Guerra

El lugar donde Dumbledore los citó era una vieja casa cerca de Swindon. No parecía estar habitada, pero apenas se acercaron salió a recibirlos un hombre pelirrojo y pecoso de hombros anchos y sonrisa fácil.

Les pidió la contraseña, que le dieron y los dejó pasar. Se presentó como Gideon Prewett.

—Estabas en séptimo cuando entramos nosotros —lo reconoció Remus—, tienes un gemelo, ¿no?

—Fabián, está adentro con los demás. Vengan.

Los guio por un el pasillo hasta la puerta del fondo a la derecha. Era una enorme sala con una mesa al centro. Varias personas estaban sentadas, otras platicaban de pie. Reconoció a James que le hacía señas desde lejos, sentado entre Lily y Peter.

—Hay algunos conocidos —les dijo James a modo de saludo—, además de nosotros están Marlene y Dorcas —fue señalando, algunos se daban cuenta y los saludaban con la mano—, los Longbottom, los gemelos Prewett y Vance.

Entró Dumbledore en ese momento y todos se apresuraron a sentarse. Detrás de él entró un hombre de cara de pocos amigos, uno de sus ojos giraba de manera curiosa y Sirius notó que era falso.

—Es Ojoloco Moody —susurró Peter—, es un auror.

Entraron también McGonagall y una mujer de unos cuarenta, sesenta años que cargaba un gato tan gordo que casi se le caía de los brazos, se sentó alejada de los demás.

Dumbledore tomó la silla de la cabecera, sin sentarse y miró alrededor.

—Parece que estamos todos. Pues directo a lo que nos compete. Declaro iniciada la primera sesión de La Orden del Fénix.

Salieron de la junta sabiendo que todo era mucho peor de lo que esperaban. El Ministerio no estaba haciendo lo suficiente, pues no consideraban a Voldemort y sus seguidores amenaza suficiente para actuar. Se justificaban diciendo que no eran consistentes en su forma de actuar.

Sin embargo, Dumbledore tenía la certeza de que eso estaba apenas comenzando.

—Tendremos cientos de muertes inocentes si no actuamos ahora. Los mortífagos, como se hacen llamar los seguidores de ese hombre, crecen en número. Sabemos —miró a Sirius—, que están reclutando en todas las familias de sangre pura, y también incluso a mestizos. Pese a lo irónico que resulta.

Aunque bajo esa información resultaba más evidente que habían tomado la decisión correcta al unirse, no dejaba de darle miedo a Sirius pensar en lo que ocurriría. Remus apretó su mano bajo la mesa, él también tenía miedo.

¿Cómo no tenerlo?