saltar y rematarla o dejar que pasase de largo.

Yo nunca dejo caer una pelota.

—Sugawara-senpai —dijo, reuniendo todo su valor, sin mirarle— ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Pues claro, hombre, pero no hace falta que me llames senpai. No soy Nishinoya ni Tanaka. No necesitas esas cosas conmigo.

Kageyama apretó los puños sobre las piernas. Todavía no había empezado a hablar y ya estaba diciendo chorradas.

—Sugawara-san —intentó otra vez, respirando despacio. Realmente Sugawara era lo más parecido a un adulto con el que tenía confianza, al menos la suficiente como para hablarle de sus rollos. Estaba Takeda-sensei, pero era un profesor, y Ukai-san, en fin, tal vez le miraría con los ojos muy abiertos creyendo que se había golpeado la cabeza si conocía el delirio en que se había convertido su vida las horas que no estaba jugando al volley — ¿Cómo se se sabe si algo es una amistad o es... más que eso?

Suga le miró durante unos segundos, como si intentase descubrir el truco. Sin embargo, un poco después, cambió su expresión. Kageyama seguía serio y por fin se había atrevido a mirarle a los ojos.

—Ah, bien. Es una pregunta complicada, ¿eh? Bueno, la amistad puede tener muchos matices, quiero decir, no existe una sola forma correcta de comportarse con un amigo. Cada uno debe encontrar la suya, y estará bien siempre que las dos partes estén conformes.

Kageyama frunció el ceño. Esa no era la respuesta que esperaba. Se revolvió en el asiento, intentando encontrar las palabras adecuadas, pero no salían. Era como si se hubiese vuelto analfabeto en su propia lengua. Era como si...

—Pero creo que la pregunta que me quieres hacer es otra, ¿no? Yo diría... Perdona si me equivoco, pero me parece que quieres saber si estás enamorado de una amiga. O amigo.

Kageyama abrió mucho los ojos, sintiendo una punzada en el pecho. Por un momento temió que fuese la ansiedad, pero no era eso. No era como si se estuviese ahogando, sino como si Sugawara-san hubiese lanzado un dardo desde mucha distancia y hubiese acertado de lleno en el medio de la diana, una diana que hasta entonces ni él sabía que podía existir.

¿Enamorarse?

Enamorarse no era una palabra que estuviese en su vocabulario habitual. De hecho dudaba seriamente si la habría pronunciado alguna vez. Quizás para algún trabajo de literatura, con suerte. Enamorarse era algo que le pasaba a la gente a su alrededor, al parecer, pero no a él. Nunca le había pasado, ni tenía muy claro qué implicaba. Sí sabía que estaba todo aquel asunto de ir de la mano, y besarse, y compartir comida. Kageyama no había ido de la mano con nadie al menos desde que cumplió los seis años, porque fue entonces cuando descubrió que la gente /y por gente debía incluir a su madre, por mucho que la amase/ le sudaban las manos y eso le daba un poco de asco. Su madre no le entendió al principio, aunque él juraría que usó las palabras correctas, porque aunque era un niño tenía claro que no quería agarrar nada que estuviese sudado. Después nadie había hecho el intento de cogerle de la mano nunca, por suerte.

Atusumu no era de los que entrelazaban los dedos y eso, aunque a veces, en los cinco minutos que le concedía a sus pulsaciones para serenarse después de acostarse con él, antes de comenzar a vestirse, hacía cosas extrañas. A veces le acariciaba la espalda, o le tocaba el pelo. Pero nunca le había cogido de la mano. Suzume-san tampoco había intentado agarrarle por la calle ni nada de eso, y lo agradecía, porque habría tenido que negarse.

Tampoco le gustaba que invadiesen su espacio, y enamorarse, según tenía entendido, implicaba invasiones constantes. Besarse, por otro lado, estaba bien. Besarse era lo primero que se hacía antes de tener sexo, y a Kageyama le gustaba el sexo, así que besarse le parecía divertido, pero no entendía a esas personas que se besaban sin más, para saludarse o en una cafetería.

Y estaba el asunto de compartir comida. Kageyama odiaba a esas personas que iban a un restaurante y se pedían cualquier cosa absurda y después se pasaban todo el rato comiendo de lo que uno había pedido. Tendría que ser algún tipo de delito, al menos.

—Los sentimientos son complicados —decía Suga ante su silencio, encogiéndose de hombros y removiendo después su café.

—¿Y de cuántas personas puedes enamorarte?

Suga cambió el gesto.

—Pues... No sabría decirte. Sería muy atrevido que te dijese "puedes enamorarte de veinte" o, al revés, "no, es imposible que ames a más de una persona al mismo tiempo". Lo que sí puedo decirte es que si estás enamorado, lo sabrás. Y lo distinguirá perfectamente de una amistad.

—¿Cómo? —preguntó, realmente interesado. Iba a explicarle el asunto de los besos y la comida y que él no quería que nadie chupase su tenedor porque de verdad que le daba mucho asco, aunque esa persona hubiese hecho con él todo tipo de guarradas, le seguía dando un asco terrible, pero Suga sonrió con malicia.

—Hay tres pruebas infalibles. Son mi secreto mejor guardado, así que no sé si...

—Por favor, Sugawara-senp... Sugawara-san —se corrigió, intentando no levantar el tono de voz. Suga volvió a reír, otra vez con el gesto de estar divirtiéndose. Kageyama, sin embargo, no lo estaba pasando nada bien—. Por favor.

—Venga, te las diré, pero no digas nada o perderán su eficacia cuando las necesite. Empecemos por la primera. Es la prueba de la habitación con gente.

—¿La habitación... con gente?

—Sí. Tienes que estar con tu amiga... o amigo, con la persona de tus dudas, en una habitación con más gente. Si buscas a esa persona con la mirada al menos una vez por minuto, estás pillado absolutamente. Sin remedio. No habrá cura para ti.

Kageyama frunció el ceño.

—Una vez por minuto es mucho.

—Si te parece mucho, no estás enamorado. Es la regla que tengo —dijo Suga, sin dejar de sonreír.

—Y es demasiado simple.

—Bueno, está pensada para un crush de esos fulminantes en el instituto, ya sabes, cuando te vuelves loco por la chica que se sienta delante; es la más sencilla de las tres, pero si tienes la oportunidad, haz el esfuerzo. Te ayudará. En serio, funciona.

No parecía complicado. Había imaginado pruebas alocadas, algún tipo de brujería extraña, y solo tendría que evitar mirar a una persona durante un minuto. Con Suzume-san podría hacerlo cuando compartiesen gimnasio, ella solía estar por allí con sus compañeras. Con Atsumu-kun tal vez en ese bar al que solían ir. Con Hinata...

No, Hinata no. Hinata no me gusta. Hinata es mi ... ¿amigo?

Ni siquiera tenía claro si era su maldito amigo, y tampoco podía preguntarle a Suga las reglas para distinguir a un amigo de un conocido. L pastilla debía perder su efecto, porque estaba empezando a impacientarse.

—Vamos con la segunda. Esta es importante —Kageyama asintió, serio. Si hubiese tenido un papel y un boli, se habría puesto a tomar apuntes. Podía usar la cámara del móvil, pero quizás parecería excesivo. Sugawara se acercó a él, apoyándose un poco sobre la mesa, para hablar más bajo—. La persona en la que piensas cuando te tocas. Esa es.

Kageyama frunció el ceño, sintiendo las orejas calientes. No es que le diese vergüenza hablar de nada en particular, pero no se esperaba esa faceta perversa de Suga.

—¿Esa es la segunda regla?

—Pues claro —dijo Suga, riendo—. Has preguntado si es posible enamorarse de varias personas, ¿no? ¿Piensas en todas ellas cuando...?

—En realidad no. No me imagino nada —dijo, con sinceridad. Suga seguía riendo.

—Pues la próxima vez que lo hagas, piensa y mira a ver quién te viene a la cabeza. Puedes sorprenderte.

—Dime la tercera, Sugawara-san—dijo, intentando avanzar en la conversación—. La tercera prueba. Por favor.

—Bueno, te la diré, pero que sepas que si las otras dos han sido determinantes, esta es solamente para confirmar. A estas alturas ya deberías tener tu respuesta, otra cosa es que sea la que a ti te gustaría —dijo, cogiendo aire como quien se prepara para decir algo muy importante—. Vale, esta tienes que hacerla. Pasa junto a la persona que te gusta, la persona de la que no sabes si estás enamorado, y roza su mano al pasar. Tiene que ser muy sutil, ¿entiendes? Muy suave y muy breve. En ese momento lo vas a saber.

Genial.

Todo genial.

Haría las tres malditas pruebas para aclarar qué mierda pasaba con Suzume-san y Atusumu, si es que realmente estaba enamorado de ellos y no se había dado cuenta. Porque le había prometido a Osamu que se alejaría de su hermano, pero había vuelto a tirárselo, y eso quizás era una prueba. O quizás solo probaba que era un gilipollas.

—Gracias, Sugawara-san —dijo, acabándose el chocolate.

—Hoy no salgas a correr. Deja que el cuerpo descanse —dijo Suga, sonriendo en su modo habitual—. Y... Quizás puedas hablar con Hinata.

—¿Con Hinata?

—No sé qué discusión hubo entre vosotros, pero estaba mal, y él siempre está alegre. Se sintió culpable por tu ataque de ansiedad... No sé cómo soléis relacionaros, pero no estaría mal que hablases con él. Casi lo matas de un susto.

Kageyama asintió, de mala gana.

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Tenía un día y medio, así que empezó por Suzume-san, porque había quedado con ella a la hora del almuerzo. Después de convencerles a todos de que estaba mejor, fue al gimnasio del Nekoma. No cruzó ni una palabra con Hinata, aunque sí se encontró con su mirada cuando se ponía el abrigo para marcharse. No se detuvo.

Esperó un rato mirando el entrenamiento de las chicas, y aprovechó para probar la primera de las reglas de Sugawara-san. Pulsó el cronómetro del reloj y se esforzó en mirar el partido sin prestar atención a Suzume-san. Era difícil, porque era la mejor, y estaba jugando al volley y ver a alguien siendo bueno en el volley le ponía más que cualquier revista de las que Tanaka y Nishinoya miraban a escondidas. Sin embargo, se esforzó en desviar la vista a las chicas que jugaban otro partido en la pista de al lado. Eran universitarias, y también realmente buenas. Había una rematadora que era increíble, de hecho. La colocadora también lo hacía muy bien, y en un segundo estaba perdido en sus movimientos, buscando ideas para adaptar a sus ataques y mejorar. Cuando miró el cronómetro habían pasado doce minutos. Doce minutos sin mirar a Suzume-san.

Se obligó a fijarse en ella. Tenía las piernas largas y un cuerpo bonito, atlético. Era alta, y su cabello oscuro, como el de él, se movía de una forma muy sensual cada vez que saltaba. Hinata había dicho que estaba buena. Se preguntó si él la besaría. Si él vería en ella algo más que una jugadora de volley absolutamente genial en la pista.

El entrenamiento de las chicas terminó y entrenó con ella un rato. Estaba cansada, pero aún así lo hacía bien. Su última colocación fue buenísima, y cuando acabaron y empezaron a recoger los balones, ella le agarró de la camiseta y le atrajo hacia sí, hasta quedar pegados. Fue tan sorpresivo que por un momento le pilló con la guardia baja.

—Eres muy bueno, y eso me gusta —susurró Suzume, y le besó. Kageyama cerró los ojos y se concentró en el beso. Suzume-san besaba de la misma forma que Atsumu, y eso en parte era raro, pero sus labios eran más suaves. Aún así lo hacía con pasión, y tal vez eso también lo había aprendido Atsumu, que si no fuese porque Kageyama tenía serias reglas al respecto, le llenaría el cuerpo de chupetones y mordiscos. Suzume le empujó contra la espaldera del vestuario y tiraron una caja de balones al suelo. Kageyama se separó un poco. Al mirarla tan cerca resultaba más evidente lo guapa que era. Sintió las manos de ella en su pantalón, desatando los cordones.

¿Qué. estoy. haciendo?

—Suzume-san —dijo, cogiendo aire—. Estamos en el gimnasio de...

—Hemos quedado un montón de veces y todavía no hemos pasado de los besos —dijo ella, sonriendo— ¿Eres virgen? No pasa nada si lo eres.

—No soy virgen.

—¿Eres de los que esperan meses y todo eso...?

—No.

—¿Y no te apetece?

—Sí —contestó Kageyama, tragando saliva; ella había deslizado la mano hasta su entrepierna, y eso le estaba nublando el juicio. Definitivamente la situación se le estaba yendo otra vez de las manos—. Pero no aquí.

—¿Por qué no?

Él frunció el ceño y Suzume volvió a besarle, introduciendo una mano en su pantalón.

Tiene la mano ahí.

Kageyama se estremeció.

—Porque eres una chica, y esto es un cuartucho de mierda —intentó razonar, aunque el argumento era estúpido. Estaba pensando en las cosas que había oído a Tanaka y Nishinoya. Las chicas no son como los chicos, decían. Hay que tratarlas con dulzura. Hay que tocarlas con delicadeza. Hay que llevarlas a sitios bonitos... Mierda, ¿por qué estaba intentando actuar como esos dos, que no tenían ninguna experiencia con chicas y eran un par de memos? Suzume era una tía, eso estaba claro, pero no parecía que tuviese unos intereses distintos que los de él. Tampoco parecía que le gustase que la acariciase de forma distinta, o que la llevase a ningún sitio que no fuese a jugar al volley o tomar una cerveza. Era como él, o como Atsumu. O como...

Deja de pensar en el puto enano.

—No seas antiguo —rió ella, terminando de desanudarle el lazo del pantalón con la otra mano y volviendo a besarle, apretándole contra la espaldera. Su mano le estaba acariciando sobre el bóxer. La miró a los ojos. Los ojos de Hinata. Los mejores ojos, aunque los de ella no escondían la misma galaxia. No pienses.

NO. No pienses en. ese. tío.

—No te pediré matrimonio, ni una relación —insistió ella, y le agarró donde era más débil y empezó a acariciarle con firmeza, y Kageyama apretó los dientes, suspirando—. Ya te lo dije, no me interesa otro novio idiota del volley. Sólo un poco de, ya sabes, sexo salvaje entre amigos.

Kageyama sonrió, empezando a desatar el lazo del pantalón de Suzume.

Entre amigos.

—Suena bien —susurró, besándola mientras deslizaba la mano dentro de su ropa.

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La prueba de la caricia en la mano de Suzume había sido un desastre. Lo intentó al despedirse de ella, pero acababan de tener sexo que superaba incluso el calificativo de salvaje en un maldito cuarto de guardar balones y quedó de todo menos natural. Pareció más bien como si intentase tomarla de la mano sin venir a cuento. Ella le miró con inquietud y le recordó que no quería tener novio y que sólo quería sexo sin compromiso, y Kageyama le confirmó que él tampoco quería una novia, pero igualmente se fue de allí con la sensación de que estaba haciendo el imbécil. Las dos pruebas con Suzume-san habían salido mal. Por otro lado, jamás había pensado en ella cuando hacía eso a solas y podía casi asegurar que no era amor porque había probado todo de ella y ni de coña la dejaría comer de su tenedor, pero también se había acostado con ella, así que definitivamente algo andaba mal en su cabeza.

Por la tarde fue el turno de Atsumu. Sólo por la prueba, se dijo. Insistió mucho en averiguar que su hermano estuviese fuera de la ciudad, incluso se hizo una cuenta anónima en el Instagram que ya había descargado para poder cerciorarse, y una vez estuvo seguro, quedó con él. Se decidió por un sitio público, porque no quería que la cosa acabase como siempre, y menos después de lo que había pasado con Suzume-san. Fueron a un arcade, y jugaron un rato a los juegos que le molaban a Atsumu. La mierda de las pistolitas, y aquella especie de simulador de carreras donde Atsumu era un manco total, sin ningún tipo de coordinación y él tenía que fingir que perdía algunas veces para evitar que montase un drama y repitiesen la partida 400 veces. Kageyama nunca jugaba a videojuegos, pero le ganaba siempre. Era tan fácil como mantener la calma y controlar el volante, pero Atsumu entraba en un bucle de emoción y acababa estrellándose contra una jodida farola aleatoria.

Después fueron al bar de siempre y, como habitualmente, todo el mundo conocía a Atsumu. Kageyama se alejó, buscó una mesa y se sentó. Miró el cronómetro y empezó a cotillear Instagram desde la cuenta que se había hecho para esa finalidad, hasta que encontró una cuenta que no sabía ni que existía. shoyo10karas y su foto de perfil era un balón de volley bolando por los aires. ¿Sería él?

Pues claro que es él, idiota. Está etiquetado en la foto de Yamaguchi. Tenía la cuenta privada, pero le pidió amistad. No era sospechoso desde esa cuenta del volley que se había abierto expresamente.

Cuando se dio cuenta, Atsumu estaba en la mesa con dos cervezas. Miró el reloj. Siete minutos. Había estado sin pensar ni buscar a Atsumu siete minutos, pero quizás no contase, porque había hecho el imbécil en instagram. Tendría que aclarar con Sugawara si ese tiempo se descontaba o qué.

Se quedaron en el bar durante un rato, hasta acabar la cerveza, y después volvieron. Pese a toda la mierda entre ellos, su conversación seguía siendo la de siempre. Le gustaba hablar con él. No tenía que hacer un gran esfuerzo para hacerse entender, y como Atsumu no se callaba nunca, él podía limitarse a beber y escuchar sin acabar muy saturado. Eso a lo mejor era amor.

Atsumu insistió mucho en que fuese a su casa, y Kageyama empezó negándose con firmeza, pero en verdad faltaba una prueba. Tenía que probar lo de la caricia, así que le acompañó con el convencimiento de que después se volvería, que no habría ni medio beso.

Como siempre, los hubo. Muchos, y fue Kageyama quien los empezó esta vez, porque definitivamente era un puto descerebrado y tenía algún tipo de adicción sexual que tal vez requiriese medicación o internamiento. A lo mejor era ese su problema. A lo mejor terminaba como uno de esos señores con una gabardina enseñándole todo a quien se cruzase por la calle, y...

—Tobio-kun, ¿qué pasa? —preguntó Atsumu mientras se secaba con una toalla, recién salido de la ducha. Eran las once de la noche. Las once. Kageyama estaba ya vestido, intentando ordenar su mierda de cabeza—. Hoy has estado raro.

—¿No te ha gustado? —preguntó, levantando la mirada, serio.

—Sí, pero no es eso. Estabas en otro lado.

—Estaba encima de ti.

—Imbécil —dijo Atsumu, dándole un empujón suave en el hombro—. Mentalmente. Estabas en otro puto lado.

—Lo siento —se disculpó, poniéndose el abrigo.

Mierda.

—Puedes contármelo. Venga, no seas tan intenso, que me jodes con la intriga. ¿Estás otra vez rayado por Sakura? Ya te dije que si quieres puedo decirle...

—¿Follas con ella? —preguntó Kageyama, sin ninguna emoción en la voz. Realmente sólo tenía curiosidad por saberlo, por saber si era el único que se estaba volviendo bipolar o algo parecido, pero Atsumu le miró como si le hubiese lanzado una piedra.

—Pues claro que no —dijo, casi ofendido—. Es virgen.

Kageyama rió, agitando la cabeza. No era habitual en él reír abiertamente, pero la situación lo merecía. Ahí estaba Atsumu, medio en pelotas, después de haber estado cuarenta minutos con él en la cama, ofendiéndose porque le preguntase si había tenido sexo con su novia con la que planeaba casarse. Era delirante.

—Ya.

—Es verdad, ella es muy tradicional, ya sabes. Quiere esperar a que nos casemos.

Kageyama no lo sabía, claro. Se abrochó la cremallera del abrigo y respiró profundamente. Atsumu ya se había puesto el pijama, y todo apuntaba a que tendrían la habitual discusión de porqué Kageyama no dormía en su piso.

—¿Y piensas decirle que te gusta follar con tíos? —preguntó, mirándole fijamente— ¿O vas a esperar a que sea inevitable ocultarlo, como con Suzume-san?

—¿Suzume? —preguntó Atsumu, visiblemente contrariado— ¿Qué pinta Suzume en esto?

—Con ella sí te acostaste —afirmó Kageyama.

—Suzume era distinta. Ella, bueno, ella no era tan tradicional en eso.

—Ya —dijo Kageyama— Entonces si Sakura quisiese, ¿lo harías con ella?

Atsumu le miró sin entender.

—¿Pero qué mierda te pasa? ¿Estabas preocupado por si Sakura y yo...? No hemos llegado a más que unos cuantos besos y, ya sabes, alguna caricia.

—No me importa lo que hagas con ella —dijo Kageyama, dirigiéndose hacia la puerta. Era verdad. Pero necesitaba saber que no era el único dando tumbos por el mundo—. No tenemos ningún compromiso.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Atsumu, caminando tras él —Eh, Tobio. Te estoy hablando. Déjate de gilipolleces. ¿Es por ese tío, verdad? Déjate de gilipolleces y háblame claro. ¿El número 10? No soy imbécil. Estás pillado por ese chaval.

Kageyama se giró, sintiendo el corazón en la boca.

El número 10.

El número 10.

—Hinata tiene novia.

¿Por qué había dicho eso? ¿Qué mierda de respuesta era esa?

—Yo también la tengo.

—Hinata no se acuesta con tíos. No le metas en esto.

Atsumu resopló, apretando los dientes en una sonrisa que era más bien una mueca.

—Estás pillado por él, joder. Te lo veo en la cara, y no me puedo creer que ha...

—He follado con Suzume —soltó, sin pensar, buscando callarle. Atsumu le miró a los ojos durante unos segundos y después soltó una risa.

—Mentira. Eres un puto mentiroso. Lo dices porque te he pillado con lo del número 10 y pensabas que nadie se había dado cuenta. No te gustan las tías, ni siquiera has dado un beso a una. Eres mucho más marica que yo, no me jodas —rió, agitando el pelo. Kageyama agrió el gesto.

—Ella sí me gusta.

—Ella es una tía —replicó.

—Piensa lo que te de la gana.

Kageyama abrió la puerta, pero Atsumu la cerró de un golpe, apoyando la mano en la madera.

— ¿En serio te has acostado con ella? ¿Cuándo?

—Hoy.

—No te creo.

—Sí me crees.

Se miraron unos segundos en silencio, inmóviles.

—Mierda—dijo Atsumu de pronto, enfadado—. ¿Pero qué te pasa? ¿Estás de coña?

Kageyama apretó los dientes, sintiendo el cabreo fluir por sus venas.

—Se acabó —dijo, intentando controlar su rabia—. Se acabó, esto que hacemos, se acabó. No quiero más... esto. Ni sexo, ni amistad, ni nada contigo. Esto no está bien. Quiero ser el mejor colocador del mundo, y esto nos hundirá. Nos cerrará todas las putas puertas, y no voy a anteponer un par de polvos al volley.

—¿Por qué mierda hablas ahora como mi hermano?

—Porque es la verdad. Asúmelo de una puta vez. Cásate con Sakura y olvídate de los tíos. Olvídate de mí.

Atsumu le agarró de la mano, tirando de él hacia sí mismo.

—Esto es cosa de tíos o de tías, esto distinto, Tobio. Eres .

—Cállate, en serio.

—Lo sabes perfectamente.

—Cállate, Atsumu.

—Desde que te vi jugar... Joder, estoy jodidamente enam...

—¡No lo digas! —gritó Kageyama, empujándole—. ¡Cállate! Yo no siento lo mismo. No me hagas repetirlo. No siento lo mismo, sólo me gusta follar contigo. Y aunque sintiese algo, aunque estuviese tan jodido como para sentir eso por otro tío, te aseguro que me lo tragaría. No puede ser. Esto nos va a hundir. Lo siento, pero se acaba aquí.

—Puto cobarde —dijo Atsumu. Tenía los ojos empañados, pero le empujó fuera del apartamento, abriendo la puerta, con tanta fuerza que Kageyama estuvo a punto de caer por las escaleras— Vamos, lárgate. Yo sabía que me mandarías a la mierda, pero me he lanzado. Seré patético, pero te he dicho lo que siento. Tú, sin embargo, seguirás toda tu vida acostándote con tías mientras te imaginas que son Shoyo, intentando convencerte de que es sólo un crush pasajero. Eso sí es realmente patético. Buena suerte con tu ilusión, Tobio.

Y le cerró la puerta en la cara.

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