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-Capítulo 10: Por ti iría hasta el infierno-
Prueba final: El descenso al Hades.
- Con este pequeño cofre en mano deberás descender por los abismos del Hades, el hogar de los muertos. Allí encontraras a la reina del inframundo, Perséfone. Dile que necesito que encierre una pequeña porción de su belleza en este cofre, para yo poder usarla en mí y volverme aún más hermosa. Si consigues salir sana y salva, con el cofre intacto entre tus manos habrás superado todas mis pruebas.
Sin más explicaciones, la diosa dio a la media vuelta y se marchó. Parecía algo molesta por el hecho de que Psyque había superado todas las pruebas anteriores con la ayuda secreta de ciertas entidades. La joven humana la vio partir en silencio, fijándose en la elegancia que la diosa derrochaba al andar. No podía comprender como alguien así de imponente podía necesitar un poco más de belleza o sentir celos de ella. En opinión de Psyque, ni en su mejor momento podía compararse a Afrodita.
Sintiéndose de repente muy insegura, se acercó al estanque que había cerca del templo para echarse un vistazo. Por culpa de la prueba anterior, ahora tenía múltiples cortes en sus manos y sus piernas. Su harapiento vestido blanco lleno de agujeros se había vuelto marrón por toda la cantidad de tierra que llevaba encima. Sus sucios cabellos estaban enredados en una maraña caótica, recogidos de mala manera en un moño alto sujetado por la pluma blanca que tanto atesoraba. Incluso esta pluma, que antes era muy hermosa al igual que ella, también estaba empezando a deteriorarse, a llenarse de mugre y suciedad.
Torció la cabeza, incapaz de soportar su propia imagen. Comparada con la de Afrodita, ella no era nada. Por primera vez entendió como debían sentirse aquellas mujeres que solían mirarla con cierta envidia cada vez que ella salía del palacio, captando involuntariamente la atención de todos los hombres de la ciudad. Si pudieran verla ahora…
"No tengo tiempo para esto"- pensó mientras acariciaba la pluma. Era un gesto que repetía día a día para recordarse a sí misma que debía ser valiente y seguir adelante. – "Esta es la última prueba. Así que… Si Afrodita quiere belleza entonces se la traeré."
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¿Cómo acceder al Hades? Ese era el principal problema.
Todos, tanto dioses como humanos, sabían perfectamente que solo se podía acceder al Hades si estabas muerto. Psyque había preguntado incansablemente a todas las personas que pudo encontrar, pero todas le respondieron lo mismo. Por eso estaba en lo alto de aquella torre, mirando al vacío con angustiada expresión. Si la única forma de entrar al mundo de los muertos era estar muerto ... ¿Acaso debía quitarse la vida? ¿Cómo podría completar su misión entonces, si una vez muerta ya no podría ascender al mundo de los vivos para entregar el cofre? ¿Habría alguna forma de volver a vivir?
Incapaz de encontrar otra solución, se acercó al abismo.
- Quizás … si se lo explico a Perséfone, esta me desvelará alguna forma de volver … - murmuró con sombría expresión.
Dio un paso al frente.
- Tengo que hacerlo. Debo hacerlo.
Otro paso adelante.
- … D-Debo hacerlo. No hay otro modo. ¡Es la única manera!
Un paso más. Ya estaba justo en el borde.
Iba a dar el último paso, cuando de pronto se detuvo en seco.
- A veces cometemos el error de pensar que la única manera de obtener algo es de forma directa. – susurró la chica, recordando entonces la lección aprendida en una de las anteriores pruebas.
Dándose cuenta de su error, intentó retroceder rápidamente, pero una ráfaga de aire la desestabilizó haciéndole perder el equilibrio. Cerró los ojos fuertemente, esperando una inevitable y dolorosa caída. Sin embargo, los volvió a abrir de par en par cuando notó que estaba levitando. Fue entonces cuando escuchó una voz sosegada, suave como el murmullo del viento, que le habló bajito con estas palabras:
- Psyque. ¿Por qué estás aquí arriba? ¿Qué crees que estás haciendo?
Ella reconoció su peculiar voz al instante. Era el viento que la trajo desde aquel risco hasta el palacio de Eros.
- ¡Señor del Viento! – exclamó con gran alegría.
Por primera vez desde que le conocía, él se materializó frente a ella, adoptando la apariencia de un joven de larga melena que flotaba ligero e ingrávido en el aire. Sus ropajes se movían al son de la eterna corriente de viento que le rodeaba. Su cuerpo sólido a veces se volvía gaseoso y parecía fusionarse con el aire, por lo que daba la sensación de que en cualquier momento se desvanecería.
- Mi nombre es Céfiro. – le corrigió este. Ahora que Psyque había descubierto la identidad de su marido no había razón para seguir ocultando su verdadero nombre por temor a que se le asociara con el dios Eros. - No estarías pensando en morir para poder entrar al inframundo, ¿verdad?
- L-lo siento. Fue una idea absurda.
Con voz calmada, Céfiro la reprendió por la ocurrencia de acceder al Hades mediante este método tan radical e irreversible. Ella no pudo hacer otra cosa, salvo bajar la cabeza un tanto avergonzada.
Entonces Céfiro le explicó que cerca de la noble ciudad de Lacedemonia existía un monte que se llamaba Tenaro, el cual está apartado en lugares remotos. Allí hallaría una entrada secreta al inframundo, que estaba tan oculta que ni siquiera él sabía la ubicación exacta.
- Pero ten mucho cuidado, Psyque. Porque tú estás viva y todo lo que hay ahí abajo va a intentar matarte. Verás sombras, bestias, seres extraños y gente aún más extraña. Si alguien te habla, ignóralo, no pronuncies ni una palabra y sigue tu camino en silencio.
Céfiro tomó la mano de la chica y le entregó una bolsa que llevaba encima. Estaba llena de …
- ¿Panes de leche? – dijo ella mirando con ansias la comida.
- Ni se te ocurra. – le reprendió Céfiro. - Esto te será útil ahí abajo.
Pero ya era demasiado tarde. Ya tenía la boca llena y lo masticaba gustosa con los mofletes hinchados. Céfiro suspiró resignado. Esta chica no tenía remedio.
- … Bueno. Pero al menos no te lo comas todos. Los vas a necesitar. También te harán falta estas dos monedas de oro.
Y una vez le explicó todo lo que debía hacer con todas estas cosas, la transportó hasta el monte Tenaro y se despidió de ella, no queriendo arriesgarse a ser descubierto por uno de los espías de Afrodita.
- Hay veces en las que no podemos superar nuestros obstáculos porque son tan escarpados como montañas. En momentos como estos, debes aceptar con gratitud la solidaridad de una mano amiga. Con su apoyo y tu determinación, no hay montaña que no se pueda escalar. – dijo Psyque con una sonrisa mientras le veía partir. - ¡Gracias a todos por vuestra ayuda! ¡Y gracias a ti, Señor del Viento!
- Es Céfiro, Psyque … - le corrigió él, aunque sabía de sobra que era en vano. Ella usaría ese ridículo nombre toda la vida.
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Mientras, sobre las nubes, en la prisión de Afrodita:
Una figura de lúgubre expresión permanecía inmóvil, con los hombros caídos, sentado de mala gana en el frío suelo de aquella prisión, tan triste y abatido como un pájaro enjaulado. Sus alas se sentían rígidas, ya que no volaba desde hacía ya unas cuantas semanas. Además, sus plumas estaban en pésimo estado por las numerosas peleas con los guardias durante sus múltiples intentos de fuga.
Pero lo peor de todo era el pensar que esto no era nada en comparación con lo que estaría pasando su pobre enamorada en las garras de su madre.
¿Qué estaría haciendo Psyque ahora mismo?
¿Estaría llorando?
¿Gritando su nombre sin obtener respuesta alguna?
Sintió una punzada en el corazón al imaginarlo. Nunca pensó que el estar enamorado pudiera doler tanto…
- Eros. – Su nombre resonó en la prisión vacía interrumpiendo sus pensamientos. Alguien le estaba llamando desde el exterior.
Al echar un vistazo entre los barrotes de la pequeña ventana pudo ver al viento Céfiro. Había adoptado una forma semitransparente que le permitía ser visible, pero no lo suficiente para llamar la atención de los siervos de Afrodita.
- Tengo lo que me pediste. – le dijo en un susurro apenas perceptible. A continuación, sacó de sus ropajes una llave oxidada y se la entregó en mano. – La hora ideal para escapar es durante el cambio de turno, pero si de verdad quieres a esa chica no debes esperar. Reúnete con ella cuanto antes o algo terrible le va a suceder.
- ¿A qué te refieres?
- La ha mandado al Hades. Ahora mismo debe estar allí, tratando de llegar hasta Perséfone para entregar un pequeño cofre que nada bueno puede contener. Le he dado algunos consejos para que pueda salir airosa de toda esta situación.
La expresión de Eros se ensombreció. No quería ni imaginarse lo que hubiese pasado si Céfiro no hubiera llegado a tiempo. Tenía que encontrarla antes de que ocurriese una tragedia. ¿Cómo podía su madre haberla puesto en peligro con todas estas ridículas pruebas? ¿Acaso no sabía lo importante que ella era para él?
Su cólera silenciosa se disipó un poco cuando notó que Céfiro se retiraba tan sigilosamente como había venido.
- ¡Céfiro, espera!
- ¿Sí?
- … Gracias. P-Por ayudarla. Te lo compensaré.
Céfiro pareció sorprendido por un instante, pero luego embozó una sonrisa amable.
- Eres muy blando cuando se trata de ella.
- … Cierra la boca.
El Señor del Viento se echó a reír suavemente antes de añadir:
- No tienes por qué compensarme, Eros. Por ti lo haría de nuevo sin problemas. Y por una chica tan buena como ella lo haría cien veces si fuera necesario.
- ¿Salvarla cien veces? Que absurdo ... - Eros le devolvió la sonrisa con la misma calidez. – Yo lo haría hasta el infinito.
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En esta prisión nunca se había formado un caos tan grande como el que se formó ese día. Las ráfagas de viento, provocadas por el aleteo de las alas de Eros, lanzaban a los guardias disparados en todas las direcciones posibles. Otros pobres desafortunados, con flechas de oro clavadas en sus pechos, abandonaban la batalla para suspirar de amor por los rincones.
Eros sonrió con picardía mientras esquivaba a los escasos guardias lo suficientemente testarudos para seguir intentando atraparle.
El objetivo era llegar al exterior de la prisión para tirarse al vacío y alejarse volando oculto entre las nubes, donde los aliados de su madre no podrían divisarlo fácilmente.
Con un grácil movimiento se coló entre la barrera de enemigos que bloqueaban la salida. Uno de ellos casi lo atrapa, pero un flechazo directo al corazón hizo que este individuo se enamorara del desdichado guardia que tenía al lado. Cuando ese guardia le lanzó una mirada de puro odio, el sonriente Eros simplemente se encogió de hombros y se dejó caer con gracia al abismo. Acto seguido, extendió sus alas en plena caída, ignorando el dolor provocado por la rigidez de su desuso.
Ahora tan solo tenía que avanzar oculto entre las nubes e intentar ser discreto. No podía permitir que le capturasen de nuevo antes de encontrar a su querida Psyque.
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En la entrada al Inframundo:
No era tarea fácil el encontrar la entrada secreta al mundo de los muertos, pero las lecciones de las pruebas anteriores, en especial las dos primeras, la habían convertido en una persona un poco más metódica y observadora. Después de todo, gracias a la observación, la organización de sus ideas y la ayuda de una mano amiga se había escapado de una muerte segura a manos de esos carneros.
Así que, al llegar al lugar indicado, puso especial atención al entorno que la rodeaba. Solo entonces pudo darse cuenta de una anomalía en una de las rocas situadas en una zona de difícil acceso. Tenía una forma y composición ligeramente diferente a las demás piedras que componían el paisaje, lo cual despertó sus sospechas. Cuando consiguió llegar hasta ella, alzó su mano para examinarla, pero se llevó una gran sorpresa cuando la traspasó como si nada. Tan solo se trataba de una simple ilusión, un espejismo que mantenía oculta una grieta en la pared que servía como entrada al subsuelo. Al atravesarla comenzó su descenso al Inframundo.
Caminó hacia abajo por unas escaleras de piedra que parecían no tener fin. Cada paso resonaba como si fuera un gran estruendo en aquel lugar tan vacío. El aire se tornaba cada vez más y más denso, por lo que se le hacía difícil respirar.
Al llegar al último peldaño alzó la cabeza para contemplar con asombro un enorme muro hecho con huesos y cráneos de diversas criaturas. Dos enormes estatuas de piedra con forma de horripilantes monstruos le daban la bienvenida, una a cada lado, apuntándola directamente con sus garras afiladas. En el centro se hallaba el enorme cráneo de un gigante, por cuya boca abierta debía entrar, esquivando los afilados dientes de un metro de altura, para seguir caminando por un sendero escarpado. A medida que avanzaba por ese camino oscuro y tenebroso, las antorchas se iban encendiendo solas, como por arte de magia, causándole algún que otro susto.
Durante el trayecto se cruzó con un montón de sombras con forma humanoide. Entre ellas también había personas de apariencia enfermiza, de tez pálida y expresión sombría, que no parecían prestarle ni la más mínima atención. Solo se lamentaban en voz baja mientras vagaban de un lado a otro a paso lento, con la mirada perdida. Algunos tenían un aspecto tan demacrado que parecían cadáveres andantes.
- "Son horribles y espeluznantes fantasmas." – repitió Psyque en su mente una y otra vez. El vello de su cuerpo se erizó ante esta espantosa visión. – "¿Por qué a mí? ¿Por qué fantasmas? Odio los fantasmas."
Temblaba de miedo, pero su determinación era aún más grande que el horror que sentía, así que siguió avanzando. Inconscientemente tocó la pluma que llevaba en el pelo, en busca del coraje necesario para continuar.
Mientras trataba de pasar desapercibida entre las ánimas, un par de extrañas personas se acercaron a ella pidiéndole ayuda o suplicando un favor. Psyque siguió el consejo de su amigo, El Señor del Viento: mantuvo la cabeza gacha y no pronunció palabra alguna. Algunos extraños se acercaban intentando darle lastima para que bajara la guardia, pero ella no se dejó engañar. Sabía que tenían siniestras intenciones y nada bueno tramaban.
- Probablemente quieren robarme la vida, que es un bien muy preciado en este lugar.
Después de un largo tramo sorteando diferentes obstáculos por fin consiguió llegar hasta un rio de aguas turbias. Allí la esperaba el barquero Caronte. Estaba ataviado con negros ropajes hechos jirones y una larga capucha que le tapaba la mayor parte de su rostro decrépito. Sus delgadas manos huesudas sostenían un largo remo que utilizaba para dirigir su barca funesta por las oscuras aguas del rio.
Psyque colocó una moneda de oro bajo su lengua y se acercó al barquero fingiendo ser un muerto más. Aquellas personas que eran enterradas sin moneda, no tenían con que pagarle al barquero, por lo que no podían cruzar hasta la otra orilla, viéndose así condenadas a una existencia de martirio entre la vida y la muerte.
Reprimió una mueca de asco cuando el hombre decrepito tomó la moneda directamente de su boca y, aceptado el pago, accedió a llevarla hasta la otra orilla. Mientras cruzaban el rio, Psyque oía el sollozo de las ánimas perdidas y los gritos de aquellos criminales torturados en el Tártaro, un lugar destinado para todos aquellos que habían cometido un acto atroz. En la lejanía escuchaba el aullido de criaturas abominables, entre ellas las grotescas Furias o los enfurecidos hecatónquiros, gigantes de cincuenta cabezas y cien brazos.
Cuando por fin llegó al otro lado del rio se bajó rápidamente para continuar caminando con paso tambaleante por una senda llena de estalactitas y estalagmitas.
No pasó mucho tiempo hasta que se encontró con la mayor pesadilla del Inframundo: El Can Cerbero. Era un monstruoso perro gigante de tres cabezas, una serpiente por cola y varias serpientes emergiendo en varias partes de su cuerpo. Su función era proteger las puertas del Inframundo, impidiendo que salgan los muertos.
Cuando el can clavó sus ojos en ella sintió que se le helaba la sangre en las venas. Nunca había visto una mirada tan fiera. Parecía que el único deseo del animal era destrozarla por completo hasta que no quedara nada de ella.
La bestia depredadora empezó a acercarse, como un lobo hambriento acercándose a un cordero indefenso. Por fortuna, Psyque no estaba del todo indefensa, ya que sabía perfectamente lo que debía hacer para apaciguar a la bestia. Tomó uno de los panes que le había dado Céfiro y se lo tiró. El perro miró al pan confundido por un largo rato. Una de las cabezas lo olisqueó desconfiado, mientras que la otra se animó a probarlo ... ¡Y le encantó!
Las demás cabezas miraron envidiosas como una de ellas disfrutaba del suculento manjar tan poco usual en estas tierras malditas.
Cuando Psyque le lazó otro, el perro enloqueció. Todas las cabezas querían comerse el pan de leche. Tanto era así, que se mordían las unas a las otras con extrema fiereza por conseguirlo.
Psyque dio un par de pasos inseguros hacia atrás, asustada ante la reacción de la fiera, pero pronto ganó confianza cuando comprobó que el perro no le estaba prestando ni la más mínima atención. Estaba demasiado enfrascado en su batalla consigo mismo para preocuparse por ella. Aprovechando la astuta distracción, consiguió colarse en los dominios del dios Hades.
El hogar de esta divinidad quitaba el aliento con solo echarle un vistazo. Su tétrico e imponente palacio se erguía sobre un lago de lava incandescente, que solo se podía cruzar atravesando un largo puente de piedra volcánica. Todo el palacio había sido construido con un material negro como el carbón. Tanto su fachada como sus múltiples torres estaban adornadas con rocambolescas estatuas y gárgolas de piedra con ojos de rubí.
Allí, dentro del fúnebre edificio, la esperaba impaciente Perséfone, tan hermosa como se la había imaginado, sentada de forma elegante en su trono del Inframundo junto a su marido, el dios de la muerte, Hades.
Psyque recordó una vez más los consejos de Céfiro:
"Perséfone te va a recibir con cortesía, te va a ofrecer asiento y te va a invitar a una animada fiesta. Siéntate en el suelo, no pidas comida, habla solo cuando se dirijan a ti."
Y eso mismo hizo. Cuando finalmente le pidió que llenará el cofre de belleza, Persefone accedió encantada. Incluso mencionó que añadiria una pizca extra de belleza.
Después de agradecer su colaboración, Psyque se despidió de manera muy cordial.
Ahora tocaba el difícil ascenso.
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Nada más salir de los dominios del dios de la muerte se encontró de nuevo con el monstruoso Cerbero. El perro estaba distraído olisqueando los alrededores en su busca, tratando arduamente de dar con el rastro de tan escurridiza presa.
- "Podría aprovechar esta oportunidad para pasar sigilosamente por detrás sin que él me detecte."
Decidida a seguir con este plan, caminó de puntillas de la forma más silenciosa posible.
Por desgracia, no contaba con el excelente sentido del oído de su adversario, muy superior al de cualquier otro animal de la tierra. El monstruo giró sus tres cabezas a la vez y la miró con odio, claramente ofendido por el engaño anterior.
Psyque le tiró de nuevo un pan para tratar de calmarlo, pero esta vez el truco no fue tan efectivo. Una de las cabezas miró el pan desconsoladamente, profiriendo un pequeño quejido que recordaba al de un pobre cachorrito abandonado, pero las otras dos cabezas le reprendieron por su humillante comportamiento. Después de la reprimenda, todas centraron su atención en la princesa Psyque, con sus tres pares de ojos mirándola fijamente con furia.
La gran bestia avanzó hasta ella gruñendo amenazadora, por lo que Psyque, muerta de miedo, empezó a retroceder muy despacio. Luego, echó a correr con gran pavor entre las enormes estalagmitas, que le servían como escudo para bloquear sus feroces dentelladas. El perro la seguía muy de cerca, con sus fauces abiertas de par en par dispuesto a devorarla.
La princesa corrió a una velocidad que nunca pensó que podría llegar a alcanzar. El ritmo de su carrera era frenético. Sus débiles piernas temblaban muchísimo, tanto de miedo como de cansancio, y le pedían desesperadamente un descanso, pero eso era un lujo que no se podía permitir en este momento. El simple hecho de aminorar la marcha era sinónimo de una muerte horrible.
Tras sortear varias columnas de piedra, se deslizó por el suelo y se coló por un estrecho hueco entre dos paredes, justo a tiempo para escapar de su letal mordisco. El animal era demasiado grande para pasar por el hueco, pero aun así era demasiado testarudo para rendirse tan fácilmente ante un obstáculo tan simple como este. Utilizó sus afiladas garras para dar zarpazos a la roca hasta que la entrada comenzó a agrandarse.
Al ver que ya no estaba segura en este lugar, Psyque avanzó apresurada entre las paredes rocosas hasta que consiguió escabullirse por el otro lado. Prosiguió con su huida a toda prisa, ya que sabía que la roca no aguantaría mucho más tiempo el duro ataque de Cerbero.
Pero la suerte no estaba de su lado, pues frente a ella se encontraba una enorme grieta en el suelo que le cortó el paso. Calculando a ojo, podría decirse que tenía un kilómetro de longitud, pero no era muy ancha. De hecho, había un punto en el que escasos metros de distancia separaban ambos extremos. Si tomaba carrerilla podría saltar al otro lado.
Así que respiró hondo, estrechó el cofre entre sus brazos y echó a correr en dirección al abismo.
Pudo oír el enfurecido gruñido de Cerbero justo en el momento del salto. Cuando sus pies se despegaron de la tierra todo pareció moverse a cámara lenta. Se encontraba en el aire, desafiando la gravedad mientras se preguntaba brevemente si conseguiría llegar hasta el otro lado. Fue entonces cuando sintió como el recogido de su pelo se deshacía …
Cayó al otro lado con un gran estruendo, sintiendo un dolor agudo que ignoró por completo. Se levantó de golpe llena de angustia. Sentía que sus piernas apenas le respondían. El corazón le latía a mil.
- "¿¡Donde está!?"
Se tocó frenéticamente el pelo en busca de su mayor tesoro, pero por más que buscó no pudo hallarlo.
- ¡La pluma! – gritó aterrada. - ¡La pluma de Eros!
¡No podía ser!
No estaba. Lo había perdido. Su tesoro. Su único recuerdo de él.
Lo había perdido …
Al igual que lo perdió a él.
Y no iba a poder recuperarlo. ¡No iba a poder recuperarlo jamás!
Entró en pánico. Lágrimas inundaron sus ojos. Sus fuerzas la abandonaron de golpe. Sus piernas no pudieron sostenerla por mucho más tiempo y se desplomó de rodillas al suelo.
Gateó torpemente hasta el borde de la grieta. Una vez ahí, la buscó desesperada con la mirada hasta que por fin la vio, posada sobre un saliente. La pluma estaba lejos de su alcance, pero si tenía cuidado quizás podría descender por el acantilado para recuperarla. El problema era que esta acción tan arriesgada la dejaría a merced del Can Cerbero. Si lo hacía estaría arriesgando su vida innecesariamente en la escalada y perdiendo un valioso tiempo que podría emplear en la huida.
De hecho, casi no había tiempo ni de huir. A este paso, Psyque perdería la vida en menos de un minuto.
¿Y por qué?
Por no ser capaz de dejar atrás un objeto muy preciado para ella ...
El perro ya había atravesado el hueco y avanzaba lentamente hacia ella con sus tres bocas abiertas de par en par, mostrándole sus dientes puntiagudos. Sin embargo, … ella seguía ahí parada sin hacer nada, con su mirada fija en aquella pluma. Tan en trance estaba la pobre chica que justo en ese momento se dio cuenta de que algunos mechones de su pelo estaban obstaculizando su visión.
Su pelo …
Ahora no había nada sujetando su pelo, estaba suelto como … como aquella vez, cuando en lo alto de un acantilado, frente a un rojo amanecer, juró que encontraría a su querido Eros.
Debería estar corriendo a sus brazos … ¿Por qué estaba aquí parada entonces?
- Aprende a organizar el caos de tu mente. – susurró para sí misma, recordando de pronto la lección de la primera prueba. – A discriminar lo verdadero de lo falso, lo importante de lo irrelevante.
¡Eso es! ¡No podía morir aquí por culpa de una simple pluma! No importa lo bien que la hiciera sentirse al recordarle a su amado. No importaba lo reconfortante que era aferrase al falso sentimiento de seguridad que esta le proporcionaba. Es cierto que la pluma la había ayudado a seguir adelante en sus momentos de debilidad, pero solo era eso: un objeto, tansimple e irrelevante como cualquier otro. Debía invertir sus esfuerzos en llegar a lo verdadero, lo importante.
… Y lo verdadero e importante era la persona a la que perteneció ese preciado objeto. Aquel por el que luchaba día a día. Aquel al que quería salvar. Su ángel. Su amor.
- ¡Te encontraré, Eros!
Su corazón se llenó de nuevo de férrea determinación.
No retrocedió cuando el monstruo se preparaba para abalanzarse sobre ella. Todo lo contrario, se puso de pie para plantarle cara, ignorando por completo la debilidad de sus piernas. Agarró la bolsa llena de panes y, tomando un fuerte impulso, la tiró por los aires, todo lo lejos que pudo. Los panes salieron volando ante los ojos del perro: dos de las cabezas los miraron con curiosidad, pero una de ellas los miró con adoración. Fue esta cabeza la que tomó el control de todo el cuerpo. Paró el ataque de inmediato y echó a correr tras los deliciosos aperitivos, forzando a las demás cabezas a obedecer bajo terribles protestas.
Psyque recogió del suelo el cofre lleno de belleza y se marchó sin mirar atrás.
Al llegar hasta el rio, el viejo decrepito la miró con recelo, pero como era muy avaro no dudo en aceptar su moneda de oro a cambio de llevarla a la otra orilla.
Una vez ahí, Psyque emprendió el viaje de regreso por el mismo camino por el que había venido. Un par de fantasmas volvieron a acercarse para engañarla, pero Psyque les dijo que se fueran a morir de una vez. Después los ignoró por completo y siguió andando con paso firme.
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¡La luz del sol! ¡Qué cálida y resplandeciente es! ¡Jamás pensó que podría agradecer tanto su brillo! ¡Y qué bello era todo! El cielo estaba despejado, el aire era puro y había seres vivos a su alrededor. ¿Por qué nunca se había dado cuenta de lo increíble que era el mundo? Había tenido que descender al infierno y rodearse de muertos para conocer el verdadero valor de la vida.
- No puedo creerlo … ¡Lo he conseguido! – exclamó saltando de alegría.
Ahora solo tenía que entregar el pequeño cofre a Afrodita y todo habría acabado. Podría ver a Eros. Estaba segura de que él la perdonaría por su traición en cuanto la viese. ¡Y todo se solucionaría!
Examinó con gran ilusión el cofre lleno de belleza que pronto le serviría como moneda de pago para obtener la felicidad.
- "¿Cómo es posible que un cofre tan pequeño pueda contener algo tan abstracto como la belleza?" – pensó la sonriente joven.
Su sonrisa se borró al instante cuando vio su imagen reflejada en la lisa superficie. Si antes pensaba que tenía un aspecto lamentable, ahora ni siquiera tenía palabras para describir lo horrible que lucía. En simples palabras, parecía una vagabunda sucia, esquelética y andrajosa. Verse en tal estado fue terriblemente traumático para una persona como ella, una princesa acostumbrada desde niña a ser severamente regañada si no lucía impecable.
- Afrodita tiene razón… ¿Cómo podría Eros aceptarme si me presento así ante él? – pensó angustiada, recordando las crueles palabras que la diosa le decía a menudo: "Eros no va a querer a una andrajosa como tú."
Afrodita tenía razón. ¿Cómo iba un dios a querer estar con alguien así? Ni siquiera ella podía mirar su imagen por mucho tiempo sin desear desviar la mirada. Incluso parecía que había envejecido un par de años en tan solo unas semanas.
Entonces recordó algo de suma importancia. Perséfone mencionó anteriormente que había añadido una cantidad extra de belleza.
Un peligroso pensamiento pasó por su mente …
- "¿Y si utilizo un poco de esta belleza en mí?"
Tan solo sería un poquito. Una nimiedad. No sería un acto muy honroso, pero nadie tendría por qué enterarse. Además, no podía negar que el mágico contenido de este cofre le causaba una inmensa curiosidad …
La tentación pudo con ella tras varios minutos de intenso debate interno. Rindiéndose ante sus deseos, quitó la hebilla que mantenía el cerrojo en su lugar y abrió el cofre lentamente.
De inmediato, un denso humo negro salió disparado al exterior. Psyque dejó caer el recipiente al suelo y ahogó un grito de espanto a la vez que trataba de alejarse de la humareda, pero ya era demasiado tarde ... se había arremolinado en torno a ella.
En ese preciso instante todas las plantas que tenían contacto con este humo maldito se marchitaron, para finalmente convertirse en polvo a los pocos segundos.
Psyque sintió como entraba a sus pulmones a la fuerza e iba infectando todo su cuerpo hasta dejarlo entumecido e insensible. El polvo negro en suspensión, junto al olor a muerte, la envolvieron por completo mientras perdía la conciencia. Se derrumbó al suelo, rodeada de negrura, con la sensación de que el tiempo se había ralentizado.
- Eros …
"Al final no pude encontrarte"
"He fracasado"
Y con estos tristes pensamientos, cerró con gran pesar sus ojos llorosos. El amargo recuerdo de sus días felices junto a él fue lo último que cruzó por su mente antes de desvanecerse en la oscuridad.
Así fue como aquella pobre muchacha se convirtió en la víctima del maligno embrujo que le arrebató la vida.
