֍ CAPITULO 9 – ROY֍

Pasar la noche con dos mujeres tensas y muy nerviosas acabó siendo muy interesante y algo divertido de ver.

Winry mantenía una calma antinatural, algo que de por sí era desconcertante, pero Elizabeth fue la mayor sorpresa. Me había acostumbrado a su actitud callada; sin embargo, esa noche no dejaba de parlotear, sin parar.

Le explicó a Winry los planes que tenía para el salón y para "nuestro dormitorio", le hizo interminables preguntas acerca de la historia del yoga y preguntas generales acerca de todos los miembros de su familia y del personal que trabajaba para ellos. Después siguió con cualquier tema que se le pasara por la cabeza. Habló hasta por los codos. Además, no se sentó en ningún momento, se movía de un lado para el otro, gesticulando para enfatizar sus ideas. Cambió de sitio y recolocó todos los objetos de la estancia en al menos dos ocasiones. No dejaba de darle palmaditas a la Winry en el hombro para asegurarse de que estaba bien, y me cambió la compresa fría que tenía en el cuello cada veinte minutos aproximadamente. No creo que las compresas llegaran a la temperatura ambiente en ningún momento. Mientras la tenía a mi espalda, parloteando, tuve que admitir que me gustaba bastante la forma en la que sus dedos me masajeaban la nuca o cómo me apoyaba la cabeza en su abdomen mientras me acariciaba el cabello. Esas caricias me relajaron tanto que el dolor de cabeza empezó a remitir pronto pese a la plática.

De todas formas, su comportamiento me resultaba desconcertante. Incluso Winry me miró con una ceja enarcada en más de una ocasión. Tras asegurarme de que Elizabeth no podía oírnos, me encogí de hombros y le di la única excusa que tenía sentido para mí.

- A ella tampoco le gustan las tormentas.

Mi explicación pareció satisfacer su curiosidad.

A eso de las diez, la tormenta amainó un poco y los truenos se espaciaron bastante, sonando ya a distancia, aunque la lluvia seguía golpeando implacable contra los cristales.

Winry se puso de pie. – Voy a ponerme los audífonos, a subir el volumen de la música y a cubrirme los ojos con un antifaz. A lo mejor consigo quedarme dormida antes de que la tormenta arrecie de nuevo.

Elizabeth se levantó para llegar hasta nuestra visitante y tomarla por los hombros.

- ¿Segura que vas a estar bien? Puedo dormir en el diván para que no te sientas sola.

La otra rubia negó con la cabeza y la besó en la mejilla.

- Estaré bien, saber que están al otro lado del pasillo me calmará. No puedo estar sola, nada más es eso. Normalmente, me quedo con mis suegros si Ed no está. Alphonse y Mei tienen las manos llenas con sus hijos así que detesto ponerles una carga más. Han sido mi salvación esta noche. – Se inclinó y repitió el beso de la mejilla ahora conmigo. – Gracias, Roy. Sé que ya estás harto de verme en el trabajo, en serio estoy muy agradecida de que me permitas pasar la noche aquí.

- No hay problema.

- Si me necesitas, solo tienes que venir a buscarme. – Se ofreció mi esposa.

- Intentaré no hacerlo.

Subió la escalera, dejándome a solas con Elizabeth. Analicé su lenguaje corporal. Decir que estaba tensa era quedar muy pero muy corto. Si se tensaba un poco más, sería su turno para pasar la noche con una migraña monumental.

- Oye… - Se sobresaltó y me miró con los ojos desorbitados. - ¿Qué sucede?

- Nada, ¿Por qué lo preguntas?

Resoplé

- No has parado en toda la noche.

Siguió revoloteando por la habitación, ordenando unos documentos que ya estaban más que ordenados, apilando los periódicos que yo intentaba leer y recogiendo los vasos para llevarlos a la cocina.

- No entiendo de que me estás hablando, ¿Tienes hambre?

- No.

- Puedo prepararte un sándwich o cualquier otra cosa que se te antoje.

- No.

- ¿Quieres café? He comprado descafeinado, ¿O mejor una tostada o algo así? No has comido casi nada en la cena.

- Elizabeth. – Le advertí, con un deje impaciente en la voz.

Dejó los vasos que tenía en las manos y sin voltear a mí se despidió.

- Estoy cansada, me voy a la cama.

Salió corriendo escalera arriba, dejándome más confundido si cabía la posibilidad. La seguí poco tiempo después, aunque dejé un par de luces encendidas por si Winry necesitaba levantarse y moverse por el piso. Lo único que me faltaba era tener que llamar a Edward para decirle que su flamante mujer se había caído por la escalera de noche y que había tenido que llevarla al hospital, a Van Hohenheim y Trisha tampoco les haría mucha gracia.

La lluvia estaba arreciando y la tormenta cogía fuerza de nuevo. Me pregunté si alguno de los tres conseguiría dormir durante esa peculiar noche.

Una vez arriba, entré en mi dormitorio y cerré la puerta tras de mí. El bultito que vi debajo de la ropa de cama me recordó que no dormiría solo esa noche. La rubia estaba acurrucada bajo el edredón, pegada al borde del colchón todo lo que le era posible sin caerse al suelo. De repente, entendí su extraño comportamiento. Íbamos a compartir la cama esa noche y estaba nerviosa. Una extraña sensación, ternura quizás, me abrumó.

Mientras la observaba esa noche, me había dado cuenta del alma tan bondadosa que debía de tener. Había perdido a sus padres, había sobrevivido a lo que no me cabía la menor duda de que fue una época espantosa después de su muerte, aunque no me había contado muchos detalles. Nunca hablaba del tiempo durante el cual vivió en las calles, momentos que debieron ser realmente espantosos para ella. Me soportaba, cuidaba de Grumman y no dudaba a la hora de ayudar a un amigo, aunque tuviera que alterar toda su vida para hacerlo… Y todo lo hacía con una sonrisa cálida. Simplemente esa pequeña mujer era increíble.

Encontré unos pantalones para hacer ejercicio que me quedaban algo flojos y una camiseta vieja. Personalmente prefería dormir solo con un par de bóxer, pero no quería incomodar todavía más a Elizabeth. Después de cambiarme, me metí entre las sabanas a su lado y esperé que me dijera algo, cualquier cosa. En lugar de eso fui recibido solo por el silencio.

Me incorporé sobre un codo y miré por encima de su hombro al tiempo que le apartaba el cabello que se esparcía sobre su rostro. No habló, ni siquiera se movió y mantuvo los ojos cerrados con fuerza. Sin embargo, su pecho se agitaba demasiado deprisa para una persona dormida, me incliné sobre ella y le susurré al oído.

- Estas fingiendo, lo sé.

Se estremeció y ocultó la cara en la almohada todavía más. Le besé el hombro desnudo y se lo cubrí con el cobertor.

- Tranquila, Elizabeth. Me comportaré como un perfecto caballero.

Rodé hasta el otro lado de la cama, apagué la luz y me quedé tumbado, oyendo sus jadeos, cortos y claramente nerviosos. Debería haberme sentido raro por tenerla en mi cama, pero la verdad, por algún motivo, no me resultaba extraño o desagradable. Sentía su calidez y captaba su dulce perfume.

Eso sí, parecía que a la cama le pasaba algo. Tardé un momento en darme cuenta del motivo. Había una leve vibración constante, lo justo para que el colchón se moviera. Volví la cabeza y miré el bultito acurrucado cual bebé que formaba mi esposa. Estaba temblando.

¿Me tenía tanto miedo?

Me tumbé de costado y la rodeé con un brazo, pegándola a mi cuerpo. En respuesta ella soltó un chillido sorprendida y se tensó. No paraba de temblar y tenía las manos heladas cuando me aferró el brazo.

- Elizabeth, ya tranquilízate. – Le susurré. – No voy a hacerte nada.

-No, no es eso. Bueno, no es solo eso.

- ¿Es por la tormenta?

- Es… Es el viento. – Confesó. – Detesto ese aullido.

La pegué todavía más a mi cuerpo y sentí que un escalofrío le atravesó el cuerpo entero.

- ¿Por qué?

- La noche que murieron mis padres hubo una tormenta, muy parecida a la de hoy. Muy fuerte, el viento zarandeaba el auto como si fuera una pluma. Mi padre perdió el control y el vehículo se volcó.

El corazón empezó a latirme deprisa.

- ¿Estabas con tus padres aquella noche?

- Iba en el asiento trasero. Cuando pasó, las ventanillas reventaron y el viento sonaba muy fuerte, yo tenía mucho miedo. Perdí la conciencia a ratos, pero tenía mucho frío y oía el viento aullando… No paraba por más que pedía al cielo aquel sonido infernal continuaba. – Prosiguió en voz más baja. – Sabía que estaban muertos y yo me encontraba sola y atrapada.

Se me formó un nudo en la garganta al percatarme del dolor en su voz. Nunca me lo había contado hasta ese momento.

- ¿Estabas herida?

En silencio, me tomó la mano y se la llevó hasta su muslo. Bajo la fina tela de su camisón, sentí la larga e irregular cicatriz que le recorría la cara externa del muslo.

- Acabé con una conmoción cerebral y la pierna aplastada cuando el auto quedo boca arriba. Necesité dos operaciones, pero sobreviví. – Carraspeó. – Por eso en ocasiones tropiezo o pierdo el equilibrio. La pierna a veces me falla.

Recordé todas las veces que me había burlado de ella, que había puesto los ojos en blanco mientras la veía levantarse con mucho trabajo. La vergüenza, furiosa y lacerante, hizo que la abrazara con más ahínco y le enterrase la cara en el cuello.

- Lo siento, cariño.

- No es culpa tuya.

- No, siento que hayas tenido que pasar por todo eso. Pero, no me disculpaba por ese motivo.

- Ah. – Profirió ella, que entendió el motivo de mi disculpa. - En fin, no lo sabías.

- Pero tampoco me molesté en preguntar, ¿O sí?

- Supongo que no, de todas formas, sería raro que de la nada lo hubieras hecho.

Las palabras que salieron de mi boca a continuación me tomaron por sorpresa.

- Te pido que me perdones.

- Ya lo he hecho.

La insté a ponerse boca arriba y desde mi ángulo superior la miré a la cara en medio de la oscuridad. Los relámpagos iluminaban su rostro, blanco como el papel y las lágrimas que brillaban en sus ojos.

- Perdóname por todo, Elizabeth.

- Ya lo he hecho.

- ¿Cómo? – Le susurré. - ¿Cómo es posible que puedas perdonar con tanta facilidad? ¿Cómo soportas siquiera estar conmigo? ¿Estar a mi lado así?

- Porque te estás esforzando.

- ¿Tan sencillo es para ti? ¿Me esfuerzo un poquito y tú me perdonas por ser un imbécil en todo el sentido de la palabra?

- Tenía que perdonarte para poder hacer esto contigo.

- Para asegurarte de que Grumman recibiera los cuidados que necesitaba.

Con gesto titubeante, levantó una mano, me la colocó en el rostro y me acarició la mejilla con los dedos.

- Era solo uno de los dos motivos que me impulsaron.

- ¿Y cuál era el otro?

- Vi algo… El día que me hablaste de la reunión con Van Hohenheim, conocí otra faceta de ti, creía que…

- ¿Qué creíste? – Pregunté al ver que dejaba la frase en el aire.

- Creí que si te ayudaba a alejarte del ponzoñoso ambiente de The Seven Deadly Sins, a lo mejor podrías encontrar al verdadero Roy.

- ¿Al verdadero Roy?

- Creo… Creo que eres más de lo que permites que la gente vea. Más de lo que te permites a ti mismo. Con el paso del tiempo, veo cómo el verdadero Roy va saliendo a la luz.

Me incliné hacia ella para disfrutar de la caricia que sentía la necesidad de darle mientras asimilaba sus palabras. Enrosqué un mechón de sus rubias hebras en mis dedos y me deleité con su tacto sedoso.

- ¿Cómo es mi verdadero yo? – Pregunté en un susurro casi inaudible, en tono suplicante. Quería conocer sus sentimientos… Lo que en verdad pensaba de mí.

- Fuerte, cariñoso, realmente competente, talentoso sin comparación. – Hizo una pausa y suspiró. - Y sobre todo amable.

- Ves cosas que no existen.

- No, sí que existen, es solo que todavía no estás preparado para verlas. Ya las verás. - Me aseguró.

La miré fijamente, maravillado. Decir que ella era bondadosa era nada para describir su alma, era muy corto solo definirla así. No estaba seguro de conocer una palabra que sirviera ¿Talvez angelical le sentaría mejor? Fuera lo que fuese, fuera lo que fuese ella, no me merecía su perdón ni la buena opinión que tenía de mí… Y mucho menos la merecía a ella.

Una fuerte ráfaga de viento sacudió los ventanales y la lluvia furiosa, azotó con sus gotas los cristales. Elizabeth se tensó y desvió la mirada en dirección del ruido.

Me incliné y la besé. Fue un beso tierno, apenas un roce de nuestros labios. Los suyos se estremecieron, sumisos, bajo mi postrada boca. La besé con la delicadeza con la que debería haberle hablado desde el mismísimo momento en que la conocí.

Cambié de postura y la acuné contra mi pecho.

- Duérmete, cariño estas a salvo, nada te hará daño, te lo prometo…. Yo te cuidaré.

- Nunca he dormido con alguien así, Roy.

La besé de nuevo, está vez en el cuello. Quise que comprendiera, que supiera algo de mí que me hiciera merecedor de la fe que me tenía.

- Yo tampoco, Elizabeth. Eres la primera mujer con la que pasaré toda una noche, eres la única que he tenido conmigo en esta cama.

- Ah… Ah…

Sonreí contra su piel.

- Nunca he dejado que nadie se quede aquí. Es mi santuario, solo mío. – Apreté su cuerpo cálido contra el mío. – Y ahora puede ser el tuyo también. Duerme cariño yo te cuidaré.

Cerré los ojos y me relajé contra su tibieza. Nuestros cuerpos estaban pegados desde el pecho a las caderas. Nuestras pieles buscaron y encontraron algo en el otro… Consuelo.

Susurros… Escuchaba susurros al despertarme, calentito… Casi demasiado calientito. Estaba rodeado por el calor y por algo que olía de maravilla. La almohada me hizo cosquillas en la nariz y la fruncí en un intento por contener el picor antes de acurrucarme todavía más en su suavidad. Mi almohada se echó a reír y los susurros empezaron de nuevo. Me obligué a abrir los ojos con pesadez. La luz era tenue y el cielo seguía encapotado en el exterior.

Levanté la cabeza y me topé con la mirada risueña de Winry, que estaba sentada en el suelo junto a la cama, con una taza de café entre las manos.

- Buenos días. – Me saludó, la mueca burlona en su rostro quería darme a entender algo, solo que no terminaba de comprender qué era.

- ¿Tan fuerte ha sido la tormenta que has tenido que esconderte aquí?

- Vine en busca de Riza, pero no ha podido escapar de tus garras, así que nos estamos tomando el café aquí mismo. – Rio con sorna.

Bajé la vista y me di cuenta de que tenía razón, ahora si entendía las burlas de la joven rubia. No estaba abrazado a mi almohada, me encontraba envolviendo a Elizabeth tanto como me era posible. Cada centímetro de mi cuerpo tocaba el suyo. Tenía una mano enredada en la mata rubia y la otra la pegaba a mí como un barrote de acero. Teníamos las piernas entrelazadas y se la estaba clavando en el culo de lo acoplado que estaba. Un área dura y cómoda, que parecía el paraíso para mi dolorosa erección. Le enterré la cara en el cuello y me maravillé de lo natural que se sentía despertarme así junto a ella.

- Largo Winry. – Mascullé.

Mi presa intentó apartarme el brazo

- Suéltame.

La besé en el cuello y me encantó el estremecimiento que le provoqué con tan simple acto. A diferencia de los temblores aterrados de la noche anterior, esa mañana se estremecía de placer. Le recorrí la espalda e hice que arqueara el torso y que su culo se pegara más a mí.

- Diez minutos, Winry… Dame diez minutos. – Añadí con mi voz ronca.

En realidad, me bastaría con cinco.

La aludida se levantó entre carcajadas.

- Hombres. – Resopló. – Los veo abajo, tómense el tiempo que necesiten, veré una película o algo así.

En cuanto la puerta se cerró, le di la vuelta a Elizabeth y me apoderé de su boca. La besé con brusquedad, con la necesidad de sentir sus labios contra los míos, le acaricié la lengua y recorrí el contorno de sus labios, atormentándola, aunque estaba desesperado. Me aparté jadeando.

- Me estás matando.

- Estaba dormida. – Protestó. - ¡Dormida!

- Me encanta estar así contigo. – Me froté contra su cadera. - ¡Dios Elizabeth!

Puso los ojos como platos. El atisbo de miedo que vi perforó la burbuja de lujuria en la que me estaba sumergiendo.

"¿Qué demonios estoy haciendo?" Pensé.

Me aparté de ella con el pecho jadeante, me cubrí la cara con un brazo.

- Baja, anda. Necesito una ducha, una ducha muy larga y sobre todo muy fría.

- Lo siento.

- Tranquila. – Gemí, pero la sujeté del brazo. –Espera, pensándolo mejor, no te vayas todavía. Quédate… Quédate un poco más, no quiero que Winry crea que me… Esto… Que me falta resistencia.

Abrió la boca, pero no emitió sonido alguno.

Levanté un brazo, abrí y cerré repetidamente mi mano derecha mientras con la mirada quería fulminarla.

- Te juro que empiezo a padecer el síndrome del túnel carpiano. Al final tendré que pasar por el quirófano…. Y será su culpa señora Mustang.

Ella se echó a reír. Sus hombros se sacudían mientras enterraba la cara en la almohada y las risas se convertían en carcajadas. La cama se estremeció con la fuerza de sus sacudidas.

Contuve la sonrisa que se formó en mis labios.

- No es para tomárselo a risa.

No dejó de reír y yo empecé a hacerlo. Me tumbé sobre ella adrede y dejé que mi erección le rozara el cuerpo. Enredé mi mano entre su cabello y le levanté la cabeza de la almohada, tenía las mejillas coloradas al igual que los ojos brillantes. La volví a besar, jamás pensé que esto se podría volver adictivo.

- Tenemos que hablar sobre la idea de expandir nuestros límites. Antes de que explote.

La dejé allí tendida, sin hablar, pero, estaba sonriendo… Punto bueno… No había dicho que no.

Mientras desayunábamos, Winry recibió una llamada de Edward que le dijo que no volvería hasta el domingo. Dado que las tormentas continuaban, le aseguramos que podía quedarse ese día en casa hasta que él la recogiera al día siguiente. No había alternativa. Además, lograba hacer reír a Elizabeth, y me gustaba oír el sonido de su risa, quería escucharla con más frecuencia.

Los tres fuimos a ver a Grumman acompañados por los truenos lejanos de la tormenta. Insistí en que el menú consistiera en hamburguesas de queso, se me escapo contarles que acostumbraba llevarle una al abuelo a escondidas.

Elizabeth se sorprendió al descubrir todas las visitas que yo había hecho sin que ella se enterara. En sus ojos brilló el agradecimiento mientras se ponía de puntillas para besarme, un gesto que me tomó desapercibido. Tiré de ella para estrecharla cariñosamente, aprovechándome del hecho de tener a Winry de audiencia y la besé hasta que estuvo muy avergonzada y tan roja como las cerezas que le habíamos llevado a Black Hayate ese día. Winry me miró y me guiñó un ojo mientras yo aceptaba la pesada bolsa de las hamburguesas con una enorme sonrisa.

Grumman estaba silencioso pero lúcido cuando llegamos. Se echó a reír cuando le dije que llevaba cerezas para Black Hayate. Al ave le gustaba picotearlas y yo no tenía que cortar nada, ni tenía que sobornar a Maria Ross a fin que lo hiciera por mí. La tienda de bombones donde compraba seguramente habría tenido un aumento en las ventas durante las últimas semanas, y el personal de la residencia estaba deseando que apareciera por la puerta para ver que llevaba en cada ocasión, nunca los decepcionaba.

Winry estaba casi recuperada, volvía a ser una mujer alegre y habladora. El mayor entretuvo a la joven rubia con las historias de su familia. Eso me dio la oportunidad de sentarme y observar a Elizabeth con Grumman. Estaba a su lado y le había tomado la mano. De vez en vez le acariciaba la mejilla o le pasaba la mano por la frente para apartarle algún mechón rebelde suelto mientras hablaba o se reía. Bromeaban y lo animaban a comer. También le puso una servilleta al cuello mientras lo reñía por mancharse. Grumman pellizcó su nariz a modo de respuesta.

- Deja de ser tan marimandona, Riza.

- Sí que lo es. – Murmuré. – Se pasa todo el día dándome órdenes.

- Es mi venganza. – Respondió.

- ¡Para eso están las esposas! – Exclamó Winry con una sonora carcajada.

Elizabeth y yo nos quedamos helados. No le habíamos dicho a Grumman que nos habíamos casado. Nuestras miradas se encontraron por encima de la cabeza del anciano, sin saber muy bien que podíamos hacer para salir de ese embrollo.

Grumman se enderezó en la silla y dejó de comer. Nos miró a uno y a otro.

- ¿Se casaron? – Su tono se había alzado. - ¿Se han casado sin decírmelo? ¿Riza, estás embarazada?

Ella negó moviendo la cabeza de un lado hacia el otro rápidamente mientras sacudía las manos frente a ella en un movimiento aun mas frenético.

- No abuelo, no estoy embarazada.

- Pero si están casados, son marido y mujer.

- Si.

El mayor me miró y apartó la bandeja del almuerzo.

- Me gustaría conversar con mi hija en privado.

Caminé de un lado a otro del pasillo sin dejar de mirar la puerta cerrada. Gemí al tiempo que me dejaba caer contra la pared y apoyaba la cabeza en la dura superficie.

- Roy, lo siento, lo siento muchísimo. – Se disculpó la chiquilla. – No imaginaba que Grumman no lo sabía. Ni siquiera se me ocurrió la posibilidad de que no se lo hubieran dicho.

- Por supuesto que no.

- ¿No lo sabía? ¿No es una cuestión de que lo haya olvidado?

Quise mentirle y responderle que se lo habíamos dicho. Que la culpable era la enfermedad, no nosotros. Pero me estaba cansando de tantas mentiras. Me alejé de la pared y me froté la nuca.

- Elizabeth tuvo una adolescencia muy dura. Su historia es complicada, pero debería ser ella quien te la contara. Ese hombre lo es todo para ella y solo trataba de protegerlo.

Winry asintió con la cabeza y esperó que yo continuará.

- Fui yo el instigador. Yo la perseguí, he sido yo el que ha forzado la relación desde el primer momento. Al principio, ella no quería que nos conociéramos con Grumman, hasta estar cien por ciento segura. – Me di un tirón del mechón de la frente. – Yo forcé la situación y vine a verlo sin permiso de mi esposa. Quería saber más sobre el hombre que había ayudado a Elizabeth. Yo forcé la situación. Me casé con ella a la carrera para que no cambiara de opinión. A ella le preocupaba la idea de que Grumman pensara que era todo muy precipitado, por eso decidimos no decirle nada durante un tiempo y dejar que él se acostumbrara a mi presencia.

- Y yo he metido la pata.

Me encogí de hombros.

- Deberíamos haber sido más valientes y habérselo dicho nosotros. La culpa es solo nuestra.

La puerta se abrió y salió Elizabeth.

- Roy, ¿Puedes entrar un momento?

- Mierda. – Murmuré. – Si no salgo de una pieza, cuida a Elizabeth por mí.

Winry esbozó una sonrisa compasiva y me dio unas palmaditas en el hombro.

- No seas dramático… Lo siento.

Le di un apretón en los dedos.

- Tranquila.

Entré en la habitación seguido por mi compañera de vida. Me había enfrentado a clientes furiosos en el trabajo. Había aguantado el tipo de sala de conferencia llena de rostros poco amigables que esperaban que mi presentación fuera un fracaso. Había afrontado esas situaciones sin despeinarme. Sin embargo, me descubrí sudando delante de ese anciano de gesto hosco y tomando a mi mujer de la mano, como si fuera un talismán.

Grumman me miraba fijamente.

- Te has casado con mi Riza.

- Si señor.

- Sin mi permiso.

- Si señor.

- ¿Por qué?

- Nunca lo había hecho. No sabía que debía preguntar antes.

Él agitó una mano.

- A veces eres un poco lento, ¿Verdad jovencito?

Tragué saliva.

- ¿Cómo dices?

- ¿Por qué te has casado con ella?

- Porque no podía vivir sin ella.

- ¿Y por qué no me lo dijiste en todo este tiempo?

No sabía que le habría dicho a ella, pero intuí que no debía alejarme mucho de la verdad.

Me agaché para quedar a la altura de sus ojos.

- Me casé con ella a la carrera porque no quería perderla. La necesitaba en mi vida. Nos preocupaba que no aprobases nuestra unión, pero esperaba que, si llegabas a conocerme bien, tal vez aceptaras la idea de que se casara conmigo.

- Es demasiado buena para ti.

Me eché a reír porque era cierto.

- Lo sé muy bien.

- Deberías haberme preguntado antes.

- Tienes razón, debería haberlo hecho, lo siento mucho.

- Dice que es feliz.

- Yo también lo soy. – Miré de reojo a Elizabeth, sorprendido por que era verdad. – No deja de asombrarme.

Grumman sorbió por la nariz.

- Espera y verás, todavía no has visto nada.

- Me lo imagino.

El anciano frunció los labios.

- No pienso quitarte el ojo de encima.

- Lo tendré en cuenta.

- Muy bien, me debes una tarta.

- ¿Una tarta?

La rubia se acercó y colocó una mano en mi hombro. Me percaté de que se había puesto los anillos y verlos me arrancó una sonrisa, aunque no supe el motivo exacto. Yo nunca me había quitado la alianza y Grumman nunca me había preguntado por ella. Sin pensar, le besé la mano y el gesto hizo que el anciano sonriera de oreja a oreja.

- Siempre celebramos las cosas buenas con una tarta.

- Así que, ¿Esto es bueno? ¿Yo soy algo bueno?

Grumman me dio una palmadita en una mejilla.

- Dependo de ti para que cuides a mi pequeño tesoro.

- Lo haré.

- Bueno, ¿Qué pasa con esa tarta?

Había una pastelería en la misma calle.

- Ahora mismo.

- De chocolate. – añadió el mayor.

Le di un apretón en el hombro cuando pasé a su lado.

- No hay de otra clase para celebrar, ¿O sí?

Elizabeth entró con una taza de café en la mano que acepté con gusto, agradecido. Le hice un gesto para que se sentara.

- ¿Dónde está Winry?

- Durmiendo, creo que está aprovechando ahora que ha pasado la tormenta. Por lo que noté anoche no pegó el ojo.

- Yo dormí como un bebé.

Puso los ojos en blanco.

- Como un bebé pulpo diría yo.

Sonreí.

- Yo no tengo la culpa de que seas perfecta para abrazar, además que huelas tan bien.

- Tus… Mmm… Resoplidos son más fuertes de cerca.

La miré con los ojos entrecerrados.

- Muy bonito.

Ella sonrió.

- Lo siento. – Su expresión se tornó seria. – Siento mucho lo de esta mañana.

Me rasqué la nuca.

- Supongo que era lo que tenía que pasar.

- Es muy posible que lo olvide. Tal vez incluso tengamos otra vez la misma conversación.

- Al menos podremos alegar que ya se lo hemos dicho y tal vez no se moleste tanto.

- Supongo que podría pasar.

Bebí un sorbo de café.

- ¿Qué te dijo?

- Le preocupaba que estuviera embarazada.

- No debe preocuparse por eso, nunca. – No pude evitar bromear sobre el tema. – Aunque expandamos nuestros límites.

- ¿No puedes tener niños?

- No lo sé. Nunca he intentado procrear y no tengo intención de hacerlo. Siempre uso protección y me aseguro de que mis parejas también la usen.

Elizabeth ladeó la cabeza, confundida.

- ¿No quieres tener hijos?

- Cariño, carezco de la capacidad para mantener una relación real. No tengo el menor interés en ser padre y en traer al mundo a otra persona emocionalmente atrofiada. No sería capaz de conectar con un niño, de ahí que no tenga deseos de engendrar, jamás.

- Creo que te equivocas.

- ¿Me equivoco?

- Creo que sí tienes la capacidad, pienso que podrías conectar, que podrías querer a un niño. Si quieres a la madre.

Solté una carcajada demasiado burlesca.

- Puesto que eso no va a suceder, me remito a lo que ya te he dicho.

- ¿Por qué estás tan seguro de que nunca vas a enamorarte?

Comenzaba a impacientarme.

- Ya te lo he dicho. El amor te debilita, te obliga a necesitar a los demás, a depender de ellos. No voy a permitir que eso me suceda.

- A veces suceden cosas que se escapan a nuestro control.

Agité una mano en señal de mi rotunda negación.

- No en este caso. En mi futuro no hay amor ni niños.

- Parece muy solitario.

- Tengo mi trabajo y eso me satisface, con eso me basta y me sobra.

Me observó un instante con el ceño fruncido.

- ¿Ah, sí?

- Deja de analizarme.

- No te estoy analizando, solo trato de entenderte mejor.

- Pues, no lo hagas.

- ¿Por qué?

Me incliné hacia delante y apreté los puños sobre la mesa.

- No te pago para que me entiendas. Te pago para que interpretes un papel.

- Un papel que cada día se complica más y más

- ¿De qué hablas?

- ¿No te cansas, Roy? ¿De las mentiras? Nos pasamos el día añadiendo más y más. Es como una bola de nieve que crece a medida que desciende por una ladera. – Suspiró. – Se suponía que iba a ser algo sencillo. Yo fingiría ser tu prometida, ahora la cosa ha ido a mayores y ha llegado a un punto en el que ni siquiera me reconozco. ¡Detesto mentir y le estoy mintiendo a todo el mundo! A Grumman, a la familia Elric, al personal de la residencia de ancianos… ¡Es una montaña enorme de mentiras!

- Es un medio para conseguir un fin, nadie está sufriendo con nuestras mentiras.

- ¿Ah, no? Creo que en eso te equivocas.

- ¿Qué sabes tú si la gente sufre? – Atravesé la estancia, parecía un león en una pequeña jaula. - Hohenheim no está sufriendo, tu abuelo está bien cuidado, tú vives en un sitio mejor y no tienes que trabajar, dime Elizabeth, ¿Quién sufre?

Su voz se redujo a un mero susurro.

- Yo sufro Roy, me siento culpable… Cada día más y más.

- ¿Por qué? – Su revelación me tomó por sorpresa y me oprimió.

- Porque estas personas me caen realmente bien. Me gusta Winry. Nos hemos hecho amigas, saber que le estoy mintiendo me molesta. Van Hohenheim y Trisha se han portado muy bien con nosotros. Es como si los estuviera traicionando con esta farsa. La gente de la residencia de ancianos cree que estamos casados.

- Y lo estamos. – Insistí. – No es una farsa, nuestro matrimonio es real y legal.

- Ellos creen que es genuino, creen que estamos profundamente enamorados. Mi abuelo…. Nunca tuve la intención de que se enterara de esta locura. A él menos que a nadie quería mentirle. Y eso es lo que más detesto, haber tenido que mentirle a mi única familia.

- Sabes que seguramente lo olvidará.

Elizabeth entorno los ojos dejándolos en blanco.

- Sigue siendo una mentira. Maria Ross y los demás se lo recordarán constantemente para que no se le olvide, además están Edward, Alphonse, Mei… - Resopló, exasperada. – La lista sigue y sigue; y solamente se va haciendo más grande.

Me encogí de hombros al tiempo que tamborileaba con los dedos sobre la mesa.

- Es más complicado de lo que pensaba, lo admito. Hasta Maes cree que he cambiado. El otro día me felicitó por haber encontrado por fin mi "lado humano" mientras jugábamos al golf.

- ¿No te molesta? ¿No te molesta la cantidad de personas que se están viendo afectadas por nuestra mentira? ¿La gente que se verá afectada cuando acabe?

- Elizabeth, no exageres. Los divorcios están a la orden del día. El mundo sigue, ya nos encargaremos de los detalles cuando creamos que ha llegado el momento.

- Y mientras tanto, seguimos mintiendo una y otra vez.

Ya estaba harto de esa conversación absurda. Me froté la cabeza y marqué el entrecejo cuando fruncí las cejas mostrando lo que en ese momento realmente me molestaba.

- Si, seguimos mintiendo, todavía te estoy pagando, Así que sigue siendo solo un trabajo. Serás mi esposa hasta nuevo aviso. Así que tendrás que seguir interpretando tu papel. Tendrás que fingir que te gusto, profundiza un poco más e imagina que me quieres. Haz lo que creas necesario para mantener la "farsa", tal y como tú la llamas.

Se puso de pie, meneando la cabeza y con la mirada sombría.

- Ese es el problema, Roy. Que no siempre tengo que fingir que me gustas. Cuando dejas de comportarte como un verdadero imbécil y eres un hombre decente. Cuando correspondes a la gente, eres amable y generoso con Grumman. Por algún motivo, cuando estás con él, se te olvida que eres el tarado que te esfuerzas por mostrarle al resto del mundo. A veces, hasta se te olvida cuando estás conmigo, cuando somos nosotros dos. - Su expresión era más que triste y su voz mostraba abatimiento. – A veces se me olvida que te caigo mal y creo que somos amigos de verdad. – Echó a andar hasta la puerta del despacho, se detuvo y volteó para darme una rápida mirada. – Me gustan esas ocasiones, esos momentos a tu lado, hacen que el resto del día sea más fácil de sobrellevar.

Después salió, dejándome pasmado.

Contestando reviews:

Kimbluefish: Ya somos dos, amo los momentos que ellos están juntos y se comportan como una verdadera pareja y siento que esas pequeñas caricias y gestos afectuosos para ellos se han vuelto aun más significativas que los besos bruscos… Espero que disfrutaras este cap también.

Sajonia-Weimar: Los rezos esta vez no funcionaron, pero quien quite en un futuro te sorprenda jajajaja, parece que Riza y Roy van despertando y siendo más conscientes del otro a dos ritmos muy distintos.