La Niña Maldita

o El destino de aquellos que sufren el pasado.


Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter (Wizarding World) es propiedad de J.K. Rowling


Capítulo XX

24 de diciembre de 2021. 10:53 PM.

—Me he preguntado esto durante toda la noche —comentó Charlotte Boot, una de las amigas que Rose había descubierto cuando Scorpius dejó de hablarle—, ¿por qué llevas ese llamativo collar?

Habían pasado varias horas desde el comienzo del baile y varios grupos de charla se habían formado alrededor de las mesas y la pista. Rose bajó su mirada hacia la cadena de plata que colgaba de su cuello, cuyo dije destacaba por su forma extraña y por la brillosa esmeralda que residía en su centro.

—No creí que llamara tanto la atención —afirmó Rose, aunque Albus sabía que era su respuesta habitual, ya que lo usaba con regularidad para contar la historia detrás de él—. Es un «dijequeno».

—¿Un qué?

—Un dijequeno —reiteró, mientras jugaba con la joya y la enseñaba a presentes—. Mi madre, la Ministra de Magia, la creó y regularizó hace algunos años. Se trata de un collar encantado que evita los tratos indebidos en esta clase de eventos.

—¿Qué clase de tratos indebidos? —preguntó Allison Finch-Fletchley.

—Mi madre lo pensó principalmente como una prueba fehaciente del acoso sexual en el ámbito laboral —explicó Rose—, pero luego de que resultara útil en esa área, se popularizó como defensa en eventos masivos.

» Muchas de nosotras decidimos venir solas al baile y eso hace creer a algunas personas que tienen el derecho de decidir por nosotras si queremos o no estar con ellos. El collar hace que, si la situación se pone intensa y la otra persona se propasa, sufra un castigo inmediato por su indecencia.

—¿Qué clase de castigo?

Albus se sorprendió al notar que no había pasado ni un segundo desde la explicación, cuando un estudiante de Hufflepuff al otro lado del salón salió disparado por hostigar a Riley Bones, quien había recibido el collar de la misma forma que Rose, de la mano de su madre.

Todos rieron ante la situación, mientras que algunos profesores se apresuraron a esclarecer los hechos, llevándose al culpable fuera del gran comedor. Albus recorrió la sala con la mirada, si bien la noche había comenzado magnifica gracias a Delphini y su aura renovada, no podía evitar aburrirse sin la presencia de su mejor amigo.

El joven observó a la distancia a la sobria y elegante familia Malfoy. Draco y Narcisa vestían ropajes negros brillosos, mientras que Scorpius permitía algunos detalles dorados en las mangas.

Habían sido mejores amigos desde el primer año y detestaba la idea de estar separados, pero no sabía qué bicho lo había picado, ni por qué había sufrido ese repentino cambio de actitud.

Sacudió la cabeza e intentó despejar su mente de esos pensamientos deprimentes. Si Lysander estuviera junto a él, al menos sentiría la compañía de un amigo, pero no podía arruinarle su noche, pues desde el comienzo de la velada se mantenía ocupado degustando los labios de Bastian Zabini.

—Si quieres podemos irnos —expresó Delphini, trayéndolo nuevamente al mundo real—, sé que estás aburrido.

—Lo siento —comentó, mientras besaba la frente de su amada—, no quiero arruinar tu noche. Prometo cambiar la cara.

—Tu cara no es problema, es muy bella a mi parecer.

Delphini le procuró un beso en los labios que libró al mago de todos sus pensamientos.

—Búsquense un cuarto —exclamó Hugo mientras se acercaba al grupo—, mi tío te busca, Albus. Quiere presentarte a unas personas.

—Ve tú —indicó Delphini—, yo me quedo con Rose.

Albus avanzó por el salón esquivando a los bailarines rezagados y estudiantes exaltados que «no habían» consumido sustancias prohibidas. Su padre se encontraba frente al abeto, charlando con un hombre y una mujer con aspecto extranjero.

—Quiero que conozcan a mi hijo —dijo Harry cuando lo vio acercarse, tomándolo del hombro cariñosamente—. Albus, ellos son los directores de dos escuelas de magia fuera de Europa.

—(yoroshiku onegai shimasu) —pronunció la mujer de aspecto asiático, notando al instante que había olvidado emplear magia para su traducción—. Lo siento, mi nombre es Kurikawa Kaori, directora del instituto japonés de magia Mahoutokoro. (*)

La bruja tenía un rostro delicado con escasas arrugas que delataban su madurez, debía rondar los sesenta o setenta años, lo intuía principalmente por su puesto como directora de colegio. Vestía un kimono blanco con grabados rojizos y un peinado voluminoso que obtenía su forma por algunos broches dorados, ocultos tras flores de cerezo.

—Yo soy Ramón —exclamó el hombre de piel pálida y ojos grises, que blandía su traje blanco con la elegancia de un cisne—, director de la Escuela de Magia Oriental del Uruguay.

—Es un placer —expresó Albus—, aunque admito que desconocía la existencia de una escuela de magia en Uruguay.

—Me lo dicen a menudo —comentó Ramón—. Solo tiene un par de siglos de existencia y surgió debido a que la autora puso una escuela en el único país de Sudamérica que no habla español. (**)

Albus, Harry y la señora Kurikawa quedaron atónitos ante lo que el mago había dicho, notando de inmediato que se trataba de un personaje de lo más extraño. Ramón indicó que lo ignorasen pues solía divagar con frecuencia.

—Potter-san, ¿por qué debemos incluir a su hijo en nuestra charla? —cuestionó la mujer.

—Albus ha sido de suma importancia en mi investigación sobre MAE —afirmó su padre—. Sin su ayuda, no habría podido descubrir y esclarecer todo aquello que les comenté con anterioridad. Se ha ganado el derecho de escuchar esta conversación.

Kaori asintió con la cabeza y fue el hombre quien continuó.

—Cómo les iba diciendo, gracias a la información que el señor Potter compartió con nosotros, hemos podido sacar nuestras propias conclusiones sobre MAE y sus planes para con el mundo mágico. —Del bolsillo de su abrigo extrajo un sobre con el sello roto y lo extendió hacia el mago—. En esta carta, el director de Koldovstoretz nos informa del último movimiento de la organización terrorista.

—¿Atacaron la escuela rusa? —preguntó Albus, incrédulo ante la noticia.

—Lograron algo que nadie había podido en el pasado —exclamó Kaori—, eso los hace más peligrosos de lo que queríamos pensar.

—Incluso con las medidas de precaución adecuadas y siendo un ataque directo, no uno sorpresa como había ocurrido anteriormente, no fueron rivales ante MAE —estableció Harry con un tono que denotaba preocupación.

—La carta describe a los magos que luchan para la organización como «animales salvajes sin miedo a la muerte» —citó Ramón, a la vez que daba un sorbo a su copa—. Mi escuela tuvo la suerte de no enfrentarse a ellos, pero hace algunos años sufrimos a causa de magos que compartían ideales similares. Luego de que me explicaras la situación de la chica, no puedo evitar pensar que fueran magos de la misma calaña.

—Será mejor no hablar demasiado aquí sobre eso, no quiero comprometer su estancia en el colegio —solicitó Harry.

La cabeza de Albus daba vueltas mientras procesaba lo que acaba de escuchar sobre MAE. Mientras investigaba por su cuenta o entrenaba para defender a Delphini llegado el momento, no podía evitar sentir que se trataba de un evento distante y efímero.

Ahora, por el contrario, el pánico y la ansiedad era completamente real, mientras que el ataque a Hogwarts que su padre había anticipado, se hacía cada vez más cercano.

—Al igual que Hogwarts, Mahoutokoro no ha sido atacada por la organización y procuraremos que siga así —afirmó con determinación la señora Kurikawa—. Son las escuelas más antiguas y seguras del mundo mágico, sin mencionar que conocemos los planes enemigos debido a que les gusta llamar la atención.

—La exhorto a no subestimar a la organización —suplicó su padre—, mi ministerio lo hizo cuando la amenaza no parecía real y hemos pagado un alto costo por ese error. Hogwarts y Mahoutokoro resistirán mientras la valentía y la astucia gobiernen la mente de las brujas y magos dispuestos a luchar.

—No pintemos con nuestros miedos y disfrutemos de la Noche Buena con algo de calma, cuando todo ocurra, ya tendremos tiempo para preocuparnos —afirmó Ramón—. Señora Kurikawa, ¿me acompaña a la pista de baile?

Mientras los invitados internacionales se alejaban, Albus no pudo evitar mirar a su padre con nerviosismo. Si sus ojos fueran capaces de hablar, habrían pronunciado frases desoladoras.

—Quería que supieras lo mismo que yo, para que vieras que confío en ti. No esperaba un panorama tan deprimente —admitió su padre.

Ambos se miraron en silencio por varios segundos, hasta que el mago colocó la mano sobre el cabello de su hijo y lo despeinó con cierta brusquedad.

—Supongo que Ramón tiene razón. No hay que perder de vista el futuro, pero tampoco descuidar el presente —comentó, a la vez que guardaba sus manos en los bolsillos del pantalón—. Disfruta de tu velada con Delphini, pues cuando llegue el momento, ¿quién sabe cuándo tendrás otra noche como esta?

Albus observó a su padre mientras se alejaba de la escena y se unía a su madre en una conversación con otras parejas. El joven desvió la mirada hacia los presentes en el gran salón.

Risas, gritos y danza… los estudiantes y sus familias disfrutaban del clima festivo con pasión, ignorantes del mal que acechaba el colegio y al mundo mágico.

«Quisiera poder disfrutar de esta noche como ellos. El desconocimiento es felicidad» pensó, pero no lo creía en verdad.

Si pudiera elegir entre ser feliz, por no saber lo que ocurrirá en el futuro, o ser infeliz, pero estar preparado para proteger a los que amaba, tomaría la misma decisión una y otra vez.

Se disponía a reunirse nuevamente con Delphini y sus amigos cuando alguien chocó contra él, empapando a Albus con las bebidas que cargaba.

Si bien sabía que no había sido su culpa, ya que no se había movido por minutos enteros y era imposible que hubiera ocasionado el accidente, se apresuró a disculparse y corrió hacia el baño del segundo piso, antes de que alguien notara la escandalosa escena. Si algo detestaba, era que lo observaran cuando lo único que quería era ser tragado por la tierra.


24 de diciembre de 2021. 11: 27 PM.

Albus mantuvo su cabeza durante varios minutos bajo el chorro de agua del lavabo. Aunque habría podido secar su ropa con magia y regresar a la fiesta en menos de cinco minutos, la cabeza le ardía y el corazón le latía con rapidez por todo lo que había hablado con su padre esa noche.

Había colgado su camisa mojada sobre una de las puertas de los urinales y luego había colocado su nuca bajo el grifo en un burdo intento por olvidar sus pensamientos, congelando su mente con una cascada de agua helada.

Los baños del segundo piso habían obtenido una mala reputación debido a que, por muchos años habían sido atormentados por un fantasma, pero luego del fin de la segunda guerra mágica, eso ya no suponía un problema.

A pesar de que el fantasma ya no estaba, la gente siguió con la costumbre de evitarlos y Albus sabía que nadie lo molestaría allí, pudiendo tomar todo el tiempo que necesitase para calmarse, aunque deseaba volver con Delphini antes que las campanas anunciaran las doce.

Sentía que se desmayaría en cualquier momento, pero se forzó a mantenerse de pie y, tras varios minutos de pánico, logró sosegar su malestar.

Miró su reloj y abrochó los botones de su camisa rápidamente antes de salir del baño.

Por alguna razón, en lugar de regresar sobre sus pasos, eligió tomar el camino más largo hacia el gran comedor; algo incoherente si lo que deseaba era reunirse con Delphini antes de que comenzara la navidad.

Apresuró la marcha y giró hacia el último pasillo que lo separaba de las escaleras, un estrecho y extenso pasillo cuyas paredes poseían únicamente cuatro enormes retratos, uno por cada fundador del colegio.

El estudiante se sobresaltó cuando, al adentrarse en el corredor desde uno adyacente, casi arremete contra alguien que observaba detenidamente una de las pinturas. Aun cuando se había detenido abruptamente pocos centímetros de ella y la respiración agitada era claramente audible, la mujer permaneció estática.

Albus optó por ignorar el acontecimiento, pues realmente no había ocurrido nada. Esquivó y siguió su camino hacia las escaleras, pero la voz de la mujer hizo que se detuviera nuevamente.

—Cuando actúas de manera pasional e impulsiva, los planes salen al revés de como uno espera —comentó, haciendo que el joven se voltease. Su voz era suave y firme a partes iguales, un tono que solamente asociaría con una madre—. «La paciencia y la serenidad te permitirán llegar a donde deseas estar», eso es lo que siempre decía mi padre.

La mujer no despegaba los ojos de la pintura, por lo que Albus no sabía si sus palabras iban dirigidas a él por correr despavorido por los pasillos del colegio, o simplemente había coincidido con los momentos menos lúcidos de una mujer perturbada.

Como si hubiera sido capaz de leer los pensamientos groseros del muchacho, la dama dirigió su mirada directamente hacía él. Nunca sería capaz de olvidar ese momento, ni tampoco sentiría nada parecido en el futuro.

Se trataba de la mujer más hermosa que Albus había visto en su vida. Su mirada amplia de color celeste era el clímax de un rostro cincelado por dioses: cejas finas, nariz pequeña y largos cabellos dorados que caían como cascada sobre sus hombros.

Un abrigo tinto cubría un exuberante vestido carmesí, el cual recorría las seductoras curvas de su cuerpo con delicadeza y delataba la perfección del mismo. Era alta, de piernas largas que mostraba sin tapujos, y extremadamente atractiva; no aparentaba tener más de treinta años.

Albus tragó saliva sin despegar sus ojos de la mujer, que se acercaba lentamente hacia él, moviendo las caderas en un vaivén hipnótico que recordaba al péndulo de un reloj.

La mujer acercó su rostro a escasos centímetros del suyo, pudiendo sentir la respiración por encima de los labios y un leve aroma a cedro le invadió la nariz. La mente de Albus se olvidó por completo de los miedos, del pánico y la ansiedad, solo podía pensar en aquella mujer sin nombre, de labios carnosos y mirada narcótica.

Se preguntaba qué misterios ocultaba tras su ropaje. Se la imaginaba desnuda, apenas cubierta por una fina seda, aguardando por él, deseándolo tanto cómo él a ella. El joven tenía la boca medio abierta y era probable que incluso salivara por la excitación, pero fue devuelto bruscamente a la realidad cuando la mujer le procuró un duro golpe en la frente con su dedo anular.

Albus se hallaba nuevamente en el corredor con pinturas de los fundadores. La mujer lo observaba a un palmo de distancia, pero ya no era la dueña de sus pensamientos, ya no provocaba calor en su cuerpo, más que por el golpe en su frente.

—¿Por qué hizo eso? —preguntó Albus, mientras pasaba su mano sobre la zona de impacto.

No podía explicar lo que había pasado segundos antes, qué fuerzas se habían apoderado de él, pero intuía que su mirada y deseos lascivos no habían pasado desapercibidos por la mujer.

—Por tu propio bien.

Su respuesta fue escueta y poco explicativa, desvió la mirada y la posó nuevamente sobre la pintura de Gordric Gryffindor. Albus no estaba seguro de lo que había pasado, ni recordaba por qué corría antes de toparse con esta mujer.

Se colocó a su lado y observó el retrato con el mismo detenimiento que la mujer, intentando comprender qué era lo que tenía de especial. La pintura era arcaica, el fundador de la casa Gryffindor posaba inmóvil con su espada en la mano izquierda, dejándola caer levemente sobre su hombrera plateada, y la derecha sobre la cintura.

Sus largos y rojizos cabellos se hallaban amarrados en una coleta tras su cabeza, mientras que la voluminosa, crespa, pero bien cuidada barba, caía sobre su reluciente peto de metal. Era una de las pinturas más antiguas del colegio, su origen estaba tan alejado del presente, que la pintura no bailaba sobre el lienzo como en los demás cuadros.

—Mi padre siempre decía que con valentía y determinación uno puede cambiar al mundo —dijo la mujer, rompiendo con el silencio que había durado ya algunos minutos—. Creía en la nobleza de la gente, más no así en el cambio. Era de los que pensaban que los errores del pasado condenan tu presente y tu futuro de manera terminante, por eso se debía actuar correctamente desde un principio.

Albus la observaba en silencio. A pesar de la belleza que portaba y los ropajes que acusaban un fino gusto y amplio bolsillo, parecía una mujer que se hallaba completamente sola.

No sabía si debía contestar a sus comentarios o se trataba de un soliloquio del cual era intruso, optó por jugar sus cartas con una respuesta inteligente, intentando no parecer prepotente.

—Siempre he creído que mi padre actúa de la forma que el suyo vería con buenos ojos. Nunca ha cometido errores y tiene una respuesta para cada situación a la que se enfrenta, incluso para las más extremas y cruciales. Pero no todos pueden ser de esa forma, no todos pueden ver la luz estando en completa oscuridad o viceversa.

» Habrá quienes posean una personalidad inamovible y les sea imposible cambiar, como también los que vivan su vida con cientos de actitudes diferentes. En el medio, entre ambos polos opuestos, están los que vieron lo mejor y lo peor de sí, pudiendo redimir los errores tarde o temprano.

» No hay bien sin mal, no existe la redención sin haber cometido un error. Supongo que a muchos les cuesta entender que todos pueden equivocarse y, por miedo a cometer ellos un error, condenan a aquellos que flaquearon en primera instancia.

Una lagrima recorrió la mejilla de la mujer, Albus desvió la mirada para no incomodarla, pero ella le tomó el rostro y lo hizo verla.

Si bien la mirada de ojos claros no le provocaba la misma pasión que minutos antes, no podía negar qué su belleza era inhumana. Le propinó un tierno beso en las mejillas antes de liberarlo de su agarre.

—Gracias por tus palabras —expresó, mientras lo miraba directo a los ojos a una prudente distancia—. ¿Thomas Hobbes?

—No—respondió—, Lysander Scamander.

Ella sonrió mientras devolvía la mirada a la pintura.

—Redimir los errores… —dijo para sí—. Supongo que todo es posible en este mundo.

El sonido de las campanas hizo que Delphini regresara a la mente de Albus, notando que la navidad daba comienzo y estaba faltando a su cita con ella.

—No te entretengo más —expresó la mujer, nuevamente intuyendo los pensamientos del estudiante—, seguro que alguien te espera. Gracias por la charla.

La mujer comenzó a caminar hacia el pasillo que Albus había utilizado para llegar hasta ahí, opuesto hacia donde se encontraban las escaleras que llevaban al hall y posteriormente al gran comedor.

Antes de que se perdiera por los corredores del colegio, Albus se apresuró a hablarle.

—Fue un placer—dijo— Me llamo Albus, por cierto.

La mujer se dio la vuelta y lo observó desde la penumbra del pasadizo, siendo su mirada lo único que se iluminaba.

—Genevieve —respondió—. Genevieve Gryffindor.


Nota de autor: ¡Gracias por leer!

*よろしくおねがいします : Según lo que encontré es una forma de decir "encantado de conocerte", puede ser incorrecto, pero es más que nada para explicar levemente cómo se entienden magos de otras nacionalidad de forma fácil.

** Admito que este es un pequeño guiño auto paródico para mí mismo. J.K. Rowling puso la única escuela de magia de América del Sur en Brasil. Si el idioma más hablado en américa es el español… ¿por qué pones la escuela ahí?

Ramón, por otro lado, es un personaje de una novela que estoy escribiendo y me dio gracia ponerlo aquí en un pequeño cameo y, de hecho, que sea un personaje original mío de otra novela, lo hace perfecto para romper la cuarta pared.