29 de diciembre de 1899.

Albus Dumbledore aún no sabía que tendría una larga vida y que le tocaría vivir cosas muy amargas. En aquel momento, después de los terribles acontecimientos que había vivido ese año, pensaba que aquel era su final de año más triste.

Había perdido en un año a su madre y a su hermana. Y su hermano lo odiaba al nivel de preferir quedarse en Hogwarts a pasar las fiestas con él. Estaba solo, en una casa que odiaba. La única persona que le había ofrecido compañía en las fiestas había sido Batilda.

Le daba pena la pobre mujer, sola también, pero no podía. Solo verla hacía que un dolor insoportable se le instalara en el centro del pecho. Trataba de no pensar en eso, de no pensar en él, porque le hacía sentir peor persona.

Solo un ratito al día, justo antes de dormir, se permitía ser esa persona horrible que, por encima de las pérdidas familiares, lo que más sentía era su marcha, su pérdida. Gellert.

Apagó las luces con su varita, acostado ya. Cerró los ojos y, con una mano sobre el pecho, lo evocó. Recordó las horas de conversaciones. Se había enamorado de su mente mucho antes de que se colara por primera vez por la ventana de su habitación para dormir juntos. Entonces se había enamorado del hombre, de sus besos, de sus manos que lo acariciaban sin descanso.

Sobresaltado, abrió los ojos y se incorporó en la cama. Había sentido algo, un roce en la cara. Tomó su varita y convocó un lumos que iluminó la pequeña habitación. Allí, en una esquina, apoyado contra la pared, estaba él.

— Gellert —susurró.

Se frotó los ojos. Era él, su pelo rubio recogido de cualquier manera en una coleta, sus desiguales ojos fijos en su cama como el ave de presa que siempre había pensado que era.

En un parpadeo, lo tuvo encima. No pudo evitar las lágrimas, ni susurrar de nuevo su nombre, mientras lo abrazaba, mientras Gellert besaba cada parte de su rostro. Entonces, la imagen de su hermana cayendo sin vida, como a cámara lenta, apareció tras sus párpados cerrados. Como pudo, trató de apartarlo.

— No podemos, no podemos, Gellert. Ella está muerta, yo no puedo, no…

— Ssshhhh —trató de tranquilizarle, acariciándole el cabello, de rodillas frente a él—. Solo una noche, Albus. Por favor, por favor.

Escucharle suplicar era algo nuevo, él siempre había sido altivo y orgulloso, jamás habría imaginado verle frente a él suplicando de rodillas. Abrió los ojos y los fijó en él. Y cayó, cayó bajo el embrujo de su voz.

El amanecer los encontró abrazados bajo las cálidas mantas, en silencio, incapaces de despedirse.

— Albus.

— Tienes que irte.

Sintió a Gellert murmurar un sí, al tiempo que apoyaba su frente en su espalda.

— Volveré. El año próximo.

— No.

— Sí.

— No, por favor —suplicó—. Será más difícil.

— Lo difícil es no verte, Albus.

Se durmió. Después supondría que Gellert le había lanzado un hechizo para dormir sin sueños. Al despertar, sobre la otra almohada, la vió. Se habían hecho aquellas fotos poco antes de que todo se desmoronara. Bathilda había conservado casi todas, Albus no quiso guardar ninguna. Pero aquella, aquella nunca la había visto.

En la foto, se miraban, se miraban tanto que era imposible no ver lo que se decían los ojos. Y se besaban.

Albus no sabía entonces que viviría durante años esperando al 30 de diciembre, ni que después añoraría con infinito dolor las escasas noches que habían pasado juntos. Con los años asumiría que la soledad era el castigo que merecía por sus malas decisiones.

Cuando le desvistieron para ponerle las ropas con la que le enterrarían, en un bolsillo interior de su túnica, cerca del pecho, apareció una foto que Minerva no dejó ver a nadie y que se encargaría de custodiar durante muchos años.