Disclaimer: Tengo tanto derecho a reclamar como propios los personajes y argumento de Orgullo y Prejuicio en la misma medida que el resto de la humanidad que no es Jane Austen.
Las situaciones y diálogos, así como los personajes no mencionados en la obra original que a continuación se muestran, son producto de mi imaginación.
SEGUNDA PARTE
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Acker Hall era una finca que destacaba por encima de Rosings Park y de Everton como la verdadera joya de cierta región en el condado de Kent. Con arboledas que se perdían en el horizonte y prados que rodeaban un pequeño lago, se trataba no solo de una propiedad cuya arquitectura la hacía memorable, sino de una integración armoniosa entre la generosa naturaleza y la terquedad humana.
Perteneciente a la familia Spencer desde tiempos inmemorables, Acker Hall había sido objeto de constantes remodelaciones a lo largo de los años, ya sea al aumentar el número de habitaciones o experimentando el diseño de los jardines formales alrededor de la casa. Era un lugar que a pesar de su imponente aspecto, podía ofrecer la calidez necesaria para sanar viejas heridas o simplemente sentir la esperanza renacer. Como cualquier otra gran propiedad familiar, la casa Acker vio nacer a las nuevas generaciones de niños y niñas Spencer, los cuales durante su infancia corrían por los pisos de mármol y trepaban las ramas bajas de los sauces cercanos al lago. Los jardines fueron testigos de cortejos respetuosos y algunos besos robados, de miradas indiscretas y hasta un mítico vestido desgarrado de la bisabuela de Jonathan Spencer, aunque esta historia no era popular entre la población vecina y solo tenía la categoría de leyenda familiar.
A unas quince millas de la finca de los Spencer, se localizaba la segunda propiedad más grande de la región, aunque Lady Catherine de Bourgh negaría esto con vehemencia. Rosings Park, a diferencia de Acker Hall, era más llamativa. Con un estilo más ecléctico que las fincas vecinas, más de un visitante emplearía la palabra "extravagante" para definir el legado que a Harold de Bourgh le tomó varios años construir y que las siguientes generaciones supieron cuidar con dedicación. Con arboledas menos densas y un relieve con más llanuras, Rosings Park podía reclamar prosperidad gracias a la administración supervisada por los sobrinos de Lady Catherine.
Para completar el grupo de grandes propiedades, Everton se alzaba con orgullo en una de las áreas donde la naturaleza había sido preservada de forma más libre. Inmersa entre los bosques, era la finca más pequeña de las tres, no obstante, su dueño distaba de ser menos importante que sus vecinos. De un carácter reservado y casi tan misterioso como los mismos campos de Everton, el conde de Arundel e hijo del duque de Norfolk, utilizaba la casa para la temporada de cacería. Si en cada viaje a su finca, el conde solo visitaba a la familia Spencer e ignoraba decididamente a Lady Catherine, la dama no estaba enterada.
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La relación entre las familias Howard, Spencer y De Bourgh era tan antigua como la edad de sus majestuosas fincas. Era una amistad que pasaba de generación en generación de la misma manera que las historias de la tradición oral lo hacen. Así fue por años, y solo la presencia de la actual residente de Rosings Park fue capaz de quebrantar un lazo tan valioso que había trascendido a través del tiempo.
La necesidad de imponer sus ideas sobre los demás, marcaron a la viuda de Sir Lewis de Bourgh como una mujer petulante que consideraba que la posición de su título le daba el derecho a interferir en la vida de todos, sin embargo, no fue esta la principal causa de la ruptura entre las familias.
Lady Catherine trajo el desprecio de sus vecinos en el momento en que decidió externar un comentario que dudaba de la respetabilidad de Emily Spencer. Philip, a pesar de no estar de acuerdo con la elección de su hija, no toleró el atrevimiento de la esposa de Sir Lewis. A ellos se unieron los Howard, quienes tenían una estrecha relación con la familia Spencer hasta el punto de haber apadrinado a los descendientes de Philip y Virginia.
Algunos primos de Sir Lewis lograron mantener la relación con los Spencer, pero no Lady Catherine, mucho menos después del fallecimiento de su esposo. Fue este distanciamiento el que propició que entre Rosings Park y Acker Hall, se sentase una indiferencia mutua entre sus habitantes, la cual se vio fortalecida por las diez millas que las separaban.
El sol de los primeros días de marzo pronto fue suficiente pretexto para que los habitantes de la casa Acker se animaran a dejar la calma de los salones y realizaran excursiones por la propiedad. El aire empezaba a sentirse cada día más tibio y todo parecía renovarse con la inminente primavera. Fue durante la segunda semana del tercer mes del año, cuando un par de jinetes cruzaron rápidamente los campos de Acker Hall mientras un tercer jinete se les unía a un paso mucho más lento, a cada trote expresando cómo era mucho mejor idea caminar de regreso a la casa. Los dos primeros jinetes se detuvieron bajo uno de los árboles junto al lago y se dispusieron a esperar a su compañero.
—Creo que iré a encontrar a Lizzy— dijo Jane después de un rato, mientras volvía a sujetar las riendas del gran caballo azabache. A la distancia, Elizabeth parecía tener problemas con una yegua necia que se negaba a avanzar.
Robert buscó con la mirada a su prima y empezó a reírse descaradamente, sin importar la sincera preocupación en la voz de Jane. Llevaban ya dos semanas en Kent y Elizabeth todavía no conseguía ganarse la simpatía de Hera, una yegua oscura que Jonathan sugirió que sería la más fácil de montar, dadas las circunstancias de nuevo aprendizaje de Elizabeth.
Jonathan tuvo razón en algo, la yegua era el caballo más noble de los establos y perfecta para aprender a montar. Lamentablemente, al igual que Elizabeth, Hera tenía ideas propias y podía ser bastante obstinada cuando se lo proponía, lo cual estaba sucediendo.
—No es correcto, mi lord, que usted encuentre agradables las desgracias de mi hermana—replicó Jane, tratando de mantener la expresión seria ahora que Elizabeth estaba abajo del caballo, intentando de convencerla de avanzar con un poco de azúcar.
—Ah, veo que ya vuelvo a ser lord y no solo Walden—, comentó él, sin perder la expresión divertida de sus ojos. Jane se sonrojó un poco y evadió la mirada de Robert.
Durante el tiempo que habían estado en Kent, entre Robert y Jane se había establecido una camaradería que les permitía, al menos cuando solo estaban en compañía de Elizabeth, hablarse en un tono más informal. Para Jane, Lord Robert Walden era solo Walden y Jane se había vuelto Bennet, en lugar de la señorita Bennet. Elizabeth seguía siendo Lizzy, o Blake, si estaban en un particular humor para hacer bromas.
—Es usted incorregible, Walden—recriminó ella, su voz sonaba demasiado alegre como para reprender. Jane dejó a Robert para alcanzar a Elizabeth a mitad de uno de los prados. Ella sabía que su hermana no era una gran aficionada a los caballos y la novedad del aprendizaje todavía no la convencía de la amabilidad de los equinos. Ella encontró a su hermana lista para tirarse al suelo y hacer un berrinche como si tuviera cuatro años, a causa de la desesperación ante la actitud de Hera.
—Creo que mi tío me asignó este caballo con toda la intención de hacerme perder la paciencia—exclamó Elizabeth cuando toda el azúcar y las frutas se habían terminado y solo pudo avanzar una tercera parte del trayecto. Ella vio a Robert abajo de uno de los sauces, sentado en una roca, pelando una manzana y agregó— lamento que tuvieras que venir por mí y te vieras privada de la compañía del tonto de mi primo— comentó ella con toda la intención de hacer sonrojar a Jane e insultar a Robert.
—No creo que el señor Spencer haya tenido esas intenciones, Lizzy. Y respecto a tu primo, creo que su caballo es suficiente para hacerle compañía por el momento.
—Aunque él preferiría que me hubieses dejado a mi suerte si solo para pasar un rato más contigo—insistió Elizabeth y se atrevió a añadir— realmente le gustas, Jane.
Jane pasó la mano por el lomo de la yegua para calmarla. Tras unos momentos, el caballo estuvo listo para empezar a caminar.
—Somos buenos amigos, Lizzy, es todo—comentó ella, intentando ocultar el rubor de sus mejillas.
—Por ahora— declaró Elizabeth con una sonrisa—, no me extrañaría si para Londres eso cambia.
Jane no respondió a lo dicho por su hermana y solo sujetó la yegua y a su caballo. Ambos animales empezaron a caminar bajo la serena dirección de Jane y seguidos por Elizabeth; a lo lejos, Robert la miraba sin dejar de sonreír.
Mientras en Kent se libraba una batalla por el orgullo entre un jinete y una yegua con personalidades un tanto semejantes, en Pemberley, Darcy razonaba consigo mismo sobre las responsabilidades que él esperaba encontrar en Rosings Park.
Las cartas de Lady Catherine ofrecían el mismo discurso sobre lo maravillosa que era la fortuna que Anne heredaría, así como cuán necesario era que él buscase una esposa para proporcionar una figura de apoyo a Georgiana. Siempre eran los mismos argumentos con los que ella buscaba persuadirlo de, finalmente, hacer oficial un compromiso con Anne. Darcy, sin importar cuántas veces le insistiese a Lady Catherine que tal unión jamás tendría lugar, tenía que resignarse a escuchar los comentarios cada pascua.
Lo único que sería diferente este año en su visita con respecto al año anterior, era que el párroco de su tía tenía esposa, quien de acuerdo a Lady Catherine, era una mujer casi agradable. La mención del señor Collins evocó memorias de Hertfordshire y de Longbourn. Recuerdos de la señorita Elizabeth Bennet y la manera en la que ella buscó ganar la atención de él. Por unos momentos casi funcionó, afortunadamente, la partida de Bingley fue suficiente motivo para alejarse del condado en el que él descubrió cuán fácil sería entrar en una relación con una mujer que si bien él admiró, solo podría traer la desaprobación de la sociedad.
Por un breve instante, él se preguntó que habría sido de la familia Bennet, ya que de acuerdo a la hermana de Bingley, la señorita Bennet jamás había respondido la carta de despedida. Eso, de alguna manera, le dio a Darcy la confirmación de sus suposiciones acerca de que el corazón de la primogénita de los Bennet no era tocado con facilidad.
Las reflexiones de su intervención condujeron al recuerdo de la última vez que platicó con Robert y cómo él lo juzgó injustificadamente. No era común que Robert se enfureciera, y en realidad, se trataba de la primera vez que una discusión parecía haber creado un desacuerdo importante entre ellos. Darcy había conversado sobre lo sucedido con Gabriel, otro de sus amigos y vecino en Derbyshire durante una breve visita en Watford, y los resultados no habían sido tan satisfactorios como él esperaba. Gabriel, lejos de aplaudir o censurar la intervención de Darcy en los problemas de Bingley, solo dijo que lo más conveniente era dejar el amor en manos de las personas involucradas.
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Un golpe en la puerta devolvió a Darcy a la realidad de su escritorio lleno de papeles. Era la señora Reynolds que le informaba de la llegada de Lord y Lady Matlock, ellos cuidarían a Georgiana mientras él visitaba Rosings con Richard, a quien vería en Londres.
Lord Matlock lo saludó con un afectuoso tono paternal y Lady Matlock lo abrazó con el mismo cariño que a cualquiera de sus hijos. Durante la cena, se discutieron los planes que tendrían lugar las siguientes semanas. Los Fitzwilliam mencionaron la posibilidad de ir a la capital unos días y después visitar a la familia Bellingham, con quienes tenían gran amistad y que residían cerca de Northampton.
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Dos días después de esa cena, dos carruajes dejaron Pemberley. Al llegar a Londres, solo uno de éstos continuó su camino rumbo a Rosings Park. Por las mismas fechas, el Coronel Blake empezaba la cuenta regresiva de los días para volver a casa.
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Saludos a quienes se toman el tiempo de leer esta historia y un agradecimiento a todos aquellos que extienden un comentario, deciden seguirla o agregarla a favoritos.
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