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8. DESESPERACIÓN
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Mayores de 18 años. Lemon no consentido, si piensas que puede ser muy fuerte para tí, por favor no lo leas.
Introspectivo, mucho.
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Adrien Agreste, acertadamente, presintió que algo pasaba con Marinette, ella no desaparecía sin avisar, no viajaba sola, no le dejaba de llamar para avisarle dónde estaba. Él y ella siempre habían estado juntos, y si no podían, estaban siempre en contacto. Él sabía la hora a la que ella se acostaba, la hora a la que ella merendaba e incluso sabía cuándo tomaba una ducha. Y la conocía muy bien, sabía que le costaba tomar decisiones, a menos que estuviera segurísima. De hecho, la única decisión que había tomado con total certeza y fuerza de voluntad, fue la de estudiar diseño de modas. El resto de elecciones, le había costado muchísimo tomarlas. A qué ciudad irse a trabajar, qué coche debería comprarse, qué ropa debía ponerse. Adrien había tenido que escoger hasta el modelo de móvil.
Incluso su boda, fue él quien insistió en casarse, ya llevaban muchísimo tiempo de novios, y aunque prácticamente convivían, algo en su interior, le decía que ya era hora de dar ese gran paso. Así que conociendo cómo era Marinette, le cogió de la mano, le hizo estirar los dedos, y le puso un hermoso anillo de compromiso en el dedo anular, le dio un beso en la boca y lanzó la sentencia: nos casamos dentro de cuatro meses, ya tengo la fecha y parte de los preparativos, ¿estás de acuerdo?.
"Le estoy poniendo las cosas fácil", pensó él. Ya no había nada que su indecisión pudiera afectar. Ella asintió, no dijo ni una palabra, no le dio un beso, sólo le apretó la mano, le sonrió muy levemente, y apoyó su cabeza sobre su hombro.
Conociéndola como la conocía, lógicamente, se agobió por ese extraña actitud. Decidió subirse en el primer tren que encontró y apareció seis horas después en la pequeña Amberes. Sólo había estado ahí una vez, en un viaje que hizo su padre hace mucho. Buscó un buen hotel y justo cuando se había decidido por uno, entrando a través de las puertas giratorias, se detuvo sorprendido de lo que estaba viendo.
Un tipo alto, rubio, con gafas oscuras, de buen porte y talante, se acercaba a él, algo cabizbajo, sujetando un maletín y tratando de cerrarse la gabardina, su pelo estaba perfectamente ordenado: algo largo en la parte de arriba, y los costados bastante cortos, llevaba algunos anillos en los dedos. Muy elegante, muy ricachón. Sin duda alguna, supo quién era. Lo había conocido toda su vida.
- ¡Félix!- le gritó a su primo.
Alzó su mano, y empezó a agitarla, saludándolo. En cambio, Félix estaba perplejo, asombrado. Llevaba gafas de sol que ocultaban el desastre físico que estaba padeciendo. Luego que se fue Marinette, otra vez, volvió a llorar por ella, por su desgracia, por lo inútil de su amor. No había dormido nada, y durante la última hora, ya sólo hipaba y sollozaba sin lágrimas, las había gastado todas. Decidió salir del hotel a cumplir con sus obligaciones ante el DiamantClub. Ni por un momento pensó que Adrien estuviera ahí, con una maleta, con porte alegre y juvenil.
No, no.
- Vaya, no tenía idea que tú también estarías aquí.- se le acercó Adrien, con un sonrisa sincera. - ¿Qué estás haciendo en Amberes, Fé? Hace mucho que no nos vemos. ¿Y por qué no te quitas las gafas? No hace sol...
Félix estaba acorralado, no tenía respuestas a sus preguntas. ¿Qué debía decir? Había escuchado a Marinette conversando por el teléfono, así que sabía la excusa de ella, pero si decía la verdad...Adrien podría haber sumado dos más dos y rápidamente entender que las coincidencias no existen, y eso quizá perjudicaría a Marinette. Luego, pensó en huir, en salir corriendo, tal vez si decía que iba tarde...
- Adrien, tengo que irme, me esperan para una reunión importante...-
- Déjame adivinar Félix, ¿diamantes?- le cortó la excusa Adrien, quien todavía tenía la sonrisa en la cara.
Sospecha, está sospechando.
Félix asintió, presintiendo que algo estaba pensando su querido primo. Después de todo, probablemente Adrien no fuera tan tonto como él pensaba.
- Sí, diamantes, me ha enviado mi madre. Vamos a repotenciar esa rama de nuestros empresas, Adrien. Tal vez lo podamos conversar en otro momento, en serio, voy tarde.-
- ¿Sabes que Marinette también está aquí? Es una coincidencia, quizá-
Y Adrien dejó de sonreír, le fijó la mirada verde que ahora ya no brillaba de alegría.
Félix pensó que Adrien definitivamente no era tonto, y que definitivamente, había sumado de manera correcta dos más dos.
- No lo sabía, no la he visto desde hace años.- Félix se retiró las gafas, decidido a demostrar que no tenía nada que ver con ella. Adrien observó que tenía el rostro ceñudo, la mirada fría y sin brillo, ojeras, como si hubiera estado de fiesta toda la noche. No se sorprendió, sabía la vida licenciosa que llevaba Félix.
- Me voy a casar con ella, Fé, en un par de meses. No contestaste la invitación. ¿Estás seguro que no las visto por aquí, Fé?- inquirió Adrien, dudando de su primo.
"No existen las coincidencias, no puede ser que después de años coincidan en una pequeña ciudad", siguió pensando el novio de Marinette, "además ella nunca se ha interesado en las joyas y menos en los diamantes, ¿por qué ahora? Y luego, estás aquí, ¿aún la quieres? Félix, no me mientas.", rogó en silencio, en su mente.
Sin darse cuenta o ser consciente de sus actos, Adrien había sujetado el brazo de Félix y se había acercado mucho a él. Lo examinaba, cómo buscando en su rostro algún signo de engaño, o de mentiras, o tal vez, amor, algún signo de amor. Verde contra verde, amor y dolor, verdad contra mentira. Sonrisas y lágrimas.
- No, Adrien, no la he visto. ¿Se te ha perdido?- Félix de un tirón, se liberó de su agarre. Le sostenía la mirada y le miraba, altivo y seguro. - y no, no iré a tu matrimonio, mi madre tampoco, pero tenemos listo tu regalo de bodas, lo enviaremos en un mes, espero que te guste. Y ahora, en serio, voy tarde.-
Mientras se alejaba, Adrien decidió que sería mejor seguir en contacto con él. Al menos hasta que aclarara todas las cosas que estaban pasando en su mente. Necesitaba tranquilizarse, pensar fríamente.
- Te buscaré para comer, Félix. O cenar, si es que ya estás ocupado. No puedes escapar de mí, primo.-
Félix había empezado a caminar hacia la salida, pero se detuvo oyendo su condena. Se giró para verlo, y mirándole a los ojos, asintió levemente. Le hizo adiós con la mano, y se marchó.
Por fin, después de mucho insistir, logró que Marinette le cogiera el teléfono. Grande fue su sorpresa al descubrir que ella no estaba alojada en ningún hotel, sino que tenía sus maletas en una taquilla dentro de la Estación Central de Amberes, y según ella, se había quedado dormida en una banca ahí dentro, porque había llegado muy tarde y sólo estaba abierto el hostel para mochileros, con habitación compartida en una litera. Ella eligió la banca.
Verdades a medias. Marinette había llegado bastante temprano, no tarde, sólo que se había lanzado a la búsqueda de Fé de inmediato. Y claro, luego no fue necesario que se hospedara en ningún hotel, así que la mañana la había pillado cuando fue a recoger sus cosas en la taquilla de la estación de trenes. Y luego, los remordimientos y el dolor, la habían dejado congelada en una banca, sujetando un café y un croissant de chocolate, mientras un torrente de lágrimas silenciosas le bañaban el rostro.
Sabía bien que Adrien llevaba llamándola infinidad de veces, pero sólo le respondió cuando pudo hablar algo sin evidenciar lo destrozada que estaba. Indecisión, tortura, amor. Nunca había sido tan feliz como aquella noche, nunca había reído tanto como aquella noche. Aún recordaba el tacto de sus dedos sobre su cuerpo, sus piernas aún tenían las huellas de su amor. Tenía los labios entumecidos de lo mucho que lo había besado. Mientras se cepillaba el pelo, descubrió que tenía una marca en el cuello, de algún beso que él le había dado. Al terminar de arreglarse, observó que en su abrigo, habían quedado unos pocos pelitos rubios, muy cortos, que eran de Félix. El abrigo que llevaba puesto era nuevo, Adrien nunca se lo había visto.
Cuando salió de New York, eligió los mejores atuendos, se puso sus mejores pendientes y maquillaje, el de larga duración, el que la hacía más bonita de lo que ya era. Frente al espejo del lavabo, en los aseos públicos, Marinette se dio cuenta que todo en su cuerpo gritaba lo que había pasado, todo le recordaba a él. En una sola noche Félix borró de un plumazo su historia con Adrien, para escribir con fuego candente la suya propia. Quiso ponerse a llorar otra vez, pero decidió consolarse poniendo un vídeo de cuando ellos dos eran adolescentes y aún jugaban con Minou. Félix y Marinette. Y Minou. Terminó el vídeo y puso otro, donde estaba sólo su ahora anciano Minou.
No podía escapar más, debía hablar con Adrien, confesarse, o tal vez primero con Félix, decirle que iba a dejar a su novio, que terminaría con su primo, que no se casaría. No, no, mejor hablar con Adrien, explicarle las cosas, pero no todas por supuesto, la noche anterior no se la podía decir. Había que terminar bien, cortar por lo sano. Pero Félix debía saber primero lo que iba a hacer, para que esté tranquilo, para que sepa que aún lo amaba. O primero Adrien, después de todo él era su novio, sí, y de muchos años. Sí, sí, mejor con Adrien primero.
Tragándose las lágrimas y armándose de valor, se dirigió al hotel indicado, para poner fin de una vez por todas al noviazgo con Adrien, con el que había sido un sueño hecho realidad, una ilusión quizá, roto por el amor candente y descontrolado, y perpetuo, que tenía por Félix. Sólo rogaba que las fuerzas no la abandonasen.
- Marinette, amor, me hubieras dicho donde estabas para ir a recogerte. Pasa, pasa, ¿tuviste una mala noche?-
Ella se encogió de hombros, le dio un beso en la mejilla y le dijo que iría al baño a ducharse. Él la abrazó, le hizo dejar su maleta y su bolso sobre la cama y le señaló el baño. Adrien al final, no se había alojado en el mismo hotel que Félix, al verlo partir, se dio la vuelta y se largó. Encontró un hotel cerca de ahí, no tan lujoso. Eligió la suite matrimonial, una cama inmensa y baño amplísimo. Valiéndose de los miles de años de relación con Marinette, le abrió la maleta y procedió a colocar toda su ropa en los cajones, sacó su estuche de maquillaje y lo puso en la mesilla. Cerró la maleta, la dejó en el armario, y luego cogió el bolso de ella para eliminar toda la basurilla que acumulaba dentro, era una costumbre hacerlo, siempre lo hacía. Encontró el billete de tren que ella había usado y pudo comprobar que, Marinette le había mentido. Había llegado casi al mediodía de ayer, no por la noche. Lo arrugó y lo tiró a la papelera de la habitación. Encontró papeles viejos y envolturas de snacks, que también desechó. No encontró más prueba que ésa. No había notas, no había cartas, quizá todo lo tuviera en el móvil. Pero ella había entrado con el aparato al baño, así que no podía hurgar ahí. Y eso que se sabía su contraseña. Tendría que esperar. Sin embargo, una gran parte de él se negaba a aceptar que ella le hubiera mentido. Tal vez era Félix el que la estuviera acosando, sí, quizá él, siempre él.
Tiempo atrás, en su juventud, Adrien estaba segurísimo que Félix había intentado quitarle a Marinette, era un sexto sentido. Lo confirmó el hecho que casi al terminar el instituto, ellos dos habían dejado de ser los amigos que eran. El cambio fue tan súbito y abrupto, que Adrien supuso que algo había pasado. Marinette se volvió taciturna, y por un tiempo, sus besos fueron fríos. Eso le duró hasta la primera vez que habían estado juntos, cuando sintió su temblor y sus gemidos. Luego de eso, ella había logrado conmoverse un poco más. Nunca lo habían hablado, nunca preguntó. Adrien decidió dejar de pensar en eso y siguió feliz con su dulce e indecisa Marinette.
Marinette salió del baño con el cabello casi seco y con un albornoz blanco bien atado en la cintura. Abrió los ojos inmensamente al ver lo que estaba haciendo Adrien.
- No puedes coger mis cosas, Adrien. ¿Dónde esta mi maleta?- dijo desesperada.
- Ya deshice el equipaje, Mari, puedes buscar tu ropa en los cajones, pero yo preferiría que no.- Adrien se acercó mucho, estiró sus dedos y recorrió con suavidad, el escote que sobresalía por su albornoz.
Ella se sujetó la ropa de baño con ambas manos, y negó con la cabeza.
- Estoy muy cansada, Adrien.-
Pero él no contestó, aterrizó su boca sobre sus labios, con un beso desesperado, lamiendo, mordiendo, obligándole a abrir más su boca, para poder comérsela mejor. Hombre hambriento, con sed de amor, inseguro del futuro, de ellos dos. Quizá pensó que ella lo dejaría, quizá tuvo celos, pero la abrazó con una fuerza que ella no reconocía, impidiéndole respirar.
- Me haces daño, déjame- susurró Marinette, quien apenas pudo detener el beso.
Él la siguió abrazando y en un segundo, ya la tenía sobre la cama, abriéndole el albornoz.
- Mari, será rápido, por favor. Te amo tanto, te extraño tanto-
No esperó su respuesta, no tenía sentido, Marinette siempre le dejaba elegir, nunca decía que no, ni que sí. Acostumbrado a hacer su voluntad, se sorprendía malamente de la leve resistencia que hacía ella. La aprisionó con su peso sobre la cama, mientras se liberaba el pantalón. Marinette intentó evitarlo una vez más, y al no conseguirlo, simplemente, se dejó llevar.
Adrien detectó su aceptación y le preguntó, ya a punto de abandonarse al placer: - Dí que sí, Marinette. Dime que sí.-
Ella asintió y permitió que él le sujetara las manos, entrelazando sus dedos. Con una rodilla, Adrien le separó los muslos y sin pensárselo demasiado, entró en ella, gimiendo y temblando, mientras su Marinette cerraba los ojos y ahogaba el llanto apretando los labios. Relajada, sumisa, abandonada a su destino.
Destellos de recuerdos le inundaron en la mente. Sus ojos verdes, sus fuertes manos, sus besos que le arrancaban la razón, su pelo rubio corto y ordenado, sus labios persiguiendo su intimidad. Su clímax y sus gruñidos. Quiso gritar su nombre. Félix. Siempre él, siempre él en su mente y en su corazón. Félix. Perdóname, y adiós.
Una ráfaga de viento abrió la ventana de la habitación, hizo bailar las cortinas y la hizo tener un escalofrío intenso. No tenía donde abrigarse, el cuerpo de su novio sobre ella no le aportaba ningún calor, a diferencia de otro cuerpo que la hacía arder. Félix. Y ella también, con los ojos cerrados, con frío en su interior, con el sabor amargo de los labios de Adrien en su boca, ella también tuvo una revelación.
El amor es una guerra, llena de batallas, que sólo se ganan con decisión y arrojo, y se pierden al dudar, al no decidirse. El amor es un guerra, y hoy, la has perdido.
Abrió los ojos, aterrorizada de lo que estaba escuchando, o pensando, porque esa conclusión salió de su alma para enredarse en su corazón. Adrien le sujetó las caderas y de un rápido movimiento, la inundó de su amor. Apoyó su frente en el hombro de su novia, y se perdió, ahora sí, en el placer y en la seguridad que Marinette seguía siendo suya, que siempre le pertenecería.
Ella se levantó apenas pudo, cogió el albornoz y volvió a meterse al baño. Ahí bajo el agua, sentada en el frío plato de ducha, supo que lo suyo no tenía solución. El no la había forzado, no físicamente al menos, pero le había forzado el alma y el corazón. ¿Qué será de mí?, se preguntaba, ¿Qué será de nosotros, Félix? y siguió llorando en silencio, tratando de recoger los pedazos de su corazón, tratando de unirlos. Se demoró una infinidad, y cuando salió, se dio cuenta que ya era hora de la comida. Adrien estaba listo, listo para salir. Le sonrió al verla, con la misma sonrisa de siempre, delicado, gentil, un hombre amoroso.
- Vamos a salir a comer, Marinette, prepárate hay que irnos en quince minutos.-
Sin embargo, no estuvo a tiempo, le pidió a él que se fuera yendo y que ella ya le alcanzaría. Adrien asintió, mientras se terminaba de arreglar. Cuando Adrien llegó a la terraza del restaurante, Félix ya estaba ahí. Tenía el mismo rostro taciturno de la mañana, pero más serio y más rígido incluso. Él se siguió refugiando en su sonrisa de modelo experimentado y haciéndose el manso corderito, se sentó al lado de su primo.
- Puntualidad inglesa, eh.- le palmeó la espalda, alegremente.
Vete a la mierda.
- Pide pronto la comida, Adrien. Tengo mucho que hacer por la tarde.-
Adrien cogió la carta y como siempre, eligió lo que comería Marinette y él. Dejó que Félix escogiera lo suyo, y dieron la orden al camarero. Félix se sorprendió que hubiera pedido tanta comida para él solo. Y justo cuando iba a preguntar que por qué, la vio aparecer, y el mundo se deshizo enfrente suyo, su corazón destruido intentó latir un poco más, y sus ojos quisieron ponerse a llorar otra vez. Rápidamente, activó su modo de emergencia, el mismo que lo hacía sobrevivir desde hace unos años. Hipócrita, mentiroso, seductor. Mirada inexpresiva, labios fruncidos, manos relajadas, piernas estiradas. Félix en modo avión, Félix en modo ahorro de energía. Félix tratando de sobrevivir a Marinette enfrente de Adrien.
- ¡Mari, ven, mira a quien encontré aquí en Amberes!-
Marinette Dupain-Cheng pensó que no había nada peor que hacer el amor sin consentimiento y sin amor. Pero no, lo peor, lo peor estaba por empezar. Otra vez, un viento le rozó la cara, un viento leve, tierno, como una caricia.
El amor es un guerra, y hoy, la has perdido.
Y creyó sinceramente, que era cierto.
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No me matéis por favor. Aún no.
Descargo: estoy absolutamente en contra de todo tipo de violencia, violencia verbal, sexual, física y etcétera. POR FAVOR, este fic es un fic!.
Volviendo a lo mío, quiero agradecer a todos aquellos que leen estas locuras que escribo. Cuando sea viejita, espero recordar lo bien que me hizo esta aventura que estoy viviendo. Un fuerte abrazo. Y no se vayan, no queda mucho para el final, los capítulos trataré de hacerlos más largos para terminarlo pronto, lo prometo.
He colgado un aviso, está puesto en un review del felinemonth: reitero mis saludos a Rebeca. Sz que no apareció porque me mutilaron el review los del ff. net
Otro abrazo
Cambio y corto
lordthunder1000
