Yo soy... tú
Para Diana, sus días en el santuario eran bastante agotadores, tanto que casi no tenía tiempo de hundirse en la tristeza o pensar en el pasado. Su vida en Asgard parecía lejana y la única prueba tangible de ello eran las cicatrices que adornaban su cuerpo y ella se empeñaba en ocultar. El entrenamiento era extenuante, pero sabía que era necesario si quería alcanzar su máximo potencial. Gracias a la guía que recibía por parte del caballero dorado de Virgo, había logrado avanzar lo suficiente como para que se le considerara apta para portar una armadura. Ella tenía conocimiento de que aquel tan anhelado objeto le era entregado solamente a aquellos que pasaban por las pruebas necesarias para probar su valía; algunos tenían que combatir contra varios oponentes con el mismo objetivo en común, mientras que otros tenían que enfrentarse a peligrosos desafíos.
La intrigaba saber cuál sería el obstáculo que tendría que enfrentar, y aunque intentaba mantener la calma, una pequeña pizca de miedo prevalecía en su corazón. Se sentía satisfecha ante el enorme avance que Magnus había tenido con sus habilidades de comunicación, aunque seguía siendo un chico bastante reservado, ahora era capaz de responder con más de 2 palabras cuando otros intentaban conversar. Pero a ese punto, ya no dependía tanto de ella, pues eso se debía en mayor parte a la personalidad del chico. Pensar en ello la lograba distraer momentáneamente, pero tan pronto como dejaba de lado esas ideas, otras un poco más preocupantes comenzaban a surgir.
Y es que, a pesar de ser considerada como alguien bastante correcta y sincera, Diana tenía ciertas incertidumbres que lograban robarle la calma. Desde el día que decidió abandonar su antigua vida, las palabras de la soberana de Asgard quemaban en lo más profundo de su alma. ¿A caso aquel chico que siempre la protegió y amó no era su familia realmente? El hecho de pensar en ello le aterraba, más aún con las palabras tan hirientes que la reina pronunció con respecto a ello: "No era tu hermano y él lo sabía. Se enamoró de ti y prefirió morir antes de que esos sentimientos afectaran su relación." Una lágrima resbaló por su mejilla al recordar esa frase tan cruel, pero justo cuando se disponía a seguir derramando lágrimas, una mano se posó sobre su hombro.
-No necesito ser un gran observador para saber lo que sucede.-Dijo una voz familiar.
Diana se levantó de golpe de su asiento y limpió su rostro rápidamente. -¡Lo lamento! Creo que seguiré entrenando para dejar de pensar tonterías.-Exclamó, avergonzada de haber sido atrapada por su maestro en esa situación lamentable.
Él negó suavemente y extendió su mano. -Creo que lo que necesitas es dar un paseo para despejar tu mente, te estaba buscando para ello.-Mencionó.
La joven aprendiz dudó por un momento, pero supuso que no tenía nada que perder.
Ambos vistieron su ropa de civiles y emprendieron su camino a través del bosque que rodeaba el santuario. Diana parecía bastante decaída, sin embargo, intentaba fervientemente ocultarlo. Fenyang no se caracterizaba precisamente por ser alguien con mucha empatía por los demás, pero eso no le impedía notar que había algo aquejando a su alumna. Cuando se conocieron, las cosas fueron bastante tensas entre ambos, una breve disculpa por parte de él y externar un poco de su pasado había ayudado a hacer de la relación algo más llevadero.
Con el paso de los meses, todo se normalizó, pero no quería decir que se volvieron amigos cercanos. Se toleraban el uno al otro, pero seguía siendo incómodo pasar mucho tiempo juntos a solas. Pensó que ese pequeño viaje le serviría a ambos para despejar su mente y conectar un poco más, no esperaba que se convirtieran en los mejores amigos del mundo, pero al menos podía intentar que las cosas se dieran con mayor naturalidad. Además, tenía otro motivo muy oculto para ese día.
Mientras avanzaban por el pequeño sendero, este se iba estrechando y los espacios entre los árboles se iban reduciendo. Lejos de relajarse, Diana comenzó a sentirse tensa y algo temerosa. ¿Sería esa alguna clase de prueba? En ese preciso instante ella no se encontraba lo suficientemente estable tanto física como emocionalmente para superar una prueba de su maestro. Con un poco de inseguridad, se atrevió a preguntar:
-¿Qué estamos haciendo aquí?-
Fenyang detuvo su marcha y respondió: -Dando un paseo, quiero que aprendas a conectarte con la naturaleza. Asgard es un lugar frío y desierto, no había mucha naturaleza allí para que pudieras despertar todo tu potencial.-Explicó.
-Ya veo... pero este lugar me pone los nervios de punta. Me he sentido observada durante todo el camino y tengo el mal presentimiento de que algo o alguien va a atacarnos.-Expuso Diana.
El santo de Virgo hizo caso omiso a la advertencia de la chica y continuó con su camino, escuchando como los pasos apresurados de ella lo alcanzaban luego de un momento. Tas un buen rato, llegaron a lo que parecía ser el centro del bosque, un enorme árbol que parecía ser muy antiguo y casi sin vida se erguía en el lugar. Diana observó atentamente cada detalle, teniendo la inquietante sensación de que ese imponente ser le devolvía la mirada.
Sin mediar palabra, Fenyang adoptó la pose del loto para comenzar lo que parecía ser una meditación al aire libre. Su aprendiz lo imitó, con algo de incomodidad y temor de encontrarse en un lugar desconocido y bastante sombrío para su gusto. Ella esperó y espero por el momento indicado para cerrar sus ojos, pero lo único que seguía viendo era como su maestro parecía estar muy pensativo, como intentando formular las palabras adecuadas.
-Esto no será una meditación ¿Me equivoco?-Cuestionó la ex guardia de la corona de Asgard.
-En realidad, te traje aquí para poder conversar sin que alguien se entrometa. Siempre que intento entablar una conversación contigo, ese chico Magnus parece ser el tema de conversación.-Mencionó Fenyang. -Pensé que si te alejaba un momento del santuario, dejarías de pensar en ello y te concentrarías en ti solamente.
Diana soltó una risa incómoda y nerviosa. -¿Estás bromeando verdad?-Preguntó, en un tono exaltado.
-¡Obviamente! ¿Qué clase de persona crees que soy?-Preguntó él, tiñendo de sarcasmo sus palabras.
-Creo que tú eres una de las personas más extrañas que he conocido en toda mi vida. Hay momentos en los que todo parece importarte y hay otros en los que parece que nada te importa.-Confesó Diana, arrepintiéndose rápidamente de haber expresado lo que opinaba de aquel que se había convertido en su maestro.
Tiempo atrás, el santo de Virgo se hubiera tomado aquellas palabras de mala manera. Sin embargo, tenía casi un año tratando con la chica y conocía lo suficiente su manera de expresarse como para dejar la molestia de lado. Dio un suspiro y dijo: -Prosigue, quiero saber más. Quiero saber cómo soy a tus ojos.-
Sorprendida por la petición, Diana tomó el valor y continuó: -En el santuario, muchos te respetan porque temen a tu poder o a lo que puedas llegar a hacerles. Me recuerdas a los brabucones que tenía que enfrentar cuando recibí clases en Asgard.-
Fenyang soltó una leve risa al escuchar la comparación. -¿Pero? Dime que hay un pero.-Insistió.
-Pero... Arthur siempre me enseñó a ver más allá de las simples apariencias. He visto tu preocupación, tu frustración y tu tristeza, incluso cuando no quieres que lo vea.-Se detuvo por un momento. -Cuando me contaste las cosas horribles que pasaste durante tu infancia... desde ese momento supe teníamos mucho en común y que tal vez... tal vez podía confiar en ti.
-Suena a que otro "pero" se acerca. ¿No es así?-Preguntó Fenyang.
Diana asintió y siguió adelante: -Ese día me dijiste que mi nobleza era una fortaleza que podría convertirse en una debilidad si yo no la manejaba adecuadamente. Iba a decirte la razón de mi bondad y mi compasión... pero... el simple hecho de intentar hablar de ello me hace sentir que el mundo entero se derrumba sobre mí.-
Las manos de Diana comenzaron a temblar de forma incontrolable, su rostro trigueño palideció ante el inmenso mar de recuerdos que inundaba su mente. Sorprendido por la situación, Fenyang tomó las manos de la chica y las entrelazó con las suyas. Su intención era conocer lo que ella escondía, pero no tenía idea de los efectos que ello traería. Si ella no podía narrar lo sucedido, él lo averiguaría por su cuenta: se adentraría en su mente. Haciendo uso de una de las técnicas que usualmente utilizaba para atormentar a sus enemigos con flashbacks de su pasado o de sucesos traumáticos, decidió dar ese paso y ver el secreto que aquella mente abrumada escondía.
Fenyang abrió los ojos y se vio a si mismo en Asgard. Podía reconocer ese enorme castillo con facilidad, el clima tan cruel y frío le daban la bienvenida. Estaba por presenciar el que era el primer recuerdo que Diana tenía de su vida. Ella lucía muy pequeña, no llegaría si quiera a los 6 años de edad. Se encontraba en lo que parecía ser una celda. Estaba recostada en el suelo, abrazando la tela de su vestido blanco con firmeza para calentar sus manos. Estaba muy sucia y demacrada, también era obvio que había sido golpeada. Mientras ella temblaba en el suelo de aquella celda, la puerta fue abierta por el guardia y un imponente hombre entró en ella.
Rápidamente, el santo dorado reconoció a aquel hombre como el gobernante de esas heladas tierras.
-Levántate, de ahora en adelante nosotros nos encargaremos de ti.-Pronunció, en un tono frío y con algo de desdén.
La pequeña Diana se levantó tan rápido como sus fuerzas le permitieron, intentando caminar y alcanzar a quien se convertiría en su salvador... y también su verdugo. El escenario cambió nuevamente y esta vez, la niña había sido aseada y vestida adecuadamente para estar en un lugar tan lujoso. De la mano del ama de llaves, fue llevada al patio del castillo, donde un chico que parecía al menos unos 3 años mayor que ella se encontraba de pie al lado del rey.
-Su nombre es Arthur, ambos serán hermano y hermana a partir de este día. ¿Entiendes lo que digo?-Preguntó.
Ella simplemente asintió, intentando acercarse con aquel chico para poder hablar, pero pronto se daría cuenta de que él podía escucharle, más no podía responderle verbalmente. Miles de imágenes de ellos dos juntos pasaron frente a Fenyang en tan sólo un instante. Pudo ver como en poco tiempo, Diana aprendió lenguaje de señas para poder entender a su ahora hermano. Se hicieron muy unidos, se protegían el uno al otro.
También hubieron detalles importantes que él pudo notar. En su infantil mente y tratando de protegerse de su soledad, Diana negó el hecho de que Arthur no era su hermano biológico. Muchas veces lo escribió y se lo repetía hasta que llegó a creerlo: "Arthur es mi hermano, quien diga que no, seguramente está mintiendo". No podía culparla, desconocía el motivo por el cual ella terminó en tan malas condiciones y en un lugar como ese. Era obvio que era extranjera, su color de ojos, cabello y piel la delataban, así como su dificultad para respirar y los mareos que la diferencia de altura le provocaban. Ese chico se había convertido en su única compañía y apoyo durante su solitaria estadía allí.
Todo parecía transcurrir con relativa normalidad, Diana, Arthur y el príncipe Joel (hijo biológico de los reyes), parecían haber formado una bella hermandad, jurando protegerse y ayudarse a ser la mejor versión de sí mismos. Sin embargo, ni Arthur ni Joel pudieron protegerla de las atrocidades que viviría a manos de aquellos que con supuesto amor y piedad la acogieron en su hogar.
Cuando ella cumplió 12 años, fue invitada a una reunión muy importante. A diferencia de otras a las que había asistido anteriormente, en esta ocasión, ella sería la única acompañante de los regentes de aquellas tierras. Sus ojos fueron vendados y no pudo ver el camino. Cuando por fin pudo ver, se encontraba en un enorme y extraño salón con varias personas que parecían estar muy atentas a cada movimiento que ella hacía. Un escalofrío recorrió su cuerpo mientras sentía como alguien la ataba.
Ese día, algo se rompió en su interior. Su inocencia había sido robada y su bronceada piel había sido marcada por el látigo de la bajeza y depravación de aquellos quienes se encontraban en ese lugar. Todo parecía borroso y confuso, ella sólo podía preguntarse... ¿Por qué le hacían eso? Entre el inmenso dolor y la conmoción, unas crueles palabras la hicieron aceptar el cruel destino: "¿Prefieres que sea Arthur quien esté en tu lugar?". Ella negó rotundamente, cerrando sus ojos, en un intento desesperado por transportarse a un lugar diferente.
Por primera vez en mucho tiempo, Fenyang experimentó ese horrible sensación... ese vacío en su estómago producto del dolor y el pánico que sentía ante lo que estaba presenciando. Así pasaron los años para ella, siendo mancillada y maltratada de maneras inhumanas. Producto de ello, profundas cicatrices adornaban sus extremidades y torso. Ese era el principal motivo por el cual siempre cubría su cuerpo de arriba a abajo, quería evitar preguntas incómodas sobre el tema.
Como si no fuera suficiente sufrimiento para una sola vida, al notar las marcas de Diana, Arthur asumió que estas habían sido causadas seguramente por aquellos pretendientes demasiado intensos que intentaban cortejarla sin éxito. Siendo fiel al amor que sentía por ella, el cual había dejado de ser fraternal hacía un tiempo ya, él se dirigió a la reina luego de un importante combate para poder hacer una petición muy especial.
-¿Casarte con Diana? ¡Tú, pedazo de basura! ¿Crees que yo voy a permitir eso?-Exclamó la reina, completamente iracunda. Ella retiró un pequeño colgante que siempre adornó el cuello de Arthur y al momento de hacerlo, pareció haberlo liberado de una especie de siniestro hechizo.
-Ss..si ella se casa conmigo nadie podrá hacerle daño.-Pronunció Arthur, hablando por primera vez en mucho tiempo luego del oscuro encantamiento de la reina.
Al ver que él seguramente seguiría insistiendo con el tema, prefirió hacer una jugada que cambiaría la vida de todos los cercanos a él. -¿Estarías con ella sin importar nada?-Preguntó ella, maliciosamente.
Arthur asintió, sin tener idea de lo que se avecinaba. -¿Incluso sabiendo todo el abuso que ella tuvo que soportar por tu culpa?-Volvió a preguntar.
Con sus afiladas y venenosas palabras, la reina confesó con lujo de detalle todas las situaciones que Diana había vivido por protegerlo a él. La matriarca de Asgard sonrió ampliamente al ver la expresión destrozada del pobre chico. Presa del dolor y con el corazón roto, Arthur escribió una pequeña misiva que ocultaría en un lugar secreto que solamente Diana podría encontrar. Volvió al campo de batalla que lo había visto victorioso tantas veces junto a ella, tomó su espada y se cortó el cuello. La nieve a su alrededor se tiñó de carmín, hasta que su vida se extinguió por completo.
La noticia no tardó en llegar a oídos de Diana, pero fue distorsionada para que pareciera un acto heroico: "Athur de Merak, el gran guerrero de Asgard fue asesinado a traición por unos enemigos desconocidos en el campo de batalla."
Un enorme destello de luz nubló la vista de Fenyang por un instante, indicándole que el dolor de Diana fue tan fuerte como para romper su técnica. Despertó de golpe y tuvo que cubrirse rápidamente. Una fuerte ráfaga de cosmos fue lanzada en su dirección. Ella lucía completamente aturdida y un mar de lágrimas brotaba de sus ojos. Con su cuerpo aún tembloroso, ella extendió su mano derecha, señalando algo tras Fenyang. Él se volteó lentamente y vio a un enorme felino que parecía ser un lince viéndolos fijamente.
Los ojos rojos y destellantes de la misteriosa criatura parecían juzgar hasta lo más profundo de su ser. Intentó moverse, pero una fuerza desconocida se lo impedía. Vio casi en cámara lenta como el enorme ser iracundo se disponía a abalanzarse sobre ellos. Recuperando la compostura, utilizó una de sus técnicas para detenerlo.
-¡Ohm!-Exclamó, creando una especie de escudo que los protegería momentáneamente.
Pero, no contaba con que esa enorme criatura era más fuerte de lo que aparentaba. Su escudo no duró lo suficiente, así que decidió interponerse para evitar que Diana fuera herida nuevamente. Una de las garras de la criatura causó un corte profundo en su mejilla, eso seguramente dejaría una cicatriz muy grande y visible, sin embargo, su propia seguridad era lo que menos le importaba en ese instante. Se puso de pie tan rápido como pudo, necesitaba seguir luchando.
Diana se sentía demasiado aturdida para luchar, justo como ese día que su sufrimiento comenzó en Asgard. Pero, ahora ella era lo suficientemente grande y fuerte como para enfrentarlo. Toda la ira que había acumulado durante todos esos años fue el detonante que hizo estallar su cosmos al máximo y le dio la fuerza necesaria para lanzar un poderoso y certero ataque que terminaría causando un daño momentáneo a la criatura. Esto logró enfurecerla más, pero lo mismo sucedió con Diana.
Presa de todas esas emociones negativas que había guardado desde hacía mucho tiempo, ella siguió lanzando ataque tras ataque. Fenyang observaba casi con horror como ese buen corazón estaba siendo opacado y destruido por la oscuridad y el sufrimiento. Era algo que no podía permitir. Se interpuso entre Diana y la criatura, con la intención de que se detuviera.
-¡Ya basta! ¿Es esto en lo que quieres convertirte?-Preguntó él.
Lentamente, ella comenzó a salir del estado de shock en el que se encontraba. Vio sus manos cubiertas de sangre y con total consternación, pudo notar que sus heridas coincidían con las de la bestia que estaba combatiendo. Comenzó a caminar hacia la criatura y sus miradas se cruzaron por un instante. El brillo iracundo de sus ojos se había apagado. Ahora solamente era una bestia herida y triste. Sintiendo su corazón romperse al comprender lo que sucedía, ella se arrodilló frente a aquel ser.
-¡Perdóname! Siempre pensé que llorar por lo sucedido era ser débil. Pero... ocultarlo solamente te lastimó. Te quería rescatar del dolor y solamente te causé más daño.-Las lágrimas no dejaban de salir. -¡Seré fuerte de verdad! ¡Ya no voy a huir! ¡Lo voy a enfrentar! ¿Me escuchaste? ¿Me escuchaste, Diana? Vas a ser fuerte.-Pronunció, levantando la mirada en dirección a la enorme bestia.
El misterioso ser pareció asentir con su triste mirada, cerró sus ojos y se disolvió en polvo estelar. Los pequeños destellos formaban un brillante camino en dirección al enorme árbol que había visto al llegar al sitio. Con algo de dificultad, Diana se puso de pie y siguió el pequeño rastro. Este la llevaba al interior del enorme y ahuecado tronco del ser vegetal. Allí dentro, un destello púrpura captó su atención. Se acercó lo suficiente y una extraña caja pareció resonar con su cosmos. De un momento a otro, una armadura salió de aquel objeto y cubrió su cuerpo, reconociéndola como su nueva portadora. Se trataba de la armadura de bronce del lynx.
Una sonrisa amarga adornaba su rostro al salir del sitio y encontrarse con su maestro. En completo silencio y sin intenciones de hablar sobre lo sucedido, Fenyang se acercó a ella y la rodeó en un cálido abrazo, gesto que la tomó por sorpresa. Muy en su interior, el santo de Virgo sabía que podía estar cometiendo un gran error al tener ese tipo de acercamientos, pero lo único que querría hacer de ahora en adelante era proteger a aquella chica y evitar que alguien intentara hacerle daño nuevamente.
