13/11/2020

aqui les dejo la lista de personajes que participan en este capitulo

Elizabeth Bennet (Kagome Higurashi)
Señor Bennet (Señor Higurashi)
Señora Bennet (Naomi Higurashi)
Señor Blingley (Yoshiro)
Jane Bennet (Midoriko Higurashi)
Lydia (Sango)
Catherine (Tsubaky)
Darcy (Sesshomaru Taisho)
Señora Hurst (Izayoi)
Señorita Blingley (Kagura)
Señorita Charlotte (Abi shinshirintai)
Señorita Georgina Darcy (Sara Taisho )
Señor Collins ( Kuranosuke Takeda)
Wickham (Miroku Maitreya)
William Lucas (Bankotsu Shinshirintai)
Lady Lucas (Yura)
Señorita King (Kaguya)
Señorita Maria (Kanna Shinshirintai)
Lady Catherine de Bourgh (Irasue de Tsuky)
Señor Darcy ( Tsukuyomi Taisho)
Señora Gardiner (Enju Madono)
Señor Gardiner ( Byakuya Madono)
Señor Phillips (Hoshiyomi Phillips)
Señora Phillips (Tsukiyomi Phillips)

Capitulo 10
Fin de las esperanzas y el desamor

Mi voz envuelta en dudas... desborda de amor por ti
Balanceándose en el dolor... prisionero soy
de tu paraíso se que con tu luz derribaste mi
oscuridad
prisionero soy como una espina de clavaste en mi
CORAZON


La carta de la señorita Kagura llegó, y puso fin a todas las dudas. La primera frase ya comunicaba que todos se habían establecido en Londres para pasar el invierno, y al final expresaba el pesar del hermano por no haber tenido tiempo, antes de abandonar el campo, de pasar a presentar sus respetos a sus amigos del Sengoku.

No había esperanza, se había desvanecido por completo. Midoriko siguió leyendo, pero encontró pocas cosas, aparte de las expresiones de afecto de su autora, que pudieran servirle de alivio. El resto de la carta estaba casi por entero dedicado a elogiar a la señorita Sara. Insistía de nuevo sobre sus múltiples atractivos, y Kagura presumía muy contenta de su creciente intimidad con ella, aventurándose a predecir el cumplimiento de los deseos que ya manifestaba en la primera carta. También 1e contaba con regocijo que su hermano era íntimo de la familia Taisho, y mencionaba con entusiasmo ciertos planes de este último, relativos al nuevo mobiliario.

Kagome, a quien Midoriko comunicó en seguida lo más importante de aquellas noticias, la escuchó en silencio y muy indignada. Su corazón fluctuaba entre la preocupación por su hermana y el odio a todos los demás. No daba crédito a la afirmación de Kagura de que su hermano estaba interesado por la señorita Sara. No dudaba, como no lo había dudado jamás, que Yoshiro estaba enamorado de Midoriko; pero Kagome, que siempre le tuvo tanta simpatía, no pudo pensar sin rabia, e incluso sin desprecio, en aquella debilidad de carácter y en su falta de decisión, que le hacían esclavo de sus intrigantes amigos y le arrastraban a sacrificar su propia felicidad al capricho de los deseos de aquellos. Si no sacrificase más que su felicidad, podría jugar con ella como se le antojase; pero se trataba también de la felicidad de Midoriko, y pensaba que él debería tenerlo en cuenta. En fin, era una de esas cosas con las que es inútil romperse la cabeza.

Kagome no podía pensar en otra cosa; y tanto si el interés de Yoshiro había muerto realmente, como si había sido obstaculizado por la intromisión de sus amigos; tanto si Yoshiro sabía del afecto de Midoriko, como si le había pasado inadvertido; en cualquiera de los casos, y aunque la opinión de Kagome sobre Yoshiro pudiese variar según las diferencias, la situación de Midoriko seguía siendo la misma y su paz se había perturbado su reiki blanco se volvió gris.

Un día o dos transcurrieron antes de que Midoriko tuviese el valor de confesar sus sentimientos a su hermana; pero, al fin, en un momento en que la señora Naomi las dejó solas después de haberse irritado más que de costumbre con el tema de la Casa de la Luna y su dueño, la joven no lo pudo resistir y exclamó:

–¡Si mi querida madre tuviese más dominio de sí misma! No puede hacerse idea de lo que me duelen sus continuos comentarios sobre el señor Yoshiro. Pero no me pondré triste. No puede durar mucho. Lo olvidaré y todos volveremos a ser como antes.

Kagome, solícita e incrédula, miró a su hermana, pero no dijo nada.

–¿Lo dudas? –preguntó Midoriko ligeramente ruborizada–. No tienes motivos. Le recordaré siempre como el mejor hombre o youkai que he conocido, eso es todo. Nada tengo que esperar ni que temer, y nada tengo que reprocharle. Gracias a Dios, no me queda esa pena. Así es que dentro de poco tiempo, estaré mucho mejor.-

Con voz más fuerte añadió después:

–Tengo el consuelo de pensar que no ha sido más que un error de la imaginación por mi parte y que no ha perjudicado a nadie más que a mí misma.-

–¡Querida Midoriko! –exclamó Kagome–. Eres demasiado buena. Tu dulzura y tu desinterés son verdaderamente angelicales. No sé qué decirte. Me siento como si nunca te hubiese hecho justicia, o como si no te hubiese querido todo lo que mereces.-

Midoriko negó vehementemente que tuviese algún mérito extraordinario y rechazó los elogios de su hermana que eran sólo producto de su gran afecto.

–No –dijo la peli negra–, eso no está bien. Todo el mundo te parece respetable y te ofendes si yo hablo mal de alguien. Tú eres la única a quien encuentro perfecta y tampoco quieres que te lo diga. No temas que me exceda apropiándome de tu privilegio de bondad universal. No hay peligro. A poca gente quiero de verdad, y de muy pocos tengo buen concepto. Cuanto más conozco el mundo, más me desagrada, y el tiempo me confirma mi creencia en la inconsistencia del carácter humano, y en lo poco que se puede uno fiar de las apariencias de bondad o inteligencia. Últimamente he tenido dos ejemplos: uno que no quiero mencionar, y el otro, la boda de Abi. ¡Es increíble! ¡Lo mires como lo mires, es increíble!- dijo Kagome mirando a su hermana ambas andaban vestidas con sus ropas de sacerdotisa ya hace mucho que habían decidido utilizarlos mas seguido

–Querida Kag, no debes tener esos sentimientos, acabarán con tu felicidad. No tienes en consideración las diferentes situaciones y la forma de ser de las personas. Ten en cuenta la respetabilidad del señor Takeda y el carácter firme y prudente de Abi. Recuerda que pertenece a una familia numerosa, y en lo que se refiere a la fortuna, es una boda muy deseable, debes creer, por el amor de Dios o como dice el abuelo por amor a Kami, que puede que sienta cierto afecto y estima por nuestro primo.-

–Por complacerte, trataría de creer lo que dices, pero nadie saldría beneficiado, porque si sospechase que Abi siente algún interés por el señor Takeda, tendría peor opinión de su inteligencia de la que ahora tengo de su corazón. Querida Midoriko, el señor Takeda es un hombre engreído, pedante, cerril y mentecato; lo sabes tan bien como yo; y como yo también debes saber que la mujer que se case con él no puede estar en su sano juicio. No la defiendas porque sea Abi Shinshirintai. Por una persona en concreto no debes trastocar el significado de principio y de integridad, ni intentar convencerte a ti misma o a mí, de que el egoísmo es prudencia o de que la insensibilidad ante el peligro es un seguro de felicidad.-

–Hablas de los dos con demasiada dureza –repuso Midoriko–, y espero que lo admitirás cuando veas que son felices juntos. Pero dejemos esto. Hiciste alusión a otra cosa. Mencionaste dos ejemplos. Ya sé de qué se trata, pero te ruego, querida Kag, que no me hagas sufrir culpando a esa persona y diciendo que has perdido la buena opinión que tenías de él.-Midoriko se acercó a su hermana y la tomo de las manos- No debemos estar tan predispuestos a imaginarnos que nos han herido intencionadamente. No podemos esperar que un Daiyoukai joven y tan vital sea siempre tan circunspecto y comedido. A menudo lo que nos engaña es únicamente nuestra propia vanidad. Las mujeres nos creemos que la admiración significa más de lo que es en realidad.-

–Y los hombres y youkais se cuidan bien de que así sea.-

–Si lo hacen premeditadamente, no tienen justificación; pero me parece que no hay tanta premeditación en el mundo como mucha gente se figura.-

–No pretendo atribuir a la premeditación la conducta del señor Yoshiro; pero sin querer obrar mal o hacer sufrir a los demás, se pueden cometer errores y hacer mucho daño. De eso se encargan la inconsciencia, la falta de atención a los sentimientos de otras personas y la falta de decisión.- repuso Kagome molesta

–¿Achacas lo ocurrido a algo de eso?-

–Sí, a lo último. Pero si sigo hablando, te disgustaré diciendo lo que pienso de personas que tú estimas. Vale más que procures que me calle.-

-¿Persistes en suponer, pues, que las hermanas influyen en él? –

–Sí, junto con su amigo.- recordó al peli plata con disgusto

–No lo puedo creer. ¿Por qué iba a hacerlo? Sólo pueden desear su felicidad; y si él me quiere a mí, ninguna otra mujer podrá proporcionársela.-

-Tu primera suposición es falsa. Pueden desear muchas cosas además de su felicidad; pueden desear que aumente su riqueza, con lo que ello trae consigo; pueden desear que se case con una chica que tenga toda la importancia que da el dinero, las grandes familias y el orgullo.-

–O sea que desean que elija a la señorita Sara –replicó Midoriko–; pero quizá les muevan mejores intenciones de las que crees. La han tratado mucho más que a mí, es lógico que la quieran más. Pero cualesquiera que sean sus deseos, es muy poco probable que se hayan opuesto a los de su hermano. ¿Qué hermana se creería con derecho a hacerlo, a no ser que hubiese algo muy grave que objetar? Si hubiesen visto que se interesaba mucho por mí, no habrían procurado separarnos; y si él estuviese efectivamente tan interesado, todos sus esfuerzos serían inútiles. Al suponer que me quiere, sólo consigues atribuir un mal comportamiento y una actitud errónea a todo el mundo y hacerme a mí sufrir más todavía. No me avergüenzo de haberme equivocado y si me avergonzara, mi sufrimiento no sería nada en comparación con el dolor que me causaría pensar mal de Yoshiro o de sus hermanas. Déjame interpretarlo del mejor modo posible, del modo que lo haga más explicable.-

Kagome no podía oponerse a tales deseos; y desde entonces el nombre de Yoshiro pocas veces se volvió a pronunciar entre ellas.

La señora Naomi seguía aún extrañada y murmurando al ver que Yoshiro no regresaba; y aunque no pasaba día sin que Kagome le hiciese ver claramente lo que sucedía, no parecía que la madre dejase de extrañarse. Su hija intentaba convencerla de lo que ella misma no creía, diciéndole que las atenciones de Yoshiro para con Midoriko habían sido efecto de un capricho corriente y pasajero que cesó al dejar de verla; pero aunque la señora Naomi no vacilaba en admitir esa posibilidad, no podía dejar de repetir todos los días la misma historia. Lo único que la consolaba era que Yoshiro tenía que volver en verano.

El señor Higurashi veía la cosa de muy distinta manera.

-De modo, Kag–le dijo un día que la peli negra practicaba con su arco–, que tu hermana ha tenido un fracaso amoroso. Le doy la enhorabuena. Antes de casarse, está bien que una chica tenga algún fracaso; así se tiene algo en qué pensar, y le da cierta distinción entre sus amistades. ¿Y a ti, cuándo te toca? No te gustaría ser menos que Midoriko.- la peli negra miro de mala gana a su padre- Aprovéchate ahora. Hay en el monte fuji bastantes oficiales como para engañar a todas las chicas de la comarca. Elige a Miroku. Es un tipo agradable, y es seguro que te dará calabazas.-

–Gracias, papá, pero me conformaría con un hombre menos agradable. No todos podemos esperar tener tan buena suerte como Midoriko.-

–Es verdad ––dijo el señor Higurashi–, pero es un consuelo pensar que, suceda lo que suceda, tienes una madre cariñosa que siempre te ayudará.-

La compañía de Miroku era de gran utilidad para disipar la tristeza que los últimos y desdichados sucesos habían producido a varios miembros de la familia de Shikon. Le veían a menudo, y a sus otras virtudes unió en aquella ocasión la de una franqueza absoluta. Todo lo que Kagome había oído, sus quejas contra Sesshomaru y los agravios que le había inferido, pasaron a ser del dominio público; todo el mundo se complacía en recordar lo antipático que siempre había sido Sesshomaru, aun antes de saber nada de todo aquello.

Midoriko era la única capaz de suponer que hubiese en este caso alguna circunstancia atenuante desconocida por los vecinos de Sengoku. Su dulce e invariable candor reclamaba indulgencia constantemente y proponía la posibilidad de una equivocación; pero todo el mundo tenía a Sesshomaru por el peor de los youkais.


Después de una semana, pasada entre promesas de amor y planes de felicidad, Kuranosuke tuvo que despedirse de su amada Abi para llegar el sábado a Hunsford. Pero la pena de la separación se aliviaba por parte de Kuranosuke con los preparativos que tenía que hacer para la recepción de su novia; pues tenía sus razones para creer que a poco de su próximo regreso a Sengoku se fijaría el día que habría de hacerle el más feliz de los hombres. Se despidió de sus parientes de Shikon con la misma solemnidad que la otra vez; deseó de nuevo a sus bellas primas salud y venturas, y prometió al padre otra carta de agradecimiento.

El lunes siguiente, la señora Higurashi tuvo el placer de recibir a su hermano y a la esposa de éste, que venían, como de costumbre, a pasar las Navidades en Shikon. El señor Biakuya Madono era un hombre inteligente y caballeroso de cabellos largos negros atados en una coleta alta sus ojos de un hermoso color azul oscuro y piel blanca como la misma nieve, muy superior a su hermana por naturaleza y por educación. A las damas de la Casa de la Luna se les hubiese hecho difícil creer que aquel hombre que vivía del comercio y se hallaba siempre metido en su almacén, pudiera estar tan bien educado y resultar tan agradable. La señora Enju de Madono, bastante más joven que la señora Naomi y que la señora Tsukiyomi, era una mujer encantadora y elegante de cabellos cortos hasta los hombros de un hermoso color rojizo fuego al igual que sus ojos, a la que sus sobrinas de Shikon adoraban. Especialmente las dos mayores, con las que tenía una particular amistad. Kagome y Midoriko habían estado muchas veces en su casa de la capital. Lo primero que hizo la señora Enju al llegar fue distribuir sus regalos y describir las nuevas modas. Una vez hecho esto, dejó de llevar la voz cantante de la conversación; ahora le tocaba escuchar. La señora Naomi tenía que contarle sus muchas desdichas y sus muchas quejas. Había sufrido muchas humillaciones desde la última vez que vio a su cuñada. Dos de sus hijas habían estado a punto de casarse, pero luego todo había quedado en nada.

–No culpo a Midoriko continuó–, porque se habría casado con el señor Yoshiro, si hubiese podido; pero Kagome... ¡Ah, hermana mía!, es muy duro pensar que a estas horas podría ser la mujer de Takeda si no hubiese sido por su testarudez. Le hizo una proposición de matrimonio en esta misma habitación y lo rechazó. A consecuencia de ello lady Yura tendrá una hija casada antes que yo, y la herencia de Shikon pasará a sus manos. Los Shinshirintais son muy astutos, siempre se aprovechan de lo que pueden. Siento tener que hablar de ellos de esta forma pero es la verdad. Me pone muy nerviosa y enferma que mi propia familia me contraríe de este modo, y tener vecinos que no piensan más que en sí mismos. Menos mal que tenerte a ti aquí en estos precisos momentos, me consuela enormemente; me encanta lo que nos cuentas de las mangas largas no le valdría un buen consejo de modas a estas dos.- dijo refiriéndose a Midoriko y Kagome

La señora Enju, que ya había tenido noticias del tema por la correspondencia que mantenía con Midoriko y Kagome, dio una respuesta breve, y por compasión a sus sobrinas, cambió de conversación.

Cuando estuvo a solas luego con Kagome, volvió a hablar del asunto:

–Parece ser que habría sido un buen partido para Midoriko–dijo––. Siento que se haya estropeado. ¡Pero estas cosas ocurren tan a menudo! Un youkai como Yoshiro, tal y como tú me lo describes, se enamora con facilidad de una chica bonita por unas cuantas semanas y, si por casualidad se separan, la olvida con la misma facilidad. Esas inconstancias son muy frecuentes.-

–Si hubiera sido así, sería un gran consuelo –dijo Kagome mirando a su tia –, pero lo nuestro es diferente. Lo que nos ha pasado no ha sido casualidad. No es tan frecuente que unos amigos se interpongan y convenzan a un joven independiente de que deje de pensar en una muchacha de la que estaba locamente enamorado unos días antes.-

–Pero esa expresión, «locamente enamorado», está tan manida, es tan ambigua y tan indefinida, que no me dice nada. Lo mismo se aplica a sentimientos nacidos a la media hora de haberse conocido, que a un cariño fuerte y verdadero. Explícame cómo era el amor del señor Yoshiro-

–Nunca vi una atracción más prometedora. Cuando estaba con Midoriko no prestaba atención a nadie más, se dedicaba por entero a ella. Cada vez que se veían era más cierto y evidente. En su propio baile desairó a dos o tres señoritas al no sacarlas a bailar y yo le dirigí dos veces la palabra sin obtener respuesta. ¿Puede haber síntomas más claros? ¿No es la descortesía con todos los demás, la esencia misma del amor?-

–De esa clase de amor que me figuro que sentía Yoshiro, sí. ¡Pobre Midoriko! Lo siento por ella, pues dado su modo de ser, no olvidará tan fácilmente. Habría sido mejor que te hubiese ocurrido a ti, Kag; tú te habrías resignado más pronto. Pero, ¿crees que podremos convencerla de que venga con nosotros a Londres? Le conviene un cambio de aires, y puede que descansar un poco de su casa le vendría mejor que ninguna otra cosa.-

A Kagome le pareció estupenda esta proposición y no dudó de que su hermana la aceptaría.

–Supongo –añadió– que no la detendrá el pensar que pueda encontrarse con ese joven. Vivimos en zonas de la ciudad opuestas, todas nuestras amistades son tan distintas y, como tú sabes, salimos tan poco, que es muy poco probable que eso suceda, a no ser que él venga expresamente a verla.-

–Y eso es imposible, porque ahora se halla bajo la custodia de su amigo, y el señor Taisho no permitiría que visitase a Midoriko en semejante parte de Londres. Querida tía, ¿qué te parece? Puede que Sesshomaru haya oído hablar de un lugar como la calle Gracechurch, pero creería que ni las abluciones de todo un mes serían suficientes para limpiarle de todas sus impurezas, si es que alguna vez se dignase entrar en esa calle. Y puedes tener por seguro que Yoshiro no daría un paso sin él.-

–Mucho mejor. Espero que no se vean nunca. Pero, ¿no se escribe Midoriko con la hermana? Entonces, la señorita Kagura no tendrá disculpa para no ir a visitarla.-

–Romperá su amistad por completo.-

Pero, a pesar de que Kagome estuviese tan segura sobre este punto, y, lo que era aún más interesante, a pesar de que a Yoshiro le impidiesen ver a Midoriko, la señora Enju se convenció, después de examinarlo bien, de que había todavía una esperanza. Era posible, y a veces creía que hasta provechoso, que el cariño de Yoshiro se reanimase y luchara contra la influencia de sus amigos bajo la influencia más natural de los encantos de Midoriko.

Midoriko aceptó gustosa la invitación de su tía, sin pensar en los Bingley, aunque esperaba que, como Kagura no vivía en la misma casa que su hermano, podría pasar alguna mañana con ella sin el peligro de encontrarse con él.

Los Madono estuvieron en Shikon una semana; y entre los Philips, los Shinshirintais y los oficiales, no hubo un día sin que tuviesen un compromiso. La señora Naomi se había cuidado tanto de prepararlo todo para que su hermano y su cuñada lo pasaran bien, que ni una sola vez pudieron disfrutar de una comida familiar. Cuando el convite era en casa, siempre concurrían algunos oficiales entre los que Midroku no podía faltar. En estas ocasiones, la señora Enju, que sentía curiosidad por los muchos elogios que Kagome le tributaba, los observó a los dos minuciosamente. Dándose cuenta, por lo que veía, de que no estaban seriamente enamorados; su recíproca preferencia era demasiado evidente. No se quedó muy tranquila, de modo que antes de irse de Sengoku decidió hablar con Kagome del asunto advirtiéndole de su imprudencia por alentar aquella relación.

Miroku, aparte de sus cualidades, sabía cómo agradar a la señora Enju. Antes de casarse, diez o doce años atrás, ella había pasado bastante tiempo en el mismo lugar de las tierras del oeste como creadora de estatuas para el antiguo lord, donde Miroku había nacido. Poseían, por lo tanto, muchas amistades en común; y aunque Miroku se marchó poco después del fallecimiento del padre de Sesshomaru, ocurrido hacía cinco años, todavía podía contarle cosas de sus antiguos amigos, más recientes que las que ella sabía.

La señora Enju había estado en el Castillo de los cielos y había conocido al último señor Tsukuyomi Taisho a la perfección. Éste era, por consiguiente, un tema de conversación inagotable. Comparaba sus recuerdos del Castillo de los cielos con la detallada descripción que Miroku hacía, y elogiando el carácter de su último dueño, se deleitaban los dos. Al enterarse del comportamiento de Sesshomaru con Miroku, la señora Enju creía recordar algo de la mala fama que tenía cuando era aún muchacho, lo que encajaba en este caso; por fin, confesó que se acordaba que ya entonces se hablaba del joven Sesshomaru Taisho como de un youkai malo y orgulloso.


LA señora Enju hizo a Kagome la advertencia susodicha puntual y amablemente, a la primera oportunidad que tuvo de hablar a solas con ella. Después de haberle dicho honestamente lo que pensaba, añadió:

–Eres una chica demasiado sensata, Kag, para enamorarte sólo porque se te haya advertido que no lo hicieses; y por eso, me atrevo a hablarte abiertamente. En serio, ten cuidado. No te comprometas, ni dejes que él se vea envuelto en un cariño que la falta de fortuna puede convertir en una imprudencia. Nada tengo que decir contra él; es un muchacho muy interesante, y si tuviera la posición que debería tener, me parecería inmejorable. Pero tal y como están las cosas, no puedes cegarte. Tienes mucho sentido, y todos esperamos que lo uses. Tu padre confía en tu firmeza y en tu buena conducta. No vayas a defraudarle.-

–Querida tía, esto es serio de veras.-

–Sí, y ojalá que tú también te lo tomes en serio.-

–Bueno, no te alarmes. Me cuidaré de Miroku. Si lo puedo evitar, no se enamorará de mí. –

-Kagome, no estás hablando en serio.-

–Perdóname. Lo intentaré otra vez. Por ahora, no estoy enamorada de Miroku; es verdad, no lo estoy. Pero es, sin comparación, el hombre más agradable que jamás he visto; tanto, que no me importaría que se sintiese atraído por mí. Sé que es una imprudencia. ¡Ay, ese abominable Sesshomaru! La opinión que mi padre tiene de mí, me honra; y me daría muchísima pena perderla. Sin embargo, mi padre es partidario del señor Maitreya. En fin, querida tía, sentiría mucho haceros sufrir a alguno de vosotros; pero cuando vemos a diario que los jóvenes, si están enamorados suelen hacer caso omiso de la falta de fortuna a la hora de comprometerse, ¿cómo podría prometer yo ser más lista que tantas de mis congéneres, si me viera tentada? O ¿cómo sabría que obraría con inteligencia si me resisto? Así es que lo único que puedo prometerte es que no me precipitaré. No me apresuraré en creer que soy la mujer de sus sueños. Cuando esté a su lado, no le demostraré que me gusta. O sea, que me portaré lo mejor que pueda.-

–Tal vez lo conseguirías, si procuras que no venga aquí tan a menudo. Por lo menos, no deberías recordar a tu madre que lo invite.-

–Como hice el otro día –repuso Kagome con maliciosa sonrisa–. Es verdad, sería lo más oportuno. Pero no vayas a imaginar que viene tan a menudo. Si le hemos invitado tanto esta semana, es porque tú estabas aquí. Ya sabes la obsesión de mi madre de que sus visitas estén constantemente acompañadas. Pero de veras, te doy mi palabra de que trataré siempre de hacer lo que crea más sensato. Espero que ahora estarás más contenta.-

Su tía le aseguró que lo estaba; Kagome le agradeció sus amables advertencias, y se fueron. Su conversación había constituido un admirable ejemplo de saber aconsejar sin causar resentimiento.

Poco después de haberse ido los Madono y Midoriko, Kuranosuke regresó a Sengoku; pero como fue a casa de los Shinshirintais, la señora Naomi no se incomodó por su llegada. La boda se aproximaba y la señora Naomi se había resignado tanto que ya la daba por inevitable e incluso repetía, eso sí, de mal talante, que deseaba que fuesen felices. La boda se iba a celebrar el jueves, y, el miércoles vino la señorita Abi a hacer su visita de despedida. Cuando la joven se levantó para irse, Kagome, sinceramente conmovida, y avergonzada por la desatenta actitud y los fingidos buenos deseos de su madre, salió con ella de la habitación y la acompañó hasta la puerta. Mientras bajaban las escaleras, Abi dijo:

–Confío en que tendré noticias tuyas muy a menudo, Kag-

–Las tendrás.- dijo cortante Kagome

–Y quiero pedirte otro favor. ¿Vendrás a verme? –

–Nos veremos con frecuencia en Sengoku, espero.-

–Me parece que no podré salir de Kent hasta dentro de un tiempo. Prométeme, por lo tanto, venir a Hunsford.-

A pesar de la poca gracia que le hacía la visita, Kagome no pudo rechazar la invitación de Abi.

–Mi padre y Kanna irán a verme en marzo –añadió Abi– y quisiera que los acompañases. Te aseguro, Kag, que serás tan bien acogida como ellos.-

Se celebró la boda; el novio y la novia partieron hacia Kent desde la puerta de la iglesia, y todo el mundo tuvo algún comentario que hacer o que oír sobre el particular, como de costumbre. Kagome no tardó en recibir carta de su amiga, y su correspondencia fue tan regular y frecuente como siempre. Pero ya no tan franca. A Kagome le era imposible dirigirse a Abi sin notar que toda su antigua confianza había desaparecido, y, aunque no quería interrumpir la correspondencia, lo hacía más por lo que su amistad había sido que por lo que en realidad era ahora. Las primeras cartas de Abi las recibió con mucha impaciencia; sentía mucha curiosidad por ver qué le decía de su nuevo hogar, por saber si le habría agradado lady Irasue y hasta qué punto se atrevería a confesar que era feliz. Pero al leer aquellas cartas, Kagome observó que Abi se expresaba exactamente tal como ella había previsto. Escribía alegremente, parecía estar rodeada de comodidades, y no mencionaba nada que no fuese digno de alabanza. La casa, el mobiliario, la vecindad y las carreteras, todo era de su gusto, y lady Irasue no podía ser más sociable y atenta. Era el mismo retrato de Hunsford y de Rosings que había hecho el señor Takeda, aunque razonablemente mitigado. Kagome comprendió que debía aguardar a su propia visita para conocer el resto.

Midoriko ya le había enviado unas líneas a su hermana anunciándole su feliz llegada a Londres; y cuando le volviese a escribir, Kagome tenía esperanza de que ya podría contarle algo de los Bingley.

Su impaciencia por esta segunda carta recibió la recompensa habitual a todas las impaciencias: Midoriko llevaba una semana en la capital sin haber visto o sabido nada de Kagura. Sin embargo, se lo explicaba suponiendo que la última carta que le mandó a su amiga desde Shikon se habría perdido.

«Mi tía –continuó– irá mañana a esa parte de la ciudad y tendré ocasión de hacer una visita a Kagura en la calle Grosvenor.»

Después de la visita mencionada, en la que vio a la señorita Kagura, Midoriko volvió a escribir: «Kagura no estaba de buen humor, pero se alegró mucho de verme y me reprochó que no le hubiese notificado mi llegada a Londres. Por lo tanto, yo tenía razón: no había recibido mi carta. Naturalmente, le pregunté por su hermano. Me dijo que estaba bien, pero que anda tan ocupado con el señor Taisho, que ella apenas le ve. Casualmente esperaban a la señorita Taisho para comer; me gustaría verla. Mi visita no fue larga, pues Kagura y la señora Izayoi tenían que salir. Supongo que pronto vendrán a verme.»

Kagome movió la cabeza al leer la carta. Vio claramente que sólo por casualidad podría Yoshiro descubrir que Midoriko estaba en Londres.

Pasaron cuatro semanas sin que Midoriko supiese nada de él. Trató de convencerse a sí misma de que no lo lamentaba; pero de lo que no podía estar ciega más tiempo, era del desinterés de la señorita Kagura. Después de esperarla en casa durante quince días todas las mañanas e inventarle una excusa todas las tardes, por fin, recibió su visita; pero la brevedad de la misma y, lo que es más, su extraña actitud no dejaron que Midoriko siguiera engañándose. La carta que escribió entonces a su hermana demostraba lo que sentía:

«Estoy segura, mi queridísima Kag, de que serás incapaz de vanagloriarte a costa mía por tu buen juicio, cuando te confiese que me he desengañado completamente del afecto de la señorita Kagura. De todos modos, aunque los hechos te hayan dado la razón, no me creas obstinada si aún afirmo que, dado su comportamiento conmigo, mi confianza era tan natural como tus recelos. A pesar de todo, no puedo comprender por qué motivo quiso ser amiga mía; pero si las cosas se volviesen a repetir, no me cabe la menor duda de que me engañaría de nuevo. Kagura no me devolvió la visita hasta ayer, y entretanto no recibí ni una nota ni una línea suya. Cuando vino se vio bien claro que era contra su voluntad; me dio una ligera disculpa, meramente formal, por no haber venido antes; no dijo palabra de cuándo volveríamos a vernos y estaba tan alterada que, cuando se fue, decidí firmemente poner fin a nuestras relaciones. Me da pena, aunque no puedo evitar echarle la culpa a ella. Hizo mal en elegirme a mí como amiga. Pero puedo decir con seguridad que fue ella quien dio el primer paso para intimar conmigo. De cualquier modo, la compadezco porque debe de comprender que se ha portado muy mal, y porque estoy segura de que la preocupación por su hermano fue la causa de todo. Y aunque nos consta que esa preocupación es innecesaria, el hecho de sentirla justifica su actitud para conmigo, y como él merece cumplidamente que su hermana le adore, toda la inquietud que le inspire es natural y apreciable. Pero no puedo menos que preguntarme por qué sigue teniendo esos temores, pues si él se hubiese interesado por mí, nos hubiésemos visto hace ya mucho tiempo. Él sabe que estoy en la ciudad; lo deduzco por algo que ella misma dijo; y todavía parecía, por su modo de hablar, que necesitaba convencerse a sí misma de que Yoshiro está realmente interesado por la señorita Taisho. No lo entiendo. Si no temiera juzgar con dureza, casi diría que en todo esto hay más vueltas de lo que parece. Pero procuraré ahuyentar todos estos penosos pensamientos, y pensaré sólo en lo que me hace ser feliz: tu cariño y la inalterable bondad de nuestros queridos tíos. Escríbeme pronto. La señorita Kagura habló de que nunca volverían a la Casa de la Luna y de que se desharían de la casa, pero no con mucha certeza. Vale más que no mencione estas cosas. Me alegro mucho de que hayas tenido tan buenas noticias de nuestros amigos de Hunsford. Haz el favor de ir a verlos con sir Bankotsu y Kanna. Estoy segura de que te encontrarás bien allí. Tuya, Midoriko.»

A Kagome le dio un poco de pena esta carta, pero recuperó el ánimo al pensar que al menos ya no volvería a dejarse tomar el pelo por la señorita Kagura. Toda esperanza con respecto al hermano se había desvanecido por completo. Ni siquiera deseaba que se reanudasen sus relaciones. Cada vez que pensaba en él, más le decepcionaba su carácter. Y como un castigo para él y en beneficio de Midoriko, Kagome deseaba que se casara con la hermana del señor Taisho cuanto antes, pues, por lo que Miroku decía, ella le haría arrepentirse con creces por lo que había despreciado.

A todo esto, la señora Madono recordó a Kagome su promesa acerca de Miroku, y quiso saber cómo andaban las cosas. Las noticias de Kagome eran más favorables para la tía que para ella misma. El aparente interés de Miroku había desaparecido, así como sus atenciones. Ahora era otra a la que admiraba. Kagome era lo bastante observadora como para darse cuenta de todo, pero lo veía y escribía de ello sin mayor pesar. No había hecho mucha mella en su corazón, y su vanidad quedaba satisfecha con creer que habría sido su preferida si su fortuna se lo hubiese permitido. La repentina adquisición de diez mil libras era el encanto más notable de la joven a la que ahora Miroku rendía su atención. Pero Kagome, menos perspicaz tal vez en este caso que en el de Abi, no le echó en cara su deseo de independencia. Al contrario, le parecía lo más natural del mundo, y como presumía que a él le costaba algún esfuerzo renunciar a ella, estaba dispuesta a considerar que era la medida más sabia y deseable para ambos, y podía desearle de corazón mucha felicidad.

Le comunicó todo esto a su tia Enju; y después de relatarle todos los pormenores, añadió: «Estoy convencida, querida tía, de que nunca he estado muy enamorada, pues si realmente hubiese sentido esa pasión pura y elevada del amor, detestaría hasta su nombre y le desearía los mayores males. Pero no sólo sigo apreciándolo a él, sino que no siento ninguna aversión por la señorita Kaguya. No la odio, no quiero creer que es una mala chica. Esto no puede ser amor. Mis precauciones han sido eficaces; y aunque mis amistades se preocuparían mucho más por mí, si yo estuviese locamente enamorada de él, no puedo decir que lamente mi relativa insignificancia. La importancia se paga a veces demasiado cara. Tsubaky y Sango se toman más a pecho que yo la traición de Miroku. Son jóvenes aún para ver la realidad del mundo y adquirir la humillante convicción de que los hombres guapos deben tener algo de qué vivir, al igual que los feos.»


Sin otros acontecimientos importantes en la familia de Shikon, ni más variación que los paseos a el monte fuji, unas veces con lodo y otras con frío, transcurrieron los meses de enero y febrero. Marzo era el mes en el que Kagome iría a Hunsford. Al principio no pensaba en serio ir. Pero vio que Abi lo daba por descontado, y poco a poco fue haciéndose gustosamente a la idea hasta decidirse. Con la ausencia, sus deseos de ver a Abi se habían acrecentado y la manía que le tenía a Kuranosuke había disminuido. El proyecto entrañaba cierta novedad, y como con tal madre y tan insoportables hermanas, su casa no le resultaba un lugar muy agradable, no podía menospreciar ese cambio de aires. El viaje le proporcionaba, además, el placer de ir a dar un abrazo a Midoriko; de tal manera que cuando se acercó la fecha, hubiese sentido tener que aplazarla.

Pero todo fue sobre ruedas y el viaje se llevó a efecto según las previsiones de Abi. Kagome acompañaría a sir Bankotsu y a su segunda hija. Y para colmo, decidieron pasar una noche en Londres; el plan quedó tan perfecto que ya no se podía pedir más.

Lo único que le daba pena a Kagome era separarse de su padre, porque sabía que la iba a echar de menos, y cuando llegó el momento de la partida se entristeció tanto que le encargó a su hija que le escribiese e incluso prometió contestar a su carta.

La despedida entre Miroku y Kagome fue muy cordial, aún más por parte de Miroku. Aunque en estos momentos estaba ocupado en otras cosas, no podía olvidar que ella fue la primera que excitó y mereció su atención, la primera en escucharle y compadecerle y la primera en agradarle. Y en su manera de decirle adiós, deseándole que lo pasara bien, recordándole lo que le parecía lady Irasue de Tsuky y repitiéndole que sus opiniones sobre la misma y sobre todos los demás coincidirían siempre, hubo tal solicitud y tal interés, que Kagome se sintió llena del más sincero afecto hacia él y partió convencida de que siempre consideraría a Miroku, soltero o casado, como un modelo de simpatía y sencillez.

Sus compañeros de viaje del día siguiente no eran los más indicados para que Kagome se acordase de Miroku con menos agrado. Sir Bankotsu y su hija Kanna, una muchacha callada de cabellos cortos hasta la mitad de la espalda de color blanco como la misma nieve ojos negros como la mas oscura noche y piel blanca como la porcelana, no dijeron nada que valiese la pena escuchar; de modo que oírles a ellos era para Kagome lo mismo que oír el traqueteo del carruaje. A Kagome le divertían los despropósitos, pero hacía ya demasiado tiempo que conocía a sir Bankotsu y no podía decirle nada nuevo acerca de las maravillas de su presentación en la corte y de su título de «Sir, y sus cortesías eran tan rancias como sus noticias.

El viaje era sólo de veinticuatro millas y lo emprendieron tan temprano que a mediodía estaban ya en la calle Gracechurch. Cuando se dirigían a la puerta de los Madono, Midoriko estaba en la ventana del salón contemplando su llegada; cuando entraron en el vestíbulo, ya estaba allí para darles la bienvenida. Kagome la examinó con ansiedad y se alegró de encontrarla tan sana y encantadora como siempre. En las escaleras había un tropel de niñas y niños demasiado impacientes por ver a su prima como para esperarla en el salón, pero su timidez no les dejaba acabar de bajar e ir a su encuentro, pues hacía más de un año que no la veían. Todo era alegría y atenciones. El día transcurrió agradablemente; por la tarde callejearon y recorrieron las tiendas, y por la noche fueron a un teatro.

Kagome logró entonces sentarse al lado de su tía. El primer tema de conversación fue Midoriko; después de oír las respuestas a las minuciosas preguntas que le hizo sobre su hermana, Kagome se quedó más triste que sorprendida al saber que Midoriko, aunque se esforzaba siempre por mantener alto el ánimo, pasaba por momentos de gran abatimiento. No obstante, era razonable esperar que no durasen mucho tiempo. La señora Enju también le contó detalles de la visita de la señorita Kagura a Gracechurch, y le repitió algunas conversaciones que había tenido después con Midoriko que demostraban que esta última había dado por terminada su amistad.

La señora Enju consoló a su sobrina por la traición de Miroku y la felicitó por lo bien que lo había tomado.

–Pero dime, querida Kagome–añadió–, ¿qué clase de muchacha es la señorita Kaguya? Sentiría mucho tener que pensar que nuestro amigo es un cazador de dotes.-

–A ver, querida tía, ¿cuál es la diferencia que hay en cuestiones matrimoniales, entre los móviles egoístas y los prudentes? ¿Dónde acaba la discreción y empieza la avaricia? Las pasadas Navidades temías que se casara conmigo porque habría sido imprudente, y ahora porque él va en busca de una joven youkai con sólo diez mil libras de renta, das por hecho que es un cazador de dotes.-

–Dime nada más qué clase de persona es la señorita Kaguya, y podré formar juicio.

–Creo que es una buena chica. Es youkai su cabello es largo oscuro y de ojos verdosos No he oído decir nada malo de ella. -

-Pero él no le dedicó la menor atención hasta que la muerte de su abuelo la hizo dueña de esa fortuna...-

–Claro, ¿por qué había de hacerlo? Si no podía permitirse conquistarme a mí porque yo no tenía dinero, ¿qué motivos había de tener para hacerle la corte a una muchacha que nada le importaba y que era tan pobre como yo?-

–Pero resulta indecoroso que le dirija sus atenciones tan poco tiempo después de ese suceso.-

–Un hombre que está en mala situación, no tiene tiempo, como otros, para observar esas elegantes delicadezas. Además, si ella no se lo reprocha, ¿por qué hemos de reprochárselo nosotros?. El que a ella no le importe no justifica a Miroku. Sólo demuestra que esa señorita carece de sentido o de sensibilidad.-

–Bueno –exclamó Kagome–, como tú quieras. Pongamos que él es un cazador de dotes y ella una tonta.-

–No, Kagome, eso es lo que no quiero. Ya sabes que me dolería pensar mal de un joven que vivió tanto tiempo en las Tierras del Oeste.

–¡Ah!, pues si es por esto, yo tengo muy mal concepto de los jóvenes que viven en las tierras del Oeste, cuyos íntimos amigos, que viven en Sengoku, no son mucho mejores. Estoy harta de todos ellos. Gracias a Dios, mañana voy a un sitio en donde encontraré a un hombre que no tiene ninguna cualidad agradable, que no tiene ni modales ni aptitudes para hacerse simpático. Al fin y al cabo, los hombres estúpidos son los únicos que vale la pena conocer.-

–¡Cuidado,Kag! Esas palabras suenan demasiado a desengaño.-

Antes de separarse por haber terminado la obra, Kagome tuvo la inesperada dicha de que sus tíos la invitasen a acompañarlos en un viaje que pensaban emprender en el verano.

–Todavía no sabemos hasta dónde iremos –dijo la señora Enju–, pero quizá nos lleguemos hasta los Lagos.-

Ningún otro proyecto podía serle a Kagome tan agradable. Aceptó la invitación al instante, sumamente agradecida.

–Querida, queridísima tía- exclamó con entusiasmo–, ¡qué delicia!, ¡qué felicidad! Me haces revivir, esto me da fuerzas. ¡Adiós al desengaño y al rencor! ¿Qué son los hombres al lado de las rocas y de las montañas? ¡Oh, qué horas de evasión pasaremos! Y al regresar no seremos como esos viajeros que no son capaces de dar una idea exacta de nada. Nosotros sabremos adónde hemos ido, y recordaremos lo que hayamos visto. Los lagos, los ríos y las montañas no estarán confundidos en nuestra memoria, ni cuando queramos describir un paisaje determinado nos pondremos a discutir sobre su relativa situación. ¡Que nuestras primeras efusiones no sean como las de la mayoría de los viajeros!- decía Kagome emocionada