Miraculous, les aventures de Ladybug et Chat Noir y sus personajes son propiedad de Thomas Astruc y Zag Entertainment.

Palabras: 1107.

Noviembre: Carencia

Marinette parpadeó confusa. Su jefe soltó un suspiro pesado y movió la cabeza.

—De verdad que lo siento, Marinette —susurró gesticulando las manos—. Eres muy trabajadora, tienes buena relación con los demás, pero necesitamos a alguien que trabaje todo el día. Lo entiendes ¿verdad?

—Pero yo no puedo trabajar a jornada completa.

—Ojalá tuviera otra opción, pero si te mantengo tendría que encontrar a otra persona que trabajase sólo por la mañana y no funcionaría.

Se obligó a sonreír, aunque lo que quería era llorar.

—Lo entiendo.

—Puedo ampliarte el contrato y así podrías quedarte…

—Se lo agradezco, señor Atger, pero no puedo.

—Es una lástima. Si te lo piensas mejor tienes las puertas abiertas.

Marinette se levantó de la silla sintiendo que no había nada más que pudiera hacer. Se sentó frente a su ordenador con los ánimos por tierra, pero dispuesta a hacer su trabajo igual de bien que lo había desempeñado durante aquellos dos años.

En su mesa no había muchas cosas, un par de libretas, la agenda, bolígrafos de colores y una fotografía de sus padres enmarcada. Lo metió todo con facilidad dentro de la bolsa de papel que le había dado la secretaria de su jefe y se despidió de todo el mundo.

—Marinette… —susurró Tikki asomándose discretamente por la abertura del bolso.

—Podrían verte.

—¿Estás bien?

La muchacha soltó un hondo suspiro y se detuvo pegando la espalda contra la fachada de un edificio. Suponía que Tikki estaba más preocupada por su ánimo que por las posibles miradas indiscretas.

—No mucho —admitió procurando no sonar desolada—. Pero estaré bien en unos días.

Tikki disintió consciente de que le estaba mintiendo, sabiendo que insistir no haría que se sintiera mejor o bajase sus defensas y se abriera. Marinette llevaba escondiendo su carga y pesares desde que había sido nombrada guardiana, no podía culparla en realidad, aunque la frustraba que lo hiciera.

Llegó a casa mientras ensayaba una sonrisa que se desvanecía cada vez que evocaba el rostro de Adrien. No sabía como iba a reaccionar, no sabía ni cómo decírselo.

—Estoy en casa —musitó cerrando la puerta a sus espaldas.

—Bienvenida, ¿sabes una cosa, Marinette? Hoy…

Adrien se detuvo al verla inmóvil con las llaves aún en la mano y aspecto abatido.

—¿No ha ido bien?

Dejó la bolsa sobre el mueble del recibidor y suspiró. Mejor ser directa.

—Adrien… me han despedido.

—¿Por qué? —Se apresuró a acercarse a ella y la envolvió en un estrecho abrazo—. ¿Qué ha pasado?

—No les basta con una trabajadora a media jornada.

—Lo siento, princesa.

—No sé qué vamos a hacer. No tengo casi ahorros, ninguno de los dos tiene un trabajo y…

Adrien acarició sus cabellos y la meció suavemente con él.

—No te preocupes por eso ahora —susurró en su oído—. Tengo algo ahorrado, encontraremos trabajo y saldremos de esta.

—No lo sé, ahora mismo me cuesta un poco ser positiva.

Y Adrien era consciente de que le costaría rehacerse de aquel golpe.

Los dos primeros días sin trabajo los pasó tirada en el sofá mirando la nada y sintiéndose miserable. Adrien se contentó con permanecer a su lado, apoyándola en silencio y dándole refugio cada vez que lo necesitaba. Los cuatro siguientes los pasó trabajando de manera compulsiva en el vestido de novia de Mylène.

Cuando al fin se dejó de sentir miserable saltó del sofá y encendió el ordenador para ponerse a mirar ofertas de trabajo en internet. Pasó horas sentada frente a la pantalla mirando ofertas, sin apenas encontrar nada a media jornada. ¿Qué iba a hacer? Necesitaban dinero para vivir, pero no quería renunciar a luchar por hacerse un hueco como diseñadora. Adrien tampoco estaba teniendo mucha suerte.

Marinette había creído que al ser una cara conocida tendría ciertas facilidades para convencer a la gente de que le contratasen, porque su presencia atraería a sus fans allá donde estuviera. Sin embargo, parecía que en realidad era un lastre, porque atraer a fans no significaba atraer clientes potenciales y llenar una tienda de gente que no va a comprar no es algo rentable.

Soltó un bufido y miró a Tikki con agonía, su kwami le acarició el flequillo con cariño. Ella no entendía demasiado de economía, pero comprendía que la situación financiera de Adrien y Marinette era especialmente crítica. Pagar el alquiler, las facturas, alimentarse… si pudiera hacer algo por ellos lo haría sin dudarlo; era injusto que las dos personas que más luchaban por París se vieran en semejante situación lastimosa.

—Si no encuentro algo pronto tendremos que dejar esta casa —murmuró—. Si eso pasa, ¿qué será de Adrien? Quiero decir, yo puedo volver a casa, con mis padres, pero ¿y él?

—No creo que quiera volver a casa de su padre.

—Supongo que a mis padres no les importaría darle refugio, pero es una boca más para alimentar y…

Marinette calló al oír las llaves en la cerradura. Adrien le sonrió al entrar y no necesitó que dijese nada para saber que no había tenido más suerte que ella.

—¿Quieres un café? —ofreció Marinette poniéndose en pie.

—La verdad es que me iría bien.

Adrien se quitó los zapatos y Plagg fue directo hasta Tikki para formar algo así como un comité anticrisis de kwamis.

Cuando Marinette regresó con dos humeantes tazas con café, Adrien, ya se había acomodado en el sofá. Parecía tan derrotado como ella, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás.

—Lo lograremos, ¿verdad? —musitó ella invadida por una repentina inseguridad.

Adrien palmeó el sofá para que se sentase a su lado.

—Lo lograremos —declaró con seguridad.

»¿Te cuento un secreto? —Ella asintió con suavidad—. Fui a aquella fiesta en la que nos reencontramos deseando poder volver a verte, sabía que era muy complicado, no sólo porque Chloé y tú no sois, precisamente, las mejores amigas del mundo, también porque sabía que habría muchísima gente. —Su mano buscó la de ella y sus dedos se enredaron con sencillez y facilidad—. Pero tenía la esperanza de lograrlo y con eso me bastaba. Y te encontré, entre toda esa gente, aún teniéndolo todo en contra. Di contigo.

»Hemos superado muchas cosas juntos durante estos meses. Encontré a Marinette, he encontrado a Ladybug. Estamos juntos y, juntos, podemos con todo.

»Así que sí, lo conseguiremos, no tengo ninguna duda al respecto.

Una breve risita escapó de entre sus labios.

—Entonces lo conseguiremos —determinó Marinette al fin—. Si he conseguido que te despiertes con la declaración de amor más patética del mundo podré encontrar un maldito trabajo.

Adrien le sonrió con ternura.

—No fue patética, fue hermosa.

Continuará

Notas de la autora:
¡Hola! El tema de octubre era carencia económica, así que una de desempleo para hoy. En el próximo acabamos al fin.
Nos leemos en unos días.