La Perfecta Duquesa
9| Vida Revuelta
YA dentro del vehículo, Hinata se hundió en el asiento, frente a los dos caballeros que ya había dentro; uno era Toneri Õtsutsuki y el otro —que estaba inconsciente— un inglés de tez pálida al que no había visto nunca.
—¿Quién es? —preguntó. El lacayo les entregó los paquetes y ella se inclinó para meterlos debajo del asiento de Toneri—. ¿Puedes empujarlos debajo? Ten cuidado, son frágiles.
Toneri obedeció al tiempo que la miraba con los ojos inyectados en sangre. Llevaba la misma ropa que la noche anterior y desprendía un fuerte olor a humo de cigarro, brandy, perfume y otro aroma que ella tardó un tiempo en identificar. Había pasado mucho tiempo desde que lo olió por última vez, pero pronto se dio cuenta de que era... el que emana de un hombre que ha estado con una mujer.
El notó que ella lo percibía y se sonrojó antes de sacar la petaca para tomar un trago.
—Naruto, no te sientes encima de eso —advirtió ella cuando Naruto subió al carruaje—. Es un regalo para Tanahi... Por favor, ¿podrías...?
El gruñó, tomó el paquete y lo puso en el estante sobre el asiento.
—¿No puedes ponerlos en el pescante?
—¡Santo Cielo, no! Algunos de estos paquetes son muy frágiles y no quiero dar la oportunidad a que ningún ratero me los robe. No sé si lo sabes, pero ahora los carteristas se suben a los pescantes y saquean los equipajes.
—A nadie se le ocurriría robar este carruaje —aseguró Naruto.
—Siempre hay una primera vez, y me he gastado el sueldo de una semana en estos regalos.
El carruaje se sacudió con fuerza al arrancar. Toneri seguía mirándola absolutamente anonadado.
—MacUzumaki, ¿Cómo se te ocurre? Es Hinata.
—Parece que el señor Õtsutsuki está espabilando —se burló ella—. Ya es capaz de identificar a las mujeres que conoce desde hace años. —Estudió al otro hombre, que roncaba contra la ventanilla—. ¿Quién es?
Toneri clavó los ojos en Naruto pero no respondió.
—Es el señor Amado —repuso Naruto.
—Ah... —Lo comprendió todo—. Entiendo. Lo has enviado con la señora Whitaker a cambio de lo que sea que te haya prometido.
—Necesito su apoyo y el de sus amigos para derrocar a Orochimaru — explicó.
—¡Naruto! —Toneri comenzaba a parecer angustiado.
—No tengo secretos para Hinata.
«¿No?».
—Cómo puedes ver, es imposible —añadió él.
—Bueno, si hubieras permitido que Shikamaru me explicara por qué enviabas a la señora Whitaker mil guineas en un sobre cerrado, no habría tenido que venir a averiguarlo —se justificó ella—. Aunque también tenía que hacer unos recados.
—¿Mil? —Toneri miró al hombre que dormía. El señor Amado parecía inofensivo, como un dependiente o un empleado de un banco de manos bien cuidadas—. No obstante, me dio un montón de problemas.
—Lo cierto es que lo esperaba —comentó Naruto.
—¿Qué ha hecho? —preguntó ella, con creciente curiosidad.
Toneri lanzó a Naruto una mirada llena de dudas.
—La has metido aquí dentro para que yo parezca un canalla disipado y lascivo, ¿verdad?
—Toneri, ya sé que eres un canalla disipado y lascivo —confirmó ella —, jamás lo has mantenido en secreto. Este caballero parece un joven inofensivo, ¿Qué tipo de problemas puede haber causado?
—Se negó a marcharse —explicó Naruto—. Eso me han dicho. ¿Cómo lo solucionaste finalmente, Toneri?
—Con una generosa cantidad de whisky. Funcionó al unirse al que ya había ingerido, claro. Cada vez que a los puritanos les da por darse un gusto, se convierten en todo un espectáculo. Dudo mucho que mañana se acuerde de algo.
—Mejor —dijo Naruto—. No quiero que le dé por tener remordimientos y se vaya con mis adversarios. ¿Te puedes ocupar de él?
—Sí, sí. En cuanto se despeje un poco y se recupere todo lo posible, le comentaré lo bien que se lo ha pasado.
Hinata estudió al aniñado y dormido señor Amado.
—Le has sobornado con una cortesana para obtener su voto —concluyó ella.
Toneri la miró sobresaltado.
—Soborno me parece una palabra un poco fuerte.
—No, tiene razón —afirmó Naruto—. Ha sido un soborno, Hinata, puro y duro. Pero le necesito, tanto a él como a sus amigos.
La miró fijamente sin parpadear. Naruto sabía perfectamente lo que había hecho y lo reprobable que era su acción. Había ponderado las consecuencias antes de llevarlo a cabo, y las conclusiones a las que había llegado le llevaron a tomar a Amado bajo su ala. Sabía cómo ganarse al hombre y aprovechó la coyuntura.
—Eres horrible —aseguró Hinata.
—Sí.
La mirada en sus ojos decía que era cruel, ofensivo y estaba decidido a ganar de la manera que fuera.
Ella volvió a mirar de nuevo al señor Amado.
—¿Puedo suponer, al menos, que su apoyo es muy importante?
—Son veinte votos más a mi favor.
—Y necesitas todos los votos posibles, ¿verdad? —preguntó.
Toneri contuvo la risa. Naruto la miró sin parpadear. No pedía comprensión ni perdón, solo le explicaba lo que hacía y lo que era.
—Sí.
Ella respiró hondo.
—Bueno, esperemos entonces que las mil guineas hayan merecido la pena.
Naruto se bajó al llegar a Grosvenor Square y ordenó a Toneri que continuara hasta casa de Amado y le pusiera a dormir la resaca. Tuvo que resistir el deseo de empujar a Hinata al interior de la casa. Le dijo que quería hablar con ella en el estudio, pero tuvo que esperar a que ella también saliera del carruaje con todos los paquetes. Toneri la ayudó, babeando como un idiota. Aquel tipo todavía seguía enamorado de ella.
Después, ella tuvo que indicar a Maigdlin y Franklin que llevaran los regalos a su habitación, y les dijo también que se ocuparan de las magdalenas que había comprado al vendedor ambulante mientras ya había comenzado a subir las escaleras.
Con todo y con eso, Hinata logró llegar al estudio antes que él, porque Shikamaru le requirió para que firmara algunos papeles. La encontró frente al gabinete estilo reina Ana, con las dos puertas abiertas, contemplando el retrato que guardaba en su interior.
Naruto se acercó a su espalda y cerró las puertas, ocultando la cara de su padre.
—Estaba cerrado.
—Lo sé. Encontré la llave en tu escritorio.
Él la usó para sellar de nuevo aquel mueble y volvió a guardarla en su lugar.
—Si ese sitio está bajo llave, es porque no quiero que nadie lo ande abriendo.
Ella se encogió de hombros.
—Yo soy muy curiosa.
—Sé que estás intentando que me olvide de hacerte la pregunta, pero no lo vas a conseguir. ¿Cómo se te ha ocurrido acudir a Portman Square y ponerte a espiar frente a la casa de la señora Whitaker?
—¿Por qué lo conservas?
Ella se había quitado el sombrerito con el velo y él recibió el impacto de sus ojos perlas.
—Por qué conservo ¿qué? —gruñó.
—El retrato del déspota de tu padre. ¿Por qué no lo has quemado?
—Es obra de Édouard Manet. Tiene mucho valor.
—Monsieur Manet fue uno de los maestros de Yahiko, ¿verdad?
Naruto le había contado a Hinata la historia hacía mucho tiempo. Cuando el viejo duque condescendió a dejarse retratar en París, Yahiko conoció a Manet y se apuró a recibir lecciones con él.
—Yahiko puede pintar cualquier otra cosa igual de valiosa para ti — sugirió ella—. Deshazte de él.
Le encantaba la manera pragmática que tenía Hinata de ver la vida. Sin embargo, a él, el retrato de su padre le agradaba por alguna razón desconocida y por eso lo conservaba. Quizá quería creer que de esa manera vería más allá del padre que le aterró durante toda su juventud. Deseaba que el viejo duque se diera cuenta de que le había superado, que se había convertido en algo más que un granuja o un matón.
«Me dominaste hasta que fui más grande que tú, pero al final fui yo el que venció, bastardo».
Hinata, por otra parte, solo miraba el cuadro y decía, «deshazte de él».
—Lo conservo dentro del gabinete para no tener que verlo —explicó Naruto—. Así quizá mis tataranietos puedan ganar una fortuna vendiéndolo.
—Odio pensar que está ahí dentro, acechándote.
—No me acecha, y deja de cambiar de tema. Dime por qué fuiste a la casa de la señora Whitaker.
Hinata se acercó al escritorio y apoyó las manos en él antes de mirarle fijamente.
—Porque pensé que podría tener algo que ver con las fotos, por supuesto. Se me ocurrió que podrías estar pagándole un chantaje o algo por el estilo; mil guineas es una pequeña fortuna. Tenía que averiguar a qué se debía.
Él leyó simple curiosidad en los ojos de Hinata. No vio ira ni celos. Recordó que cuando Hinata supo lo relativo a la señora Palmer, su cólera tampoco se produjo a causa de los celos.
—Envié a Amado a casa de la señora Whitaker porque sabía que ella podría manejar a alguien como él.
Ella frunció el ceño.
—¿Alguien como él? ¿Qué le pasa?
—Me refiero a un hombre poco mundano que finge serlo. Son los peores cuando por fin se sueltan.
—Y al parecer, Toneri tuvo que llevarlo. ¿La señora Whitaker no tenía interés en recibirlo?
—Le pagué mil guineas, ¡claro que le interesaba recibirlo!
—¿La señora Whitaker es una dama educada?
Naruto comenzaba a perder la paciencia.
—No tengo ni idea.
—Pues deberías, la educación ha delatado a más de un criado. Por ejemplo, si la señora Whitaker procede de las clases bajas, no sabrá escribir a pesar de su enorme casa y sus pieles. ¿Le has preguntado sobre ellas?
—¡No!
—Oh vaya, mira que te gusta gritar. Estoy tratando de resolver un problema tuyo, Naruto, recibiría con agrado un poco de ayuda por tu parte. Si la señora Whitaker hubiera conocido a la señora Palmer, esta podría haberle entregado las fotos. ¿Sabes si eran amigas?
—¿Amigas? ¡Por Dios, no! La señora no tenía amigos.
—Eso suena muy solitario. De todas maneras, deberías preguntar a la señora Whitaker, aunque si no sabe nada sobre las fotos, tendrás que preguntárselo con discreción para que no sospeche. Es difícil, lo sé, pero creo que podrás lograrlo.
La vio entrecerrar los ojos como si estuviera reflexionando profundamente sobre el asunto, al tiempo que se llevaba el dedo al labio para frotar de manera inconsciente la pequeña magulladura que él le había hecho. Sintió que todo su cuerpo se calentaba y endurecía.
Sería tan fácil sentarla en el escritorio, desabrocharle aquel horrible vestido, quitarle el corsé... Le mordería el cuello mientras lo hacía, dejándole una marca que después lamería a placer.
Ella contuvo el aliento y sus pechos se elevaron por debajo del remilgado corpiño abotonado hasta el cuello.
—Quizá si yo...
—No —dijo él categórico.
Ella abrió mucho los ojos.
—Si ni siquiera sabes lo que iba a decir.
—No, no volverás a casa de la señora Whitaker, no hablarás con ella. Y tampoco regresarás a la casa en High Holborn.
Ella le lanzó una mirada de exasperación que indicaba que él había adivinado perfectamente el camino que seguían sus pensamientos.
—Sé razonable, Naruto. No terminé de registrar la casa porque, si lo recuerdas, me... obligaste a abandonar. No es que espere encontrar allí más fotos, pero podría haber alguna pista sobre dónde están. Si lo que te preocupa es mi seguridad, puedes decirle a uno de tus hombres que me acompañe.
La impaciencia que sentía se convirtió en ira apenas contenida.
—No. Y no se te ocurra volver a decirle a Menma que te lleve allí. —Naruto recordó a su hermano en la habitación donde había sido asesinada aquella mujer, con la mirada clavada en el techo, y contuvo el aliento—. Le afecta mucho.
—Lo sé. Me lo dijo. Y también me dijo que tiene que volver allí para, por así decirlo, apaciguar a los fantasmas del pasado.
Fantasmas. La casa estaba llena de ellos. Él quería derribarla hasta que no quedara ni una sola piedra en pie.
—De todas maneras, Menma no puede llevarme. —Hinata se incorporó—.Ya no está aquí. Se fue esta mañana.
Él se quedó quieto.
—¿No está? ¿Se fue? ¿Adónde demonios se ha ido?
—A Berkshire. Echaba de menos a Tanahi y le animé para que se reuniera con ella; Tanahi ya está camino de Berkshire, quiere ayudar a Haruna a prepararse. No les importará que él llegue antes.
—¿Cuándo ocurrió todo eso? Él no me ha comentado nada. —Ni una palabra de despedida, aunque no era algo anormal en Menma. Cuando decidía hacer una cosa, nada le detenía.
—Estabas por ahí, ocupado con esos juegos políticos tuyos —dijo ella —. Menma se despidió de mí, pero me dijo que no tenía tiempo de esperar a que regresaras.
¿Cuándo había perdido el control de su casa? La última vez que vio a su hermano, estaba leyendo el periódico en el desayuno. Por lo que él sabía, Menma no tenía planes para marchar con tal premura a Berkshire.
Recordó los huevos fríos y la salchicha grasienta que había ocupado su plato esa mañana y apretó los puños.
—Hinata, ¿Qué has hecho con mi cocinera?
—¿Mmm? —Ella arqueó las cejas—. Oh, la señora Thomas. Recibió noticias de que su hermana estaba enferma. Le dije que debía marcharse a visitarla, que se tomara una semana, así que está en Kent. Su hermana, quiero decir; aunque dada la hora, la señora Thomas también debería de hallarse ya allí, por supuesto. No dio tiempo para encontrar una sustituta para esta mañana, pero imagino que sí la habrán contratado para la cena. El asunto está en manos de la señora Mayhew.
¿Qué cuándo había perdido el control? El día que Hinata Hyûga se mezcló con una multitud de periodistas en St. James y él fue lo suficientemente tonto como para abrirle los brazos y las puertas de su casa.
Aquella misma mañana había pensado que era muy listo por ello, por haberla integrado en su vida, por enredarla en ella hasta que Hinata pensara que era la mejor idea.
Tenía que haberse vuelto loco. Ella no solo estaba poniendo su casa patas arriba, es que además no podía dejar de tener fantasías en las que continuaba lo que había comenzado la noche anterior. La miró por encima del escritorio y la deseó...
Allí, en ese mismo momento. Podía quitarse la corbata y usarla para atarle las muñecas. O quizá vendarle los ojos con ella para que no supiera dónde estaba, ni qué placer pensaba proporcionarle hasta que tocara su piel, besara su cuello o le mordiera el hombro.
Quería arrancarle la ropa... El vestido, el corsé, las enaguas... Subirla al escritorio y tumbarla allí para comenzar a lamerla de arriba abajo, desde la garganta hasta el éxtasis que aguardaba entre sus piernas. Recordaba muy bien que allí el vello era igual de oscuro.
Se moría por atarle las manos, quizá con sus propias medias de seda, y mantenerla inmóvil mientras se deleitaba en su cuerpo. Ella se retorcería de placer.
«Hinata, ¿confías en mí?», murmuraría él.
«Sí», susurraría ella.
La llevaría al éxtasis una y otra vez y, cuando estuviera relajada y exhausta, la penetraría. La retendría en aquella habitación hasta que los fantasmas desaparecieran.
La imagen que llenaba su mente le puso duro, estaba dolorido de deseo. Pero era muy consciente de que estaban en el estudio, con el escritorio interponiéndose entre ellos. Hinata estaba completamente vestida, pero él sentía igual cada roce, cada beso, cada aliento.
—¿Naruto? —preguntó ella—. ¿Te pasa algo?
La preocupación en su voz le despertó de su ensueño. Él se levantó y apartó los puños del escritorio. Le dolía, su cuerpo estaba a punto de estallar mientras ella le miraba con los ojos perlas llenos de inquietud. Supo que tenía que salir de allí.
Se obligó a dirigirse hacia la puerta, la abrió y salió. No se paró, no se giró para mirarla; recorrió el pasillo, esquivando a Ben que se dirigía hacia él y continuó hasta su dormitorio, en el que se encerró dando un portazo.
Marcel, que cepillaba uno de sus abrigos, le miró con sorpresa.
—Prepárame un baño, Marcel —gruñó, arrancándose la corbata y el cuello de la camisa—. De agua fría.
Naruto logró mantenerse alejado de Hinata durante tres días. Se levantó y salió de casa antes de que ella despertara y volvió cuando estaba seguro de que ya dormía.
Ocupó sus días con reuniones y debates, discusiones y comités. Intentó sumergirse en los problemas de su país, del Imperio, borrando cualquier pensamiento sobre la vida doméstica.
Funcionaba mientras estaba en un debate, gritando desde la oposición; cuando intentaba persuadir a otro miembro del Parlamento para que luego se pasase a su bando, o cuando concertaba un encuentro con Õtsutsuki en su club para acudir a la sala de juego donde continuaba con la batalla por el poder político. Pero en cuanto atravesaba el umbral de su mansión, sabiendo que Hinata estaba en el piso de arriba, con el cuerpo relajado por el sueño, las imágenes escapaban a su control e inundaban su mente.
Por eso, pasó cada vez más tiempo lejos de casa, alargando las reuniones para tenerla excusa perfecta y quedarse hasta más tarde. Hasta que una de esas noches, intentaron asesinarle.
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Continuará...
