Capítulo 9.
El descenso a los infiernos...
El profesor Sasuke Uchiha paseaba furioso, esa misma tarde, en el despacho de la Univerzita Karlova de un lado a otro. Había sido un estúpido. Había caído en la trampa de la profesora Hakumon, dándole con eso la oportunidad, a esa odiosa mujer, de vengarse de algo que él todavía no comprendía, y de paso arruinar la carrera de Sakura. Se mesó el pelo con las manos revolviéndolo y finalmente pegó un puñetazo contra la pared de yeso blanco dejando un pequeño hueco en la superficie, con lo que solo consiguió que sus nudillos protestaran con dolor, y su enfado se quejara a causa de tan ínfimo desahogo.
Finalmente, viendo que allí no conseguiría nada fructífero, recogió sus cosas y se encaminó al hotel. Subió por las escaleras dispuesto a disculparse con Sakura y a ofrecerle su readmisión en el seminario. Ya se le ocurriría cómo. Normalmente para todo tipo de ocasiones tenía siempre un pequeño discurso preparado, pero esa vez era diferente, ella era diferente, así que improvisaría.
Se paró frente a la puerta de Sakura y estaba a punto de llamar cuando escuchó una melodía bastante alta que sobresalía por los resquicios del viejo edificio. Creyó reconocerla, una canción italiana, una balada italiana que hablaba de amor. Se acercó un poco más. ¿Era Zucchero cantando Il Volo? Cuando llegó al estribillo comprobó su acierto. Torció el gesto y volvió a fruncir el ceño. Por lo visto Sakura no estaba tan afectada, hasta era posible que estuviera dentro con él. Con el maldito padre Hatake. Si la llamaba ahora quedaría como un idiota. Girándose bruscamente, se dirigió con paso rápido a su habitación. Se dio una rápida ducha, se cambió el traje por unos vaqueros oscuros y un jersey negro de cuello vuelto y salió del hotel. Necesitaba respirar aire fresco y pensar, y tomar algo fuerte, y dejar de maldecir en todos los idiomas que conocía. Bueno, eso en realidad no, ya que contribuía bastante a relajarlo.
Sakura había puesto el modo repetición en los altavoces de su iPod con una canción que se había negado a escuchar durante los últimos siete años. Ahora era incapaz de oír otra cosa que no fuera Zucchero cantando al amor, al amor que Kakashi y ella habían compartido. Recordó cómo solía cantársela a él cada noche. «Cantas muy bien, hace mucho tiempo que no escucho tu voz», había dicho Kakashi en Karlovy Vary. Y ella allí volvió a cantar para él. Solo para sus oídos. «¡Maldito seas, Kakashi! ¡Maldito seas por hacerme sentir así otra vez!», pensó apretando los párpados cerrados con fuerza.
Con la mente confundida y algo turbada se dio una ducha. Se resbaló cuando intentaba alcanzar el champú y cayó de rodillas golpeándose la mejilla con el grifo. Gritó de dolor, pero la música acalló sus quejidos. Terminó de ducharse y salió de la bañera con paso tambaleante, demasiado tambaleante. Se miró frente al espejo y comprobó los daños. Seguramente al día siguiente tendría un bonito moratón en la mejilla derecha, de momento solo una leve rojez indicaba que esta había sido golpeada. Se vistió rápidamente, con un vestido negro ajustado de profundo escote, y se calzó las botas de piel hasta la rodilla. Necesitaba salir de allí, necesitaba respirar aire fresco y necesitaba otra cosa desesperadamente, si no se perdía en el callejero de Praga.
Sasuke estaba sentado en una de las terrazas cubiertas de la Plaza Vieja, tomándose un vaso de Lagavulin, pero ni aun así conseguía algo de calma en su espíritu. Rechazó un par de proposiciones de unas jóvenes para unirse a ellas y siguió con la mirada perdida en la plaza, que poco a poco se iba llenando de gente y de ambiente festivo. Le pareció distinguir entre la muchedumbre a Sakura. Entrecerró los ojos para ver con más claridad y se inclinó hacia delante en la silla de metal. Observó a una mujer delgada cubierta por un abrigo negro abotonado hasta el cuello en forma de chimenea y con unas botas altas de piel de tacones vertiginosamente altos. Se preguntó cómo era posible que pudiera caminar tan erguida en esos tacones sobre el suelo canteado. Era ella, sin duda, y se dirigía decidida a algún sitio. Estaba bellísima, con su pelo rosa contrastando con el negro de su vestimenta y el rostro pálido, solo ligeramente maquillado. Ella se aproximó más a él sin verlo. Y Sasuke pudo percibir que llevaba los labios pintados de granate. Unos labios para pecar. Una frase le vino a la mente: «... y Eva mordió la manzana...». La desechó con furia. Ella no era Eva, era un ángel y su Reina de los Elfos, aunque ella misma se empeñara con cada acción que llevaba a cabo en desmontar su teoría inicial. Estaba levantándose para llamarla cuando pasó justo a su lado mirando al frente sin verlo. «¿Me está ignorando? ¡Joder!», maldijo en silencio. Depositó un par de billetes sobre la mesa y se dispuso a seguirla, como una pantera a su presa.
Sakura no conocía el lugar al que iba a acudir. Lo había encontrado en la red, en un foro sobre BDSM. Hablaban bastante bien de él. Era un local con clase, sin ningún tipo de peligro. Íntimo y discreto. No le gustaba el sado, nunca se había sentido sumisa y menos, dominadora de nadie. Entendía que las relaciones se medían de igual a igual. El que la golpearan la hacía sentirse frágil y lastimada. Y eso era lo que pretendía esa noche. Quería ser castigada. Castigada por volver a pecar. Y no se le ocurrió un lugar mejor al que ir.
Sentía que volaba sobre el suelo, apenas notaba la piedra clavándose en la delicada suela de las botas de piel. Los sonidos se habían atenuado a su alrededor envolviéndola como susurros exclamados a través de una cascada de agua, escuchaba murmullos de gente conversando, música que brotaba de los bares con la puerta abierta y el tenue discurrir del río Moldava a sus pies. Los olores, en cambio, despertaban sus sentidos, era capaz de husmear como un sabueso, percibió el aroma floral demasiado intenso de una mujer que la rozó al pasar, el de la comida filtrándose por las ventanas de los edificios bajos y hasta su mismo olor almizclado mezclándose con otras esencias. Se dio cuenta con claridad de que hasta la culpa tenía un olor determinado, un olor a incienso y especias orientales. El olor de él. Miró alrededor de repente asustada. «¿Estaría cerca?», pensó de forma desesperada.
No se dio cuenta de que un hombre, que la seguía a pocos pasos de distancia, estuvo a punto de chocar contra ella, inmóvil en una callejuela de Praga, rodeada de gente que bullía a su alrededor y aspirando con fuerza hasta que le llegó a sus fosas nasales un aroma familiar y muy agradable. Un olor que le inspiraba paz, un olor que le recordaba a su juventud, un olor fresco y seco. Giró la cabeza desorientada, pero no pudo discernir de quién provenía. La luz era tan intensa que hasta las débiles farolas de la noche la deslumbraban. Siguió su camino creyendo que era una ensoñación y bajó las escaleras que descendían hasta la ribera del río. Un poco apartado, casi al fondo de un camino, vio las luces brillantes del rótulo de neón. El Club Infinity. Aquel era su destino. Apretó el paso y se perdió entre la gente.
Sasuke se detuvo justo a medio metro detrás de ella respirando agitadamente. «¿Me habrá visto?», se preguntó. Entonces ella giró la cabeza como buscando algo y le pasó la mirada por su cuerpo sin reconocerlo, aspiró con fuerza y siguió caminando. «¿Cómo es que no me ha visto?», masculló en un susurro y reanudó su camino tras ella para no perderla. Cuando la vio descender las escaleras hacia el río y dirigirse a una especie de bar al fondo de un camino, una mano lo sujetó del jersey.
—Profesor Uchiha, qué alegría encontrarlo aquí —exclamó Karin.
Él se volvió con el ceño fruncido e intentó suavizar su expresión.
—Profesora Uzumaki —saludó con una inclinación de cabeza fijándose con más atención en que iba acompañada por alguno de los integrantes de su seminario.
—¿Qué tal? ¿Se anima a tomar una copa con nosotros? —insistió Karin.
—Lo siento, he quedado con alguien —se disculpó él con una sonrisa.
—¿Ah sí? —El tono de Karin era de clara decepción.
—Sí. —Él ignoró su tono centrándose en lo que le preocupaba—. ¿Está con ustedes la profesora Haruno?
Pensó que quizás había quedado con ellos en el bar en el que había entrado.
—¿Sakura? No. La he intentado avisar, pero tiene su teléfono desconectado. Probablemente esté en el hotel bastante afectada por lo sucedido esta mañana. No pensará expulsarla del seminario, ¿no? —inquirió ella.
—¿Por qué no habría de hacerlo? Todos han visto su falta de respeto y su propia renuncia —Sasuke contestó algo furioso.
—Porque si lo hace destruirá su oportunidad de conseguir un ascenso y es muy probable que cuando regrese a España tenga serias dificultades para mantener su puesto de trabajo. Nunca la he visto tan afectada como esta mañana. Pero es una buena profesora. No sé lo que le ocurre. Mañana intentaré hablar con ella. Debería pensarlo con calma, profesor Uchiha, para usted es una simple decisión. Dentro de cuatro semanas no volverá a verla, pero a ella puede que le arruine su futuro —contestó Karin.
Sasuke apretó los dientes hasta que su mandíbula crujió. Todo lo que había dicho Karin él ya lo sabía, pero también sabía que Sakura se había propasado con su insolencia y que por lo menos debía ofrecer una disculpa, que pensaba con total certeza que no iba a conseguir.
—Lo meditaré este fin de semana —expuso vagamente.
—Otra cosa, profesor Uchiha.
—¿Sí? —Sasuke tamborileó con su zapato de piel negra en el suelo con impaciencia.
—La profesora Hakumon es una arpía. No sé lo que tiene en contra de Sakura, pero desde luego nada bueno. No debería alentarla demasiado.
—¿Me está diciendo cómo debo dirigir mi seminario, profesora Uzumaki?
—Nunca se me ocurriría, creo que usted es demasiado inteligente como para haberse dado cuenta de ello. —Sonrió falsamente Karin.
Sasuke masculló en silencio una maldición en polaco.
—Tengo que irme. Me esperan —dijo bruscamente.
—Otra cosa, profesor Uchiha.
Sasuke se volvió pero no contestó. Su grado de crispación estaba llegando a cotas de un verdadero huracán.
—¿Seguro que no le apetece una copa? Suelo ser muy convincente cuando me lo propongo —le susurró ella con voz ronca.
—Pues no se lo proponga en la dirección que usted cree, porque está equivocada. —Sonrió mecánicamente y dejó a Karin con la boca semiabierta y claramente enfadada en el centro de la calle.
En el transcurso de la conversación entre Sasuke y Karin, Sakura había entrado al club. La recibió una joven rubia con un tatuaje de una tela de araña en su blanco y largo cuello. Iba vestida con un mono de cuero de pies a cabeza y muy escotado, si se asomaba sobre sus altos tacones podría verle hasta los pezones.
—¿Qué desea? —le preguntó en inglés.
—Que me castiguen —contestó Sakura.
—Ha venido al lugar adecuado —aseguró ella. Le cogió el dinero de la entrada y le puso un sello fosforito en el dorso de la mano—. Una mano preciosa, delgada y suave, ¿es usted pianista? —susurró la mujer acariciándola.
—No —contestó Sakura retirando la mano bruscamente.
La joven dio un pequeño respingo que disimuló con una sonrisa.
—Pase a la sala principal. Allí alguien irá a buscarla. —Le abrió los cortinajes de terciopelo negro que cubrían la sala y Sakura entró creyendo que eran las puertas al infierno. Tal vez no estuviera tan equivocada.
Un rato después Sasuke cruzó las puertas del Club Infinity. Curioso nombre, fue lo primero que pensó. Lo segundo que pensó, al ver a la mujer embutida en un mono de cuero negro y con un tatuaje en el cuello en forma telaraña fue, «¿Dónde me he metido?» Por un momento creyó que se había equivocado de lugar. Pero tenía que intentarlo. Algo le decía que Sakura lo iba a necesitar, una sensación de peligro como el pellizco de un mosquito de verano en su cuello descubierto.
—Buenas noches, ¿qué desea? —preguntó la mujer observándolo de arriba abajo.
Sasuke tardó unos instantes en adecuar su vista a la oscuridad del local, del que provenía una música de cánticos gregorianos de una sala escondida tras unos cortinajes de terciopelo negro.
—Estoy buscando a alguien —dijo y se acercó a la mujer—. ¡Joder! —masculló entre dientes. «¡Le estoy viendo los pezones!».
La mujer sonrió ante la reacción de ese hombre tan atractivo y lamentó ser solo la recepcionista y no una de las chicas que trabajaban atendiendo a los clientes.
—¿Hombre o mujer? —preguntó ella con una cándida sonrisa.
—¿Cómo? —contestó él a su vez, obligándose a apartar la mirada de tan tentadora visión.
—¿Hombre o mujer?
—Mujer, claro, por supuesto —afirmó como si no fuese suficiente con una sola vez.
—¿Viene de caza entonces?
Sasuke pensó cómo era posible que un simple mortal atrapara a la Reina de los Elfos, pero se mantuvo en silencio.
—No trae nada consigo, ¿quiere que le prestemos algo? —sugirió ella.
Sasuke se miró las manos vacías preguntándose qué demonios tenía que haber llevado.
—No necesito nada, gracias —contestó algo desconcertado.
—¡Oh! Ya veo que tiene las manos grandes, eso servirá —afirmó ella y le puso un sello fosforito en el dorso de su enorme mano.
Sasuke se abstuvo de preguntar para qué diablos le iban a servir sus grandes manos. Si lo hubiera hecho probablemente se habría girado y salido en ese mismo momento del Club Infinity. O quizá no, porque su Reina de los Elfos seguía dentro.
La mujer desplazó lo suficiente las cortinas negras y le dio paso a la sala.
Por un momento Sasuke no supo adónde dirigirse y se quedó de pie junto a las cortinas, otra vez cerradas. La sala estaba todavía más oscura que el recibidor, solo alumbrada por alógenos discretamente engarzados en las paredes con la luz dirigida al techo. Se sentó en un sofá de terciopelo rojo cercano a las cortinas y observó. Era un salón circular, no tenía barra de bebidas, y eso fue lo primero que le extrañó. Lo segundo fue que al fondo había una especie de potro donde estaba inclinada una mujer desnuda a la que un hombre bajito y vestido solo con unos pantalones la estaba azotando con un látigo de siete cuerdas. Parpadeó varias veces y se quedó con la boca abierta. Con una pasmosa claridad se dio cuenta de que desde que estaba en Praga se había pasado más tiempo con la boca abierta que en los últimos diez años. Comprendió todavía asombrado que estaba en un maldito club de BMSD. Nunca había entrado en uno, y por un momento la curiosidad desplazó a la necesidad de encontrar a Sakura.
—¿Qué va a tomar? —Una mujer joven vestida únicamente con un corsé negro y un tanga se acercó a él.
—Lagavulin —acertó a contestar él.
—Enseguida se lo traigo. —La mujer se alejó, dándole a Sasuke la oportunidad de observar su trasero desnudo con total libertad.
Se retrajo un poco más en el sofá de terciopelo y observó con más atención. Había otra pareja cerca de él, semidesnudos, besándose. El resto eran hombres solos y alguna mujer, que no supo distinguir si trabajaban en el local o eran clientas. Un par de ellas le hicieron señas para que se acercara, pero Michael las ignoró. La música casi mística de los monjes gregorianos cantando junto con el intenso olor a almizcle y sexo lo estaba mareando. Pero seguía sin ver a Sakura.
La joven camarera se acercó y le entregó el vaso con la bebida. Él la cogió como si fuese un salvavidas y la apuró hasta el fondo. Solo entonces, cuando el cálido licor le abrasó la tráquea y se aposentó cómodamente en su estómago, se atrevió a preguntar:
—¿No hay algún sitio más privado? Ya sabe, donde...
Ella no le dejó terminar.
—¿Quiere mirar?
—Humm... sí, creo que sí —contestó él. Tenía que encontrar a Sakura. Si para ello tenía que buscar de habitación en habitación, lo haría.
Ella lo acompañó, haciéndolo salir por una puerta disimulada en la pared, y lo condujo por unas estrechas escaleras de caracol hasta el piso de arriba. Le indicó una puerta y le dijo que entrara.
—Ahí tiene acceso a las otras salas, pero me temo que esta noche solo una de ellas está ocupada. Disfrute del espectáculo.
—Gracias —respondió, pero la joven ya había cerrado la puerta.
Se sentó en el centro de un habitáculo circular rodeado de cristales y entonces se corrió una cortina frente a él, dando paso a una imagen que le costaría muchos años olvidar. Y volvió a quedarse con la boca abierta. Otra vez.
Frente a él se encontraba su ángel, su Reina de los Elfos, atada con unas correas de piel a una cruz de San Andrés, con los brazos y piernas abiertos, completamente desnuda. Solo el tatuaje del corazón carmesí destacaba sobre su piel casi traslúcida, perlada de sudor. Un hombre joven, rubio y que parecía tener los músculos de un jugador de rugby la estaba azotando con algo que parecía una pala de madera para amasar pan. Ella estaba con la cabeza inclinada. «¿Se habrá desmayado?» pensó él. Pero descartó esa idea cuando un fuerte golpe sobre las nalgas blancas y bien formadas de Sakura hizo que esta agitara la cabeza y gimiera de forma aguda. Sasuke no necesitó más señal que esa. Salió de la habitación y se dirigió a oscuras y tropezándose con las paredes a lo que creyó que era la maldita sala de torturas. Pensando que la puerta estaba cerrada, empujó con tanta fuerza que casi la atravesó. Tropezó, pero mantuvo el equilibrio una vez estuvo dentro.
—¿Qué coño haces, tío? Esta es una sala privada. Espera tu turno. Ahora este caramelito es todo mío.
—¿Caramelito? ¿Eres imbécil? —Para el dominio que tenía Sasuke de los insultos en diferentes idiomas se estaba conteniendo bastante.
—Lárgate —contestó el hombre girándose y levantando la pala otra vez en dirección al cuerpo inerte de Sakura.
Sasuke le sujetó el brazo y se lo retorció detrás del cuerpo.
—Como la toques una sola vez más, te mato, ¿entendido? —le susurró al oído broncamente.
Sakura gimió otra vez e intentó girar la cabeza. Sasuke vio horrorizado que no podía hacerlo, tenía un collar de cuero con puntas metálicas alrededor del cuello que se lo impedía.
El hombre dejó caer la pala y se giró hacia Sasuke levantando el puño. Él fue más rápido y esquivó el puñetazo, lo que le dio la ventaja suficiente para asestarle un golpe en el hígado, que hizo que el hombre se doblara en dos. Se quedó un momento de rodillas tambaleándose por el impacto. Sasuke aprovechó la oportunidad y le asestó un rodillazo en la cara, con tanta fuerza que el hombre cayó desmayado hacia atrás, quedando amortiguado el sonido de la caída por la moqueta negra de la sala.
Sasuke no perdió el tiempo. Desató a Sakura, que cayó entre sus brazos claramente perdida.
—Sakura. —Le dio unos pequeños toques en el rostro.
Ella no respondió. Estaba en el subespacio, en otro mundo, en un mundo lejos de todo y de todos, donde solo existía el dolor, su castigo.
—Sakura, por favor, respóndeme. Tengo que sacarte de aquí.
Ella murmuró algo ininteligible y volvió a perder el conocimiento.
Sasuke masculló entre dientes una maldición y buscó alrededor su ropa. Estaba sobre un pequeño sillón en una esquina. La tendió en el suelo e intentó vestirla. Con algo de frustración se dio cuenta de que era considerablemente más sencillo quitar un sujetador que intentar ponerlo, sobre todo si la dueña estaba inerte. Finalmente lo abrochó como pudo y le puso el vestido y el abrigo, sin olvidarse de calzarla y de coger el bolso. Las medias y el ligero quedaron como un recuerdo obsceno de lo que había tenido lugar en aquella habitación maldita. La cogió en brazos y, con cuidado de no desplomarse con ella por las estrechas escaleras de caracol, llegó a la sala principal. Allí, más firme, la sujetó con más fuerza entre sus brazos, asombrándose de lo ligera que parecía, y se encaminó a la salida.
—Veo que la caza no le ha ido muy bien esta noche —afirmó la mujer con el tatuaje en forma de tela de araña en la puerta.
—¿Cómo? —preguntó Sasuke, creyendo que no había escuchado bien.
—Esa —exclamó señalando a una Sakura desmayada en sus brazos— no le servirá de mucho esta noche.
Sasuke no se molestó en contestar. Salió al frío y la humedad de la noche en Praga. Sin soltar a Sakura y evitando mezclarse con la gente, buscó un taxi. La introdujo dentro, se sentó junto a ella y dio la dirección del hotel al conductor.
