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"Un amor de intercambio"

Por:

Kay CherryBlossom

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11. Hogar, no tan dulce hogar

(Parte I)

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Manhattan, New York, EU

—Dos rebanadas de la de queso especial, por favor —ordenó Seiya en un mostrador alto de vidrio. Un chico con gorra asintió con aire indiferente y siguió rellenando vasos de refresco.

Usagi hizo un gesto de inconformidad.

—¿Dos?

—¿Qué?

Usagi se ruborizó. No quería decirle que ella siempre se comía cinco pedazos. Mínimo.

El chico de gorra puso dos rebanadas de tamaño gigante en dos platitos desechables. Usagi se horrorizó y se extasió simultáneamente.

—¡Uau!

—¿Será suficiente para la dama? —se burló Seiya adivinando sus pensamientos, ella sólo sacudió la cabeza y cogió unos sobres de catsup del mostrador—Venga, vamos a buscar una mesa afuera.

Definitivamente valió la pena. Era la pizza más deliciosa que había probado en su vida, pero no le cupo más que una. Incluso a regañadientes mordisqueó la orilla. Seiya y ella se terminaban los refrescos mientras veían a los peatones newyorkinos pasear por la abarrotada calle. A pesar de ya ser enero, aun se seguía respirando el ambiente de fiestas y ningún negocio había retirado las decoraciones.

—Seiya, ¿puedo preguntarte algo?

—Sospecho que lo harás de cualquier forma —murmuró áspero.

—Si no quieres di que no, y listo.

Seiya puso los ojos en blanco.

—¿Qué quieres saber? ¿Horóscopo chino? ¿alergias? ¿fetiches?

Usagi le dio un golpecito en el hombro.

—Vale ya, pesado.

—Pues suéltala, Odango. Todo tiene que ser drama contigo, caramba...

Usagi le miró con reproche, pero se enfocó en lo que quería saber.

—¿Conoces Brooklyn?

—¿Esa era la misteriosa pregunta? —espetó Seiya y miró al cielo como pidiendo misericordia a Dios.

—¡Lo conoces sí o no! —espetó Usagi.

—Sí. Viví allí un año y medio.

—¿Y cómo es?

Él se encogió de hombros.

—Aburrido. Más barato. Gente menos presuntuosa, eso sí. No sé. ¿Por qué? No me digas que quieres ir allí.

Usagi comenzó a quitarle las pelusas a su bufanda. Estaba nerviosa.

—Pues me da curiosidad…

—¿Curiosidad? Odango, ir a Brooklyn pudiendo estar en Manhattan es como entrar a un buffet con tu propio almuerzo. Sencillamente no tiene sentido.

—Ummm…

—¿Por qué tanto repentino interés por Brooklyn?

Usagi suspiró profundamente.

—Sólo quería ver como sería vivir allí. Hipotéticamente.

—¿Hipotéticamente? ¿Cómo una de las películas absurdas que se montan las chicas? ¿Vas a imaginarte tu casita ideal, con su cerca blanca y su perro en la entrada? —preguntó Seiya. Sus palabras rezumaron sarcasmo. Estaba en plan impertinente, como de vez en cuando le daba, pero su pregunta le había arrancado una sonrisa. Le gustaba su humor. Era como siempre estar de buenas con él cerca.

—No exactamente.

—Odango, me estás desesperando.

Y lo dijo.

—Haruka me ofreció un empleo. Y en caso de aceptarlo, un pequeño loft en Brooklyn.

Seiya echó la cabeza hacia atrás, seguramente pensando que estaba bromeando. Era evidente que no le creyó. Luego le miró impactado al entender que iba en serio.

—¿Haruka Tenoh te ofreció trabajo?

—Eso mismo —contestó Usagi naturalmente, dando un sorbo a su refresco de naranja.

Seiya pareció escandalizado.

—¿De qué? ¿Esclava sexual?

—¡Seiya, me ofendes! —le gritó Usagi. Una pareja de transeúntes ancianos les miró desdeñosos. Los había asustado —. En su empresa de RP, por supuesto.

—Perdón, es que es…uau, Odango —conforme fue comprendiéndolo, su rostro fue mutando de la incredulidad a la emoción, hasta que en su cara se formó una sonrisa enorme y deslumbrante —. ¡Es sensacional, Odango! ¡Es increíble! ¡Felicidades!

Usagi sonrió también, y miró hacia abajo con bochorno.

—¿Sí?

—Es… ¿por qué no me habías dicho? ¡Podríamos estar celebrando en algún bar genial en vez de estar aquí perdiendo el tiempo! ¡Vamos!

Usagi le miró para frenarlo.

—De hecho, Seiya…

—Conozco un lugar que abre temprano. Yo invito. ¡Qué joda, esto es de no creerse!

Y se puso de pie. Parecía eufórico. Usagi le jaló de la mano.

—Seiya, es que… aun no lo he decidido.

—¿Qué? —preguntó él aun sonriendo, como si estuviera noqueado con su respuesta.

—No sé si aceptaré —rectificó —. Sólo le prometí a Haruka que lo pensaría.

Seiya no disimuló su decepción automática.

—¿Por qué? —espetó con brusquedad.

—Sé que es una gran oportunidad, pero…

—No creo que lo sepas —le interrumpió Seiya anticipándose —. Ni siquiera creo que dimensiones la monumental cagada que harás si rechazas su oferta…

Usagi resopló con cansancio. Ya se esperaba algo así de su parte. Parecía conocerlo mejor de lo que imaginaba. Por eso no se lo había querido decir. Iba a empezar a querer decirle lo que debía hacer, porque lógicamente él tenía otra manera de ver las cosas. Y la vida.

—¿Podrías sentarte por favor? Me duele el cuello, me da el sol en la cara y la gente nos está mirando…

Seiya dejó caer los hombros y se sentó todo enfurruñado.

—¿Estás enojado? —le preguntó Usagi con una vocecilla. Él sólo se cruzó de brazos como un adolescente tozudo. Eso era un sí —¿Por qué razón, concretamente?

—¿Te doy la lista?

—¿Tienes una lista?

Eso le hizo gracia. Usagi sonrió.

—Claro, y es muy larga.

—Bueno, tengo todo el día. Adelante.

Seiya resopló como si tuviera que explicarle física nuclear a un niño de kínder, y luego soltó la carrerilla de letanías que al parecer eran todas sus faltas:

—Odango, ¿tienes idea de la cantidad de personas que matarían por una propuesta así? Millones. New York es la ciudad de las oportunidades, la mejor del mundo. Sin mencionar lo imposible que es conseguir un sitio de alquiler decente donde sea, a no ser que quieras ser roomie de otras cinco personas y tener goteras en la cabeza. Y más conseguir un buen empleo… hay gente con títulos de Harvard que espera años para que un milagro de esos ocurra. Haruka conoce muchísima gente, trabajar con ella podría cumplir cualquier sueño. ¡Y tú lo tienes en bandeja, y te das el lujo de pensarlo! ¡Es una estupidez!

—Bueno, tal vez yo no sea una de esas millones de personas, ¿no has pensado eso? —refutó Usagi exasperada porque no comprendiera sus sentimientos —. Ya lo hablamos, no todos tenemos un espíritu aventurero ni audaz...

—Pero aun así —se empeñó Seiya sin dar crédito a lo que oía —. ¿Es que quieres trabajar en ese lugar de mierda toda tu vida? ¿Qué podría atarte a Inglaterra como para que valiera la pena regresar? ¡No hay nada ahí!

—Bueno, mi familia. Mis amigas…

—¡Puedes hacer amigas en cualquier sitio! Y en cuanto a la familia… pues la mía no vive aquí. ¿Y? ¿Me ves muriéndome o algo así?

—Quizá muriendo no, pero sí que te veo —le replicó Usagi dando un giro de tuerca impresionante —. Pasaste la Nochebuena y Año Nuevo con una perfecta desconocida, Seiya. ¿Te parece normal? Y ni hablar de que aguantaste años una relación con esa Barbie de aparador que no te valoraba lo suficiente… y creo que es porque tenías miedo de quedarte solo.

Y por una vez, Seiya permaneció en silencio.

Usagi se mordió el labio inferior, sintiéndose arrepentida.

—No lo he dicho para hacerte sentir mal —empezó a componerlo, agregando dulzura a su voz—, estoy segura que en general te las arreglas bastante bien...

—Exacto. Y por eso no necesito que me psicoanalicen, Odango.

—Pero yo no creo que sea así de fuerte —admitió bajando la vista, y recordando la clase de vida plana que llevaba en Londres. Siempre había sido así. Seiya no era el primero que se lo decía. Rei y Ami le habían sugerido terminar sus estudios, aunque fuera alguna profesión técnica o en línea. Su padre le había tratado de persuadir de mudarse a Londres a ver si así conocía más contactos. Incluso Mamoru, con sus interminables defectos, quiso recomendarla con un amigo suyo que buscaba una asistente y la posibilidad de crecimiento.

Pero ni puñetero caso. No sabía si no tenía la capacidad, o simplemente era muchísimo miedo lo que la detenía, pero le gustaba esa familiaridad. Lo seguro. Lo predecible.

Por eso repitió parte de ese pensamiento.

—Y tengo miedo...

—Pues hazlo con miedo —rebatió él, con la precisión y pasión que lo caracterizaba. Usagi no dijo nada —. No estarás sola… estoy yo.

Usagi levantó la cara para escrutarlo con la mirada, pero la expresión de Seiya era más cálida de lo que imaginaba. Como estaba atónita, Usagi simplemente se dejó cubrir por el rubor que salió de sus mejillas.

—¿O qué? ¿Es que no soy suficiente? —agregó en tono entre herido y cómico. Usagi abrió la boca en una "O" perfecta, pero no atinó a decir nada una vez más.

No quería decir algo de lo que pudiera arrepentirse. Seiya estaba siendo gentil, como siempre, y no dudaba que sus intenciones fueran sinceras, pero no creía que le duraran mucho. Aun se sentía la nostalgia de las festividades, su mejor amiga estaba al otro lado del mundo y no tenía a su familia consigo y acababa de terminar su relación… era lógico que ella fuera su pequeño proyecto, su novedad, por decir algo. O experimento, a saber. El caso es que cuando acabaran las vacaciones, él volvería a ser el mismo modelo asediado por las americanas de largas piernas, estaría en los anuncios y ella sólo pasaría a ser una conocida más. Estaba segura de eso. Bueno, segura no. Pero las probabilidades tampoco se inclinaban a su favor.

—¿Podríamos no hablar de esto ahora mismo? Acabamos de hacer las pases, y no quiero que peleemos de nuevo —murmuró Usagi finalmente, tomando su mano y haciendo morritos.

Si eso no funcionaba, tendría que recurrir al sucio chantaje y besuquearlo.

—Vale, como quieras…

Lástima. Eso hubiera estado bien.

—Gracias.

—Entonces, ¿vas a querer ir a ver el lugar donde nunca vivirás? Es algo masoquista, pero ya no voy a opinar.

A Usagi le vino la risa tonta.

—La verdad es que ahora mismo sólo quiero el capricho de ir a casa, acurrucarme en el sofá y ver un largo maratón de películas. ¿Vamos?

Seiya se puso de pie y tomó su mano para guiarla hasta la salida.

—¿Una mujer caprichosa y voluble? Qué raro. Creía que sólo eran criaturas mitológicas.

—Ja-ja-ja…

Hicieron paquetes de palomitas y luego se acomodaron en la sala. Minako tenía mucho contenido, así que no fue problema elegir. Usagi quiso seguir mirando filmes navideños aunque oficialmente el año ya hubiera pasado. Una parte de ella pensaba que así seguirían prolongándose sus vacaciones.

Seiya le dio gusto en elegir aunque no podía fingir algunos bufidos despectivos o comentarios críticos cuando algo le parecía totalmente absurdo o meloso para él. No lo culpaba, la verdad ella era súper cursi en sus gustos. Además se conformaba con que pasara el brazo por sus hombros o de vez en cuando tomara su mano sin rechistar. Era básicamente su imagen ideal de vida, como ya se había mencionado al principio de esta historia.

Cuando terminó la tercera película, ya muy entrada la noche. Usagi le miró con desconfianza.

—Sé que te estás aguantando. Anda, dilo. La odiaste.

—Odiarla lo que se dice odiar, no. Hubiera preferido ver Mad Max o Ironman, por supuesto. Odango, es que es incoherente… el sujeto estaba muerto, frío, enterrado y hecho mierda. ¿Cómo diablos iba a regresar corriendo como Heidi en la pradera cien años después igual de guapo y feliz?

—En primera, Heidi vivía en la montaña, no en la pradera.

—Bueeeeno… ¿y cómo es que revivió, a ver? ¿es una película romántica o una de zombies? ¡Es perturbador! ¡Enfermo!

Usagi no pudo evitar soltar una gran carcajada.

—No entendiste el concepto del milagro, Seiya….

—Oye, que hasta para los milagros debería tener algo de lógica, qué sé yo… ¿y qué con el amigo? Digo, ¿lo mata a sangre fría y aun así le desea que le vaya bien y bonito? ¡Yo le hubiera tirado todos los dientes al cabrón! Es decir, le quitó a la chica y por su culpa estuvo ahí atrapado tanto tiempo…

Usagi seguía riéndose.

—Te lo tomas demasiado personal.

—Pues tú me…

Usagi cogió una de las palomitas rezagadas del bowl y le lanzó una a la cabeza para que se callara ya. Seiya se la quitó del cabello y abrió la boca indignado mientras Usagi desprendía un brillo divertido en su mirada.

—¿Acabas de declararme la guerra de las palomitas Odango?

—No. Tal vez. ¿Sí?

Y le lanzó otra, que le dio en un ojo.

—Ajá, ven acá.

—¡No!

Comenzaron a bombardearse hasta que fueron puños en vez de palomitas sueltas. Todo lo que quedaba en el bowl se derramó en la alfombra, y entonces ya fue una lucha cuerpo a cuerpo. Seiya y Usagi comenzaron el juego de las luchas igual que dos infantes en el lodo, hasta que, acalorados y cansados, terminaron por besarse en vez de que el otro admitiese la derrota.

El sonido de la puerta al cerrarse los alertó. Ambos se separaron un poco, mirándose confusos.

—¿La señora Walsh iba a venir a esta hora?

—No. No sé… no me dijo nada —farfulló Usagi asustada.

Pero la que entró no era la señora Walsh ni mucho menos. Con expresión ceñuda pero muy entretenida estaba nada más y nada menos que Minako Aino. Usagi la reconoció al instante, aunque le parecía que se veía demasiado triste comparado con las sonrisas deslumbrantes y pícaras que proyectaba en las fotografías. Como sea, no le dio mucho tiempo de analizarla. Minako se apartó el pelo sobre el hombro y soltó sospechosamente:

—Adivino… "¿No es lo que parece?"

Los dos se sacudieron las palomitas y se pusieron de pie totalmente abochornados.

—Mina —carraspeó Seiya desconcertado —. Yo… creí que llegabas hasta mañana.

—Haruka, ya sabes —explicó ella sin mucho afán, dejando su bolso por ahí.

Mientras el portero dejaba su equipaje en el recibidor, las dos chicas se miraron en automático.

—Es un placer conocerte al fin —se animó Usagi a saludar, y extendió su mano hacia ella muy sonriente. Minako la estrechó también suavemente —. Tu apartamento es enorme. Y muy hermoso…

—Gracias. Un gusto también —le sonrió Minako. Quizá era su energía, o el peinado tan cómico, porque para no saber nada de ella le había caído bien de inmediato, aunque seguía algo desconcertada por encontrarla en brazos de su mejor amigo. Cabe resaltar que no le desagradaba del todo la idea. De todos modos, sabía por boca de otros que Usagi era una excelente chica.

Se hizo lo que llaman "momento incómodo". Ninguno de los tres sabía bien qué decir o qué hacer. Y Usagi, que siempre había sido la más vergonzosa para esas situaciones, dijo que necesitaba ir al baño y se escabulló por el pasillo del penthouse.

Minako y Seiya se quedaron solos. Minako le echó una miradita furtiva y curiosa, y luego abrió el refrigerador para sacar un envase de leche.

—Es simpática —picó a Seiya.

—No empieces.

—¿Yo? —masculló Minako con mofa —. Te dije que fueras hospitalario, pero ya veo que le diste servicio V.I.P.

—No es así. Es… bueno, surgió algo —se explicó Seiya escuetamente, tomando color en las mejillas. No quería que Usagi los escuchara o algo —. Después hablamos. ¿Qué te pasa?

—¿De qué? —preguntó vagamente mordisqueando una rosquilla que encontró en una caja de Krispy.

—Pues te ves espantosa. Parece que naufragaste desde Europa.

—Qué amable bienvenida.

—Hablo en serio. ¿Qué ocurrió? —le presionó Seiya escudriñando su aspecto desaliñado y fantasmagórico.

—No ocurrió nada, Seiya. Tengo una jaqueca infernal por la turbina presurizada y me dieron de cenar una ensalada de quinoa tan asquerosa en el avión que parecía engrudo. Sólo quiero comer algo e irme a dormir. Mañana tengo un evento importante.

—¿Lo de Covergirl?

—Sí.

—Ah… pues no pareces muy entusiasmada.

Minako le ignoró y siguió comiendo su rosquilla de pie, recargada en las alacenas. Seiya miró hacia el pasillo y luego se revolvió incómodo en su lugar. Minako arqueó una ceja expectante.

—¿Qué?

—Sólo me preguntaba… pues ahora que volviste… —tanteó él, sin saber muy bien cómo decirlo —. Pues si vas a decirle a Usagi que se marche.

A Minako le hizo gracia el comentario.

—¿Por qué haría eso?

—Pues no lo sé…

—No seas ridículo. Quedamos dos semanas y dos serán —sentenció dándole fin al vaso de leche. Luego se llevó las manos a las sienes. Estaba totalmente exhausta —. Aunque… realmente necesito dormir en mi cama hoy. ¿Puedes decirle que se pase a la habitación de huéspedes?

—¿Yo?

—Parece haber confianza. Digo, considerando que tu lengua estaba metida en su garganta.

—Qué vulgar eres.

—Perdón, Romeo. No fue mi intención.

Seiya murmuró que iría a hablar con Usagi o algo así, pero Minako no le prestó mucha atención. Miró el desastre de la sala, los cojines desacomodados, las palomitas y todo eso... preguntándose qué habría ocurrido entre ellos. Lo que fuere, parecían habérsela pasado muy bien. Cuando abrió la puerta, las risas y los jugueteos se lo corroboraron. No sintió envidia por Seiya, porque se lo merecía. Pero se preguntó si lo de ellos habría sido la mitad de intenso y especial de lo que ella había vivido con Yaten. Porque si era así, temía también por el corazón de su amigo, pues Usagi también se marcharía en un día.

Al día siguiente, Minako se enfrentó a su equipo de preparación con la peor de las actitudes. Carlo, un italoamericano bajito, regordete y por supuesto gay, estaba conmocionado con lo que veía: uñas desiguales y sin barniz, una melena sin acondicionar y unas cejas sin forma. Sus labios estaban ajados por el frío de Londres y había perdido todo su bronceado. Pero lo peor… unas orejas oscuras que enmarcaban sus ojos color cielo y que ni el mejor de los maquillajes parecía cubrir. Aun así, se esmeró para dejarla despampanante para su cóctel de bienvenida en Covergirl, que sería en unas horas en el Plaza.

—¡No puedo más! —se quejó de modo teatral, abanicándose con la mano —. Hago lo que puedo, bellísima, pero tienes que cuidar la materia prima. ¡Soy estilista, no hago milagros!

—Pues deberías, porque cobras muy caro —le espetó Minako sin mirarlo.

Carlo maldijo en italiano con recelo y cuando Allison, otra de las ayudantes apareció con dos cafés, miró la escena con tensión. Estaba acostumbrada a los lapsus ocasionales de Minako, pero aquello era insólito. Parecía irradiar chispas nucleares por doquier, y eso que había dicho que había viajado para descansar.

—Aquí está tu latte doble —le dijo con voz titubeante, poniéndolo a su alcance.

—¿Y el chocolate?

Allison pestañeó y se ruborizó.

—Pero siempre tomas latte…

—Pero te dije chocolate. No es tan difícil, Allison. La gente puede cambiar de gustos a veces, ¿sabes?

Carlo bufó por allá atrás, donde estaba la barra de snacks.

—¿Chocolate? Esto no es la fábrica de Wonka, preciosa —dijo Haruka apareciendo en escena. Allison sonrió, y se le notaba alivio en la sonrisa. Le dio dos besos en cada mejilla, cuidando el maquillaje —¿Cómo estás?

—Estupenda.

—No gracias a ti —se quejó Carlo otra vez dramáticamente.

—Ya veo, ya veo...

Minako soltó su revista.

—Haruka, ¿podemos hablar un momento? Es sobre el contrato…

Pero como casi siempre, su teléfono comenzó a sonar.

—Un segundo, linda… es del hotel. Seguro quieren confirmar algo conmigo. Ya regreso.

Minako suspiró.

—¿Lista para el vestido? —propuso Allison tratando de aligerar la situación.

—Claro —musitó sin ánimo alguno.

Pero cuando miró lo que se iba a poner, respingó deteniéndose frente al maniquí. Sí, era un precioso vestido de tela suave y satinada. Largo, y de un color verde esmeralda que impactaba. Muy de temporada. Muy…

Muy insoportable para su gusto, porque era exactamente parte de lo que tanto trabajo le había costado sacarse de la cabeza. En ése momento, tomó conciencia de lo que pasaría a partir de ahora. Cada uno de sus días ya no sería igual, sería más vacío y gris, porque él ya no estaría en su vida. Sus ojos —exactamente de ése mismo color—ya no la mirarían con altivez ni deseo. No habría más pláticas de madrugada. No más besos bajo las sábanas. No habría más desayunos de waffles.

¿Por qué dolía tanto? ¿Por qué?

—No voy a ponerme eso.

—Pero es un Dior… —volvió a angustiarse Allison, que sentía que aquél día se había despertado con el pie izquierdo. Sencillamente sentía que hacía todo mal —. Te encanta Dior. Ya oíste a Carlo, los colores de las piedras preciosas te sientan genial. Y es un color tan bonito, mira…

—Demasiado. No lo quiero.

—Pero Minako… —imploró Allison.

—Busca otro o me voy en bata al dichoso cóctel —repuso con cáustico desdén, y se dio la vuelta para volver a leer su revista, tratando de que el recuerdo que le hincaba los dientes se dispersara con aquellos artículos de temas tan banales.

Miró a Allison que se cuchicheaba acaloradamente con Carlo del otro lado del estudio, y luego ambos fueron donde Haruka, seguramente para quejarse de ella. Minako gruñó y se cubrió el rostro con la revista. Sabía que nadie tenía la culpa de su miseria, y estaba tomándosela con todos. Pero demonios, ahora no podía lidiar ni con ella misma… menos con los demás. Necesitaba hablar con Seiya. Desahogarse y hacerse a la idea para seguir adelante... Ya se le pasaría, se calmaría y le bajaría a su humor de perros que estaba arruinando el día a todos. Pero ahora no era capaz. Es más, ni quería intentarlo.

Consiguieron a última hora un bonito vestido de terciopelo morado Ralph Lauren, de mangas largas y corte cruzado en el torso. Por ése día, no emitió otra queja más.

Llegó a su apartamento a eso de las cinco de la tarde, sin lograr ya soportar los zapatos. Era increíble lo poco acostumbrada que ya estaba a ellos. Se sentó en la orilla de su cama con el único propósito que había estado rondándole la cabeza todo el día: comunicarse con Yaten.

Primero pensó en llamarlo, cosa que quedó descartada casi de inmediato por la hora. En Londres sería muy tarde. Luego optó por el típico mensaje de «hola» amistoso y desobligado. Quizá hasta podría agregar algún emoji divertido. Sería buena idea, si no estuviera tan desesperada por escuchar su voz. Tampoco sabía qué decir. Por un momento pensó en llamar y colgar, pero luego sacudió la cabeza, ridiculizada de sí misma. Aquello era muy infantil.

Se puso a textear.

*Hola… llegué bien. Aquí no hace tanto frío, pero el vuelo fue una pesadilla.

¿Qué hay de nuevo?*

¿Qué hay de nuevo? Parecía una frase de Bugs Bunny. No. Lo borró.

*Hola. ¿Estás despierto? ¿Qué haces?*

No, muy común y corriente. No iba para nada con lo que sentía. Lo borró y tomó una profunda bocanada de aire mientras tecleaba con los dedos temblorosos.

*Te extraño.

¿Me extrañas? *

No llegó a pulsar la tecla de enviar, porque unos suaves golpecitos en la puerta le hicieron girar la cabeza. Era Usagi, que sonreía con timidez desde el umbral.

—Disculpa… no quise interrumpir. Sólo quería despedirme —informó. Minako se puso de pie para mirarla mejor, y Usagi la miró de pies a cabeza con admiración —. Uau… luces tan guapa...

Minako sonrió un poco, y movió la mano para decirle que se acercara.

—Pasa, no te quedes allá. ¿Tienes quien te lleve?

—Sí, mi taxi llega en diez minutos.

Minako se reservó el hecho de preguntarle por Seiya, y asintió.

—Sólo quería agradecerte por todo. La señora Walsh y Seiya… es decir, todos han sido tan gentiles. Siento que estas vacaciones me cambiaron la vida —confesó Usagi conteniendo la emoción —. Y no lo habría podido hacer sin ti.

Minako amplió su sonrisa conmovida.

—Lo mismo digo.

—Y quería devolverte tus cosas. Con el cambio rápido ayer las tomé por accidente —dijo, y depositó sobre la cama el vestido plateado de fiesta y los zapatos con cuidado —. La señora Walsh lo llevó a la tintorería. Haruka insistió en que lo usara en año nuevo, perdón —se excusó torpemente, temiendo que a Minako le disgustara.

—Es una elección arriesgada —apuntó Minako mirando el atuendo, y luego a ella con elocuencia, como para que captara la indirecta.

—Y por eso sé que no es para mí, pero fue lindo usarlo —se encogió de hombros con vaga ilusión—. Es difícil desprenderse de algo tan especial. ¿Te ha pasado? —preguntó ahora mirándola.

Minako sintió un retortijón feo en las entrañas y carraspeó.

—Sí… más o menos —murmuró desviando la mirada, y a la vez la conversación —. ¿Estás segura de que no quieres quedarte? Haruka me habló de su propuesta.

Usagi se mordió el labio inferior, a la par que se ruborizaba.

—¿Está muy enojada?

—Nah… enojada no. Sólo no está acostumbrada a que la rechacen —explicó.

Usagi entró momentáneamente en conflicto otra vez, y se rascó la cabeza con aprensión.

—No la rechacé. Sólo… —calló, y tardó mucho en encontrar las palabras adecuadas —, sólo que ella quería una respuesta inmediata y yo no podía dársela.

—Sí, conozco la sensación —coincidió Minako amargamente, mirando un instante la pantalla de su celular y borrando cobardemente el mensaje. Se decidió a no enviarlo. ¿Qué caso tenía perturbarle la paz si las cosas no cambiarían de todos modos?

—Además tengo algunos asuntos pendientes en Inglaterra. Y seguro que Luna me extraña.

—Le dejé comida como para un Apocalipsis, no te preocupes —bromeó Minako anticipándose.

Usagi rió.

—¡Ay, eso no me preocupa! Es muy lista. Si tuviese hambre, iría donde mi vecino a pedirle comida —repuso alegremente, y luego la señaló como recordando algo —. Tal vez te lo topaste alguna vez. Es algo serio, pero muy agradable.

—Sí… lo conocí. Un poco —mintió con inquietud.

—¡Vaya, qué bien!

—Yo… no te entretengo más. No quiero que pierdas el avión —le recordó, sabiendo que sólo estaba apurándola para que no le preguntara más.

Usagi miró su reloj de pulsera.

—¡Es cierto! Iré a cerrar las maletas.

Aquello hizo reaccionar a Minako.

—Espera, Usagi —la llamó, y tomó el gancho con el vestido y los Manolos con la otra mano—. Llévatelos. Te los regalo.

Usagi abrió la boca sorprendidísima.

—¿Qué? ¡Ni hablar! Seguro cuestan una fortuna y…

—Insisto. Si Haruka los eligió para ti fue por algo. Yo no los necesito, y a ti te encantaron, ¿no?

—Pero yo…

—Que sea tu recuerdo de New York —agregó en un intento de persuadirla, y prácticamente se los estampó en el pecho. Usagi los tomó y sonrió dulcemente, terminando por ceder. Era un lindo gesto, y aquel vestido le traería lindos recuerdos cuando quisiera.

—Gracias, Minako…

Usagi se viró para caminar hacia la salida, cuando Minako volvió a llamarla.

—Sabes… cuando renuncias a algo demasiado pronto, a veces es como si te dijeras a ti misma que no eres lo suficientemente buena para merecerlo —le dijo Minako en tono serio, mirándola a los ojos.

Usagi no esperaba algo así. No se imaginaba para nada algo así. Sintió un nudo en la garganta, y no supo qué responder a eso. Se había quedado inmersa en sus palabras, y en encontrarle el verdadero significado a su decisión final. No era así. Ella solo prefería su vida en Inglaterra y no estaba lista para los aterradores cambios. De todos modos, no tuvo oportunidad de explicárselo a Minako, porque su celular sonó.

—Tengo que contestar —se disculpó y le sonrió a modo de despedida —. Que tengas buen viaje de regreso. Cuídate.

—Sí, gracias… igualmente—balbuceó aun medio perdida, y salió de su cuarto.

Cinco minutos después ya se había subido al taxi y le había indicado al conductor que la llevara al JFK. Le preguntó amigablemente si había disfrutado su estadía en la ciudad y cosas así, seguramente para ganarse la propina. Eso la distrajo de digerir el duro proceso de despedida de la gran manzana. Miró ávidamente los edificios y las calles que tan feliz había recorrido, y se prometió volver algún día. Aunque nada sería igual, ciertamente… si ella volviera, en uno o dos años, se hospedaría en algún hotel barato cuya vista diera hacia los callejones con locales de comida india. Su desayuno sería un bagel y un café comprado, y definitivamente nadie le lavaría la ropa ni tendría su propio árbol de Navidad. Nadie la llevaría en moto a ningún emocionante sitio. Para entonces, Seiya ya se habría emparejado con otra modelo igual de atractiva, pero con suerte esta vez sería un poco más simpática.

El aeropuerto era un hervidero multicultural de gente. Usagi tardó mucho en conseguir un té de una cafetería y le costó mucho conseguir un asiento en las salas de espera. Se sentó y miró su celular sin ningún mensaje nuevo. La prueba más fehaciente de que todo volvía a la cruda realidad y la magia de la Navidad ya se había desvanecido, era que Seiya aquél día tenía un llamado de la agencia. Había prometido escaparse y venir a despedirla, pero Usagi lo daba ya por perdido. No ocurriría lo mismo del concierto dos veces, y ella lo sabía. Y no lo juzgaría. Era ella la que se marchaba.

Se entretuvo mirando a las familias y parejas que se preparaban para los vuelos adyacentes al suyo, aunque no podía evitar echar miradas anhelantes al pasillo principal, sólo por si se aparecía. Los minutos pasaron y finalmente una voz monótona anunció el vuelo a Londres sin escalas de las ocho. Los pasajeros debían empezar a ingresar por secciones.

Se hizo una fila enorme. Usagi esperó con nerviosismo en su asiento, no importándole si era la última en subir. Esperaría a Seiya hasta el último minuto.

Pero para cuando sólo quedaban unas treinta personas más o menos, Usagi se resignó a levantarse. Ya está. No vendría.

Preparó su boleto y su identificación, cuando una voz atravesó la sala.

—¡Odango!

—¡Seiya, viniste! —estaba rojo y agitado, probablemente por venir corriendo.

—Claro… oye, no podía permitir que la última persona de New York que vieras fuera la azafata regañándote porque no has tirado tu café.

Se sonrieron al mismo tiempo, y con esa vista tan agradable, Usagi tuvo la momentánea fantasía de decirle que se quedaba. La gente los miraba besándose, aplaudía, y luego salían los créditos de la película y empezaba una canción pegajosa de Katy Perry.

Pero no pasó nada de eso, claro. Seiya se llevó las manos a la chaqueta y se revolvió en su sitio. Usagi bajó los ojos a la alfombra cohibida.

—Esto… yo… Seiya, de verdad siento no poder…

—No te disculpes, Odango. Tienes razón. Somos diferentes. Queremos cosas diferentes.

¡No lo somos! Le gritó una voz angustiada en su cabeza. Nos gusta One Republic, los M&Ms y jugar y reír por todas partes. Seríamos inseparables. Lo sé...

—Pues sí, pero...

—Y quiero que quede claro que no por eso me gustas menos, de hecho es lo opuesto —le reveló con una sonrisa encantadora. Los hoyuelos de su cara se marcaban más, dándole un aspecto más juvenil de lo que ya era —, sólo… me hubiera gustado tener más tiempo a mi favor para poderte convencer.

Usagi miró presionada hacia atrás. La fila era de máximo diez personas.

—Oh, Seiya… yo…

—Y montármelo con un performance o una coreografía horrenda como las películas que te gusta ver.

Usagi retuvo una carcajada. Él siempre trataba de hacerla sentir mejor, pese a las circunstancias.

—Admito que habría ayudado.

Seiya echó un vistazo a sus espaldas y luego suspiró con resignación. Las últimas personas de la fila estaban por entrar.

—Ve, o todos los pasajeros te odiarán al mismo tiempo y no te darán galletas gratis.

—Sí…

Usagi fue la primera en echarle los brazos al cuello. Inhaló su aroma a menta, al cuero de su chaqueta y posiblemente algún perfume que se había puesto desde la mañana, que ahora era apenas un estela muy sutil. Cerró los ojos disfrutando del contacto de como Seiya la estrechaba también de la cintura, pero al escuchar su nombre a través de un micrófono tuvo que obligarse a abrirlos, pese a tener los sentimientos a flor de piel.

—De vez en cuando cuéntame como te va. No te conviertas en una extraña.

—No lo haré —aseguró, aunque ya se le estaba cortando la voz.

Su mano se soltó. Usagi dio un giro de ciento ochenta grados y caminó los pocos pasos que la separaban del corredor hacia la plataforma del hangar. ¿Qué clase de despedida era esa? Agradable, pero no memorable. Nada digna para lo lindo que había sido el conocerse.

Así que miró hacia atrás demasiado tentada, y sin detenerse mucho a pensarlo, avanzó a zancadas la distancia que los separaba. El sentido común perdió la batalla y sus labios impactaron contra los suyos, tomándolo totalmente desprevenido.

Sintió como él inspiró aire, súbitamente atónito. Su lengua cálida lamió la suya y Usagi percibió como volvía a subir la temperatura de su cuerpo al máximo. Nunca había sentido algo así. Ni siquiera con Mamoru, y eso que ellos no habían hecho más que besarse. Seiya levantó las manos y recogió entre ellas sus ruborizadas mejillas, antes de bajarlas a su espalda. Se apartó un poco, sólo un poco, para darle un leve beso en los labios.

—Odango —exhaló su apodo, que ahora había asumido como propio, y rápidamente volvió a pegar su boca contra la suya, profundizando el beso y transportándola a otro mundo, hasta que fue imposible continuar y el aeropuerto y sus ruidos volvieron a aparecer.

Usagi se dio la vuelta con actitud beligerante, pero la sobrecargo extendió le mano con ansiedad. Era obvio que ya estaban retrasados por su culpa. Usagi no atinó ni a darle las gracias mientras se adentraba al túnel. Estaba enfocada en no perder a Seiya de vista aunque la compuerta estuviera a punto de cerrarse. Lo buscó entre la multitud, pero en algún momento, un grupo numeroso de viajeros se atravesaron en su camino, y ya no lo vio más. Había desaparecido.

La puerta se cerró, y no tuvo más opción que abordar.

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Notas:

Welcome to december! :'D Y también a esta historia que nunca pensé que de verdad fuera a continuar. Fue una gran distracción de este año tan jodido... Con gran satisfacción puedo decir que me ha encantado como quedó, me encariñé mucho con la versión de varios personajes (en especial con el pequeño Shen) y espero que la sigan disfrutando en el transcurso del mes.

Como saben siempre respondo sus reviews por MP, pero mil gracias también a MrPeppermint y Bel por escribir y leer. UwU