Después de la reunión con el presidente del banco, Una cena era la segunda actividad de mayor exposición y en la que se estaba poniendo todo el armamento diplomático de su pais. Gracias al primer contrato que se acababa de empezar a negociar, de manera oficial, con la delegación australiana interesada en el manejo del antiguo oleoducto, las puertas hacia otros países empezaban a abrirse para su pueblo en asuntos económicos, no solo eso, sino que ya no era el equipo diplomático el que intentaba estrategias de acercamiento a otras naciones, sino que paulatinamente los reyes y sus ministros ya empezaban a ser incluidos en exclusivas invitaciones para participar en foros, cenas, convenciones, inauguraciones, entre otras actividades.
―Este hotel es precioso ―murmuró Candice observando el paisaje a través de la ventana. Estaban en el Hotel Four Season. La ciudad era una estampa digna de fotografías para novelas de fantasía. Una absoluta belleza―. Creo que sería una estupenda idea si pudiésemos conseguir un tiempo para visitar la que fue propiedad de mi familia durante dos siglos. Sé que la vendieron a unos parientes lejanos, y ahora está convertida en un museo con piezas . ―Se giró para mirar a Terrence, quien parecía demasiado ocupado en otra cosa―. ¿Terrence?— dijo Candice
El rey Terrence acababa de recibir la última actualización del estado de salud del jefe de los Andrew. El tipo había salido de terapia intensiva, pero continuaba bajo arresto en el hospital, no solo hasta que se le diera el alta, sino hasta que confesara en dónde estaba escondiéndose su cómplice y sobrino. Anthony, seguía estando fugado, y equipo de inteligencia de la guardia real tenía entendido que no estaba ya en las montañas, sino que iba de una ciudad a otra, alrededor del país, utilizando diferentes medios de transporte para despistar a la policía. Terrence no iba a cesar de buscarlo hasta dar con su paradero. Los seis hombres que habían sido apresados, finalmente, confesaron cómo lograron introducir a Candice en la limusina que la llevó hasta el templo. Ese grupo fue sentenciado a cinco años de cárcel, sin derecho a apelación, bajo cargos de sublevación, insurgencia, y complicidad en el crimen de suplantación de identidad. ―¿Terrence, me escuchaste? Él apartó la mirada del teléfono, y la observó. Frunció el ceño.
―No, pero me gusta escuchar tu voz, así que puedes repetir lo que dijiste.
―Idiota ―murmuró Candice, y él soltó una carcajada. Se acercó hasta ella. Últimamente reír empezaba a ser una expresión normal entre ellos. No sabía qué estaba haciendo Candice con él, pero su influencia en su estado anímico le gustaba más de lo que podría admitir. ¿Tenía que ver el sexo? Probablemente, en especial porque era fantástico; no recordaba haber tenido una amante tan receptiva y sensual como su esposa.
Sin embargo, la plácida sensación que le provocaba la presencia de Candice iba más allá de lo físico, y aquel era un terreno inexplorado para un hombre habituado al pragmatismo y el desapego. De momento, ella era suya, y ese sentimiento de posesión parecía incrementarse cada día. A ratos, él se encontraba distraído pensando en qué nuevas sorpresas aprendería sobre ella, su cuerpo y sus necesidades sexuales. Había prometido que tendría una amante al casarse, pero sería una aberración hacerlo cuando tenía una diosa con un cuerpo impresionante, una mente ágil y una estimulante conversación a su lado. Terrence se sentía culpable por esconderle información sobre la gente de las montañas y lo que ello involucraba, pero prefería darle a conocer la situación cuando lo considerase más pertinente. Además, la perspectiva de poner en riesgo la plácida tregua que existía entre ellos le parecía una atrocidad en sí misma.
―Espera, no pude escuchar lo que decías porque estaba tratando de resolver una situación en el pueblo. No pongas esa expresión de preocupación, son solo cosas cotidianas que necesito atender ―dijo Terrence abrazándola de la cintura, y ella de forma natural elevó los brazos para rodearle el cuello―, ¿a dónde piensas ir?
―Como tengo suficiente tiempo para arreglarme, quiero aprovechar para ir al sauna. Sophie y mi pequeño equipo está trabajando en boletines de prensa, y se están encargando de que sean enviados a la casa real.
―Bernard está haciendo lo suyo, uniendo lo que hace Sophie para hacer un equipo en conjunto.
―Como debe ser ―replicó candice―. Los informes de medios locales e internacionales de comunicación, que me mostraron horas atrás, denotan que todas estas actividades con damas de sociedad al parecer tienen su efecto interesante; las personas empiezan a conocer la existencia de nuestro pequeño país. ―Terrence sonrió, porque estaban trabajando mucho para conseguir esos resultados; no se trataba de una gestión temporal, sino continua, sin embargo, necesitaban sembrar bases firmes para el futuro―. Menos mal la gala para tu discurso es aquí en el hotel. Me da un margen de tiempo para relajarme… No puedo creer que hayan pasado ya seis días.
―Apenas hemos tenido tiempo de dormir ―murmuró el Rey.
―Terrence…
―Dijiste que ahora mismo la agenda nos da un margen de descanso ―comentó el Rey acariciándole la espalda e inclinándose para besarle la comisura de los labios―. ¿O acaso no has echado en falta acostarte conmigo?
―Tal vez, sí, tal vez, no ―replicó Candice con una sonrisa cuando él le deshizo el lazo que sostenía su sedosa cabellera rubia.
―Creo que necesitamos asegurarnos de que todo va bien en ese aspecto ―dijo Terrence ahuecándole los pechos, y acariciándole los pezones sobre la tela del vestido. Ella contuvo la respiración.
―¿Es todo lo que importa? ―preguntó ella de repente. Habían pasado varios días intensos, y no solo de sexo y trabajo, pero en el caso de Candice, momentos de pensar y analizar su posición.
Candice sentía que a medida que pasaba más tiempo con Terrence, el sentimiento de venganza empezaba a apagarse y era reemplazado por algo distinto. No quería darle nombre para hacerlo real, pues albergar esperanzas en una relación tan frágil como compleja le podría causar más daño que bienestar. Terrencr estaba delante de ella, tan apuesto y seguro de sí mismo; tan cerca físicamente; tan real a su tacto y sus palabras, sin embargo, lo sentía lejano. Él poseía la capacidad de marcar distancia aún al deslizarse en el interior de su cuerpo, aún al besarla, y eso era algo que Candice no lograba comprender del todo. ¿Se trataba acaso de un poder masculino? Porque si era ese el caso, ella necesitaba adquirirlo, y pronto.
―Esta tarde, sí ―replicó esquivando la profundidad de la respuesta que necesitaba una pregunta como aquella. Antes de que Candice empezara a rodar las hipótesis en la ruleta de preguntas, le tomó el rostro entre las manos y la besó larga, pausada y profundamente.
―Podemos aprovechar los beneficios de esta tarde, juntos. ¿Qué te parece? ―preguntó Terrence apoyando la frente contra la de Candice. Ambos respiraban agitados. Ella no respondió. Tan solo le agarró la mano y lo guio hasta una de las sillas de caoba. Lo instó a sentarse. Terrence sintió que la boca se le secaba, cuando, con una sonrisa desafiante, Candice, empezó a desnudarse para él.
—Cariño ―dijo Terrence, ajeno al hecho de que había dejado escapar una palabra afectuosa, porque su cerebro no coordinaba las palabras con la pulsante erección que pugnaba por ser liberada de su confinamiento. Ella no hizo comentarios sobre el apelativo, porque estaba segura de que cada tanto él solía utilizar esa clase de palabras con sus amantes. Y sí, la enfadaba pensar en Terrence con otras mujeres. Tal vez la naturaleza humana funcionaba de extrañas maneras, y entre esos detalles se podían contar las emociones o sentimientos.
―Mmm ―dijo Candice inclinándose. Sus pechos se agitaron, muy cerca del rostro de Terrence―. Eso me gusta. La electricidad que invadió la habitación parecía cobrar brío durante cada nanosegundo que pasaba, mientras las miradas de Candice y Terrence colisionaban. Candice se sentó a horcajadas; lo escuchó gruñir. Con el pulgar Candice le recorrió el labio inferior, después el superior, y nuevamente el inferior. Él le mordió el dedo, con fuerza, y la sensación llegó como un relámpago directo al húmedo sexo femenino; podía sentir sus pezones erectos. Rodeó el cuello de Terrence con sus brazos, mientras él le tomó los senos, acariciándoselos con avidez.
―No dejas de sorprenderme ―murmuró Terrence, al tiempo que la atraía de la nuca para besarla―, y espero que no dejes de hacerlo. Las manos de él no podían quedarse quietas; la tocaban toda, y una de sus partes favoritas estaba muy húmeda. La acarició íntimamente y la penetró primero con uno, y luego con dos dedos. Ella soltó un jadeo y echó la cabeza hacia atrás, dejando expuestos sus pechos para él. La succión de la boca experta solo conseguía enloquecerla. Movió las caderas, frotando su sexo contra la mano de Terrence, mientras sentía cómo los dedos le acariciaban los pliegues íntimos y el clítoris. Él abrió sus piernas un poco más, y con el movimiento ―al estar Candice a horcajadas―, también instó a que ella se expusiera más…
―Terrence… ―susurró Candice en un tono que parecía más bien una plegaria. Le quitó la camisa, y le acarició el torso. Clavó las uñas en los hombros, mientras su cuerpo se mecía en la búsqueda de la liberación―. Oh…
―Candice… ―murmuró a punto de eyacular en los pantalones. Por Dios, lo que esa mujer le hacía carecía de nombre. Ella cerró los ojos y apoyó la frente contra la de Terrence. Aferrándose a los hombros fuertes, clavándole las uñas, pronto sus paredes íntimas se contrajeron alrededor de los dedos que la frotaban con pericia; cuando no pudo más, con un gemido profundo, se dejó ir en una explosión de deliciosa rendición. Con manos temblorosas por el deseo, él abrió el cierre del pantalón y su poderosa erección vibró preparada para tomar a Candice. Ella, jadeante, le sonrió con placidez y se acomodó hasta que él la penetró hasta que ella lo sintió tan profundo que no sabía en dónde empezaba y terminaba el otro. La química entre los dos era increíble, pero, sobre todo, insaciable. Las caderas de Terrence se movieron acompañadas por un ritmo que Candice no tardó en seguir, palpitando de deseo ante la necesidad de volver a experimentar otro orgasmo. El sonido que creaba la fricción de sus cuerpos, resonaba con fuerza entre las insonorizadas paredes de la suite. Jadeantes, mientras se besaban de forma salvaje a medida que el clímax parecía estar a punto de barrer sus sentidos por completo. Al cabo de un rato ambos llegaron a lo más alto del placer,
Cuando salieron de la ducha, el reloj marcaba solo treinta minutos para que diera inicio el evento. A partir de ese instante, la plácida actividad sexual dio paso a la preparación inmediata para cumplir con la agenda de trabajo.
Los aplausos no se hicieron esperar cuando Terrence bajó de la tarima. En el evento no cabía ninguna persona adicional, y eso a pesar del costoso valor de la entrada. Uno de los beneficios de hacer presentaciones públicas en países con mucho dinero consistía en lograr que los ciudadanos más acaudalados, y ávidos de elevar todavía más el elitismo en los círculos sociales, hicieran donaciones monetarias a causas sociales de interés mundial. Y no lo hacían por simple altruismo, claro que no, sino porque constituía una manera de aminorar, al final del año fiscal, los pagos de impuestos. Todo tenía un precio, incluso cuando la gente pensaba que no era así. ―Estás guapísima ―dijo Terrence dándole un beso en la mejilla. Ella, sorprendida por esa súbita demostración de afecto, se sonrojó―. No te lo había dicho antes de salir de la habitación. Candice llevaba esa noche un vestido azul turquesa que se ondulaba a medida que ella caminaba con sensualidad sin que ella se lo propuciese. Llevaba un juego de diamantes que contrastaban hermosamente con sus ojos. El maquillaje y el peinado, por supuesto, eran perfectos; cada pequeño detalle había sido cuidado al mínimo.
―Yo… Gracias ―murmuró Candice tomando el brazo que él le ofrecía para saludar a quienes se acercaban para intercambiar unas palabras con ellos. Bernard y Sophie estaban a una discreta distancia para introducirlos o estar al pendiente de lo que Sus Majestades pudiesen requerir―. Fue un gran discurso. Creo que poco a poco vamos ganando más adeptos a nuestra causa. Será un buen año.
―Me parece que sí ―dijo Terrence con una devastadora sonrisa.
Candice se estaba acostumbrando a ese lado accesible de Terrence. Continuaban discutiendo día a día, sus personalidades eran explosivas y ambos, los dos eran bastante testarudos. Sin embargo, cuando la noche domaba el día, los dos dejaban de lado todo lo que no fuese explorarse mutuamente y paladear el elíxir del placer. No solo eso, sino que, en varias ocasiones, se habían quedado conversando de temas banales o simplemente intercambiando ―de manera civilizada― puntos de vista de la vida.
―Aunque me cuesta admitirlo, no soy quién para negar que hacemos un excelente equipo, Terrence, ¡mañana volvemos al palacio y llegaremos con estupendos resultados! Quiero reunirme con algunos miembros de finanzas, porque creo que sería genial incentivar un museo de artes en el país ―dijo Candice sonriéndole, antes de mirar a su alrededor. Los representantes de otras organizaciones sin fines de lucro que estaban convocados esa noche, así como los multimillonarios, políticos, y diplomáticos internacionales, constituían un público clave para sus planes. Terrence la miró un brevísimo instante, cegado por esa sonrisa, abrumado por el aroma delicioso de su habitual perfume e intrigado por cada idea que surgía de esa mente sagaz. El tiempo pareció detenerse y él creyó tener un problema con sus ojos, porque súbitamente pareció trasladarse a una escena con efectos especiales de alguna película de Norteamérica. La realización de la magnitud de todo lo que había experimentado, en uno u otro momento a lo largo de esas semanas con Candice, parecía ahora demasiado clara. La pajarita de su esmoquin negro de repente lo sofocó. Fijó su atención, Con su mirada intensa de ojos Zafiros puesta en Candice. La escena continuaba en cámara lenta, y él era el único, al parecer, con capacidad de movimiento. Los ojos tan únicos, una mezcla de verde con dorado, poseían una expresión vívida. Candicr parecía ser incapaz de esconder sus emociones una vez que se abría a alguien. «Mierda», pensó parpadeando con rapidez, «¿cómo se había permitido enamorarse del enemigo?». A ninguna mujer, ninguna, le había permitido llegar hasta él, al punto de meterse bajo su piel y ser incapaz de dejar de pensar en ella. Se había descuidado, cometiendo un gravísimo error de estado. El terror de haber sucumbido a unas emociones que no creyó posible que existiesen en él, lo sofocaron. Sintió como si alguien hubiese impactado su cuerpo contra un muro de piedra, y de pronto él oxígeno no le entraba a sus pulmones. Finalmente lograba encajar todas las piezas del rompecabezas del peligro que representó Candice desde un principio. Resultaba tan obvio que quiso reírse a carcajadas como un maniático.
No era solo aquel físico curvilíneo del que había aprendido detalle y movimiento, sino la forma en que ella conseguía, sin saberlo, sacarlo de su zona de confort
Candice había logrado una fiera lealtad en el equipo de servicio del palacio, así como en los ministros. Y es que el panorama había sido clarísimo desde la noche en que se acostaron juntos por primera vez. La noche en que, al verla con otro hombre ―por más inocente que hubiese sido la escena―, lo había instado a dar un paso para tratar de marcar a candice como suya, en un proceso que ―ahora era consciente―, había surtido efecto en doble vía. Sabía que ella era posesiva con él, en la cama, pero también que no lo amaba. Él era un instrumento de placer, tal como Candice debió continuar siendo para él. «¿Qué carajos se había permitido hacer. Maldita sea?».
Si alguien pudiese escuchar un crujido ese era el sonido de su corazón deshielándose en una colisión emocional. ¿Latidos? No, señores, lo que estaba sintiendo podía describirse más como miles de casquillos, en una carrera de Caballos a punto de pisotearlo en el pecho, amenazando su preciada supervivencia emocional. Su cuerpo y su alma tenían una dueña que pretendía divorciarse de él. Ella no iba a quedarse a su lado, lo sabía. Además, ¿con qué argumentos podría presentarse ante Candice para intentar convencerla de que quizá merecían la pena darse una oportunidad, más allá de lo que otros creyesen, más allá del pasado y los resentimientos; más allá del sexo?
Lo único que Terrence necesitaba era tiempo para pensar lo que acababa de comprender. Necesitaba fortalecerse y poner la situación en perspectiva, pero, ante todo, era imperioso poner distancia de Candice, para así trazar un plan estratégico y dejar toda esa mierda sentimental en el olvido. A partir de esa noche iba a buscar actividades que marcasen una distancia más prolongada con su esposa, y procurar aceptar más invitaciones sociales en solitario. Ni siquiera la posibilidad de una guerra lo había asustado tanto como lo que acababa de descubrir esa noche. Menudo desmadre.
―¿Terrence? ¿Te ocurre algo? Tenemos que abrir el baile con las parejas de la realeza europea que han sido invitadas ― dijo Candice. Él pareció regresar al presente. Frunció el ceño, y bajó la mirada hacia el punto de su brazo en el que Candice tenía posada su mano . La gente en el entorno parecía entretenida, y ajena al hecho de que el rey, Terrence acababa de darse cuenta de que estaba enamorado de su esposa. No solo eso, sino que el pobre hombre no tenía la más puñetera idea del gran lío que eso implicaba.
―No, solo estaba considerando pasar unos días más en Suiza ―comentó Terrence. Ella lo miró con una expresión de confusión―. Tengo unos amigos que siempre me llaman para recordar viejos tiempos, pero debido a lo complejo de la agenda en el país siempre rechazo esas invitaciones.
―Oh, vaya ―sonrió con la misma chispeante energía―, me encantará poder conocer a tus amigos. Sé que estudiaste en el extranjero, así que imagino que debe ser interesante cuando pueda escuchar un poco sobre el joven chico que eras, y sus anécdotas. Él le dio unas palmaditas en la mano en un gesto que Candice consideró condescendiente. «¿Qué le pasaba a Terrence?», preguntó para si misma. Parecía estar en una dimensión alternativa.
―Eso no va a ser posible ―zanjó Terrence con calma. Ahora que sabía que necesitaba alejarse para vaciar sus emociones de ella, todo parecía menos preocupante―. Se trata de un reencuentro solo de hombres
―Oh… ―se encogió de hombros―, pues me parece bien.
―Estupendo ―dijo él en tono seco. Ella asintió, apoyándose contra él, porque le gustaba sentir la fuerza de su cuerpo. Le era difícil admitir lo mucho que le gustaba pasar con Terrence. Disfrutar el presente era la consigna, y de momento, lo estaba llevando a las mil maravillas.
―No creo que haya problema en retrasar por uno o dos días el retorno al palacio, así aprovecho para organizar una reunión, mañana o pasado mañana, con unas interesantes mujeres que me comentaron de un plan que podemos importar a nuestro pueblo, y cuya finalidad es crear un programa a mujeres solteras a través de la búsqueda de apadrinamiento financiero nacional e internacional, y así ayudarlas a salir de precarias situaciones económicas. Se trata de un proyecto sumamente interesante. Quiero hablarte de ello en detalle más tarde. Candice no podía esperar a saber cómo el plan empezaría a cobrar forma―. Me encanta todo lo que vamos descubriendo en estas tediosas galas. Somos una pareja increíble en estas actividades, nunca creía que fuera posible ―le dijo en un susurro animado, riéndose con complicidad, pero Terrence no le devolvió la sonrisa en absoluto. A medida que se acercaban al Embajador de Estados Unidos en Suiza, Rob Daniels, y su esposa, Marinna, Terrence parecía ponerse más tenso. Necesitaba cortar la conversación con Candice de inmediato. Si la mujer que llevaba del brazo continuaba esparciendo sus encantos, él no iba a poder romper el hechizo que, sin saberlo, se había operado en su sistema. Por eso requería tiempo, para desenamorarse y aclarar su cabeza; y si para conseguirlo tenía que herir a Candice diciéndole palabras que no eran ciertas, sintiéndose un completo idiota en el proceso, lo haría. Se trataba de preservación y supervivencia.
―Candice ―dijo Terrence en un susurro discreto, y mirándola sin detener su andar―. Todas estas personas creen que estamos enamorados. Consideran que poseemos una relación excelente por la forma en que nos sincronizamos.
―Bueno, esa era la idea, pero…
―Recuerda que nada vende mejor la imagen de un país que una fantasía asociada a la realeza, la tragedia y el éxito ―dijo él interrumpiéndola, distraídamente, mientras se abría paso entre el mar de gente que, en conjunto, poseían un patrimonio neto de varios billones de euros, y dólares,
―¿Qué significa eso? ―preguntó ante la voz neutral de su esposo y que, hasta hacía pocos minutos, había estado embargada de sensualidad y encanto.
―La princesa perdida regresa al país, se casa con el infame hijo de un tirano, y se enamoran ―dijo con ironía y burla―. Juntos intentan levantar una nación caída en desgracia, y el mundo se rinde ante ellos dándoles la oportunidad de conseguir lo que desean poco a poco. Eso es lo que significa: publicidad con una historia organizada. No somos un equipo de trabajo, somos un matrimonio de conveniencia, y gracias a ti, también por imposición. Conversamos, pero no somos amigos, ni me interesa serlo. Soy amable contigo como lo sería con cualquier mujer que esté en mi cama. El hecho de que lleves el título monárquico, y el de mi esposa, no cambia nada. Ella apretó la mandíbula, escuchando con incredulidad y sintiéndose lastimada por esas palabras. Creía que habían encontrado algo especial entre ellos y estaba abriéndose a la posibilidad de reconocer que quizá existía una emoción más allá de la lujuria en Terrence hacia ella. Vaya error de su parte, al menos no había cometido la idiotez de poner sobre la mesa sus pensamientos sobre ambos. El picor que sentía en la mano por abofetearlo amenazaba con superar a su mente.
―No es posible transformar un imbécil en corcel ni con la más esmerada educación ―dijo ella con veneno―. Eres un gran ejemplo, Terrence. Él no reaccionó al insulto.
―Somos amantes, tenemos sexo, y si mal no recuerdo, eso no implica que tenga que hacer vida social contigo cuando no estamos trabajando. Hemos tenido éxito en nuestras gestiones, sí, pero sería terrible que confundieses sexo con intimidad. Considero necesario aclararlo. Ella le dedicó una sonrisa helada.
―¿Te pusieron en la bebida algún alucinógeno o de repente tu cerebro decidió tomar un paseo para que surgiera tu lado más imbécil? ―le preguntó sin ocultar su rabia―. No he ido de cama en cama como tú, pero tengo respeto por el prójimo. Tus comentarios son vulgares, así que intenta mantenerlos para ti. Si quieres ir a revolcarte con mujeres, hazlo, no tengo ningún inconveniente.
―Gracias por tu mente tan abierta y permisiva ―replicó con indiferencia. Candice sentía que alguien estaba apretando su corazón con una mano de hierro candente, maliciosamente, y dejando una marca indeleble. ¿En qué momento, Terrence había decidido transformarse en el tirano que ella creyó en un inicio que era…? ¿Qué rayos ocurrió entre la salida juntos de la suite del hotel y esa recepción? Elevó la barbilla y cubrió sus emociones de dolor con dignidad. El orgullo le impedía que el corazón desgarrado dejase caer la más mínima gota de sangre.
―A partir de este momento, no vuelvas a intentar tocarme, ni acercarte a mí cuando no estemos en público. No eres bienvenido a mi cama, ni me apetece volver a estar en la tuya. Me repugna tu retórica sin sentido hacia mí, y no voy a permitir que me faltes el respeto ―espetó cuando sortearon el camino tedioso de saludos. Apretó la mandíbula. Si hubiesen estado en las montañas Terrence ya tuviese una herida mortal en algún lado de ese cuerpo hecho para el pecado. Y como era pecadora, entonces ahora estaba pagando las consecuencias de haberse permitido disfrutar la lujuria. «Cuánto echaba en falta tener una daga bajo la ropa».
―Tus emociones, fuera de la cama, me tienen sin cuidado. No eres irremplazable, Candice ―Terrence mintió, y se sintió un canalla cuando notó cómo la calidez y espontaneidad se apagaron en el rostro de ella. Sabía que era orgullosa, y jamás admitiría que él estaba lastimándola, pero ahora la conocía muy bien. No solo físicamente. Todas las mentiras que estaba diciéndole ejercían el mismo efecto destructivo que notaba en Candice, en sí mismo. Sin embargo, era la única vía para preservar su corazón, airear la mente, y pensar que un colapso sin remedio entre ambos desembocaría en un cataclismo para su pueblo; porque los sentimientos solo causaban problemas. Además, para Terrence su país estaba primero que sus necesidades personales, incluso si entre esas necesidades se colocaba como prioridad a la única mujer con la capacidad de ponerlo de rodillas.
―Insisto, un dechado de virtudes ―replicó Candice con sarcasmo en el preciso instante en que el matrimonio Daniels los saludaba con una resplandeciente sonrisa. Una nueva escena teatral por conquistar, pensó la reina, mientras trataba de no pensar en la punzada de dolor que sentía en el pecho. No creía que una daga o un puñal le hubieran causado tanto mal como las palabras de Terrence. Todo lo que le había dicho, la dejó aturdida, ¿qué le costaba haberle dicho, civilizadamente, que no le apetecía continuar acostándose con ella? ¿Qué le impedía ser un caballero y dialogar, en lugar de ser tan grosero e imbécil? No entendía a ese hombre. No entendía la situación, pero tampoco hacía falta que lo intentara.
―Reina Candice ―dijo el Embajador de Estados Unidos con una reverencia, que su esposa imitó. Miró a Terrence, y los norteamericanos dedicaron la misma reverencia ―: Majestad. Realmente es un placer conocerlos. Hemos escuchado maravillas de ustedes, y el potencial de sus planes. Los norteamericanos eran conocidos por manejar una agenda que procuraba impulsar el intercambio de experiencias turísticas entre naciones, y para los Reyes implicaba una posibilidad muy interesante a largo plazo, en especial cuando fuese construido un resort privado. La burbuja en la que estuvo en la cabeza de Candice durante los últimos días explotó de repente. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida?, se preguntó, mientras intentaba componer una expresión alegre y cálida a la pareja que tenían ante ellos. Terrence era todo un encanto. Las academias de artes cinematográficas y los sindicatos de actores estaban perdiéndose la posibilidad de contratar un excelente actor. A Candice no le pasaba desapercibida la forma en que las mujeres lo devoraban con la mirada, mientras los hombres fruncían el ceño ante Terrence. El aura de poder que irradiaba a raudales con cada uno de sus movimietos era notable. «Si supieran lo cretino que es…». Cuando llegó el fin de la velada, los reyes salieron juntos de la recepción como si nada hubiese ocurrido entre ambos; como si todo continuará igual. Una vez que las puertas de la habitación se abrieron, Candice miró al personal que los esperaba para recibir órdenes.
―Pueden retirarse. Es todo por esta noche, y gracias por todo el impecable trabajo durante toda la gira ―dijo la reina en tono simple.
Continuará...
