Disclaimer: Yakusoku no Neverland/The Promised Neverland; los personajes no me pertenecen, créditos a Shirai-sensei y Posuka-sensei. Posible y demasiado OoC [Fuera de personaje]. AU [Universo alterno]. Situaciones exageradas. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.
Nota de autora: ¡Capítulo final! Advierto que es muy largo, ¿ok? Bueno, espero que no sea tan desesperante como lo siento yo...
Doncella sagrada
X: Corazón
—... No me iré de aquí.
Su afirmación, que viene acompañada de una de esas sonrisas dulces y empalagosas tan suyas, deja todavía más anonadado al joven príncipe. Sung-Joo no puede creer lo que escucha, y se pregunta con total seriedad si es que Música no habría sido envenenada o hipnotizada, pero tales cosas serían imposibles por ciertas razones, por supuesto. Así que en serio es un lío que no logra desenredar.
Y está perdiendo la paciencia a un ritmo alarmante.
Su mano deja de apretarse contra el pomo de la puerta, y camina hasta donde está la niña en pijama, aún de pie en medio de esa bonita habitación-prisión. Se inclina para quedar cara a cara, lanzándole una mirada amenazante.
—¿Qué demonios estás diciendo, Música? —Inquiere, molesto como pocas veces se ha mostrado frente a ella—. No estoy de humor para bromas.
—No es una broma —asegura, con la sonrisa intacta, inmutable ante la expresión sombría de su compañero. Incluso se atreve a levantar las manos y sujetar el rostro ajeno, logrando desconcertarlo más—. Me quedaré aquí, Sung-Joo. No me voy a ir, no voy a escapar.
Él siente una vena resaltar en su frente, y agarra las manos que lo sujetan. No puede contagiarse de la actitud despreocupada de la muchacha, pero el sólo verla le irrita cada vez más.
—Música, dame una buena razón para no darte un golpe en la cabeza sólo para asegurarme de que todavía funcionas.
—Oh, vamos —se ríe, se ríe la maldita. Sung-Joo se lamenta el intentar ayudar a semejante mujer—. Estoy bien aquí, te lo aseguro.
—Mentir no es tu fuerte.
—Tampoco el tuyo —contraataca con sorna, pero la expresión inocente. El pelirrojo quiere dejarlo todo allí e irse de una vez, pero ella está agarrándolo y no parece querer soltarlo—. Pero, aun así, me gustaba escuchar tus mentiras.
Con esa última frase, decide finalmente soltarlo. Sung-Joo no lo entiende del todo, pero tiene el presentimiento de que esa afirmación era para avergonzarlo, de alguna manera. Sólo que no funciona porque, adivinen qué. ¡Sí, exactamente!
¡Estaba tratando de hacer escapar a un tesoro (prisionero) de la reina más sangrienta en la historia del país! ¡Ni siquiera le daba tiempo de pensar en qué desayunar al día siguiente! Especialmente porque era muy probable que siquiera alcanzara a tener un día siguiente. Seguro y se moría esa noche, pero bueno. Sin sacrificio no hay ganancia.
Pero está empezando a dudar seriamente sobre sacrificarse por alguien como Música.
Pone una mano sobre la cabeza de cabellos desaliñados.
—Eres una malagradecida, ¿lo sabías?
Música se ríe como si le hubieran contado un chiste, aunque era una verdad, una cruda verdad. Sólo le queda sonreír ante la adversidad. Todo puede ser tomado a la ligera, si es que esa persona se encontraba cerca, al menos.
Y no le molesta del todo. Solamente que el dolor pronto se vuelve insoportable, y en serio le encantaría llorar por otras horas mientras lo abraza y le pide perdón repetidas veces, pero no hay tiempo para eso, porque nunca hay tiempo para nada. La muerte está sobre los hombros de Sung-Joo y ella había sacrificado su propia cordura para alejarlo del peligro que conllevaba estar cerca suyo. Todo sólo para que él acabara por regresar y ponerse otra guillotina cerca del cuello.
No entiende a los niños así.
Así que respira profundo, decidiendo calmarse. Agarra la mano sobre su cabeza, y entrelaza los dedos con ésta.
Él solamente la observa en silencio, con el rostro imperturbable. No es la primera vez que ocurre eso, pero tal vez sería la última, por lo que no había manera de ser tomado de una buena forma. Se trataba de una sentencia y una despedida.
—Sung-Joo, sólo pasaron dos meses —afirma de repente, observando sus manos entrelazadas—. Ni siquiera... Ni siquiera ha pasado una estación completa... pero aun así vienes aquí, queriendo sacarme, porque ya no soportas estar lejos de mí.
Él no acepta o niega algo de sus palabras, sólo se mantiene así, quieto, esperando a que acabe de hablar.
—Lo que más deseaba era que pudieras estar a salvo —admite con sinceridad, viéndolo al rostro—. Pero actué muy tarde, así que es mi culpa. Lo siento, Sung-Joo.
—Sí, es toda tu maldita culpa —asiente, de mal humor—. Pero también es mía porque fui un idiota que se dejó llevar por la lástima que sentía por ti. —Agrega de forma brusca, ya sin una sola pizca de paciencia. Pero lejos de ofender a la chica, la hace volver a reír.
—Ambos somos idiotas, eh... —declara por último, alegremente. Él no lo niega, así que es una verdad irrefutable. Como también lo es el no querer soltarle la mano nunca más—. Supongo que eso está bien...
Hay silencio por un par de segundos. El tiempo se está desvaneciendo, pronto alguien notaría al intruso, y Reglavalima podría enterarse. Ya no había manera de poder escapar a esas alturas, al menos, no si es que eran dos personas.
—Hey, Sung-Joo...
El aire a su alrededor se vuelve pesado. Música baja la cabeza, siente que no puede mirarlo a los ojos. No en ese momento, no antes de pedir la última cosa de su vida.
—Sabes cómo ayudarme —le recuerda, con pesar. El muchacho no dice nada, otra vez, sólo está esperándola—. Por favor, ayúdame.
Sung-Joo no le contesta, vuelven a dejar pasar los segundos. Después, él suelta su mano y da vuelta, dejándola perpleja. Camina hasta la salida de la habitación, agarrando de paso la lanza que había dejado descansar contra ésta, y después se detiene en el marco, antes de poder perderse de la vista de la chica.
Ella tiene un rostro desencajado en dolor, como nunca antes había puesto. Siente cuchillas clavándose en su cuerpo, por todos lados, y el miedo de perder de vista el color rojo de su compañero le aterra más que un día más en manos de su dueña. Quiere seguirlo, quiere agarrar su mano otra vez y salir corriendo de esa cárcel adornada con piedras preciosas. Quiere ir junto a él, en serio quiere hacerlo, y rogarle que no se atreva a abandonarla.
Pero eso es tan egoísta que podría vomitar. Y se da cuenta, otra vez, de que es mejor de esa manera. Que es mejor la distancia, y que él no se manche también, intentando ayudar a alguien que no merece ayuda.
Los ojos de Sung-Joo dejan de mirarla, y sale del cuarto cerrando la puerta.
Música tiembla de pies a cabeza. El frío la hace abrazarse a sí misma, y se muerde los labios. Quiere esconderse y llorar, pero no se puede mover. Así que sólo se queda allí, quieta en medio de una habitación vacía, pensando en lo miserable que es su existencia y que no hay escape alguno.
«Tal vez... estaría bien resignarme a este destino...».
Pero antes de volver a hundirse en un montón de recuerdos e ideas pesimistas, la puerta vuelve a abrirse, y entra él otra vez. Tira a un lado su arma llena de sangre, y se acerca a ella rápidamente.
La abraza con fuerza, como antes. Y es tan cálido y tan dulce y se siente tan bien que—
Música está llorando, mordiéndose los labios otra vez, para no dejar escapar más sonidos. Sung-Joo le da palmaditas en la cabeza para consolarla, de alguna forma.
—Puedes llorar fuerte. Nadie va a escucharte, Música.
Esa afirmación es suficiente para que pueda soltar un grito ahogado, y se aferre con todas sus fuerzas a la ropa de su compañero. Llora fuerte, como nunca lo ha podido hacer desde su sentencia a esas cadenas que la tienen presa junto a Reglavalima. En algún punto, sus rodillas fallan y cae al piso, junto con él, su confidente, quien no la suelta en ningún momento. Están tan cerca que puede escuchar su respiración y sus latidos, las gotas saladas golpear la alfombra, la ropa de ambos, el tic-tac del reloj más lejano, que les recuerda insistente que no se va a detener, que no tiene de favorita siquiera a una niña tan desdichada.
Ellos se quedan así hasta que sus piernas y brazos se duermen, y los ojos de uno se sequen por completo, hasta quedar su voz ronca también. Él sólo la ve acurrucarse, volviéndose más pequeña, tanto que le da miedo que desaparezca en cualquier instante, o se rompa si la toca de manera incorrecta.
Pero ella ya está rota. Y él ha descosido sus creencias sólo para intentar cuidarla.
Nada fue efectivo. Después de todo, sólo fueron un par de desastres y tragedias sin un final digno.
—Te ayudaré, Música.
—Gracias.
—Pero...
Con cuidado, la aparta lo suficiente para agarrarla del rostro con ambas manos, y conectar sus ojos con los de ella. Música se sorprende, porque esta vez él no tiene la expresión severa de siempre, porque su rostro está deformado el tristeza y miedo. Sentimientos que nunca había visto tan claramente en alguien como él, en alguien que parecía y era tan fuerte. Por lo que el único significado que podría obligarlo a acabar así, era una cosa sencilla que le lastima tanto como a ella.
Las manos de Sung-Joo son cálidas. Todo en él es cálido. Tan diferente al calor que hubiera sentido antes con cualquier otra cosa.
—Música, cuando sea el momento, por favor... sígueme sin decir nada.
Ella sabe a lo que se refiere.
(Pero tal cosa es imposible. Absolutamente imposible.)
Así que vuelve a sonreír, con dulzura, con cariño. Sujeta una de las manos en su mejilla, fingiendo dictar una sentencia positiva. Nada le podría doler más.
—Está bien, Sung-Joo.
Y después de eso, antes de que él se dé cuenta, ella ha roto una distancia impensable. No hay escapatoria de ahí en adelante.
La luz del sol golpea con fuerza sus ojos, y siente un dolor de cabeza hacerse presente con insistencia. Siente el cuerpo pesado, y siquiera es capaz de mantenerse completamente derecho al caminar. La ropa y zapatos son increíblemente incómodos, y el olor natural a su alrededor es casi insoportable. Incluso siente un pitido en los oídos, junto a otro montón de sonidos que no le dejan concentrarse del todo. Maldice en sus adentros su situación, pero no a la razón. No podría.
El arco y flecha en sus manos pronto vuelven a su posición correcta, y aunque le duela mirar fijamente al blanco más alejado del patio, no se detiene.
Eso hasta que alguien agarra su hombro, espantándolo.
—¿Qué te sucede, Sung-Joo? Un cazador siempre debe estar alerta. ¿Cómo no me escuchaste llegar? —pregunta Lewis, poniendo una cara de dramática decepción.
El pelirrojo no dice nada, sólo lo mira con los ojos entrecerrados. El dolor de cabeza se vuelve peor.
De repente, Lewis nota algo interesante en su hermanito.
—¿Por qué las ojeras? —Inquiere, curioso, acercándose a verlo mejor, notando el desastroso semblante del menor. Pero se siente totalmente confundido, puesto que no era fácil conseguir que alguien como Sung-Joo acabara de esa manera—. ¿Estuviste despierto tres días enteros o qué?
Sung-Joo no le contesta, simplemente le da la espalda y regresa su atención al tiro.
Lewis hace un puchero ante esa desvergonzada manera de ignorarlo. Pero antes de empezar a tomar represalias por mano propia, piensa mejor en cuál sería la razón por la que alguien casi tan fuerte como él pudiese acabar tan demacrado en tan poco tiempo.
Y la respuesta es más que clara.
Sin embargo, el sonido de la flecha disparándose y clavando directo en el centro del círculo más pequeño, detiene cualquier intento de burla. Sung-Joo no está de humor, tampoco tenía la concentración necesaria, pero seguía siendo excelente con las armas.
En este punto, todo era claro. A Lewis sólo le queda arreglarse el sombrero, dar unas palmaditas de orgullo en el hombro de su hermanito menor, y retirarse en silencio.
Todo mientras Sung-Joo piensa que debería tomar una siesta antes de caer desmayado en medio de los entrenamientos.
Un montón de objetos vuelan por toda la habitación, rompiéndose en pedazos. Los gritos de las pobres sirvientas se escuchan diminutos ante los de su ama, quien histérica, tira cualquier cosa a su alcance mientras sus palabras de maldiciones van hacia una persona que no conoce, y otra que creía que le pertenecía. Todo el rato sus manos sangran y sangran, y manchan su cabello y vestido, también su alrededor. Todo es un total desastre.
Se detiene un segundo, viendo al montón de chicas esperando sus órdenes, todas con rostros llenos de miedo. En otro momento, se sentiría orgullosa de la imagen, pero la furia no le deja detenerse allí.
—¡Alguien deme la respuesta! —Ruge, histérica. Sus sofisticado peinado hecho un desastre, y su rostro pintado con gotas de sangre, de su propia sangre, le dan una imagen de lo más horrible. Sus ojos, enloquecidos, escanean a las pobres muchachas inocentes, buscando un culpable que no está allí—. ¡Por qué demonios la sangre de la niña no está funcionando en mí!
Ninguna habla. Reglavalima agarra un perfume y lo tira contra una pared, muy cerca de una de las chicas.
—¡Llamen al sacerdote! ¡Quiero respuestas!
Todas ellas pronto salen de allí, aterradas, en busca de ese anciano. El castillo entero pronto se llena de voces, de desesperación, y no hay un solo guardia o sirvienta que no tema por su vida y desee salir de allí.
Tanto es el escándalo, que llega a oídos de personas al otro extremo del enorme palacio. Incluso a quienes no debían de escucharlo.
—Así que es cierto —asiente el hombre de largos cabellos blancos, terminando de oír a uno de sus subordinados informar de la noticia de la reina, y los rumores de la doncella de la sangre maldita. Una sonrisa aliviada adorna su rostro, y observa por la ventana el sol empezando a ocultarse—. Entonces Sung-Joo ya se hizo cargo por sí mismo. Como se esperaba de él.
Varias horas más tarde, el sacerdote principal de la iglesia, llega a los aposentos de su reina. Y la imagen que tiene enfrente de la siempre digna monarca le hace recordar el interior de la misma, que no es más que un tumulto de horrores hundiéndose en su propia miseria.
—¡Explíqueme! —Exige la mujer, sujetando las ropas blancas e impolutas del viejo hombre, mancillándolas con su putrefacto rojo—. ¡Explíqueme por qué demonios no funciona la sangre de la chica! ¡Por qué ya no me da fuerzas! ¡Dígame, o morirá! ¡Ambos lo harán!
—Reina, será mejor que se calme —pide amablemente el anciano—. Y me déjeme decirle que, en realidad, no hay nada malo aquí. Porque seguramente usted ya sabe la razón por la que la sangre sagrada ya no es útil.
Al acabar de oírlo, los ojos de Reglavalima se abren como platos, y lentamente suelta la ropa del sacerdote. Con la cara pálida, se aleja un par de pasos, tambaleándose. No puede creerlo, no puede creer tal cosa.
Y después de asimilarlo, su rostro se vuelve tan rojo. La furia la inunda. No puede pensar más. La sangre en sus manos vuelve a derramarse sin parar.
—¡¿Quién fue el maldito que se atrevió a hacerle esto a su reina?!
Los gritos vuelven a inundar el ala principal del castillo.
Y más allá, apartado del desastre, en cuanto ya no hay sol ni luna en el cielo, Música sonríe bajo el cielo nocturno. La libertad en sus ojos brilla más que cualquier estrella, pero la sangre en sus labios deja claro su desdichada posición. Una donde su cuerpo todavía se encuentra tras la muralla espinosa que nunca podrá saltar, mientras en su mano descansa un pañuelo con el bordado de una rosa, toda cubierta de sangre.
Y en su pecho falta su corazón.
Pero eso está bien, porque quien se lo ha llevado, no podría ser nadie más que quien lo mantuvo latiendo.
Así que por eso no puede dejar de sonreír, mientras los ecos de un último momento en vida resuenan por los alrededores de un jardín mágico.
«Muchas gracias por amarme, Sung-Joo».
Ahora es libre. La muerte siempre es la mejor libertad.
¿fin?
N/A: Me gustaría poner una súper larga explicación de cómo es que el ADN de una mujer toma ligeros cambios cuando se cruza con el de un hombre, sólo para aclarar el por qué usé esa temática, pero sinceramente no tengo tantas ganas¿
Bueno, hasta aquí. Ya nada más queda el epílogo y acabo con esta lloradera. ¡Se siente increíble! ‹3
—Milo.
