CAPITULO 19
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Sola en ese desierto sinfín, Aurea lloró desconsolada por todo lo que había perdido. Pasado un buen rato comprendió que su única esperanza era encontrar a su marido desaparecido y redimirse ella y redimirlo a él. Así pues, emprendió la búsqueda del príncipe Cuervo.
El primer año lo buscó por las tierras del Este. Allí vivían animales y personas raras, pero nadie había oído hablar del príncipe Cuervo. El segundo año recorrió las tierras del Norte. Allí unos vientos helados gobernaban a la gente desde el amanecer hasta la noche, pero nadie había oído hablar del príncipe Cuervo. El tercer año exploró las tierras del Oeste. Allí había opulentos palacios que se elevaban hasta el cielo, pero nadie había oído hablar del príncipe Cuervo. El cuarto año navegó hasta el más lejano Sur. Ahí el sol ardía demasiado cerca de la tierra, pero nadie había oído hablar del príncipe Cuervo.
DeEl príncipe Cuervo.
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Esa noche, Charlotte se hallaba acompañando a Bella mientras esta preparaba su bolso de viaje.
—Lo siento muchísimo, querida —dijo, retorciéndose las manos—, pero sabes cómo se me revuelve el estómago en los coches abiertos, con las sacudidas. En realidad, la sola idea casi me hace…
Bella se apresuró a mirarla. La cara de su suegra se había tornado de un delicado matiz de verde.
La obligó a sentarse en una silla.
—Siéntese y respire. ¿Quiere un poco de agua?
Fue a abrir la única ventana de la habitación, pero estaba atascada. Charlotte se tapó la boca con el pañuelo y cerró los ojos.
—Se me pasará en un momento.
Bella cogió la jarra del lavamanos, puso un poco de agua en el vaso y se lo llevó. La anciana bebió, y comenzó a volverle el color a las mejillas.
—Qué lástima que Gianna se haya marchado tan de repente —dijo.
Su suegra había repetido ese lamento con algunas variaciones a lo largo de todo el día. Bella apretó los labios, al recordarlo.
Esa mañana Maggie había subido a despertarlas porque encontró una nota de Gianna en la cocina; en la nota simplemente les daba las gracias por sus cuidados. Cuando ella fue corriendo a mirar en la habitación que había ocupado con Heidi, vio que no estaba ahí y que la cama estaba hecha. Entonces encontró otra nota, prendida con un alfiler a la almohada; en ella Gianna les pedía que permitieran a Heidi alojarse un tiempo más con ellas, y les había dejado unas monedas de oro, las que cayeron tintineando al suelo cuando ella abrió la nota. Intentó darle las monedas a Heidi, pero la joven retrocedió negando con la cabeza.
«No, señora. Ese dinero es para usted y la señora Swan. Las dos han sido las mejores amigas que hemos tenido Gianna y yo en toda la vida.»
«Pero tú las vas a necesitar».
«Usted y la señora Swan también las necesitan. Además, tengo un puesto en el que comenzaré a trabajar pronto. —Se ruborizó—. En Ravenhill Abbey».
Recordando todo eso, movió de un lado a otro la cabeza, y le dijo a su suegra:
—Espero que Gianna esté bien. Ya empezaban a desvanecerse sus moretones. Heidi ni siquiera sabe adonde ha podido ir, aparte de Londres.
Charlotte se presionó la frente con una mano.
—Si hubiera esperado, ella podría haberte acompañado a Londres.
Bella abrió un cajón de su cómoda y hurgó, buscando un par de medias sin zurcidos.
—Tal vez a Heidi no le importe retrasar el comienzo de su trabajo en Ravenhill y acepte ir conmigo primero.
—Yo creo que Heidi va a desear quedarse aquí —dijo su suegra, dejando con sumo cuidado el vaso en el suelo a un lado de la silla—. Me parece que ha conocido a un caballero de Ravenhill.
Bella medio se giró, con las manos llenas de medias.
—¿Sí? ¿Quién cree usted que es? ¿Uno de los lacayos?
—No lo sé. Anteayer me estuvo haciendo preguntas sobre la casa y sobre quiénes trabajan ahí. Y después masculló algo sobre abejas.
—¿Hay un apicultor en Ravenhill? —preguntó Bella, ceñuda, pensando; luego movió la cabeza, dobló un par de medias y las puso en su bolso de viaje.
Charlotte se encogió de hombros.
—No, que yo sepa. En todo caso, me alegra que lord Masen haya decidido llevarte a Londres. Es un hombre encantador. Y está interesado en ti, querida. Tal vez te haga una petición importante ahí.
Bella torció el gesto.
—Ya me ha pedido que me case con él.
Charlotte se levantó de un salto y lanzó un chillido digno de una chica mucho más joven.
—Y le he dicho que no —acabó Bella.
Su suegra la miró horrorizada.
—¿Que no?
Maggie dobló una camisola y la metió en el bolso.
—Que no.
—¡Maldito Peter! —exclamó la anciana, golpeando el suelo con el pie.
—¡Madre!
—Perdona, querida, pero sabes tan bien como yo que no habrías rechazado a ese hombre encantador si no hubiera sido por mi hijo.
—No…
—Vamos, no sirve de nada que te inventes disculpas —dijo la anciana con expresión francamente seria—. El buen Señor sabe que yo quería a Peter. Era mi único hijo, y de pequeño era encantador. Pero lo que te hizo cuando estabais casados fue sencillamente imperdonable. Mi querido marido, si hubiera estado vivo en ese tiempo, le habría dado de azotes.
Bella sintió arder las lágrimas en los ojos.
—No sabía que usted…
Charlotte volvió a sentarse, dejándose caer en la silla.
—No lo sabía, me enteré los últimos días que estuvo enfermo. Tenía mucha fiebre y una noche comenzó a hablar cuando yo estaba con él. Tú ya te habías ido a acostar.
Bella se miró las manos para ocultar que las lágrimas le empañaban la visión.
—Se afligió mucho cuando se dio cuenta de que yo no podía tener bebés. Lo lamento.
—Yo también lamento que no pudierais tener hijos.
Bella se pasó la palma por la cara para quitarse las lágrimas y sintió el frufrú de las faldas de su suegra acercándose.
La envolvieron unos cálidos brazos regordetes.
—Pero te tenía a ti. ¿Sabes lo feliz que me sentí cuando Peter se casó contigo?
—Oh, madre…
—Eras, eres, la hija que no tuve —musitó Charlotte—. Has cuidado de mí todos estos años. En muchos sentidos, me siento más unida a ti de lo que nunca me sentí con Peter.
Aunque no supo por qué, eso la hizo llorar aún más.
Charlotte la retuvo abrazada, meciéndola suavemente de un lado a otro, mientras ella lloraba con fuertes y desgarradores sollozos, que le lastimaban el pecho y le hicieron doler la cabeza. Qué tremendamente doloroso ver expuesta a la luz esa parte de su vida que ella había ocultado durante tanto tiempo. La infidelidad de Peter era su vergüenza secreta, que sólo ella debía soportar y sufrir. Sin embargo, Charlotte lo había sabido todo ese tiempo y, más importante aún, no la culpaba. Sus palabras eran como una absolución.
Poco a poco se le fueron calmando los sollozos hasta que se acabaron, pero continuó con los ojos cerrados. Se sentía cansadísima, le pesaban las extremidades, como si estuvieran flojas, entumecidas.
La anciana la ayudó a acostarse y le estiró y alisó la colcha encima.
—Descansa —le dijo. Con la fresca y suave mano le apartó delicadamente un mechón de la frente y musitó—: Por favor, sé feliz, querida.
Bella se quedó quieta, medio adormilada, escuchando las pisadas de su suegra bajando la escalera. A pesar del dolor de cabeza, se sentía en paz.
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—¿Se ha marchado a Londres? —exclamó Lauren, elevando tanto la voz que casi no pudo terminar la frase.
Dos señoras que iban pasando por la acera la miraron de reojo. Ella les volvió la espalda.
La anciana señora Swan la miró de una manera rara.
—Sí, justamente esta mañana, con el conde. Lord Masen dijo que no podía prescindir de ella en la reunión de su club. Ahora no recuerdo cómo lo llamó, los Egeos, o algo así. Es increíble lo que se complican estos caballeros de la alta sociedad para entretenerse, ¿verdad?
Lauren se obligó a esbozar una sonrisa y a fijársela en la cara mientras la anciana parloteaba, aunque lo que deseaba era gritar de impaciencia.
—Sí, pero, ¿cuándo volverá?
—Ah, yo diría que va a estar más de uno o dos días fuera—dijo la señora Swan, y frunció el ceño, pensativa—. ¿Tal vez una semana? Supongo que dentro de dos semanas ya estará aquí.
Lauren no pudo evitar que la sonrisa se le convirtiera en una mueca. Buen Dios, ¿era senil la mujer?
—Muy bien. Bueno, tengo que irme. Siempre los recados, ¿sabe?
Por la insegura sonrisa de la señora Swan, comprendió que su despedida había distado mucho de ser amable, pero no tenía tiempo en ese momento. Subió a su coche, golpeó fuertemente el techo y gimió cuando se puso en marcha. ¿Por qué Rye fue tan indiscreto? ¿Cuál de sus criados se fue de la lengua? Cuando le pusiera las manos encima al traidor, o a la traidora, se encargaría de que no encontrara otro trabajo en ese condado. Esa misma mañana Reginald había montado en cólera cuando estaban tomando el desayuno, exigiéndole que le dijera quién había salido furtivamente de sus aposentos la semana pasada. A ella eso casi le mató las ganas de comerse los huevos escalfados.
Si Rye hubiera salido por la ventana, como ella le dijo, en lugar de utilizar la entrada de servicio; pero no, él insistió en que el alféizar de piedra de la ventana le rompería las medias. Tonto vanidoso. Y además de las sospechas con respecto a Rye, el día anterior a Reginald se le ocurrió comentar lo raro que era que Cynthia fuera pelirroja. Al parecer, nadie de la familia había tenido el pelo rojo desde que se tenía memoria.
Estuvo a punto de chillarle: «Bueno, por supuesto que no, estúpido. El color de su pelo no viene de tu familia». Pero claro, en lugar de decir eso hizo unas vagas referencias al pelo castaño rojizo de la abuela de ella, y se apresuró a llevar la conversación a los perros de caza, tema que siempre embelesaba a su cónyuge.
Se pasó los dedos por su peinado perfecto. ¿Por qué al señor terrateniente ahora se le ocurría mirar a sus hijas, después de no haberlo hecho nunca? Si a esas sospechas respecto a Rye llegaba a sumarse esa carta, su posición experimentaría un considerable declive. Se estremeció. Que la desterrara a una burda casa de granja era más que posible. Incluso el divorcio, el destino más horrible de todos. Inconcebible. Eso no podía ocurrirle a Lauren Mallory. Tenía que encontrar a Bella y recuperar esa carta.
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Bella se dio otra vuelta y golpeó la mullida almohada por centésima vez más o menos. Le era imposible dormirse esperando que le cayera encima un conde que andaba vagando por ahí.
Esa mañana no se sorprendió cuando a Maggie, su carabina a falta de otra, la relegaron al coche que iría detrás. Con lo cual, ella viajó sola con Edward en el faetón. Se encargó de colocar a Jock entre ellos y sintió una cierta decepción cuando él ni pareció notarlo. Habían viajado todo el día, y cuando llegaron a la casa de Edward en Londres, ya estaba oscuro. Al parecer, despertaron al personal. El mayordomo, Dreary, abrió la puerta en camisón y gorro de dormir. De todos modos, y a pesar de sus bostezos, las criadas no tardaron en encender el fuego en los hogares y prepararles una comida fría.
Terminada la comida, Edward le dio amablemente las buenas noches y le ordenó al ama de llaves que la llevara a una habitación. Dado que el coche que traía a los criados aún no había llegado, ella tuvo el dormitorio para ella sola. Vio que la habitación tenía una puerta de comunicación con otra y eso le inspiró graves sospechas. El dormitorio era demasiado grande para ser una habitación para huéspedes y él no la habría instalado en la habitación de la condesa, ¿verdad? No se atrevería.
Suspiró. Sí que se atrevería.
El reloj de la repisa del hogar ya había dado la una. Seguro que si Edward tenía la intención de entrar allí, ya lo habría hecho hacía rato, ¿no? Aunque no le serviría de nada intentar abrir las puertas, porque ella las había cerrado las dos con llave.
Oyó unos tranquilos y firmes pasos masculinos provenientes de la escalera.
Se quedó inmóvil como una liebre bajo la sombra de un ave de presa. Miró hacia la puerta que daba al corredor. Los pasos se acercaron, se hicieron más lentos al llegar a la puerta y se detuvieron.
Todo su ser se concentró en el pomo de la puerta.
Pasado un momento de silencio, se reanudaron los pasos por el corredor. Más allá, se abrió y se cerró una puerta.
Bella volvió a hundir la cabeza en la almohada. Se sentía aliviada, naturalmente, por ese giro de los acontecimientos. ¿Qué dama decente no se sentiría aliviada al comprobar que no iba a aprovecharse de ella un endemoniado conde?
Estaba reflexionando acerca de qué manera podría una dama decente presentarse en el dormitorio de dicho conde para que se aprovechara de ella, cuando sonó un clic en la cerradura de la puerta de comunicación, y ésta se abrió. Entró Edward, con una llave y dos copas en las manos.
—Se me ocurrió que podría apetecerte beber una copa de coñac conmigo —dijo, levantando las copas.
—Esto… mmm. —Tuvo que aclararse la garganta—. No me gusta el coñac.
Él continuó con las copas en alto un momento y luego las bajó.
—¿No? Bueno…
—Pero puedes beber aquí —dijo ella al mismo tiempo.
Él la miró en silencio.
—Conmigo, quiero decir —añadió ella, sintiendo arder las mejillas.
Él se dio media vuelta y por un horroroso momento ella creyó que se iba a marchar. Pero él fue a poner las copas en una mesa, se volvió hacia ella y comenzó a quitarse la corbata.
—En realidad, no he venido para beberme la última copa del día.
Ella retuvo el aliento.
Él dejó la corbata en una silla y se sacó la camisa por la cabeza. Al instante a ella se le clavaron los ojos en su pecho desnudo.
—¿Ningún comentario? —dijo él, mirándola—. Creo que esto podría ser una primicia.
Se sentó en la cama, hundiéndola con su peso, y se quitó las botas y las medias. Luego se levantó y comenzó a desabotonarse la bragueta de las calzas de ante.
Ella dejó de respirar.
Sonriendo travieso, él se fue soltando uno a uno los botones. Después, metiendo los pulgares por la cinturilla, se bajó las calzas y los calzoncillos, en un solo movimiento. Acto seguido se enderezó y se le desvaneció la sonrisa.
—Si vas a decir no, dilo ahora.
Su voz sonó algo insegura. Ella se tomó otro momento para contemplarlo de arriba abajo. Bajó la mirada desde sus ojos verdes entornados a sus anchos y musculosos hombros, luego de su plano y firme abdomen a su pene ya algo erecto y los abultados testículos, y luego a los musculosos muslos y peludas pantorrillas hasta los grandes y huesudos pies. Cuando lo vio en la Gruta de Afrodita la luz era demasiado tenue, y deseaba guardar esa imagen de él por si nunca más volvía a verlo así. Iluminado por la luz de las velas, estaba hermoso ahí de pie, ofreciéndose a ella. Descubrió que tenía la garganta tan oprimida que no podía hablar, por lo que sencillamente le tendió los brazos abiertos.
Edward cerró los ojos y los mantuvo así un segundo. ¿De verdad había creído que ella lo rechazaría? Entonces él caminó silenciosamente hasta la cama y se detuvo a un lado. Inclinando la cabeza con inesperada elegancia, levantó una mano y se quitó la cinta de la coleta. El pelo le cayó como una cortina de seda negra alrededor de los hombros marcados por las cicatrices. Subió a la cama y poniendo una rodilla a cada lado se inclinó sobre ella, haciéndole cosquillas con el pelo en los lados de la cara. Bajó la cabeza y le depositó suaves besos en las mejillas, la nariz y la boca. Ella intentó acercar la boca a sus labios, para besarlo, pero él la evadió.
Entonces ella se impacientó; necesitaba besarlo en la boca.
—Bésame —dijo introduciéndole los dedos por el pelo y acercándole la cara.
El abrió los labios sobre los de ella y aspiró su aliento, y eso fue para ella como una bendición. Estaba muy bien lo que estaban haciendo, eso ya lo sabía. Esa pasión entre ellos era lo más perfecto del mundo.
Se movió, intentando apretarse a él, pero Edward tenía apoyadas las manos y las rodillas a cada lado de ella, aplastándola con las mantas. Estaba atrapada. Él le devoró la boca a placer. Se tomó su tiempo, besándola con violencia y fuerza y luego suave, y nuevamente fuerte, hasta que ella creyó que se iba a derretir por dentro.
De repente él se incorporó y se echó hacia atrás, quedando sentado en los talones. Su pecho brillaba con una película de sudor y en la punta del pene asomaban gotitas de semen. Al verlo se le escapó un gemido gutural. Qué magnífico, qué hermoso estaba, y en ese instante del tiempo, era todo de ella.
Él la miró a la cara y luego bajó la mirada, bajando también las mantas hasta más abajo de sus pechos. Ella sólo tenía puesta la camisola. Él estiró la delgada tela sobre sus pechos y examinó el resultado. Ella sintió cómo se le endurecían los pezones al contacto con la tela. Estaban duros y ansiosos, esperando sus caricias. Él se inclinó y le cogió un pezón con la boca por encima de la tela. La sensación fue tan intensa que ella se arqueó. Entonces pasó la boca al otro pezón y se lo succionó también, dejándole mojada la tela casi transparente sobre los pezones. Apartó la cara y le sopló uno y luego el otro, haciéndola ahogar una exclamación y moverse.
—Deja de jugar. Por el amor de Dios, acaríciame.
La voz le salió tan ronca que no se la reconoció.
—Como quieras.
Le cogió el cuello de la camisola y en un solo movimiento rasgó la fina tela y surgieron los pechos desnudos al frío aire nocturno. Bella sintió un instante de timidez; no llevaba máscara que le ocultara la cara; era ella, al natural, sin disfraz, la que iba a hacer el amor con él; ahora le podía ver la cara y en ella podía verle las emociones. Él volvió a inclinarse y le cogió un pezón con la boca; después de haber sentido la frialdad de la tela del camisón mojado, la ardiente succión le produjo una excitación casi insoportable; al mismo tiempo él bajó la mano, retirando totalmente las mantas, y luego deslizó sus largos dedos por entre su vello púbico.
Se quedó quieta, esperando, con la respiración agitada, mientras él la tocaba delicadamente hasta encontrar lo que buscaba, y entonces comenzó a frotarle ahí en círculos, con el pulgar. Ooh, qué placentero; él sabía la manera perfecta de acariciarla. Se le escaparon gemidos de placer, y las caderas se le movieron como por voluntad propia para apretarse a su mano. Él le introdujo un dedo hasta el fondo, y ella se estremeció avasallada por la repentina tormenta del orgasmo.
—Mírame —le susurró él sobre los párpados cerrados.
Ella giró la cabeza al oír su gruñido, con los ojos todavía cerrados, inmersa en el placer.
—Bella, mírame.
Ella abrió los ojos. Edward estaba inclinado sobre ella, con la cara sonrojada y las ventanillas de la nariz agitadas.
—Voy a entrar en ti.
Ella sintió la dura cabeza del pene empujando en su mojada abertura; entonces comenzó a entrar, y la sensación la hizo bajar los párpados.
—Bella, mi dulce Bella, mírame —arrulló él.
Ya la había penetrado hasta la mitad y ella intentó mantener enfocados los ojos. Él bajó la cabeza, y le lamió la punta de la nariz.
A ella se le agrandaron los ojos; y él la penetró hasta el fondo.
Gimiendo, se arqueó, apretándose a él. Perfecto, maravilloso; la llenaba como si los dos estuvieran hechos para eso; como si estuvieran hechos el uno para el otro. Levantó las piernas para abrazarlo con ellas y apretó los muslos sobre sus caderas, acunándolo en la entrepierna. Le miró la cara. Él tenía los ojos cerrados y su cara reflejaba el deseo desnudo. En la mejilla se le había pegado un negro mechón.
Entonces él abrió los ojos y le perforó los de ella con oscura intensidad.
—Estoy dentro de ti y tú me tienes abrazado. A partir de este momento no hay marcha atrás.
Ella gritó ante esas palabras y le pareció que se estremecía el aire que tenía en el pecho. Él comenzó a moverse. Ella lo rodeó con los brazos y lo mantuvo así mientras las sensaciones que le producía su pene entrando y saliendo le expulsaron todo pensamiento de la mente. Él aceleró el ritmo y gimió, mirándola a los ojos, como si quisiera comunicarle algo indecible. Ella le acarició todo el lado de la cara con una mano.
De pronto pareció que a él se le destrozaba su enorme cuerpo. Embistió fuerte. A ella le vino el orgasmo en oleadas, inundándola de un placer y una dicha tan exquisitas que no podía contenerlas; sólo pudo gemir, extasiada. Al mismo tiempo él echó atrás la cabeza y enseñó los dientes al lanzar un grito de placer. Ella sintió el calor inundándole el vientre, el corazón, llegándole hasta el alma.
Él se quedó quieto, con todo el cuerpo encima del de ella, y ella sintió los latidos de su corazón. Exhaló un suspiro. Entonces él, aletargado, rodó hacia un lado. Ella se acurrucó de costado, sintiendo las extremidades placenteramente agotadas. Lo último que sintió antes de rendirse al sueño fue el contacto de las manos de él deslizándose por su vientre y luego apretándola más a su cálido cuerpo.
