En cuanto los vio, no pudo más que sentir la felicidad envolvía su cuerpo. Su nana, la mujer que la había cuidado desde el día en que nació, quien la había acompañado en sus momentos de soledad cuando sus padres viajaban por negocios, a quien consideraba como su segunda madre, estaba parada frente a ella.

Olvidando todo sentido de formalidad, caminó hacia donde estaban Gerda y Kai parados y la abrazó con fuerza, escuchándola reír de alegría mientras rodeaba con sus brazos su cuerpo, apretándola fuertemente.

- Mi niña, cuánto has crecido en el poco tiempo que te has ido. – habló en noruego, enviándola a incontables momentos a su lado con esa simple acción.

- Y tú no has cambiado en nada, nana. – respondió, de igual forma usando su lengua natal, sintiéndose cómoda al volver a usar el idioma.

- Es un gusto verla de nuevo, niña Elsa. – Ahora fue Kai quien habló, con una sonrisa paternal en sus labios, pero con una pose firme al lado de ambas.

- Igualmente, Kai. Aunque me temo que la parte de "niña" ya no aplica a mi ahora. – agregó escuchándolo reír después, acercándose a él para poder abrazarlo igualmente.

- Sin importar qué pase, tú siempre serás nuestra niñita. – susurró cerca de su oído, respondiendo al abrazo con la misma cantidad de amor y alegría que Gerda.

Las maletas fueron cargadas por Marshal en lo que ella los saludaba, facilitándole enormemente el trabajo a Kai en el proceso. Gerda la guió hasta la cocina, donde le preparó la bebida que ha sido su favorita desde que recuerda: chocolate caliente.

Estuvieron hablando por horas, poniéndose al día de sus vidas; preguntándole cómo eran las cosas en la empresa, si se estaba alimentando bien por su cuenta, si alguien había captado su interés, si tenía problemas con algún empleado en la empresa, y un sinfín de preguntas que no recordaba.

Elsa respondió lo mejor que pudo, pero guardándose una parte de la información para sí misma. Sabía que podía confiar en ella, en que guardaría su secreto y que la apoyaba en lo que sea que decida, pero aun así decidió mantener silencio en ese tema. Anna no fue mencionada en ningún momento de la charla, por mucho que Elsa quisiera contarle de ella, no se sentía preparada para hacerlo. No por vergüenza o temor de su reacción sino porque no había nada oficial entre ellas.

Había sido algo inesperado, algo que ninguna de las dos había planeado; fue la torpeza de Anna y la curiosidad de Elsa lo que las llevó a lo que sucedió la noche anterior, lo que las llevó a pasar una divertida velada en un bar y tener una amena charla con ella sin tener la presión de ser su jefa y ella su empleada; simplemente dos personas ordinarias pasándola bien después del trabajo.

Ese pensamiento le provocó una punzada de dolor en el pecho; la idea de que a lo mejor no haya significado nada para Anna fue más dolorosa de lo que imaginó. Sabía que podría ser algo de una noche, que Anna simplemente haya buscado eso al momento de enviar por error ese mensaje, pero ¿acaso ella no sintió nada especial, así como Elsa lo sintió?

Quizá su rostro o su comportamiento la delataron, porque Gerda le sugirió que fuera a descansar de su largo viaje poco después. Asintió, no teniendo muchos ánimos de querer responder, simplemente quería sumergirse en la burbuja de su sueño y callar a su mente.

Su cuarto no había cambiado mucho, los únicos cambios eran los juguetes que anteriormente se encontraban en un baúl cerca de su cama. En su lugar, el cuarto era amplio con paredes color azul celeste, un escritorio cerca de la ventana, un librero con todos sus libros organizados, su cama King size, su closet y la puerta de su baño.

Al saber de su llegada, Gerda le preparó el cuarto con antelación para su uso por lo que durara su estadía. En poco tiempo se preparó para ir a dormir; dándose un baño, lavándose los dientes y poniéndose su pijama para después entrar a las tibias sábanas de su cama; dejando que el sueño la arrullara en sus tiernos brazos.

Siendo Anna lo último que pensó antes de quedarse dormida.


El ambiente era distinto aquí.

Aun cuando eran las mismas empresas con las mismas normas, se sentía un aire más serio y reservado al que estaba acostumbrada. En cuanto llegó a la empresa, Marshal bajó primero para abrirle la puerta del carro deseándole un buen día y diciéndole que estaría en los alrededores por si se le ofrecía algo más.

Nada raro con eso, él siempre era así de serio incluso cuando Elsa le daba ese tiempo libre para hacer lo que quisiera hasta el término de la jornada.

No, lo que le sorprendió fue el absoluto silencio que encontró en el lugar; solo el constante teclear de las computadoras era presente, pequeños diálogos intercambiados entre empleados sobre algún proyecto y nada más. Era como si todos fueran máquinas trabajando sin descanso, muy distinto a lo que ella acostumbraba; siempre escuchando pequeñas risas de los empleados mientras trabajaban, música de fondo para ambientar y motivar al equipo, y ese sentimiento de camaradería de todos con todos que estaba muy presente.

Se encerró en su oficina, sintiéndose extrañamente sofocada por ese pesado ambiente en el lugar. Tenía que ponerse al día con las cosas, saber qué estaba pasando con exactitud y continuar con su vida.

Unas horas habían pasado desde que se enfocó por completo en el monitor de su computadora y la pila de documentos en su escritorio, cuando unos toques que resonaron en su oficina la hicieron brincar del susto.

La puerta se abrió poco después, mostrando a un rubio de hombros anchos y ojos color miel con una media sonrisa en el rostro vistiendo un traje azul marino con una corbata color vino. Entró cerrando la puerta detrás de él, mostrando en sus manos una caja de chocolate; su favorito.

- Sabía que te encontraría con la nariz metida en los papeles, así que decidí venir a distraerte un poco. – fue su justificación, entregándole la caja para después darle un abrazo de oso.

- Sabes que hay mucho por hacer. De hecho, me sorprende que no tengas la nariz metida en esa maraña de documentos también. – lo regañó ligeramente, con una sonrisa en el rostro mientras lo abrazaba con la misma intensidad.

- Oh, ya sabes… El jefe no está en la empresa, la super CEO ayudará a resolver todo este asunto, esposa e hijos me traen loco, así que pensé; puedo llegar un poco más tarde de lo normal por ser de la familia. – se encogió de hombros mientras expresaba sus motivos con una sonrisa burlona en el rostro, sentándose en una silla frente de su escritorio.

No pudo más que menear la cabeza por sus ideas locas. Era verdad, Kristoff Bjorgman era su primo por parte de su madre. Al ser hija única en un imperio con más de una empresa, se necesitaba tener a alguien de confianza manejando todos los asuntos importantes sin el miedo de que pudieran infiltrarse o que quisieran robarles desde adentro. Agnar encontró una solución rápida a eso; le encargó a Elsa la compañía que tenía más demanda mientras que le dejó a Kristoff la que estaba en Noruega. Las demás eran guiadas por sus padres, por eso siempre estaban viajando demasiado.

- No tomes mucha ventaja de eso, Kristoff. Sabes al igual que yo que puedo ser tan estricta como lo es mi padre. – añadió, endureciendo su mirada y tomando la pose que tan bien conocía como la CEO.

Kristoff solo alzó sus manos a modo de rendición mientras reía por la repentina seriedad de Elsa. Por su parte, Elsa solo rió; él sabía que no lo regañaría con severidad, pero tampoco lo dejaría holgazanear.

- ¿Cómo ha estado la familia? – preguntó, queriendo salir del tema de los negocios y tomando la palabra de Kristoff para distraerse un poco.

- Un poco alocado, no es fácil ser solo dos contra tres pequeños demonios. Los trillizos nos están volviendo locos con sus travesuras sinfín, y Mérida también está igual de estresada que yo. A pesar de que sus padres ayudan, aun así, logran salirse con la suya. – habló, notando cansancio en su rostro, pero adoración brillando en sus ojos.

- Pobre Mérida, ahora entiendo por qué Marshal me dijo que querías quejarte; todo eso combinado con lo de la empresa debe dejarte exhausto.

- No tienes idea. Los adoro con todo mi corazón, pero si llegan momentos en los que me entra la urgencia de amarrarlos a sus camas. – rió con ternura, recargándose en el respaldo de la silla. – Pero olvídate de mí. ¿Cómo te ha ido por allá? ¿Algún caballero o dama ha llamado la atención de la increíble Elsa Arendelle últimamente? – preguntó curioso.

Elsa no pudo responder de inmediato. Quería contarle a alguien, tener una opinión externa de lo que su mente le susurró en su plática con Gerda el día anterior. ¿Podría hacerlo? Sabía que podía confiar en Kristoff, después de todo es el único que sabía que tenía preferencia tanto por hombres como mujeres, pero ¿le gustará lo que iba a escuchar? Posiblemente no. Pero tenía que quitarse esa espinita de la cabeza.

- De hecho, sí. Hace poco, una de las encargadas de sistemas por error me envió un mensaje invitando a alguien a cenar. Su nombre es Anna Sommer. Al principio creí que era uno de esos mensajes, ya sabes; donde los empleados te mandan algo para luego decir que te lo enviaron por error. Pero no tenía nada que me indicara que era realmente para mí, sino que iba dirigido para alguien más. Así que, pensé que quizá sería divertido descubrir qué pasaría si aceptaba y… decidí responder a su invitación. – confesó, sintiendo sus mejillas sonrojarse de solo recordar a Anna.

Pensó que recibiría alguna clase de burla por su actitud, o una confirmación de que eran normales esos mensajes enviados por error, pero nada llegó de la persona frente suyo. Queriendo saber qué fue lo que lo mantuvo callado, alzó la vista topándose la mirada sorprendida de su primo.

Tenía los ojos completamente abiertos, su boca estaba ligeramente abierta y parecía haber dejado de respirar; absoluta sorpresa e impresión tenía plasmada en su rostro. Pasó unos segundos en ese estado hasta que pareció regresar de nuevo al presente.

- Te gusta. – fue lo único que dijo, no siendo realmente una pregunta sino una confirmación.

- ¡¿Qué?! ¡No! B-bueno, quizá… No lo sé con exactitud. – respondió, cubriendo su rostro con sus manos para ocultar la vergüenza que sentía.

- No me salgas con eso, Elsa. ¡Claramente te gusta! – exclamó, con sus manos alzadas mostrando su punto. - ¡Esta es la primera vez que te veo actuar de esa forma! Y más sorprendente aún, ¡qué te sonrojes por solo hablar de ella! – agregó, como si fuera lo más obvio del mundo.

¿Realmente era así? Era verdad que se la había pasado bien con Anna, sin mencionar la increíble noche que compartieron; Anna era alguien que te hace reír sin siquiera intentarlo, te hace sentir apreciada con sus simples acciones que parece hacer sin darse cuenta, volviéndola alguien a quien deseas tener a tu lado a cada momento. Pero, ¿y si en realidad había sido algo de solo una noche? Después de todo, el mensaje era para alguien más; posiblemente con intenciones de terminar de esa forma con esa persona.

- No lo sé, Kristoff. Ponte a pensar un momento; desde el comienzo el mensaje no era precisamente para mí, era para alguien más que quizá conoció o iba a conocer en internet. ¿Y si todo lo que pasó, en realidad era solamente eso; sexo de una noche? – razonó, volviendo a sentir esa punzada en su pecho, sintiendo el peso de la realidad con más fuerza ahora que lo había dicho en voz alta. - ¿Qué caso tendría que yo sienta algo si para ella en realidad no significó nada? – finalizó, con un hilo de voz y su mirada clavada en el escritorio.

- ¿Cómo puedes saber eso con certeza? – soltó, sentándose en la orilla de la silla. – Dime, Elsa, ¿ella misma te dio indicios de eso? – preguntó, a lo que Elsa lo pensó unos segundos para después negar con la cabeza. - ¿Te dijo que no quería nada serio? – continuó, volviendo a negar como respuesta. - ¿Le preguntaste si significó algo para ella? – siguió, negando nuevamente. – Entonces, ¿cuál es tu razón para decir que lo que pasó fue algo sin importancia?

Ninguna. No tenía realmente nada que pudiera indicar que no significó nada, pero tampoco tenía algo que dijera que si tuvo significado. Anna fue muy atenta, muy amable durante toda la cena y la velada que tuvieron, pero ¿y si Anna era así con cualquier pareja sexual que tuviera? ¿Y si en realidad Anna era así de atenta con todas sus anteriores conquistas? No tenía nada confirmado, pero tampoco había algo que le dijera que había sido lo contrario.

- N-no hubo nada de eso. Ella fue muy atenta y amable. No era fingido o forzado; ella era natural, genuina. Anna se comportó como todo un caballero esa noche. – no pudo evitar de nuevo ese sonrojo que parecía aparecer cada que mencionaba a la pelirroja.

- Entonces, ¿en qué te basas? – cuestionó, parecía al borde de la exasperación. – Elsa, lo poco que me has mencionado de ella me lleva a la conclusión de que: o le gustas, aunque sea un poco, o es una persona de buenas intenciones.

- Pero, ¿y si no es así? ¿Y si en realidad todo esto lo tenía planeado para poder tener una cita conmigo con la pantalla de que me lo envió por error? – insistió, sin tener idea del porqué su mente seguía con eso.

- Si ese fuera el caso, sería la forma más estúpida de acercarse a ti con esa pobre excusa. Y tu serías una tonta por creerte algo como un simple mensaje. – confirmó, cruzándose de brazos.

Suspiró profundamente, tenía mucho que pensar en lo que a Anna se refería. Su mente no se había aclarado como imaginó que pasaría al hablarlo con Kristoff, sino que se llenó incluso de más preguntas y dudas sobre la situación con ambas.

- Escucha, habla con ella; aclara las cosas y averigua qué es lo que ella siente o piensa de ti y de la situación. – habló con suavidad, notando la preocupación en su voz. – Por lo que entiendo, no hablaron mucho y al día siguiente tenías un vuelo que abordar. No le diste la oportunidad de que te dijera algo, saliste prácticamente corriendo del lugar y tomaste un viaje sin tener fecha de retorno. Si yo fuera ella, y tomando en cuenta lo que acabo de decirte; sentiría que fui usado solo para una noche y después haber huido para evitar el problema.

Lo miró perpleja por unos segundos que parecieron ser eternos, analizando cada una de las palabras de Kristoff repitiéndolas como una grabadora descompuesta, hasta que la pedrada por fin cayó en su mente. Abrió los ojos por la revelación, dándose cuenta por primera vez desde que salió por la puerta del departamento de Anna, que esa fue la impresión que dejó; que era ella quien había sido la que usó a Anna, ella quien fue la que huyó al día siguiente para no dar explicaciones de nada; que era Elsa quien había dejado la impresión de haber sido sexo de una sola noche. Ahora fue diferente, la sangre pareció huir de su rostro ante tal acto de insensibilidad; no creyendo el gran error que había cometido sin darse cuenta.

- ¡No, espera! ¡No fue así! – exclamó, recordando lo último que hizo antes de irse de viaje; su única salvación en todo ese malentendido. – Es verdad que no le hablé antes de irme, ¡pero no fue por las razones que estás pensando! Se veía cansada, y… tan hermosa… y no quise despertarla. ¡Pero le dejé una nota diciéndole que quería tener una cita más apropiada con ella a mi regreso! Eso tiene que ser suficiente para que no piense eso, ¿verdad?

Kristoff se llevó su mano a su quijada mientras estaba inmerso en su mente analizando todos los posibles escenarios de la tontería que había hecho. Se quedó ahí, sentado con su vista clavada en el techo de su oficina, dándole vueltas una y otra vez a lo que le había contado. Elsa no podía dejar de mover sus manos por el nerviosismo que la invadió, por el miedo de haber cometido ese error monumental y que no tuviera forma alguna de arreglarlo.

- Bueno… - comenzó, mirándola fijamente. – Por ahora solo te queda esperar a regresar; la nota fue suficiente para hacerle saber que no fue algo fugaz, y tendrás tu oportunidad de aclarar las cosas cuando estén frente a frente.

Solamente asintió lentamente con su cabeza, sin tener idea de cómo responder, pero entendiendo perfectamente una cosa; hablaría seriamente con Anna una vez esté de vuelta.

A lo mejor era eso lo que la tenía tan tensa, o la realización de su equivocación, pero una vez teniendo esa meta establecida, todo lo demás comenzó a tomar su lugar; como si su entorno hubiera estado de cabeza por ese lapso y la ayuda de Kristoff en ese tema la hubiese ayudado a regresar todo a dónde pertenecía.

- Dejando los asuntos amorosos y familiares de lado, ¿lograste leer todos los documentos? – ahora su tono de voz había cambiado; de ser familiar y suave, a ser uno serio y tenso.

- No todos, son demasiados documentos para leerlo en las pocas horas que he estado aquí. Solo he leído superficialmente para tener una idea de a qué nos estamos enfrentando. – Respondió, volviendo a fijar su vista en los papeles que había estado leyendo.

- Creí que era mi imaginación cuando lo noté, por eso los volví a revisar un par de veces más, y para estar absolutamente seguro lo hice una última vez, pero todos llegan a ese resultado. – dijo, notando lo tenso que estaba su cuerpo. – Por eso pedí tu ayuda, para tener pruebas suficientes y tomar cartas en el asunto.

- Y me alegro que lo hicieras antes de que mi padre se diera cuenta, Kristoff. – agregó entre dientes, sintiendo la sangre hervir en sus venas, sin poder creer todavía lo que estaba pasando bajo sus narices. – Tenemos que descubrir quién nos ha estado robando dinero.


Decir que la semana fue pesada sería una mentira monumental. Desde que el sol se alzaba hasta que se ocultaba, estaban metidos hasta el cuello en papeles, buscando entre miles de palabras y números al responsable de tal traición hacia la empresa.

Ni un solo segundo tuvo para nada más que no fuera el trabajo, ni siquiera había pensado en Anna en todo ese tiempo; solo cuando su cuerpo estaba completamente exhausto y caía sobre su cama, era en esos breves momentos antes de caer en el sueño profundo que la pelirroja hacía acto de presencia en su mente.

Donde podía ver tan claramente esos hermosos ojos turquesa que la habían cautivado.

Los días continuaban, y Elsa cada día se sentía más cansada que el anterior. Al principio lo atribuyó al exceso de trabajo, las extenuantes horas en las que tanto Kristoff como ella se mantenían en la empresa solucionando el problema, leyendo una y mil veces cada número que se encontraban que cuando por fin decidían terminar, la luna había reemplazado al sol en el cielo.

Pero no fue solamente eso lo que comenzó a notar, sino que también estaba sintiéndose… extraña. Tenía hambre todo el tiempo, como si un agujero negro se hubiera implantado en su estómago; demandando ser llenado a cada instante del día. Pero lo más extraño era que, ciertas comidas u olores que anteriormente le causaban aspirar profundamente el aroma para apreciarlo, ahora era el detonante de hacerla devolver lo que había comido.

Gerda la encontró una mañana con la cabeza metida en la taza del baño, devolviendo el poco contenido que su estómago poseía. Podía escucharla moverse alrededor, claramente alterada por su estado y preocupada por una posible enfermedad. Elsa simplemente le dijo que se calmara, que lo que había comido la noche anterior le había caído pesado al notar cómo su estómago había rugido de forma extraña al terminar de cenar y que el estrés de los últimos días le estaba pasando factura. Prometiéndole que muy pronto todo terminaría y ella volvería a la normalidad. Gerda claramente no le creyó, sin embargo, fue suficiente para tranquilizarla por el momento.

Pero todo había valido la pena al final, el esfuerzo que ambos habían puesto para descubrir al ladrón dio sus frutos. Por eso ese día Elsa se levantó más temprano de lo normal, se había duchado con agua fría para tener su mente clara y trabajando al cien por ciento; tendrían una junta con todos los socios presentes anunciando públicamente al perpetrador.

Llegó a la oficina junto con Kristoff, ambos preparados para lo que se venía. La junta se había agendado a las 8 de la mañana, así que aún les quedaba una hora para repasar todos los documentos y confirmar una última vez sus resultados.

La sala de juntas poco a poco fue llenándose con los demás socios, platicando entre ellos sin tener idea de lo que estaban por revelar. Una vez todos los presentes estuvieron en sus respectivos lugares, la junta comenzó.

Como cada mes, anunciaron los procesos y cambios que se habían realizado en la empresa; nada fuera de lo normal hasta ahí. Las demás personas estaban atentas a lo que Elsa estaba diciendo y mostrando en las gráficas, podía verlos asentir de vez en cuando al mostrarles cierta información o a algunos sonreír complacidos con lo que veían. Elsa estaba que irradiaba confianza y seguridad por la reacción de los socios.

'Aún falta la mejor parte.'

- … Como verán, damas y caballeros; a pesar de que la empresa ha estado produciendo y trabajando a su máxima capacidad, recientemente encontramos ciertas… anomalías en los números. – explicó Elsa, caminando con confianza y altiveza enfrente de los demás. Ya estaban por terminar la junta, así que era el momento perfecto para revelar la verdad. – Al principio, creímos que era un error humano el que no coincidieran, así que indagamos en eso hasta que llegamos a un descubrimiento desconcertante, por no decir alarmante.

Pudo ver en cara de algunos de los socios la duda escrita en ellos, y en otros una combinación de sorpresa y curiosidad. Pero un rostro en específico fue el verdadero revelador; a pesar de que trató de ocultar su expresión lo mejor que pudo bajo una máscara impasible, fue imposible el ver cómo la sangre se iba de su rostro y sus ojos se abrían un poco por la información.

Kristoff, junto con una ayudante, fueron dejando unos portafolios frente de cada uno con la información detallada que se iba mostrando en la pantalla.

- Tal y como lo pueden ver en los documentos que acaban de recibir, se muestra que en los últimos meses se han solicitado ciertas cosas que, en realidad, no son necesarias en la empresa y que convenientemente requieren una gran suma de dinero. – continuó, mostrando los resultados con mayor detalle en la pantalla. – Curiosamente, ninguno de esos encargos está bajo el nombre de la empresa, sino que están dirigidos a nuestro querido amigo Rosdahl.

Todas las miradas se posaron en la persona mencionada; Haakon Rosdahl, un hombre de 47 años de edad, apuesto y lleno de arrogancia se encontraba pálido y sudando en su asiento; con la mirada llena de una combinación de ira y vergüenza bailando en sus orbes.

- ¡Eso es mentira! ¡Está tratando de culparme de algo que yo no cometí! – exclamó, levantándose de su asiento con brusquedad. Sus manos estaban empuñadas y temblaban visiblemente. - ¡No van a creer que yo haría algo así cuando he trabajado para esta empresa los últimos 30 años! ¡De seguro es su primo el que está robándole a su propia familia! ¡De seguro es él quien le ha estado robando! – siguió el hombre, tratando en vano de salir de ese problema.

Con calma, Elsa alzó otro documento que estaba debajo de su carpeta, leyendo en voz alta lo que estaba escrito ahí.

- Sabíamos que diría eso, así que indagamos también en su estado de cuenta. Sorprendentemente no encontramos nada ahí…

- ¡¿Lo ven?! ¡ESTÁ CULPÁNDOME DE ROBO! – la interrumpió, mirando a los demás desesperadamente. Los demás socios se veían entre ellos, claramente sorprendidos por la información y confundidos de qué hacer.

- … Pero, milagrosamente, la cuenta de su mujer aumentó exponencialmente en estos meses. – continuó, como si el hombre no la hubiera interrumpido en primer lugar. – Hasta donde sabemos, su esposa es ama de casa y se encarga de sus hijos, por lo cual es extraño que su cuenta aumentara de esa forma tan de repente; a no ser que haya ganado la lotería sin decirnos nada, nos parece realmente sospechoso eso.

La sala se quedó en un silencio sepulcral, solo la respiración temblorosa de Rosdahl era el único sonido en esa habitación. Elsa lo miró con fiereza, enderezando su postura y transmitiendo ese porte del cual estaba tan familiarizada y con su voz detonando frialdad y finalidad.

- Haakon Rosdahl, a partir de este momento quedas removido del comité; cualquier trato que la empresa haya formado contigo será revocado a partir de este instante y tu presencia en esta compañía está absolutamente prohibida. – sentenció, indicándole con su mirada a Kristoff que abriera la puerta para dejar entrar a los de seguridad que ya estaban esperando afuera. – No te demandaremos por el dinero robado, por mucho que lo merezcas. Tómalo como tu pago de despedida; de todas formas, vas a necesitarlo cuando ninguna empresa quiera contratarte al saber que eres un vulgar ladrón.

El hombre comenzó a forcejear con los de seguridad, gritándole a todos los presentes que él era inocente y que era obra de Kristoff que esas pruebas apuntaran a su familia. En la sala se escuchaban susurros por todos lados sobre lo que acababan de presenciar. Elsa dio por finalizada la junta poco después, confirmándoles que había investigado previamente el asunto del dinero y que todo apuntaba a él. Los demás salieron con calma, aún escuchándolos murmurar de vez en cuando.

'Una lección para todos.'

- Uff… Eso fue intenso. – Escuchó a Kristoff, mirándolo aflojarse un poco la corbata que traía. - ¿Viste su rostro? ¡Fue una lástima que no pudiéramos tomarle foto! ¡Fue como ver a un ciervo ser vislumbrado por un carro! – Continúo parloteando sobre el asunto.

Elsa por su parte dejó de escucharlo en algún momento de su diálogo. Su vista se estaba tornando borrosa, sentía su pulso latir más rápido de lo normal, su cuerpo se sentía pesado y la voz de Kristoff se escuchaba cada vez más lejana. Vio a Kristoff, en su semblante se veía la angustia, pero parecía moverse en cámara lenta ante sus ojos; movía su boca, pero no escuchaba lo que estaba diciendo. Intentó decirle algo, cualquier cosa, pero nada salía de sus labios

La oscuridad absoluta fue todo lo que supo después.


Dos semanas habían pasado desde que llegó, todo ese tiempo estando inmersa por completo en el trabajo y en la búsqueda del ladrón en la compañía. El estrés estaba causando estragos en su salud; algunas mañanas se levantaba con nauseas, otras vomitaba lo que comía y en un par de ocasiones se desmayó en el trabajo, dándole un infarto a Kristoff la primera vez que pasó cuando terminó la junta.

Tenía planeado regresar al día siguiente, no había más problemas en la empresa y sus padres continuaban trabajando en Dios sabe dónde, así que ya no tenía más motivos para continuar en esa inmensa y vacía mansión por lo que había llegado a la conclusión que era momento de aclarar las cosas con Anna.

Estaba desayunando en la cocina junto a Gerda y Kai cuando escucharon ruidos proviniendo de la entrada principal. Kai fue el primero en levantarse diciéndoles que él se encargaría de lo que estuviera pasando. Los ruidos cada vez eran más fuertes hasta que el rostro de su madre apareció en la entrada de la cocina.

- ¡Elsa! – exclamó su madre, abriendo sus brazos para envolverla en ellos cuando se acercó a saludarla.

- ¡Madre! Creí que estaban en un viaje de negocios. – dijo, abrazando a Iduna con fuerza.

- Estábamos, pero tu padre es tan bueno en lo que hace que terminó antes de lo planeado y decidimos pasar unos días de vacaciones. – explicó con ternura Idunna, acariciando su rostro con suavidad. – Pero, ¿qué te has hecho? Tienes algo… diferente. Te hace ver incluso más hermosa de lo que ya eres. No sé explicarlo, como un brillo en los ojos que resalta toda tu belleza natural. – analizó mientras la miraba con detenimiento.

- Pero ¡claro que es hermosa! ¡Es mi hija después de todo! – respondió en su lugar una voz profunda y masculina, con un tono burlón y con cierto orgullo.

Agnar apareció seguido de Kai junto con una caja en sus manos, depositándola en la isla de la cocina donde estaban desayunando.

- Shush, Agnar. No seas tan vanidoso. – lo regañó su madre, dándole un suave golpe en el brazo.

Él solo rió por la acción de su esposa, caminando hasta donde estaba su hija abrazándola con suavidad al tiempo que besaba su frente.

- Porque sabe que es verdad. – le susurró cómplice, no pudiendo reprimir la sonrisa que se formó en su rostro al verlos tan contentos. – Pero hablando en serio, tu madre tiene razón; deslumbras. ¿A qué se debe ese cambio? – entornó ligeramente los ojos con una sonrisa traviesa en los labios. - ¿Acaso por fin alguien llamó la atención de mi princesa?

Parecía ser costumbre ahora que, cada que su mente se enfocaba en la dueña de esos ojos turquesas, su rostro se tornaba del mismo color que el cabello de la pelirroja. Ese momento no fue una excepción, confirmándolo cuando su padre sonrió triunfante al haber dado en el clavo.

- ¡Iduna, por fin alguien cautivó a nuestra querida Elsa! – exclamó divertido, mirándola con interés. – Tienes que decirnos todo sobre él; dónde se conocieron, ya fueron a algún lado, dónde trabaja…

- ¡Papá, detente! – lo detuvo, sintiéndose mareada por la cantidad de sangre que se juntó en su rostro de golpe. – Solo… hemos salido una vez. Y nos conocimos en la empresa…

- De todas formas, queremos saber más de él. – concluyó Agnar, con una enorme sonrisa en el rostro.

'A ver si mantiene esa sonrisa cuando descubran quién es.'

- En fin… - ahora fue su madre quien interrumpió salvándola de hundirse más en vergüenza, levantando la caja que se había olvidado hasta ese momento. – Trajimos unos postres para ustedes, no sabíamos qué iban a querer, así que trajimos de todo un poco.

Abrió la caja revelando unos deliciosos postres de diversas formas y sabores. Elsa esperó a que Kai y Gerda tomaran el que quisieran, buscando el que le llamara la atención. Uno en particular le gustó; tenía un glaseado color rosa que parecía tener brillo con una cereza en la punta.

Lo tomó con cuidado, procurando que nada se arruinara al sacarlo. Lo acercó un poco para olerlo, notando claramente el aroma dulce de fresa en él. Su boca se hizo agua de solo imaginar el sabor que podría tener. Sin perder más tiempo, le dio el primer bocado maravillándose por lo delicioso que estaba; de lo extrañamente suave que era el postre, del dulzor tan bien equilibrado que tenía, y de lo jugosa que estaba la cereza.

Pero el momento fue muy breve para su gusto.

Iba a darle la tercera mordida cuando de pronto el sabor pareció cambiar; cuando antes le sabía delicioso y dulce, ahora parecía ser totalmente lo opuesto. Casi sin darle tiempo, se llevó su mano a la boca y salió corriendo al baño más cercano que tuvo, encerrándose dentro y devolviendo lo que había desayunado junto con el pequeño postre.

- ¿Elsa? Cariño, ¿estás bien? – escuchó la voz de su madre a través de la puerta cerrada, la preocupación era palpable en su voz.

No pudo responder, su mente y estómago estaban enfocados en seguir vomitando lo que contenía su estómago. Cuando por fin pasó el malestar, se cepilló los dientes y salió encontrándose a su madre afuera con el ceño fruncido.

- Cariño, ¿qué te pasó? – le preguntó, quitando los pocos mechones que se habían pegado a su frente por el sudor.

- Estoy bien, mamá. Solo el estrés me ha estado afectando recientemente. – contestó, dándole una pequeña sonrisa para tranquilizarla.

Pareció funcionar, quizá debido a que sabía que tan demandante podía llegar a ser el trabajo en ocasiones. Lo dejó pasar por ahora, siguiendo con lo que estaban haciendo antes de que eso interrumpiera. Pasó tiempo con ellos, escuchando lo que habían hecho en su viaje y los negocios en los que habían estado trabajando.

Por su parte, Elsa le contó lo que había pasado en las últimas semanas en la empresa en Oslo; lo que había descubierto cuando llegó y cómo había manejado las cosas para solucionar el problema. Al principio su padre se había mostrado furioso cuando le contó del desfalco que había hecho Rosdahl a sus espaldas, pero después se vio orgulloso cuando le dijo cómo había manejado el asunto.

- Hiciste bien, Elsa. Informarles a todas las demás empresas de esa basura fue lo mejor para que ninguno tenga que pasar por lo mismo. Y que lo hayas hecho en frente de todos fue un excelente ejemplo para que lo piensen dos veces antes de seguir su ejemplo. – concluyó Agnar, con su voz detonando tanto orgullo y respeto por su hija.

Los días siguieron, disfrutando de la compañía de sus padres que en raras ocasiones tenía la oportunidad de hacer. Pero los síntomas de Elsa parecían no querer irse en ningún momento, y ahora Iduna estaba verdaderamente preocupada por su salud. Sin siquiera haberle preguntado, le agendó una cita con el médico para que descubrieran qué era lo que le estaba provocando ese malestar.

Marshal ya estaba esperándola en la entrada cuando le informó eso, agregando que se diera prisa pues la cita sería dentro de unas horas. No tuvo más remedio que acceder; porque no quería pelear con su madre por eso y también quería saber qué era lo que le estaba provocando esos extraños síntomas.

La ida al médico fue en silencio, tanto Elsa como Marshal parecían no estar en el estado de ánimo para querer hablar. Lo cual era normal; cualquier puede tener sus días malos en ocasiones y necesitar de momentos de quietud.

Al llegar, como siempre le abrió la puerta y le aseguró que estaría esperándola hasta que termine. Elsa le agradeció, diciéndole que le llamaría cuando fuera momento de irse y que podía hacer lo que quisiera hasta entonces.

La espera fue aburrida, nada más que esperar sentada en una silla incómoda hasta que la enfermera anunciara su nombre, era algo realmente aburrido y tedioso. Estaba jugando con su celular hasta que por fin la llamaron.

La enfermera amablemente la guió hasta una habitación, indicándole que en breve un doctor llegaría y la atendería. Elsa simplemente agradeció, sintiendo de nuevo ese mareo al estar respirando por tanto tiempo ese característico olor de los hospitales.

- Buenos días, usted debe ser la Señorita Arendelle, ¿Verdad? – habló una voz femenina al entrar por la puerta de la habitación.

Una doctora con rasgos asiáticos, cabello negro y lacio hasta los hombros, vistiendo una bata blanca con un gafete en su pecho, era la dueña de esa voz.

- Si, soy yo. – contestó, tragando saliva de forma pesada.

- Mucho gusto. Soy la doctora Mulán Fa. – Se presentó, extendiéndole una mano para estrecharla. - Dígame ¿qué la trae por aquí? – habló amablemente con una sonrisa, sentándose frente a su computadora lista para comenzar a teclear.

- Bueno… - comenzó a hablar Elsa, tratando de encontrar las palabras que pudieran explicar los recientes síntomas. - Últimamente me he sentido muy cansada. A veces me da mucha hambre, pero si un olor raro llega o como algo que no debía, termino vomitando todo. Algunas veces me mareo de pronto y en dos ocasiones me he desmayado. – explicó, moviendo sus dedos nerviosamente sobre su muslo.

La doctora estuvo escribiendo todo lo que Elsa le decía con fluidez, asintiendo con la cabeza en algunas ocasiones y tarareando en otras. No le gustaba estar en hospitales por mucho tiempo, con tantos doctores corriendo por todos lados y pacientes en espera por ser atendidos; el constante sonido de los aparatos la ponían de los nervios. Tan solo escucharla teclear y sin tener idea de lo que podía estar padeciendo la hacía sentir ansiosa.

- Ya veo. ¿Ha tenido alguna clase de malestar externo? Como comezón, sarpullido, erupciones en la piel… - preguntó.

- No, solo esos síntomas.

La doctora volvió a teclear, moviendo de vez en cuando el mouse a cierta dirección y continuando escribiendo. ¿Era realmente malo lo que tenía como para que se quedara callada por tanto tiempo? Ahora si, al igual que su madre, comenzaba a preocuparle su salud.

- Bueno, señorita Arendelle. Por lo que me ha dicho de sus síntomas, podría decirle que a lo mejor es salmonela ya que encaja con la mayoría de los síntomas que usted padece. Pero esos desmayos no cuadran entre los síntomas. – dijo, mirando la pantalla y a ella al mismo tiempo. – Así que, para estar completamente seguras de lo que es, le haremos unos análisis. – se levantó, buscando algo en uno de los cajones de su escritorio. – Le haremos unos estudios de sangre y orina solo para estar seguras de los resultados.

Elsa no pudo más que asentir, ahora si estaba realmente preocupada por lo que podría tener; que necesitara estudiarla más a fondo no era buena señal. La doctora Fa sacó una jeringa y un botecito de plástico, explicándole que primero iría al baño para llenar el bote con orina y después le sacaría un poco de sangre del brazo.

Cuando terminó, le dijo que se quedara de nuevo en la sala de espera en lo que los resultados salían; que una vez los tuviera le hablaría de nuevo. Y otra vez tuvo que esperar en esas sillas incómodas, rodeada de personas que estaban ahí por el mismo motivo que ella.

Para poder tranquilizarse un poco y hacer más amena la espera, volvió a sacar su celular y se puso a jugar en lo que llamaban su nombre. Después de varias partidas, por fin su nombre volvió a escucharse. La misma enfermera la guió de nuevo al consultorio y, una vez dentro, vio a la doctora Fa con unos documentos en sus manos y una enorme sonrisa en su cara que la tranquilizó inmensamente.

- Bueno… me alegra informarle que no, no es salmonela. Aunque debería de tener cuidado con lo que come, no todos lavan y cocinan bien las cosas cuando se come afuera. – comenzó, meneando la cabeza con desaprobación.

- Si no es eso, entonces ¿qué tengo? – cuestionó, aliviada de no tener lo que sospechaba la doctora, pero queriendo saber lo que la tenía así.

- ¡Esa es la buena noticia! Todos los estudios indican que usted está embarazada. ¡Tiene tres semanas de gestación! Ahora lo que tiene… - fueron las últimas alegres palabras que Elsa escuchó de la doctora.

Después de la palabra "embarazada" no pudo escuchar nada más; todo sonaba distorsionado, ajeno, extraño y distante… como si estuviera sumergida en el agua y los sonidos fueran amortiguados por la profundidad en la que se encontraba.

Su cuerpo se movió en automático, tomando en sus manos lo que sea que la doctora le estuviera entregando junto a unos documentos. Ella seguía hablando, con alegres gestos y emocionada por la noticia; una emoción que no alcanzaba a la platinada.

- … Y este es el número… hablarle cuando quiera… Es la mejor en lo que hace… - Eran las palabras que logró comprender, mirando en su mano la pequeña tarjeta con un número escrito en él.

Débilmente se despidió, agradeciendo solo por inercia. Caminó ausente la distancia hasta la entrada, marcándole a Marshal, pero sin recordar lo que le dijo. Los segundos pasaban sin que ella lo notara, y para cuando recobró un poco de lucidez ya estaba dentro del auto y el ruido del motor era el único sonido que los acompañaba.

Miró el paquete que le entregó la doctora, encontrando dentro a un pequeño osito de peluche con un pequeño letrero que decía "¡Felicidades, nueva mami!". Sintió la necesidad de vomitar, pero nada tenía que ver con el hecho de estar… ¡Oh, Dios!... de estar embarazada. Instintivamente llevó sus manos a su vientre plano, acariciándolo lentamente.

¿Cómo era eso posible? No había estado con un hombre en meses… ¡Meses! Y siempre había tenido cuidado de usar protección por miedo de contraer algo o de quedar embarazada. Y ahora, ¿resulta que precisamente pasó lo que más temía? Era imposible, inimaginable. No creía que eso fuera real, que a lo mejor era un error de los estudios; que a lo mejor confundieron su muestra con los de alguien más y por eso tuvo esos resultados. Porque ¡¿qué otra explicación podría ser?!

La última persona con la que había estado fue…

- ¿Señorita Arendelle? Hemos llegado. – la voz confundida de Marshal la trajo de vuelta al mundo.

No dijo nada, ni siquiera volteó a verlo. Bajó deprisa del auto, escondiendo el peluche dentro de su abrigo y entrando corriendo a la mansión. Las voces de su madre y Gerda provenían de la cocina, pero ella ni siquiera se molestó en ir a verlas, tenía cosas más importantes que hacer; tenía que averiguar si su teoría era correcta.

Ocultó el peluche dentro de su armario, lejos de los ojos curiosos de su madre y de las manos trabajadoras de Gerda; no estaba preparada para afrontarlas y contarles lo que acababa de descubrir. Encendió su laptop, sentándose frente a su escritorio, moviendo desesperadamente su pierna en lo que la computadora encendía por completo.

Una vez funcionando, fue directo al navegador, con la única finalidad de encontrar documentos que avalaran su teoría. Y la única palabra que podría guiarla a la respuesta que buscaba fue:

- Intersexual. – Tecleó en el buscador y, con dedos temblorosos de lo que pudiera encontrar ahí, dio "enter".

Cientos de documentos y definiciones aparecieron en su monitor, algunos siendo ridículos y otros con algo más de sentido común. A lo que logró comprender, podría tratarse de una persona que simplemente cambió de ser hombre a mujer, pero no parecía correcto ya que ellos son conocidos como transgéneros.

Un documento en particular llamó su atención, dio click para poder leerlo completo, acercándose al monitor para leer más claramente.

- "… Las personas que sufren de intersexualidad no siempre desarrollan los órganos en su totalidad. Son muy raros los casos documentados donde el individuo haya desarrollado cierto órgano en su forma completa, pero carecería del segundo. Cuando esto ocurre, es posible que tenga un clítoris un poco más grande de lo normal o que el pene no sea demasiado grande, pero tenga una abertura en medio. En cualquier caso, ambos sujetos son incapaces de concebir. La posibilidad de que alguna persona que sufra de esta anomalía sea capaz, ya sea de quedar embarazada o de embarazar a alguien, es casi inexistente…"

Los ojos de Elsa no podían despegarse del monitor, de las palabras que contenía ese documento y de las incontables teorías y formas para que eso le haya pasado precisamente a ella. ¿Inexistentes? Si ese era el caso, entonces ¿por qué ella estaba embarazada? ¿Anna le habrá mentido desde el comienzo? ¿Habrá nacido hombre, pero en algún punto de su vida, decidió someterse a cirugía y ser transgénero, pero dejando su aparato reproductor intacto?

Su mente era una maraña de preguntas sin respuestas, no encontrando un punto fijo dónde enfocarse y apareciendo otra pregunta cuando apenas podía considerar la anterior. Pero algo estaba claro en todo esto; Elsa estaba embarazada.

Y no solo eso; estaba embarazada de Anna…

- ¿Elsa, cielo? ¿Estás bien? Llevas horas ahí dentro. La cena está servida. – la voz amortiguada de su madre la hizo dar un brinco.

Como si fuera a irrumpir en su cuarto, cerró de golpe su computadora volteando a ver a la puerta de madera oscura, sintiendo su corazón latir desbocado en su pecho. De nuevo volvió a tocar, provocando que su cuerpo brincara sutilmente con cada toque que su madre provocaba. Aclaró su garganta, dándose cuenta en ese momento de lo seca que se encontraba, y procuró que su voz sonara tan tranquila como deseaba sentirse.

- Estoy bien, Madre. Gracias por avisarme, bajaré en un momento. – se escuchó a si misma tranquila, pero sabía que era nada más una fachada.

- No te demores mucho o se enfriara. – le advirtió para después escuchar sus pasos alejarse por los pasillos de la mansión.

Miró hacia la ventana, sorprendiéndose de no encontrar al sol en ningún lugar. Volteó a ver a su laptop, aún procesando lo que acababa de leer. ¿Qué iba a hacer ahora? Las cosas se habían salido completamente de control y de forma monumental, ni siquiera sabía si sería una buena madre o no. ¿Qué van a decir sus padres? ¿Estarán decepcionados de ella por salir embarazada antes del matrimonio? Su cabeza estaba empezando a martillear por el dolor de cabeza que estaba padeciendo. Por un instante cruzó por su mente el tomar una pastilla y terminar con eso, pero recordó su condición actual y temió que algo pudiera pasarle si tomaba algún medicamento.

De nuevo llevó sus manos a su vientre, no sabiendo realmente cómo sentirse por eso. ¿Estaba contenta? No, no completamente al menos, era una mezcla entre alegría e incertidumbre. Su cerebro aún no caía en la realidad de su estado. ¿Estaba decepcionada? Un poco, pero por razones enteramente diferentes. ¿Lo tendría? Sus brazos se posaron sobre su vientre protectoramente cuando ese pensamiento cruzó su mente.

'Por supuesto que lo tendré. Es MI hijo.'

No lo haría, jamás cometería tal atrocidad con un ser que no tuvo la culpa de nada. No podría con ese pesar en su consciencia. Sin importar que Anna esté con ella o no, que tenga la aprobación de sus padres o no, ella hará todo en su poder para proveer y cuidar de su hijo.

Y en ese momento fue cuando la pregunta más importante de todas provocó que su corazón se detuviera por un infinito segundo.

'¿Qué pensará Anna de todo esto una vez le diga?'


La cena fue… incómoda. Su madre le había preguntado sobre su cita con el doctor, a lo que Elsa casi se ahoga con lo que estaba comiendo en ese momento. No estaba preparada para decirles, no aún, así que solo le dijo que era estrés y que con unos días de reposo se sentiría mejor.

Iduna y Agnar parecieron aliviados de escuchar eso, regañándola con gentileza por sobre esforzarse en el trabajo, pero felicitándola nuevamente por lo que había hecho. En un punto de la noche, su madre hizo una broma referente a Elsa estando embarazada; haciendo comentarios de que la casa se sentiría más animada con voces infantiles resonando en los alrededores. Elsa solo pudo reír forzadamente, mirando a su madre bromear con eso, pero no escuchándolos en realidad.

'¿Estarán así de felices cuando se enteren?'

Terminando la cena, se despidió de sus padres con la excusa de querer descansar un poco. Ambos la abrazaron con cariño, deseándole dulces sueños y que en la mañana la esperaban para desayunar. Elsa simplemente asintió, y se retiró a su cuarto con un solo propósito en la mira.

Una vez en su habitación, se acercó a su abrigo sacando la pequeña tarjeta que le entregó la doctora Fa en la mañana. Era una simple tarjeta, con un nombre en el frente y un número de teléfono para comunicarse y agendar cita.

Moana Motunui

Gineco – Obstetra.

XXX-XXX-XXXX

¿Realmente iba a hacerlo? Se lo preguntó por enésima vez desde que la doctora Fa le dijo que estaba embarazada. ¿Qué tenía que perder? Solo quería confirmar, estar absolutamente segura de que todo esto era real y no un error por confundir las muestras de los pacientes.

Aunque sabía, muy dentro de ella, que solo se estaba inventando excusas para justificar los resultados en esa hoja.

Comenzó a marcar el número en su celular, no deseando que alguien más escuchara por accidente su conversación si usaba el teléfono de casa. No tomaría ningún riesgo hasta asegurarse de todo. Sentía sus dedos temblar mientras tocaba la pantalla, caminando de un lado a otro mientras esperaba que alguien más conectara del otro lado de la línea.

- Consultorio de la doctora Motunui, ¿en qué puedo ayudarle? – se escuchó una voz del otro lado de la línea.

Elsa paró abruptamente su andar, suspirando profundo para prepararse a lo que tenía que hacer.

- B-buenas noches. Quisiera agendar una cita…


La espera la estaba matando.

No dejaba de mover su pierna como loca, sus dedos se movían nerviosamente sobre sus muslos y no dejaba de mirar alrededor. Los pocos pacientes que estaban esperando se veían tan tranquilos y cómodos que los envidió hasta cierto punto. Su vista inconscientemente se iba a las pacientes embarazadas, maravillándose de cómo se veían con su barriga prominente. ¿Ella se sentirá de la misma manera? Podía ver cómo las futuras madres acariciaban su vientre distraidamente con un afecto tan inmenso, tan profundo y puro que la hacía perderse en su propio mundo, imitando el gesto de ellas acariciando su vientre aun cuando no podía sentir nada.

- ¿Señorita Arendelle?

Elsa se levantó de prisa, saliendo de esa burbuja en la que su mente la había encapsulado. La secretaria le indicó hacia dónde ir, diciéndole que esperara unos momentos dentro en lo que la doctora terminaba con la anterior paciente.

Siguió la dirección que le dio, encontrando rápidamente la habitación que se le indicó. Entró, sintiéndose un poco fuera de lugar al no encontrar a nadie, pero sentándose en la silla que tenía más cerca. Tal y como mencionó la muchacha, la doctora no tardó nada en llegar al consultorio.

- Buenos días, Señorita Arendelle. Disculpe la demora, pero tenía que dar indicaciones especificas a la paciente. – Se disculpó apresuradamente la doctora, con una pequeña sonrisa en el rostro.

La doctora parecía ser joven, quizá de la misma edad de ella. De cabellera ondulada color azabache, amarrado con unos mechones sueltos, piel morena, ojos color cafés oscuros y mirada jovial.

- Si, no se preocupe por eso. No esperé demasiado. – Respondió, juntando sus manos sobre su regazo.

- De acuerdo. Entonces, sonará algo repetitivo, pero, ¿en qué puedo ayudarte? – preguntó, recargándose en su escritorio con los brazos cruzados, mirándola curiosa.

Elsa comenzó a mover sus manos nerviosamente, sabía que había llegado el momento definitivo, pero aun así se sentía morir con los nervios que la atacaban tan salvajemente. Suspiró profundo un par de veces para aclarar su mente y tomar algo de valor, hasta que por fin pudo encontrar su voz.

- Estoy aquí porque tengo dudas sobre… unos resultados que me dieron ayer. – habló, tratando de transmitir en su voz la certeza de que realmente había un error en sus estudios.

- Muy bien. Y ¿de qué resultados estamos hablando exactamente? – cuestionó, notablemente más interesada en el tema ahora.

Elsa no respondió, simplemente sacó de su abrigo el sobre que le había entregado la doctora Fa y se lo extendió para que pudiera leerlo. La doctora Motunui la miró a ella y al sobre unos segundos con una ceja alzada, algo extrañada por su acción. Lo tomó, abriéndolo lentamente y leyendo cuidadosamente cada palabra escrita ahí.

- Hmmm… - tarareó, acariciando su barbilla mientras seguía leyendo. – Hasta donde mi conocimiento llega… Aquí dice que usted está en su tercera semana de gestación. – declaró, devolviendo el papel a Elsa.

- Lo sé…

- Entonces, ¿qué es lo que realmente quiere saber? – volvió a preguntar, enfatizando sus palabras para que llegara al punto de una vez.

- Tengo la sensación de que estos estudios no son míos; de que a lo mejor se equivocaron o mezclaron las pruebas con los de alguien más… No creo que estos sean míos. – Finalizó, sintiéndose estúpida de pronto por buscar excusas.

La doctora no dijo nada, pero podía sentir su mirada sobre ella. Alzó su vista, sin saber cuándo exactamente había comenzado a ver el suelo, encontrándose con la mirada atónita de la doctora. Mirándola como si gritara "¿estás hablando en serio?" a todo pulmón; como si acabara de preguntar lo más estúpido del mundo.

- Bueno… - comenzó a hablar, escuchándola suspirar de pronto. – Normalmente la clínica donde trabaja la doctora Fa es de mucha confianza y responsabilidad… Pero, si usted siente que eso pudo haber pasado, puedo volver a hacer la prueba con la certeza de que aquí nadie se equivocará con sus resultados; lo que salga en ellos es lo que es, ¿entendido?

Elsa solo asintió, no queriendo volver a hablar y deseando ser tragada por la tierra y jamás salir a la superficie. La doctora Motunui le pidió su brazo para extraer sangre y de nuevo le dieron un botecito para orinar en él. Terminado todo eso, la mandó de nuevo a la sala de espera donde la llamarían una vez estuviera todo.

Espero, sintiendo los segundos alargarse hasta convertirse en minutos y luego horas cuando, en realidad, apenas habían pasado 10 minutos de haber salido de la habitación. Cuando por fin escuchó su nombre, no pudo evitar casi saltar de su asiento y caminar deprisa para saber, de una vez por todas, sus verdaderos resultados.

- Bueno Elsa… los resultados de Fa no eran erróneos; estás embarazada. Tienes tres semanas de gestación. – afirmó la doctora, entregándole nuevamente un sobre con los documentos en él, donde confirmaban su estúpida duda. - Por el momento no podemos hacer ningún ultrasonido, es demasiado pequeño para verlo. – continuó, sin darse cuenta del silencio de Elsa. – Te recomiendo que tomes estos medicamentos para que el feto se desarrolle como se debe y no tengas complicaciones durante las 37 semanas que te esperan.

Ahora si estaba prestando atención, sabiendo que los resultados que estúpidamente creyó habían sido erróneos, en realidad le estaban diciendo una verdad que se negaba a ver. Pero ¿cómo era posible? Se supone que nada de eso debería de estar pasando, que no era posible que ella estuviera realmente embarazada.

- ¿Doctora? – soltó, no sabiendo porqué, pero sin poder devolver las palabras.

- ¿Tienes alguna duda de tu situación? Puede que si, al ser primeriza, a lo mejor tengas mucho que procesar y saber de lo que viene. Responderé todas las dudas que tengas con mucho gusto. – respondió amablemente, con una ligera sonrisa en el rostro.

- No, no es eso… - negó lentamente, aún mirando la hoja en sus manos. - Por pura curiosidad, ¿sabe si una persona intersexual puede tener hijos? – susurró, deseando con todas sus fuerzas una respuesta definitiva.

- Hmm… - volvió a tararear, mirando al techo con detenimiento. – Se sabe muy poco del tema, por no decir casi nada. No hay ningún estudio que confirme eso, pero tampoco que lo niegue. – Analizó en voz alta, inmersa en su mente. – Podría ser posible… Pero normalmente carecen de cierta sustancia para poder concebir… - susurró, alzando la vista para toparse con la mirada comprensiva de ella. – Pero pueden pasar muchas cosas allá afuera, Elsa. Puede que esa persona ya existe y ni siquiera ella o él mismo conozca de su condición.

No supo por qué, o si ella ya había entendido su situación con esa simple pregunta, pero esas palabras la llenaron de un consuelo que no sabía estaba buscando. Suspiró profundamente, por fin aceptando lo que le había tocado.

- Será mejor que hables con esa persona. Tanto él como tu tienen derecho de saber de tu condición, y a partir de ahí, sabrás que hacer más adelante. – se levantó de su asiento, rodeando el escritorio y posando su mano en su hombro dando un suave apretón. – No pierdas la esperanza, Elsa. Sé que todo saldrá bien al final; solo es cuestión de tener fe y aclarar las cosas.

Asintió sutilmente, con una pequeña sonrisa en los labios y una sensación cálida en el pecho. Agradeció su tiempo y palabras, asegurando que tomaría los medicamentos y que iría con un ginecólogo de regreso a casa.

El camino a la mansión ahora fue distinto; más cálido, más claro, más ligero… como si la nube oscura que estaba bloqueando su vista de pronto fue alejada por una ventisca dando paso al sol nuevamente. Ahora acarició su vientre, con la intención de sentirlo aun sabiendo que era demasiado temprano para eso, con la emoción que una madre siente a la espera de su bebé.

Iba a ser madre…

Una sonrisa amorosa iluminó su rostro mientras las lágrimas de felicidad se deslizaban por su mejilla, ahora no creyendo que tendría que esperar 9 largos meses para poder conocer a su bebé; para poder apreciar su belleza y poder cuidarlo y amarlo con todo su ser.


Habían pasado dos días desde eso; dos días en los que Elsa había intentado decirles a sus padres de su condición, pero acobardándose en el último segundo. No sabía qué esperar de ellos, no sabía cuáles podrían ser sus reacciones y eso la aterraba y angustiaba enormemente. Sabía que se alegrarían de ser abuelos, aunque al comienzo quizá estarían enojados de haberlo tenido fuera del matrimonio, pero eso no era lo que la estaba carcomiendo. No, era algo mucho más que eso; no sabía cómo reaccionarían cuando supieran de quién era el bebé que estaba esperando.

La cena estaba fluyendo como siempre; pequeñas pláticas donde cada quien decía lo que había hecho en el día, de pequeños comentarios donde recordaban algo; simplemente teniendo una cena familiar normal. De nuevo tuvo la intensión de decirles, pero siempre perdiendo el valor en el último momento. Estaba por excusarse para ir a dormir, pero su madre la detuvo de siquiera intentarlo.

- Cariño, espera un momento. Hay algo que tenemos que decirte. – habló Iduna, mirando a su esposo cuando finalizó la frase. Por alguna extraña razón, no le gustó ese pequeño intercambio de miradas.

- Sí… - se aclaró la garganta Agnar, limpiando sus labios con una servilleta. – Sé que sonará anticuado y a lo mejor forzado, pero… deseamos que conozcas a alguien. Es el hijo de un amigo de la familia, y él siempre ha sido bueno y educado… Además será el sucesor de la empresa cuando su padre decida dejar los negocios…

Sabía a dónde se estaba dirigiendo la conversación, sabía que le iban a pedir que hiciera y, sinceramente, no estaba dispuesta a conocer a nadie más cuando ya tenía a alguien en mente, y añadiendo a la lista; esperando un bebé de esa persona.

Suspiró profundamente, preparándose para la bomba que estaba a punto de soltar en ese mismo momento; rogando silenciosamente a los dioses que estuvieran de su lado.

- Estoy embarazada. -soltó en voz alta; sin advertencia, sin despegar su mirada de la de sus padres, sin hacer un solo movimiento.

El aire alrededor se hizo pesado, le costaba respirar; era como si alguien estuviera agarrándola del cuello e impidiendo que entrara el vital oxígeno a sus pulmones. Su padre fue el primero en reaccionar, parándose de pronto sin importarle que la silla cayera al suelo por su repentina acción.

- ¿¡QUE ESTÁS QUÉ?! – exclamó, mirándola con los ojos abiertos y manos temblorosas.

- Dije… que estoy embarazada. – confirmó, parándose más erguida como si tratara de defenderse con eso.

- ¿Cuánto tiempo? – preguntó Agnar, sin moverse de su lugar.

- Tres semanas. – habló, llevando su mano a su vientre.

- ¿Y quién es el padre? – Ahora fue Iduna quien habló, con lágrimas en los ojos. Elsa dudó un momento en responder, pero su padre le ganó.

- ¡Es ese sujeto de la empresa, ¿no es así?! ¡Del que estábamos hablando cuando recién llegamos! – Insistió, tratando de saber, pero sin dejarle hablar en absoluto.

No pudo hablar, simplemente escuchó a su padre gritarle a Kai que preparara todo para salir a primera hora de la mañana. Elsa no pudo más que suspirar, sabía que eso iba a pasar, pero eso no lo hacía más fácil para ella.

Se sorprendió de encontrar a su madre aún a su lado, las lágrimas ahora recorrían sus mejillas con una sonrisa de adoración en su rostro. El asombro que sintió cuando su madre la rodeó con sus brazos fue indescriptible, pero después de unos segundos correspondió el abrazo percatándose que ella también estaba llorando.

- Estás embarazada… - susurró su madre, llevando sus manos a su vientre plano y acariciando delicadamente. – Seré abuela…

Las dos soltaron pequeñas risas, maravilladas por la situación, emocionadas por lo que estaba por venir, y nerviosa por lo que podría hacer su padre. Su madre limpió sus lágrimas con su pulgar, acariciando su mejilla con ternura.

- Todo estará bien, cariño. Todo saldrá bien. Siempre estaré de tu lado, recuérdalo. – susurró, juntando sus frentes. – No te preocupes por tu padre, solo está nervioso de que robaran a su niña bajo sus narices. – volvieron a reír por la pequeña broma, ahora algo más tranquilas sabiendo que todo iba a salir bien. – Ve, prepara tus cosas. Regresamos mañana en la mañana.


El viaje de regreso fue más cansado que la primera vez. ¿La razón? su padre no dejaba de fastidiarla con saber quién era la persona que había "robado" a su bebé. Iduna tuvo que intervenir antes de que le diera una migraña terrible, diciéndole que se esperara hasta llegar y que, una vez allá, podría interrogar al susodicho todo lo que quisiera.

No le gustó mucho es comentario.

Llegaron en la tarde del día siguiente, exhausta y con un ligero malestar en el estómago y cabeza. Sus padres se hospedaron en un hotel, ya que su departamento era demasiado pequeño para que los tres vivieran juntos; aparte de que quería su espacio para no volverse loca con las constantes preguntas de su padre.

La mañana llegó, pero no fue un amanecer divino para ella. Despertó con los vómitos matutinos normales, cosa que no había pasado desde que comenzó a tomar un té que había encontrado en internet para prevenir las náuseas matutinas. Esa tarde tendría que salir para comprar más y evitar eso en el futuro.

Lo siguiente fue que, al salir y ver a Olaf esperándola con su característico abrazo y alegre actitud, su padre ya estaba esperándola dentro del auto; listo y arreglado para integrarse en el negocio familiar. Su estómago de nuevo amenazó con devolver lo que ya no poseía con solo verlo ahí.

El silencio era incómodo, hasta Olaf pareció darse cuenta porque no artículo una sola palabra desde que subió al auto. Al llegar a la empresa, Olaf rápidamente bajó y les abrió la puerta, diciéndoles que estaría a su disposición en cualquier momento.

Agnar entró a la empresa con la frente en alto y destilando confianza y autoridad en cada paso que daba, mientras Elsa iba detrás de él con su andar normal. La recepcionista, una chica pelirroja de nombre Ariel, se encontraba mirando su escritorio al parecer buscando algo. Su padre se acercó a ella, aclarando la garganta cuando pasaron veinte segundos enteros y ella no dejaba de hacer lo que estaba haciendo.

- ¡Disculpe, disculpe! – habló, encontrando por fin lo que sea que había perdido en el suelo. – Ahora sí, ¿en qué puedo…? - pero eso fue todo lo que dijo antes de palidecer al ver a Agnar con expresión severa en su rostro.

- ¿Así es como atiendes a las personas? ¡Haciéndolas esperar mientras tu pierdes el tiempo buscando algo en ese chiquero que llamas escritorio! – la regañó, con el ceño fruncido y claramente molesto.

La pobre chica comenzó a tartamudear, disculpándose hasta por los codos de la apariencia de su escritorio y por haberlo hecho esperar. Su padre no la dejó continuar, silenciándola con un movimiento de su mano para después mirarla con severidad.

- Que sea la última vez. Es una advertencia. – finalizó para después continuar su camino al elevador.

Elsa simplemente lo siguió, no sintiéndose con energía para decirle algo a su padre. Simplemente quería llegar a su escritorio y alejarse un poco de tanto escándalo. Cuando llegaron al piso de Anna, Elsa no pudo evitar buscar por todos lados a la pelirroja, pero no la encontró en ningún lado. A lo mejor era demasiado temprano y ella apenas iba a llegar, conociendo su habitual impuntualidad.

Al igual que había hecho con Ariel, Agnar comenzó a regañar a todo lo que veía impropio en el lugar. Elsa siguió su camino, llegando a la puerta de su escritorio donde vio a Bella comiendo un panecillo con una taza de café en mano.

- Termina eso rápido antes de que mi padre te encuentre. – le advirtió, antes de entrar a su oficina.

Una vez dentro, fue directo a su silla dejándose caer pesadamente en ella. No había pasado ni siquiera una hora y ya quería irse. Jamás, en el corto tiempo que llevaba siendo la CEO de la empresa, había sentido la desesperada necesidad de querer salir huyendo de ahí; siempre había tenido ese sensación de llegar y hacer lo que sabía era buena haciendo. Pero su momento de paz fue fugaz cuando su padre entró de pronto a su oficina con el ceño fruncido.

- No puedo creer que dejes que se comporten de ese modo, Elsa. Todos estaban haciendo escándalo y algunos tenían su escritorio como si fuera un nido de ratas. – comentó, sentándose frente de ella.

- Los chicos ponen un poco de música para relajarse y hacer más amenas las horas, nunca lo usan en un volumen que sea molesto. Y sobre los escritorios… Hablaré con ellos, han tenido mucho trabajo en mi ausencia y eso pudo ser el problema.

Su padre solo bufó, pero no comentó nada más. Elsa se recargó en el respaldo de su silla, cerrando los ojos buscando un poco de paz, de nuevo.

- Y bien, ¿quién es ese sujeto? – cuestionó, cruzándose de brazos. Elsa suspiró pesado.

- No ha llegado aún. No tardará demasiado, normalmente es muy puntual. – mintió, sabiendo de las veces que Anna llegaba tarde y Eugene la salvaba de los retardos.

- Eso espero. – dijo, levantándose y acomodando su ropa. – Saldré por un momento. Hay asuntos que debo de resolver mientras estoy aquí y quiero tenerlo todo listo para cuando sea momento de conocerlo.

Besó a Elsa en la mejilla y salió deprisa de su oficina. Suspiró pesado de nuevo, pegando su frente al escritorio. ¿Tendría que soportar eso hasta que su padre conociera a Anna? Y esa era otra cuestión que apenas se estaba preguntando, ¿Anna le creerá que está embarazada? ¿Y si después de decirle, no quiere saber nada de ella?

- ¿Elsa? – La suave voz de Bella la trajo de vuelta de su mente. Elsa le dio acceso a entrar, alzando su vista notando una Tablet en su mano. – Disculpa, ¿quieres que venga después?

- No, no. Ahora es mejor que nunca. – habló, enderezándose de nuevo.

- Solo vine para decirte lo que tienes pendiente hoy. Unos socios han estado insistiendo en querer reunirse contigo desde hace días, estarán aquí en media hora. Después tienes que leer y firmar documentos que se han acumulado… - continúo hablando Bella, pero Elsa ya no escuchó más allá de la junta.

'Perfecto. Escuchar a esos malditos egocéntricos hablar y hablar sin parar.'

- Bella, ¿Podrías decirle a la señorita Sommer que venga a mi oficina a la hora del break? Es urgente. – La interrumpió, deseando dejar eso en claro de una vez.

- Por supuesto, ¿algo más? – preguntó, escribiendo apresuradamente en su Tablet.

- Si, ¿podrías conseguirme un té de menta, por favor? No me siento muy bien.

- ¿No quieres algo más? ¿Pastilla, que llame al doctor… algo? – continuó, ahora preocupada.

- No, gracias. El té será suficiente. – respondió, con una pequeña sonrisa esperando que fuera suficiente para convencerla.

Después de eso salió y regresó a los pocos minutos con lo que le había pedido. Le agradeció por el té, sintiéndose mejor después de darle unos cuantos sorbos. Ocupó el tiempo que le quedaba para enfocarse en su inminente reunión, juntando toda su concentración en lo que venía por ella.

- ¿Elsa? Los socios están esperando. – La voz de Bella se escuchó a través del teléfono.

- Hazlos pasar. – Respondió, parándose erguida y arreglando su ropa para la batalla.

Los hombres pasaron, vistiendo trajes formales con sus maletines a mano, mirándola de pies a cabeza. La junta empezó tan pronto ellos tomaron asiento, deseando que esos sujetos se fueran de una vez por todas. No escuchaba completamente lo que estaban diciendo, solamente pequeños fragmentos aquí y allá; lo suficiente para saber qué era lo que querían. Habían pasado un par de horas cuando, de pronto, unos toques se escucharon.

- Pase. - Respondió, sin darse cuenta de que su voz sonaba más seria de lo que imaginó.

La puerta de su oficina se abrió dando paso a la pelirroja que estaba deseando ver. Se podía ver su nerviosismo en la forma en la que se movía constantemente, el cómo trataba de mirar alrededor sin verla a ella o a los hombres directamente.

- Eso sería todo por el momento, caballeros. Pueden retirarse. – los despidió, sin siquiera darles una mirada cuando se levantaron y salieron prácticamente corriendo de ahí.

Anna entró a su oficina, mirando todo menos a ella. Su ropa estaba desaliñada, dándole un toque medio rebelde, pero al mismo tiempo encantador. No pudo evitar el suspiro que escapó de sus labios, preparándose mentalmente para lo que estaba por venir. Levantó la vista, diciéndole que tomara asiento, escuchando en su propia voz el miedo y la duda de lo que estaba por revelar.

Anna tomó asiento, pero aún podía ver claramente que estaba nerviosa y tensa por lo que sea que tenía que decirle. En su mirada podía ver que deseaba decir algo, pero sin decir una sola palabra en voz alta. En su lugar, prefirió preguntarle cuando había llegado, a lo que Elsa respondió de inmediato. De nuevo ese silencio, pesado e incómodo se plantó entre ambas.

'Es ahora o nunca. Esta es la prueba de fuego.'

- Hay algo que tengo que decirte, Anna. – habló, sintiendo un peso enorme alojarse en su estómago cuando salieron las palabras de su boca.

Al parecer, Anna se encontraba en el mismo estado que ella; ya que la vio suspirar profundamente y cuadrar sus hombros, como si estuviera lista para recibir una mala noticia ahí mismo. Elsa igual respiró profundo, esperando, rogando que todo saliera bien ese día.

- Estoy embarazada… - susurró; con miedo, con toda la inseguridad que su persona poseía, esperando a lo peor.

El rostro de Anna fue un poema en ese momento, pasando tantas emociones al mismo tiempo que fue casi hilarante de ver si no fuera por lo tenso de la situación y la desesperación por saber su respuesta.

Primero, fue sorpresa: no creyendo lo que le estaba diciendo, como si fuera una broma de mal gusto y en cualquier momento le diría "¡Caíste!". Como si le estuviera diciendo que los cerdos podían volar.

Segundo, fue confusión: era como si el rompecabezas más complicado de la existencia estuviera frente suyo; su ceño estaba fruncido y parecía que quería atravesarla con su mirada de lo intensa que se le quedaba viendo.

Tercero, fue shock: cuando, por fin, pareció darse cuenta de a qué se refería y entendiendo que era ella la responsable de que estuvieran teniendo esa conversación. Su rostro se encontraba tan pálido que parecía ser un fantasma más que un humano.

Cuarto, fue maravilla: como si supiera de su propia condición y encontrara difícil de creer que eso le estuviera pasando precisamente a ella, a Anna. Como si hubiera estado deseando algo por mucho tiempo y por fin lo estuviera consiguiendo, a pesar de creer que nunca le sucedería.

Y terminando con conmoción: no pudo soportar tantas cosas al mismo tiempo que repentinamente se puso de pie, comenzó a caminar de un lado a otro hablando tan rápido que no se le entendió nada para después, terminar desmayándose en el suelo de su oficina.

Elsa se asustó horriblemente al verla caer al suelo, llamando en voz alta a Bella para que entrara a ayudarla. Entre ambas mujeres, lograron llevarla hasta donde se encontraba el sillón de cuero en su oficina, sintiéndose un poco tranquila cuando Bella le aseguró que solo estaba inconsciente. Elsa suspiró aliviada de que la pelirroja se encontrara bien.

Al menos, la reacción no había sido tan mala como imaginó que sería.