Capítulo diez (parte uno):
sentimientos desconocidos.
― ¡Estuvo bastante divertido! ―exclama Petra, mientras desciende a saltitos las escaleras del cine. Una auténtica sonrisa honesta adorna su angelical rostro, indicando que de verdad disfrutó las dos horas de película―. ¿No lo crees?
―Si con divertido te refieres a que casi muero infartada ahí dentro y por poco arrojo mis palomitas al chico sentado a mi lado, entonces sí, lo fue ―contesta Mikasa, procurando mantener la compostura cuando por dentro es un manojo incontrolable de nervios―. ¿A quién se le ocurre ver esa película un sábado a la tarde?
Ciertamente, y aunque suene ridículo considerando la actitud impasible que suele identificarla, las películas de terror la asustan con suma facilidad. Al terminar de verlas, su cerebro adopta sin miramientos un protocolo estricto y paranoico que le exige dejar la luz encendida del pasillo que va directo al baño u obligar a que su mascota ―Taffy, en este caso― duerma con ella bajo la protección de las sábanas. Sí, sus ideas son altamente efectivas para combatir el miedo imaginario que arremete contra su consciencia sin ninguna clase de clemencia.
―Eso sí que fue gracioso, ¡debiste ver la cara que puso! Creo que no te maldijo directamente porque tu rostro lo hipnotizó. Después de todo, ¿qué muchacho se resiste a la bonita cara de una joven asustadiza? ―ríe ligero bajo la absorta mirada grisácea que promete un pronto homicidio si la joven continúa platicando del tema que tanta vergüenza le provee―. Mikasa, tienes dieciocho años, ¿cómo puede ser que te dé miedo Anabelle?
― ¿Y por qué no podría? ―consulta aturdida, sin comprender en lo más mínimo qué diablos pasa por la mente de su compañera. ¿Quién no se asustaría por una muñeca maldita con rostro de psicópata?
―Literalmente, no se movió en toda la película ―niega con la cabeza, divertida al descubrir un nuevo dato revelador respecto a la temeraria y reservada muchacha―. Bien, aún nos queda ir a los juegos y comer en McDonald's. ¿Te parece bien? ―la observa de reojo, aguardando su afirmación, hasta que algo más atrae su atención―. ¡Mira! Ahí hay un puesto de crepes, ¿compramos unas?
Adiós al peso ideal que ha estado manteniendo durante los últimos meses, bienvenida sea la rutina diaria de ejercicios para bajar toda la cantidad exagerada de calorías que Petra le hará ingerir en menos de cuatro horas. Con lo citado recién, el balde extra grande de palomitas dulces y la gaseosa que saborearon en el cine, sumado la hamburguesa con papas que de seguro comerán después de los juegos, sospecha severamente que su estómago explotará como una bomba atómica.
Suspira resignada, preguntándose en su interior si el devorador y avariento espíritu de Sasha Blouse se adueñó temporalmente del cuerpo de Petra.
―Burger King o no hay trato ―dice Mikasa, alzando una ceja.
―Hecho ―cierran el acuerdo con un suave apretón de manos―. Gracias por aceptar mi invitación, me gusta pasar tiempo contigo, Mikasa.
―Vaya, eso es novedad.
― ¡Hablo en serio! ―sonríe, chocando su hombro delicadamente―. Conozco a Isabel y a Sasha desde hace años, estoy acostumbrada a la hiperactividad que emanen las veinticuatro horas del día y mis tímpanos rotos también lo están. Pero, aunque seas todo lo contrario a esas dos revoltosas, tu presencia silenciosa también es agradable.
―No sé si podría decir lo mismo de ti ―bromea, aunque en su fuero interno está realmente agradecida por las sinceras palabras de su amiga. Como ya ha aludido con anterioridad, Petra Ral aguarda en su ser una amabilidad y paciencia inacabable comparada a la de su mejor amigo Armin.
―Me dueles, Mikasa Ackerman ―sobreactúa. A continuación, toma su mano y tironea de ella para que la azabache acelere el paso―. ¡Ok! Vamos por esas crepes y luego a conseguir el peluche más enorme del lugar. Tenlo por hecho.
Obviando que es prácticamente imposible que logren cumplir con la meta dicha ―sobre todo si plantea que la mayoría de los juegos contienen trampas para derrochar el dinero de las víctimas a lo desgraciado― se rinde ante su insistencia, dejándose llevar de la mano. Divertirse no le vendría nada mal.
― ¿Puedo hacerte una pregunta? ―inquiere la más baja apenas termina de pagar dos crepes, uno de frutilla con crema y el otro con chocolate y plátano.
―Acabas de hacerlo ―contesta Mikasa involuntariamente. Al percatarse de que ha imitado la tomada de pelo que Levi le hizo hace una semana, niega con la cabeza y no demora en recomponerse, corrigiendo su respuesta―. Digo, ¿qué quieres saber?
―Bueno... Oh, ¡gracias! ―recibe el dulce y prosigue con la interrogante mientras aguardan la preparación del siguiente―. Últimamente he notado tu cercanía con Levi, es extraño si agregamos que audicionaron juntos. Ah, por cierto, fui la última en enterarme ―reprocha acompañada de un pucherito―. Mi punto es... ¿Sucede algo entre ustedes?
Mikasa procura que la incógnita no le ha afectado en lo más mínimo, encubriendo cualquier vestigio de reacción bajo una serena fachada imperturbable. Por el contrario, su interior experimenta una sensación bochornosa ante la mención del hombre y el tono sugerente que Petra utilizó para insinuar alguna relación más estrecha entre ambos. ¿Así es como se miran a los ojos de un tercero, como una pareja? De tan solo imaginarlo, siente un cosquilleo en el estómago que le roba el habla. No obstante, se exige a sí misma responder la duda de su amiga, aclarando la situación para que no haya inconvenientes o malentendidos.
―Solo somos... ¿Amigos? ―duda por un instante, analizando la veracidad de sus palabras. Lo ha denominado de esa forma varias veces, pero las acciones que han realizado dentro de su "amistad" no entran ni a base de empujones y patadas en ese término. Es algo complicado, a decir verdad―. ¿A qué viene la curiosidad? ¿Te gusta él?
Petra se sobresalta en su lugar y abre bien grande sus ojos miel debido a la impresión, sorprendida por la conclusión arribada. Pintándose de todos los colores existentes en el universo, incluyendo los matices de cada uno de ellos, la joven de baja estatura se adelanta enérgicamente a negar con premura la cabeza.
― ¡No! No, no, no. No me malentiendas, solo tenía curiosidad al respecto.
Aun si el pobre argumento no logra persuadirla en su totalidad ―después de todo, la reciente actitud turbada y avergonzada de Petra empeora cada vez más sus sospechas sobre sus auténticos sentimientos― tampoco la presiona a confesar sus verdaderas intenciones, tan solo se limita únicamente a elevar los hombros y agradecer el crep de frutilla y crema que la vendedora frente a ella le brinda.
Una semana después.
Plié, demi plié, grand plié. Primera, segunda, cuarta y quinta posición. Mikasa repite el sencillo ejercicio, centralizada en efectuarlo correctamente mientras ignora el alborotado entorno que la rodea. Sus compañeros no restringen ni una raya las ansias que los corroen y el único procedimiento a la mano para tranquilizarse es, aparentemente, dialogar al punto de crear bullicio ―aprovechando la ausencia de la profesora Nanaba― sobre los resultados de las audiciones. Según las propias palabras de Levi, el día viernes se les informa por fin si los estudiantes de la academia Sina poseen el nivel apto que les permitirá participar en las nacionales y, asimismo, qué bailarines van a ocupar la categoría de solos, dúos y tríos. Este hecho es lo suficientemente efectivo para devastar a pedazos la minúscula tranquilidad en el estudio E.
― ¿Nerviosa?
La voz de Farlan Crunch le exige girar casi de inmediato, rozando gracias al exabrupto el brazo del susodicho parado demasiado cerca para su gusto. Mikasa frunce el entrecejo al reparar en la sonrisita juguetona estampada en su atractivo rostro, la cual le proporciona al joven un aire de diversión a su misterioso semblante. A pesar de que cruzan caminos tres veces a la semana, jamás ha intercambiado una conversación con Farlan; por lo tanto, es un hecho increíble que él le dirija la palabra tan de repente.
―No tanto ―comenta, apartando la mirada, pretendiendo no tomarle importancia a su actitud. Posteriormente, el mutismo reina por parte de ambos, volviéndose sumamente incómodo cuando vislumbra de soslayo que él no aparta los ojos celestes de su figura, analizándola descaradamente―. ¿Necesitas algo? No aprecio que intentes hacerme un agujero con la mirada.
― ¿Sabes una cosa? Me parece curioso que Levi haya aceptado participar con alguien, más si es una estudiante nueva ―suelta de sopetón, obviando lo que ella acaba de decirle. No es la primera vez que alguien le indica lo extraño del hecho, ya que Levi Ackerman es distinguido como un bailarín solitario que rechaza a cualquier persona que le sugiera un dúo o trío a su lado. Pero tampoco es algo del otro mundo, y que la atosiguen siempre con la misma cháchara ya empieza a hartarle―. ¿A ti no?
― ¿A dónde quieres llegar? Ve al grano ―habla de golpe, contradiciendo a todas las dudas que se originan en su cabeza, una más disparatada que la otra.
― ¿Por qué crees que quiero llegar a algún lado? Solo es una charla normal con una compañera de clase normal.
―Con la cual nunca has cruzado palabra ―Mikasa lo observa de reojo, inmutable.
―Por algo se debe empezar, ¿no? ―Farlan no la pierde de vista mientras su boca continúa vomitando oraciones que la dejan cada vez más descolocada―. Entonces, ¿te importaría si...?
―Farlan.
Ambos examinan a la silueta del sujeto encargado de cortar sin miramientos el pobre intento de plática que sostenían, la cual pendía de un delgado hilo. Levi alza una de sus cejas en señal de interrogación, deseando averiguar a qué se debe el emparejamiento de su primo y su compañera de baile.
― ¿Se puede saber qué demonios haces? ―brama al cansarse del cargante silencio que ninguno se molestó en deshacer.
― ¿Yo? Nada. Solo tengo una conversación para saber... ¡Oye! ―un quejido escapa de la boca de Farlan cuando el azabache aprieta su hombro y tira de él con fuerza, obligándolo a retirarse de las barras para mujeres.
―Ese viejo de Kenny no puede mantener el culo cerrado... ―es lo último que le escucha decir a Levi.
¿Qué relación tiene el hermano de Kuchel en toda esa anormal situación? No se le ocurre ni la más mínima idea, y tampoco se detiene a sopesar en una teoría acertada porque la profesora entra al estudio, anunciando su llegada en voz alta junto a un par de aplausos que sirvieron para instaurar el orden.
Casi sincronizadamente, los bailarines se posicionan en su sitio correspondiente, uno detrás del otro a lo largo de las barras. Veinte pares de ojos curiosos persiguen con vista de águila cada movimiento realizado por la mujer, aguardando a que suelte de una buena vez los resultados. ¿La academia Sina entra o no en las nacionales? La expresión sosegada en el rostro de Nanaba le otorga muy mala espina.
―Voy a ser directa con ustedes ―pronuncia calmadamente desde el medio del salón, sondeando su alrededor antes de arrojar de lleno la mala noticia―. Los resultados llegaron esta mañana, y lamento informarles que no alcanzaron el nivel requerido. Lo siento, chicos, tendrán que seguir esforzándose y tener suerte para el próximo año.
Irremediablemente, el ambiente se atiborra de lamentaciones, quejidos y suspiros que denotan lo decepcionados que se encuentran. La mayoría mantenía en lo alto la esperanza de haber sido lo bastante competentes para superar la primera prueba después de tanto trabajo duro, sudor y nervios.
Por instinto, Mikasa busca visualmente a Levi entre los hombres ubicados en la barra derecha y, para su sorpresa, descubre que él se le ha adelantado en la tarea, haciendo que sus ojos choquen a la distancia. El rostro de su pareja de baile no se inmuta ni un centímetro ante lo anunciado, dándole a su estado un aspecto inalterable. Si es sincera, esperaba hallarlo con el ceño fruncido a más no poder y la quijada apretada, lo cual siempre le otorga un macabro aspecto de asesino serial. Pero ahora es exactamente todo lo contrario: sosegado, despreocupado e, incluso, hasta divertido. Mikasa ladea ligeramente la cabeza cual gatito curioso, inquiriéndole de esa forma a qué se debe tanta tranquilidad. Por su parte, Levi solo se delimita a virar su rostro al frente, acompañando el movimiento con una pequeñísima sonrisa arrogante.
Su pulso se acelera descarriado y siente que el calor asciende vertiginosamente hacia su rostro, el cual comienza a teñirse de un adorable rosáceo. Es evidente que se ha ruborizado, así que se regresa a su posición original, intentando a toda costa que él no distinga su reciente bochorno. Aun si le fastidia haber reaccionado como una niña pequeña incapaz de controlarse, al mismo tiempo agradece ser portadora de una buena vista que le permita captar aquel gesto inusual que tan perfecto queda en su cautivador perfil.
¿Qué demonios ocurre con él? ¿Se reinició de fábrica? ¿Tiene doble personalidad? Si bien, él siempre fue, inconscientemente, un aficionado a poner sus emociones de cabeza y crearle infinitos debates caóticos respecto al porqué de sus acciones, esa desconocida sensación predominó con mucho más ahínco que antes desde hace dos semanas, cuando compartieron una cena improvisada en la calidez de su hogar. Esa misma noche, Levi le obsequió al lindo y tierno cachorrito bautizado como Taffy, escoltando la sorpresa con un cálido abrazo que le brindó apoyo y la mantuvo calentita. Todo ha sido difuso para ella luego de aquel suceso. Sus conversaciones, su forma de actuar con él, los mohines que realiza cada vez que la pilla desprevenida. ¿Acaso ese hombre malhumorado es un brujo que le arrojó un hechizo capaz de atontarla incluso con su solo recuerdo? A esta altura, la idea no suena tan descabellada.
Para mala suerte de los bailarines, la clase transcurre desquiciantemente lenta, y el abatimiento se percibe con facilidad en el aire a cada segundo. Lo único que animó a Mikasa, distrayéndola de la situación, fue aprender un nuevo salto que tanto le costaba y conseguir abrirse completamente de piernas con la extremidad izquierda adelante. Por lo general, siempre le faltaban diez centímetros para llegar a tocar el piso. Desde niña se le ha dificultado horriblemente tomar flexibilidad con aquella pierna, muy contrario a la derecha que es denominada por ella misma como su mejor arma de confianza.
Una vez cumplidas dos horas exactas, marcando en el reloj las 6:30 p.m., Mikasa se adelanta al vestidor de mujeres para secarse el sudor, echarse desodorante y cambiar su ropa. Despejándose del body y las medias ―estas últimas con excesivo cuidado de no estropearlas otra vez―, reemplaza el vestuario de ballet por un ajustado pantalón de mezclilla, un fino suéter blanco de lana y botas bajas afelpadas por dentro. El otoño ya se había instalado en la ciudad de Ehrmich hace un par de semanas, refrescando a su paso los alrededores y tiñendo parsimoniosamente el paisaje de hermosos matices anaranjados, rigiendo en el proceso a que sus habitantes carguen un abrigo extra al abandonar sus hogares. No existe ninguna clase de vacilación al afirmar que prefiere mil veces enfundarse en ropa a tener el cuerpo pegajoso y acalorado debido al radiante sol veraniego. Por esa razón el maravilloso otoño es su segunda estación favorita después del invierno.
Finalmente, ajusta la cadenita alrededor de su cuello y libera su negruzca cabellera de aquel rodete ceñido que le succiona el alma. Cuando ya está lista para retirarse del vacío vestidor ―es tradición que se demore una eternidad en prepararse y ser la última―, es alertada al oír los inquietantes cuchicheos de sus compañeros que provienen del estudio. Se apura a salir del vestuario con el fin de averiguar a qué se debe el disturbio y no tarda en resolver sus dudas cuando divisa a Nanaba bloqueando la puerta del lugar, evitando que los estudiantes se marchen. La mujer sonríe juguetonamente, provocando todos le ofrezcan la atención requerida.
―Era broma, chicos. Los resultados están afuera ―anuncia al cerciorar de que todos sus alumnos estén presentes. Una ligera risa cantarina brota de sus labios al apartarse de la puerta y cederles el camino libre a los apresurados bailarines que corren en dirección al pasillo.
Acaparando toda la paciencia administrada en su interior, la azabache decide esperar pacientemente en un rincón a que el amontonamiento de gente se disuelva, mientras espanta lejos la atrayente idea de empujar a los jóvenes que le impiden ver si Levi y ella pasan a la siguiente ronda. Reclinando el costado de su cuerpo contra el marco de la puerta, contempla cómo varios pegan un grito al cielo por haber sido seleccionados y festejan el logro yéndose canturreando desafinadamente por el corredor de la academia.
―Um... ¡Disculpa, Mikasa! ―desconcertada al no reconocer la femenina voz, Mikasa desciende la vista hacia la adolescente que acaba de tomar el borde de su suéter para solicitar su atención. Le resulta sumamente conocida su cara, mas su memoria no colabora en recordar con detalle de quién se trata. Es hasta que una niña rubia de su misma edad aparece tras ella que Mikasa consigue identificarlas a ambas―. Soy Gaby. Nos conocimos en el baño de mujeres hace unas semanas.
―Y tú eres Zofia ―afirma, mirando a la chica que asiente firmemente con una sonrisa―. ¿Qué necesitan? La profesora Nanaba acaba de irse si la buscaban.
― ¡No! Yo... Solo quería... ―juguetea con sus dedos índices, tomando una actitud tímida. A simple vista, los nervios brotan por sus poros y la niña parece querer huir despavorida. De inmediato, su fiel amiga le proporciona un pequeño empujoncito en la espalda para que tome valor y continúe adelante―. Quería agradecerte por apoyarme esa vez, tus palabras ayudaron mucho a no quedarme calva de los nervios. Tenías razón, ¡conseguí el solo!
«No te quedes con todo lo malo, hay más pros que contras, ¿no? Deposita tu confianza en eso, entonces. No te atormentes y aguarda hasta saber los resultados, puede que te sorprendan al final». Lo recuerda. A veces se sorprende a ella misma por lo sabia que logra ser. Si es necesario, lo repetiría hasta mil veces, pero tener a Armin Arlert como mejor amigo es realmente provechoso en diversas situaciones.
―No es nada, Gaby ―suaviza su tono, dirigiendo su mano hacia la cabellera castaña de la mencionada para despeinarla levemente―. Bien hecho.
― ¿Y tú? ¿Pasaste o no? También audicionaste para un solo, ¿cierto? ―pregunta Zofia, interesada en el tema.
―Tuve un inconveniente ese día, por lo que decidí participar con un dúo junto a un compañero. Todavía no veo los resultados ―indica, percatándose de que ya no hay nadie en el pasillo a excepción de ellas.
Seguida de cerca por ambas jóvenes que, si no se equivoca, incluso están más curiosas que ella, Mikasa se ancla justo frente al cartel blanco adherido a la pared. Liberando un suspiro, eleva su mirada grisácea para comenzar a leer las letras en negrita. En la primera categoría de solos, descubre el nombre de Petra y no puede impedir sentirse orgullosa de su talentosa amiga que, sin dudas, se merecía el puesto. No se toma la molestia de ver quién más ha conseguido un solo y prefiere descender la vista directo a los dúos.
Ymir Lenz e Historia Reiss.
Su mente ya recrea un escenario donde Isabel reparte quejas y agravios para defenderse de las molestas bromas de Ymir y su gran ego. Sonríe al imaginar el confrontamiento inevitable que tarde o temprano iba a suceder dependiendo de los resultados.
Mikasa Ackerman y Levi Ackerman.
Cuando pone un pie dentro de su hogar, no se sorprende al no ser recibida por nadie. Siendo viernes, su padre todavía se ubica en el edificio de su trabajo y recién se permitirá volver dentro de una hora o media, dependiendo del tráfico que, frecuentemente, atasca las atiborradas calles de la ciudad la mayoría de los días. Por otro lado, si Taffy no le ha dado la bienvenida con una alegre fiesta en la cual mueve su pequeña colita y ladra ensordecedoramente, es por la simple razón de estar dormitando cual perezoso en el jardín trasero.
Cuelga su mochila en el respaldar de la silla más cercana y va directo a lavarse las manos en el fregadero. Sin previo aviso, su estómago gruñe en protesta, obligándola a revisar la nevera para descubrir si hay algo para tomar. Sonríe quedamente al notar los yogures de frutilla que Elias compra cuando puede, sabiendo que son sus favoritos. Extrae uno y busca una cuchara metálica del cajón para disfrutarlo mientras ve algo en la televisión de la sala. Prende el plasma y cambia de canal en canal en busca de entretenimiento; está dándose por vencida al transcurrir el tiempo y no hallar nada de su interés, hasta que cae en un programa denominado «Limpiadores compulsivos».
―El ogro se caería de culo si ve todo es desastre ―murmura divertida, metiéndose una cucharada de yogurt a la boca.
Disfruta de la televisión hasta que el episodio termina, convenciéndose de que Levi podría participar fácilmente de aquel programa. Mientras estira sus entumecidas extremidades gracias a la mala posición, elige darse una merecida ducha de agua caliente que se le antoja demasiado tentadora en ese momento.
Cuando sale del baño colmado de vapor con una mullida toalla cubriendo su curvilíneo cuerpo, el celular en su mano tintinea debido a una videollamada de su querido Armin Arlert.
―Ey ―dice a modo de saludo una vez que la tierna carita de su amigo aparece en la pantalla.
― ¡Hola, Mika! ―sonríe del otro lado, sacudiendo su palma libre―. Lo siento, ¿mal momento para llamar?
―No te preocupes ―responde Mikasa, entrando a su habitación y cerrando la puerta con el codo al tener las manos ocupadas―. ¿Qué sucede?
― ¿Como que qué sucede? ¿Y los resultados? Se revelaban hoy, ¿cierto? ―pregunta, asustado de haberse confundido con las fechas―. Espera, ¿acaso anoté mal el día en mi calendario?
―Tranquilo, paranoico, sí era hoy ―ríe, divertida por su comportamiento agitado―. Y respondiendo tu duda, sí, pasamos a las nacionales.
― ¡Felicidades! Yo sabía que lo lograrían ―realiza una pequeña pausa―. Igualmente preparé una frase motivadora en caso de que no fuera así.
―Qué considerado eres, me inclino ante tanta amabilidad ―baja un poco su cabeza en señal de respeto.
―Oh, no fue nada, no fue nada ―sonríe tímidamente, provocando que Mikasa casi muera infartada ante la ternura que emane de forma inconsciente―. Ahora pasemos al otro asunto.
Mikasa sabe perfectamente a qué se refiere al sacar a relucir el "otro asunto". De modo que, excusándose con que necesita vestirse, deja el celular boca arriba sobre el colchón y corre hacia su armario para buscar qué ponerse.
― ¡No huyas, Azumabito! Tienes que relatarme todo con lujo de detalles. ¿Levi te felicitó con un abrazo o con un b...?
―Armin, sabes bien que él no es de ese tipo ―lo interrumpe antes de que comience a decir disparates. Mientras se coloca una blusa, bragas y un pantalón de chándal, piensa en qué más agregar para que ya no insista con el tema―. Ni siquiera se detuvo a ver los resultados, fue directo a la salida.
―Cómo estás pendiente a sus movimientos, ¿eh? ―ante el comentario, rueda los ojos con claro fastidio. ¡Nada se le puede escapar a este chico! Mikasa vuelve a agarrar su celular, enfocando el rostro burlón de Armin que se divierte por su ingenuidad para caer en sus trampas―. Aunque he de admitir que su comportamiento es extraño. Pero así te gusta, ¿no?
― ¿Seguirás molestando con eso? Ya te dije mil veces que no ―protesta, cansada del supuesto enamoramiento que, según él, tiene con su pareja de baile.
―Ay, Mikasita, sita, sita. No me puedes engañar, lo sabes. Nos conocemos hace doce años, casi trece, sabes que eres un libro abierto para mí ―dice, utilizando el mismo monologo que siempre adquiere cada vez que su deseo por tener razón prevalece―. Tú eres la única que no se da cuenta de sus obvios sentimientos.
―Voy a borrar de mi cerebro esta parte de la conversación, ¿de acuerdo?
―De acuerdo, pero no podrás evitarme por toda la eternidad ―contesta―. Por cierto, ¿cuándo podré conocerlo en persona? Ahora que lo pienso, ni una foto me has mostrado de él.
― ¿Ahora vas a hacerte el inocente? Sé muy bien que tomaste mi teléfono el otro día para meterte en su Instagram.
―Ta, ta, ta, no es lo mismo. Esa foto junto a su familia es de cuatro años atrás.
―No lloriquees, Arlert, algún día te lo presentaré ―sacude su mano para restarle importancia al asunto―. Ahora cambiemos de tema, por favor. ¿Has hecho algo además de ver todos los animes de la temporada?
― ¡Sí! Justo iba a contarte que hallé un nuevo manga que...
Platican alrededor de una hora sobre los intereses otakus de Armin, hasta que el susodicho recuerda que en la mañana le llegó del correo un libro de fantasía, el cual es estrictamente necesario leer para esa misma noche porque debe compartir su solicitada opinión con sus amigos de internet que ya lo han leído antes. Si bien, el tema no es de lo más interesante para ella y comprende menos de la mitad de las cosas que dice, jamás se cansará de valorar el entusiasmo y alegría que brilla con intensidad en los ojitos celestes de su mejor amigo al debatir de algo que tanto le gusta. El rubio corta abruptamente la videollamada con un «¡Adiós, te quiero, Mika!» que la hace sonreír por lo adorable que termina siendo sin esforzarse ni un ápice en intentar aparentarlo.
Calculando que su padre ya ha llegado hace rato del trabajo, baja las escaleras con el objetivo de saludarlo e informarle la buena noticia. No se asombra al verlo recostado en el sillón con el pequeño Taffy durmiendo cómodamente en su pecho. La imagen que contempla es tan hermosa que no se aguanta a capturarla mediante la cámara de su celular y, cuando el característico «clic» la manda al frente, su padre voltea a enviarle una mirada de reproche ―a Elias nunca le ha agradado aparecer en las fotos― mas no emite comentario alguno, ya que Mikasa le asegura que su rostro no alcanzó a salir.
―Adivina qué... ―dijo ella, sentándose en el reposabrazos del sillón. El hombre alza una ceja para que prosiga―. Con Levi pasamos a las nacionales.
Elias permanece en un silencio sepulcral que inquieta a Mikasa, obligándola a pensar por un milisegundo que él no tiene ni la menor idea de lo que está hablando o que ha olvidado el asunto por completo. Sin embargo, sus incertidumbres se desvanecen tan rápido como el hombre se reincorpora con cuidado de no asustar al cachorro y envía lánguidamente su mano al pelo aún húmedo de su hija.
―Te dije que eres talentosa como tu madre ―comenta con una pequeña sonrisa que resalta enormemente en su seriedad habitual, mientras acaricia su cabellera―. Tenía pensado hacer una parrillada el domingo, ¿Por qué no invitas a tus amigas y a ese chico Levi para celebrarlo?
― ¿Estás seguro? ―inquiere dudosa, sabiendo que a su padre le gusta dedicar los domingos a su única hija.
―Hija, si me haces repetirlo, me arrepentiré.
― ¡Ok! ―dijo rápidamente, poniéndose de pie con un brinquito―. Voy a hacer la cena, ¿algo en especial que se te apetezca?
―Cualquier cosa está bien ―contesta, ensimismado en mimar el cuello de Taffy que agradece las caricias repartiendo lamidas al dorso de su mano.
Según el criterio de Mikasa, es verdaderamente sorprendente cómo su padre se encariñó con el cachorro tan rápido. Cuando se le fue obsequiado el pequeño, trece días atrás, Elias despertó tarde al mediodía sufriendo una resaca del demonio y, por un momento, llegó a pensar en un serio delirio cuando bajó a la cocina en busca de un vaso de agua y su pie chocó contra el diminuto individuo que jugaba animado con el extremo de un cojín proveniente del sofá, el cual era tres veces veces su tamaño. En un inicio, se mostró reacio a conservar un nuevo revoltoso merodeando por toda la casa; no obstante, solo bastaron dos simples minutos para que el hombre cayera rendido a sus patitas. Tanto fue el cariño alcanzado que, inclusive, se ofreció él mismo como voluntario para trasladarlo a la veterinaria a que le inyectaran su primera vacuna y corroboraran que el can no tuviera nada malo.
Una vez en la cocina, reposa su cadera contra la mesada de mármol, tomándose su deliberado tiempo en enviarle un mensaje a Armin, ofreciéndole una invitación para participar el domingo. Repite la acción en el grupo de amigas creado por Sasha, el cual involucra también a Petra e Isabel. Estas respondieron sin vacilación que asistirían y llevarían comida para acompañar.
El reto final es entrar al chat de Levi. Por alguna razón que su cerebro no logra identificar, sus dedos se congelan al no saber qué escribirle o cómo emprender su labor. La opción de borrar es apretada tantas veces por su pulgar que acaba perdiendo más de diez minutos parada sin sentido en la cocina. ¿Qué tan complicado es? Lo único que debe hacer es mandar el mismo mensaje y el asunto se termina. ¿Entonces? ¿Por qué tanto miedo? Tal vez, el solo pensar que él rechazará la propuesta, la incentiva a acobardarse, no lo sabe exactamente. Pero, ¿por qué tanto miedo? Santo cielo, es solo Levi Ackerman, un ser humano común y corriente, no un dios superior al que se le debe respeto.
Luego de sopesar los pros y contras por una exagerada cantidad de tiempo, concluye por enviarle la foto de Taffy descansando como un bebé en los brazos de su padre. Esa es la magnífica idea que resultó de tantos terribles planes para emprender una escueta conversación.
―Eres una gallina, Mikasa Ackerman ―se reprocha a sí misma. Su infantil actitud sería como un exquisito buffet para Armin, quien sin dudarlo aprovecharía la situación a su favor.
Retiene el aire en sus pulmones cuando su mensaje es respondido un minuto después. Imaginaba que él se tardaría en ver la notificación, pero no fue así.
Ackerman Levi, 8:20 p.m.
Es un mimado, no deberías consentirlo tanto, mocosa. A este paso, tendrá una habitación para él solo.
Espira, divertida por su exageración y elige seguirle la corriente.
Yo, 8:20 p.m.
Es tierno, y esa es suficiente razón para darle una habitación.
Ackerman Levi, 8:21 p.m.
Como digas. Ahora escúpelo, ¿qué me quieres decir?
Perpleja, su mandíbula cae unos centímetros apenas termina de leer la interrogante del azabache. ¿Cómo fue descubierta tan velozmente? ¿Este hombre, además de ser un gnomo mágico del bosque, también es adivino?
Yo, 8:22 p.m.
Bien, mi papá va a hacer un almuerzo este domingo.
¿Quieres venir?
La respuesta de Levi no parece tener intenciones de llegar pronto, ya que el chico se mantiene en línea por un par de minutos sin escribir absolutamente nada. Este hecho crea un deje de desilusión en su interior, pues ya había pronosticado que algo como eso podría acontecer. Empero, un pequeño rayito de esperanza se instala en su pecho al notar, después de cinco minutos, el «escribiendo...» que le eriza la piel y le provoca cosquillitas en el estómago.
Ackerman Levi, 8:27 p.m.
Ysbfbhagblhbbusiahgn
Ladea la cabeza, consternada.
Yo, 8:27 p.m.
¿Te desmayaste sobre el teléfono?
Por suerte, Levi contesta coherentemente y en su mismo idioma esta vez.
Ackerman Levi, 8:28 p.m.
Fue la estúpida de Hange que leyó tu mensaje y quiso robarme el teléfono para responderte. Ahora está preguntando si puede ir también. Erwin se incluye en el paquete, por cierto.
Mikasa sonríe al darse cuenta de que le hizo saber indirectamente que aceptó la invitación.
Yo, 8:29 p.m.
Pueden venir también.
Imaginar un espacio donde su padre esté rodeado de jóvenes, le resulta gracioso si reflexiona en la poca paciencia que Elias maneja, especialmente con los niños y adolescentes. Considerando ese particular detalle, se le ocurre una brillante idea que, en realidad, solo suena fascinante en su imaginación, ya que no sabe con exactitud qué resultará de todo eso. Teclea a máxima velocidad, verificando con paranoia que el hombre se mantenga en su sitio distraído viendo la televisión, y envía posteriormente el texto. Ojalá le agrade su improvisada sorpresa.
Mikasa asiente satisfecha con el trapeador en la mano, avizorando su trabajo recién concluido. Cada microscópico rincón del hogar Ackerman se localiza minuciosamente limpio, a tal punto que sugiere ser un espejo. Aparentemente, el programa de ayer la inspiró bastante con la higienización del lugar, incluso hurtó un par de tips útiles que los participantes revelaron en el episodio.
Un chirrido le avisa que la puerta de entrada ha sido abierta, y la figura de Elias se expone bajo el marco de la misma. En sus manos cuelgan cuatro paquetes plásticos que contienen la leña para la parrillada. Padre e hija se observan con los ojos entrecerrados, emprendiendo un serio desafío visual. El hombre amenaza con dar un paso mientras ella advierte que ni se le ocurra mover la extremidad o terminará en una guerra mundial.
―Alto ahí ―exige la azabache, apuntándolo acusadoramente con el dedo índice―. Acabo de limpiar. Si te atreves a poner un pie en la casa, esa leña no será lo único que arda en el fuego.
―Vaya. Lo siento, chica ruda, pero no vamos a estar aquí parados durante diez minutos.
― ¿Vamos?
Sin más preámbulos, la cabecita de Armin se asoma tras la espalda de Elias como un ratoncito fisgón. No le impresiona verlo tan temprano, él siempre llega treinta minutos antes a cualquier juntada, es bastante responsable. Al percatarse de que en sus manos carga un par de bolsas con verduras que se antojan extremadamente pesadas para sus bracitos de espagueti, Mikasa se compadece de las inexistentes fuerzas de su mejor amigo y decide sucumbir a la resignación.
―Está bien, ustedes ganan ―bufa por haber perdido la batalla en un chasquido de dedos―. Pero pisen las orillas y en puntitas o no hay trato.
Luego de que Elias caminara directo al patio para depositar la leña a un lado de la parrilla y Armin casi patinara en el recibidor gracias a la humedad del piso, el par de jóvenes se dirige a la cocina-comedor para intercambiar una charla habitual. Una de las cosas que más adora de la amistad con el pequeño rubio es que nunca de los jamases se quedan sin tema de conversación.
―Hoy es el gran día ―afirma Armin, depositando las verduras en el fregadero con el fin de lavarlas.
― ¿El gran día?
― ¡Sí! Ya sabes, para conocer a... ―interrumpiendo la oración, Mikasa le cubre la boca al notar la figura de Elias aproximándose a ellos.
― ¿Conocer a quién? ―averiguar el mayor interesado, entrelazando los brazos bajo su pecho.
―Ya sabe... ¡A las amigas de Mikasa! ―inventa el chico, escoltando sus palabras con una sonrisa forzada. Elias lo mira escéptico, sin creer nada de lo dicho (después de todo, Armin ya se reunió con las revoltosas compañeras de su hija en más de una ocasión). Al percatarse de que ha metido la pata en grande, pretende huir de la incómoda situación abriendo la alacena donde, corrientemente, se guardan las especias―. Ah, señor Ackerman, no queda aceite ―indica, exponiendo en su mano la botellita de plástico casi vacía.
De inmediato, la fémina del grupo es acechada por dos pares de ojos que expresan sin necesidad de palabras una petición más que evidente.
―Hija, ve a la tienda.
― ¡Ey! Vayan ustedes. ¿Por qué siempre yo? ―protesta.
―Porque yo tengo que hacer el fuego.
―Y yo lavar las verduras ―le sigue Armin, subiéndose los lentes cuadrados que se le deslizaban por su respingada nariz.
Al advertir que ninguno posee la convicción de salir a comprar, Mikasa se queja abiertamente con un gruñido de perro rabioso.
―Los detesto cuando conspiran contra mí ―dice molesta, estirando la mano con la palma hacia arriba para que Elias le entregue el dinero.
―De paso compra unos sobres de jugo ―agrega su padre, divertido de hacer fastidiar a su hija―. Y abrígate porque si sales así te vas a enfermar.
Aunque Mikasa reconoce que su padre posee toda la razón, no aguanta refunfuñar cual infante camino a las escaleras que sube dos en dos para solicitar alguna prenda abrigada de su armario. Naturalmente, salir a la calle solo con leggins y un crop top no es lo indicado, mucho menos después de haberse acalorado un poco gracias a la limpieza. Coge la primera sudadera a su alcance y se la echa encima.
La tienda más cercana se ubica a tres cuadras de distancia, así que no se molesta en ir más rápido y transita con calma las calles de su barrio. Por obra de los dioses sagrados, solo hay una persona comprando en el negocio, eso significa que no debe hacer una fila interminable, algo que ya le había ocurrido anteriormente con regularidad. Ya con la botella de aceite y los sobres de jugo en sus manos, Mikasa vuelve a su hogar y logra divisar a la distancia dos autos estacionados en la vereda.
Su órgano vital parece reconocer uno de los coches, ya que comienza a latir desbocado como si le estuviese advirtiendo «¡Mira, mira, ahí está Levi!» quien, por cierto, sale del vehículo en la compañía de Erwin y Hange, sus inseparables amigos. No consigue ver quién es el dueño del otro coche, pues la mujer de lentes y desordenada cabellera se apresura a saltar sobre ella y apretujarla entre sus brazos, depositando a su vez un estruendoso beso en su mejilla izquierda.
― ¡Hola, Mikasa! ¡Estaba supermegahiper emocionada de venir! ―exclama, equilibrando en su antebrazo izquierdo la bandeja que trae con sándwiches.
― ¿Qué tal, Hange? ―responde ella más sosegada una vez liberada del encierro cariñoso―. Hola, Erwin.
No recibe una respuesta a cambio y eso la extraña, recordando que el hombre de espesas gruesas es enormemente caballeroso y educado como para no devolver un cordial saludo. Erwin prologa el silencio durante unos segundos más, examinándola de pies a cabeza, absorto en ella por alguna razón imposible de comprender para los presentes.
―Hola, Mikasa. Linda sudadera ―comenta al fin, suavizando su expresión.
Sin comprender qué tiene de especial como para haberlo perturbado, la azabache baja extrañada la vista hacia su torso, tropezándose con una sencilla prenda negra que... Un momento. De un segundo a otro, olvida torpemente la banal acción de respirar al rememorar la procedencia de aquella sudadera. Levi se la había prestado después de que las mascotas de este colmaran su blusa de pelo, pelo y más pelo. Posteriormente, se le fue obsequiada por él cuando la fémina inventó que la nariz le goteaba y por ese motivo se limpiaba con la tela de la manga, ocultando que en realidad olisqueaba el aroma a té y sahumerios originario de su dueño.
― ¡Eh! Se me hace bastante familiar ―brama Hange, chillando ante el descubrimiento―. ¿A ti no, Levi?
―Ustedes dos son un grano en el culo. Que les entre en sus pequeños cerebros achicharrados que existen miles de esas sudaderas y no necesariamente tiene que ser la mía.
―Pero... Nunca sugerimos que era la tuya ―expone Erwin, provocando que el silencio reine en la vereda.
― ¿Me hacen el favor de morirse? ―Levi aprieta la quijada, el aura asesina rodeando su cuerpo.
Entre bromas pesadas y fastidiosas para el más bajo, los recién llegados ingresan al hogar con completa confianza, siendo perseguidos por un gruñón pelinegro que no se dignó a dirigirle la palabra siquiera con la descencia de saludarla.
―Mikasa, querida, ¡qué bueno verte de nuevo!
―Kuchel ―Mikasa sostiene a la hermosa mujer entre sus brazos cuando esta le brinda un cálido abrazo, muy contario al de Hange. Posteriormente, envía su mirada hacia el alto individuo que cierra el segundo auto estacionado.
―Niña, ¿tu padre está ahí dentro? ―pregunta Kenny con un timbre de voz malicioso, sosteniendo una botella de vino tinto en la mano.
―Sí, pasen. De seguro se alegra de verlos.
Kenny y Kuchel se dejan escoltar por la muchacha hacia el interior de la casa, el primero acompañado de una alargada sonrisa siniestra que asustaría a cualquier menor de edad. Cuando abre la puerta de madera, Mikasa siente la cargante mirada de su padre que recientemente saludaba a los recién llegados.
―No...
― ¡Yes! ―contradijo Kenny, yendo directamente hacia él para rodearle el cuello y frotarle la cabeza con ayuda de sus nudillos―. ¿Me extrañaste, Eli? ¡A que sí!
―Maldición, ni un poco. ¿Qué diablos haces aquí?
― ¡Tu agradable hija nos invitó!
Mikasa adopta la falsa fachada de una carita extremadamente inocente, como quien no rompe un plato. Dándose por vencido, Elias libera un suspiro y, aunque se haya mostrado esquivo por la presencia de «la mala influencia encarnada», una sonrisa imperceptible surca sus delgados labios, dejando al descubierto que la sorpresa no le ha caído del todo mal. Kuchel le da un fuerte manotazo en la espalda y un «¡Estás tan malhumorado como de costumbre!» a lo cual su padre contraataca con «Y tú continúas siendo ese animal salvaje y violento». A continuación, los adultos se trasladan al patio, dejando a los más demás en el interior del hogar.
― ¡Bien! ¿En qué ayudamos? ―consulta Hange, dando palmaditas rápidas―. Trajimos varias cosas hechas por si quieres guardarlas en la nevera.
―Armin está haciendo las ensaladas en la cocina, no le vendría mal una mano. Es algo lento en la cocina, pero no se lo digan ―bromea, recibiendo los recipientes repletos de apetitosa comida.
― ¡Te escuche! ―advierte Armin desde su sitio, donde recién está pelando las papas.
― ¡A la orden, capitana! ―carcajea la mujer de lentes, siguiéndola junto a Erwin.
Ambos se presentan ante el tímido rubio ―que solo es tímido en presencia de desconocidos― y, sorprendentemente, congenian al instante al trabajar con lo pedido. Guardando los tápers en la heladera, Mikasa se pregunta dónde diablos se ha metido Levi porque parece haber desaparecido por arte de magia. El misterio no demora en resolverse cuando lo ve encaminándose hacia su encuentro, cargando a Taffy en sus fuertes brazos.
― ¿En serio le pusiste un moño? Es más grande que su cabeza ―dijo el azabache, examinando desagradablemente el collar rojo del cachorro que se distingue más que entusiasmado por la presencia de tantas personas. Por supuesto, personas + manos = mimos.
―Se ve hermoso, y a él le gusta, amargado.
Plenamente inconscientes de sus acciones ―o tal vez sí― los dos apoyan sus espaldas contra la pared, iniciando así un banal diálogo o compartiendo de a tanto inofensivas miraditas de reojo que no pasan desapercibidas para cierto trío que conspira silenciosamente entre cuchicheos sin que ellos se percaten.
―Tu padre quiere ponerse una soga al cuello ―afirma el varón―. Y lo comprendo, yo también lo consideraría seriamente.
― ¿Lo dices por tu tío? ―pregunta Mikasa.
―Por Kenny y porque somos muchos.
―Bueno, todavía faltan. Por lo tanto, si piensa suicidarse porque hay ocho personas, no me imagino qué intentará hacer al enterarse que...
El timbre de la estancia resuena en las paredes, cortando la oración de Mikasa, quien se apresura al recibidor para abrir la puerta.
― ¡Eo! ―grita Sasha seguida de Petra e Isabel. Y, para su sorpresa, también de Farlan.
―Lo siento, se nos coló. ¿No te molesta? ―pregunta la pelirroja, observando de reojo a su medio hermano.
―No hay inconveniente ―niega con la cabeza, dándoles el paso.
―Todavía no cierres, la profesora Nanaba está afuera cerrando su auto ―informa Petra sonriendo y deposita un beso en su mejilla antes de adelantarse con las demás chicas.
Mikasa aguarda pacientemente a que la mujer cruce el jardín delantero, mientras oye de fondo las voces de Isabel y Sasha vociferar un ruidoso «¡ARMIIIIIN!» que aturde a todos los individuos existentes en el hogar. Solo se han visto un par de veces, mas el par de mujeres se encariñaron como garrapatas con el adorable rubiecito.
Nanaba saluda efusivamente a su querida alumna, ofreciéndole la ensalada de frutas que preparó apenas la azabache logró contactar con ella para invitarla a la parrillada. La brillante idea de Mikasa era juntar al grupo de amigos que sus padres formaron durante su adolescencia; aun si la ausencia de su madre es irremediable, está completamente segura de que a Aiko le haría inmensamente feliz saber del emocional reencuentro tras veinte años. La mujer de claras hebras realiza un gesto general a los jóvenes y se marcha directo al exterior junto a sus viejos amigos.
Levi, quien continúa a su lado, la persigue como un perrito faldero cuando va a reunirse con Hange, Erwin, Isabel, Sasha, Petra y Farlan. Estos se hacen ver bastante entretenidos preparando los aperitivos, intercambiando risas o anécdotas mientras escuchan música de fondo.
― ¡Mikasa! Necesitamos un encendedor ahora mismo ―espeta Hange, acomodando sus anteojos. La mujer se ha denominado a sí misma como la guía del grupo que, en pocas palabras, dicta las ordenes y no hace un carajo más que obligar a sus amigos a trabajar y criticar si algo resultaba erróneo.
―Ahora lo traigo ―la chica parte a buscar el encendedor que su padre hurtó hace minutos, aprovechando a llevar también la carne extra que una de las chicas trajo para añadir a la parrilla.
Intentando pasar desapercibida para los acusadores ojos de Elias ―está al tanto de que él no se guardará sus importunos comentarios al preguntar por qué hay un ejército en la casa―, se escabulle sigilosamente cual espía encubierto, haciendo el menor ruido posible con el objetivo de que los mayores no se percaten de su presencia. Celebra en su interior apenas su palma se envuelve alrededor del objeto requerido, mas su fiesta es terminada temprano cuando el pesado antebrazo de su padre envuelve su delicado cuello.
― ¿Puedes explicarme por qué hay un ejército en la casa? ―dicho y hecho. Mikasa se enorgullece de admitir que lo conoce más que cualquier otra persona en el universo.
―Tú dijiste «invita a tus amigas», en ningún momento especificaste un límite ―se justifica, menguando el hecho de que hay trece personas en el interior―. No te preocupes, no nos darán vuelta el lugar ni crearán alboroto. Son tranquilos.
―Hay tres muchachos, ¿tengo que traer la silla de la tortura?
―Ya conoces a Levi y Erwin ―lo ojea con reproche en su mirada gris. Su padre ha visto innumerables veces a Levi, cada noche que la dejaba en su hogar una vez terminados los ensayos; también sabe que él fue el único que la ayudó tras la muerte de Charlie, abandonando su oportunidad de un solo para transportarla a la veterinaria. Ya es demasiado tarde para protestar al respecto, no puede decir ni pío―. Y Farlan es el hijastro de Kenny.
―Lo sé, y eso es lo que me preocupa ―dice Elias, analizando de soslayo al hombre que ríe a extravagantes carcajadas en la compañía de Nanaba y Kuchel. Aquella imagen le recrea viejos momentos, permitiéndole relajar su expresión, mas vuelve a su estado sereno original cuando es pillado por Mikasa y su mueca juguetona que expresa burla. Rendido, el hombre quita su brazo y le permite reanudar su trayectoria―. Está bien, te libero.
― ¡Gracias!
A paso veloz, Mikasa regresa a la cocina justo a tiempo, encendiendo la hornalla que Erwin utiliza con el fin de cocer las papas que Sasha pretendía a toda costa robar y comer aun crudas. Sin remedio, Farlan y Petra se vieron obligados a apresarla de ambos brazos para evitar que devore todo a su paso como una aspiradora humana incapaz de detener su avara tarea.
―Oye, mocosa ―Levi la llama todavía apoyado contra la pared, aguardando a que se le una.
Cediéndoles el privilegio de preparar la comida ―rezando internamente para que sus amigos no exploten la cocina― se aproxima al solitario chico que no pierde de vista ninguno de sus sutiles movimientos. Le resulta lindo de su parte que él haya estado esperando a que dejaran de solicitar su ayuda para que ambos tengan un espacio en el cual seguir charlando. Sin embargo, es interceptada nuevamente y tirada del brazo por Armin, quien la saca de su ensoñación.
―Mika, necesito hablar contigo ―suelta con suavidad, procurando hacerlo frente Levi, cuyos ojos azulinos se han oscurecido sin razón aparente.
―Bien.
Sin hacerse esperar, ambos amigos suben las escaleras de madera y apoyan sus traseros sobre el último escalón, procurando mantener la privacidad al hablar entre bajor murmullos.
―Suéltalo, Chiki Armin.
―Mikasa, ese es Levi, ¿correcto? ―ancla intensamente sus ojos sobre los de ella.
―Sí, ¿y qué? ―pregunta en un susurro, insegura.
―Todo este tiempo lo has descripto como un viejo amargado que frunce el ceño las veinticuatro horas del día. ¿Acaso no has notado como te mira? Créeme, lo vigilé desde que puso un pie en la cocina y tiene un cartel escrito en mayúsculas adherido a la frente que dice «ME GUSTA MIKASA ACKERMAN AZUMABITO» ―murmura, desesperado por hacerla entrar en razón.
―No digas tonterías, Armin, no puedes saberlo solo por eso ―le golpea el hombro sin fuerza, ya que él es muy sensible y no desea lastimarlo.
―Ah, ¿no? ¿Y cómo explicas que acaba de asesinarme de diferentes maneras dentro de su imaginación? Me sentí horriblemente acuchillado por su mirada. Sabes que soy demasiado perceptivo, Mika, es imposible que yo me equivoque.
―Qué humilde...
― ¡Levi Lance Ackerman! Haz algo por una vez en tu vida y ve a comprar gaseosas. ¡Y alguien encarcele a Sasha en la pata de una silla porque ya se bajó dos botellas! ―vocifera Hange desde la cocina y Mikasa apuesta su vida a que el grito llegó hasta la casa del vecino. «No te preocupes, no nos darán vuelta el lugar ni crearán alboroto. Son tranquilos». Ya quisiera, ya quisiera.
―Maldita sea, cuatro ojos, cierra el culo. Erwin, hazme el maldito favor de apalearla hasta que se desmaye.
Las risas se oyen estridentes de fondo por el retorcido y habitual sentido del humor de Levi ―aunque Mikasa sospecha seriamente que no es ninguna broma―. Empero, Armin no libera ninguna risilla, tan solo la ve de reojo con una sonrisa que va ensanchándose gradualmente con el pasar de los segundos. Aquel mohín es pronóstico de que un espectacular plan se ha ejecutado con éxito en su mente.
―Armin, no.
―Armin, sí. ¡Lo siento, Mika! ―se apresura a decir antes de otorgarle un pequeño empujón capaz de derribarla sobre el piso de la planta alta. Beneficiando la brecha recién creada, baja corriendo los escalones hasta el recibidor, donde Levi está a punto de abrir la puerta―. Te acompaño, necesito comprar algo.
El azabache lo inspecciona sospechosamente, como si pudiera leer sus pensamientos más profundos; no obstante, termina encogiéndose de hombros y no aporta nada, accediendo de esa manera a que el muchacho lo acompañe. Con el pánico recorriendo cada centímetro de su agitado cuerpo que comienza a reaccionar con espasmos nerviosos frente a la situación, Mikasa contempla desde lo alto de las escaleras cómo ambos chicos desaparecen tras la puerta. Instintivamente, se palmea la frente con ímpetu y cierra los ojos, rebobinando en su mente la famosa frase «Si no lo veo, no es real. Si no lo veo, no es real». Solo espera que su mejor amigo actúe inteligente y no lo arruine.
¡Ok! He aquí el capítulo que prometí publicar el viernes. Bueno, el viernes es sinonimo de lunes, ya saben (?) En realidad son las 23:59 y ya va a ser martes, pero esos son detalles.
El lado positivo de todo esto es que ya recuperé mi preciada computadora, voy a llorar. Fue un martirio escribir en el celular (la compu de respuesto que funcionada para la mierda se la llevaron F), por suerte le arreglaron el pin de carga a mi hija y por fin me la entregaron ayer.
¿Se acuerdan que dije en el anterior que este capítulo es que el más me iba a gustar escribir? Bueno, no es este capítulo precisamente, sino la segunda parte. Lo único que voy a decir es que será esto mismo desde la perspectiva de Levi, comenzando por el momento en que reciben los resultados de la audición y ya después lo que ocurre con nuestro hermoso Armin bebé. ^^
Sé que no hubo un carajo de RivaMika jajaja, pero ojalá el capítulo les haya gustado porque está bien largo el desgraciado con casi 9.000 palabras y me costó tres semanas escribirlo xD. Como siempre digo (ya sé que soy molesta) perdonen si notan algún error. Estaré corrigiendo para pillar alguno.
Gracias de antemano por sus votos y hermosos comentarios.
Ahora sí, me despido. Cuídense, tomen awita. Los quiero mucho.
Editado:
Ok, puede que el próximo esté listo en pocos días. De la nada me llegó un golpe de inspiración y ya escribí la mitad del capítulo. Esto solo sucede una vez cada dos años. Un milagro ha ocurrido.
