Capítulo 20

Esto está delicioso.

—Mmm, Oh dios, esto está delicioso.

Quinn sonreía un tanto sonrojada. No por lo que dijo, sino por como lo dijo. Por como Rachel parecía dejar escapar algún que otro suspiro repleto de erotismo, mientras disfrutaba de algo tan sencillo y simple como lo era una patata asada.

20 minutos más tarde de la extraña cena en el restaurante asiático, ambas llegaban a otro, el Hot Spud, un conocido local de comida rápida en el que la estrella del menú era precisamente eso, una patata asada.

Aquello no tenía el glamour del anterior restaurante. Las mesas de llamativos colores, nada tenían que ver con la elegancia de los muebles del Straits. Tampoco la decoración era parecida, aquellas paredes estaban llenas de distintos logos, de cuadros y dibujos en los que abundaban las patatas, y evidentemente, la clientela tampoco era la misma.

Entre las hileras de mesas, jugueteaban pequeños traviesos mientras sus padres cenaban entre risas y animadas conversaciones.

—Me gusta —dijo Quinn interrumpiendo la ristra de suspiros.

—Tiene muy buena pinta la tuya.

—No hablo de la patata, hablo de esto, del local, de cómo hemos acabado aquí.

—Te ha gustado la idea, ¿verdad?

—Sí, muchísimo.

—Me alegro, aunque no es lo más ideal para una…

—¿Para una qué? —cuestionó divertida tras notar como Rachel había detenido su comentario.

—Para una primera cita.

—¿Una cita? —replicó divertida— Al final lo vas a considerar como tal.

—No he sido yo quien lo ha dicho antes. Te recuerdo que tú lo has mencionado en el restaurante. Y lo cierto es que esto es lo más parecido a una cita que tengo desde hace mucho tiempo. Así que, al menos déjame que me ilusione pensando que lo es.

—Oh dios…

—Tranquila. Solo es real en mi mente —le dijo viendo como su sonrisa se volvía más natural, sin rastro alguno de los nervios que durante el tiempo que estuvieron en el restaurante, estuvieron acusándola.

—Lo cierto es que yo también podría tomarlo como una cita. Hace mucho tiempo que no tengo una.

—Mmm. Ok. Entonces, ¿podemos confirmar que esta es una cita real?

—Si insistes.

Rachel casi no pudo contener la risa tras escuchar el tono divertido utilizado por Quinn, pero esa misma sonrisa comenzó a esfumarse tras recordar las palabras que Kurt le había dejado antes de aquella cita.

Coquetear con Quinn, aunque era algo que deseaba con locura, no estaba bien. Y lo sabía, lo sabía perfectamente. Para colmo, ver como ella misma permitía que aquellos divertidos comentarios fluyesen entre ambas, la ponía en una situación más que complicada. Solo tenía una manera de evitar que se le fuera de las manos. Algo que había rondado por su mente desde que supo que Quinn parecía no mostrar impedimento alguno en abrir su mente con otras chicas.

—Ok, pues celebremos nuestra primera cita. ¿Un brindis? —alzó su vaso de refresco esperando que Quinn reaccionase de igual manera.

—Ok —imitó el gesto por pura intuición.

Fue Rachel quien se apresuró en dejar un pequeño toque con su vaso sobre el de Quinn.

—Porque volvamos a repetir. ¡Salud!

—¡Salud! —repetía divertida Quinn.

—Eso sí —espetó tras el brindis—, hay algo que deberías saber de mí antes de que esta cita termine.

—Pues, es el momento perfecto de que me lo hagas saber —replicó Quinn regresando a su patata.

—Verás, puede que suene presuntuosa, pero tengo que avisarte de que todas aquellas personas que han tenido una cita conmigo, han terminado enamorándose de mi—bromeó—. Ojo, yo no me quejo, pero en este caso, te advierto para que no te suceda conmigo.

—¿No me suceda contigo?

—Sí. Para que no te vayas a enamorar de mi —soltó sin dejar de observar cada mínimo gesto que Quinn realizaba—. Créeme, no te conviene.

—Oh… Ok. Gracias por el aviso.

—Me gusta ser clara. No quiero que luego haya complicaciones.

—¿Complicaciones? —cuestionaba completamente sorprendida— ¿Enamorarse de ti es una complicación?

—Bueno, normalmente no es un problema, pero ahora si lo sería. Y no quisiera romperte el corazón —replicó sin perder el tono de humor.

—¿Y por qué me romperías el corazón?

—Porque no voy a estar en la ciudad para siempre —fue directa. Era la pregunta que estaba esperando, y Rachel no dudó en remarcar con rotundidad aquella respuesta—. Ya sabes que me marcho en un par de meses. Y las relaciones a distancia son un poco complicadas para mí.

—Ok. Procuraré no enamorarme de ti.

—Bien. Veo que eres una chica inteligente. No te costará demasiado evitarlo.

—Eso espero —bromeó—. La cosa es… ¿Qué pasa si te enamoras tú?

—¿De ti?

—De mi o de quien sea en esta ciudad.

—No pasa nada, porque eso no va a suceder. Lo tengo prohibido, no juego con fuego, así no me quemo.

—¿Estás cerrada a conocer gente?

—No, es solo que no pienso enamorarme ni pienso dejar que se enamoren de mí —soltó, y esa vez la contundencia de sus palabras lograron que la conversación fuera mas seria de lo que había empezado.

—Lo ves muy sencillo.

—Conozco mis limitaciones. Sé hasta donde puedo llegar para no quemarme. Así que, mientras no cruce ese límite, estaré a salvo.

—Pues me temo que estás en el lugar menos indicado para proponerte eso.

—¿Por qué dices eso? ¿Qué ocurre aquí? —lanzó una mirada a su alrededor.

Y como si realmente la hubiese visto, Quinn intuyó aquel gesto de la morena y terminó esbozando una enorme sonrisa.

—No hablo de aquí, hablo de esta ciudad, de esta zona. De nuestro apartamento.

—Sigo sin entender, así que será mejor que me expliques con detalles el por qué estoy metida en la boca del lobo, según tú.

—Porque estás rodeada de personas que siempre consiguen lo que se proponen, y eso incluye a otras personas.

—Ohhh. Espera, estamos hablando en serio, ¿verdad?

—Eh, sí. Ahora sí.

—Ok. Y me estás diciendo que me resultaría complicado no caer si alguien viene a por mí. ¿No es cierto?

—Exacto —sonreía traviesa.

—Bueno, ya te digo yo que no será así. Y en el caso de que fuera, también tendría que darse la circunstancia de que alguien estuviera interesado en mí. Y dudo que eso suceda.

—No estés tan segura.

—¿Cómo? ¿Hay alguien interesado en mí?

—Yo diría más bien… Interesada.

—¿Se puede saber quién? —masculló repleta de dudas, y temerosa por una respuesta que no esperaba recibir.

—Bueno…Sé que has congeniado muy bien con María.

—¿María? —preguntó sorprendida— ¿Cómo sabes eso?

—Bueno, ella me ha hablado de ti y los chicos te han visto…No sé.

—¿Te ha hablado de mí?

—Ajam…

—¿Y qué te ha dicho de mí?

—Pues cosas buenas.

—Ok… ¿Y los chicos me han visto? ¿A qué te refieres con eso?

—Pues que te han visto hablar con ella.

—¿Y? Yo hablo con las personas. ¿Qué tiene eso para llamar la atención?

—Rebecca, conocemos muy bien a María. No hace falta mucho para saber si le interesa alguien o no.

—¿Y tú crees que María puede estar interesada en mí?

—Yo solo sé que María es de las que consiguen lo que se propone. Así que deberías ser precavida.

—Bueno, pero en ese caso, supongo que yo tendría algo que decir, ¿no?

—Todos teníamos algo que decir con María, y nada le detuvo.

—¿Todos?

—Todos —repetía sonriente.

—¿Tú también? —preguntó completamente sorprendida.

—No, yo no…—sonreía satisfecha.

—¿Contigo no pudo?

—No, y créeme, lo intentó. Bastante, de hecho.

—Va…Bueno, entonces conmigo tampoco podrá. Yo necesito que haya algo más que me atraiga, a parte de una cara bonita.

—¿No te gusta?

—¿María? Si claro. no está nada mal, pero no sólo hablo del físico.

—Mmm, pero si estás diciendo que no piensas enamorarte. ¿Qué más da como sea? Lo único que te tiene que importar es si te atrae o no.

—No me atrae.

—¿Y te atrae alguien?

—Quinn Fabray, ¿estás intentando sacarme información sentimental? —bromeó.

—Vas a ser mi nueva compañera de piso. Solo quiero ser útil. Y si me lo dices, puedo echarte una mano.

—Ya, claro, una mano.

—Claro. No pienses que soy una cotilla —replicó sin perder la sonrisa—. Solo me preocupo por tu bienestar.

—Ok… Lo tendré en cuenta. Pero, lo cierto es que no queda muy bien que te ofrezcas a echarme una mano. ¿Acaso crees que no estoy capacitada para conquistar por mí misma, si es que alguien me interesara de veras?

—No lo sé, apenas te conozco. Yo solo te ofrezco mi voluntad.

—Ok. Pues muchas gracias por tu preocupación, y tu buena voluntad, pero no es necesario que me eches ninguna mano. No me atrae nadie.

—¿No? Vaya. Pues que pena…

—Empiezo a sospechar que tienes tú más interés en que me atraiga alguien, que yo misma.

—No, claro que no. Solo estamos hablando. ¿Qué tal en un hipotético caso?

—A ver, ¿y quién me iba a atraer en el hipotético caso en el que yo estuviese interesada?

—Michael…

—Ya claro, después de dejarle claro que soy lesbiana —sonreía.

—Cierto, entonces Dana. No queda otra, porque Britt y San son imposibles, y como María no tiene nada que hacer.

—Mmm, Dana es preciosa, pero me temo que no tiene nada que hacer conmigo tampoco.

—Me lo pones difícil, ¿eh?

—¿Por qué estás interesada en que me fije en alguien? ¿Qué pasa contigo? Tú estás sola ¿no? ¿Por qué no fijas tus objetivos en alguien?

—Yo ya tengo mi objetivo marcado —fue directa.

—¿Ah sí?

—Sí —le respondió sonriente.

—Ok. ¿Y ese alguien está interesado en ti?

—No lo sé, pero no me importa.

—¿No te importa? No lo entiendo.

—María no es la única que consigue lo que se propone.

—¡Oh! —exclamó dejando sobre la mesa su vaso tras un último sorbo.

—¿Qué ocurre?

—Nada. Que ha sonado tan contundente, que me temo que no puedo refutarlo.

—La verdad es que no es tan así. No siempre consigo lo que propongo.

—Supongo que porque no te lo propones en firme.

—Puede…Aunque éste último objetivo, si es algo firme. Quiero, quiero destruir una barrera que me mantiene bloqueada desde hace mucho tiempo.

—¿Y esa persona te va a ayudar a eso?

—Sin duda.

—Bien, me alegro entonces. Has elegido bien, y dudo que rechace algo así.

—¿Tú crees?

—Claro, si es alguien que…—se detuvo.

La mirada de Rachel se desvió y focalizó sobre la segunda puerta de entrada del local, cuando un par de chicos se colaban en el interior, y la cara de uno de ellos le resultó terriblemente familiar. Tanto, que acababa de ser consciente de como toda su estrategia al reservar una mesa privada en el restaurante asiático, se acaba de fastidiar en ese mismo instante.

—Robert…—susurró maldiciéndose.

—¿Qué? ¿Quién es Robert?

—Eh…—reaccionó al escuchar la voz de la rubia—. Robert, no nada. Quise decir lo es, esa…esa persona —trataba de seguir la conversación mientras observaba los movimientos del chico, que ya se adentraba por completo en el local.

—¿Qué dices Rebecca? —cuestionó completamente confundida— No entiendo muy bien que es lo que…

—¿Nos vamos? —interrumpió al ver como Robert, ya se acercaba al mostrador donde servían. Por suerte, no la había descubierto, pero las posibilidades de que lo hiciera eran muy altas, y conociendo las formas de aquel chico, dudaba que alguien en aquel local no descubriese su verdadero nombre.

—¿Quieres irte? ¿Estás bien?

—Ehh…no, quiero decir sí, si estoy bien, pero veo que tú ya has terminado tu cena y yo…yo también —mintió. Su patata aún estaba casi entera.

—Mmm, bueno…Como quieras.

—Hace una noche perfecta Quinn. Deberíamos estar aprovechando la temperatura, ¿no crees? —se excusó.

Los nervios seguían aumentando en la morena, que veía como Robert comenzaba a buscar un lugar donde sentarse y ellas estaban rodeadas de mesas vacías.

—Cierto… Hace una noche…

—¡Venga vamos! —espetó rápidamente al tiempo que se levantaba de la silla y tomaba a Quinn del brazo, obligándola a que siguiera sus pasos.

La rubia no comprendía absolutamente nada. Estaban disfrutando de una deliciosa cena y una interesante conversación y de pronto todo cambió. La actitud de la morena le dejaba claro que algo sucedía, que estaba inquieta y aquel susurro con forma de nombre de chico le puso en alerta.

Estaba segura de que alguien había entrado en el restaurante, un tal Robert, supuso, y por lo que sentía, la morena no pretendía en absoluto saludarle o dejar que le viese junto a ella. Y sin saber por qué, mientras abandonaban el local con unas inesperadas prisas, la idea de que aquel chico podría ser alguien importante para Rebecca, comenzó a llenar su mente.

—Hey… ¡cuidado! —exclamó tras notar como la morena tiraba de su brazo y a punto estuvo de perder el equilibrio al bajar un inesperado escalón para llegar a la calle.

—Ouch… Lo siento, Quinn —se lamentó—. Lo siento.

—No te preocupes, pero procura no ir tan rápido. Es complicado sortear obstáculos así —trató de bromear.

—Lo sé, lo siento de veras —la tomó del brazo con más dulzura—. A veces se me olvida.

—Eso es bueno, hace que me sienta mejor.

—Oh dios —se lamentó lanzando una última mirada hacia el local. Estaba a salvo, se había librado por poco de un más que llamativo y efusivo saludo de aquel chico que no habría dudado en gritarle "Rachel" en mitad del restaurante— ¿Vamos?

—Ok, vamos, pero… ¿A dónde? —cuestionó sintiendo como esa vez, y a diferencia de cómo habían llegado hasta allí, era Rachel quien buscaba su brazo, y se aferraba a él. Un pequeño gesto que Rachel llevó a cabo por inercia, y que por supuesto, no iba a pasar desapercibido para Quinn. Sobre todo, porque sus dedos comenzaron a dejar pequeñas caricias sobre ella.

Un gesto que Quinn estaba segura que Rebecca hacia inconscientemente.

—No sé dónde ir, pero podríamos pasear un poco.

—Ok. Paseemos. Tenias razón, hace una noche perfecta.

—Sí. Aunque hace un poco de calor.

—Es normal aquí. Aunque no te acostumbres, en San Francisco cuando llega el verano… ¿Qué ha sido eso?

—¿Qué ha sido el qué? —preguntó Rachel justo cuando veía como Quinn alzaba la cabeza por inercia— ¿Qué ocurre, Quinn?

—Me ha caído agua.

—¿Agua? —resplicó la morena imitando su gesto, buscando algún indicio de la procedencia de aquella gota, que en cuestión de segundos comenzó a duplicarse— Oh dios… Está lloviendo, Quinn.

—Ya me he dado cuenta.

—Increíble, hablamos del buen tiempo y se pone a llover. ¿Es una broma?

—No, no es una broma. Justamente te estaba diciendo que no te acostumbres al calor en verano. En San Francisco suceden estas cosas… ¿Hay nubes?

—No lo sé. Apenas se distinguen con el cielo tan oscuro. Supongo que será una tormenta de verano.

—Pues, será mejor que nos demos prisa, si no quieres que nos descargue encima la tormenta. Empiezan a hacerse notar los goterones.

—Sí, tienes razón. Nos vamos a mojar —soltó Rachel sin cambiar su postura. De hecho, emprendió el paseo con la misma calma con la que lo había iniciado.

—Sí, nos vamos a mojar si no nos damos prisa. Vamos, Rebecca —le dijo incitándola a que aligerase el paso, pero Rachel no accedió a la petición—. ¿Vamos? Nos vamos a mojar…

—¿Y? —replicó buscando su reacción— ¿Qué más da?

—¿Cómo? ¿Te quieres mojar?

—¿Nunca has paseado bajo la lluvia? Es la mejor sensación del mundo.

—Pero… ¿De veras te quieres mojar? —preguntó al notar como la morena apenas avanzaba, y ella se veía retenida por su brazo.

—Tenemos dos opciones, Quinn. Salimos corriendo hasta el bloque que está a escasos minutos, o disfrutamos de este paseo. Tú decides qué hacemos.

—Rebecca —murmuró completamente confusa. El agua que caía sobre ella ya era considerable. Los viandantes que se cruzaban con ellas ya buscaban refugios bajo las marquesinas de los grandes edificios que adornaban la transitada avenida, y otros, simplemente aceleraban el paso—, está lloviendo fuerte —se excusó.

—Vamos Quinn, decide —espetó sonriente.

—Ok…ok, lo que tú digas. Si quieres pasear, paseamos. Pero vamos, anda, si nos ven aquí detenidas van a pensar que estamos locas.

—¡Pues vamos! —le dijo completamente satisfecha, y sin poder evitar sonreír al observar su gesto. Al descubrir como además de aferrarse a su brazo con fuerza, alzaba los hombros inconscientemente, como si ello le fuese a regalar algún cobijo del agua que ya sí, había empezado a mojarla por completo.

No lo hizo porque sí. Rachel no la incitó a tomar aquella opción por simple capricho, sino porque sabía que le iba a gustar. Porque ya lo hizo una vez con ella, cuando ambas estaban en Nueva York.

Jamás olvidó aquel día. Aquel momento en el que acababan de instalarse en la ciudad de los rascacielos, y salieron a recorrer por primera vez Central Park junto a Santana y a Kurt. Fue justo una tormenta de verano lo que las pilló de improviso, y les obligó a correr literalmente hacia la 5th Avenida, buscando algún lugar en el que refugiarse. A todos menos a Quinn, que con paso tranquilo y una enorme sonrisa, permitió que la lluvia la calase hasta los huesos.

Rachel nunca olvidó su cara, su gesto, la satisfacción que transmitía por el simple hecho de permitir que el agua la empapase por completo, y la tranquilidad con la que permitió que ello sucediera. Y supo que, en aquel instante, casi 6 años más tarde, podría volver a repetir la experiencia.

—No me lo puedo creer —susurró con una enorme sonrisa—, vamos a llegar completamente empapadas.

—Bueno, pero ¿y lo divertido que es?

—Sin duda, no es la primera vez que hago algo así. Eso sí, es la primera vez que lo hago sin ver.

—¿Y qué se siente?

—Es extraño y… Divertido. Aunque también lo estoy pasando un poco mal.

—¿Por?

—No quiero ni imaginar cómo debe estar mi pelo y mi maquillaje —espetó con una risa nerviosa.

—Pues por eso no te preocupes, porque estás perfecta.

—Ok. Espero que sea cierto, y no me estés mintiendo. Aunque, no importa si me mientes, siempre y cuando me lo crea.

—Quinn, estás perfecta —insistió remarcando esa vez el perfecta.

—Ok. Te creo. Oye, y ya que vamos caminando y disfrutando de éste agradable tiempo veraniego —bromeó con sarcasmo—. ¿Por qué no me respondes a la pregunta que te hice?

—Mi memoria ahora mismo se acaba de resetear con esta lluvia, Quinn. A menos que me preguntes de nuevo, no tengo ni idea de cuál era tu cuestión —le replicó divertida, y Quinn terminó riendo—. Lo juro, mi memoria a veces hace eso. Se resetea.

—¿No será que no te interesa responderme?

—No, no. Lo digo en serio, no recuerdo cuál era tu pregunta.

—Me estabas diciendo en quien estabas interesada…—soltó tratando de disimular la sonrisa, y Rachel la miró confusa, tratando de recordar cual fue el momento exacto en el que Quinn le había realizado aquella pregunta.

—¿Quién me interesa? ¿Me has preguntado que…? —No pudo aguantar. Quinn comenzó a reír sin poder evitarlo, y Rachel detuvo su respuesta al ser consciente de la pequeña broma que acababa de gastarle— ¡No me has preguntado eso! —exclamó—¿Estabas tratando de sacarme información?

—¡Nooo! —respondía divertida.

—Oh dios, casi caigo, que lo sepas.

—¿Ah sí? ¿Me ibas a decir quien es tu objetivo?

—Ya no sé ni lo que te iba a decir, me has dejado pensativa tratando de recordar cuando me habías preguntado eso, y que es lo que te tenía que decir.

—¿Cómo? —se detuvo extrañada— ¿Qué me tenías que decir? ¿Tienes que pensar la respuesta?

—Eh…—se lamentó— Eh no, no es eso, es solo que estaba pensándolo. Quiero decir, que estaba buscando el momento en el que me habías hecho esa pregunta —se excusó sin mucho éxito. Había cometido el pequeño error de decir que tenía que pensar que es lo que decirle o no, y Quinn se había percatado perfectamente de aquel detalle, otro más de los tantos que no conseguía mantener a salvo—. Vamos, hemos llegado —trató de zanjar la conversación. Quinn seguía sonriente, aunque aquella expresión, lejos de resultarle extraña, le había comenzado a preocupar—. Espero que el ascensor no nos electrocute por entrar completamente mojadas —masculló tras ser consciente de cómo habían terminado ambas.

—Tranquila, este ascensor ha vivido muchas cosas. Un poco de agua no es nada —respondía tras entrar dentro del habitáculo, seguida por la morena.

—¿Muchas cosas?

—Si. Ni te imaginas lo que estas cuatro paredes han visto y oído.

—¿Me contarás esas historias algún día? Porque dudo que estas paredes sepan hablar, ¿no?

—Depende.

—¿De qué?

—De si eres sincera y me respondes a lo que te voy a preguntar ahora mismo.

La morena se tensó, pero automáticamente, su mente se puso en marcha y comenzó a organizar las palabras adecuadas para responder a aquella pregunta que estaba completamente convencida, iba a ser la misma que minutos antes le había planteado.

—Ok, pregunta.

—Mmm —se hizo de rogar—, mírame a la cara y dime…—hizo una pausa— ¿Hasta dónde me llega el rímel?

Rachel se mostró confusa segundos antes de distinguir el tono de humor utilizado por la rubia, y descubrir como una pequeña hilera de pintura negra caía por su mejilla por culpa del agua.

—Oh, es eso. Solo, solo tienes un poco en la mejilla, pero no mucho —respondía sonriente.

—Estoy notando como algo va cayendo, pero no quiero tocarme por si lo pongo peor.

—¿Puedo? —preguntó dando a entender que pretendía ayudarle.

—Te vas a manchar. No te preocupes, ahora lo limpio cuando lleguemos a casa, si es que le das al botón de subir.

—¡Ouch! —exclamó al ser consciente que nuevamente, se había olvidado de dar la orden al ascensor para que subiese. Acción que realizó mientras buscaba un pañuelo en su bolso—. Déjame que te limpie, no quiero que Dana o Michael piensen que te lo has pasado mal y que llegas llorando —bromeó.

—Ok. Si parece que he llorado, es que está peor de lo que imaginaba. Eres muy mala mintiendo, Rebecca Green. Me has dicho que estaba perfecta —le reclamó permitiendo que Rachel se acercara a ella, y con el pañuelo lograse eliminar el rímel que ya descendía hasta casi su mandíbula.

—¿Te ha maquillado Dana? —preguntó ignorando la mención a su capacidad de mentir, al tiempo que se esmeraba en no dejar rastro alguno de la pintura en el rostro de la rubia, sin ser plenamente consciente de la cercanía de ambas.

—Sí, es buena maquilladora, bueno ella y Santana y Britt. La verdad, no me puedo quejar. Aunque me temo que el maquillaje que usamos no es el mejor. Un rímel a prueba de agua estaría mejor, sin duda.

—Cierto, aunque después de verte sin maquillaje, recién levantada y con mal humor —bromeó—, te digo que no necesitas maquillarte para estar perfecta.

—Eso lo dices tú, que utilizas gafas y seguro que ese día no llevabas —respondía sonriente.

Una sonrisa que llamó la atención de Rachel, y que la obligó a detenerse en su pequeña y breve tarea. Fue en ese instante cuando supo que se había acercado mucho, demasiado, y como una irremediable fuerza la mantenía allí, quieta, observando el rostro de la rubia, sus ojos, fijos de nuevo sobre un punto perdido en el suelo, su sonrisa, encantadora como siempre lo había sido. Conquistadora nata sin duda.

Quinn lo sabía. Sabía que con aquella sonrisa había logrado cosas que no conseguía con palabras, y supo que Rebecca la miraba, más bien estaba hipnotizada con ella. Daba igual que sus ojos no viesen, daba igual que no hablasen. Sentía la respiración a un palmo escaso de su rostro, y el pañuelo que antes presionaba con extrema delicadeza sobre su mejilla, se había detenido en el mismo lugar desde hacía casi 10 segundos.

Lo que no podía intuir era cual iba a ser la reacción de la morena, si hacia lo que deseaba hacer. Si se apartaba, ella iba a seguir sonriendo, si, por el contrario, decidía acercarse más a ella, no iba a poner impedimentos. Es ahí donde comenzaba ese paso del que tanto había hablado con Santana.

Tenía frente a ella a la chica perfecta para darlo. Cumplía los requisitos indispensables que ella necesitaba para poder lanzarse; Divertida, espontanea, misteriosa, no perteneciente a su grupo de amigas, y con el consentimiento de Dana, Michael, Santana y María. Dejándole claro que también merecía la pena físicamente, además de un último pro que consiguió averiguar aquella noche, y que le daba más opciones aún. No estaba dispuesta a enamorarse.

Eso era esencial para Quinn, que ya tenía su corazón perfectamente ocupado. Estaba libre, podía conocer a todos los chicos que quisiera, podía enamorarse de cualquiera, pero esa zona de su corazón perfectamente preparada para el amor con una chica, ya estaba ocupada.

No habría otra que ocupase su corazón como lo había ocupado Rachel durante 6 años, ni sentía que ninguna otra pudiese ocuparlo. En aquel instante, dejar entrar a una chica en su vida, solo era síntoma de diversión, de descubrir cosas, pero no de enamorarse. Y Rebecca, era perfecta para aquello.

Evidentemente, Rachel no se lanzó hacia lo más satisfactorio, y que más deseaba en ese instante, que no era otra cosa más que besarla.

No podía hacerlo. Se lo había prometido, no solo a Kurt sino a ella misma. Suficiente tenía ya con toda aquella vorágine de mentiras en las que se veía envuelta como para realizar aquel acto de aquella manera. Aunque todo la invitara a ello. La actitud de Quinn no cambió en ningún momento. De hecho, mejoró tanto que incluso llegó a pensar que la rubia estaba esperando ese beso.

La puerta del ascensor se habría, y Rachel se separó lo suficiente para romper la tensión que se había creado entre ambas en aquel instante.

Y lo hizo en el mismo momento en el que Michael salía del apartamento, y las encontraba en la cabina.

—¿Qué os ha pasado? —preguntó sorprendido al verlas completamente mojadas.

—Si vas a salir, será mejor que cojas un paraguas —espetó Quinn sonriente tras escuchar la voz del chico.

—Madre mía, que desastre. Mirad como vais.

—¿Te vas? —preguntó al tiempo que salía del ascensor con Rachel tras sus pasos.

—Sí, he quedado.

—¿Y Dana?

—Ahí dentro. Está viendo una película. Es una aburrida.

—Ok, pues voy a ver si me echa una mano con esto —espetó tocándose el vestido, completamente mojado.

—Ok. Rebecca, estás muy guapa —bromeó el chico—. Me gusta tu pelo a lo natural.

—Y tan natural, como que parece que acabo de salir de la ducha.

—Cierto —espetó sonriente al tiempo que se adentraba en el ascensor—, además, ese vestido y el agua, es una buena combinación —añadió regalándole un guiño de ojos. Algo que Rachel no comprendió hasta que lanzó una mirada sobre su fino vestido beige, y descubría como el agua había provocado algunas interesantes transparencias.

—Oh dios —se lamentó.

—¿No me digas que se transparenta el vestido? —preguntó Quinn sosrprendida.

—Sí, y lo peor es que no me he dado cuenta —respondía completamente avergonzada.

—¿Te has paseado por San Francisco con el vestido así?

—Ok. No me lo recuerdes, porque me muero de la vergüenza —se quejó divertida—. Será mejor que vaya a cambiarme ya.

—Ok— respondía Quinn entre risas—. Ha sido una buena noche, lástima que no pueda ver eso.

—¡Quinn!

—Hey, solo es una broma.

—Ya, otra de tus bromas. Menudo sentido del humor tienes tan extraño.

—Es diferente…

—Sin duda, bueno… Será mejor que entre en casa.

—Sí, yo también —susurró tras tantear la puerta e introducir la llave en la cerradura—. Me ha gustado mucho salir contigo esta noche. Gracias.

—Gracias a ti por acompañarme, espero que podamos repetirlo otra vez.

—Por supuesto. Hay una ciudad entera por descubrir, y probablemente alguna que otra tormenta más de verano.

—Lo tendré en cuenta a la hora de vestirme —le respondió sin poder dejar de sonreír—. Buenas noches, Quinn.

—Buenas noches, Rebecca —respondía completamente sonriente.

—Ah, por cierto —interrumpió segundos antes de ver como Quinn ya abría la puerta, y se disponía a entrar en su apartamento—. No puedo responderte a tu pregunta porque no tengo un objetivo fijo. Estoy dispuesta a ser conquistada.

—Oh. Estás dispuesta a que te conquisten…

—Así es. Eso sí, nada de enamorarse.

—Perfecto, es la mejor de las actitudes —respondía siendo consciente de cómo le acababa de lanzar la pelota. De cómo sin siquiera proponérselo, la estaba invitando a que fuese ella quien diese ese paso que tanto anhelaba dar. Rebecca, sin duda, había llegado en el momento perfecto, y Quinn empezaba a creer de veras en ello—. Buenas noches, vecina.

—Hasta mañana, Quinn.